Capítulo 45 · 17 min de lectura · 22 min de escucha
El conocimiento de Jesucristo, el mejor conocimiento
Las personas a quienes se escribieron estas palabras eran los miembros de la iglesia de Corinto; los cuales, como se ve por el capítulo anterior, no solo estaban divididos en diferentes sectas, diciendo uno: «Yo soy de Pablo; y otro: Yo de Apolos»; sino que además había entre ellos hombres tan llenos de la sabiduría de este mundo, y tan sabios en su propia opinión, que tenían en nada la sencillez del evangelio y consideraban locura la predicación del Apóstol.
Nunca tuvo el Apóstol más necesidad que ahora de la prudencia de la serpiente, unida a la sencillez de la paloma. ¿Cuál es la suma de toda su sabiduría? Les dice, con las palabras del texto: «Me propuse no saber entre vosotros cosa alguna, sino a Jesucristo, y a este crucificado».
¡Resolución digna del gran san Pablo! Y no menos digna, no menos necesaria para que todo ministro y todo discípulo de Cristo la tome siempre, hasta el fin del mundo.
En el discurso que sigue, me propongo:
Primero, explicar qué se entiende por «no saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y a este crucificado».
Segundo, dar algunas razones por las que todo cristiano debe proponerse no saber ninguna otra cosa. Y
Tercero, concluir con una exhortación general a poner en práctica esta determinación.
Primero, he de explicar qué se entiende por «no saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y a este crucificado».
Por Jesucristo hemos de entender al eterno Hijo de Dios. Se le llama Jesús, es decir, Salvador, porque había de salvarnos de la culpa y del poder de nuestros pecados y, como Josué, que fue figura notable de él, conducir al Israel espiritual de Dios a través del desierto de este mundo hasta la Canaán celestial, la herencia prometida de los hijos de Dios.
Se le llama Cristo, que significa ungido, porque fue ungido por el Espíritu Santo en su bautismo para ser profeta que instruye a su iglesia, sacerdote que hace expiación por ella y rey que la gobierna y protege. Y fue crucificado, o colgado (¡oh amor asombroso!), en la cruz hasta morir, para ser hecho maldición por nosotros; porque está escrito: «Maldito cualquiera que es colgado en madero».
El fundamento o causa primera de sus padecimientos fue nuestra caída en Adán; en quien, como declaran los oráculos vivos de Dios, «todos morimos»: su pecado nos fue imputado a todos. Agradó a Dios, después de haber llamado al mundo a la existencia con su palabra, crear al hombre a su propia imagen divina, soplar en él aliento de vida y ponerlo en el huerto del Edén como nuestro representante.
Pero él, dejado a su libre albedrío, comió del fruto prohibido, a pesar de que Dios le había dicho: «El día que de él comiera, ciertamente moriría»; y con ello él, junto con toda su posteridad, en cuyo nombre obraba, quedó expuesto a la ira de Dios y se hundió en una muerte espiritual.
¡Pero he aquí la bondad, así como la severidad de Dios! Porque, apenas el hombre había sido declarado pecador, ¡he aquí que se le revela un Salvador bajo la figura de la simiente de la mujer! Los méritos de su sacrificio habían de surtir efecto desde ese mismo momento; y él, en el cumplimiento del tiempo, padeciendo la muerte, satisfaría por la culpa que habíamos contraído; obedeciendo toda la ley moral, obraría para nosotros una justicia eterna; y haciéndose en nosotros principio de una vida nueva, destruiría el poder del diablo, restituyéndonos así a un estado mejor que aquel en que fuimos creados al principio.
Esta es la sencilla explicación bíblica de aquel misterio de la piedad: Dios manifestado en carne; y a ella nuestro propio corazón, a menos que esté cegado por el dios de este mundo, no puede sino dar su asentimiento inmediato.
