Sermones escogidos de George Whitefield
Las maquinaciones de Satanás

Capítulo 48 · 25 min de lectura · 32 min de escucha

Las maquinaciones de Satanás

La ocasión de estas palabras fue la siguiente: en la iglesia de Corinto había un desdichado que había cometido un incesto tal que ni aun se nombraba entre los gentiles, pues había tomado la mujer de su padre; pero, ya fuera por su riqueza, por su poder o por razones semejantes, como sucede hoy día con muchos ofensores notorios, no había sido sometido a las censuras de la iglesia. Por eso san Pablo, en su primera epístola, los reprende con severidad por este descuido de la disciplina, y les manda que, «en el nombre del Señor nuestro Jesucristo, juntados ellos, entreguen al tal, quienquiera que sea, a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que su espíritu sea salvo en el día del Señor»; es decir, que lo excomulgaran solemnemente, cosa que entonces solía ir acompañada de alguna enfermedad corporal. Los corintios, obedientes al apóstol como hijos amados, apenas recibieron esta reprensión se sometieron a ella y echaron de la iglesia al culpable. Pero mientras procuraban enmendar una falta, cayeron por desgracia en otra; y así como antes habían sido demasiado blandos y negligentes, ahora se portaban con él con demasiada severidad y resentimiento. Por eso el apóstol, en este capítulo, les reprocha esto y les dice que «bástale al culpable, para su vergüenza, el castigo que le fue impuesto por muchos»: que ya había sufrido bastante; y que, por tanto, para que no se viera tentado a decir con Caín: «Grande es mi castigo para ser soportado»; o, por usar las propias palabras del apóstol, «para que no sea consumido de demasiada tristeza»; ahora que había dado prueba de su arrepentimiento, debían perdonarlo, confirmar su amor hacia él y restaurarlo con espíritu de mansedumbre; «para que Satanás (a cuyos golpes estaba ahora entregado, pues lo tentaba a la desesperación) no saque ventaja de nosotros»: y así, presentándoos como despiadados y crueles, haga que sea blasfemado aquel santo nombre por el cual sois llamados; «pues no ignoramos sus maquinaciones»: sabemos muy bien cuántas maneras sutiles tiene para desviar y seducir a los hombres desprevenidos e irreflexivos.

Así, pues, se presentan las palabras en relación con el contexto; pero como Satanás tiene muchas maquinaciones, y como su aljaba está llena de otros dardos envenenados, además de los que nos dispara para arrastrarnos a la desesperación, en el discurso que sigue me propongo:

Primero, observar brevemente a quién hemos de entender por Satanás. Y,

Segundo, señalaros cuáles son las principales maquinaciones de que suele valerse para apartar de Cristo a los convertidos, y prescribir también algunos remedios contra ellas.

Primero, ¿a quién hemos de entender por Satanás?

La palabra Satanás, en su significado original, quería decir adversario; y en su acepción general se emplea para designar al príncipe de los demonios, quien, por pretender ser como Dios, fue arrojado del cielo, y a quien ahora se le permite, «con el resto de sus malicias espirituales en las regiones celestes, andar de un lado a otro, buscando a quien devorar». Oímos de él inmediatamente después de la creación, cuando, en forma de serpiente, acechaba para engañar a nuestros primeros padres. Se le llama Satanás en el libro de Job, donde se nos dice que «cuando vinieron los hijos de Dios a presentarse delante del Señor, vino también Satanás entre ellos». Como dice también la Escritura en el libro de las Crónicas: «y Satanás incitó a David a que hiciese censo del pueblo». En el Nuevo Testamento recibe distintos nombres; unas veces se le llama el Maligno, porque es malo en sí mismo y nos tienta al mal. Otras, «el príncipe de la potestad del aire» y «el espíritu que ahora obra en los hijos de desobediencia»; porque reside principalmente en el aire y por todo el mundo; y de todos los que no son nacidos de Dios se dice que están bajo su poder.

Es enemigo de Dios y del bien; aborrece toda verdad. ¿Por qué, si no, calumnió a Dios en el paraíso? ¿Por qué le dijo a Eva: «No moriréis»? ¿Y por qué prometió dar a Jesucristo todos los reinos del mundo y su gloria, si postrado lo adoraba?

