Sermones escogidos de George Whitefield
Recomendación del gran deber de la caridad

Capítulo 47 · 23 min de lectura · 29 min de escucha

Recomendación del gran deber de la caridad

1 Corintios 13:8 — «La caridad nunca deja de ser».

Nada hay más valioso y digno de alabanza, y, sin embargo, ningún deber se practica menos, que el de la caridad. A menudo aparentamos interés y lástima por la miseria y la aflicción de nuestros semejantes, pero rara vez nos compadecemos de su condición lo bastante como para socorrerlos conforme a nuestras posibilidades; y, a menos que les ayudemos con lo que necesiten, tanto para el cuerpo como para el alma, todos nuestros buenos deseos no son más que palabras sin valor ni peso, y no merecen ser estimados ni tenidos en cuenta. Porque, cuando oímos de alguna circunstancia lamentable en que se hallan envueltos nuestros semejantes, sean amigos o enemigos, es nuestro deber, como cristianos, ayudarles hasta donde alcancen nuestras fuerzas.

Es verdad, hermanos míos, que no hemos de perjudicarnos a nosotros mismos ni a nuestras familias; esa no es la caridad que tanto recomienda San Pablo; pero, si de algún modo podemos socorrerlos sin dañarnos a nosotros ni a nuestras familias, entonces es nuestro deber hacerlo; y esta caridad nunca deja de ser, cuando procede de un fin recto y con una mira recta.

San Pablo había mostrado, en el capítulo anterior, que los dones espirituales eran diversos; que Dios había repartido una bendición a uno y otra a otro; y que, aunque había diversidad de bendiciones, Dios no las concedía todas a una sola persona, sino que daba a uno una bendición que negaba a otro, y daba al otro una bendición o un don que podía hacerle tan eminente en un sentido como el don del primero le hacía en otro. Pero, aunque haya estos diversos dones espirituales, todos se dan con algún fin sabio, para provecho, y con ese fin se reparten de manera tan diversa. Por una parte, no hemos de esconder los dones que Dios nos ha dado; ni, por otra, hemos de ser tan pródigos con ellos que los gastemos en nuestras concupiscencias y placeres, para satisfacer nuestros apetitos sensuales, sino que han de emplearse para la gloria de Dios y el bien de las almas inmortales. Después de ilustrar esto en particular, pasa a mostrar que todos los dones, por grandes que sean en sí mismos, de nada valen si no tenemos caridad, como podéis ver especialmente si consideráis este capítulo desde el principio.

Pero, antes de seguir adelante, os diré qué entiende el apóstol por caridad: es decir, el amor. Si hay verdadero amor, habrá caridad; habrá empeño en ayudar, asistir y socorrer conforme a la capacidad con que Dios nos ha bendecido. Y, puesto que el apóstol la recomienda tanto, veamos cuán valiosa es esta caridad y cuán digna de alabanza en todos los que la practican. Voy a

I. Considerar esta bendición en relación con el cuerpo de los hombres.

II. Mostraré cuánto más valiosa es cuando se refiere al alma de los hombres.

III. Os mostraré cuándo vuestra caridad es de la clase debida.

IV. Por qué esta caridad, o la gracia del amor, nunca deja de ser.

V. Concluiré con una exhortación a grandes y pequeños, ricos y pobres, todos a una, a que se les halle en la práctica constante de este deber tan valioso y digno de alabanza.

Primero, consideraré este deber en relación con el cuerpo de los hombres. Y,

1. ¡Oh, si los ricos considerasen cuán digno de alabanza es este deber de ayudar a sus semejantes! Fuimos creados para ser ayuda los unos de los otros; Dios no ha hecho a nadie tan independiente que no necesite la ayuda de otro; el hombre más rico y poderoso de la faz de la tierra necesita la ayuda y asistencia de los que le rodean; y, aunque hoy sea grande, mil accidentes pueden abatirle mañana; el que hoy nada en la abundancia puede mañana verse en igual escasez. Si nuestros ricos fueran más caritativos con sus amigos y vecinos pobres, eso serviría para recomendarlos al favor de otros, si la Providencia les volviera el rostro; pero, ¡ay!, nuestros grandes prefieren con mucho gastar su dinero en un teatro, en un baile, en una tertulia o en una mascarada, antes que socorrer a un pobre siervo afligido de Jesucristo. Prefieren gastar sus haciendas en sus halcones y sus sabuesos, en sus rameras y en placeres terrenales, sensuales y diabólicos, antes que consolar, sustentar o socorrer a uno solo de sus semejantes afligidos. ¿Qué diferencia hay entre el rey en su trono y el mendigo en el muladar, cuando Dios les reclama el aliento? No hay diferencia alguna, hermanos míos, en la tumba, ni la habrá en el día del juicio. No se os excusará porque hayáis tenido una gran hacienda, una casa espléndida, y hayáis vivido en todos los placeres que la tierra pudo ofreceros; no, esas cosas serán uno de los medios de vuestra condenación; ni seréis juzgados según la extensión de vuestra hacienda, sino según el uso que hayáis hecho de ella.