Porque escudriñemos solamente nuestro corazón y preguntémonos si, pudiendo crear a nuestros propios hijos, no los crearíamos con menos mezcla de bien y de mal de la que hallamos en nosotros mismos. Suponiendo, pues, que Dios no tuviera más que nuestra bondad, ni aun así podría habernos hecho al principio tan pecadores, tan contaminados como somos. Pero suponiéndolo tal como es, infinitamente bueno, o la bondad misma, entonces es absolutamente imposible que cree cosa alguna que no sea semejante a él: perfecta, cabal, sin que le falte nada. El hombre, pues, no pudo salir de las manos de su Hacedor tan miserablemente ciego y desnudo, con tal mezcla de bestia y de demonio como ahora halla en sí mismo, sino que ha de haber caído de lo que era. Y como no se aviene con la bondad y la justicia de Dios castigar a todo el linaje humano con estos desórdenes sin motivo alguno, y puesto que los hombres traen consigo estos desórdenes al mundo, se sigue que, no habiendo podido pecar ellos mismos, pues aún no habían nacido, el pecado de otro hombre ha de habérseles imputado; y de ahí, como de una fuente, manan todos estos males.
Sé que esta doctrina de nuestro pecado original, o caída en Adán, es tenida por locura por el sabio disputador de este mundo, que replicará: ¿Cómo se aviene con la bondad de Dios imputar el pecado de un hombre a una posteridad inocente? Pero ¿no se ha probado de manera concluyente que así es? Y por tanto, aun suponiendo que no podamos conciliarlo con nuestro corto entendimiento, eso no es argumento alguno; porque, si consta que Dios ha hecho algo, podemos estar seguros de que es justo, veamos o no las razones de ello.
Pero todo esto queda enteramente aclarado por lo dicho antes: que, apenas fue imputado el pecado, fue revelado un Cristo; y este Cristo, este Dios encarnado, que fue concebido por el Espíritu Santo para quedar libre de la culpa de nuestro pecado original; que nació de la virgen María para ser solamente simiente de la mujer; que padeció bajo Poncio Pilato, un gobernador gentil, para cumplir aquellas profecías que señalaban de qué muerte había de morir: este mismo Jesús, que fue crucificado en flaqueza pero resucitado en poder, es aquella persona divina, aquel Emanuel, aquel Dios con nosotros, a quien predicamos, en quien vosotros creéis, y el único a quien el Apóstol, en el texto, se propuso conocer.
Por la palabra saber no hemos de entender un mero conocimiento histórico; porque saber de este modo, y nada más, que Cristo fue crucificado por sus enemigos en Jerusalén no nos servirá de más que saber que César fue asesinado por sus amigos en Roma. La palabra saber significa aquí conocer de tal manera que se le apruebe; como cuando Cristo dice: «De cierto os digo que no os conozco»; es decir, no os conozco como para aprobaros. Significa conocerle de tal modo que lo abracemos en todos sus oficios; que lo tomemos por nuestro profeta, sacerdote y rey, entregándonos por completo a ser instruidos, salvados y gobernados por él. Implica un conocimiento experimental de su crucifixión, de modo que sintamos su poder y seamos crucificados al mundo, como el Apóstol se explica en la epístola a los Filipenses, donde dice: «Tengo todas las cosas por estiércol y escoria, a fin de conocerle, y el poder de su resurrección».
En este conocimiento estaba el Apóstol tan absorto que se propuso no saber ninguna otra cosa; resolvió hacer de él su único estudio, el principio rector de su vida, el punto y fin en que habían de concentrarse todos sus pensamientos, palabras y acciones.
Segundo, paso a dar algunas razones por las que todo cristiano debe, con el Apóstol, proponerse «no saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y a este crucificado».
Primera, sin esto nuestras personas no serán aceptas a los ojos de Dios. «Esta (y, por consiguiente, solo esta) es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado». Como dice también san Pedro: «No hay otro nombre dado debajo del cielo en que podamos ser salvos, sino el de Jesucristo».
Algunos, en verdad, se complacen en conocer el mundo; otros se jactan de saber multitud de lenguas; pero aunque habláramos lenguas humanas y angélicas, o supiéramos el número de las estrellas y pudiéramos llamarlas a todas por sus nombres, sin este conocimiento experimental de Jesucristo, y de este crucificado, de nada nos serviría.
