Capítulo 42 · 24 min de lectura · 31 min de escucha
Señales de haber recibido el Espíritu Santo
Hechos 19:2 — «¿Habéis recibido el Espíritu Santo después que creísteis?»
A estas palabras se les han dado dos significados distintos. Algunos han supuesto que la pregunta que aquí se hace es si estos discípulos, a quienes san Pablo halló en Éfeso, habían recibido el Espíritu Santo por la imposición de manos en la confirmación. Otros piensan que estos discípulos ya habían sido bautizados en el bautismo de Juan, el cual no iba acompañado de un derramamiento inmediato del Espíritu Santo, y que por eso el apóstol les pregunta aquí si habían recibido el Espíritu Santo al ser bautizados en Jesucristo. Y como respondieron que no, primero los bautizó y luego los confirmó en el nombre del Señor Jesús.
Cuál de estas interpretaciones es la más verdadera no es fácil, ni muy necesario, de determinar. Sin embargo, como las palabras encierran una pregunta importantísima, sin referencia alguna al contexto, a partir de ellas voy a:
Primero, mostrar quién es el Espíritu Santo del que aquí se habla, y que todos hemos de recibirlo antes de poder ser llamados verdaderos creyentes.
Segundo, presentaré algunas señales bíblicas por las cuales podemos saber si hemos recibido así el Espíritu Santo o no. Y
Tercero, a modo de conclusión, me dirigiré a varias clases distintas de los que profesan la fe, acerca de la doctrina que se haya expuesto.
Primero, he de mostrar quién es el Espíritu Santo del que se habla en el texto, y que todos hemos de recibirlo antes de poder ser llamados verdaderos creyentes.
Por el Espíritu Santo se significa claramente la tercera Persona de la siempre bendita Trinidad, consustancial y coeterna con el Padre y el Hijo, que procede de ambos, y con todo es igual a los dos. Se le llama Santo de manera enfática porque es infinitamente santo en sí mismo, y el autor y consumador de toda santidad en nosotros.
Este bendito Espíritu, que en otro tiempo se movía sobre la faz del gran abismo; que cubrió con su sombra a la bendita Virgen antes que de ella naciera aquel santo niño; que descendió en forma corporal, como paloma, sobre nuestro bendito Señor, cuando subió del agua en su bautismo; y que después bajó en lenguas de fuego sobre la cabeza de todos sus apóstoles el día de Pentecostés: este es el Espíritu Santo que ha de moverse sobre la faz de nuestras almas; este poder del Altísimo ha de venir sobre nosotros, y hemos de ser bautizados con su bautismo y su fuego purificador, antes de poder ser llamados verdaderos miembros del cuerpo místico de Cristo.
Así dice el apóstol Pablo: «¿No os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros (es decir, por su Espíritu), si ya no sois reprobados?». Y: «Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él». Y otra vez dice san Juan: «Sabemos que somos suyos por el Espíritu que nos ha dado».
No es necesario, ciertamente, que se nos dé ahora el Espíritu de aquella manera milagrosa en que fue dado al principio a los apóstoles de nuestro Señor, con señales y prodigios; pero es absolutamente necesario que recibamos el Espíritu Santo en sus gracias santificadoras tan realmente como ellos lo recibieron; y así seguirá siendo hasta el fin del mundo.
Porque así está la cuestión entre Dios y el hombre: Dios hizo al principio al hombre recto, o, como lo expresa el escritor sagrado, «a imagen de Dios lo creó»; es decir, su alma era la copia misma, el trasunto de la naturaleza divina. Aquel que antes, con su palabra omnipotente, llamó al mundo a la existencia, sopló en el hombre el aliento de la vida espiritual, y su alma fue adornada con una semejanza de las perfecciones de la Deidad. Este fue el toque final de la creación: la perfección tanto del mundo moral como del material. Y tanto se parecía el hombre a su divino Original que Dios no podía menos que regocijarse y complacerse en su propia semejanza. Por eso leemos que, cuando Dios hubo terminado la parte inanimada y bruta de la creación, la miró y vio que era buena; pero cuando fue hecho el hombre, aquella criatura hermosa y semejante a Dios, he aquí que era bueno en gran manera.