Ahora quizá no penséis más que en vuestros placeres y deleites, en vivir con holgura y abundancia, y nunca consideréis cuántos miles de vuestros semejantes se alegrarían con lo que vosotros desperdiciáis y tenéis en nada. Permitidme rogaros, mis hermanos ricos, que consideréis a los pobres del mundo, y cuán digno de elogio y de alabanza es socorrer a los afligidos. Considerad cuánto agrada esto a Dios, cuánto deleita a los hombres, y cuántas oraciones elevarán por vuestro bien aquellas personas a quienes socorráis; y sea esta una razón para apartar un poco de la abundancia con que Dios os ha bendecido para el socorro de sus pobres. Él podría haberos puesto a vosotros en la baja condición de ellos, y a ellos en vuestro alto estado; solo su beneplácito ha hecho así la diferencia; ¿y no os moverá esto a acordaros de vuestros semejantes afligidos?

Permitidme rogaros que consideréis qué os valdrá más en el día del juicio: tanto dinero gastado en una carrera de caballos o en una riña de gallos, en una comedia o en una mascarada, o tanto dado para socorrer a vuestros semejantes y a los miembros afligidos de Jesucristo.

Os ruego que consideréis cuán valioso y digno de alabanza es este deber. No os enojéis porque os exhorte así a un deber que tanto recomiendan Jesucristo mismo y todos sus apóstoles. Os hablo particularmente a vosotros, mis hermanos ricos, para suplicaros que os acordéis de los pobres de este mundo y les ayudéis de tiempo en tiempo, según lo pida su necesidad. Considerad que hay una maldición pronunciada contra las riquezas de quienes no hacen así el bien con ellas, a saber: «¡Ea ya ahora, oh ricos, llorad aullando por vuestras miserias que os vendrán! Vuestras riquezas están podridas; vuestras ropas están comidas de polilla; vuestro oro y plata están corrompidos de orín, y su orín os será en testimonio, y comerá vuestras carnes como fuego. Os habéis allegado tesoro para los postreros días». Ya veis el terrible ay que se pronuncia contra todos los que atesoran la abundancia de las cosas de esta vida sin aliviar las angustias de los que carecen de ellas; y el apóstol Santiago prosigue también hablando contra los que han adquirido haciendas por fraude, como demasiados lo han hecho en estos días: «He aquí, el jornal de los obreros que han segado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros, clama; y los clamores de los que habían segado han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en deleites sobre la tierra, y sido disolutos; habéis cebado vuestros corazones como en el día de sacrificios». Así, si seguís viviendo conforme a la concupiscencia de la carne, regalando vuestro vientre y haciendo de él un dios, mientras los pobres a vuestro alrededor se mueren de hambre, Dios hará de estas cosas un testimonio contra vosotros, que será como un gusano para vuestras almas y roerá vuestra conciencia por toda la eternidad. Por tanto, permitidme recomendaros una vez más la caridad para con el cuerpo de los hombres, y suplicaros que recordéis lo que el bendito Señor Jesucristo ha prometido a los que así aman a sus miembros: que «en cuanto lo hicieron a uno de sus miembros más pequeños, a él lo hicieron».

No hablo ahora por mí mismo; no os recomiendo mi pequeño rebaño de Georgia; entonces podríais decir, como muchos dicen a la ligera, que yo quería el dinero para mí; no, hermanos míos, os recomiendo ahora a los pobres de esta tierra, a vuestros vecinos pobres, a vuestros amigos pobres, y aun a vuestros enemigos pobres; por ellos es por quienes hablo ahora; y cuando veo a tantos muriéndose de hambre en las calles, y casi desnudos, se me conmueven las entrañas de lástima y de pesar al considerar que muchos que tienen en su mano tenderles una mano de ayuda cierren sus entrañas de compasión y no quieran socorrer a sus semejantes, aunque estén en la condición más lamentable por falta de ello.

