Sermones escogidos de George Whitefield
De la justificación por Cristo

Capítulo 46 · 21 min de lectura · 27 min de escucha

De la justificación por Cristo

Algunos que disienten de la presente iglesia establecida, y aun, puedo añadir, otros que de hecho son amigos de ella, han objetado que los ministros de la Iglesia de Inglaterra se predican a sí mismos, y no a Cristo Jesús el Señor; que entretienen a su pueblo con lecciones de mera moralidad, sin anunciarles las buenas nuevas de la salvación por Jesucristo. Cuán fundada esté semejante objeción no me toca a mí averiguarlo; todo lo que diré por ahora sobre este punto es que, siempre que se lance una objeción tan grave contra todo el cuerpo del clero en general, cada ministro honrado de Jesucristo debe hacer cuanto pueda para quitar toda ocasión a los que buscan ocasión de ofenderse con nosotros; para que así, oyéndonos proclamar continuamente la palabra de verdad, y declarar con toda osadía y plena certidumbre de fe «que no hay otro nombre dado debajo del cielo en que puedan ser salvos, sino el de Jesucristo», se avergüencen de esta su confiada jactancia contra nosotros.

Fue la atención a esta objeción, unida a lo grato y deleitoso del tema (pues ¿quién no ha de deleitarse en hablar de aquello que los benditos ángeles desean mirar?), lo que me mueve a discurrir un poco sobre ese grande y fundamental artículo de nuestra fe, a saber, el que seamos gratuitamente justificados por la preciosa sangre de Jesucristo. «Mas ya sois lavados, mas ya sois santificados, mas ya sois justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios».

Las palabras, que comienzan con la partícula mas, hacen claramente referencia a algo anterior; no será, pues, impropio que, antes de descender a los particulares, considere las palabras tal como se relacionan con su contexto. El apóstol, en los versículos inmediatamente anteriores, había ido enumerando muchos pecados notorios, la borrachera, el adulterio, la fornicación y otros semejantes, cuya comisión, sin un arrepentimiento verdadero y sincero, dice a los corintios, los excluiría por completo del reino de Dios. Pero luego, para que no se envaneciesen espiritualmente, por una parte, al verse diferentes de sus hermanos no convertidos, y fuesen así tentados a tenerlos en nada y a decir con el hipócrita presuntuoso del profeta: «No te llegues a mí, que soy más santo que tú»; o, por otra parte, al mirar atrás a la multitud de sus pasadas ofensas, se inclinasen a pensar que sus pecados eran demasiados y demasiado graves para ser perdonados, primero, a fin de mantenerlos humildes, les recuerda su triste estado antes de la conversión, diciéndoles en términos llanos: «esto (o, como también podría leerse, estas cosas) erais algunos»; no solo uno, sino todo ese triste catálogo de vicios que he ido trazando, de todo ello fueron culpables una vez algunos de vosotros; pero luego, al mismo tiempo, para guardarlos de la desesperación, he aquí que les trae nuevas de gran gozo: «Mas ya sois lavados, mas ya sois santificados, mas ya sois justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios».

La primera parte de este texto, nuestra santificación, ya la he tratado en alguna medida; ahora quisiera extenderme sobre el que seamos gratuitamente justificados por la preciosa obediencia y muerte de Jesucristo: «Mas ya sois justificados en el nombre del Señor Jesús».

De estas palabras consideraré tres cosas:

Primero, qué se entiende por la palabra justificados.

Segundo, procuraré probar que todo el género humano en general, y cada persona en particular, tiene necesidad de ser justificado.

Tercero, que no hay posibilidad alguna de obtener esta justificación, que tanto necesitamos, sino por la obediencia del todo perfecta y la preciosa muerte de Jesucristo.

Primero, he de considerar qué se entiende por la palabra justificados.

