Sermones escogidos de George Whitefield
El casi cristiano

Capítulo 43 · 24 min de lectura · 31 min de escucha

El casi cristiano

Hechos 26:28 — «Por poco me persuades a ser cristiano.»

El capítulo del que está tomado el texto contiene el admirable relato que el gran san Pablo hizo de su maravillosa conversión del judaísmo al cristianismo, cuando fue llamado a presentar su defensa ante Festo, gobernador gentil, y ante el rey Agripa. Nuestro bendito Señor había predicho mucho antes que, cuando el Hijo del hombre fuese levantado, «sus discípulos serían llevados ante reyes y gobernantes por causa de su nombre, para testimonio a ellos». Y muy buena fue la intención de la sabiduría infinita al disponerlo así; porque, siendo el cristianismo desde el principio una doctrina de la cruz, los príncipes y gobernantes de la tierra se creían demasiado altos para ser instruidos por maestros tan humildes, o demasiado dichosos para ser perturbados por verdades tan ingratas; y por eso habrían permanecido siempre ajenos a Jesucristo, y a este crucificado, si los apóstoles, al ser llevados a juicio ante ellos, no hubieran tenido ocasión de predicarles «a Jesús y la resurrección». San Pablo sabía muy bien que esta era la razón principal por la que su bendito Maestro permitía que sus enemigos lo llevasen entonces ante un tribunal público; y por eso, conformándose a la voluntad divina, no le basta con defenderse sin más, sino que procura al mismo tiempo convertir a sus jueces. Y lo hizo con tal demostración del Espíritu y de poder, que Festo, que no quería dejarse convencer por la evidencia más fuerte, exclama a gran voz: «Estás loco, Pablo; las muchas letras te vuelven loco.» A lo cual el valiente apóstol (como verdadero seguidor del santo Jesús) responde con mansedumbre: No estoy loco, excelentísimo Festo, sino que hablo palabras de verdad y de cordura.» Pero, con toda probabilidad, viendo al rey Agripa más conmovido por su discurso, y notando en él cierta inclinación a conocer la verdad, se dirige más particularmente a él: «Pues el rey sabe estas cosas, delante del cual también hablo con toda confianza; porque no pienso que ignore nada de esto.» Y luego, para completar, si era posible, la conversión que tanto deseaba, con una elocuencia inimitable se dirige a él más de cerca todavía: «¿Crees, rey Agripa, a los profetas? Yo sé que crees.» Ante lo cual las emociones del rey empezaron a obrar con tanta fuerza, que se vio obligado, en pleno tribunal, a confesarse conmovido por la predicación del preso, y a exclamar con franqueza: «Por poco me persuades, Pablo, a ser cristiano.»

Estas palabras, tomadas con su contexto, nos ofrecen una viva representación de la diversa acogida que hoy en día encuentra en el ánimo de los hombres la doctrina de los ministros de Cristo que vienen con el poder y el espíritu de san Pablo. Pues aunque ellos, como este gran apóstol, «hablan palabras de verdad y de cordura», y con tal energía y poder que ninguno de sus adversarios puede con justicia contradecirlos ni resistirlos, sin embargo, demasiados, como el noble Festo antes mencionado, siendo como él o demasiado orgullosos para ser enseñados, o demasiado sensuales, demasiado descuidados o demasiado mundanos para vivir conforme a la doctrina, exclaman para excusarse que «las muchas letras, el mucho estudio o, lo que es aún más inexplicable, la mucha piedad, los ha vuelto locos». Y aunque, ¡bendito sea Dios!, no todos desacreditan así nuestro anuncio, aun entre los que reciben gustosos la palabra y confiesan que hablamos palabras de verdad y de cordura, son tan pocos los que llegan a un grado de piedad más alto que el de Agripa, o los que se dejan persuadir a algo más que a ser casi cristianos, que no puedo menos que juzgar sumamente necesario advertir a mis queridos oyentes del peligro de semejante estado. Y por eso, a partir de las palabras del texto, procuraré mostrar estas tres cosas:

Primero, qué se entiende por un casi cristiano.