Así como he recomendado la caridad particularmente a los ricos de entre vosotros, ahora quisiera,

2. Segundo, recomendarla a otra clase de personas de entre nosotros que, en lugar de ser las más dispuestas a los actos de caridad, son comúnmente las más remisas: me refiero al clero de esta tierra.

¡Dios mío! ¡Cuán asombroso es considerar que aquellos a quienes Dios ha llamado a trabajar en las cosas espirituales sean tan remisos en este deber, como lo enseña una funesta experiencia! Nuestro clero (es decir, la generalidad de él) solo busca ascensos, corriendo de acá para allá para obtener un beneficio tras otro, y amontonar una hacienda, ya sea para gastarla en los placeres de la vida o para satisfacer sus apetitos sensuales, mientras los pobres de su rebaño quedan olvidados; más aún, son despreciados, aborrecidos y desdeñados.

No hablo ahora, hermanos míos, de todo el clero; no, bendito sea Dios, hay algunos entre ellos que aborrecen tales procederes y están dispuestos a socorrer a los necesitados; pero Dios sabe que estos son muy pocos, mientras que muchos no se preocupan en absoluto de los pobres que hay entre ellos.

Pueden visitar a los ricos y a los grandes, pero a los pobres no los soportan delante de sus ojos; se olvidan, se olvidan voluntariamente, de los miembros pobres de Jesucristo.

Se han salido de las sendas antiguas y han tomado un nuevo camino refinado, pero que no está autorizado por la palabra de Dios; se han hundido en una manera elegante de obrar; pero, por elegante que sea, no fue la práctica de los apóstoles ni de los cristianos de ninguna época de la iglesia, porque ellos visitaban y socorrían a los pobres que había entre ellos. Pero ¡qué raro es esto entre nosotros! ¡Qué pocas veces hallamos caridad en un clérigo!

Con dolor digo estas cosas, pero una triste experiencia es testigo de su verdad; y si todo el clero de esta tierra estuviera aquí, le diría con valentía que no se mantenía en los caminos de la caridad, sino que era negligente en su deber; en lugar de «vender todo y darlo a los pobres», no quieren vender nada ni dar nada en absoluto a los pobres.

3. Tercero, quisiera exhortaros a vosotros, los que sois pobres, a ser caritativos los unos con los otros.

Aunque no tengáis dinero, ni las cosas de esta vida, para daros los unos a los otros, podéis sin embargo ayudaros consolándoos y aconsejándoos que no os desaniméis aunque estéis abatidos en el mundo; o en la enfermedad podéis ayudaros según tengáis tiempo o capacidad. No seáis desabridos los unos con los otros; no os entristezcáis, ni os irritéis, ni os enojéis unos con otros, porque eso es dar al mundo ventaja sobre vosotros.

Y si Dios mueve a alguno a socorreros, no hagáis mal uso de lo que su providencia, por manos de algún cristiano, os ha otorgado; sed siempre humildes y esperad en Dios; no murmuréis ni os quejéis si veis que a otros se les socorre y a vosotros no; seguid esperando en el Señor, y ayudaos los unos a los otros, según vuestras posibilidades, de tiempo en tiempo.

Habiéndoos mostrado cuán valioso es esto para el cuerpo de los hombres, paso ahora,

Segundo, a mostraros cuánto más valiosa es esta caridad cuando se extiende al alma de los hombres.

¿Y no es el alma más valiosa que el cuerpo? De nada aprovecharía, antes sería una pérdida infinita, ganar todo el mundo si perdiéramos nuestra alma. El alma es de valor infinito y de interés infinito; y por tanto hemos de extender nuestra caridad siempre que veamos que hace falta, y asimismo redargüir, reprender y exhortar con toda piedad y amor.

Hemos de usar, mis amados hermanos, todos los medios y oportunidades para la salvación de nuestra propia alma y del alma de los demás. Podemos tener mucha caridad y preocupación por el cuerpo de nuestros semejantes, cuando no tenemos pensamiento ni preocupación alguna por su alma inmortal. Pero, ¡oh, qué triste es pensar en la parte mortal y no en la inmortal; tener caridad para el cuerpo de nuestros semejantes, mientras no nos preocupamos por su alma inmortal! Puede ser que les ayudemos a arruinarse, pero no nos interese en nada su salvación.

