Sermones escogidos de George Whitefield
Abraham ofrece a su hijo Isaac

Capítulo 3 · 28 min de lectura · 36 min de escucha

Abraham ofrece a su hijo Isaac

Génesis 22:12 — «Y dijo: No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único.»11Texto completo: Génesis 22:1–12

El gran apóstol Pablo, en una de sus epístolas, nos dice que «las cosas que antes fueron escritas, para nuestra enseñanza fueron escritas, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras tengamos esperanza». Y como sin fe es imposible agradar a Dios, o ser aceptos en Jesús, el Hijo de su amor, podemos estar seguros de que todos los ejemplos de una fe más que común que se registran en el libro de Dios fueron destinados más directamente por el Espíritu Santo para nuestra enseñanza e imitación, a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. Por esta razón el autor de la epístola a los Hebreos, en el capítulo 11, menciona un catálogo tan noble de santos y mártires del Antiguo Testamento, «que conquistaron reinos, hicieron justicia, taparon bocas de leones, etc., y nos han precedido para heredar las promesas». Refutación suficiente, a mi juicio, del error de quienes tienen en poco a los santos del Antiguo Testamento, y no quisieran que se mencionaran a los cristianos como personas cuya fe y paciencia estamos llamados más directamente a seguir. Si así fuera, el apóstol nunca habría presentado tan grande nube de testigos sacada del Antiguo Testamento para animar a los cristianos de la primera edad de la iglesia, y por consiguiente la más pura, a permanecer firmes y constantes en la profesión de su fe. En medio de este catálogo de santos, me parece que el patriarca Abraham es el que brilla con más fulgor, y se diferencia de los demás como una estrella es diferente de otra en gloria; porque resplandeció con un brillo tan señalado que fue llamado «amigo de Dios», «padre de los creyentes»; y de los que creen en Cristo se dice que son «hijos e hijas del creyente Abraham, y benditos con él». Muchas pruebas de su fe envió Dios a este grande y buen hombre, después que le mandó salir de su tierra y de su parentela a la tierra que él le mostraría; pero la última fue la más dura de todas: me refiero a la de ofrecer a su único hijo. Esto es lo que, con la ayuda divina, me propongo hacer materia de vuestra meditación presente, y, a modo de conclusión, sacar de esta instructiva historia algunas consecuencias prácticas, según Dios me capacite.

El escritor sagrado comienza así la narración, versículo 1: «Y aconteció después de estas cosas, que tentó Dios a Abraham». Después de estas cosas, es decir, después de haber pasado antes por muchas pruebas duras, después de haber envejecido, lleno de días, cuando quizá podía lisonjearse de que los trabajos y fatigas de la vida habían terminado ya: «después de estas cosas, que tentó Dios a Abraham». Cristianos, no sabéis con qué pruebas podéis encontraros antes de morir: aunque hayáis padecido y hayáis sido muy probados ya, puede ser que aún quede una medida mayor que tengáis que colmar. «No te ensoberbezcas, sino teme». Nuestras últimas pruebas, con toda probabilidad, serán las mayores; y nunca podremos decir que nuestra milicia ha terminado, o que nuestras pruebas se han acabado, hasta que inclinemos la cabeza y entreguemos el espíritu. «Y aconteció después de estas cosas, que tentó Dios a Abraham».

«Tentó Dios a Abraham». Pero ¿puede contradecirse la Escritura? ¿No nos dice el apóstol Santiago «que Dios no tienta a nadie»? Y en efecto, Dios no tienta a nadie al mal, ni con el propósito de arrastrarle al pecado; porque cuando un hombre es tentado así, es atraído y seducido por la concupiscencia de su propio corazón. Pero en otro sentido puede decirse que Dios tienta, quiero decir, que prueba a sus siervos; y en este sentido hemos de entender aquel pasaje de Mateo donde se nos dice que «Jesús fue llevado por el Espíritu (el buen Espíritu) al desierto, para ser tentado por el diablo». Y nuestro Señor, en aquella excelente forma de oración que ha tenido a bien darnos, no nos manda pedir que no seamos llevados en absoluto a la tentación, sino que seamos librados del mal que hay en ella; de donde podemos inferir claramente que Dios juzga conveniente a veces llevarnos a la tentación, es decir, ponernos en circunstancias tales que prueben nuestra fe y las demás gracias cristianas. En este sentido hemos de entender la expresión que tenemos delante: «Tentó, o probó, Dios a Abraham».