Feliz, indeciblemente feliz, había de ser el hombre cuando era así participante de la naturaleza divina. Y así podría haber seguido, de haber seguido siendo santo. Pero Dios lo puso en un estado de prueba, con libre permiso para comer de todo árbol del huerto del Edén, excepto del árbol de la ciencia del bien y del mal: el día que de él comiera, ciertamente moriría; es decir, quedaría sujeto no solo a la muerte temporal, sino a la espiritual; y, por consiguiente, perdería aquella imagen divina, aquella vida espiritual que Dios poco antes había soplado en él, y que era tanto su felicidad como su gloria.
Uno pensaría que estas eran condiciones fáciles de las que hacer depender la felicidad de una criatura finita. Pero el hombre, el desdichado hombre, seducido por el diablo, y deseando, como él, ser igual a su Hacedor, comió del fruto prohibido; y con ello quedó expuesto a la maldición que el Dios eterno, que no puede mentir, había pronunciado contra su desobediencia.
Conforme a esto, leemos que, poco después de haber caído, Adán se quejó de que estaba desnudo; desnudo, no solo en cuanto al cuerpo, sino desnudo y desprovisto de aquellas gracias divinas que antes adornaban y hermoseaban su alma. El desdichado motín y el desorden en que cayó la creación visible, los cardos y espinos que entonces brotaron y cubrieron la tierra, no eran sino pobres emblemas, figuras sin vida, de aquella confusión y rebelión, y de aquellas diversas concupiscencias y pasiones que brotaron en el alma del hombre y la anegaron por completo inmediatamente después de la caída. ¡Ay! Ya no era la imagen del Dios invisible; sino que, así como había imitado el pecado del diablo, vino a ser, por así decirlo, participante de la naturaleza del diablo, y de la unión con Dios se hundió en un estado de abierta enemistad contra él.
Pues bien, en esta condición espantosa y desordenada venimos todos al mundo: porque cual es la raíz, tales han de ser las ramas. Conforme a esto se nos dice que «Adán engendró un hijo a su semejanza»; es decir, con la misma naturaleza corrompida que él tenía después de haber comido el fruto prohibido. Y la experiencia, tanto como la Escritura, prueba que también nosotros nacemos del todo en pecado y corrupción, y que somos, por tanto, incapaces, mientras estamos en tal estado, de tener comunión con Dios. Porque así como la luz no puede tener comunión con las tinieblas, así Dios no puede tener comunión con tan contaminados hijos de Belial.
Aquí se ve, pues, el fin y propósito por el que Cristo fue manifestado en carne: poner fin a estos desórdenes y restituirnos a aquella dignidad primitiva en que fuimos creados al principio. Conforme a esto, derramó su preciosa sangre para satisfacer la justicia de su Padre por nuestros pecados; y con ello nos obtuvo también el Espíritu Santo, que había de imprimir de nuevo la imagen divina en nuestro corazón y hacernos capaces de vivir con el bendito Dios y gozar de él.
Este fue el gran fin de la venida de nuestro Señor al mundo; más aún, este es el único fin por el que el mundo mismo se conserva ahora en existencia. Porque en cuanto un número suficiente haya sido santificado de entre él, los cielos se plegarán como un rollo, los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y todo lo que en ella hay será quemada.
Esta santificación del Espíritu es aquel nuevo nacimiento del que nuestro bendito Señor habló a Nicodemo, «sin el cual no podemos ver el reino de Dios». Esto es lo que san Pablo llama ser «renovados en el espíritu de vuestra mente»; y es la fuente de aquella santidad sin la cual nadie verá al Señor.
Así pues, es innegablemente cierto que hemos de recibir el Espíritu Santo antes de poder ser llamados verdaderos miembros del cuerpo místico de Cristo.
