Capítulo 39 · 45 min de lectura · 57 min de escucha
La resurrección de Lázaro
Juan 11:43–44 — «Y habiendo dicho estas cosas, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera! Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y su rostro estaba envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir.»
Cuando Jesucristo, el Verbo eterno, tuvo a bien hacer todas las cosas con la palabra de su potencia, sus últimas obras fueron las mejores. Cuando volvió la vista y contempló los primeros frutos de su poder omnipotente, los declaró «buenos»; pero cuando fue formada aquella última, aquella hermosa criatura, el hombre, los declaró «buenos en gran manera». Así también el mismo Jesús, cuando vino a habitar como en tienda entre nosotros y a comenzar y llevar adelante una nueva y segunda creación, aunque todas sus obras eran milagros asombrosos y manifestaban la gloria de su eterna Deidad, cuanto más se acercaba al fin de su ministerio público, tanto mayores y más nobles parecían los milagros que obraba. La resurrección de Lázaro, que ha de ser el tema del discurso siguiente, es a mi juicio prueba suficiente de ello. A los ojos de los sentidos, parece ser uno de los mayores milagros, si no el mayor de todos, que obró nuestro bendito Señor. Cuando nuestro Salvador mandó a los discípulos de Juan que fueran a contar a su Maestro lo que habían visto y oído, les ordenó que le hicieran saber que por su poder divino «los muertos resucitan»; aludiendo sin duda a la hija del principal, que fue resucitada inmediatamente después de morir, y al hijo de la viuda, que a la orden de Jesús se levantó del féretro cuando llevaban su cadáver a enterrar. Estas eran pruebas elocuentes de que Jesús era en verdad el Mesías que había de venir al mundo. Pero el haber resucitado a Lázaro de entre los muertos, después de haber estado muerto cuatro días y haber visto corrupción, es todavía, si cabe, un milagro mayor; y, por consiguiente, una prueba más fuerte de que él era el Ungido, el Cristo de Dios. El evangelista Juan es muy minucioso al darnos cuenta de este milagro; tan minucioso que dedica un capítulo entero a relatar las circunstancias que lo precedieron, lo acompañaron y lo siguieron. Y puesto que sin duda fue guiado en esto por el Espíritu de Dios, sapientísimo e infalible, ¿no nos indica ello que este milagro, con todas sus circunstancias, reclama nuestra meditación particular y más seria? Así me lo parece a mí; y por eso, según el Señor tenga a bien ayudarme, volveré al principio de este capítulo, seguiré al evangelista paso a paso y consideraré los pormenores de este maravilloso milagro, haré algunas observaciones prácticas por el camino y concluiré con algunas instrucciones y exhortaciones oportunas que surgirán naturalmente del cuerpo del discurso.
El evangelista, en el primer versículo, menciona la enfermedad de Lázaro. «Estaba entonces enfermo uno llamado Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta su hermana.» Algunos piensan que estas hermanas eran muy ricas, hasta el punto de ser dueñas de buena parte del pueblo o, como parece implicar la palabra original, de la aldea. Pero entonces es probable que el evangelista hubiera dicho la aldea de Lázaro, ya que las haciendas solían pasar, como entre nosotros, por línea masculina; así que no significa más que Marta y María vivían en Betania. Con ello el Espíritu Santo nos señala que nada hace a un lugar tan digno de la atención y la estima de un alma llena de gracia como tener entre sus habitantes a muchos de los hijos amados de Dios. Betania, aunque era un lugar pequeño, es más famosa por haber sido la aldea de Marta y María que si Alejandro hubiera librado en ella una de sus mayores batallas. Ambas mujeres amaban a Jesús con sinceridad, y eran tan buenas como distinguidas. Pero María, aunque era la hermana menor, parece ser la más eminente; porque el evangelista, en el segundo versículo, habla de ella de un modo muy señalado. «Era aquella María (aquella María que jamás ha de ser olvidada) la que ungió al Señor con ungüento (costoso como era) y le enjugó los pies (después de habérselos lavado con lágrimas de amor) con sus cabellos», es decir, con los cabellos de su cabeza. ¡Qué atención se presta a esta acción! ¡Con qué elogio, y en qué tono tan alto de alabanza se habla aquí de ella! Y tales son los honores de todos los santos de Dios. Aunque no todas nuestras buenas obras quedan registradas como las de María, Dios no es injusto para olvidar nuestras obras de fe y los trabajos que han procedido del amor. Cada lágrima que derramamos, cada suspiro que exhalamos, cada limosna que damos, aunque no sea más que un vaso de agua fría, todo queda anotado en el libro de memoria del Cordero, y será sacado a la luz para nuestra eterna honra y recompensado con galardón de gracia, aunque no de deuda, en el día grande y terrible del Señor. «Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo y en la cárcel, y vinisteis a mí.» ¡Qué razón tenemos, pues, para estar «firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, ya que estamos seguros de que nuestro trabajo no será vano ni olvidado por el Señor»! Era aquella María la que ungió al Señor con ungüento y le enjugó los pies con sus cabellos. ¿Y qué sigue? «Cuyo hermano Lázaro estaba enfermo.» De modo que estar emparentado con Cristo o con sus discípulos no libra a nadie de la enfermedad. En esta vida, el tiempo y la ocasión acontecen a todos, solo que con esta diferencia esencial: las aflicciones que endurecen al impenitente obstinado ablandan y purifican el corazón del verdadero creyente. «Hijo mío, no menosprecies, pues, el castigo del Señor (por un lado), ni desmayes cuando eres reprendido por él (por el otro); porque el Señor al que ama castiga, y azota a todo el que recibe por hijo.»
