Capítulo 40 · 30 min de lectura · 39 min de escucha
El Espíritu Santo convence al mundo de pecado, de justicia y de juicio
Juan 16:8 — «Y cuando él viniere, redargüirá al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio.»
Estas palabras contienen parte de una promesa llena de gracia que el bendito Jesús tuvo a bien hacer a sus discípulos, llorosos y afligidos. Se acercaba ya el tiempo en que el Hijo del Hombre había de ser levantado, primero en la cruz y después al cielo. ¡Qué bondadoso, qué maravillosamente bondadoso había sido este misericordioso Sumo Sacerdote con sus discípulos durante el tiempo en que habitó entre ellos! Se compadecía de sus flaquezas, respondía por ellos cuando sus enemigos los atacaban, y los enderezaba cuando se desviaban del camino, ya fuera en la doctrina o en la práctica. No los llamó ni los trató como siervos, sino como amigos; y de tiempo en tiempo les revelaba sus secretos. Les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras; les explicaba los misterios escondidos del reino de Dios, mientras a los demás les hablaba en parábolas; más aún, se hizo siervo de todos ellos, y hasta se dignó lavarles los pies. El pensamiento de separarse de un Maestro tan querido y tan amoroso como este, sobre todo por largo tiempo, por fuerza había de afectarles mucho. Cuando en cierta ocasión quiso ausentarse de ellos solo por una noche, se nos dice que tuvo que obligarlos a dejarle; no es de extrañar, pues, que cuando ahora les anunció que debía irse del todo, y que en su ausencia los fariseos los echarían de sus sinagogas y los excomulgarían; más aún, que vendría el tiempo en que cualquiera que los matase pensaría que rendía servicio a Dios (profecía que, diríase, fue dada de modo muy especial para los ministros que padecen en esta generación); no es de extrañar, digo, considerando todo esto, que se nos diga, en el versículo 6, que la tristeza había llenado su corazón: «Porque os he hablado estas cosas, tristeza ha llenado vuestro corazón.» La expresión es muy enfática: sus corazones estaban tan llenos de pesar que estaban a punto de estallar. Por eso, para reconciliarlos con esta dolorosa dispensación, nuestro amado y compasivo Redentor les muestra la necesidad en que se hallaba de dejarlos: «Pero yo os digo la verdad: os es necesario que yo vaya:» como si dijera: No penséis, mis amados discípulos, que os dejo por enojo; no, es por vosotros, para vuestro provecho, que me voy; porque si no me voy, si no muero en la cruz por vuestros pecados, y resucito para vuestra justificación, y asciendo al cielo para interceder y presentar mis méritos ante el trono de mi Padre, el Consolador, el Espíritu Santo, no vendrá, no puede venir a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré. Y para que supiesen lo que él había de hacer: «Cuando él viniere, redargüirá al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio.»
La persona a quien se refieren las palabras del texto es claramente el Consolador, el Espíritu Santo; y la promesa se hizo primero a los apóstoles de nuestro Señor. Pero aunque se les hizo primeramente a ellos, y se cumplió literal y notablemente el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió como un viento recio que soplaba, y también cuando tres mil fueron compungidos de corazón por la predicación de Pedro, sin embargo, como los apóstoles eran los representantes de todo el cuerpo de los creyentes, hemos de inferir que esta promesa debe considerarse dicha a nosotros, y a nuestros hijos, y a cuantos el Señor nuestro Dios llamare.
Mi propósito, partiendo de estas palabras, es mostrar la manera en que el Espíritu Santo obra generalmente en el corazón de aquellos que, por gracia, son hechos vasos de misericordia y trasladados del reino de las tinieblas al reino del amado Hijo de Dios.
Digo generalmente, porque, como Dios es un agente soberano, su santo Espíritu sopla no solo sobre quien quiere, sino cuando y como quiere. Lejos esté de mí, por tanto, limitar al Todopoderoso a una sola manera de obrar, o decir que todos pasan por un mismo grado de convicción: no, hay una santa variedad en los métodos con que Dios llama a casa a sus escogidos. Pero esto sí podemos afirmar con toda seguridad: que dondequiera que se obra en el corazón de un pecador una verdadera convicción y conversión, el Espíritu Santo, sea con mayor o menor grado de angustia interior del alma, hace lo que nuestro Señor Jesús dijo a sus discípulos, en las palabras del texto, que haría cuando viniese.
