Sermones escogidos de George Whitefield
El gran deber de la religión familiar

Capítulo 4 · 25 min de lectura · 32 min de escucha

El gran deber de la religión familiar

Josué 24:15 — «Yo y mi casa serviremos al Señor».

Estas palabras contienen la santa resolución del piadoso Josué. En un discurso de lo más conmovedor y afectuoso, Josué había relatado a los israelitas las grandes cosas que Dios había hecho por ellos; y en el versículo inmediatamente anterior al texto pasa a sacar la debida conclusión de cuanto les había expuesto, y les hace saber, en los términos más apremiantes, que, puesto que Dios había sido tan sobremanera bondadoso con ellos, no podían hacer menos, en gratitud por tan extraordinarios favores y misericordias, que consagrarse a su servicio a sí mismos y a sus familias. «Ahora, pues, temed al Señor, y servidle con integridad y en verdad; y quitad de en medio los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río». Y con el mismo motivo persuasivo el profeta Samuel urge después su obediencia a los mandamientos de Dios, 1 Samuel 12:24: «Solamente temed al Señor, y servidle de verdad con todo vuestro corazón, porque considerad cuán grandes cosas ha hecho por vosotros». Pero luego, para que no se excusaran (como muchos estarían demasiado inclinados a hacer) alegando que él les daba mal ejemplo, ni pensaran que les imponía cargas pesadas mientras él mismo no las tocaba ni con uno de sus dedos, les dice en el texto que, fuera cual fuese el caso que ellos hicieran de la doctrina que les había predicado, él (como todo ministro debe hacer) estaba resuelto a vivirla y practicarla personalmente: «Escogeos, pues, a quién sirváis: si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos al Señor».

Resolución digna de Josué, y no menos propia, no menos necesaria para todo verdadero hijo de Josué a quien se haya confiado el cuidado y el gobierno de una familia en nuestros días: y, si alguna vez fue oportuno que los ministros predicaran la religión familiar, o que el pueblo la pusiera en práctica, nunca lo fue más que en la época presente; pues es muy de temer que, de tantas casas como se llaman cristianas, sean pocas las que sirven a Dios en sus respectivas familias como deben.

Es verdad que, si visitáis nuestras iglesias, quizá veáis que aún subsiste entre nosotros algo de la apariencia de piedad; pero aun eso apenas se encuentra en las casas particulares. De modo que, si los benditos ángeles vinieran, como en la época de los patriarcas, y observaran nuestra economía espiritual en el hogar, ¿no se sentirían tentados a decir, como Abraham a Abimelec: «Ciertamente no hay temor de Dios en este lugar»? Génesis 20:11.

Es difícil determinar cómo comenzó a extenderse por el mundo cristiano un descuido tan general de la religión familiar. En cuanto a los cristianos primitivos, estoy seguro de que no era así entre ellos. No; ellos no habían aprendido así a Cristo, como para imaginar falsamente que la religión había de limitarse solo a sus asambleas de culto público; sino que, por el contrario, se conducían con tal piedad y santidad ejemplar en sus familias, que san Pablo a menudo llama iglesia a su casa: «Saludad a fulano, dice, y a la iglesia que está en su casa». Y creo que hemos de desesperar para siempre de ver revivir en el mundo un espíritu de piedad primitiva hasta que tengamos la dicha de ver un avivamiento de la primitiva religión familiar, y a las personas resolviendo unánimes con el buen anciano Josué, en las palabras del texto: «Yo y mi casa serviremos al Señor».

De estas palabras, os pido permiso para insistir en estas tres cosas.

I. Primero, que es deber de todo cabeza de familia procurar que no solo él mismo, sino también los que están a su cargo, «sirvan al Señor».

II. En segundo lugar, procuraré mostrar de qué manera un cabeza de familia y su casa deben servir al Señor. Y,

III. En tercer lugar, ofreceré algunos motivos para mover a todos los cabezas de familia, con sus respectivas casas, a servir al Señor de la manera que se recomendará.