Lo primero, en verdad, puede procurarnos un poco de la honra que viene de los hombres; pero solo lo segundo puede hacernos aceptos a los ojos de Dios; porque, si ignoramos a Cristo, Dios será para nosotros fuego consumidor.
Cristo es el camino, la verdad y la vida; «nadie viene al Padre, sino por él»; «él es el Cordero inmolado desde la fundación del mundo»; y nadie ha sido ni será jamás recibido en la gloria sino por una aplicación experimental de sus méritos a su corazón.
Tanto valdría pensar en reedificar la torre de Babel, o alcanzar el cielo con las manos, como imaginar que podríamos entrar en él por otra puerta que no sea la del conocimiento de Jesucristo. Otros conocimientos pueden haceros sabios en vuestra propia opinión, y envaneceros; pero solo este edifica y hace sabio para la salvación.
Así como el cristiano más humilde, si sabe esto, aunque no sepa ninguna otra cosa, será aceptado, así también el mayor maestro de Israel, el doctor más versado en la letra, sin esto será desechado. Su filosofía es puro desatino; su sabiduría, pura locura a los ojos de Dios.
El autor de las palabras que tenemos delante fue un ejemplo notable de esto. Quizá nunca hubo un erudito mayor que él en todo lo que el mundo llama bellas letras; porque fue criado a los pies de Gamaliel, y aventajó a muchos de sus iguales tanto en el conocimiento de los libros como en la religión judía, según se ve por el lenguaje, la retórica y el espíritu de sus escritos. Y, sin embargo, cuando llegó a saber lo que era ser cristiano, «tuvo todas las cosas por pérdida, con tal de ganar a Cristo». Y aunque estaba entonces en Corinto, aquella sede de la cultura refinada, estaba absolutamente resuelto a no saber cosa alguna, o a no hacer objeto de su estudio nada, sino lo que le enseñaba a conocer a Jesucristo, y a este crucificado.
De aquí se ve, pues, la necedad de quienes pasan toda su vida amontonando otros conocimientos y, en lugar de escudriñar las Escrituras, que dan testimonio de Jesucristo y son las únicas que pueden hacerlos sabios para la salvación, se afanan inquietos en pos del conocimiento de cosas que, una vez sabidas, no les importan más que saber que un pájaro dejó caer una pluma sobre uno de los montes Pirineos.
De aquí viene que tantos que se tienen por sabios, porque saben disputar de las causas y los efectos, de la conveniencia y la inconveniencia moral de las cosas, resulten verdaderos necios en las cosas de Dios; de modo que, cuando uno se pone a conversar con ellos de la gran obra de la redención realizada para nosotros por Jesucristo, de cómo él es la propiciación por nuestros pecados, el que cumplió el pacto de obras y el principio de una vida nueva para nuestras almas, ignoran por completo todo el asunto, y demuestran de manera concluyente que, con toda su erudición, aún no saben nada como deben saber.
Pero, ¡ay!, ¿cómo no ha de sorprender a un hombre, cuando el Altísimo está a punto de pedirle el alma, pensar que ha pasado en este mundo por sabio y por docto disputador, y que sin embargo se halla desprovisto de aquel conocimiento que es el único que puede hacerle comparecer con confianza ante el tribunal de Jesucristo? ¿Cómo no ha de afligirle, en el estado venidero, ver a otros, a quienes despreciaba como ignorantes, exaltados a la diestra de Dios porque conocían por experiencia a Cristo, y a este crucificado; y verse a sí mismo, con todas sus finas prendas, arrojado al infierno, porque quizá lo sabía todo menos a Cristo?
Bien podía el Apóstol, en santo triunfo, exclamar: «¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el escriba? ¿Dónde el disputador de este siglo?» Porque Dios hará entonces necia la sabiduría de este mundo, y reducirá a nada la sabiduría de los que eran tan entendidos a sus propios ojos.