Cómo quiso Dios revelar en esta ocasión su voluntad a su fiel siervo, si por la Shekinah, o aparición divina, o por un silbo apacible y delicado, como habló a Elías, o por un susurro, como el del Espíritu a Felipe cuando le mandó juntarse al carro del eunuco, no se nos dice, ni importa averiguarlo. Basta con que se nos informe que Dios le dijo: Abraham; y que Abraham supo que era la voz de Dios, porque dijo: «Heme aquí». ¡Oh, qué santa familiaridad (si se me permite hablar así) hay entre Dios y las almas santas que están unidas a él por la fe en Cristo Jesús! Dios dice: Abraham; y Abraham respondió (al parecer sin la menor sorpresa): Heme aquí. Reconciliado con Dios por la muerte y la obediencia de Cristo, en las cuales se gozaba y que veía de lejos por la fe, no buscó, como el culpable Adán, los árboles del huerto para esconderse, sino que se deleita en conversar con Dios, y habla con él como habla un hombre con su amigo. ¡Oh, si los pecadores sin Cristo supieran lo que es tener comunión con el Padre y con el Hijo! Envidiarían la dicha de los santos, y tendrían por sumo gozo ser llamados entusiastas y necios por amor de Cristo.

Pero ¿qué dice Dios a Abraham? Versículo 2: «Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré».

Cada palabra merece que la observemos en particular. Lo que hubiera de hacer, debía hacerlo ahora, inmediatamente, sin consultar con carne y sangre. Pero ¿qué debía hacer? «Toma ahora tu hijo». Si Dios hubiera dicho: toma ahora un primogénito, o el cordero o la res más escogida de tu rebaño, y ofrécelo en holocausto, no habría parecido tan espantoso; pero que Dios diga: «toma ahora tu hijo, y ofrécelo en holocausto», bastaría, se diría, para hacer vacilar la fe más fuerte. Pero esto no es todo: no solo ha de ser un hijo, sino «tu único, Isaac, a quien amas». Si ha de ser un hijo, y no una bestia, lo que se ofrezca, ¿por qué no sirve Ismael, el hijo de la esclava? No; ha de ser su único hijo, el heredero de todo, su Isaac, que significa risa, el hijo de su vejez, en quien su alma se deleitaba, «a quien amas», dice Dios, en cuya vida estaba envuelta la suya; y este hijo, este único hijo, este Isaac, el hijo de su amor, debe ser tomado ahora, ahora mismo, sin demora, y ofrecido por su propio padre en holocausto sobre uno de los montes que Dios le diría.