En segundo lugar, cuáles son las razones principales por las que tantos no pasan de ser casi cristianos.

En tercer lugar, consideraré la ineficacia, el peligro, lo absurdo y la inquietud que acompañan a los que no son más que casi cristianos; y luego concluiré con una exhortación general a que todos se esfuercen por ser, no solo casi, sino del todo cristianos.

I. Y, primero, he de considerar qué se entiende por un casi cristiano.

Un casi cristiano, si lo consideramos en cuanto a su deber para con Dios, es uno que claudica entre dos pensamientos; que vacila entre Cristo y el mundo; que quisiera conciliar a Dios y a Mamón, la luz y las tinieblas, a Cristo y a Belial. Es cierto que tiene inclinación a la religión, pero se cuida mucho de no ir demasiado lejos en ella: su corazón engañoso le está gritando siempre: Ten compasión de ti, no te hagas daño. Ora, en efecto, que «la voluntad de Dios sea hecha en la tierra como en el cielo». Pero, con todo, es muy parcial en su obediencia, y espera neciamente que Dios no será riguroso en notar todo lo que él hace mal a sabiendas; aunque un apóstol inspirado le ha dicho que «el que ofende en un punto se hace culpable de todos». Pero, sobre todo, es uno que confía mucho en las ordenanzas externas, y por eso se tiene por justo y menosprecia a los demás; aunque al mismo tiempo es tan ajeno a la vida divina como cualquier otra persona. En suma, le encanta la apariencia, pero nunca experimenta en su corazón la eficacia de la piedad. Sigue año tras año asistiendo a los medios de gracia, pero, como las vacas flacas de Faraón, nunca queda mejor, sino más bien peor por ellos.

Si lo consideráis en cuanto a su prójimo, es uno que es estrictamente justo con todos; pero esto no procede de ningún amor a Dios ni de consideración por el hombre, sino solo de un principio de amor propio: porque sabe que la falta de honradez arruinará su reputación y, por consiguiente, le impedirá prosperar en el mundo.

Es uno que confía mucho en ser bueno de manera negativa, y se contenta con la conciencia de no haber hecho daño a nadie; aunque lee en el evangelio que «el siervo inútil fue echado en las tinieblas de afuera», y que la higuera estéril fue maldecida y se secó desde las raíces, no por dar fruto malo, sino por no dar ninguno.

No es enemigo de las colectas caritativas en público, si no se recomiendan con demasiada frecuencia; pero desconoce los oficios bondadosos de visitar a los enfermos y a los presos, vestir al desnudo y socorrer al hambriento en privado. Piensa que estas cosas corresponden solo al clero, aunque su propio corazón engañoso le dice que nada sino el orgullo le impide ejercer estos actos de humildad; y que Jesucristo, en el capítulo 25 de san Mateo, condena a castigo eterno a personas, no solo por ser fornicarios, borrachos o ladrones, sino por descuidar estos oficios de caridad: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a la izquierda. Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles: porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis. Entonces también ellos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o forastero, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel, y no te servimos? Entonces les responderá diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis; e irán estos al castigo eterno.» He creído conveniente citaros todo este pasaje de la Escritura por extenso, porque nuestro Salvador pone en él un énfasis tan particular; y sin embargo se le hace tan poco caso que, si hubiéramos de juzgar por la conducta de los cristianos, uno se sentiría tentado a pensar que no hay tales versículos en la Biblia.