Paso, en segundo lugar, a presentar algunas señales bíblicas por las cuales podemos juzgar fácilmente si hemos recibido así el Espíritu Santo o no.
Y la primera que mencionaré es haber recibido un espíritu de oración y de súplica; porque este acompaña siempre al espíritu de gracia. Apenas se convirtió Pablo, «he aquí, él ora». Y esto se adujo como argumento para convencer a Ananías de que se había convertido. Y de los escogidos de Dios se dice también que «claman a él día y noche».
Y puesto que una gran obra del Espíritu Santo es convencernos de pecado y movernos a buscar el perdón y la gracia renovadora por los méritos todo suficientes de un Redentor crucificado, todo el que ha sentido los poderes del siglo venidero despertándolo de su letargo espiritual no puede menos que clamar siempre: «Señor, ¿qué quieres que haga?». O, en el lenguaje del importuno ciego Bartimeo: «Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí».
El bendito Jesús, así como recibió el Espíritu Santo sin medida, así lo evidenció por nada tanto como por sus frecuentes acercamientos al trono de la gracia. Conforme a esto, leemos que a menudo estaba solo en el monte orando; que se levantaba muy de mañana, mucho antes del día, para orar; más aún, que pasaba noches enteras en oración. Y todo el que es hecho participante del mismo Espíritu que el santo Jesús tendrá el mismo sentir, y en nada se deleitará tanto como en «acercarse a Dios» y levantar manos y corazones santos en oración frecuente y devota.
Hay que confesar, ciertamente, que este espíritu de súplica a menudo se pierde, por así decirlo, de un modo sensible, y decae por algún tiempo, aun en los que han recibido de verdad el Espíritu Santo. Por la sequedad espiritual y la esterilidad del alma, hallan en sí mismos desgana y resistencia para este deber de la oración; pero entonces lo tienen por su cruz, y siguen perseverando en buscar a Jesús, aunque sea con dolor; y sus corazones, con todo, están puestos en Dios, aunque no puedan ejercitar sus afectos con tanta fuerza como de costumbre, a causa de aquel adormecimiento espiritual que Dios, por sabias razones, ha permitido que entumezca sus almas.
Pero con el creyente formalista no es así: no; o no ora en absoluto, o, si entra en su aposento, lo hace de mala gana, por costumbre, o para acallar los reproches de su conciencia. En cambio, el verdadero creyente no puede vivir sin oración más de lo que puede vivir sin alimento día tras día. Y halla su alma tan real y perceptiblemente alimentada por la una como su cuerpo es nutrido y sostenido por el otro.
Una segunda señal bíblica de haber recibido el Espíritu Santo es no cometer pecado.
«Cualquiera que es nacido de Dios (dice san Juan) no hace pecado, y no puede pecar, porque su simiente está en él». Y no puede pecar. Esta expresión no implica que sea imposible que un cristiano peque; porque se nos dice que «todos ofendemos en muchas cosas». Solo quiere decir esto: que el hombre que de verdad ha nacido de nuevo de Dios no comete pecado deliberadamente, y mucho menos vive en la práctica habitual de él. Porque el que está muerto al pecado, como lo está toda persona convertida, ¿cómo vivirá aún en él?
Es verdad que un hombre nacido de nuevo de Dios puede, por sorpresa o por la violencia de una tentación, caer en un acto de pecado: testigos de ello son el adulterio de David y la negación de Pedro a su Maestro. Pero entonces, como ellos, se levanta pronto, sale del mundo y llora amargamente; lava la culpa del pecado con las lágrimas de un sincero arrepentimiento, unidas a la fe en la sangre de Jesucristo; pone doble cuidado en sus caminos en adelante, y perfecciona la santidad en el temor de Dios.