Está lleno de malicia, envidia y venganza: pues ¿qué otros motivos pudieron inducirlo a molestar al hombre inocente en el paraíso? ¿Y por qué sigue tan incansable en sus intentos de destruirnos, a nosotros, que ningún mal le hemos hecho?

Es un ser de gran poder, como se ve en que pudo obrar sobre la imaginación de nuestro bendito Señor hasta representarle en un momento todos los reinos del mundo y su gloria. Y también en que llevó su sagrado cuerpo por el aire hasta el pináculo del templo, y en que precipitó con tanta furia una manada de cerdos al mar. Más aún, tan grande es su fuerza que no dudo de que, si Dios le permitiera usar todo su poder, podría trastornar la tierra o arrancar el sol de su órbita.

Pero aquello por lo que más se distingue es su astucia: pues, como no se le ha dado poder de lo alto para tomarnos por la fuerza, se ve obligado a aguardar ocasiones para traicionarnos y atraparnos con engaño. Por eso se valió de la serpiente, que era más astuta que todos los animales del campo, para tentar a nuestros primeros padres; y por eso se dice de él, en el Nuevo Testamento, que «acecha para engañar»; y, en las palabras del texto, el apóstol dice: «No ignoramos sus maquinaciones»; dando a entender con ello que corremos más peligro de ser seducidos por sus artimañas que de ser arrollados por su poder.

Por esta breve descripción de Satanás podemos juzgar fácilmente de quién son hijos los que aman la mentira, los que hablan mal de su prójimo y lo calumnian, y cuyo corazón está lleno de orgullo, astucia, malicia, envidia, venganza y toda falta de caridad. Sin duda tienen a Satanás por padre: porque conocen el carácter de Satanás y hacen las obras de Satanás. Pero si se vieran a sí mismos, o vieran a Satanás tal como es, no podrían menos que aterrarse de su propio parecido con él y aborrecerse en el polvo y la ceniza.

Pero la justicia de Dios al permitir que seamos tentados queda vindicada por las siguientes consideraciones: que aquí estamos en un estado de desorden; que él ha prometido no dejar que seamos tentados más de lo que podemos llevar; y no solo eso, sino que al que venciere le dará la corona de la vida.

Los santos ángeles mismos, según parece, fueron puestos una vez a prueba, para ver si serían fieles o no. El primer Adán fue tentado, aun en el paraíso. Y Jesucristo, aquel segundo Adán, aunque era Hijo, fue llevado por el Espíritu Santo, como representante nuestro, al desierto para ser tentado por el diablo. Y no hay un solo santo en el paraíso, entre la buena comunión de los profetas, la gloriosa compañía de los apóstoles, el noble ejército de los mártires y los espíritus de los justos hechos perfectos, que, mientras estuvo en la tierra, no fuera asaltado por los dardos de fuego de aquel maligno, el diablo.

Así pues, de lo que ha sido la suerte común de todos los hijos de Dios, y de los ángeles, y aun del eterno Hijo de Dios mismo, no debemos pensar que estaremos exentos: no; bástenos ser perfeccionados por medio de las tentaciones, como lo fueron ellos. Y, por tanto, puesto que no podemos dejar de ser tentados, a menos que pudiéramos deshacer la naturaleza humana, en lugar de quejarnos de nuestra condición deberíamos más bien preguntarnos: ¿en qué tiempo de nuestra vida nos asalta Satanás con más violencia? ¿Y cuáles son las maquinaciones de que suele valerse para «sacar ventaja de nosotros»?

En cuanto a la primera pregunta, en qué tiempo de la vida, respondo: debemos esperar ser tentados por él, en mayor o menor grado, toda nuestra vida. — Porque, siendo esta vida una guerra continua, nunca debemos esperar descanso de nuestro adversario espiritual, el diablo, ni decir que nuestro combate con él ha terminado, hasta que, con nuestro bendito Maestro, inclinemos la cabeza y entreguemos el espíritu.

Pero como el tiempo de nuestra conversión, o de nuestra primera entrada en la vida espiritual, es el momento más crítico, en el que por lo general nos acosa con violencia, sabiendo bien que, si puede impedir que emprendamos la marcha, podrá llevarnos cautivos a su voluntad; y como el sabio hijo de Sirac nos advierte expresamente que, cuando vamos a servir al Señor, preparemos nuestra alma para la tentación, pasaré, en respuesta a la otra pregunta, al

Segundo punto general propuesto, y señalaré las maquinaciones de que Satanás suele valerse en nuestra primera conversión para sacar ventaja de nosotros.