Si alguno de vosotros se burla de la religión interior, o piensa que no existe tal cosa como sentir o recibir al Espíritu Santo, temo que mi predicación os parecerá pura locura, y que no me entenderéis más que si os hablara en una lengua desconocida. Pero como la promesa del texto está hecha al mundo, y como sé que seguirá cumpliéndose hasta que el tiempo deje de ser, pasaré a explicar la manera general en que el Espíritu Santo obra en el corazón de todo pecador convertido; y espero que el Señor, aun mientras hablo, tenga a bien cumplirla en muchos de vuestros corazones. «Y cuando él viniere, redargüirá al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio.»
La palabra que traducimos por redargüir debería traducirse por convencer; y en el original implica una convicción por vía de argumentación, que llega a la mente con un poder equivalente al de una demostración. Muchos burladores de estos últimos días preguntarán a los que ellos llaman pretendientes del Espíritu cómo sienten al Espíritu y cómo conocen al Espíritu. Lo mismo podrían preguntarles cómo conocen y cómo sienten el sol cuando brilla sobre el cuerpo. Porque con igual poder y demostración obra el Espíritu de Dios sobre el alma y la convence. Y,
Primero, convence de pecado; y generalmente de algún pecado enorme, quizá el peor del que la persona convicta haya sido culpable jamás. Así, cuando nuestro Señor conversaba con la mujer de Samaria, la convenció primero de su adulterio: «Mujer, ve, llama a tu marido. Respondió la mujer, y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad.» Con esto vino una convicción tan poderosa de todos sus demás pecados actuales que poco después «dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a aquellos hombres: Venid, ved un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿no será este el Cristo?» Así trató también nuestro Señor con Saulo el perseguidor: lo convenció primero del horrendo pecado de la persecución: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» Probablemente revivió al mismo tiempo en su mente tal sentimiento de todos sus demás pecados que al instante murió; es decir, murió a todas sus falsas confianzas, y fue arrojado a tal agonía del alma que estuvo tres días sin comer ni beber. Este es el método que el Espíritu de Dios sigue generalmente al tratar con los pecadores: primero los convence de algún pecado actual atroz, y al mismo tiempo trae a su memoria todos sus demás pecados y, por así decirlo, los pone en orden de batalla delante de ellos: «Cuando él viniere, redargüirá al mundo de pecado.
¿Y ha sido así alguna vez con vosotros, mis queridos oyentes? (Porque he de interrogaros a medida que avanzo, ya que me propongo, con la ayuda divina, predicar no solo a vuestras cabezas, sino a vuestros corazones). ¿Os trajo alguna vez el Espíritu de Dios todos vuestros pecados a la memoria de esta manera, y os hizo clamar a Dios: «Escribes contra mí amarguras»? ¿Aparecieron alguna vez vuestros pecados actuales delante de vosotros como trazados en un mapa? Si no, tenéis gran motivo (a menos que fuerais santificados desde el vientre) para sospechar que no estáis convictos, y mucho menos convertidos, y que la promesa del texto nunca se ha cumplido todavía en vuestros corazones.
Más aún: cuando el Consolador entra en el corazón de un pecador, aunque generalmente le convence primero de su pecado actual, le lleva también a ver y lamentar su pecado original, la fuente de la que manan todas estas corrientes contaminadas.
Aunque todo cuanto hay en la tierra, el aire y el agua, todo lo de fuera y lo de dentro, concurre a probar la verdad de aquella afirmación de la Escritura: «en Adán todos hemos muerto», sin embargo la mayoría están tan endurecidos por el engaño del pecado que, aunque den con la cabeza su asentimiento a la verdad de esa proposición, nunca la han sentido de veras en el corazón. Más aún, algunos la niegan abiertamente de palabra, aunque sus obras demuestran demasiado, demasiado claramente que son hijos degenerados de un padre degenerado. Pero cuando el Consolador, el Espíritu de Dios, prende a un pecador y le convence de pecado, todo razonamiento carnal contra la corrupción original, toda imaginación soberbia y altiva que se levanta contra esa doctrina, es derribada al instante; y se le hace clamar: «¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?» Ahora descubre que la concupiscencia es pecado; y no lamenta tanto sus pecados actuales como la perversidad interior de su corazón, que ahora descubre que no solo es enemiga de Dios, sino enemistad declarada contra él.