El versículo 5 dice que «amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro». ¡Oh familia dichosa! Tres en ella amados de Jesús con un amor peculiar y eterno. «Muy a menudo sucede (por usar las palabras del piadoso obispo Beveridge) que «no hay sino uno en una ciudad, y dos en una comarca, de esta clase». Pero aquí hay dos hermanas y un hermano, todos amantes del glorioso Jesús y amados por él. ¿Qué diremos a estas cosas? Pues que la gracia de nuestro Salvador es libre y soberana, y que él puede hacer lo que quiera con lo suyo. ¡Los que son tan altamente favorecidos que tienen a tantos convertidos en una misma casa deben estar doblemente agradecidos! No todos sus santos tienen semejante bendición. No; muchos, muchísimos, andan enlutados toda la vida por sus parientes perversos y sin gracia, y hallan, hasta el día de su muerte, que sus mayores enemigos son los de su propia casa. Ciertamente estos tres parientes vivían un cielo en la tierra. Porque ¿qué les podía faltar, qué podía hacer desdichados a quienes estaban seguros del amor de Jesús? Pero, sin duda, si Jesús ama a esta querida familia, uno pensaría que la siguiente noticia que oiríamos sería que fue enseguida y sanó a Lázaro, o al menos que lo curó a distancia. Pero en lugar de eso se nos dice, en el versículo 6: «Cuando oyó, pues, que estaba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba.» Extraña manera esta, a los ojos de la razón natural, de mostrar amor; pero no tan extraña a los ojos de la fe: porque el Señor Jesús muy a menudo muestra su amor tardando en dar respuesta inmediata a nuestras oraciones. Con ello prueba nuestra fe y paciencia, y ejercita todas nuestras gracias pasivas. Tenemos una prueba de esto en la mujer sirofenicia, a quien el bendito Jesús al principio mostró un semblante severo y habló con aspereza, solo para volverse después a ella y decirle: «Oh mujer, grande es tu fe.» No se apresuren, pues, demasiado los que creen, ni murmuren enseguida en su corazón contra el Señor porque quizá no responda a sus peticiones a su propio tiempo y manera. El tiempo y la manera de Dios son los mejores, y al final hallaremos que así es. Marta y María experimentaron la verdad de esto, aunque sin duda la aparente tardanza de nuestro Señor en venir a sanar a su hermano les costó grandes inquietudes de corazón. Pero ¿olvidará el Señor Jesús a su querido Lázaro, a quien ama su alma? «¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz?» Ciertamente puede olvidarse; pero el Señor nunca falta a los que le temen. Tampoco retarda su promesa, como algunos la tienen por tardanza; porque sus mismas demoras son respuestas. La visión es aún para el tiempo señalado; al fin hablará, y no mentirá.
Aunque nuestro Señor se quedó dos días donde estaba, para probar la fe de estas hermanas, después de esto dijo a sus discípulos, en el versículo 7: «Vamos a Judea otra vez.» ¡Con qué santa familiaridad conversa Jesús con sus amados hijos! Nuestro Salvador parece hablar a sus discípulos como si no fuera más que su hermano y estuviera, por así decirlo, a su mismo nivel: «Vamos a Judea otra vez.» ¡Con qué suavidad, conforme a lo que de él se predijo, pastorea a las recién paridas! Jesús conocía muy bien la flaqueza de sus discípulos, y también cuán peligroso lugar era Judea: ¡con qué gradualidad, pues, les da a conocer su propósito de ir allá! ¡Y cómo permite a sus discípulos que le reconvengan por ello! «Maestro —dicen ellos—, hace poco los judíos procuraban apedrearte, ¿y otra vez vas allá?» Estaban asombrados del atrevimiento de nuestro Señor, y prontos a llamarlo presunción; así como nosotros solemos inclinarnos a censurar y condenar a otras personas celosas y emprendedoras, como si llevaran las cosas demasiado lejos; quizá por ninguna otra razón, si examinamos el fondo de nuestro corazón, sino porque van delante de nosotros y nos aventajan. Los discípulos sin duda pensaban que hablaban por amor a su Señor, y ciertamente así era; pero ¡cuánto amor propio había mezclado y confundido con ello! Parecen muy preocupados por su Maestro, pero lo estaban más por sí mismos. Sin embargo, Jesús pasa por alto su flaqueza y responde con mansedumbre, en los versículos 9 y 10: «¿No tiene el día doce horas? El que anda de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero el que anda de noche tropieza, porque no hay luz en él.» Como si nuestro Señor hubiera dicho: Mis queridos discípulos, os agradezco vuestro cuidado y vuestra preocupación por mí. Judea es un lugar peligroso, y lo que decís del trato que recibí de sus habitantes es justo y verdadero; pero no temáis ir allá por causa de mí. Porque así como un hombre anda seguro las doce horas del día, porque anda en la luz, así, mientras dure el tiempo señalado por mi Padre para mi ministerio público, estaré tan a salvo de las manos de mis enemigos como está a salvo de caer el que anda a plena luz del día. Pero así como un hombre tropieza si anda de noche, así, cuando llegue la noche de mi pasión, entonces, y no antes, seré entregado en manos de mis enemigos rencorosos. ¡Oh, cuánto consuelo han traído a menudo estas palabras a mi alma, por la bendición de Dios! ¡Cómo pueden fortalecerse todos los ministros de Cristo con esta consideración: que mientras Dios tenga obra para ellos, son inmortales! Y si, terminada nuestra obra, nuestro Señor nos llamara a poner nuestras vidas por los hermanos y a sellar con nuestra sangre la verdad de nuestra doctrina, ciertamente sería el mayor honor que se nos pudiera conferir. «A vosotros os es concedido no solo que creáis, sino también que padezcáis», dice el apóstol a los filipenses.
«Esto dijo Jesús (nos cuenta el evangelista, vers. 11), y después de esto (para asegurarles que no iba a Judea sin un llamamiento legítimo) les dijo: Nuestro amigo Lázaro duerme.» Nuestro amigo. ¡Asombroso! Porque ¿qué es un amigo? Como la propia alma. ¡Cuán queridos y cuán cercanos son, pues, los verdaderos creyentes para el adorabilísimo Jesús! «Nuestro amigo Lázaro.» ¡Más asombroso aún! He aquí condescendencia; he aquí, en verdad, una familiaridad sin igual. ¿Y qué de él? «Duerme.» Una manera figurada de hablar. Porque ¿qué es la muerte para los que aman a Jesucristo sino un sueño, y además un sueño reparador? Así se dice de Esteban, cuando murió, que «durmió». Cristo murió en verdad, pero los creyentes solo duermen. Y «a los que durmieron en Jesús (dice la Escritura) traerá Dios con él». «Nuestro amigo Lázaro duerme.» Porque, aunque esté muerto, lo levantaré del sepulcro tan pronto que su morir no será más que como cuando alguien duerme un breve sueño. «Nuestro amigo Lázaro duerme; mas voy a despertarle del sueño.» A estas alturas, uno se imaginaría que los discípulos de nuestro Señor deberían haberle entendido; pero ¡cuán poco dispuestos estamos a creer lo que no nos gusta! «Dijeron entonces sus discípulos: Señor, si duerme, sanará.» ¡Oh temerosos y tardos de corazón para creer! ¡Cuán gustosamente se excusarían de ir a Judea por miedo a unas cuantas piedras! Con esta manera de hablar, ¡cómo censuran en efecto la conducta de su bendito Maestro y, con pretexto de preservar su persona, fomentan y, por así decirlo, defienden su propia cobardía e incredulidad (aunque quizá no la discernieran)! Esa caridad que todo lo espera y todo lo cree para bien nos enseña a juzgarlos así favorablemente. Porque «Jesús decía esto de la muerte de él; y ellos pensaron que hablaba del reposar del sueño». El grande y compasivo Sumo Sacerdote, sabiendo y acordándose de que no eran sino polvo, echa un velo de amor sobre su flaqueza; y por fin, en el versículo 14, «les dijo claramente (porque si esperamos en Jesús conoceremos claramente su voluntad, de una manera u otra): Lázaro ha muerto». Y aun entonces, para que no fueran consumidos de demasiada tristeza, añade enseguida, en el versículo 15: «Y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis», o tengáis más fe, o veáis aumentada y confirmada la fe que ya poseéis. Prueba clara esta de que todas las tardanzas de Jesús en responder a la oración no tienen otro fin que fortalecer nuestra fe.