Y primero, he de mostrar que es deber de todo cabeza de familia procurar que no solo él mismo, sino también los que están a su cargo, sirvan al Señor.

Y esto se verá si consideramos que todo cabeza de familia debe considerarse obligado a obrar en tres funciones: como profeta, para instruirlos; como sacerdote, para orar por ellos y con ellos; como rey, para gobernarlos, dirigirlos y proveer para ellos. Es verdad que en la última de estas, su oficio de rey, no suelen fallar con tanta frecuencia (antes bien, en esto suelen ser demasiado solícitos); pero en cuanto a las dos primeras, su oficio sacerdotal y profético, como a Galión, nada de esto les importa. Pero, por indiferentes que algunos cabezas de familia sean a ello, pueden estar seguros de que Dios les demandará de su mano el debido cumplimiento de estos oficios. Porque si, como arguye el apóstol, «el que no provee para los de su casa», en las cosas temporales, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo»; ¡a qué grado mayor de apostasía habrá llegado el que no se preocupa de proveer para el bienestar espiritual de su familia!

Pero además, la gente suele ser muy pródiga en invectivas contra el clero, y cree censurar con justicia la conducta del ministro que no mira por el rebaño ni vela sobre él, en el cual el Espíritu Santo lo ha puesto por obispo: pero ¿no podría todo cabeza de familia, en menor grado, ser objeto de la misma censura, si no se preocupa de las almas que están a su cargo? Porque cada casa es, por así decirlo, una pequeña parroquia; cada cabeza de familia (como antes se observó), un sacerdote; cada familia, un rebaño; y si alguno de ellos perece por descuido del cabeza de familia, Dios demandará su sangre de sus manos.

Si un ministro desatendiera la enseñanza de su pueblo, públicamente y por las casas, y se excusara diciendo que bastante tenía con ocuparse en su propia salvación con temor y temblor, sin preocuparse de la de los demás, ¿no os inclinaríais a pensar que tal ministro es como el juez injusto, «que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre»? Y, sin embargo, odioso como sería tal carácter, no es peor que el que merece aquel cabeza de familia que se cree obligado solo a salvar su propia alma, sin tener en cuenta para nada las almas de su casa. Porque (como se insinuó arriba) cada casa es, por así decirlo, una parroquia, y cada amo está tan obligado a asegurar, en cuanto de él dependa, la prosperidad espiritual de cada uno de los que viven bajo su techo, como cualquier ministro lo está a velar por el bienestar espiritual de cada persona a su cargo.

No sé qué precedentes pueden alegar, para tal omisión, los hombres que descuidan su deber en este particular. Sin duda no el ejemplo del santo Job, que estaba tan lejos de imaginar que, como cabeza de familia, no tenía que ver con más alma que la suya, que la Escritura nos cuenta: «Habiendo pasado en turno los días del convite de sus hijos, Job enviaba y los santificaba, y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos; porque decía Job: Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado a Dios en sus corazones. De esta manera hacía todos los días». Tampoco pueden alegar la práctica del buen anciano Josué, a quien en el texto hallamos tan preocupado por el bien de su casa como por el suyo propio. Ni, por último, la de Cornelio, que temía a Dios, no solo él, sino con toda su casa: y si los cristianos tuvieran tan solo el mismo espíritu de Job, de Josué y del centurión gentil, obrarían como obraron Job, Josué y Cornelio.

Pero ¡ay! Si así es, y todos los cabezas de familia no solo deben servir al Señor ellos mismos, sino también procurar que sus respectivas casas lo hagan, ¿qué será entonces de aquellos que no solo descuidan servir a Dios, sino que además se empeñan en ridiculizar y escarnecer a cualquiera de su casa que lo haga? ¿De aquellos que no se contentan con «no entrar ellos en el reino de los cielos; sino que a los que quieren entrar se lo impiden»? Sin duda tales hombres son en verdad agentes del diablo. Sin duda su condenación no se duerme: porque, aunque Dios, en su buena providencia, permita que se pongan tales tropiezos en el camino de sus hijos, y permita que sus mayores enemigos sean los de su propia casa, para probar su sinceridad y acrecentar su fe, no podemos menos que pronunciar un ay contra los amos por quienes vienen tales escándalos. Porque si los que solo cuidan de sus propias almas con dificultad se salvan, ¿dónde aparecerán tales cabezas de familia, tan monstruosamente profanos e impíos?