¿Y vino alguna vez el Consolador, queridos amigos míos, con un poder tan convincente como este a vuestros corazones? ¿Se os hizo alguna vez ver y sentir que en vuestra carne no mora el bien; que fuisteis concebidos y nacidos en pecado; que sois por naturaleza hijos de ira; que Dios sería justo si os condenara, aunque jamás hubierais cometido un solo pecado actual en vuestra vida? Tantas veces como habéis ido a la iglesia y al sacramento, ¿confesasteis alguna vez, sintiéndolo de veras, que no había salud en vosotros; que el recuerdo de vuestros pecados originales y actuales os era doloroso, y su carga intolerable? Si no, solo habéis estado ofreciendo a Dios ofrendas vanas; nunca habéis orado todavía en vuestra vida; el Consolador nunca ha venido todavía con eficacia a vuestras almas: por consiguiente, no estáis en la fe propiamente dicha; no, estáis al presente en un estado de muerte y condenación.
Además, el Consolador, cuando viene a obrar eficazmente en un pecador, no solo le convence del pecado de su naturaleza y del pecado de su vida, sino también del pecado de sus deberes.
Todos somos legalistas por naturaleza, y pensamos ser justificados por las obras de la ley. Cuando somos algo despertados por los terrores del Señor, enseguida, como los fariseos de antaño, procuramos establecer nuestra propia justicia, y pensamos que hallaremos aceptación delante de Dios si la buscamos con lágrimas: al vernos condenados por nuestra naturaleza y nuestros pecados actuales, pensamos entonces recomendarnos a Dios por nuestros deberes, y esperamos heredar la vida eterna por nuestras obras de una u otra clase. Pero siempre que el Consolador entra en el corazón, convence al alma de estos falsos reposos, y hace que el pecador vea que todas sus justicias no son sino trapos de inmundicia; y que, por sus servicios más pomposos, no merece mejor suerte que la del siervo inútil: «ser echado en las tinieblas de afuera, donde será el lloro, y el lamento, y el crujir de dientes.»
¿Y se ha obrado alguna vez este grado de convicción en alguna de vuestras almas? ¿Vino alguna vez el Consolador a vuestros corazones de tal modo que os hastiara de vuestros deberes tanto como de vuestros pecados? ¿Se os hizo alguna vez, con el gran Apóstol de los gentiles, aborrecer vuestra propia justicia, que es por la ley, y reconocer que merecéis ser condenados aunque repartieseis todos vuestros bienes para dar de comer a los pobres? ¿Se os hizo sentir que vuestro mismo arrepentimiento necesitaba arrepentimiento, y que todo cuanto hay en vosotros no es sino estiércol y escoria? ¿Y que todos los argumentos que podáis aducir para alcanzar misericordia han de sacarse del corazón y del amor puro e inmerecido de Dios? ¿Se os hizo alguna vez postraros a los pies de la Gracia soberana y decir: Señor, si quieres, puedes salvarme; si no, con justicia puedes condenarme; no tengo nada que alegar, de ningún modo puedo justificarme delante de ti; mis mejores obras, bien lo veo, me condenarán; y todo aquello en que puedo apoyarme es tu gracia gratuita? ¿Qué decís? ¿Ha sido esto alguna vez, o es esto ahora, el lenguaje habitual de vuestros corazones? Habéis ido con frecuencia al templo; pero ¿os acercasteis alguna vez a él con el ánimo del pobre publicano y, después de haberlo hecho todo, reconocisteis que no habíais hecho nada; y, con un sentimiento vivo y experimental de vuestra propia indignidad y pecaminosidad en todo sentido, os golpeasteis el pecho y dijisteis: «Dios, sé propicio a nosotros pecadores»? Si nunca tuvisteis este sentir, el Consolador nunca ha venido todavía con eficacia a vuestras almas, estáis fuera de Cristo; y si Dios os pidiera el alma en esa condición, no sería para vosotros mejor que un fuego consumidor.
Pero hay un cuarto pecado del que el Consolador, cuando viene, convence al alma, y que es el único (cosa muy notable) que nuestro Señor menciona, como si fuera el único pecado digno de mención; porque en verdad es la raíz de todos los demás pecados, sean cuales fueren: es el pecado que reina en el mundo y también el que lo condena. ¿Y cuál imagináis ahora que puede ser ese pecado? Es aquel pecado maldito, aquella raíz de todos los demás males: me refiero al pecado de incredulidad. Dice nuestro Señor, en el versículo 9: «De pecado, por cuanto no creen en mí.»