«Mas ya sois justificados», dice el apóstol; que es como si dijera: vuestros pecados os son perdonados, y Dios os mira como si nunca le hubierais ofendido en absoluto; porque ese es el sentido de la palabra justificados en casi todos los pasajes de la santa Escritura donde se menciona. Así, cuando este mismo apóstol escribe a los romanos, les dice que «a los que llamó, a estos también justificó»; y que esta palabra justificados implica la cancelación de todas nuestras transgresiones se ve claramente por lo que sigue: «a estos también glorificó», lo cual no podría ser si Dios no mirase a la persona justificada como si nunca le hubiera ofendido en absoluto. Y además, hablando de la fe de Abraham, les dice que «Abraham creyó en aquel que justifica al impío», que absuelve y declara libre al hombre impío; porque es un término jurídico, y alude a un juez que absuelve a un reo acusado de aquello que se le imputa. Expresión que el mismo apóstol explica con una cita de los Salmos: «Bienaventurado el varón al cual el Señor no imputó pecado». Por todas estas pruebas, y muchas otras que podrían aducirse, es evidente que por ser justificados hemos de entender el ser absueltos de tal manera a la vista de Dios que se nos mire como si nunca le hubiéramos ofendido en absoluto. Y en este sentido hemos de entender aquel artículo que profesamos creer en nuestro credo, cuando cada uno de nosotros declara en su propia persona: Creo en el perdón de los pecados. Esto me lleva a la

Segunda cosa propuesta: probar que todo el género humano en general, y cada persona en particular, tiene necesidad de ser justificado.

Y en verdad el apóstol lo supone en las palabras del texto: «Mas ya sois justificados», dando a entender con ello que los corintios (y, por consiguiente, todo el género humano, pues no hay diferencia, como se mostrará más adelante) tenían necesidad de ser justificados.

Pero, para no quedarme en meras suposiciones, al extenderme más sobre este punto procuraré probar que todos tenemos necesidad de ser justificados a causa del pecado de nuestra naturaleza y del pecado de nuestra vida.

1. Primero, afirmo que todos tenemos necesidad de ser justificados a causa del pecado de nuestra naturaleza; porque a todos se nos puede imputar el pecado original, o sea, el pecado de nuestros primeros padres. Proposición que, aunque pueda negarla un incrédulo que se justifica a sí mismo, que «no quiere venir a Cristo para tener vida», nunca podrá negarla nadie que crea que las epístolas de San Pablo fueron escritas por inspiración divina; donde se nos dice que «en Adán todos murieron»; es decir, que el pecado de Adán fue imputado a todos; y para que no olvidemos hacer una aplicación particular, se añade en otro lugar «que no hay quien haga lo bueno (esto es, por naturaleza), no hay ni aun uno; que todos nos apartamos del camino (de la justicia original), y somos por naturaleza hijos de ira». Y aun David, que fue varón conforme al corazón de Dios, y que, si alguno pudiera, bien podría alegar exención de esta corrupción universal, confiesa sin embargo que «en maldad fue formado, y en pecado lo concibió su madre». Y, por mencionar solo un texto más, como directamente aplicable al propósito presente, San Pablo, en su epístola a los romanos, dice que «la muerte vino sobre todos los hombres por la desobediencia de uno, a saber, de Adán, aun sobre aquellos (esto es, los niños pequeños) que no pecaron a la manera de la rebelión de Adán»; los cuales no habían sido culpables de pecado actual, y por tanto no podrían haber sido castigados con la muerte temporal (que entró en el mundo, como nos informa en otro lugar el mismo apóstol, solo por el pecado) si la desobediencia de nuestros primeros padres no les hubiera sido imputada. De modo que lo dicho sobre este punto parece estar admirablemente resumido en aquel artículo de nuestra iglesia donde ella declara que «el pecado original no consiste en la imitación de Adán, sino que es la falta y corrupción de la naturaleza de todo hombre que es engendrado naturalmente de la descendencia de Adán; por la cual el hombre está muy apartado de la justicia original, y es por su propia naturaleza inclinado al mal, de suerte que la carne codicia siempre contra el espíritu; y, por tanto, en toda persona nacida en este mundo, merece la ira y la condenación de Dios».