El sentido de esta expresión del apóstol, que «el hombre que es nacido de Dios no puede pecar», se ha ilustrado acertadamente con el ejemplo de un avaro mundano, a cuya inclinación general son directamente opuestas la liberalidad y el derroche: si en alguna ocasión inesperada y repentina hace el pródigo, en seguida se arrepiente de su falta y vuelve con doble cuidado a su tacañería. Así es todo el que ha nacido de nuevo: cometer pecado es tan contrario a la disposición y tendencia habitual de su mente como la generosidad lo es a las inclinaciones de un avaro; pero si en algún momento es arrastrado al pecado, en seguida vuelve con doble celo a su deber y hace frutos dignos de arrepentimiento. En cambio, el pecador no convertido está del todo muerto en delitos y pecados; o, si se abstiene de sus actos groseros, por motivos mundanos y egoístas, con todo hay algún ojo derecho que no quiere sacarse, alguna mano derecha que no quiere cortarse, algún Agag vistoso que no quiere sacrificar a Dios; y con ello queda convicto de que no es más que un mero Saúl, y, por consiguiente, por mucho que pretenda lo contrario, no ha recibido todavía el Espíritu Santo.
Una tercera señal por la cual podemos saber si hemos recibido o no el Espíritu Santo es nuestra victoria sobre el mundo.
«Porque todo aquel que es nacido de Dios (dice el apóstol) vence al mundo». Por el mundo hemos de entender, como lo expresó san Juan, «todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de los ojos, la concupiscencia de la carne y la soberbia de la vida»; y por vencerlo se entiende renunciar a estas cosas, de modo que no las sigamos ni nos dejemos llevar por ellas. Porque todo el que ha nacido de lo alto tiene la mira puesta en las cosas de arriba: siente en su alma una atracción divina que arrastra con fuerza su mente hacia el cielo; y como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así hace ella que su alma anhele gozar de su Dios.
No es que esté tan ocupado en los asuntos de la otra vida que descuide los negocios de esta: no; un hombre verdaderamente espiritual no se atreve a estar ningún día ocioso; pero cuida, aunque trabaje por la comida que perece, de asegurar primero la que permanece para vida eterna. O, si Dios lo ha ensalzado sobre sus hermanos, con todo, como Moisés, José y Daniel, se tiene por extranjero y peregrino sobre la tierra: habiendo recibido un principio de vida nueva, anda por fe y no por vista; y estando sus esperanzas llenas de inmortalidad, puede mirar todas las cosas de aquí abajo como vanidad y aflicción de espíritu. En suma, aunque está en el mundo, no es del mundo; y así como fue hecho para gozar de Dios, nada sino Dios puede saciar su alma.
El siempre bendito Jesús fue un ejemplo perfecto de victoria sobre el mundo. Porque aunque anduvo continuamente haciendo bienes, y vivió siempre como entre apreturas y gentío, dondequiera que estaba su conversación tendía hacia el cielo. De la misma manera, el que se une al Señor en un mismo espíritu ordenará de tal modo sus pensamientos, palabras y acciones que hará evidente a todos que su conversación está en los cielos.
Por el contrario, el hombre no convertido, siendo de la tierra, es terrenal; y no teniendo ojo espiritual para discernir las cosas espirituales, busca siempre la felicidad en esta vida, donde nunca se halló, ni se hallará, ni puede hallarse. No habiendo nacido de nuevo de lo alto, anda agobiado por un espíritu de enfermedad natural: la maldición de la serpiente se vuelve su elección, y come el polvo de la tierra todos los días de su vida.
Una cuarta señal bíblica de haber recibido el Espíritu Santo es amarnos unos a otros.
«Nosotros sabemos (dice san Juan) que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos». «Y en esto (dice Cristo mismo) conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros». El amor es el cumplimiento del evangelio, así como de la ley; porque «Dios es amor; y el que vive en amor, vive en Dios».
Pero por este amor no hemos de entender una blandura y ternura de la mera naturaleza, ni un amor fundado en motivos mundanos (porque esto puede tenerlo un hombre natural), sino un amor a nuestros hermanos que procede del amor a Dios: amar a todos los hombres en general, por la relación que tienen con Dios, y amar en particular a los hombres buenos, por la gracia que vemos en ellos y porque aman a nuestro Señor Jesús con sinceridad.