Pero ¿necesita el mundo cristiano, o alguno de vosotros que me oís hoy, que el Espíritu Santo os convenza de incredulidad? ¿Hay aquí algunos incrédulos? Sí (¡ojalá no tuviera tantos motivos para pensarlo!), temo que la mayoría lo son: no ciertamente incrédulos de los que niegan abiertamente al Señor que nos rescató (aunque temo que hay demasiados de tales monstruos en todos los países); sino que me refiero a incrédulos tales que no tienen más fe que los mismos demonios. Quizá penséis que creéis porque recitáis el Credo, o suscribís una Confesión de Fe; porque vais a la iglesia o a la reunión, recibís el sacramento y sois admitidos a la plena comunión. Estos son privilegios benditos; pero todo esto puede hacerse sin que seamos verdaderos creyentes. Y no sé cómo descubrir mejor vuestra fe falsa e hipócrita que haciéndoos esta pregunta: ¿Desde cuándo creéis? ¿No diría la mayoría de vosotros: Desde que tenemos memoria; nunca hemos dejado de creer? Pues esa es señal segura de que no tenéis ninguna fe verdadera; no, ni siquiera tanta como un grano de mostaza: porque, si creéis ahora, a menos que fuerais santificados desde vuestra infancia, que es el caso de algunos) habéis de saber que hubo un tiempo en que no creíais en el Señor Jesucristo; y el Espíritu Santo, si alguna vez lo recibisteis, os convenció de ello. La Verdad eterna ha declarado: «Cuando él viniere, convencerá al mundo de pecado, por cuanto no creen en mí.»
Ninguno de nosotros cree por naturaleza; pero después que el Espíritu Santo nos ha convencido del pecado de nuestra naturaleza, y del pecado de nuestra vida y de nuestros deberes, a fin de convencernos de nuestra total incapacidad para salvarnos a nosotros mismos, y de que hemos de recibir de Dios, como todo lo demás, también la fe (sin la cual es imposible agradarle, o ser salvos por Cristo), nos convence también de que no tenemos fe. «¿Crees tú en el Hijo de Dios?» es la gran pregunta que el Espíritu Santo hace ahora al alma; y al mismo tiempo obra con tal poder y demostración que el alma ve, y se ve obligada a confesar, que no tiene fe.
Es esta una cosa en la que poco piensan la mayoría de los que se llaman creyentes. Sueñan que son cristianos porque viven en un país cristiano: si hubieran nacido turcos, creerían en Mahoma; pues ¿qué es eso que los hombres llaman comúnmente fe, sino un consentimiento exterior a la religión establecida? Pero no os engañéis así a vosotros mismos; la fe verdadera es algo muy distinto. Preguntaos, pues, si el Espíritu Santo os ha convencido alguna vez con poder del pecado de incredulidad. Quizá sois tan devotos (así lo imagináis) que os hacéis un catálogo de pecados, que repasáis y confesáis de manera formal cada vez que vais al santo sacramento: pero entre todos vuestros pecados, ¿confesasteis y lamentasteis alguna vez ese pecado condenador de la incredulidad? ¿Se os hizo alguna vez clamar: «Señor, dame fe; Señor, concédeme creer en ti; ¡oh, si tuviera fe! ¡Oh, si pudiera creer!»? Si nunca os visteis así angustiados, o al menos, si nunca visteis y sentisteis que no teníais fe, es señal segura de que el Espíritu Santo, el Consolador, nunca entró en vuestras almas ni obró en ellas para salvación.
Pero ¿no es extraño que el Espíritu Santo sea llamado Consolador, cuando es evidente, por la experiencia de todos los hijos de Dios, que esta obra de convicción va acompañada por lo común de duros conflictos interiores y de mucha angustia del alma? Respondo: Bien puede llamarse Consolador al Espíritu Santo aun en esta obra, porque es el único camino hacia el consuelo verdadero y sólido, y en él termina. Bienaventurados los que son así convictos por él, porque ellos recibirán consolación. Y no solo eso, sino que hay un consuelo presente aun en medio de estas convicciones: el alma se goza en secreto al ver su propia miseria, bendice a Dios por sacarla de las tinieblas a la luz, y mira adelante con la consoladora esperanza de futuras liberaciones, sabiendo que «aunque por la noche dure el lloro, a la mañana vendrá la alegría.»
Así es como el Espíritu Santo convence al alma de pecado. Y, si es así, ¡cuán lastimosamente se equivocan los que confunden la luz del Espíritu con la luz de la conciencia, como hacen todos aquellos que dicen que Cristo alumbra a todo hombre que viene a este mundo, y que esa luz, si se aprovecha bien, nos llevará a Jesucristo! Si tal doctrina fuera verdadera, la promesa del texto habría sido innecesaria: los apóstoles de nuestro Señor ya tenían esa luz; el mundo que después había de ser convencido tenía esa luz; y, si esa luz bastaba para llevarlos a Cristo, ¿por qué convenía que Cristo se fuera al cielo para enviar al Espíritu Santo a hacer esto por ellos? ¡Ay, no todos tienen este Espíritu! Es el don especial de Dios, y sin este don especial jamás podremos venir a Cristo.