Pero permitidme advertiros que todo cuanto se diga en el discurso que sigue va dirigido únicamente a quienes de veras han entrado en la vida divina, y no a los carnales que son casi cristianos, que tienen apariencia de piedad, pero nunca han sentido aún su eficacia en el corazón.

Sentado esto, la primera maquinación que mencionaré, de la cual se vale Satanás, es arrastrarnos a la desesperación.

Cuando Dios Padre despierta a un pecador por los terrores de la ley, y por su Espíritu Santo lo convence de pecado, a fin de conducirlo a Cristo y mostrarle la necesidad de un Redentor, entonces Satanás suele intervenir y agravar esas convicciones hasta tal punto que el pecador llega a dudar de hallar misericordia por medio del Mediador.

Así, en todas sus tentaciones al santo Jesús, procuró sobre todo hacerle dudar de si era el Hijo de Dios: «Si eres Hijo de Dios», haz esto o aquello. Con muchos pensamientos así de desalentadores, sin duda, llenó el corazón del gran san Pablo cuando estuvo tres días sin comer pan ni beber agua; y por eso habla por experiencia cuando dice, en las palabras del texto: «No ignoramos sus maquinaciones», a saber, que procuraría arrastrar al incestuoso a la desesperación.

Pero que ninguno de vosotros se deje llevar por él a desesperar de hallar misericordia. Porque no es la grandeza ni el número de nuestros crímenes, sino la impenitencia y la incredulidad, lo que acarreará nuestra ruina: no; aunque nuestros pecados fueran más que los cabellos de nuestra cabeza, o de un tinte más intenso que la grana más viva, los méritos de la muerte de Jesucristo son infinitamente mayores, y la fe en su sangre los hará blancos como la nieve.

Responded, pues, siempre a sus sugerencias de desesperación como lo hizo vuestro bendito Señor: con un «Escrito está». Decidle que sabéis que vuestro Redentor vive, siempre para interceder por vosotros; que el Señor ha recibido de él el doble por todos vuestros crímenes; y que, aunque hayáis pecado mucho, eso no es razón para desesperar, sino solo para amar mucho, puesto que se os ha perdonado tanto.

Una segunda maquinación de la que Satanás suele valerse para sacar ventaja de los recién convertidos es tentarlos a la presunción, o a tener de sí mismos más alto concepto del que deben tener.

Cuando alguien ha gustado durante algún tiempo la buena palabra de vida y ha sentido los poderes del siglo venidero, por lo común (y bien puede estarlo) queda sumamente arrebatado por el cambio repentino que halla en sí mismo. Pero entonces Satanás no dejará de aprovechar ese momento para envanecerlo con un alto concepto de sus propios logros, como si fuera algún gran personaje, y lo tentará a menospreciar a sus hermanos, como si fuera más santo que ellos.

Mirad, pues, y guardémonos de esta maquinación de nuestro adversario espiritual; porque, así como delante de la honra va la humildad, así la altivez de espíritu suele preceder a la caída; y Dios se ve obligado, en tales circunstancias, a enviarnos alguna visitación que nos humille, o a permitir que caigamos, como dejó caer a Pedro, en algún pecado grave, para que aprendamos a no ensoberbecernos.

Para atajar, pues, toda sugerencia de orgullo espiritual, consideremos que no fuimos nosotros quienes alcanzamos a Cristo, sino que fuimos alcanzados por él. Que nada tenemos que no hayamos recibido. Que solo la libre gracia de Dios ha hecho la diferencia entre nosotros y los demás; y que, si Dios nos dejara un solo momento al engaño de nuestro propio corazón, nos volveríamos débiles y malvados como los demás hombres. Debemos considerar, además, que enorgullecerse de la gracia es el camino más rápido para perderla. «Porque Dios resiste a los soberbios, y da más gracia solo a los humildes». Y aunque estuviéramos dotados de las perfecciones de los serafines, si nos enorgulleciéramos de ellas no harían sino convertirnos en demonios más consumados. Sobre todo, debemos orar fervientemente a Dios Todopoderoso para que aprendamos de Jesucristo a ser humildes de corazón. Para que su gracia, por la astucia y el engaño de Satanás, no se convierta en nuestro veneno. Sino que siempre pensemos de nosotros mismos con templanza, como debemos pensar.