Esta es la caridad cristiana, y aquel mandamiento nuevo que Cristo dio a sus discípulos. Nuevo, no en su objeto, sino en el motivo y el ejemplo en que se funda, que es Jesucristo mismo. Este es aquel amor por el que los cristianos primitivos fueron tan renombrados que se hizo proverbio: mirad cómo se aman estos cristianos unos a otros. Y sin este amor, aunque diésemos todos nuestros bienes para dar de comer a los pobres, y nuestro cuerpo para ser quemado, de nada nos serviría.
Además, este amor no se limita a ningún grupo particular de hombres, sino que es imparcial y universal: un amor que abraza la imagen de Dios dondequiera que la contempla, y que en nada se deleita tanto como en ver venir el reino de Cristo.
Este es el amor con que Jesucristo amó a la humanidad: amó a todos, aun a los peores de los hombres, como se ve por sus lágrimas sobre los obstinadamente perversos; pero dondequiera que veía la menor apariencia de la semejanza divina, a esa alma la amaba en particular. Así leemos que, cuando oyó al joven decir: «Todo esto he guardado desde mi mocedad», hasta ese punto lo amó. Y cuando veía algún noble ejemplo de fe, aunque fuese en un centurión y en una sirofenicia, alejados de la república de Israel, ¡cómo se dice que se maravilló de ella, que se gozó en ella, que habló de ella y la alabó! Así todo discípulo espiritual de Jesucristo abrazará de corazón a todos los que adoran a Dios en espíritu y en verdad, por mucho que difieran en los accesorios de la religión y en cosas no esencialmente necesarias para la salvación.
Confieso, ciertamente, que el corazón del hombre natural no se ensancha así de una vez; y una persona puede haber recibido de verdad el Espíritu Santo (como sin duda lo había recibido Pedro cuando no quería ir a Cornelio) aunque no haya llegado a esto. Pero, cuando alguien está de verdad en Cristo, toda estrechez de espíritu decrece en él cada día; la pared intermedia del fanatismo y del celo de partido es derribada más y más; y cuanto más se acerca al cielo, más se ensancha su corazón con aquel amor que allí no hará diferencia alguna entre pueblos, naciones ni lenguas, sino que todos, con un mismo corazón y una misma voz, cantaremos alabanzas al que está sentado en el trono para siempre.
Pero me apresuro a una quinta señal bíblica: amar a nuestros enemigos.
«Yo os digo (dice Jesucristo): Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen». Y este deber de amar a los enemigos es tan necesario que, sin él, nuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ni aun que la de los publicanos y pecadores: «Porque si hacéis bien solamente a los que os hacen bien, ¿qué hacéis de más?». ¿Qué hacéis de extraordinario? «¿No hacen también lo mismo los publicanos?». Y estos preceptos los confirmó nuestro Señor con su propio ejemplo: cuando lloró sobre la ciudad sanguinaria; cuando se dejó llevar como oveja al matadero; cuando dio aquella mansa respuesta al traidor Judas: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?»; y, sobre todo, cuando en las agonías y angustias de la muerte oró por sus mismos asesinos: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».
Este es un deber difícil para el hombre natural; pero todo el que es hecho participante de la promesa del Espíritu lo hallará practicable y fácil. Porque si hemos nacido de nuevo de Dios, hemos de ser semejantes a él, y, por consiguiente, deleitarnos en ser perfectos en este deber de hacer bien a nuestros peores enemigos de la misma manera, aunque no en el mismo grado, en que él es perfecto: él envía su lluvia sobre malos y buenos, hace salir su sol sobre justos e injustos; y, sobre todo, mostró su amor para con nosotros en que, siendo aún sus enemigos, envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para que fuese hecho maldición por nosotros.