Pero, esperando que sean pocos los de esta desdichada índole, pasemos ahora a la

Segunda cosa propuesta: mostrar de qué manera un cabeza de familia y su casa deben servir al Señor.

1. Y lo primero que mencionaré es la lectura de la Palabra de Dios. Este es un deber que incumbe a toda persona particular. «Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna» es un precepto dado por nuestro bendito Señor a todos sin distinción: pero mucho más debe todo cabeza de familia considerarlo dicho de un modo particular a sí mismo, porque (como ya se ha probado) debe considerarse profeta y, por tanto, conforme a tal carácter, obligado a instruir a los que están a su cargo en el conocimiento de la palabra de Dios.

Tal fue, según hallamos, la orden que Dios dio a su pueblo peculiar Israel: porque así habla su representante Moisés, Deuteronomio 6:6–7: «Y estas palabras», es decir, las palabras de la Escritura, «que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos», es decir, según suele explicarse, a los criados tanto como a los hijos, «y hablarás de ellas estando en tu casa». De donde podemos inferir que la única razón por la que tantos descuidan leer con diligencia las palabras de la Escritura a sus hijos es que las palabras de la Escritura no están en sus corazones: porque, si lo estuvieran, de la abundancia del corazón hablaría su boca.

Además, los criados, lo mismo que los hijos, son por lo general muy ignorantes y meros novicios en las leyes de Dios: ¿y cómo sabrán, si nadie les enseña? ¿Y qué medio más propio para enseñarles que los oráculos vivos de Dios, «que les pueden hacer sabios para la salvación»? ¿Y quién más indicado para instruirlos por medio de estos oráculos vivos que los padres y los amos, a quienes (como se ha observado más de una vez) les incumbe tanto alimentarlos día tras día con el pan espiritual como con el corporal?

Pero si esto es así, ¡en qué miserable condición se hallan aquellos desdichados cabezas de familia que, lejos de alimentar a los que tienen a su cuidado con la leche no adulterada de la palabra, para que por ella crezcan, ni escudriñan las Escrituras ellos mismos, ni se cuidan de explicarlas a otros! ¡Bien encaminadas han de estar, en verdad, para hacer la voluntad de su Señor tales familias, que tan prodigioso trabajo se toman por conocerla! ¿No pensaría uno que se habían convertido a la Iglesia de Roma, que tenían la ignorancia por madre de la devoción, y que había que condenar como herejes a los que leen su Biblia? ¡Y, sin embargo, qué pocas familias hay entre nosotros que no obren de esta manera indecorosa! ¿Los alabaré en esto? No los alabo. Hermanos, no conviene que estas cosas sean así.

2. Pasemos ahora al segundo medio por el cual todo cabeza de familia y su casa deben servir al Señor: la oración en familia.

Este es un deber que, aunque igual de descuidado, es tan absolutamente necesario como el anterior. La lectura es una buena preparación para la oración, así como la oración es un medio excelente para hacer eficaz la lectura. Y la razón por la que todo cabeza de familia debe unir estos dos ejercicios es clara: un cabeza de familia no puede desempeñar su oficio sacerdotal (del cual, como ya observamos, está investido en cierto grado) sin cumplir este deber de la oración en familia.

Por eso hallamos que se hace notar, cuando se menciona que Caín y Abel ofrecieron sacrificios, que los trajeron. Pero ¿a quién los trajeron? Pues, con toda probabilidad, a su padre Adán, quien, como sacerdote de la familia, había de ofrecer el sacrificio en nombre de ellos. Y así debe todo hijo espiritual del segundo Adán a quien se ha confiado el cuidado de una casa ofrecer los sacrificios espirituales de súplicas y acciones de gracias, agradables a Dios por medio de Jesucristo, en presencia y en nombre de todos los que le sirven o comen a su mesa.