«No obstante —dice nuestro Señor—, vamos a él.» Esto era indicio suficiente, si hubieran sabido aprovecharlo, de que se proponía hacer algo extraordinario, aunque no quiso decirles directamente lo que se proponía. Porque el Señor Jesús quiere mantener a los que ama a sus pies y dependientes de él. «Vamos a él.» Todavía habla como si fueran sus iguales. ¡Oh, que los cristianos en general, oh, que los ministros en particular, aprendieran de él, su gran modelo, a condescender con los humildes! Pues bien, el secreto ya ha salido a la luz. Jesús les ha dicho claramente: Lázaro ha muerto. ¿Y qué acogida halla esta triste noticia? Un gran pesar, sobre todo por parte de Tomás; porque en el versículo 16: «Dijo entonces Tomás, llamado Dídimo, a sus condiscípulos: Vamos también nosotros, para que muramos con él»; es decir, según algunos, con Lázaro, con quien quizá Tomás había trabado íntima amistad. Pero, aun concediendo que así fuera, ¿le alabaré por esta expresión apasionada? No le alabo. Ciertamente habló precipitadamente con sus labios: «Vamos también nosotros, para que muramos con él.» Como si en adelante no hubiera de esperarse consuelo alguno en el mundo, ahora que su amigo Lázaro se había ido. Esta era una gran falta, y sin embargo una falta en la que caen a diario muchos de los hijos de Dios, llorando demasiado a sus parientes difuntos, como los que no tienen esperanza. Pero no debe consentirse esta flaqueza. Porque si nuestros amigos y queridos parientes han muerto, Jesús, ese amigo de pecadores, no ha muerto. Él será para nosotros mejor que siete hijos, y suplirá abundantemente el lugar de todos los consuelos de las criaturas. Pero me inclino más a pensar que la palabra él se refiere a Jesús, su querido Maestro; y si es así, lejos de merecer censura, habló como buen soldado de Jesucristo. Vamos también nosotros, para que muramos con él. Si nuestro querido Maestro quiere ir a Judea y arriesgar su preciosa vida, no pongamos ya excusas tan frívolas, sino acompañémosle con valor; y si a los judíos se les permitiera no solo apedrearle, sino también matarle, vamos también nosotros, para que muramos con él: no podemos morir por mejor causa. Fue este un discurso digno de un héroe cristiano, y Tomás nos ha dejado en esto un ejemplo para que sigamos sus pisadas, animándonos y estimulándonos unos a otros a adherirnos estrechamente al bendito Jesús, sobre todo cuando su causa y sus intereses corren algún peligro inmediato. Esta exhortación, al parecer, tuvo el efecto debido. Todos fueron y, por lo que sabemos, acompañaron gustosos a su glorioso Maestro.
Cómo se ejercitaron sus pensamientos por el camino, no se nos dice. Pero me inclino a creer que se desanimaron un poco al llegar a Betania. Porque «cuando llegó Jesús, halló que hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro». ¿Y de qué les serviría venir tantas millas solo para ver la tumba de un muerto? Pero ¡con cuánta sabiduría ordenó todas las cosas el bendito Jesús para manifestar su gloria del modo más extraordinario, a fin de que no solo sus discípulos vieran confirmada su fe, sino que también muchos de los judíos creyeran en él! Esta Betania, al parecer (versículo 18), «estaba cerca de Jerusalén, como a quince estadios», o sea, a unas dos millas; y como Marta y María eran lo que podríamos llamar gente de buena posición, y además piadosas, muchos de los judíos piadosos, y podemos suponer que muchos de los ricos, vinieron de la capital, así como de otros lugares cercanos (versículo 19), a Marta y a María; no para hacer una visita ociosa y frívola, sino seria y provechosa, «para consolarlas por su hermano». Esto era bondadoso y propio de buenos vecinos. Llorar con los que lloran y visitar a los afligidos en sus tribulaciones es una rama esencial de la religión pura y sin mácula. ¡Y oh, cuán dulce es, cuando visitamos a los amigos que quedan, tener razón para pensar que sus parientes difuntos murieron en el Señor! Y así podemos darles consuelo respecto a ellos. Porque «bienaventurados los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos». Este y otros argumentos semejantes usaron sin duda estos visitantes para consolar a Marta y a María. Y en verdad tenían gran necesidad de consuelo. Porque tenemos razón para suponer, por la respuesta de nuestro Señor, «Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios», que habían abrigado esperanzas de que su hermano se recobrara. Pero ¿quién puede decir lo que debieron de sentir estas dos almas santas cuando vieron que su hermano no se recobraba, sino que estaba muerto, amortajado y ya hediendo en el silencioso sepulcro? ¡Qué duros pensamientos, sin juzgarlas, podemos suponer que abrigaron respecto a Jesús! ¿No pensáis que estaban a punto de clamar con el lenguaje del profeta: «Nos engañaste, y fuimos engañados»? Pero el extremo del hombre es la oportunidad de Jesús. En la multitud de las tristezas que tenían en su corazón, la noticia de la venida de Cristo refresca sus almas. Alguien, oficioso de manera digna de elogio [directo, enérgico, resuelto], se lo comunica en privado a Marta. «La cual, en cuanto oyó que Jesús venía (sin disculparse ante los presentes por su descortesía), salió a encontrarle. Pero María se quedó sentada en casa.» Pero ¿por qué, María? Yo pensaba que tú eras la más pronta a atender a Jesús, y tu hermana Marta la más inclinada a afanarse por las muchas cosas de esta vida. ¿Por qué sigues sentada? Puede ser que la noticia se le diera solo en privado a Marta (porque está claro, por el versículo 31, que los judíos que estaban en la casa no lo sabían); y Marta, sabiendo cómo nuestro Señor la había reprendido una vez, estaba resuelta a que no tuviera razón para reprenderla de nuevo por el mismo motivo; por eso, cuando le llegó la noticia, ni siquiera se detuvo a avisar a su hermana, sino que salió a ver si era cierta o no, y, si lo era, como hermana mayor, invitar a entrar al bendito Jesús. ¡Qué dicha es cuando las reprensiones de Cristo por los descuidos pasados excitan nuestro celo futuro para salir a su encuentro! Tales reprensiones son un excelente bálsamo. O puede ser que la noticia llegara a oídos de María tanto como a los de Marta, pero que, vencida por la tristeza, pensara que era una noticia demasiado buena para ser verdad, y por eso se quedara sentada en casa. ¡Oh, cuán cuidadosos deben ser los creyentes en abrigar y mantener, aun en medio de la tribulación, una santa confianza y un santo gozo en Dios! Porque el gozo del Señor es la fortaleza del creyente. En cambio, dar lugar a la melancolía y a la incredulidad levanta tinieblas y vapores en la mente, nubla el entendimiento, nos estorba en el camino del deber y da al enemigo, que gusta de pescar en río revuelto, una gran ventaja sobre nosotros.