Muchas otras señales se hallan esparcidas aquí y allá por las Escrituras, por las cuales podemos saber si hemos recibido o no el Espíritu Santo, tales como: «la intención de la carne es muerte, mas la intención del espíritu, vida y paz». «Mas el fruto del Espíritu es gozo, paz, paciencia, mansedumbre», con una multitud de textos al mismo propósito. Pero como la mayoría de ellas, si no todas, están comprendidas en los deberes ya expuestos, me atrevo a afirmar que cualquiera que, tras un examen imparcial, pueda hallar en su alma las señales antedichas, puede estar tan seguro como si un ángel viniera a decírselo de que su perdón está sellado en el cielo.
En cuanto a mí, preferiría ver estas gracias divinas y esta disposición celestial impresas en mi alma antes que oír a un ángel del cielo decirme: Hijo, ten ánimo, tus pecados te son perdonados.
Estos son testigos infalibles; estos son Emanuel, Dios con nosotros y en nosotros; estos forman aquella piedrecita blanca que ninguno conoce sino aquel que la recibe; estos son las arras de la herencia celestial en nuestros corazones. En suma, estos son la gloria comenzada, y son aquella buena cosa, aquella mejor parte, que, si seguís avivando este don de Dios, ni hombres ni demonios podrán jamás quitarnos.
Procedo, como me propuse, en tercer lugar, a aplicar la doctrina expuesta a varias clases distintas de los que profesan la fe. Y
Primero, me dirigiré a los que están muertos en delitos y pecados. ¡Y oh, cómo podría llorar sobre vosotros como nuestro Señor lloró sobre Jerusalén! Porque, ¡ay!, ¡cuán lejos debéis de estar de Dios! ¡Qué obra tan prodigiosa os queda por acabar a vosotros que, en lugar de orar día y noche, rara vez o nunca oráis! Y que, en lugar de haber nacido de nuevo de Dios hasta el punto de no cometer pecado, estáis tan hundidos en la naturaleza de los demonios que os burláis de él. O que, en lugar de vencer al mundo hasta el punto de no seguirlo ni dejaros llevar por él, estáis continuamente proveyendo para la carne, para satisfacer sus deseos. Y que, en lugar de estar dotados de la disposición semejante a la de Dios de amar a todos los hombres, aun a vuestros enemigos, tenéis el corazón lleno de odio, malicia y venganza, y escarnecéis a los que siguen con sinceridad al humilde Jesús. Pero ¿pensáis, oh pecadores, que Dios admitirá en su presencia a desdichados tan contaminados? O, si os admitiera, ¿imagináis que podríais hallar algún gozo en él? No; el cielo mismo no sería cielo para vosotros; las disposiciones diabólicas que hay en vuestros corazones harían que todos los goces espirituales de aquellas benditas moradas fueran incapaces de haceros felices. Para que seáis aptos para participar dichosamente de aquella herencia celestial con los santos en luz, se requiere una idoneidad; y alcanzarla debería ser el negocio principal de vuestra vida.
Es verdad que también vosotros, igual que los justos, en cierto sentido veréis a Dios (porque todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo); pero lo veréis una vez, para no verlo nunca más. Porque, como lleváis en vosotros la imagen del diablo, con los demonios habréis de morar: siendo de la misma naturaleza, habréis de compartir la misma suerte. «Arrepentíos, pues, y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados». Procurad recibir el Espíritu Santo antes de partir de aquí; porque, de otro modo, ¿cómo escaparéis de la condenación del infierno?
Segundo, permitidme dirigirme a los que se engañan a sí mismos con falsas esperanzas de salvación. Algunos, por el influjo de una buena educación, o por otros frenos providenciales, no se han precipitado en el mismo desenfreno de disolución que otros hombres, y piensan que no necesitan recibir el Espíritu Santo, sino que se lisonjean de haber nacido de nuevo de verdad.
Pero ¿lo mostráis llevando los frutos del Espíritu? ¿Oráis sin cesar? ¿No cometéis pecado? ¿Habéis vencido al mundo? ¿Y amáis a vuestros enemigos, y a toda la humanidad, de la misma manera que Jesucristo los amó?