Pero, para seguir con el retrato del casi cristiano: si lo consideramos en cuanto a sí mismo, así como dijimos que era estrictamente honrado con su prójimo, así también es estrictamente sobrio en sí mismo; pero tanto su honradez como su sobriedad proceden del mismo principio de un falso amor propio. Es cierto que no corre con los demás hombres al mismo desenfreno de disolución; pero no es por obediencia a las leyes de Dios, sino o porque su constitución no tolera la intemperancia, o más bien porque teme perder su reputación o incapacitarse para sus negocios temporales. Pero aunque es tan prudente que evita la intemperancia y el exceso, por las razones antes dichas, siempre llega hasta el extremo de lo lícito. Es cierto que no es borracho; pero no tiene ninguna cristiana auto-negación. No puede creer que nuestro Salvador sea un Señor tan austero como para prohibirnos complacernos en algunas cosas; y así, por este medio, está tan desprovisto del sentido de la verdadera religión como si viviera en la disolución o en cualquier otro crimen. En cuanto a fijar tanto sus principios como su práctica, se guía más por el mundo que por la palabra de Dios: por su parte, no puede creer que el camino al cielo sea tan estrecho como algunos lo quieren hacer; y por eso no considera tanto lo que la Escritura exige, como lo que hace tal o cual hombre bueno, o lo que mejor se acomoda a sus propias inclinaciones corrompidas. Por esta causa, no solo es muy cauto consigo mismo, sino también muy solícito con los nuevos convertidos, cuyos rostros se han vuelto hacia el cielo; y así está siempre haciendo el papel del diablo, diciéndoles que tengan compasión de sí mismos, aunque no hacen más que lo que la Escritura estrictamente les exige: la consecuencia de lo cual es que «ni él entra en el reino de Dios, ni a los que están entrando deja entrar».

Así vive el casi cristiano: no que pueda decir que os lo he descrito por completo; pero, por estos contornos y bosquejos de su carácter, si vuestras conciencias han cumplido su oficio y han aplicado particularmente a vuestros propios corazones lo que se ha dicho, no puedo menos que temer que algunos de vosotros observéis en su retrato, por odioso que sea, algunos rasgos demasiado parecidos a los vuestros; y por eso no puedo menos que esperar que os unáis al apóstol en las palabras que siguen inmediatamente al texto, y deseéis «ser no solo casi, sino del todo cristianos».

II. Paso al segundo punto general propuesto: considerar las razones por las que tantos no pasan de ser casi cristianos.

1. Y la primera razón que mencionaré es que muchos emprenden el camino con nociones falsas de la religión; aunque viven en un país cristiano, no saben qué es el cristianismo. Quizá esto se tenga por palabra dura, pero la experiencia demuestra tristemente su verdad; porque algunos ponen la religión en pertenecer a esta o aquella comunión; más, en la moralidad; los más, en una ronda de deberes y un modelo de prácticas; y pocos, muy pocos, reconocen que es lo que realmente es: un cambio completo e interior de la naturaleza, una vida divina, una participación vital de Jesucristo, una unión del alma con Dios; lo cual expresa el apóstol diciendo: «El que se une al Señor, un espíritu es con él.» De ahí sucede que tantos, aun de los profesantes más entendidos, cuando uno llega a conversar con ellos acerca de la esencia, la vida, el alma de la religión —me refiero a nuestro nuevo nacimiento en Jesucristo—, confiesan que ignoran por completo el asunto, y exclaman con Nicodemo: «¿Cómo puede hacerse esto?» No es de extrañar, pues, que tantos sean solo casi cristianos, cuando tantos no saben qué es el cristianismo; no es maravilla que tantos se conformen con la apariencia, cuando son del todo ajenos a la eficacia de la piedad; o que se contenten con la sombra, cuando saben tan poco de su sustancia. Y esta es una de las causas por las que tantos son casi, y tan pocos del todo cristianos.