María, quizá por el predominio de esto, y siendo además de natural sosegado, «se quedó sentada en casa», mientras su hermana Marta se le adelantó y salió al encuentro de Jesús. ¿Y cómo se dirige a él? Pues con un lenguaje que delata la angustia de una mente cargada y turbada. Porque dijo a Jesús, en el versículo 21: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.» He aquí una mezcla de fe e incredulidad. La fe le hizo decir: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.» Pero la incredulidad le hizo limitar el poder de Cristo a su presencia corporal. Además, había aquí una tácita acusación de falta de bondad contra el bendito Jesús, por no haber venido cuando le enviaron el mensaje: «Señor, he aquí, el que amas está enfermo.» Una vez acusó a Jesús de falta de cuidado: «Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola?» Ahora le reprocha falta de bondad. «Si hubieras estado aquí»; como quien dice: si hubieras tenido la bondad de venir cuando te mandamos llamar», «mi hermano no habría muerto»; y al hablar así, en cierto modo atribuye la muerte de su hermano a Jesucristo. ¡Oh, cuán propensos son aun aquellos a quienes Jesús ama de manera peculiar a acusarle neciamente! ¡Cuán a menudo se levanta la enemistad de nuestro corazón, perverso en extremo, contra Cristo cuando estamos bajo la mano afligidora de su providencia! ¿Y no somos tentados con frecuencia aun los mejores de nosotros, en tales circunstancias, a decir al menos dentro de nosotros mismos: ¿Por qué nos trata Dios con tanta crueldad? ¿Por qué no apartó este golpe, estando en su poder haberlo evitado? ¡Cuánto deberíamos avergonzarnos y confundirnos delante de él por esto! ¡Cómo deberíamos orar y esforzarnos por ser librados de esta enemistad que aún queda en el corazón, y anhelar aquel tiempo en que lo mortal sea absorbido por la vida, y nunca más sintamos un solo movimiento del corazón contra un Redentor bueno y lleno de gracia, sapientísimo y glorioso! Sin embargo, para hacer justicia a Marta, se recobra bastante bien en el versículo 22: «Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará.» No es seguro si estas palabras implican una creencia efectiva en la divinidad de nuestro Señor. A mí me parece que sí, porque pronto hallaremos que ella sí creía que nuestro Señor era el Hijo de Dios y el Mesías que había de venir al mundo. Por tanto, cuando dijo que sabía que todo lo que él pidiera a Dios, Dios se lo daría, puede entenderse que se refería a Dios el Padre, bajo quien el Señor Jesús actuaba como Mediador, aunque igual a él en cuanto a su eterna gloria y deidad. Bien podemos suponer que conocía este misterio, porque Jesús había predicado a menudo en su casa y, por consiguiente, le había abierto ese misterio. ¡Oh, qué cosa tan bendita debe de ser tener un Mediador así! ¡Un Sumo Sacerdote e intercesor tal a la diestra del Padre, que todo lo que él pida al Padre a nuestro favor, el Padre nos lo dará! Jesús lo toma a bien de mano de Marta y pasa por alto su flaqueza. Porque si el Señor mirase con rigor todo lo que decimos o hacemos mal, ¡ay!, ¿quién podría mantenerse? Solo le dice con calma, en el versículo 23: «Resucitará tu hermano.»
Buenas nuevas son estas, de gran gozo. Esto debería consolarnos respecto a nuestros piadosos parientes difuntos: que dentro de poco resucitarán, y estarán en alma y cuerpo siempre con el Señor. Sin embargo, Jesús hablaba aquí de una resurrección inmediata, aunque no lo dijo claramente: porque Cristo gusta de ejercitar la fe y la paciencia de sus discípulos, y con frecuencia los deja descubrir su sentido poco a poco. Es mejor para nosotros, en nuestro estado presente, que sea así. En el cielo será de otro modo. «Resucitará tu hermano», dice Cristo a Marta. Ella podría haber respondido enseguida: ¿Cuándo, Señor? Pero da un rodeo, por así decirlo, y procura descubrir poco a poco el pensamiento de Jesús. «Yo sé —dice ella— que resucitará en la resurrección, en el día postrero.» Estas palabras parecen implicar que tenía alguna remota idea del propósito de nuestro Señor de resucitar ahora a su hermano, y que habló así solo para mover a nuestro Salvador a hablar y decirle claramente si pensaba hacerlo o no. Los que conocen a Jesús aprenden del bendito Espíritu un santo arte en su trato con su bendito Maestro. «Yo sé —dice ella— que resucitará en la resurrección, en el día postrero» (prueba notable esta, dicho sea de paso, de que los judíos piadosos creían en la resurrección del cuerpo). Es exactamente como si hubiera dicho: Señor, ¿quieres decir que mi hermano resucitará antes de ese tiempo? Nuestro Salvador, sabiamente, evita darle una respuesta directa, y prefiere predicar a su corazón. «Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.» De esto podía asirse la fe de Marta, si estaba en ejercicio. ¡Oh palabras gloriosas! ¡Cuánto ánimo dan a vosotros, pobres pecadores que yacéis en vuestra sangre! Aunque estéis muertos en vuestros delitos y pecados, y podríais ser justamente condenados a morir la muerte segunda, si creéis en el Señor Jesús, viviréis. Él añade: «Y todo aquel que cree en mí no morirá jamás»; nunca morirán en cuanto a su alma, nunca morirán eternamente, y por consiguiente nunca caerán finalmente de Dios. Esta es una declaración alentadora, que consuela el alma, para vosotros, oh creyentes, que sois así guardados, como en una plaza fuerte, por el poder de Dios, mediante la fe, para alcanzar la salvación. «¿Crees esto?», dice Cristo a Marta en el versículo 26. ¿De qué sirven todas las muchas, grandes y preciosas promesas del evangelio si no son aplicadas y traídas a casa, en particular, a cada una de nuestras almas? La palabra no aprovecha si no va mezclada con fe. Haremos bien, pues, cuando leamos las palabras de Cristo, en hacernos esta pregunta: Oh alma mía, ¿crees esto? Y bien