Una tercera maquinación que mencionaré, de la que Satanás suele valerse «para sacar ventaja de nosotros», es tentarnos a la inquietud y a pensar con dureza de Dios cuando estamos muertos y estériles en la oración.

Aunque este es un lenguaje que el hombre natural no entiende, todos los que entre vosotros han pasado por los dolores del nuevo nacimiento saben muy bien lo que quiero decir cuando hablo de muerte y sequedad en la oración. Y no dudo de que muchos de vosotros, entre quienes estoy ahora predicando el reino de Dios, estáis en este mismo momento padeciéndola.

Porque, cuando las personas despiertan por primera vez a la vida divina, como la gracia es débil y la naturaleza fuerte, Dios suele complacerse en concederles algunas iluminaciones extraordinarias de su Espíritu Santo; pero cuando han crecido hasta ser hombres más perfectos en Cristo, entonces a menudo parece dejarlos a sí mismos; y no solo eso, sino que permite que los abrumen una horrible muerte interior y un gran pavor; y en esos momentos Satanás no dejará de afligirlos y tentarlos a la impaciencia, para gran desconsuelo de sus almas.

Pero no temáis; porque esto no es más de lo que vuestro bendito Redentor, aquel Cordero de Dios sin mancha, padeció antes que vosotros: testigo de ello es su amarga agonía en el huerto, cuando su alma estaba muy triste hasta la muerte; cuando su sudor fue como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra; cuando se le retiró el sentimiento de la Divinidad; y Satanás, con toda probabilidad, tuvo permiso para desplegar ante él todos sus terrores.

Regocijaos, pues, hermanos míos, cuando caigáis en circunstancias semejantes, sabiendo que en ellas sois participantes de los padecimientos de Jesucristo. Considerad que es necesario que vengan tales pruebas interiores, para destetarnos del amor desmedido a la devoción sensible y enseñarnos a seguir a Cristo, no solo por los panes, sino por un principio de amor y obediencia. Con vuestra paciencia, pues, poseed vuestras almas, y no os dejéis aterrar por las sugerencias de Satanás. Perseverad en buscar a Jesús en el uso de los medios, aunque sea con dolor; y aunque, por la esterilidad de vuestra alma, andéis enlutados todo el día. Considerad que el Esposo está con vosotros, aunque detrás de la cortina; como estaba con María en el sepulcro, aunque ella no lo sabía. Que solo se ha retirado por un poco de tiempo, para que su próxima visita sea más bienvenida. Que, aunque ahora parezca fruncir el ceño y volveros la espalda, como hizo con la mujer sirofenicia, si vosotros, como ella o como el ciego Bartimeo, clamáis tanto más fervientemente: «Jesús, Hijo de David, ten misericordia de nosotros», él se os volverá a dar a conocer, ya sea en el templo, ya al partir el pan, o de alguna otra manera.

Pero, entre todas las maquinaciones de que Satanás se vale «para sacar ventaja de nosotros», no hay ninguna con la que tenga más éxito, ni con la que aflija peor a los hijos de Dios, que la

Cuarta maquinación que voy a mencionar: turbaros con pensamientos blasfemos, profanos e incrédulos; y a veces hasta tal punto que resultan tan atormentadores como el potro.

Algunos, ciertamente, se inclinan a atribuir todos esos malos pensamientos a un trastorno del cuerpo. Pero quienes saben algo de la vida espiritual pueden deciros, con mayor certeza, que en general proceden de aquel maligno, el diablo; el cual, sin duda, tiene poder dado de lo alto, tanto ahora como antes, para trastornar el cuerpo, como hizo con el de Job, a fin de obrar con más secreto y éxito sobre el alma, agitarla y atormentarla.

Vosotros que habéis sentido sus dardos de fuego podéis suscribir la verdad de esto, y por funesta experiencia podéis contar cuántas veces os ha dicho: «Maldice a Dios, y muérete», y ha lanzado a vuestros pensamientos mil sugerencias blasfemas, aun en vuestros retiros más secretos y solemnes; de modo que el solo hecho de recordarlo os hace temblar el corazón.