La luz de la conciencia nos acusará o nos convencerá de cualquier pecado común; pero la luz de la conciencia natural nunca convenció, nunca convencerá y nunca puede convencer de incredulidad. Si pudiera, ¿cómo es que ni uno solo de los paganos, que aprovecharon la luz de la naturaleza en grado tan eminente, fue jamás convencido de incredulidad? No, la conciencia natural no puede lograr esto; es obra propia y exclusiva del Espíritu Santo, el Consolador: «Cuando él viniere, redargüirá (o convencerá) al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio.»
Hemos oído cómo convence de pecado; pasamos ahora a mostrar,
En segundo lugar, qué es la justicia de la que el Consolador convence al mundo.
Por la palabra justicia, en algunos lugares de la Escritura, hemos de entender aquella equidad común que debemos practicar entre hombre y hombre; como cuando se dice que Pablo disertó de la templanza y de la justicia delante de un Félix tembloroso. Pero aquí (como en muchísimos otros lugares de la santa Escritura) hemos de entender por la palabra justicia la obediencia activa y pasiva del amado Señor Jesús; aquella justicia perfecta, personal y del todo suficiente que él ha obrado para ese mundo al que el Espíritu ha de convencer. «De justicia (dice nuestro Señor), por cuanto voy al Padre, y no me veréis más.» Este es uno de los argumentos de que se sirve el Espíritu Santo para probar la justicia de Cristo: que él se ha ido al Padre y ya no le vemos más. Porque, si no hubiera obrado una justicia suficiente, el Padre lo habría enviado de vuelta, como quien no había hecho lo que emprendió; y lo habríamos visto otra vez.
¡Oh, la justicia de Cristo! Consuela tanto mi alma que se me ha de disculpar si la menciono en casi todos mis discursos. No quisiera, si pudiera evitarlo, tener un solo sermón sin ella. Objeten lo que quieran los incrédulos, o argumenten los arminianos con sofismas contra una justicia imputada, quien se conozca a sí mismo y conozca a Dios tendrá que reconocer que «Jesucristo es el fin de la ley para justicia (y perfecta justificación delante de Dios) a todo aquel que cree», y que en él hemos de ser hechos justicia de Dios. A esto, y solo a esto, puede asirse un pobre pecador como ancla segura de su esperanza. Cualquiera que sea el otro plan de salvación que tracen los hombres, confieso que no veo otro fundamento sobre el cual edificar mis esperanzas de salvación sino la roca de la justicia personal de Cristo, imputada a mi alma.
Muchos, creo, tienen una convicción racional de esto y están de acuerdo conmigo en ello; pero las convicciones racionales, si uno se queda en ellas, sirven de poco: lo que salva es una convicción espiritual y experimental de la verdad. Y por eso dice nuestro Señor que, cuando el Espíritu Santo viene en el día de su poder, convence de esta justicia, de su realidad, de su plenitud y de su suficiencia para salvar a un pobre pecador.
Hemos visto cómo el Espíritu Santo convence al pecador del pecado de su naturaleza, de su vida y de sus deberes, y del pecado de incredulidad; ¿y qué ha de hacer entonces la pobre criatura? Ha de desesperar, inevitablemente ha de desesperar, si no hay esperanza sino en sí misma. Por eso, cuando el Espíritu ha sacado al pecador a fuerza de acoso de todos sus falsos reposos y escondrijos, le ha quitado las miserables hojas de higuera de sus propias obras, lo ha echado de entre los árboles del huerto (sus reformas exteriores) y lo ha puesto desnudo ante el tribunal de un Dios soberano, santo, justo y vengador del pecado; entonces, entonces es cuando el alma, teniendo dentro de sí la sentencia de muerte a causa de su incredulidad, recibe del Espíritu Santo de Dios una dulce revelación de la justicia de Cristo. Es aquí donde él comienza a obrar más directamente en su calidad de Consolador, y convence al alma con tanto poder de la realidad y de la plena suficiencia de la justicia de Cristo, que el alma queda al instante hambrienta y sedienta de ella. Ahora el pecador empieza a ver que, aunque se ha destruido a sí mismo, en Cristo está su ayuda; que, aunque no tiene justicia propia que lo recomiende, hay en el amado Señor Jesús una plenitud de gracia, una plenitud de verdad, una plenitud de justicia que, una vez imputada a él, lo hará feliz por los siglos de los siglos.