Os puede gustar pasar una velada alegre, ir al teatro o a una carrera de caballos con ellos; pero, en cambio, no soportáis la idea de ir con ellos a un sermón o a una sociedad religiosa; no, cantaríais con ellos las canciones del borracho, pero no cantaréis himnos con ellos; eso no es lo bastante refinado, eso no es propio de un caballero de buen gusto, está pasado de moda, y solo lo practica una partida de entusiastas y de locos.

Así seréis tan faltos de caridad como para ir de la mano con los que se apresuran hacia su propia condenación, mientras que no seréis tan caritativos como para ayudarles a ser traídos de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios. Pero esta, esta, mis amados hermanos, es la mayor caridad que puede haber: salvar un alma de muerte; esto es de mucho mayor provecho que socorrer el cuerpo de un semejante, porque, por miserable que sea la criatura, la muerte la libraría de todo. Pero la muerte, para los que no han nacido de nuevo, estaría tan lejos de ser una liberación de toda miseria que sería la entrada a todo tormento, y eso por toda la eternidad. Por tanto, hemos de ayudar, cuanto sea posible, a guardar un alma de caer en manos de Satanás, porque él es el gran enemigo de las almas. ¡Cómo debería esto moveros a velar por vuestras propias almas y por las de los demás! Porque, a menos que seáis fervientes delante de Dios, Satanás será demasiado fuerte para vosotros. Ciertamente, la mayor caridad es velar los unos por las palabras y las acciones de los otros, para que nos advirtamos mutuamente cuando el peligro esté cerca, o cuando se acerque el enemigo de las almas.

Y si una vez habéis conocido el valor de vuestras propias almas, y sabéis lo que es ser arrebatados como tizones del incendio, os desvelaréis para que otros sean sacados del mismo estado. No es el llevar una vida moral, ser honrado y pagar a cada uno lo que se le debe; eso no prueba que estéis en estado de gracia, ni que hayáis nacido de nuevo y sido renovados en el espíritu de vuestra mente. No; podéis morir honrados, justos, caritativos, y aun así no estar en estado de salvación.

No es la predicación de esa moralidad, que la mayoría de nuestros púlpitos producen hoy, lo que basta para traeros del pecado a Dios. Os vi dispuestos a aprender y, sin embargo, ignorantes de la necesidad de nacer de nuevo, de ser regenerados, de que todas las cosas viejas pasen y todas sean hechas nuevas en vuestras almas. No podía soportar, hermanos míos, veros en el camino ancho de la destrucción, y sin nadie que os hiciera volver. Fue el amor a vuestras almas, fue el deseo de ver a Cristo formado en vosotros, lo que me llevó a los campos, a los caminos y a los vallados, para predicaros a Jesús, a un Jesús crucificado que muere por vosotros. Fue la caridad, en verdad fue la caridad para con vuestras almas, lo que me ha expuesto al presente maltrato de mis hermanos sabios en la letra.

Por tanto, permitidme aconsejaros que seáis caritativos con el alma los unos de los otros; esto es, aconsejándoos con todo amor y ternura a seguir a Cristo y lo que toca a vuestra paz inmortal, antes de que quede para siempre encubierto de vuestros ojos.

Paso ahora, en tercer lugar, a mostrar cuándo vuestra caridad es de la clase debida.

Y aquí, hermanos míos, mostraré, primero, cuándo no lo es; y, segundo, cuándo es de la clase debida.

1. Primero, vuestra caridad no es de la clase debida cuando procede de miras o fines mundanos.

Si es para ser vistos de los hombres, para recibir de ellos alguna ventaja, para ser estimados o para ganar reputación en el mundo; o si tenéis algún orgullo en ella y esperáis cosechar beneficio de Dios meramente por ella; si todos o cada uno de estos son el fin de vuestra caridad, entonces todo es en vano; vuestra caridad no procede de un fin recto, sino que con ello estáis engañando a vuestras propias almas. Si dais una limosna puramente para que os vean los hombres, o esperando favor de Dios meramente por ello, entonces no tenéis en el corazón la gloria de Dios ni el bien de vuestros semejantes, sino solo a vosotros mismos: esto, esto no es caridad. Ni

segundo, es verdadera caridad dar algo a nuestros semejantes puramente para complacerlos en el vicio; esto está tan lejos de ser caridad que es un pecado, tanto contra Dios como contra nuestros semejantes. Y, sin embargo, es tan común como pecaminoso llevar a nuestros amigos, bajo un engañoso pretexto de caridad, a una u otra diversión, sin otra mira que hacerles culpables de exceso. Con ello sois culpables de un doble pecado: no hemos de pecar nosotros mismos, y mucho menos hemos de procurar hacer pecar también a otro. Pero

tercero, nuestra caridad procede de un fin recto cuando nace del amor a Dios y busca el bien tanto del cuerpo como del alma de nuestros semejantes.