He sido más minucioso al tratar este punto porque es el fundamento mismo de la religión cristiana. Pues estoy verdaderamente persuadido de que no es otra cosa sino la falta de estar bien cimentados en la doctrina del pecado original, y de la condición impotente, y aun, puedo decir, condenable, en que cada uno de nosotros viene al mundo, lo que hace que tantos incrédulos se opongan, y que tantos que se llaman cristianos sean tan tibios en su amor y sus afectos hacia Jesucristo. Es esto, y casi podría decir solo esto, lo que hace que la incredulidad abunde tanto entre nosotros. Porque, ¡ay!, nos engañamos si imaginamos que los hombres se hacen hoy incrédulos, o siguen siéndolo, y levantan una razón corrompida en oposición a la revelación divina, meramente por falta de evidencia (pues creo que podría probarse fácilmente que el incrédulo moderno es la criatura más crédula que existe); no, es solo la falta de un ánimo humilde, del sentido de su depravación original y de la disposición a reconocerse tan depravados, lo que les hace cerrar tan obstinadamente los ojos a la luz del glorioso evangelio de Cristo. Mientras que, por el contrario, si una sola vez fuesen compungidos de corazón con un sentido debido y vivo de su corrupción natural y de cuán expuestos están a la condenación, no los tendríamos ya burlándose de la revelación divina y teniéndola por un cuento vano, sino que clamarían con el carcelero tembloroso: «¿Qué es menester que yo haga para ser salvo?». Fue un error en este punto fundamental lo que hizo que tantos resistieran la evidencia que el Hijo de Dios mismo dio de su misión divina, cuando habitó entre nosotros. Cada palabra que habló, cada acción que hizo, cada milagro que obró, probaba que había venido de Dios. ¿Por qué, entonces, tantos endurecieron su corazón y no quisieron creer su anuncio? Pues él mismo nos lo dice: «No queréis venir a mí para que tengáis vida»; se resisten obstinadamente a los medios que Dios había señalado para su salvación. Y San Pablo nos dice: «Que si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó los entendimientos de los incrédulos, para que no les resplandezca la lumbre del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios». 2 Corintios 4:3–4.

Si se pregunta cómo se aviene con la bondad divina imputar la culpa del pecado de un hombre a una posteridad inocente, me parecería suficiente valerme de las palabras del apóstol: «Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo labró: Por qué me has hecho tal?». Pero, para dar una respuesta más directa: harían bien las personas en considerar que en el primer pacto que Dios hizo con el hombre, Adán actuó como persona pública, como representante común de todo el género humano, y que, por consiguiente, hemos de estar en pie o caer con él. Si hubiera perseverado en su obediencia y no hubiera comido el fruto prohibido, los beneficios de esa obediencia sin duda se nos habrían imputado; pero, puesto que no perseveró en ella, sino que quebrantó el pacto hecho con él, y con nosotros en él, ¿quién se atreverá a acusar de injusticia al justo Juez de toda la tierra por imputarnos también aquello? Prosigo,

Segundo, a probar que tenemos necesidad de ser justificados a causa del pecado de nuestra vida.

Que Dios, puesto que hizo al hombre, tiene derecho a exigir su obediencia es, supongo, una verdad que nadie negará; que nos ha dado además una ley natural y una ley escrita, por las cuales hemos de ser juzgados, no puede ponerlo en duda nadie que crea que la epístola de San Pablo a los romanos es de autoridad divina, pues en ella se nos habla de una ley escrita en el corazón y de una ley dada por Moisés; y que cada uno de nosotros ha quebrantado estas leyes es demasiado evidente por nuestra triste y frecuente experiencia. En consecuencia, las santas Escrituras nos informan que «no hay hombre que no peque»; que «todos ofendemos en muchas cosas»; que «si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos», y otras cosas semejantes. Y si somos así ofensores contra Dios, se sigue que tenemos necesidad de perdón por haberle ofendido de este modo; a menos que supongamos que Dios promulga leyes y al mismo tiempo no le importa si se obedecen o no; lo cual es tan absurdo como suponer que un príncipe estableciera leyes para el buen gobierno de su país y, sin embargo, dejara que todo transgresor de ellas quedara impune. Pero Dios no ha obrado tan neciamente con sus criaturas; no, así como nos dio una ley, exige nuestra obediencia a esa ley, y nos ha obligado a obedecerla en todo y con perseverancia, bajo pena nada menos que de incurrir en su maldición y en la muerte eterna por cada transgresión de ella. Porque así habla la Escritura: «Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas que están escritas en el libro de la ley, para hacerlas»; como también dice la Escritura en otro lugar: «El alma que pecare, esa morirá». Ahora bien, ya se ha probado que todos nosotros hemos pecado; y por tanto, a menos que se halle algún medio de satisfacer la justicia de Dios, hemos de perecer eternamente.