Bien pudo el apóstol, hablando de este hombre de Dios, decir que «creyó en esperanza contra esperanza, y, siendo fuerte en fe, dio gloria a Dios». Porque si no hubiera sido bendecido con una fe como jamás hombre alguno había tenido, habría tenido que negarse a cumplir este duro mandato. ¡Cuántos argumentos podía sugerirle ahora la naturaleza para probar que semejante mandato jamás podía venir de Dios, o para excusarse de obedecerlo! «¡Cómo! (podría haber dicho el buen hombre) ¡degollar a mi propio hijo! Eso es contrario a la misma ley de la naturaleza; y mucho más degollar a mi querido hijo Isaac, en cuya simiente Dios mismo me ha asegurado una numerosa posteridad. Pero suponiendo que pudiera renunciar a mis propios afectos, y estuviera dispuesto a separarme de él, aunque lo amo tan entrañablemente, si lo mato, ¿qué será de la promesa de Dios? Además, ahora soy como una ciudad asentada sobre un monte; resplandezco como luminar en el mundo, en medio de una generación maligna y perversa: ¡cómo haré entonces que el nombre de Dios sea blasfemado, cómo llegaré a ser objeto de burla entre los paganos, si oyen que he cometido un crimen que ellos aborrecen! Pero, sobre todo, ¿qué dirá Sara mi mujer? ¿Cómo podré volver jamás a ella, después de haber empapado (mojado o manchado) mis manos en la sangre de mi querido hijo? ¡Oh, si Dios me dispensara de esto, o tomara mi vida en lugar de la de mi hijo!» Así, digo, podría haber argumentado Abraham, y aun con gran razón en apariencia, para no cumplir el mandato divino. Pero así como antes, por la fe, no consideró la matriz muerta de Sara, cuando ella había pasado ya la edad, sino que creyó a aquel que dijo: «Ciertamente Sara tu mujer te dará a luz un hijo», así ahora, convencido de que el mismo Dios le hablaba y le mandaba ofrecer aquel hijo, y sabiendo que Dios era poderoso para levantarlo aun de entre los muertos, obedece sin demora el llamamiento celestial.

¡Oh, si los incrédulos aprendieran del fiel Abraham, y creyeran todo lo que Dios ha revelado, aunque no puedan comprenderlo plenamente! Abraham sabía que Dios le mandaba ofrecer a su hijo, y por eso creyó, aunque el razonamiento carnal pudiera sugerirle muchas objeciones. Tenemos testimonio suficiente de que Dios nos ha hablado por su Hijo; ¿por qué no hemos de creer también nosotros, aunque muchas cosas del Nuevo Testamento estén por encima de nuestra razón? Porque donde acaba la razón, comienza la fe. Y por más que los incrédulos se den el nombre de racionalistas, son de todos los hombres los más irracionales: porque ¿no es contrario a toda razón medir lo infinito con un entendimiento finito, o pensar que se pueden escudriñar a la perfección los misterios de la piedad?

Pero volvamos al patriarca Abraham. Ya observamos qué objeciones plausibles podría haber hecho; pero no respondió ni una sola palabra: no, sin replicar contra su Hacedor, se nos dice en el versículo 3 que «Abraham se levantó muy de mañana, y enalbardó su asno, y tomó consigo dos mozos suyos, y a Isaac su hijo; y cortó leña para el holocausto, y se levantó, y fue al lugar que Dios le dijo».

De este versículo podemos deducir que Dios habló a Abraham en un sueño o visión de la noche, porque se dice que se levantó muy de mañana. Quizá era cerca de la cuarta vigilia de la noche, justo antes del alba, cuando Dios dijo: Toma ahora tu hijo; y Abraham se levanta muy de mañana para hacerlo, como no dudo que solía levantarse temprano para ofrecer su sacrificio matutino de alabanza y acción de gracias. A menudo se señala de los personajes del Antiguo Testamento que se levantaban muy de mañana; y en particular de nuestro Señor, en el Nuevo, que se levantó mucho antes del amanecer para orar. La mañana es amiga de la devoción; y si la gente no es capaz de negarse a sí misma lo bastante para levantarse temprano a orar, no sé cómo podrá morir en la hoguera (si fuera llamada a ello) por Jesucristo.