2. Una segunda razón que puede señalarse de por qué tantos no pasan de ser casi cristianos es un temor servil al hombre: multitudes hay, y ha habido, que, aunque despertadas al sentido de la vida divina, y aunque han gustado y sentido los poderes del siglo venidero, por un vil y pecaminoso temor a ser tenidos por singulares o despreciados por los hombres, han dejado que todas aquellas buenas impresiones se borrasen. Es cierto que tienen alguna estima por Jesucristo; pero, como Nicodemo, solo quisieran venir a él de noche: están dispuestos a servirle, pero quisieran hacerlo en secreto, por miedo de los judíos: desean ver a Jesús, pero no pueden llegar a él a causa de la multitud, y por miedo a que se burlen y los ridiculicen aquellos con quienes solían sentarse a la mesa. Pero bien profetizó nuestro Salvador de tales personas: «¿Cómo podéis amarme vosotros, que recibís gloria los unos de los otros?» ¡Ay! ¿Nunca han leído que «la amistad del mundo es enemistad con Dios», y que nuestro Señor mismo ha amenazado: «El que se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles»? No es de extrañar que tantos no pasen de ser casi cristianos, ya que tantos «aman más la gloria de los hombres que la gloria que viene de Dios».

3. Una tercera razón por la que tantos no pasan de ser casi cristianos es un amor dominante al dinero. Este fue el lamentable caso de aquel joven resuelto del evangelio que vino corriendo a nuestro bendito Señor y, arrodillándose delante de él, le preguntó «qué haría para heredar la vida eterna»; a quien nuestro bendito Maestro respondió: «Los mandamientos sabes: No mates; no cometas adulterio; no hurtes.» A lo cual el joven respondió: «Todo esto lo he guardado desde mi juventud.» Pero cuando nuestro Señor pasó a decirle: «Aún te falta una cosa: ve, vende todo lo que tienes, y da a los pobres; él se entristeció por esta palabra, y se fue triste, porque tenía muchas posesiones.» ¡Pobre joven! Tenía buenos deseos de ser cristiano y de heredar la vida eterna, ¡pero la juzgó demasiado cara si no podía comprarse a menor precio que el de su hacienda! Y así muchos, jóvenes y viejos, hoy en día vienen corriendo a adorar a nuestro bendito Señor en público, y se arrodillan delante de él en privado, y consultan su evangelio sobre qué harán para heredar la vida eterna; pero cuando descubren que han de renunciar al goce egoísta de las riquezas, y dejarlo todo de corazón para seguirle, exclaman: «¡Que el Señor nos perdone en esto! Te rogamos que nos des por excusados.»

Pero ¿es el cielo, en la estima de los hombres, una bagatela tan pequeña que no valga un poco de tierra dorada? ¿Es la vida eterna una adquisición tan vil que no merezca la renuncia temporal a unas cuantas riquezas pasajeras? Así parece, en verdad. Pero, por inconsecuente que sea tal conducta, este amor desordenado al dinero es, demasiado evidentemente, la causa común y fatal por la que tantos no pasan de ser casi cristianos.

4. Tampoco es el amor al placer una causa menos común ni menos fatal de que tantos no pasen de ser casi cristianos. Miles y decenas de miles hay que desprecian las riquezas, y de buena gana serían verdaderos discípulos de Jesucristo si con desprenderse de su dinero bastara para serlo; pero cuando se les dice que nuestro bendito Señor ha dicho: «El que quiera venir en pos de él, niéguese a sí mismo», como aquel lamentable joven antes mencionado, «se van tristes»», porque tienen un amor demasiado grande a los placeres sensuales. Quizá manden llamar a los ministros de Cristo, como Herodes hizo con Juan, y los oigan de buena gana; pero tocadles en su Herodías, decidles que han de desprenderse de tal o cual placer querido, y exclaman con el impío Acab: «¿Nos has hallado, enemigo nuestro?» Habladles de la necesidad de la mortificación y de la abnegación, y les resulta tan difícil oírlo como si les mandarais «cortarse la mano derecha, o sacarse el ojo derecho». No pueden creer que nuestro bendito Señor exija tanto de ellos, aunque un apóstol inspirado nos ha mandado «hacer morir nuestros miembros que están sobre la tierra». Y él mismo, aun después de haber convertido a millares, y estando ya muy cerca del final de su carrera, confesaba que su práctica diaria era «golpear su cuerpo y ponerlo en servidumbre, no fuera que, habiendo predicado a otros, él mismo viniera a ser reprobado».