Así leemos que se condujo nuestro bendito Señor cuando habitó entre nosotros: porque se dice a menudo que oraba con sus doce discípulos, que eran entonces su pequeña familia. Y él mismo ha prometido una bendición particular a las súplicas en común: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos». Y otra vez: «Si dos o tres se pusieren de acuerdo acerca de cualquier cosa que pidieren, les será hecho». A esto se añade que el apóstol nos manda «orar en todo tiempo con toda súplica», lo cual sin duda incluye la oración en familia. Y el santo Josué, cuando tomó la buena resolución del texto, de que él y su casa servirían al Señor, sin duda resolvió orar con su familia, que es uno de los mejores testimonios que podían dar de que le servían.

Además, no hay familia que no tenga algunas bendiciones comunes, de las que todos han participado, por las que dar gracias; algunas cruces y aflicciones comunes, contra las que deben orar; algunos pecados comunes, que todos deben lamentar y llorar: pero cómo puede hacerse esto sin unirse en un acto común de humillación, súplica y acción de gracias, es difícil de imaginar.

De todas estas consideraciones juntas se desprende que la oración en familia es un deber grande y necesario; y, por consiguiente, los cabezas de familia que la descuidan no tienen, ciertamente, excusa. Y es muy de temer que, si viven sin oración en familia, viven sin Dios en el mundo.

Y, sin embargo, odioso como es este carácter, es de temer que, si Dios enviara un ángel a destruirnos, como lo envió una vez a destruir a los primogénitos de Egipto, y le diera a la vez el encargo, como entonces de no perdonar más casas que aquellas donde viera la sangre en el dintel, rociada sobre los postes de la puerta, así ahora de no dejar escapar más familias que las que le invocaban en oración de mañana y de tarde, pocos quedarían ilesos de su espada vengadora. ¿Llamaré a tales familias cristianas o paganas? Sin duda no merecen el nombre de cristianas; y los paganos se levantarán en el juicio contra tales familias profanas de esta generación: porque ellos tenían siempre sus dioses domésticos, a los que adoraban y cuya ayuda invocaban con frecuencia. ¡Y a buen extremo han llegado, ciertamente, esas familias a las que hay que mandar a la escuela de los paganos! Pero ¿no se vengará el Señor de casas tan profanas como estas? ¿No derramará su furor sobre los que no invocan su nombre?

3. Pero es hora de que me apresure al tercer y último medio que recomendaré, por el cual todo cabeza de familia debe servir al Señor con su casa: catequizar e instruir a sus hijos y criados, y criarlos en disciplina y amonestación del Señor.

Que este, al igual que los dos anteriores, es un deber que incumbe a todo cabeza de casa, se ve por aquel famoso encomio o elogio que Dios hace de Abraham: «Yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino del Señor, haciendo justicia y juicio». Y en verdad apenas hay cosa que se nos inculque con más frecuencia en las Sagradas Escrituras que este deber de catequizar. Así dice Dios en un pasaje antes citado: «Repetirás estas palabras a tus hijos». Y en el Nuevo Testamento se manda a los padres «criar a sus hijos en disciplina y amonestación del Señor». El santo salmista nos cuenta que uno de los grandes fines por los que Dios hizo tan grandes maravillas por su pueblo fue «para que, cuando crecieran, las mostraran a sus hijos, o criados». Y en Deuteronomio 6, en el versículo 20 y siguientes, Dios manda estrictamente a su pueblo instruir a sus hijos en la verdadera naturaleza del culto ceremonial cuando preguntaran por él, como suponía que harían en el tiempo venidero. Y si los criados y los hijos habían de ser instruidos en la naturaleza de los ritos judíos, mucho más deben ahora ser iniciados y fundamentados en las doctrinas y primeros principios del evangelio de Cristo: no solo porque es una revelación que ha sacado a la luz la vida y la inmortalidad de un modo más pleno y claro, sino también porque muchos engañadores han salido por el mundo, que ponen todo su empeño no solo en destruir el edificio, sino también en socavar el fundamento mismo de nuestra santísima religión.