Nadie puede decir, sino las almas dichosas que lo han experimentado, con qué demostración del Espíritu llega esta convicción. ¡Oh, cuán amable, y cuán del todo suficiente, aparece ahora el bendito Jesús! ¡Con qué ojos nuevos ve ahora el alma al Señor, su justicia! Hermanos, es indecible. Si nunca fuisteis convencidos así de la justicia de Cristo en vuestras propias almas, aunque la creáis como doctrina, de nada os servirá; si el Consolador nunca vino para salvación a vuestras almas, entonces estáis desconsolados de verdad. Pero
¿De qué servirá esta justicia, si el alma no la posee?
En tercer lugar, lo siguiente de lo que el Consolador, cuando viene, convence al alma es, por tanto, de juicio.
Por la palabra juicio entiendo aquella paz bien fundada, aquel juicio asentado que el alma forma de sí misma cuando el Espíritu de Dios la capacita para asirse de la justicia de Cristo, cosa que creo que siempre hace cuando ha sido convencida de la manera antes mencionada. «De juicio (dice nuestro Señor), por cuanto el príncipe de este mundo es juzgado;» el alma, capacitada para asirse por una fe viva de la perfecta justicia de Cristo, recibe del Espíritu Santo la convicción de que el príncipe de este mundo es juzgado. El alma, justificada ahora por la fe, tiene paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, y puede decir triunfante: Cristo es el que me justifica; ¿quién es el que me condenará? El fuerte armado ha sido ahora echado fuera; mi alma está en verdadera paz; el príncipe de este mundo vendrá a acusarme, pero ya no tiene parte en mí: el bendito Espíritu que he recibido, y por el cual puedo aplicar la justicia de Cristo a mi pobre alma, me convence de ello con poder: ¿por qué he de temer? ¿O de quién tendré miedo, si el Espíritu de Dios da testimonio a mi espíritu de que soy hijo de Dios? El Señor ha subido a lo alto; ha llevado cautiva la cautividad; ha recibido al Espíritu Santo, el Consolador, el mejor de los dones para los hombres: y ese Consolador ha venido a mi corazón: fiel es el que prometió: yo, sí, yo mismo he sido convencido con poder, con razón y en espíritu, de pecado, de justicia y de juicio. Por esto sé que el príncipe de este mundo es juzgado.
Así, digo, podemos suponer que triunfa el alma en la que la promesa del texto se ha cumplido felizmente. Y aunque al principio de este discurso dije que la mayoría nunca había experimentado nada de esto, y que por eso esta predicación había de ser locura para ellos, no dudo, sin embargo, de que hay unas pocas almas dichosas que, por gracia, han podido seguirme paso a paso; y aunque quizá el Espíritu Santo no haya obrado exactamente en el mismo orden que he descrito, y tal vez no puedan decir con exactitud cuándo, tienen sin embargo una confianza bien fundada de que la obra está hecha, y de que de veras han sido convencidos de pecado, de justicia y de juicio de un modo u otro, en un momento u otro.
Y ahora, ¿qué os diré? ¡Oh, dad gracias a Dios, dad gracias al Señor Jesús, dad gracias a la siempre bendita Trinidad por este don inefable! Porque nunca habríais sido tan altamente favorecidos si aquel que primero hizo, con su palabra, que de las tinieblas surgiera la luz no os hubiera amado con amor eterno, y no os hubiera iluminado por su Espíritu Santo; y esto, no por causa de algún bien que previera en vosotros, sino por amor de su propio nombre.