Es digna de notar la humildad, así como la piedad, del patriarca: enalbardó él mismo su asno (los grandes hombres deben ser humildes); y, para mostrar su sinceridad, aunque tomó consigo dos mozos suyos, y a Isaac su hijo, guarda su propósito en secreto ante todos ellos; más aún, ni siquiera se lo dice a Sara su mujer, porque no sabía si ella podría ser un lazo para él en este asunto; y así como más tarde Rebeca, en otra ocasión, aconsejó a Jacob que huyera, así también Sara podría haber persuadido a Isaac a esconderse; o los mozos, de haberlo sabido, podrían habérselo llevado por la fuerza, como en tiempos posteriores los soldados libraron a Jonatán de las manos de Saúl. Pero Abraham no buscó tal evasiva, y por eso, como un verdadero israelita en quien no había engaño, él mismo, con resolución, «cortó leña para el holocausto, y se levantó, y fue al lugar que Dios le dijo». En el segundo versículo Dios le mandó ofrecer a su hijo sobre uno de los montes que él le diría. Le mandó ofrecer a su hijo, pero no quiso decirle entonces directamente en qué lugar: esto era para mantenerlo dependiente y velando en oración; porque no hay nada como ser mantenido en espera de Dios; y si lo hacemos, sin duda Dios se nos revelará aún más en su propio tiempo. Practiquemos lo que sabemos, sigamos la providencia hasta donde ya podemos ver; y en lo que no sabemos, en lo que aún no vemos, procuremos solo ser hallados en el camino del deber, y el Señor nos revelará también eso. Abraham no sabía directamente dónde había de ofrecer a su hijo; pero se levanta y se pone en camino, y he aquí que ahora Dios se lo muestra: «Y fue al lugar que Dios le dijo». Vayamos y hagamos nosotros lo mismo.

Versículo 4. «Al tercer día alzó Abraham sus ojos, y vio el lugar de lejos».

De modo que el lugar que Dios le había dicho estaba nada menos que a tres días de camino del lugar donde Dios se le apareció primero y le mandó tomar a su hijo. ¿No era esto para probar su fe, y para hacerle ver que lo que hacía no procedía meramente de un súbito arrebato de devoción, sino que era cosa de elección y de deliberación? Pero ¿quién puede decir lo que sintió el anciano patriarca durante esos tres días? Fuerte como era en la fe, estoy persuadido de que sus entrañas se conmovieron a menudo por su querido hijo Isaac. Me parece ver al buen anciano caminando con su querido hijo de la mano, y mirándolo de vez en cuando, amándolo, y luego apartándose para llorar. Y quizá a veces se queda un poco atrás para derramar su corazón delante de Dios, porque no tenía mortal alguno a quien contar su caso. Luego me parece verlo reunirse de nuevo con su hijo y sus siervos, y hablarles de las cosas tocantes al reino de Dios mientras iban por el camino. Por fin, «al tercer día, alza sus ojos, y vio el lugar de lejos». Y para mostrar que seguía sinceramente resuelto a hacer todo cuanto el Señor le pedía, ni aun ahora quiere descubrir su propósito a sus siervos, sino que «dijo (versículo 5) a sus mozos» (como nosotros deberíamos decir a nuestros pensamientos mundanos cuando estamos a punto de pisar los atrios de la casa del Señor): «Esperad aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos hasta allí y adoraremos, y volveremos a vosotros». Esta era razón suficiente para que se quedaran atrás; y como su amo tenía costumbre de ir con frecuencia a adorar, no podían sospechar lo que se proponía hacer. Y porque Abraham dijo que él y el muchacho volverían, me inclino a pensar que creía que Dios lo resucitaría de entre los muertos, si es que le permitía ofrecer a su hijo en holocausto. Sea como fuere, sigue resuelto a obedecer a Dios hasta lo último; y por tanto,

Versículo 6. «Y tomó Abraham la leña del holocausto, y la puso sobre Isaac su hijo; y él tomó en su mano el fuego y el cuchillo; y fueron ambos juntos». Poco pensaba Isaac que había de ser ofrecido sobre aquella misma leña que llevaba sobre sus hombros; y por eso Isaac, con inocencia y con una santa confianza (porque los hombres buenos no deben mantener a sus hijos a demasiada distancia), «habló a Abraham su padre, y dijo: Padre mío. Y él respondió (con igual afecto y santa condescendencia): Heme aquí, mi hijo». Y para mostrar cuán cuidadoso había sido Abraham (como deben serlo todos los padres cristianos) en enseñar a su Isaac a ofrecer sacrificio a Dios, como un joven instruido en el camino que debe seguir, Isaac dijo: «He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto?» ¡Qué hermosa es la piedad temprana! ¡Qué amable es oír a los jóvenes hacer preguntas acerca de cómo ofrecer sacrificio a Dios de manera aceptable! Isaac sabía muy bien que faltaba un cordero, y que un cordero era necesario para un sacrificio como es debido: «He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto?» Jóvenes y doncellas, aprended de él.