Si la presente generación quiere, pues, que su posteridad ame y honre de veras a Dios, los amos y los padres deben seguir el buen consejo de Salomón, e instruir y catequizar a sus respectivas casas en el camino que deben seguir.

Solo conozco una objeción que pueda alegarse, con alguna apariencia de razón, contra lo que se ha expuesto; y es que tal proceder ocupará demasiado tiempo y apartará a las familias demasiado tiempo de sus negocios mundanos. Pero es muy de dudar si quienes plantean tal objeción no tienen el mismo espíritu hipócrita que el traidor Judas, que se indignó contra la devota María por derrochar tan pródigamente su ungüento al ungir a nuestro bendito Señor, y preguntó por qué no se había vendido por doscientos denarios y dado a los pobres. Porque, si Dios nos ha dado tanto tiempo para trabajar para nosotros mismos, ¿no le concederemos una pequeña porción de él, mañana y tarde, para dedicarla a su culto y servicio más inmediatos? ¿No han leído las gentes que es Dios quien da a los hombres el poder para hacer las riquezas, y que, por tanto, el mejor camino para prosperar en el mundo es asegurarse su favor? ¿Y no ha prometido nuestro bendito Señor mismo que, si buscamos primeramente el reino de Dios y su justicia, todo lo necesario de fuera nos será añadido?

Abraham fue, sin duda, un hombre de tantos negocios como puedan tener quienes así objetan; y sin embargo hallaba tiempo para mandar a su casa que sirviera al Señor. Más aún, David era rey y, por consiguiente, tenía muchísimos asuntos entre manos; y no obstante declara que andaría en medio de su casa con integridad de corazón. Y, por citar solo un ejemplo más, el santo Josué era sin duda una persona muy ocupada en asuntos temporales; y sin embargo declara solemnemente delante de todo Israel que él y su casa servirían al Señor. Y si las personas tan solo redimieran el tiempo, como lo hicieron Abraham, David o Josué, ya no se quejarían de que los deberes familiares las apartan demasiado tiempo de los negocios del mundo.

III. Pero mi tercer y último punto general, bajo el cual había de ofrecer algunos motivos para mover a todos los cabezas de familia, con sus respectivas casas, a servir al Señor de la manera antes recomendada, servirá, espero, en lugar de mil argumentos, para probar la debilidad y necedad de tal objeción.

1. Y el primer motivo que mencionaré es el deber de gratitud que vosotros, los que sois cabezas de familia, debéis a Dios. Vuestra suerte, todos deben confesarlo, ha caído en buena tierra: la providencia os ha dado una hermosa heredad, por encima de muchos de vuestros semejantes; y, por tanto, por un principio de gratitud, debéis procurar, en cuanto de vosotros dependa, que cada persona de vuestras respectivas casas le invoque mientras viva: por no mencionar que la autoridad con que Dios os ha investido como padres y cabezas de familia es un talento confiado a vuestro cuidado, que estáis obligados a hacer rendir para honra de vuestro Señor. En otras cosas vemos que los cabezas de familia y los padres saben ejercer de buena gana su señorío sobre sus hijos y criados, y con bastante frecuencia pueden decir a uno: Ve, y va; y a otro: Ven, y viene; y a un tercero: Haz esto, y lo hace. ¿Y se empleará este poder tantas veces en vuestros propios asuntos, y nunca se ejercerá en las cosas de Dios? ¡Espantaos, oh cielos, sobre esto!

No obró así el fiel Abraham; no, Dios dice que sabía que Abraham mandaría a sus criados y a sus hijos después de sí. No obró así Josué: no, estaba resuelto no solo a andar él mismo con Dios, sino a emplear su autoridad para que todos los que le rodeaban hicieran lo mismo: «Yo y mi casa serviremos al Señor». Vayamos, pues, y hagamos nosotros lo mismo.