Sed humildes, pues, oh creyentes, sed humildes: mirad a la piedra de donde fuisteis cortados; ensalzad la gracia gratuita; admirad el amor que elige, que es lo único que os ha distinguido del resto de vuestros hermanos. ¿Os ha traído Dios a la luz? Andad como conviene a hijos de luz. No provoquéis al Espíritu Santo a que se aparte de vosotros: porque aunque os ha sellado para el día de la redención, y sabéis que el príncipe de este mundo es juzgado, sin embargo, si recaéis, si os volvéis tibios, u olvidáis vuestro primer amor, el Señor visitará con vara de aflicción vuestras rebeliones, y con azotes espirituales vuestro pecado. No os ensoberbezcáis, pues, antes temed. Alegraos, pero que sea con temblor. Como escogidos de Dios, vestíos no solo de humildad de ánimo, sino de entrañas de misericordia; ¡y orad, oh, orad por vuestros hermanos inconversos! Ayudadme, ayudadme ahora, oh hijos de Dios, y sostened mis manos, como Aarón y Hur sostuvieron un día las manos de Moisés. Orad, mientras predico, para que el Señor me conceda decir: Hoy se ha cumplido la promesa del texto en el corazón de algunos pobres pecadores. Clamad a Dios con fuerza y, con las cuerdas de una santa violencia, haced descender bendiciones sobre la cabeza de vuestros prójimos. Cristo aún vive y reina en el cielo: el resto del Espíritu está todavía en su mano, y se ha prometido un copioso derramamiento de él en los postreros días de la iglesia. ¡Y ojalá el Espíritu Santo, el bendito Consolador, descendiera ahora y convenciera a los que entre vosotros están sin Cristo, de pecado, de justicia y de juicio! ¡Ojalá fuerais de una vez dispuestos a ser convencidos!
Pero quizá preferís ser llenos de vino antes que del Espíritu, y cada día estáis ahuyentando de vuestras almas al Espíritu Santo. ¿Qué diré por vosotros a Dios? «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» ¿Qué os diré de parte de Dios? ¿Qué? Que «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo:» por tanto, os ruego en nombre de Cristo: reconciliaos con Dios. No os vayáis contradiciendo y blasfemando. Sé que Satanás querría que os fuerais. Muchos de vosotros quizá estéis inquietos, y a punto de exclamar: «¡Qué fastidio es este!» Pero no os dejaré ir: he luchado con Dios por mis oyentes en privado, y he de luchar con vosotros aquí en público. Aunque por mí mismo nada puedo hacer, y vosotros, por vuestro propio poder, no podéis venir a Cristo y creer en él más de lo que Lázaro podía salir del sepulcro, ¿quién sabe, sin embargo, si Dios no hará renacer a algunos de vosotros para una esperanza viva por esta locura de la predicación, y si no seréis parte de ese mundo al que el Consolador ha de convencer de pecado, y de justicia, y de juicio? ¡Pobres almas sin Cristo! ¿Sabéis en qué condición estáis? Pues estáis puestos en el maligno, el diablo; él reina en vosotros, anda y mora en vosotros, a menos que vosotros moréis en Cristo y el Consolador haya venido a vuestros corazones. ¿Y os contentaréis con estar en ese maligno, en ese diablo? ¿Qué paga os dará? La muerte eterna. ¡Oh, si vinierais a Cristo! La dádiva gratuita de Dios por medio de él es la vida eterna. Él os aceptará aun ahora, si creéis en él. El Consolador puede aún venir a vuestros corazones, sí, a los vuestros. Todos los que ahora son sus templos vivientes estuvieron un día puestos en el maligno, lo mismo que vosotros. Este bendito don, este Espíritu Santo, el bendito Jesús lo recibió aun para los rebeldes.
Veo a muchos de vosotros conmovidos; pero ¿solo se han agitado un poco vuestros afectos, o han sido vuestras almas tocadas de veras por un vivo sentimiento de la atrocidad de vuestros pecados, de vuestra falta de fe y de lo precioso de la justicia de Jesucristo? Si es así, espero que el Señor haya sido misericordioso, y que el Consolador esté viniendo a vuestros corazones. ¡No ahoguéis estas convicciones! No os vayáis para olvidar en seguida qué clase de doctrina habéis oído, mostrando así que no son sino las agitaciones comunes de unas pocas convicciones pasajeras que flotan en la superficie de vuestros corazones. Rogad a Dios que seáis sinceros (porque solo él puede haceros tales) y que de veras deseéis que la promesa del texto se cumpla en vuestras almas. ¿Quién sabe si el Señor no tendrá misericordia? Recordad que no tenéis otro alegato que la misericordia soberana; pero recordad también, para vuestro aliento, que es al mundo, a gente como vosotros, a quien el Consolador ha de venir y a quien ha de convencer: velad, pues, a las puertas de la sabiduría. La mera probabilidad de que se os abra una puerta de misericordia basta para que sigáis esforzándoos. Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales el primero: no sabéis si no vino a salvaros a vosotros. No vayáis a pelear contra los decretos de Dios diciendo: Si soy réprobo, me condenaré; si soy elegido, me salvaré; y por tanto no haré nada. ¿Qué tenéis vosotros que ver con los decretos de Dios? Las cosas secretas le pertenecen a él; vuestro deber es «poner toda diligencia en hacer firme vuestra vocación y elección». Si son pocos los que hallan el camino que lleva a la vida, esforzaos vosotros por ser de ellos: no sabéis si no estaréis en el número de esos pocos, y si vuestro esfuerzo no será el medio que Dios se propone bendecir para daros entrada. Si no obráis así, no sois sinceros; y, si lo hacéis, ¿quién sabe si no hallaréis misericordia? Porque aunque, después de haber hecho todo lo que podéis, Dios podría con justicia cortaros, jamás se condenó una sola persona que hiciera todo lo que podía. Por tanto, aunque vuestras manos estén secas, extendedlas; aunque estéis impedidos, enfermos y cojos, venid, echaos junto al estanque. ¿Quién sabe si dentro de poco el Señor Jesús no tendrá compasión de vosotros y enviará al Consolador para convenceros de pecado, de justicia y de juicio? Él es un Dios lleno de compasión y paciente; de otro modo, vosotros y yo hace tiempo que habríamos alzado los ojos en los tormentos. ¡Pero todavía es paciente con nosotros!