Cuando este es el único fin de socorrer a nuestros semejantes afligidos, entonces nuestra caridad procede de un fin recto, y podemos esperar sacar provecho de ella: esta es la caridad que agrada a Dios. Dios se complace cuando todas nuestras acciones proceden del amor: amor a él mismo y amor a las almas inmortales.

Considerad, mis amados hermanos, que fue el amor a las almas lo que hizo descender al bendito Jesús del seno de su Padre; lo que movió a aquel que era igual en poder y en gloria a venir y tomar sobre sí nuestra naturaleza; lo que llevó al Señor de la vida a morir la muerte dolorosa, ignominiosa y maldita de la cruz. Fue el amor a las almas inmortales lo que trajo a este bendito Jesús entre nosotros. ¡Y ojalá considerásemos de aquí cuán grande era y es el valor de las almas! Eso fue lo que hizo a Jesús sangrar, jadear y morir. Y ciertamente las almas han de ser de valor infinito, pues hicieron que el Cordero de Dios muriese una muerte tan vergonzosa.

¿Y no os hará esto tener un verdadero aprecio por las almas? Son del mayor valor; y esta, esta es la mayor caridad, cuando procede del amor a Dios y del amor a las almas. Será una caridad cuya satisfacción durará por toda la eternidad. ¡Oh, que esto os haga tener tal estima por el valor de las almas que no desaprovechéis ninguna oportunidad de hacerles bien! Aquí hay algo por lo que vale la pena tener caridad, porque las almas permanecen por toda la eternidad. Por tanto, permitidme suplicaros encarecidamente que consideréis el valor de las almas inmortales, y que vuestra caridad se extienda a ellas, para que por vuestro consejo y amonestación seáis un instrumento en las manos de Dios para traer almas al Señor Jesús.

He de considerar a continuación, en cuarto lugar, por qué esta caridad, o gracia del amor, nunca deja de ser.

Y nunca deja de ser por cuanto procede de un Dios inmutable. No hemos de entender que nuestra caridad sea siempre la misma: no; puede haber, y con frecuencia hay, flujos y reflujos; pero aun así nunca falla del todo: no; la gracia del amor permanece para siempre. Hay, y habrá, una caridad para con todos los que han errado y se han extraviado lejos de Dios. No podemos quedarnos tranquilos viendo almas en el camino ancho de la destrucción sin emplear nuestro mayor empeño en hacerlas volver del pecado y mostrarles las terribles consecuencias de correr hacia el mal. Los cristianos no pueden soportar ver perecer por falta de conocimiento a esas almas por las cuales Cristo murió; y, si ven a alguno de sus semejantes necesitado en el cuerpo, harán todo lo que esté en su mano para socorrerle.

La caridad nunca dejará de ser entre los que tienen un verdadero amor al Señor Jesús y conocen el valor de las almas: serán caritativos con los que están en aflicción. Y así veis que la verdadera caridad, si procede de un fin recto, nunca deja de ser.

Paso ahora, hermanos míos, en último lugar, a exhortaros a todos, grandes y pequeños, ricos y pobres, todos a una, a practicar este deber tan valioso y digno de alabanza de la caridad.

No es pasearse en vuestros coches, darse uno a sus placeres y no considerar las miserias de sus semejantes lo que es digno de elogio o de alabanza; sino que el socorrer a vuestros pobres semejantes afligidos es valioso y digno de alabanza dondequiera que se halle. Pero, ¡ay!, ¡qué pocos de nuestros caballeros alegres y refinados piensan en sus amigos pobres! Más bien los desprecian y no hacen caso de ellos. Pueden entregarse a las locuras de la vida, y prefieren con mucho gastar sus haciendas en concupiscencias y placeres, mientras a los pobres que los rodean no los tienen por dignos de estar con los perros de su ganado. Si tenéis abundancia de las cosas de este mundo, entonces se os estima como compañeros dignos de los refinados y alegres de la vida; pero, si sois pobres, no esperéis hallar favor alguno, sino ser aborrecidos, o no ser tenidos por aptos para la compañía o la conversación; y si tenéis abundancia de las cosas de esta vida y no necesitáis ayuda alguna, entonces tenéis a muchos dispuestos a ayudaros. Mis amados hermanos, no dudo que vuestra propia experiencia sea prueba de lo que afirmo; como también de que, si alguno cae en la aflicción, entonces los que prometieron socorrerle olvidan por completo lo que prometen, y le desprecian porque la Providencia le ha vuelto el rostro. Pero esto no es obrar como los que van camino de la Jerusalén celestial; así nuestros corazones y nuestras acciones desmienten a nuestros labios; porque, si profesamos el nombre de Cristo y no nos apartamos de toda iniquidad, no somos de los que merecen ser tenidos por verdaderos cristianos.