2. Pero, en segundo lugar, si la gratitud a Dios no basta, me parece que el amor y la compasión hacia vuestros hijos deberían moveros a servir al Señor con vuestras respectivas familias.

La mayoría de la gente muestra un gran cariño por sus hijos; tan grande, que muy a menudo su propia vida está ligada a la de su descendencia. «¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre?», dice Dios por medio de su profeta Isaías. Habla de ello como de algo monstruoso y apenas creíble; pero las palabras que siguen inmediatamente afirman que es posible: «Sí, pueden olvidarse», y la experiencia también nos asegura que pueden. Padre y madre pueden ambos abandonar a sus hijos: porque ¿qué mayor grado de olvido pueden mostrar hacia ellos que descuidar el cultivo de su mejor parte, y no criarlos en el conocimiento y el temor de Dios?

Es verdad que los padres rara vez se olvidan de proveer para el cuerpo de sus hijos (aunque es de temer que algunos hombres han caído tan por debajo de las bestias que perecen que descuidan incluso eso); pero ¡cuán a menudo olvidan, o más bien, cuándo recuerdan, asegurar la salvación de sus almas inmortales! ¿Es esta su manera de mostrar cariño al fruto de sus entrañas? ¿Es este el mejor testimonio que pueden dar de su afecto al hijo querido de su corazón? ¿Amaba entonces Dalila a Sansón cuando lo entregó en manos de los filisteos? ¿Querían bien a Daniel aquellos rufianes cuando lo arrojaron al foso de los leones?

3. Pero, en tercer lugar, si ni la gratitud a Dios ni el amor y la compasión hacia vuestros hijos logran persuadiros, que al menos un principio de elemental honradez y justicia os mueva a tomar la santa resolución del texto.

Este es un principio conforme al cual todos los hombres quisieran que se creyera que obran. Pero, ciertamente, si alguien puede ser con razón censurado por su injusticia, nadie lo merece más que aquellos que se creen agraviados si sus criados se sustraen de su trabajo corporal, y, en cambio, no tienen ningún cuidado de sus almas inestimables. Porque ¿es justo que los criados gasten su tiempo y sus fuerzas al servicio de su amo, y que los amos no les den a su vez lo que es justo y equitativo por su servicio?

Es verdad que algunos pueden pensar que han hecho bastante cuando dan a sus criados alimento y vestido, y dicen: «¿No me concerté contigo por tanto al año?». Pero si no les dan otra recompensa que esta, ¿qué hacen menos por sus propias bestias? ¿Y no valen los criados más que ellas? Sin duda que sí: y por mucho que los amos aplacen ahora sus convicciones, verán que llegará un tiempo en que sabrán que debieron haberles dado un salario espiritual además del temporal; y el clamor de los que segaron sus campos entrará en los oídos del Señor de los ejércitos.

4. Pero, en cuarto lugar, si ni la gratitud a Dios, ni la compasión por los hijos, ni un principio de justicia elemental para con los criados bastan para pesar más que todas las objeciones, que al menos aquel motivo predilecto y poderoso del interés propio incline la balanza, y os comprometa a servir al Señor con vuestras respectivas casas.

Esto pesa mucho en vosotros en otros asuntos: dejaos, pues, persuadir para que tenga también en este una influencia debida y plena; y si la tiene, si tenéis siquiera fe como un grano de mostaza, ¿cómo podéis dejar de creer que promover la religión familiar será el mejor medio de promover vuestro propio bienestar temporal tanto como el eterno? Porque «la piedad tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera».

Además, todos vosotros, sin duda, deseáis criados honrados e hijos piadosos; y que resultaran de otra manera os causaría tanta pena como le causó a Eliseo tener un Giezi traidor, o a David verse afligido por un Absalón rebelde. Pero ¿cómo puede esperarse que aprendan su deber si los que están puestos sobre ellos no se cuidan de enseñárselo? ¿No sería tan razonable esperar segar donde no sembrasteis, o recoger donde no esparcisteis?