Apelo a vuestra propia conciencia: ¿no os ha sucedido a algunos de vosotros que, mientras alzabais manos santas en oración, os habéis visto acosados por tal muchedumbre de las más horribles insinuaciones que muchas veces habéis sido tentados a levantaros de vuestras rodillas, y se os ha hecho creer que vuestras oraciones eran abominación al Señor? Más aún, cuando, con el resto de vuestros hermanos cristianos, os habéis agolpado en torno a la santa mesa y habéis tomado en vuestras manos los sagrados símbolos del santísimo cuerpo y sangre de Cristo, en lugar de recordar la muerte de vuestro Salvador, ¿no habéis estado ocupados en ahuyentar malos pensamientos, como Abraham lo estuvo en espantar las aves que venían a devorar su sacrificio, y no os habéis aterrado por ello, temiendo haber comido y bebido vuestra propia condenación?

Pero no os maravilléis, como si alguna cosa extraña os aconteciese; porque esta ha sido la suerte común de todos los hijos de Dios. Leemos que, ya en tiempos de Job, «cuando vinieron los hijos de Dios a presentarse delante de su Hacedor (en el culto público), vino también Satanás entre ellos», para perturbar su devoción.

Y no penséis que Dios está enojado con vosotros por estos pensamientos que os distraen, por blasfemos que sean: no; él sabe que no sois vosotros, sino Satanás que obra en vosotros; y por eso, aunque con él pueda estar disgustado, y ciertamente lo castigará, a vosotros os compadecerá y os recompensará. Y aunque es difícil hacer creer esto a personas en vuestra situación, no dudo de que sois más aceptables a Dios cuando cumplís vuestros santos deberes en medio de tales distracciones involuntarias que cuando la devoción os arrebata, por así decirlo, hasta el tercer cielo; porque entonces estáis a la vez padeciendo y haciendo la voluntad de Dios; y, como los siervos de Nehemías en la edificación del templo, tenéis la paleta en una mano y la espada en la otra. No os dejéis apartar del uso de ninguna ordenanza, sea cual sea, a causa de esas abominables sugerencias; porque entonces dejáis que Satanás obtenga sobre vosotros la ventaja que desea, ya que su principal designio con estos pensamientos es haceros reñir con los medios de gracia y tentaros a creer que no agradáis a Dios, por la sola razón de que no os agradáis a vosotros mismos. Antes bien, perseverad en el uso de la santa comunión especialmente, y de todos los demás medios; y cuando estas tentaciones hayan obrado en vosotros la resignación para la que fueron permitidas, Dios os visitará con nuevas muestras de su amor, como salió al encuentro de Abraham cuando volvía de la derrota de los cinco reyes; y os enviará un ángel del cielo, como lo hizo con su Hijo, expresamente para fortaleceros.

Hasta aquí solo hemos observado las maquinaciones de que Satanás se vale directamente por sí mismo; pero hay una

Quinta que mencionaré, y que no es la menor: tentarnos por medio de nuestros amigos y parientes carnales.

Esta es una de las maquinaciones más comunes, y también más arteras, de que se vale para apartar de Dios a los recién convertidos; porque, cuando no puede prevalecer sobre ellos por sí mismo, prueba lo que puede lograr mediante la influencia y la mediación de otros.

Así tentó a Eva, para que ella tentara a Adán. Así incitó a la mujer de Job a decirle: «Maldice a Dios, y muérete». Y así se valió de la lengua de Pedro para persuadir a nuestro bendito Señor a que «tuviera compasión de sí mismo», y rehusara así aquellos padecimientos por los cuales únicamente podíamos ser librados de sufrir la venganza del fuego eterno. Y así, en estos postreros días, incita a menudo a nuestros amigos más poderosos y a nuestros allegados más queridos a disuadirnos de andar por aquel camino angosto, el único que lleva a la vida eterna.

Pero nuestro bendito Señor nos ha provisto de una respuesta suficiente para todas esas sugerencias: «Quitaos de delante de mí, adversarios míos»; porque de otro modo os serán de tropiezo; y la única razón por la que dan tal consejo es que «no entienden lo que es de Dios, sino lo que es de los hombres».