Porque, si no tenemos caridad, no somos cristianos; la caridad es el gran deber de los cristianos; ¿y dónde está nuestro cristianismo, si nos falta la caridad? Por tanto, permitidme suplicaros que ejerzáis la caridad con vuestros semejantes afligidos. En verdad, mis amados hermanos, esto es verdaderamente digno de alabanza, verdaderamente valioso; y por eso os ruego, por las entrañas de tierna misericordia hacia Cristo, que os acordéis de sus pobres miembros afligidos; ejercitad, ejercitad, os lo ruego, esta caridad; si no tenéis compasión, no sois verdaderos discípulos del Señor Jesucristo. Humildemente os pido que os acordéis de los que necesitan socorro y están realmente desamparados, y que los socorráis según vuestras posibilidades. Considerad que, cuanto más favorable os haya sido la Providencia, tanto más fervientes y solícitos debéis ser en socorrer a los que halléis en aflicción; es de la mayor importancia lo que agrada a vuestros semejantes y el cumplir vuestro deber para con Dios.

Cuando seáis llamados de aquí, entonces todas las riquezas y grandezas habrán terminado; la tumba no hará distinción alguna; las grandes haciendas no tendrán ningún valor en el otro mundo; y, si habéis hecho mal uso del talento que Dios ha puesto en vuestras manos, solo servirá para agravar vuestra condenación en el gran día de las cuentas, cuando Dios venga a reclamar vuestras almas y a pediros cuenta del uso que hayáis dado a la abundancia de las cosas de esta vida.

Para concluir, permitidme rogar una vez más a cada uno de vosotros que obre conforme a las circunstancias de vida que Dios, en su rica y gratuita misericordia, le ha dado.

Si fuerais conscientes de las grandes consecuencias que traería el obrar de esta manera caritativa, y lo consideraseis como prueba de vuestro amor a Dios, el amar a sus miembros, no podríais tener un ánimo falto de caridad, ni dejaríais de socorrer a ninguno de vuestros semejantes afligidos.

Considerad cuán fácil es para muchos de vosotros, juntando vuestras blancas, ayudar a uno que está en aflicción; ¿y quién sabe si lo poco que dais no será el medio de sacar a alguien de la aflicción a una situación próspera? Y entonces, si hay en ellos un verdadero espíritu de cristiano, nunca podrán dar suficientes gracias a Dios, el autor, y a vosotros, el instrumento, por haber sido tan grandes amigos suyos en sus tristes circunstancias. Considerad también, una vez más, cuánto mejor será vuestra cuenta en el día del juicio, y qué paz de conciencia gozaréis. ¡Qué satisfactorio ha de ser el pensamiento de haber socorrido a la viuda y al huérfano! Esto lo recomienda el Señor Jesucristo, y se ha practicado en todas las épocas de la iglesia; y por tanto, hermanos míos, halléseos ahora en la práctica de este deber.

Me he extendido más en esto porque nuestros enemigos dicen que negamos todas las obras morales; pero, bendito sea Dios, hablan contra nosotros sin causa: nosotros las tenemos en alta estima; pero decimos que la fe en Cristo, el amor de Dios y el nacer de nuevo son de valor infinitamente mayor; mas no podéis ser verdaderos cristianos sin tener caridad para con vuestros semejantes, sean amigos o enemigos, si están en aflicción. Y, por tanto, esforzaos en este deber, como lo manda el bendito Jesús; y, si tenéis verdadera caridad, viviréis y reinaréis con él para siempre.

Y ahora a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo sea todo honor, poder, gloria, fortaleza, majestad y dominio, ahora y para siempre. Amén.

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