nos iría si, al hacernos esta pregunta, pudiéramos decir con la misma santa confianza y en la misma disposición gozosa que Marta, en el versículo 27: «Sí, Señor; yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que había de venir al mundo.» Esta es, a mi juicio, una confesión directa de la divinidad de nuestro Señor. ¡Cuán lleno estaba su corazón cuando pronunció estas palabras! Estoy persuadido de que ardía dentro de ella. ¡Qué divino calor había cobrado hablando con Jesús! ¡Cómo anhela que su hermana participe de su santo gozo! Porque, habiendo dicho esto, en el versículo 28, «se fue», llena de amor, sin duda, y llamó a María su hermana, como procurarán llamar a sus parientes cercanos todos los que han sentido por sí mismos que el Señor Jesús es la resurrección y la vida. Pero Marta tuvo cuidado, en medio de su celo (como siempre deberíamos hacerlo), de obrar con prudencia; y por eso «llamó en secreto a su hermana, diciendo: El Maestro ha venido, y te llama». El Maestro ha venido. No necesitaba decir más; María sabía muy bien a quién se refería. Porque las almas santas se entienden fácilmente unas a otras cuando hablan de su Maestro Jesús. El divino Herbert solía deleitarse (cuando hablaba de Jesús) en decir: «Mi Maestro»; quizá lo aprendió de Marta, que dijo aquí: «El Maestro ha venido, y te llama. Ciertamente una mujer de tu elevada piedad no dirá una mentira deliberada, ni, para inducir a tu hermana a venir a Jesús, le hará saber que Jesús la llamaba cuando en realidad no lo hacía. No necesitas tomarte ese trabajo, ni hacer tanto mal para que de ello venga un bien. Basta con que menciones a Jesús a María y le hagas saber con certeza que el Maestro ha venido de veras, y estoy persuadido de que no seguirá sentada. Marta sin duda lo sabía, y por eso no puedo juzgarla, como hacen algunos, como si en su prisa hubiera dicho lo que no era verdad. Porque Jesús pudo mandarle llamar a su hermana, aunque no se mencione directamente en este capítulo. Y es muy probable que nuestro Señor preguntara por María, porque ella solía deleitarse tanto en sentarse a sus pies y oír las palabras de gracia que salían de su boca. «El Maestro ha venido (dice Marta a su hermana), y te llama.» Y lo mismo digo yo a todos los pobres pecadores. Jesús, vuestro Señor y Maestro, vuestro Príncipe y Salvador, ha venido, ha venido a este mundo de abajo, y ha venido hoy en su palabra, y por medio de mí, que soy menos que el más pequeño de todos sus siervos, y os llama. ¡Oh, que venga también con demostración del Espíritu, y con su gran poder doblegue vuestros corazones y voluntades obstinados para que obedezcan el llamamiento, como lo hizo la santa María!
Porque se nos dice, en el versículo 29: «Ella, cuando lo oyó, se levantó prestamente y vino a Jesús.» Pecadores, ¿cuándo haréis vosotros lo mismo? ¿O por qué no lo hacéis? ¿Cómo sabéis si Jesús os llamará otra vez antes de llamaros por la muerte al juicio? No os demoréis, oh, no os demoréis más. Huid, huid por vuestra vida. Levantaos prestamente y, con María, venid a Jesús. Ella obedeció el llamamiento con tanta presteza que sus visitantes repararon en su prisa. «Entonces los judíos que estaban en casa con ella y la consolaban, cuando vieron que María se había levantado prestamente (sin ceremonia alguna) y había salido, la siguieron, diciendo: Va al sepulcro a llorar allí.» ¡Con cuánta sabiduría permite y dispone nuestro Señor todo esto, para sacar a los judíos a contemplar el milagro maravilloso que estaba a punto de obrar! Poco pensaban María y los judíos para qué fin eran así sacados por la providencia. Pero cuando Jesús tiene una obra que hacer, traerá a las almas al lugar donde se propone llamarlas, a pesar de hombres y demonios. Pero ¿cómo se comporta María cuando llega a Jesús? Podemos estar seguros de que no sin gran humildad. No es de extrañar, pues, que se nos diga, en el versículo 32, que «cuando le vio, se postró enseguida a sus pies (lugar al que María estaba acostumbrada; y en una agonía de dolor dice, como su hermana había dicho antes que ella): Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». ¡Pobre María! Grande era en verdad su pesar. Aunque era una mujer santa, no podía soportar bien la pérdida de su hermano. Sabía muy bien que el mundo le echaría de menos, y sin duda él había sido para ella un hermano bondadoso y tierno. Pero me temo que se dejó vencer pecaminosamente por una tristeza excesiva. Con todo, si hubiéramos estado allí, aquella escena nos habría conmovido. Parece haber conmovido a los visitantes, y especialmente al bendito Jesús. Él, en lugar de reprenderla por acusarle tácitamente de falta de bondad y por no haber venido a socorrer a su hermano, ¡se compadece y se duele tanto de María como de sus amigos que lloraban! «Cuando Jesús la vio llorando, y a los judíos que también lloraban, gimió en su espíritu, y se turbó.» Se turbó: no con ninguna perturbación pecaminosa, podemos estar seguros; nada de esa naturaleza podía haber en su alma sin pecado. Y por eso algunos han comparado con bastante acierto la turbación que nuestro Señor sintió entonces a un agua cristalina agitada en un vaso o en una botella: podéis agitarla, pero no habrá sedimento; seguirá siendo agua cristalina. «Gimió en su espíritu.» No veo por qué no pueda entenderse esto de su orar en el espíritu, que intercede por los santos ἀλαλήτοις στεναγμοῖς, «con gemidos indecibles». [Rom. 8:26] Me parece ver al inmaculado Cordero de Dios en secreta pero poderosa agonía con su Padre; ¡su corazón rebosa de compasión! Por fin, de la abundancia de él, dijo, en el vers. 34: «¿Dónde le pusisteis? Ellos (supongo que María y Marta) le dijeron: Señor, ven y ve.» Él fue, digo yo, y «lloró», vers. 35. Está puesto en un versículo aparte para que nos detengamos un momento y preguntemos por qué lloró Jesús.