Detengámonos, pues, un momento, y veamos en qué condición tan deplorable viene al mundo cada uno de nosotros, y en ella sigue, hasta que somos trasladados a un estado de gracia. Porque, sin duda, nada puede suponerse más deplorable que nacer bajo la maldición de Dios, estar cargados con la culpa original, y no solo eso, sino ser convictos como transgresores actuales de la ley de Dios, la más pequeña de cuyas transgresiones merece justamente la condenación eterna. Ciertamente, este no puede ser sino un panorama melancólico en el que contemplarnos, y ha de movernos a buscar algún medio por el cual podamos satisfacer y aplacar a nuestro Juez ofendido. Pero ¿cuál ha de ser ese medio? ¿Nos arrepentiremos? ¡Ay!, no se menciona una sola palabra de arrepentimiento en el primer pacto: «El día que de él comieres, ciertamente morirás». De modo que, si Dios es veraz, a menos que se halle algún camino para satisfacer la justicia divina, hemos de perecer; y no nos queda lugar para esperar un cambio de parecer en Dios, aunque lo procurásemos con lágrimas. Pues bien, si el arrepentimiento no basta, ¿alegaremos la ley de las obras? ¡Ay! «Por la ley ningún hombre viviente será justificado; porque por la ley es el conocimiento del pecado». Ella es la que convence y condena, y por tanto de ningún modo puede justificarnos; y «todas nuestras justicias (dice el profeta) no son sino como trapo de inmundicia». ¿Con qué, pues, nos presentaremos ante el Señor, y nos postraremos ante el Dios Altísimo? ¿Vendremos ante él con becerros de un año, con millares de carneros, o con diez mil arroyos de aceite? ¡Ay!, Dios te ha mostrado, oh hombre, que esto de nada sirve; porque él ha declarado: «No tomaré de tu casa becerros, ni machos cabríos de tus apriscos; porque mía es toda bestia del bosque, y los millares de animales en los collados». ¿Se agradará entonces el Señor de aceptar a nuestro primogénito por nuestra rebelión, el fruto de nuestro vientre por el pecado de nuestra alma? Ni aun esto comprará nuestro perdón; porque él ha declarado que «los hijos no llevarán las iniquidades de sus padres». Además, ellos son pecadores, y por tanto, estando bajo la misma condenación, necesitan el perdón tanto como nosotros. Son impuros; ¿y aceptará el Señor lo ciego y lo cojo como sacrificio? ¿Emprenderá entonces algún ángel, o arcángel, el cumplir el pacto que nosotros hemos quebrantado, y hacer expiación por nosotros? ¡Ay!, no son más que criaturas, aunque criaturas del orden más alto; y por tanto están obligados a obedecer a Dios lo mismo que nosotros; y después de haberlo hecho todo, han de decir que no han hecho más que lo que era su deber hacer. Y suponiendo que les fuera posible morir, ¿cómo podría la muerte de una criatura finita satisfacer a una justicia infinitamente ofendida? ¡Miserables hombres de nosotros! ¿Quién nos librará? Doy gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor. Lo cual me lleva naturalmente a la

Tercera cosa propuesta, que era procurar probar que no hay posibilidad alguna de obtener esta justificación, que tanto necesitamos, sino por la obediencia del todo perfecta y la preciosa muerte de Jesucristo: «Mas ya sois justificados en el nombre del Señor Jesús».