Hasta aquí, es evidente, Isaac nada sabía del designio de su padre; pero creo, por lo que su padre respondió a su pregunta, que fue entonces cuando Abraham se lo reveló.

Versículo 8. «Y dijo Abraham: Hijo mío, Dios se proveerá de cordero para el holocausto». Algunos piensan que Abraham vio de lejos, por la fe, al Señor Jesús, y que aquí habló proféticamente de aquel Cordero de Dios ya inmolado en el decreto divino, y que más tarde habría de ser ofrecido realmente por los pecadores. Este sí que fue un cordero provisto por Dios (nosotros jamás nos habríamos atrevido a imaginarlo) para satisfacer su propia justicia y hacerle justo al justificar al impío. ¿Qué serían todo nuestro fuego y nuestra leña, las mejores preparaciones y obras que podamos hacer o presentar, si Dios no se hubiera provisto de este Cordero para el holocausto? Él no habría podido soportarlas. Las palabras admiten muy bien esta interpretación. Pero, fuera cual fuese la intención de Abraham, no puedo sino pensar que aquí hizo la aplicación y dio a conocer a su hijo el trato de Dios con su alma; y que al fin, con lágrimas en los ojos y el más hondo afecto en el corazón, exclamó: «Tú has de ser el cordero, hijo mío»; Dios me ha mandado que te prepare para holocausto y que te ofrezca sobre el monte que ahora subimos. Y, según se desprende de un versículo posterior, Isaac, convencido de que era la voluntad divina, no opuso resistencia alguna; porque se dice: «Iban ambos juntos»; y además, cuando se nos cuenta que Abraham ató a Isaac, no oímos que se quejara ni que intentara escapar, cosa que bien habría podido hacer, pues tenía (según piensan algunos) cerca de treinta años y era, como es evidente, capaz de cargar leña suficiente para un holocausto. Pero era partícipe de una fe igualmente preciosa que la de su anciano padre, y por eso está tan dispuesto a ser ofrecido como Abraham a ofrecerlo: y «así iban ambos juntos».

Vers. 9. Al fin «llegaron al lugar que Dios le había dicho a Abraham. Edificó allí un altar, y compuso la leña, y ató a Isaac su hijo, y lo puso en el altar sobre la leña».

Y detengámonos aquí un momento, y contemplemos por la fe el lugar donde el padre lo ha puesto. No dudo de que ángeles benditos revoloteaban en torno al altar y cantaban: «Gloria a Dios en las alturas», por haber dado tal fe a un hombre. Venid, todos vosotros, padres de corazón tierno, que sabéis lo que es velar junto a un hijo moribundo: imaginad que veis el altar levantado delante de vosotros, y la leña puesta en orden, y al amado Isaac atado sobre ella; imaginad que veis al anciano padre de pie a su lado, llorando. (Pues, ¿por qué no hemos de suponer que Abraham lloró, si Jesús mismo lloró ante la tumba de Lázaro?) ¡Oh, qué palabras piadosas y tiernas debieron de cruzarse entonces entre el padre y el hijo! Josefo recoge un discurso conmovedor de cada uno; si es auténtico, no lo sé; pero me parece ver las lágrimas rodar por las mejillas del patriarca Abraham; y de la abundancia del corazón exclama: Adiós, adiós, hijo mío; el Señor te dio a mí, y el Señor te llama; sea el nombre del Señor bendito; adiós, Isaac mío, mi único hijo, a quien amo como a mi propia alma; adiós, adiós. Veo al mismo tiempo a Isaac entregándose mansamente en las manos de su Padre celestial, y rogando al Altísimo que fortalezca a su padre terrenal para descargar el golpe. Pero ¿por qué intento describir lo que sintieron el hijo o el padre? Es imposible: podemos, en verdad, formarnos alguna pálida idea de ello, pero nunca lo comprenderemos del todo hasta que lleguemos y nos sentemos con ellos en el reino de los cielos, y les oigamos contar de nuevo la dulce historia. ¡Apresura, oh Señor, aquel tiempo bendito! ¡Oh, venga tu reino!