Lloró para mostrarnos que no era pecado derramar una lágrima de amor y resignación junto a la tumba de un amigo difunto; lloró al ver los estragos que el pecado había hecho en el mundo, y cómo había rebajado al hombre, que en su origen fue hecho poco menor que los ángeles, (haciéndolo sujeto a la muerte) al nivel de las bestias que perecen; pero, sobre todo, lloró al prever la incredulidad del pueblo; lloró al pensar cuántos de los allí presentes no solo no creerían en él, sino que se endurecerían y verían crecer más y más sus prejuicios contra él, aunque resucitara a Lázaro de entre los muertos delante de sus ojos. Bien pueden, pues, ser excusados los ministros que, mientras predican, derraman de vez en cuando algunas lágrimas al considerar que sus sermones, por la obstinación e incredulidad de muchos de sus oyentes, son olor de muerte para muerte en lugar de olor de vida para vida. En una ocasión semejante lloró Jesús. ¡Qué escena tan conmovedora! Supongámonos por un momento colocados en medio de estos santos dolientes; imaginemos que vemos el sepulcro justo delante de nosotros, y a los judíos, y a María, y al bendito Jesús llorando alrededor. Ciertamente el más endurecido de todos nosotros tendría que derramar una lágrima, o al menos conmoverse ante aquella escena; vemos que conmovió a los que de veras estaban presentes: porque dijeron entonces los judíos, vers. 36: «Mirad cómo le amaba.» ¿Y dijeron: Mirad cómo le amaba, cuando Jesús solo derramó algunas lágrimas sobre la tumba de su difunto Lázaro? Venid, pues, oh pecadores, y contemplad a Cristo muriendo y derramando por vosotros la preciosa sangre de su corazón sobre un madero maldito, y entonces sin duda tendréis que exclamar: ¡Mirad cómo nos amaba!
Pero ¡ay!, aunque todos se conmovieron, ¡no todos, al parecer, se conmovieron para bien al ver llorar a Jesús! Porque se nos dice, en el vers. 37, que algunos de ellos dijeron: «¿No podía este, que abrió los ojos al ciego, hacer también que este no muriera?» Uno pensaría que el mismo Satanás apenas habría podido proferir palabras más perversas: cada una está llena de despecho y rencor. ¿No podía este hombre, este sujeto, este engañador, que pretende haber abierto los ojos del ciego, hacer que este hombre, a quien parece amar tanto, no muriera? ¿No es esto prueba suficiente de que es un embaucador? ¿Lo hemos atrapado al fin? ¿Es probable que de veras haya ayudado a otros, cuando no pudo ayudar a su propio amigo? —¡Oh, cuán pacientes deben ser los siervos de nuestro Señor! ¡Y cómo pueden esperar ser censurados y ver sus buenas obras puestas en duda y empequeñecidas, cuando su bendito Maestro fue tratado así antes que ellos! Sin embargo, Jesús hará el bien a pesar de todos estos desaires; y por eso, gimiendo otra vez en sí mismo, «vino al sepulcro; era una cueva (o bóveda, como es costumbre en las grandes familias), y tenía una piedra encima; dijo Jesús, vers. 39: «Quitad la piedra.» ¡Con qué gradualidad procede nuestro Señor, para captar tanto más la atención del pueblo! Me parece verlos a todos hechos ojos, hechos oídos, aguardando con ansia el desenlace de este suceso. Pero Marta, que ahora volvía con el resto de la compañía, parece haber perdido la buena disposición en que estaba cuando fue a llamar a su hermana; «le dijo (vers. 39): Señor, hiede ya, porque hace cuatro días que está muerto o sepultado». ¡Oh, los funestos efectos del razonamiento carnal! ¡Con qué naturalidad caemos en dudas y temores cuando no tenemos la vista puesta sencillamente en el bendito Jesús! Marta, en lugar de mirarle a él, mira abajo, a la tumba, y, fijándose en el cadáver hediondo de su hermano, cae en un acceso de incredulidad: «Hiede ya»; y, por tanto, verle solo será cosa desagradable. Quizá pensaba que nuestro Señor solo quería ver a su hermano Lázaro; por eso Jesús, para darle todavía otro indicio de que se proponía hacer algo extraordinario, le dice, en el vers. 40: «¿No te dije que si crees, verás la gloria de Dios?» Nuestro Señor habla aquí con cierto calor: porque nada le desagrada más que la incredulidad de sus propios discípulos. «¿No te dije que si crees, verás la gloria de Dios?» Cuándo le habló Cristo por primera vez estas palabras, no se nos dice; pudo ser que formaran parte de su conversación en otra ocasión, algún tiempo antes; sin embargo, ahora la reprende abiertamente por su incredulidad: porque aquellos a quienes Jesús ama deben esperar ser reprendidos por él con severidad siempre que le deshonren con su incredulidad. La reprensión es aceptada.
Sin poner más objeciones, «quitaron la piedra de donde había sido puesto el muerto». ¡Y ahora mirad con qué solemnidad se prepara el santo Jesús para llevar a cabo su propósito lleno de gracia! «Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero por causa de la multitud que está alrededor lo dije, para que crean que tú me has enviado.» ¿Quién podrá expresar con qué fervor e intensidad de espíritu pronunció estas palabras nuestro glorioso Sumo Sacerdote? Son una acción de gracias que brota de la seguridad de que su Padre le había oído: porque Cristo, como Mediador, era inferior al Padre. «Yo sabía que siempre me oyes (y así puede decirlo todo creyente en su medida); pero por causa de la multitud que está alrededor lo dije.» —¿Dijo qué? No oímos que Jesús dijera antes nada a manera de oración; y es cierto, si nos referimos a la voz; pero en su mente sí dijo algo, aun cuando gimió en el espíritu una y otra vez, y se turbó. Hay una manera de orar aun cuando no hablamos ni podemos hablar. «¿Por qué clamas a mí?», dijo Dios a Moisés; aunque no oímos que dijera una sola palabra: pero clamaba en su corazón. Y observo esto para consuelo de algunos cristianos débiles, pero verdaderos, que piensan que nunca oran si no tienen gran abundancia de palabras; pero este es un gran error: porque a menudo oramos mejor cuando menos podemos hablar. Hay momentos en que el corazón está demasiado lleno para hablar: y el Espíritu mismo intercede por los santos, y eso conforme a la voluntad de Dios, con gemidos indecibles. Tal fue la oración de Ana pidiendo un hijo: «Hablaba en su corazón, y solamente se movían sus labios»; y tal fue la manera de orar de nuestro Señor en esta ocasión. Y quizá el alma nunca está en mejor disposición que cuando, en santa quietud e indecible serenidad, puede ponerse como una hoja en blanco en la mano de Jesús, para que él estampe en ella lo que le plazca.