Así pues, todos los que entre vosotros estáis resueltos a servir al Señor, preparad vuestras almas para muchas tentaciones como estas; porque es necesario que vengan tales tropiezos, para probar vuestra sinceridad, para enseñarnos a dejar de confiar en el hombre y para ver si estamos dispuestos a dejarlo todo por seguir a Cristo.

Es verdad que nuestros modernizadores del cristianismo quisieran persuadirnos de que el evangelio estaba pensado solo para unos doscientos años, y de que ahora ya no hay necesidad de aborrecer a padre y madre, ni de ser perseguidos por causa de Cristo y de su evangelio.

Pero tales personas yerran, ignorando las Escrituras y el poder de la piedad en sus corazones; porque todo el que recibe de veras el amor de Dios hallará que Cristo vino a traer sobre la tierra no paz, sino espada, tanto ahora como siempre. Que el suegro estará contra la nuera en estos postreros tiempos tanto como en los primitivos; y que, si queremos vivir piadosamente en Cristo Jesús, debemos, ahora como entonces, padecer persecución de parte de amigos y parientes carnales. Pero el diablo tiene una

Sexta maquinación, tan peligrosa como cualquiera de las anteriores: no tentarnos en absoluto, o más bien retirarse por un tiempo, para caer sobre nosotros a la hora que no pensamos.

Así se dice que se apartó de Jesucristo solo por un tiempo; y nuestro bendito Señor nos ha mandado velar y orar siempre para que no entremos en tentación; dando a entender con ello que Satanás, pensemos en ello o no, está siempre buscando cómo devorarnos.

Si queremos, pues, portarnos como buenos soldados de Jesucristo, debemos estar siempre en guardia, y no pretender nunca deponer nuestras armas espirituales de la oración y la vigilancia hasta que nuestra milicia termine con la muerte; porque, si lo hacemos, nuestro Amalec espiritual pronto prevalecerá contra nosotros. ¿Y qué, si nos ha dejado? Es solo por un tiempo; todavía un poco, y, como león rugiente, con doble furia, volverá a echarse sobre nosotros. Por cobarde que sea el diablo, rara vez nos deja al primer asalto. Como persiguió a nuestro bendito Señor con una tentación tras otra, así tratará a sus siervos. Y la razón por la que no renueva sus ataques es, unas veces, que Dios sabe que todavía somos débiles e incapaces de soportarlos; otras, que nuestro gran adversario piensa acosarnos en una ocasión más propicia.

Vela con cuidado sobre tu corazón, oh cristiano; y siempre que percibas que estás cayendo en un sueño espiritual, dile, como Cristo a sus discípulos: «Levántate (alma mía), ¿por qué duermes?». Despierta, despierta; vístete de fortaleza, vela y ora, o de otro modo los filisteos caerán sobre ti y te llevarán adonde no quieras. ¡Ay! ¿Es esta vida un tiempo para acostarse a dormir? Levántate, y clama a tu Dios; tu enemigo espiritual no está muerto, sino que acecha en algún lugar secreto, buscando una ocasión oportuna para traicionarte. Si dejas de luchar con él, dejas de ser amigo de Dios; dejas de andar por aquel camino angosto que lleva a la vida.

Así he procurado señalaros algunas de las maquinaciones de que Satanás suele valerse «para sacar ventaja de nosotros»; hay sin duda muchas otras que usa a menudo.

Pero estas, a causa de mi juventud y falta de experiencia, todavía no puedo daros a conocer; los que llevan muchos años alistados al servicio de su Señor, y han peleado bajo su estandarte contra nuestro Amalec espiritual, son capaces de descubrir más de sus artificios; y, habiendo sido tentados en todo, semejantes a sus hermanos, pueden en todo aconsejar y socorrer a los que son tentados.