Y ahora está a punto de descargarse el golpe fatal. «Y extendió Abraham su mano, y tomó el cuchillo, para degollar a su hijo». Pero ¿no creéis que pensaba volver la cabeza al dar el golpe? Más aún, ¿por qué no hemos de suponer que más de una vez retiró la mano después de haberla extendido, queriendo dar otro último adiós a su amado Isaac y deseoso de demorarlo un poco, aunque resuelto al fin a herir de lleno? Sea como fuere, su brazo está ya extendido, el cuchillo está en su mano, y está a punto de llevarlo a la garganta de su querido hijo.

Pero ¡cantad, oh cielos, y alégrate, oh tierra! El apuro del hombre es la oportunidad de Dios: porque he aquí que, cuando el cuchillo, con toda probabilidad, estaba ya junto a su garganta, vers. 11, «el ángel del Señor (o más bien el Señor de los ángeles, Jesucristo, el ángel del pacto eterno) le dio voces (probablemente de un modo muy audible) desde el cielo, y dijo: Abraham, Abraham. (La palabra se repite para captar su atención; y quizá lo repentino de la llamada le hizo retirar la mano, justo cuando iba a herir a su hijo). Y Abraham respondió: Heme aquí».

«Y dijo: No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; que ya conozco que temes a Dios, pues no me rehusaste tu hijo, tu único».

Fue aquí, pues, donde Abraham recibió a su hijo Isaac de entre los muertos, en figura. En efecto, fue ofrecido sobre el altar, y Dios lo miró como ofrecido y entregado a él. Fue entonces cuando la fe de Abraham, puesta a prueba, fue hallada más preciosa que el oro purificado siete veces en el fuego. Ahora, como recompensa de gracia, aunque no de deuda, por este señalado acto de obediencia, Dios da y confirma con juramento la promesa «de que en su simiente serían benditas todas las naciones de la tierra», vers. 17, 18. ¡Con qué consuelo podemos suponer que el buen anciano y su hijo bajaron del monte y volvieron a los mozos! ¡Con qué gozo podemos imaginar que regresó a casa y contó a Sara todo lo sucedido! Y sobre todo, ¡con qué triunfo se regocija ahora en el paraíso de Dios, adorando el amor rico, libre, distintivo, electivo y eterno, que fue lo único que le hizo diferente del resto de la humanidad y le hizo digno de aquel título que llevará mientras duren el sol y la luna: «El padre de los fieles»!

Pero apartemos ahora los ojos de la criatura, y hagamos lo que Abraham, si estuviera presente, nos indicaría; quiero decir, fijémoslos en el Creador, Dios bendito por los siglos.