Pero, habiendo quedado esto probado en alguna medida por lo dicho bajo el punto anterior, donde he mostrado que ni nuestro arrepentimiento, ni nuestra justicia, ni nuestros sacrificios, no, ni siquiera la obediencia y la muerte de los ángeles mismos, podrían en modo alguno procurarnos la justificación, no me queda otra cosa que hacer bajo este punto sino mostrar que Jesucristo nos la ha procurado.

Y aquí seguiré acudiendo «a la ley y al testimonio». Porque, después de todas las disputas más sutiles por una y otra parte, nada sino los oráculos vivos de Dios pueden darnos satisfacción en este punto trascendental, siendo un misterio tan inconcebible que el eterno Hijo unigénito de Dios muriese por el hombre pecador, que no nos habríamos atrevido siquiera a pensarlo si Dios no lo hubiera revelado en su santa palabra. Es verdad que la razón puede mostrarnos la herida, pero solo la revelación puede conducirnos al remedio de nuestra curación. Y aunque el método que a Dios le ha placido seguir para hacernos felices sea para el incrédulo piedra de tropiezo, y para el sabio en su propia opinión y el disputador de este siglo, locura, la sabiduría, esto es, la dispensación de nuestra redención, será justificada, aprobada y acatada por todos sus hijos verdaderamente sabios y santos, por todo cristiano sincero y recto.

Pero, para ir más directamente al punto que tenemos delante: dos cosas, como antes se observó, necesitábamos para estar en paz con Dios.

1. Ser librados de la culpa del pecado de nuestra naturaleza.

2. Y del pecado de nuestra vida.

Y ambas cosas (gracias sean dadas a Dios por este don inefable) quedan aseguradas a los creyentes por la obediencia y la muerte de Jesucristo. Porque ¿qué dice la Escritura?

1. En cuanto a lo primero, nos informa que, «como por la desobediencia de un hombre (o por una transgresión, a saber, la de Adán) los muchos fueron constituidos pecadores, así por la obediencia de uno, Jesucristo (incluyendo en ello tanto su obediencia pasiva como la activa), los muchos fueron constituidos justos». Y además: «Como por la desobediencia de un hombre vino el juicio a todos los hombres para condenación»; o sea, todos los hombres fueron condenados al serles imputado el pecado de Adán; «así por la obediencia de uno, esto es, Jesucristo, vino el don gratuito del perdón y de la paz a todos los hombres (a toda clase de hombres) para justificación de vida». Digo a toda clase de hombres; porque el apóstol en este capítulo solo traza un paralelo entre el primero y el segundo Adán en este respecto: que ambos actuaron como representantes; y que, así como a la posteridad de Adán le fue imputado su pecado, así también a aquellos por quienes Cristo murió, y de quienes él es el representante, les serán imputados sus méritos. Quienes lleven el paralelo más allá para probar la redención universal (cualesquiera que sean los argumentos que para probarla saquen de otros pasajes de la Escritura), si quisieran sacar de este uno con tal propósito, pienso que extienden la cuerda de su interpretación más allá de los límites de la Escritura.

2. El perdón del pecado de nuestra vida era la otra cosa que necesitábamos tener asegurada antes de poder estar en paz con Dios.

Y esto, nos informan las santas Escrituras, lo hace abundantemente la muerte de Jesucristo. El profeta evangélico predijo que el Redentor prometido sería «herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; que el castigo de nuestra paz sería sobre él, y que por su llaga seríamos nosotros curados», Isaías 53:5. Los ángeles, en su nacimiento, dijeron que él «salvaría a su pueblo de sus pecados». Y San Pablo declara: «Palabra fiel y digna de ser recibida de todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores». Y aquí, en las palabras del texto: «Esto (o, como observé antes, estas cosas) erais algunos; mas ya sois lavados, etc.»; y además: «El fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree». Y, para mostrarnos que nadie sino Jesucristo puede hacer todo esto, el apóstol San Pedro dice: «Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos, sino el nombre de Jesucristo.