Si estas cosas, hermanos, están en vosotros y abundan, entonces podéis tener confianza delante de Dios; pero si no, aunque seáis gente civilizada, no estáis convertidos: no, todavía estáis en vuestros pecados. La naturaleza del viejo Adán reina aún en vuestras almas; y si la naturaleza del segundo Adán no es injertada en su lugar, nunca podréis ver a Dios.
No penséis, pues, ataviaros con los adornos de un buen natural y de una educación cortés, y decir con Agag: «Ciertamente ya pasó la amargura de la muerte»; porque la justicia de Dios, a pesar de ello, os despedazará como Samuel. Por muy estimados que seáis a los ojos de los hombres, a los ojos de Dios no sois más que como las manzanas de Sodoma, muladares cubiertos de nieve, meros sepulcros blanqueados, que por fuera parecen algo hermosos, pero por dentro están llenos de corrupción y de toda inmundicia; y, por consiguiente, seréis despedidos en el último día con un «De cierto os digo, que no os conozco».
Pero la palabra de Dios es útil para consolar tanto como para corregir.
Tercero, por tanto, me dirijo a los que están bajo la atracción del Padre, y son ejercitados por el espíritu de servidumbre, y que, no hallando en sí las señales antes mencionadas, claman: ¿Quién nos librará del cuerpo de esta muerte?
Pero no temáis, manada pequeña; porque, a pesar de vuestro estado presente de infancia en la gracia, a vuestro Padre le placerá daros el reino. La gracia de Dios, por Jesucristo, os librará y os dará aquello de que tenéis sed: él lo ha prometido, y también lo hará. Recibiréis el espíritu de adopción, aquella promesa del Padre, si no desmayáis; solo perseverad en buscarlo, y resolved no tener descanso en vuestra alma hasta que sepáis y sintáis que habéis nacido así de nuevo de lo alto, y que el Espíritu de Dios da testimonio a vuestro espíritu de que sois hijos de Dios.
Cuarto y último, me dirijo a los que han recibido el Espíritu Santo en todas sus gracias santificadoras y están ya casi maduros para la gloria.
¡Salve, santos dichosos! Porque vuestro cielo ha comenzado en la tierra: ya habéis recibido las primicias del Espíritu, y esperáis con paciencia hasta que llegue aquel bendito cambio, cuando vuestra cosecha será completa. Os veo y os admiro, aunque, ¡ay!, a tan gran distancia de vosotros: vuestra vida, lo sé, está escondida con Cristo en Dios. Tenéis consuelos, tenéis una comida que comer que un mundo pecador, carnal y burlón no conoce. El yugo de Cristo se os ha vuelto ya fácil, y ligera su carga. Habéis pasado por los dolores del nuevo nacimiento, y ahora os gozáis de que Cristo Jesús esté formado espiritualmente en vuestros corazones. Sabéis lo que es morar en Cristo, y Cristo en vosotros. Como la escala de Jacob, aunque vuestros cuerpos están en la tierra, vuestras almas y corazones están en el cielo; y por vuestra fe y vuestro recogimiento constante, como los benditos ángeles, veis siempre la faz de vuestro Padre que está en los cielos.
No necesito exhortaros a seguir adelante, porque sabéis que en andar en el Espíritu hay grande galardón. Más bien os exhortaré a que en vuestra paciencia poseáis vuestras almas todavía un poco de tiempo, y Jesucristo os librará de la carga de la carne, y os será administrada abundantemente la entrada en el gozo eterno y la felicidad ininterrumpida de su reino celestial.
Lo cual Dios, por su infinita misericordia, nos conceda, por Jesucristo nuestro Señor; a quien, con el Padre y el Espíritu Santo, tres Personas y un solo Dios, sea atribuida toda honra, poder y gloria, por los siglos de los siglos.
Capítulo 42 completado
Señales de haber recibido el Espíritu Santo