Veo vuestros corazones conmovidos, veo llorar vuestros ojos. (Y en verdad, ¿quién puede contener el llanto al oír semejante historia?) Pero he aquí, os muestro un misterio, escondido bajo el sacrificio del hijo único de Abraham, que, a menos que vuestros corazones estén endurecidos, ha de haceros derramar lágrimas de amor, y en abundancia. Quisiera esperar que incluso os adelantáis a mí aquí, y que estáis prontos a decir: «Es el amor de Dios, al dar a Jesucristo para que muriera por nuestros pecados». Sí; eso es. Y, sin embargo, quizá halláis que vuestros corazones, al oír esto, no se conmueven tanto. Que esto os convenza de que todos somos criaturas caídas, y de que no amamos a Dios ni a Cristo como deberíamos: porque, si admiráis a Abraham ofreciendo a su Isaac, ¡cuánto más debéis ensalzar, engrandecer y adorar el amor de Dios, que de tal manera amó al mundo, que dio a su Hijo unigénito, Cristo Jesús nuestro Señor, «para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna»! ¿No podemos muy bien exclamar: Ya conocemos, oh Señor, que nos has amado, pues no nos rehusaste tu Hijo, tu único? Abraham era criatura de Dios (y Dios era amigo de Abraham), y por tanto estaba bajo la más alta obligación de entregar a su Isaac. ¡Pero oh, amor asombroso! Siendo nosotros sus enemigos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para que se hiciera maldición por nosotros. ¡Oh, la gratuidad, así como la infinitud, del amor de Dios nuestro Padre! Es inescrutable: me pierdo al contemplarlo; es insondable. Pensad, oh creyentes, pensad en el amor de Dios al dar a Jesucristo como propiciación por nuestros pecados. Y cuando oigáis cómo Abraham edificó un altar, y compuso la leña, y ató a Isaac su hijo, y lo puso en el altar sobre la leña, pensad cómo vuestro Padre celestial ató a Jesucristo, su Hijo único, y lo ofreció sobre el altar de su justicia, y cargó en él las iniquidades de todos nosotros. Cuando leáis que Abraham extendió su mano para degollar a su hijo, pensad, oh pensad, cómo Dios permitió realmente que su Hijo fuera muerto, para que nosotros viviéramos para siempre. ¿Leéis que Isaac llevaba sobre sus hombros la leña sobre la cual había de ser ofrecido? Que esto os conduzca al monte Calvario (este mismo monte Moriah donde Isaac fue ofrecido, según piensan algunos), y contemplad al antitipo, Jesucristo, el Hijo de Dios, cargando, a punto de desplomarse bajo su peso, la cruz en la que había de ser colgado por nosotros. ¿Admiráis a Isaac, que consintió tan libremente en morir, aunque era criatura y, por tanto, estaba obligado a ir cuando Dios lo llamaba? ¡Oh, no olvidéis admirar infinitamente más al amado Señor Jesús, aquella simiente prometida, que dijo de buena gana: «He aquí, vengo», aunque no estaba bajo obligación alguna de hacerlo, «para hacer tu voluntad», para obedecer y morir por los hombres, «oh Dios»! ¿Llorasteis hace un momento, cuando os pedí que imaginaseis ver el altar, y la leña puesta en orden, e Isaac atado sobre el altar? Mirad por la fe, contemplad al bendito Jesús, nuestro gloriosísimo Emmanuel, no atado, sino clavado en un madero maldito: ved cómo cuelga coronado de espinas, escarnecido por todos los que le rodean; ¡ved cómo las espinas lo traspasan, y cómo la sangre corre en arroyos purpúreos por sus sagradas sienes! ¡Escuchad cómo gime el Dios de la naturaleza! ¡Ved cómo inclina la cabeza, y al fin su humanidad entrega el espíritu! Isaac es salvado, pero Jesús, el Dios de Isaac, muere; un carnero es ofrecido en lugar de Isaac, pero Jesús no tiene sustituto; Jesús debe sangrar, Jesús debe morir; Dios el Padre se proveyó de este Cordero desde toda la eternidad. Debía ser ofrecido en el tiempo, o el hombre sería condenado para siempre. Y ahora, ¿dónde están vuestras lágrimas? ¿Os diré: reprimid vuestra voz del llanto? No; antes bien, dejadme exhortaros a mirar a aquel a quien traspasasteis, y a llorar como quien llora por su primogénito: porque nosotros hemos sido los traidores, nosotros hemos sido los asesinos de este Señor de gloria; ¿y no lloraremos aquellos pecados que llevaron al bendito Jesús al madero maldito? Habiendo él hecho tanto, padecido tanto por nosotros, perdonado tanto, ¿no amaremos mucho? ¡Oh, amémosle con todo nuestro corazón, y mente, y fuerzas, y glorifiquémosle en nuestras almas y cuerpos, porque son suyos! Lo cual me lleva a una segunda inferencia que deseo sacar del discurso anterior.