Cómo querrá Dios tratar con los gentiles, que todavía están sentados en tinieblas y en sombra de muerte, y sobre quienes nunca ha nacido aún el sol de justicia, no nos toca a nosotros averiguarlo. «¿Qué nos va a nosotros en juzgar a los que están fuera?». Encomendémoslos a la misericordia de Dios, y esperemos la solución de este y de todo otro punto difícil hasta el gran día de las cuentas, cuando todas las dispensaciones de Dios, así de la providencia como de la gracia, quedarán plenamente esclarecidas por medios que hasta ahora nos son desconocidos, porque no han sido revelados. Sin embargo, esto sabemos: que el Juez de toda la tierra, con toda certeza, hará lo que es justo.

Pero es tiempo de que llegue a una conclusión.

Ahora, hermanos, con la bendición de Dios, he discurrido sobre las palabras del texto según el método que me propuse. Muchas inferencias útiles podrían sacarse de lo que se ha expuesto; pero, como os he detenido, me temo, demasiado ya, permitidme solo hacer una o dos reflexiones sobre lo dicho, y habré terminado.

Si, pues, somos gratuitamente justificados por la muerte y la obediencia de Jesucristo, detengámonos aquí un momento; y así como antes hemos reflexionado sobre la miseria del alma caída, apartémonos ahora a ver la dicha del alma creyente. Pero, ¡ay!, ¡cómo me pierdo al pensar que Dios Padre, cuando estábamos en un estado de enemistad y rebelión contra él, no obstante se le conmovieran las entrañas por nosotros, sus criaturas caídas y apóstatas; y que, porque nada sino un rescate infinito podía satisfacer a una justicia infinitamente ofendida, enviase a su único y amado Hijo Jesucristo (que es Dios, bendito por los siglos, y que había estado en su seno desde toda la eternidad) a cumplir el pacto de las obras, y a morir una muerte maldita, dolorosa e ignominiosa por nosotros y por nuestra salvación! ¿Quién puede dejar de exclamar, al considerar este misterio de la piedad: «¡Oh profundidad de las riquezas del amor de Dios» para con nosotros, sus criaturas desdichadas, miserables y perdidas! «¡Cuán incomprensible es su misericordia, e inescrutables sus caminos!». Ahora sabemos de verdad, oh Dios, que nos has amado, «pues no nos rehusaste a tu Hijo, a tu único Hijo Jesucristo», para que así hiciera y muriera por nosotros.

Pero, así como admiramos al Padre que envía, adoremos también, con humildad y gratitud, al Hijo que viene cuando es enviado a morir por el hombre. Pero ¡oh!, ¿qué pensamientos pueden concebir, qué palabras pueden expresar la infinita grandeza de aquel amor sin igual que movió al Hijo de Dios a descender de las moradas de la gloria de su Padre para obedecer y morir por el hombre pecador? Los judíos, cuando él solamente derramó una lágrima en el entierro del pobre Lázaro, dijeron: «Mirad cómo le amaba». ¡Con cuánta más razón, pues, podemos clamar nosotros: Mirad cómo nos amaba! Cuando no solo cumplió toda la ley moral, sino que no escatimó derramar su propia sangre preciosísima por nosotros.

¿Y podrá algún pobre pecador verdaderamente convicto, después de esto, desesperar de la misericordia? ¿Cómo? ¿Pueden ver a su Salvador colgado de un madero, con los brazos extendidos, dispuesto a abrazarlos, y aun así, si de veras creen en él, dudar de hallar aceptación delante de él? No; fuera con todos esos pensamientos deshonrosos y desalentados. Mirad sus manos, traspasadas con clavos de hierro; mirad su costado, abierto con una lanza cruel para soltar las compuertas de su sangre y abrir un manantial para el pecado y para toda inmundicia; ¡y luego desesperad de la misericordia, si podéis! No; solamente creed en él, y entonces, aunque le hayáis crucificado de nuevo, él os perdonará abundantemente; «aunque vuestros pecados sean como la grana, serán como la lana; aunque sean más rojos que el carmesí, serán más blancos que la nieve».

Lo cual Dios, por su infinita misericordia, nos conceda, etc.

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