Pero algunos hombres quieren ser más sabios que este gran apóstol, y trazarnos lo que falsamente imaginan ser un camino más fácil a la felicidad. Quisieran hacernos creer, con lisonjas, que podemos ir al cielo sin hacer violencia a nuestros apetitos sensuales, y entrar por la puerta estrecha sin luchar contra nuestras inclinaciones carnales. Y esta es otra razón por la que tantos son solo casi, y no del todo cristianos.

5. La quinta y última razón que señalaré de por qué tantos son solo casi cristianos es la volubilidad y la inconstancia del carácter.

Ha sido, sin duda, una desgracia que han sufrido muchos ministros y cristianos sinceros, la de llorar y lamentarse por numerosos convertidos prometedores que, al parecer, comenzaron por el Espíritu, pero al cabo de un tiempo cayeron y acabaron vilmente en la carne; y esto no por falta de nociones correctas en religión, ni por un temor servil al hombre, ni por amor al dinero o a los placeres sensuales, sino por inconstancia y volubilidad de carácter. Miraban la religión solo como novedad, como algo que les agradó por un tiempo; pero, satisfecha su curiosidad, la dejaron otra vez a un lado: como el joven que vino a ver a Jesús con una sábana sobre el cuerpo desnudo, le siguieron por una temporada, pero cuando vinieron las tentaciones a echarles mano, por falta de un poco más de resolución, fueron despojados de todas sus buenas intenciones y huyeron desnudos. Al principio, como árbol plantado junto a las aguas, crecieron y florecieron por un tiempo; pero, no teniendo raíz en sí mismos, ningún principio interior de santidad y de piedad, como la calabacera de Jonás, pronto se secaron y se marchitaron. Sus buenas intenciones se parecen demasiado a los movimientos violentos de los espíritus animales de un cuerpo recién decapitado, que, aunque impetuosos, no son duraderos. En suma, emprenden bien su viaje al cielo, pero, hallando el camino o más estrecho o más largo de lo que esperaban, por la inestabilidad de su carácter se han detenido para siempre, y así «se han vuelto como el perro a su vómito, o como la puerca lavada a revolcarse en el cieno».

Pero tiemblo al pronunciar la suerte de tales profesantes inestables que, habiendo puesto la mano en el arado, por falta de un poco más de resolución, vergonzosamente miran atrás. ¿Cómo les repetiré aquella terrible amenaza: «Si alguno retrocede, no agradará a mi alma»? Y otra vez: «Es imposible (es decir, por lo menos sumamente difícil) que los que una vez fueron iluminados, y gustaron el don celestial y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento.» Pero, aunque el evangelio es tan severo contra los apóstatas, muchos que comenzaron bien, por volubilidad de carácter (¡ojalá ninguno de los aquí presentes llegue nunca a serlo!), han venido por este medio a contarse entre los que retroceden para perdición. Y esta es la quinta y última razón que daré de por qué tantos son solo casi, y no del todo cristianos.

III. Pasemos ahora al punto general propuesto, a saber, considerar la necedad de no ser más que un casi cristiano.

1. Y la primera prueba que daré de la necedad de tal conducta es que resulta ineficaz para la salvación. Es cierto que tales hombres son casi buenos; pero casi dar en el blanco es, en realidad, errarlo. Dios nos exige «que le amemos de todo nuestro corazón, de toda nuestra alma y de todas nuestras fuerzas». Nos ama demasiado para admitir rival alguno; porque, en la medida en que nuestros corazones están vacíos de Dios, en esa misma medida han de ser desdichados. El diablo, en verdad, como la madre falsa que se presentó ante Salomón, quisiera que nuestros corazones fuesen divididos, como ella habría querido que lo fuese el niño; pero Dios, como la madre verdadera, lo quiere todo o nada. «Hijo mío, dame tu corazón», tu corazón entero, es el llamamiento general a todos; y si esto no se hace, nunca podemos esperar la misericordia divina.