Entretanto, permitidme exhortar a mis jóvenes compañeros de armas, que, como yo, apenas entran en el campo de batalla, y por cuya causa se escribió esto, a que no se desanimen ante la prueba de fuego con que han de ser probados, si quieren ser hallados siervos fieles de Jesucristo. Veis, amadísimos hermanos míos, por lo que se ha dicho, que nuestro camino a través del desierto de este mundo hacia la Canaán celestial está sembrado de espinas, y que hay hijos de Anac con quienes luchar antes de poder poseer la tierra prometida. Pero que estos, como otros tantos espías falsos, no os desanimen de subir a pelear las batallas del Señor; antes decid con Caleb y Josué: «No, sino que subiremos, porque podemos vencerlos». Jesucristo, aquel gran capitán de nuestra salvación, en nuestro lugar y como representante nuestro, ha desbaratado al gran enemigo del género humano, y nosotros no tenemos más que pelear varonilmente bajo su estandarte e ir de victoria en victoria. Nuestra gloria no consiste en estar exentos de tentaciones, sino en soportarlas. «Bienaventurado el varón (dice el apóstol) que soporta la tentación»;: y otra vez: «Hermanos, tened por sumo gozo cuando caigáis en diversas tentaciones»: Y en aquella forma perfecta que nuestro bendito Señor nos ha prescrito se nos enseña a orar, no tanto para ser librados de toda tentación, como «del mal» que hay en ella. Mientras estemos a este lado de la eternidad, es necesario que vengan tentaciones; y, sin duda, «Satanás nos ha pedido a todos para zarandearnos como a trigo». Pero ¿por qué habríamos de temer? Porque el que está por nosotros es mucho más poderoso que todos los que están contra nosotros. Jesucristo, nuestro gran Sumo Sacerdote, ha sido exaltado a la diestra de Dios, y allí está sentado para interceder por nosotros, para que nuestra fe no falte.

Puesto que Cristo está orando, ¿a quién temeremos? Y puesto que ha prometido hacernos más que vencedores, ¿de quién tendremos miedo? No; aunque una hueste de demonios se ponga en orden de batalla contra nosotros, no temamos; aunque se levante contra nosotros la más encarnizada persecución, pongamos aun así nuestra confianza en Dios. ¿Qué importa que Satanás y el resto de sus espíritus apóstatas sean poderosos comparados con nosotros? Puestos frente al Todopoderoso, son tan débiles como el más vil de los gusanos. Dios los tiene a todos reservados en prisiones de oscuridad para el juicio del gran día. Hasta donde él les permita, llegarán, pero no más allá; y donde a él le plazca, allí se detendrán sus soberbios y maliciosos designios. Leemos en el evangelio que, aunque una legión de ellos poseía a un hombre, no pudieron destruirlo; ni siquiera pudieron entrar en un cerdo sin que antes se les diera permiso de lo alto. Es verdad que a menudo vemos que nos derriban cuando nos asaltan; pero esforcémonos y seamos muy valientes; porque, aunque ellos nos hieran el calcañar, al fin nosotros les heriremos la cabeza. Aún un poco, y el que ha de venir vendrá; y entonces veremos a todos nuestros enemigos espirituales puestos bajo nuestros pies. ¿Qué importa que salgan contra nosotros como otros tantos grandes Goliats? Si podemos salir, como el joven David, en el nombre y la fuerza del Señor de los ejércitos, podremos decir: Oh Satanás, ¿dónde está tu poder? Oh espíritus caídos, ¿dónde está vuestra victoria?

Una vez más, pues, y para concluir: esforcémonos y seamos muy valientes, y vistámonos de toda la armadura de Dios, para que podamos estar firmes contra los dardos de fuego del maligno. Renunciemos a nosotros mismos y al mundo, y entonces le quitaremos las armas en que confía, y no hallará en nosotros nada sobre lo cual puedan obrar sus tentaciones. Así frustraremos sus maliciosos designios; y, estando dispuestos a padecer por nosotros mismos, necesitaremos que se nos envíen menos padecimientos de lo alto. Tengamos los lomos ceñidos de verdad, y por yelmo la esperanza de salvación; «orando en todo tiempo con toda clase de súplica». Sobre todo, «tomemos la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios», y «el escudo de la fe», puestos siempre los ojos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe, el cual, por el gozo puesto delante de él, sufrió la cruz, menospreciando la vergüenza, y ahora está sentado a la diestra de Dios.

A ese lugar dichoso quiera Dios, por su infinita misericordia, trasladarnos a todos, por medio de nuestro Señor Jesucristo.

A quien, con el Padre y el Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios eterno, sea toda honra y gloria, ahora y por siempre. Amén.

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