Y ahora ha llegado la hora en que nuestro Salvador obra este milagro tan esperado. Vers. 43: «Y habiendo dicho estas cosas, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera!» Con la palabra fue un poder irresistible: él dijo, y fue hecho; clamó, y he aquí que «el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y su rostro estaba envuelto en un sudario». ¡Qué escena era aquella! Me parece ver la sorpresa asomar al rostro de cada espectador: a medida que el cuerpo se levanta, se levanta también su asombro. ¡Mirad cómo contemplan! ¡Mirad cómo sus miradas expresan el lenguaje de corazones atónitos; y todos, con una especie de elocuencia callada pero expresiva, a punto de decir: ¿Qué hombre es este? Ciertamente este es el Mesías que había de venir al mundo. ¡Cómo saltarían de gozo, como bien podemos suponer, los corazones de Marta y María! ¡Cómo se avergonzarían de sí mismas por haber acusado neciamente a Jesús y haberle reprochado falta de bondad por no venir a impedir la muerte de su hermano! Es verdad que Cristo permitió que muriera, pero ¡he aquí que ahora vive de nuevo! Jesús nunca nos niega una cosa sin proponerse darnos en su lugar algo mejor. ¿No pensáis que Marta y María serían las más diligentes en obedecer el mandato de nuestro bendito Señor: «Desatadle, y dejadle ir»? El mismo poder que levantó a Lázaro de entre los muertos podría también haberle quitado las vendas; pero Jesucristo nunca obró, ni obrará jamás, un milagro innecesario. Otros podían desatar sus vendas, pero solo Jesús podía desatar las ligaduras de la muerte.
Y ahora, quizá, algunos estén prontos a preguntar: ¿Qué noticias ha traído Lázaro del otro mundo? Pero detén, oh hombre, tu vana curiosidad. Es un conocimiento prohibido y, por tanto, inútil. Las Escrituras callan al respecto. ¿Por qué hemos de desear saber más de lo que está escrito? Más bien nos conviene ocuparnos por entero en adorar la mano llena de gracia de aquel poderoso Redentor que le levantó de entre los muertos, y ver (ahora que hemos oído la historia) qué provecho podemos sacar de un suceso tan notable e instructivo.
¡Quiera Dios que mi predicación de hoy sobre la resurrección de Lázaro tenga en vosotros los mismos benditos efectos que su vista tuvo en algunos de los presentes! Porque se nos dice, en el vers. 45: «Entonces muchos de los judíos que habían venido a María, y habían visto lo que hizo Jesús, creyeron en él.» ¡Provechosa visita esta! La mejor, sin duda, que hicieron en su vida. Y esto fue en respuesta a la oración de nuestro Salvador: «Pero por causa de la multitud que está alrededor lo dije, para que crean que tú me has enviado.» Uno pensaría que todos los que vieron este milagro se vieron movidos por él a creer de veras en él; pero ¡ay!, casi podría decir que puedo hablaros de un milagro mayor que el de resucitar a Lázaro de entre los muertos. ¿Y cuál es? Pues que algunas de estas mismas personas que estaban en el lugar, en vez de creer en él, «fueron a los fariseos y les dijeron lo que Jesús había hecho». Vers. 46. Tan lejos estuvo de convencerlos que solo excitó su envidia, removió todo el infierno de sus corazones llenos de justicia propia y les hizo, desde aquel día en adelante, «consultar juntos» para ejecutar lo que tiempo atrás habían tramado: dar muerte al inocente Jesús. Mirad qué atareados están, vers. 47: «Entonces los principales sacerdotes y los fariseos reunieron el concilio, y dijeron: ¿Qué hacemos? Porque este hombre hace muchos milagros.» Ni la envidia misma, al parecer, podía negar eso. ¿Y necesitaban decir entonces: «¿Qué hacemos?», o qué debemos hacer? Creer en él, sin duda, y someterse a él; tomar la cruz y seguirle. No; al contrario, dicen ellos, vers. 48: «Si le dejamos así (lo que no habrían hecho tanto tiempo si Dios no hubiera puesto un anzuelo en las quijadas del leviatán), todos creerán en él.» ¿Y si así fuera? Entonces todos serían bienaventurados de veras y tendrían derecho a la verdadera felicidad. No, dicen ellos, «entonces vendrán los romanos, y quitarán nuestro lugar y nuestra nación». Pero ¿no habían venido ya los romanos? ¿No eran ya tributarios del César? Pero temían por la iglesia tanto como por el estado: «Vendrán y quitarán nuestro lugar», nuestro lugar de culto; y, por consiguiente, miran a Jesucristo, sus obras y sus seguidores como peligrosos para la iglesia y para el estado.
Este ha sido siempre el proceder de fariseos y sumos sacerdotes cuando han consultado unidos contra el Señor Jesús y sus amados ungidos. Pero no tenían por qué temer por esta causa: porque el reino de nuestro Salvador no era, ni es, de este mundo; y la única manera de haber conservado su lugar y su nación habría sido favorecer a Jesús y, en cuanto estuviera en su mano, hacer que todos creyeran en él. ¡Cuán miserablemente se equivocaron en su política! La muerte de Jesús, que pensaban que los salvaría, fue la gran causa de la completa destrucción tanto de su lugar como de su nación: y así acabará toda política tramada contra Cristo y su evangelio, al fin, en la destrucción de quienes la tramaron.
¡Oh, la desesperada maldad y traición del engañoso corazón del hombre! ¿Dónde están los escribas, dónde los incrédulos, dónde los disputadores de este siglo, sabios en la letra, que a diario piden que se repitan los milagros para confirmar y demostrar la verdad de la religión cristiana? Ciertamente, si no creen a Moisés y a los profetas, tampoco creerían aunque alguno se levantase de los muertos. Aquí hubo uno resucitado de entre los muertos delante de muchos testigos, y sin embargo todos esos testigos no creyeron, ni mucho menos, en Jesús. Porque la fe divina no se obra en el corazón por persuasión moral (aunque la persuasión moral se usa muy a menudo como medio para comunicarla); la fe es don peculiar de Dios: nadie puede venir a Jesús si el Padre no le trae; y por eso, para ir acercándome al final de este discurso, permitidme concluirlo todo con una palabra de exhortación.