Las personas pueden hacer el papel de hipócritas; pero Dios, en el gran día, las herirá de muerte (como hizo con Ananías y Safira por boca de su siervo Pedro) por fingir que le ofrecen todo su corazón, cuando le retienen la mayor parte. Quizá engañen por un tiempo a sus semejantes; pero el que capacitó a Elías para exclamar: «Entra, mujer de Jeroboam», cuando ella vino disfrazada a preguntar por su hijo enfermo, también los descubrirá a pesar de sus más astutos disimulos; y, si sus corazones no están enteramente con él, les señalará su parte con los hipócritas y los incrédulos.

2. Pero, en segundo lugar, lo que hace más inexcusable una piedad a medias es que no solo es insuficiente para nuestra propia salvación, sino también muy perjudicial para la de otros.

Un casi cristiano es una de las criaturas más dañinas del mundo; es un lobo con piel de oveja: es uno de aquellos falsos profetas de los que nuestro bendito Señor nos manda guardarnos en su sermón del monte, que quieren persuadir a los hombres de que el camino al cielo es más ancho de lo que realmente es; y con ello, como se observó antes, «ni ellos entran en el reino de Dios, ni a los que están entrando dejan entrar». Estos, estos son los hombres que convierten el mundo a un espíritu tibio como el de Laodicea; que cuelgan luces falsas, y así hacen naufragar a almas irreflexivas y entenebrecidas en su travesía hacia el puerto de la eternidad. Estos son los que son mayores enemigos de la cruz de Cristo que los mismos infieles: porque de un incrédulo todo el mundo se guarda; pero un casi cristiano, por su sutil hipocresía, arrastra a muchos tras de sí; y por eso ha de esperar recibir mayor condenación.

3. Pero, en tercer lugar, así como es sumamente perjudicial para nosotros mismos y dañino para otros, es también la mayor muestra de ingratitud que podemos manifestar hacia nuestro Señor y Maestro Jesucristo. Porque ¿bajó él del cielo y derramó su preciosa sangre para comprar estos corazones nuestros, y le daremos solo la mitad de ellos? ¡Oh, cómo podemos decir que le amamos, cuando nuestros corazones no están enteramente con él? ¿Cómo podemos llamarle nuestro Salvador, cuando no queremos esforzarnos sinceramente por agradarle, y dejarle así ver el fruto de la aflicción de su alma, y quedar satisfecho!

Si alguno de nosotros hubiera comprado a precio altísimo un esclavo que antes estaba sumido en las mayores miserias y tormentos, y en ellos habría tenido que seguir para siempre si le hubiéramos cerrado nuestras entrañas de compasión; y si después ese esclavo se volviera rebelde, o se negara a darnos más que la mitad de su servicio, ¡cómo, cómo clamaríamos contra su vil ingratitud! Y sin embargo, ese esclavo vil e ingrato eres tú, oh hombre, que reconoces haber sido redimido de una miseria y un castigo infinitos e inevitables por la muerte de Jesucristo, y aun así no quieres entregarte enteramente a él. Pero ¿trataremos a Dios nuestro Hacedor de una manera en que no querríamos ser tratados por un hombre como nosotros? ¡En ninguna manera! No. Permitidme, pues,