He hecho esta digresión del punto principal que tenemos delante, no para condenar ni desacreditar las letras humanas, sino para mostrar que deben usarse solo en subordinación a las divinas; y que un cristiano, si el Espíritu Santo guio la pluma del Apóstol cuando escribió esta epístola, no debería estudiar más libros que los que le lleven a un conocimiento más profundo de Jesucristo, y de este crucificado.
Y hay tanta más razón para ello por el gran daño que la práctica contraria ha hecho a la iglesia de Dios. Porque ¿qué fue, sino esta erudición, o más bien esta ignorancia, lo que apartó a tantos escribas y fariseos del conocimiento salvador de Jesucristo? ¿Y qué es, sino esta sabiduría humana, esta falsamente llamada ciencia, lo que ciega el entendimiento y corrompe el corazón de tantos incrédulos modernos, y los hace reacios a someterse a la justicia que es de Dios por la fe en Cristo Jesús? Pero,
Segunda, sin este conocimiento, nuestras obras, lo mismo que nuestras personas, no serán aceptas a los ojos de Dios.
«Por la fe», dice el Apóstol, es decir, por una fe viva en un Mediador que había de venir, «Abel ofreció a Dios más aceptable sacrificio que Caín». Y es por una fe semejante, o por un conocimiento experimental del mismo divino Mediador, como nuestros sacrificios de oración, alabanza y acción de gracias suben como incienso ante el trono de la gracia.
Dos personas pueden subir al templo a orar; pero solo volverá a su casa justificada la que, en el lenguaje de nuestras colectas, ofrezca sinceramente sus oraciones por Jesucristo nuestro Señor.
Porque es esta gran expiación, este sacrificio todosuficiente, lo único que puede darnos confianza para acercarnos con nuestras oraciones al Lugar Santísimo; y el que presume de ir sin ella repite el crimen de Coré: ofrece a Dios fuego extraño y, en consecuencia, será rechazado por él.
Además, así como nuestras devociones a Dios no serán aceptas sin este conocimiento de Jesucristo, tampoco lo serán ante él nuestros actos de caridad para con los hombres. Porque, aunque repartiéramos todos nuestros bienes para dar de comer a los pobres, si estuviéramos desprovistos de este conocimiento, de nada nos serviría.
Esto lo insinúa nuestro bendito Señor mismo en el capítulo 25 de Mateo, donde dice a los que habían sido ricos en buenas obras «que en cuanto lo hicieron a uno de los más pequeños de sus hermanos, a él lo hicieron». De donde podemos inferir claramente que lo único que hará dignas de recompensa nuestras limosnas en el día postrero es ver a Cristo en sus miembros y hacerles bien movidos por un conocimiento experimental de su amor por nosotros.
Por último, así como ni nuestros actos de piedad ni los de caridad, tampoco nuestras acciones civiles y morales serán aceptas a Dios sin este conocimiento experimental de Jesucristo.
Nuestros modernos pretendientes de la razón, en verdad, establecen otro principio desde el cual obrar; hablan, no sé de qué, de cumplir los deberes morales y civiles de la vida a partir de la conveniencia e inconveniencia moral de las cosas. Pero tales hombres son ciegos, por más que pretendan ver; y procurando así establecer su propia justicia, ignoran por completo la justicia que es de Dios por la fe en Cristo Jesús.
Porque, aunque concedemos que la moralidad es parte sustancial del cristianismo, y que Cristo no vino a abrogar o quitar la ley moral como regla de conducta, sino a explicarla y así cumplirla, afirmamos, sin embargo, que nuestras acciones morales y civiles no son ahora aceptas a los ojos de Dios Padre sino en la medida en que proceden del principio de una nueva naturaleza y de un conocimiento experimental de su amado Hijo, o de una fe viva en él.
La muerte de Jesucristo ha convertido toda nuestra vida en un sacrificio continuo; y ya sea que comamos o bebamos, que oremos a Dios o hagamos cualquier cosa a los hombres, todo ha de hacerse por amor a aquel, y por conocimiento de aquel, que murió y resucitó para hacer aceptas a los ojos de Dios todas nuestras obras, aun las más ordinarias.