Si el cristianismo, en verdad, autorizara en algo a los hijos y criados a desatender a sus padres y amos según la carne, o presentara su deber para con ellos como incompatible con su entera obediencia a su Padre y Amo que está en los cielos, podría haber entonces algún pretexto para descuidar instruirlos en los principios de tal religión. Pero, puesto que los preceptos de esta religión pura y sin mácula son todos santos, justos y buenos, y cuanto más se les enseña su deber para con Dios, mejor cumplirán sus deberes para con vosotros, me parece que descuidar el cultivo de sus almas por temor a gastar demasiado tiempo en deberes religiosos es obrar enteramente en contra de vuestro propio interés tanto como de vuestro deber.

5. En quinto y último lugar, si ni la gratitud a Dios, ni el amor a vuestros hijos, ni la justicia elemental para con vuestros criados, ni siquiera ese motivo tan poderoso del interés propio os mueven, que al menos la consideración de los terrores del Señor os persuada a poner en práctica la piadosa resolución del texto. Recordad que llegará el tiempo, y quizá muy pronto, en que todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo, donde hemos de dar cuenta solemne y estricta de cómo nos hemos conducido en nuestras respectivas familias en este mundo. ¿Cómo soportaréis ver a vuestros hijos y criados (que deberían ser vuestro gozo y corona de gloria en el día de nuestro Señor Jesucristo) presentarse como otros tantos testigos prontos contra vosotros, maldiciendo al padre que los engendró, el vientre que los llevó, los pechos que mamaron y el día en que entraron en vuestras casas? ¿No pensáis que la condenación que los hombres han de sufrir por sus propios pecados será bastante, sin que necesiten cargarse con la culpa añadida de ser cómplices también de la condenación de otros? ¡Oh, considerad esto, todos los que os olvidáis de servir al Señor con vuestras respectivas casas, «no sea que os arrebate, sin que haya quien os libre»!

Pero no quiera Dios, hermanos, que os sobrevenga tal mal: no, antes quiero esperar que hayáis quedado en alguna medida convencidos, por lo dicho, de la gran importancia de la religión familiar; y que por eso estéis prontos a exclamar con las palabras que siguen inmediatamente al texto: «Nunca tal acontezca, que dejemos al Señor»; y otra vez, vers. 21: «No, antes al Señor serviremos (con nuestras respectivas casas)».

Y para que siempre haya en vosotros tal corazón, permitidme exhortar a todos los cabezas de familia, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a reflexionar a menudo en el valor inestimable de sus propias almas, y en el rescate infinito, la preciosa sangre de Jesucristo, que se ha pagado por ellas. Recordad, os ruego que recordéis, que sois criaturas caídas; que por naturaleza estáis perdidos y alejados de Dios; y que nunca podréis ser restituidos a vuestra felicidad primitiva hasta que, naciendo de nuevo del Espíritu Santo, lleguéis a vuestro estado primitivo de pureza, tengáis de nuevo impresa en vuestras almas la imagen de Dios, y seáis así hechos aptos para participar de la herencia de los santos en luz. Reflexionad, digo, seria y frecuentemente en estas verdades tan importantes, y obrad como quienes las creen, y ya no descuidaréis el bienestar espiritual de vuestra familia más que el vuestro propio. No; el amor de Dios, que entonces será derramado en vuestros corazones, os constreñirá a hacer cuanto podáis por preservarlos: y el profundo sentido de la gracia gratuita de Dios en Cristo Jesús (que entonces tendréis) al llamaros os moverá a hacer cuanto podáis por salvar a otros, especialmente a los de vuestra propia casa. Y aunque, después de todos vuestros piadosos esfuerzos, algunos sigan sin enmendarse, tendréis sin embargo este consuelo al reflexionar: que hicisteis lo que pudisteis por hacer religiosas a vuestras familias; y, por tanto, podéis estar seguros de sentaros en el reino de los cielos con Abraham, Josué y Cornelio, y con todos los piadosos padres de familia que en sus respectivas generaciones resplandecieron como otras tantas luminarias en sus casas sobre la tierra. Amén.

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