Añadir una o dos palabras de exhortación para moveros a ser no solo casi, sino del todo cristianos. ¡Oh, desdeñemos todo trato vil y traicionero para con nuestro Rey y Salvador, nuestro Dios y Creador! No nos tomemos algún trabajo toda la vida por ir al cielo, para despeñarnos al fin en el infierno. Demos a Dios nuestro corazón entero, y no claudiquemos más entre dos pensamientos: si el mundo es Dios, sirvámosle a él; si el placer es un dios, sirvámosle a él; pero si el Señor es Dios, sirvámosle, ¡oh, sirvámosle a él solo! ¡Ay! ¿Por qué, por qué hemos de resistirnos más tiempo? ¿Por qué hemos de estar tan enamorados de la esclavitud que no renunciemos del todo al mundo, a la carne y al diablo, que, como otras tantas cadenas espirituales, atan nuestras almas y les impiden remontarse a Dios? ¡Ay! ¿Qué tememos? ¿No puede Dios recompensar nuestra obediencia entera? Si puede, como parece conceder la manera coja con que el casi cristiano le sirve, ¿por qué, entonces, no queremos servirle por entero? Por la misma razón por la que hacemos tanto, ¿por qué no hacemos más? ¿O pensáis que ser religiosos solo a medias os hará felices, pero que ir más allá os hará desdichados e inquietos? ¡Ay!, hermanos míos, esto es engaño de principio a fin: porque ¿qué es sino esta piedad a medias, este vacilar entre Dios y el mundo, lo que hace que tantos, en apariencia bien dispuestos, sean tan del todo ajenos a los consuelos de la religión? Escogen de la religión justo lo bastante para que los perturbe en sus concupiscencias, y siguen sus concupiscencias hasta el punto de privarse de los consuelos de la religión. Mientras que, al contrario, si dejaran sinceramente todo de corazón y entregaran enteramente su corazón a Dios, entonces experimentarían (y no pueden hasta entonces) el placer indecible de tener un ánimo en paz consigo mismo, y gozarían de esa paz de Dios que, aun en esta vida, sobrepasa todo entendimiento, y que antes les era del todo desconocida. Es cierto que, si queremos consagrarnos enteramente a Dios, hemos de encontrar desprecio; pero es porque el desprecio es necesario para sanar nuestro orgullo. Hemos de renunciar a algunos placeres sensuales; pero es porque estos nos incapacitan para los espirituales, que son infinitamente mejores. Hemos de renunciar al amor del mundo; pero es para que seamos llenos del amor de Dios: y cuando este haya ensanchado una vez nuestros corazones, como Jacob cuando sirvió por su amada Raquel, no tendremos nada por demasiado difícil de sobrellevar, ni penalidad alguna por demasiado pesada de soportar, a causa del amor que entonces tendremos a nuestro amado Redentor. Así de fáciles, así de deleitosos serán los caminos de Dios aun en esta vida; pero cuando una vez nos despojemos de estos cuerpos, y nuestras almas sean llenas de toda la plenitud de Dios, ¡oh, qué corazón puede concebir, qué lengua puede expresar con qué gozo y consuelo indecibles miraremos entonces atrás a nuestros pasados servicios, sinceros y de corazón! ¿Pensáis entonces, mis queridos oyentes, que nos arrepentiremos de haber hecho demasiado; o no pensáis más bien que nos avergonzaremos de no haber hecho más, y nos sonrojaremos de haber sido tan remisos en entregarlo todo a Dios, cuando él se proponía darnos después a sí mismo?

Permitidme, pues, para concluir, exhortaros, hermanos míos, a tener siempre delante la dicha indecible de gozar de Dios. Y pensad al mismo tiempo que cada grado de santidad que descuidáis, cada acto de piedad que omitís, es una joya arrancada de vuestra corona, un grado de bienaventuranza perdido en la visión de Dios. ¡Oh, pensad y obrad siempre así, y ya no os afanaréis por llegar a un arreglo entre Dios y el mundo; sino que, al contrario, os esforzaréis cada día por entregaros más y más a él; estaréis siempre velando, siempre orando, siempre aspirando a mayores grados de pureza y de amor, y por consiguiente preparándoos siempre para una visión y un goce más plenos de aquel Dios en cuya presencia hay plenitud de gozo, y a cuya diestra hay delicias para siempre! ¡Amén! ¡Amén!

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