Si vivimos por este principio, si Cristo es el Alfa y la Omega de todas nuestras acciones, entonces aun las más pequeñas son sacrificios aceptos; pero si falta este principio, nuestros servicios más pomposos de nada valen: no somos más que idólatras espirituales; ofrecemos sacrificios a nuestra propia red; hacemos de nosotros mismos un ídolo, al hacer de nosotros, y no de Cristo, el fin de nuestras acciones. Y, por tanto, tales acciones están tan lejos de ser aceptadas por Dios que, según el lenguaje de uno de los Artículos de nuestra Iglesia, «no dudamos que tienen naturaleza de pecado, porque no brotan de una fe experimental en Jesucristo ni de un conocimiento de él».
Si no fuéramos criaturas caídas, quizá podríamos obrar entonces por otros principios; pero, puesto que hemos caído de Dios en Adán, y solo somos restaurados por la obediencia y la muerte de Jesucristo, el aspecto de las cosas ha cambiado por completo, y todo cuanto pensamos, decimos o hacemos solo es acepto en él y por él.
Con razón, pues, puedo, en
Tercer y último lugar, exhortaros a poner en práctica la resolución del Apóstol, y rogaros que, con él, os propongáis no saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y a este crucificado».
Digo proponeos; porque, a menos que os sentéis primero y calculéis el costo, y que, por una convicción bien fundada de la excelencia de este conocimiento sobre cualquier otro, resolváis hacer de él vuestro principal estudio, vuestro único fin, vuestra única cosa necesaria, cualquier tentación frívola os apartará de buscarlo.
Vuestros amigos y conocidos carnales, y sobre todo vuestro gran adversario el diablo, os estarán persuadiendo a que os propongáis no saber nada sino cómo acumular bienes para muchos años, y adquirir conocimiento y gusto de las pompas y vanidades de este mundo malvado; pero vosotros proponeos no seguirlos ni dejaros llevar por ellos; y cuanto más os persuadan a saber otras cosas, tanto más «proponeos no saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y a este crucificado». Porque este conocimiento nunca deja de ser; pero si hay riquezas, se acabarán; si hay pompas, cesarán; si hay vanidades, se marchitarán; mas el conocimiento de Jesucristo, y de este crucificado, permanece para siempre.
Por tanto, ignoréis lo que ignoréis, no ignoréis esto. Si conocéis a Cristo, y a este crucificado, sabéis lo bastante para ser felices, aunque no sepáis ninguna otra cosa; y sin esto, todos vuestros demás conocimientos no podrán libraros de ser eternamente desdichados.
No hagáis caso, pues, del desprecio de los amigos, con el que necesariamente os encontraréis al profesar abiertamente que obraréis conforme a esta determinación. Porque vuestro Maestro, de quien sois, fue despreciado antes que vosotros; y todos los que no quieran saber otra cosa sino a Jesucristo, y a este crucificado, habrán de padecer persecución en uno u otro grado.
Es necesario que vengan escándalos, para probar lo que hay en nuestro corazón, y si seremos o no fieles soldados de Jesucristo.
¿Os atrevéis, pues, a confesar a nuestro bendito Maestro delante de los hombres, y a resplandecer como luminares en el mundo, en medio de una generación maligna y perversa? No nos contentemos con seguirle de lejos, porque entonces, como Pedro, pronto le negaremos; sino seamos cristianos del todo, y que nuestras palabras y todas nuestras acciones declaren al mundo de quién somos discípulos, y que de veras nos hemos «propuesto no saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y a este crucificado». Entonces nos irá bien, y seremos felices, indeciblemente felices, aun aquí; y, lo que es infinitamente mejor, cuando los que nos despreciaron estén clamando a los montes que caigan sobre ellos y a los collados que los cubran, nosotros seremos exaltados para sentarnos a la diestra de Dios, y resplandeceremos como el sol en el firmamento, en el reino de nuestro adorabilísimo Redentor, por los siglos de los siglos.
Lo cual Dios, por su infinita misericordia, nos conceda, etc.
Capítulo 45 completado
El conocimiento de Jesucristo, el mejor conocimiento