Oh pecadores sin Cristo, estáis vivos, y ¿quién sabe si Dios no se propone traeros al arrepentimiento? Si mis oraciones o mis lágrimas pudieran lograrlo, tendríais descargas de las unas y torrentes de las otras. Mi corazón está conmovido al pensar en vuestra condición: ¡que nuestro misericordioso Sumo Sacerdote envíe ahora al Consolador y os haga sentirla también a vosotros! ¡Oh, el amor de Cristo! Me constriñe todavía a rogaros que vengáis a él; ¡qué rechazáis, si rechazáis a Cristo, el Señor de la gloria! Pecadores, dad alojamiento en vuestras almas al amado Redentor. No seáis como los de Bet-semes; dad a Cristo vuestro corazón, todo vuestro corazón. En verdad él es digno. Él os hizo, y no vosotros a vosotros mismos. No sois vuestros; ¡dad, pues, a Cristo vuestros cuerpos y vuestras almas, que son suyos! ¿No basta para derretiros pensar que el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, se digne invitaros por medio de sus ministros? ¡Cuán pronto puede, con un ceño, arrojaros al infierno! ¿Y cómo sabéis que no lo hará en este mismo instante, si no oís su voz? ¿Quién se endureció jamás contra Cristo y prosperó? Venid, pues, no me despidáis triste; no me deis motivo para clamar: ¡Mi flaqueza, mi flaqueza! No dejéis que me vaya llorando a mi aposento y diga: «Señor, no quieren creer a mi anuncio; Señor, los he llamado, y no quieren responder; soy para ellos como una canción muy agradable, y como quien toca un instrumento agradable; pero sus corazones van tras la concupiscencia de los ojos, la concupiscencia de la carne y la soberbia de la vida.» ¿Querríais que yo diera tal cuenta de vosotros, o que hiciera tal oración delante de Dios? Y, sin embargo, no solo tendré que hacerlo aquí, sino comparecer en el juicio contra vosotros en el más allá, a menos que vengáis a Cristo. Una vez más, pues, os suplico que vengáis. ¿Qué objeciones tenéis que hacer? He aquí, estoy aquí en el nombre de Dios para responder a todas las que podáis presentar. Pero sé que nadie puede venir si el Padre no le trae: por tanto, dirigiré una súplica a mi Dios e intercederé ante él para que envíe al Consolador a vuestros corazones.
Oh bendito Jesús, que eres un Dios cuyas misericordias nunca decaen, y en quien todas las promesas son Sí y Amén; tú que estás entre los querubines, muéstrate en medio de nosotros. ¡Veamos ahora tus caminos! ¡Oh, haz que gustemos ahora que eres benigno, y descubre tu brazo todopoderoso! Alcanza la victoria en el corazón de estos pobres pecadores. No permitas que la palabra predicada sea como agua derramada por tierra. Envía, envía, oh gran Sumo Sacerdote, al Espíritu Santo para convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio. Así te daremos gracias y alabanza a ti, oh Padre, a ti, oh Hijo, y a ti, oh bendito Espíritu; a quien, tres Personas y un solo Dios, sea atribuido por ángeles y arcángeles, por querubines y serafines y por todas las huestes celestiales, todo el poder, la fuerza, la majestad y el dominio posibles, ahora y para siempre. Amén, Amén, Amén.
Capítulo 40 completado
El Espíritu Santo convence al mundo de pecado, de justicia y de juicio