Venid, vosotros, pecadores muertos, sin Cristo, inconversos, venid y ved el lugar donde pusieron el cuerpo del difunto Lázaro; miradle amortajado, atadas las manos y los pies con vendas, encerrado y hediendo en una cueva oscura, con una gran piedra puesta encima. Miradle una y otra vez; acercaos a él; no tengáis miedo; oledle: ¡ah, cómo hiede! Deteneos ahora ahí, haced una pausa; y mientras tú contemplas el cadáver de Lázaro, permíteme decirte con gran claridad, pero con mayor amor, que este cadáver muerto, atado, sepultado y hediondo no es sino una débil imagen de tu pobre alma en su estado natural: porque, lo creas o no, tu espíritu, que llevas contigo sepultado en carne y sangre, está tan literalmente muerto para Dios, y tan verdaderamente muerto en delitos y pecados, como lo estaba el cuerpo de Lázaro en la cueva. ¿Estaba él atado de pies y manos con vendas? Así estás tú atado de pies y manos con tus corrupciones: y así como se puso una piedra sobre el sepulcro, así hay una piedra de incredulidad sobre tu corazón insensible. Quizá has yacido en este estado no solo cuatro días, sino muchos años, hediendo en las narices de Dios. Y, lo que es todavía más conmovedor, eres tan incapaz de levantarte de este estado muerto y repugnante a una vida de justicia y verdadera santidad como lo fue jamás Lázaro de levantarse de la cueva en que yació tanto tiempo. Puedes probar el poder de tu tan jactado libre albedrío, y la fuerza y energía de la persuasión moral y de los argumentos racionales (que, sin duda alguna, tienen su lugar propio en la religión); pero todos tus esfuerzos, por mucho vigor con que los pongas, resultarán del todo infructuosos y vanos, hasta que ese mismo Jesús que dijo: «Quitad la piedra», y clamó: «¡Lázaro, ven fuera!», venga con su gran poder, quite la piedra de la incredulidad, hable vida a tu alma muerta, te desate de los grilletes de tus pecados y corrupciones y, por las influencias de su bendito Espíritu, te capacite para levantarte y andar en el camino de sus santos mandamientos. ¡Y oh, que rompiese ahora los cielos y descendiese entre vosotros! ¡Oh, que haya un temblor entre los huesos secos este día! ¡Oh, que mientras hablo y digo: «Pecadores muertos, venid fuera», un poder, un poder omnipotente, acompañe la palabra y os haga surgir a una vida nueva!
Si el Señor tuviera a bien concederme tal misericordia, y una sola alma de esta gran congregación se levantara y se sacudiera del polvo de su estado natural, según la disposición presente de mi corazón no me importaría que predicar este sermón aquí en los campos fuera ocasión de apresurar mi muerte, como el resucitar a Lázaro apresuró la muerte de mi bendito Maestro. Porque me parece que la muerte, en algunos aspectos, es más soportable que ver a pobres pecadores yacer día tras día sepultados, muertos y hediendo en el pecado. ¡Oh, si vierais cuán repugnantes sois a los ojos de Dios mientras permanecéis en vuestro estado natural! Creo que no abrazaríais tan contentos vuestras cadenas, ni rehusaríais ser puestos en libertad.
Me parece ver a algunos de vosotros conmovidos por esta parte de mi discurso. ¿Qué decís? ¿No hay algunos prontos a quejarse: ¡ay!, tenemos aquí presentes algunos parientes tan notoriamente malvados que no solo abrazan sus cadenas, sino que se burlan del pecado, y hieden no solo a los ojos de Dios, sino de los hombres? ¡Queridas almas! Estáis prontos a alegar esto como razón por la cual Jesús no los resucitará; y quizá os parece duro que Jesús no venga, en respuesta a vuestros repetidos gemidos y oraciones, a convertirlos y salvarlos. Pero lo que Jesús dijo a Marta, os digo yo a vosotros: «Creed, y veréis la gloria de Dios.» No tengáis por cosa increíble que Dios resucite sus almas muertas. No penséis mal de Jesús porque demore la respuesta a vuestras oraciones: estad seguros de que siempre os oye. ¿Y quién sabe si hoy Jesús no visitará el corazón de algunos de vuestros queridos parientes, por quienes habéis estado de parto [con dolores de parto] hasta que Cristo sea formado en ellos? Ya os habéis compadecido de Marta y María en sus dudas y temores; ¿quién sabe si no participaréis también de aquel gozo que experimentaron sus almas cuando recibieron a su hermano resucitado en sus brazos anhelantes?
¡Oh almas sin Cristo, no sabéis qué dolor causa a vuestros parientes piadosos vuestra permanencia en el pecado! No sabéis cómo afligís el corazón de Jesús. Os ruego que no le deis nuevo motivo para llorar por vosotros a causa de vuestra incredulidad: no le hagáis gemir otra vez en su espíritu y turbarse. Mirad cómo os ha amado, hasta el punto de poner su vida por vosotros. ¿Qué más podía hacer? Os ruego, pues, pecadores muertos, venid fuera; levantaos y cenad con Jesús. Este fue un honor concedido a Lázaro, y el mismo honor os espera a vosotros. No que os vayáis a sentar con él personalmente en esta vida, como lo hizo Lázaro, sino que os sentaréis con él a la mesa de sus ordenanzas, especialmente a la mesa de la cena del Señor, y dentro de poco os sentaréis con él en el reino de los cielos.
Dichosos, tres veces dichosos vosotros, los que ya habéis sido levantados de la muerte espiritual y tenéis en vuestro corazón las arras de una resurrección infinitamente mejor y más gloriosa. Algo sabéis de cuán deleitoso debió de ser para Marta, María y Lázaro sentarse con el bendito Jesús aquí abajo; pero ¡cuánto más infinitamente deleitoso será sentarse, no solo con María y Marta, sino con Abraham, Isaac y Jacob, y con todos vuestros otros queridos hermanos y hermanas, en el reino de los cielos! ¿No anheláis aquel tiempo en que Jesús os diga: «Subid acá»? ¡Pues bien! Bendito sea Dios: aún un poquito, y ese mismo Jesús que clamó a gran voz: «¡Lázaro, ven fuera!», hablará con la misma voz y con el mismo poder a todos los que están en los sepulcros, y saldrán. Que todos los que me oyen hoy puedan entonces levantar la cabeza y regocijarse de que el día de su completa redención ha llegado de veras y plenamente, concédalo Jesucristo por amor de su infinita misericordia. Amén, y amén.
Capítulo 39 completado
La resurrección de Lázaro