De aquí podemos aprender la naturaleza de la verdadera fe que justifica. Todo el que entiende y predica la verdad tal como está en Jesús ha de reconocer que la salvación es don gratuito de Dios, y que somos salvos, no por ninguna ni por todas las obras de justicia que hayamos hecho o podamos hacer: no; no podemos justificarnos, ni en todo ni en parte, a la vista de Dios. El Señor Jesucristo es nuestra justicia; y si somos aceptos ante Dios, ha de ser únicamente en y por la justicia personal, la obediencia activa y pasiva, de Jesucristo, su Hijo amado. Esta justicia debe sernos imputada, o puesta a nuestra cuenta, y aplicada por la fe a nuestros corazones, o de lo contrario no podremos en manera alguna ser justificados a los ojos de Dios: y en el mismo instante en que un pecador es capacitado para asirse por la fe de la justicia de Cristo, es justificado gratuitamente de todos sus pecados, y jamás vendrá a condenación, aunque antes fuera un tizón del infierno. Así fue como Abraham fue justificado antes de hacer obra buena alguna: fue capacitado para creer en el Señor Cristo; le fue contado por justicia; es decir, la justicia de Cristo le fue transferida, y así se le contó como suya. Este, este es el evangelio; este es el único camino para hallar aceptación ante Dios: las buenas obras nada tienen que ver con nuestra justificación delante de él. Somos justificados solo por la fe, como dice el artículo de nuestra iglesia; conforme a lo cual dice el apóstol Pablo: «Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios». No obstante, las buenas obras tienen su lugar propio: justifican nuestra fe, aunque no nuestras personas; la siguen, y evidencian nuestra justificación a la vista de los hombres. De ahí que el apóstol Santiago pregunte: ¿no fue Abraham justificado por las obras? (aludiendo sin duda a la historia sobre la que hemos estado hablando); es decir, ¿no probó que estaba en estado de justificación, puesto que su fe producía buenas obras? Esta justificación declarativa a la vista de los hombres es lo que ha de entenderse directamente en las palabras del texto: «Ya conozco, dice Dios, que me temes, pues no me rehusaste tu hijo, tu único». No es que Dios no lo supiera antes; sino que esto se dice por condescendencia con nuestra débil capacidad, y muestra claramente que el ofrecimiento de su hijo fue aceptado por Dios como prueba de la sinceridad de su fe, y por eso quedó registrado para las edades venideras. De aquí, pues, podéis aprender si sois bendecidos con el fiel Abraham y sois sus hijos e hijas. Decís que creéis; habláis de gracia gratuita y de justificación gratuita: bien hacéis; también los demonios creen, y tiemblan. Pero la fe que profesáis, ¿ha influido en vuestros corazones, ha renovado vuestras almas y, como la de Abraham, ha obrado por el amor? ¿Están vuestros afectos, como los suyos, puestos en las cosas de arriba? ¿Tenéis la mente en el cielo y, como él, confesáis que sois extranjeros y peregrinos sobre la tierra? En suma, ¿os ha capacitado vuestra fe para vencer al mundo, y os ha fortalecido para entregar a Dios vuestros Isaacs, vuestra risa, vuestras concupiscencias más amadas, amigos, placeres y ganancias? Si es así, tomad consuelo de ello; porque con razón podéis decir: «Sabemos con certeza que tememos y amamos a Dios, o más bien que somos amados por él». Pero si solo sois creyentes de palabra, si solo tenéis una fe de la cabeza y nunca habéis sentido su poder en vuestros corazones, por mucho que os apuntaléis y digáis: «A Abraham tenemos por padre, o Cristo es nuestro Salvador», a menos que obtengáis una fe del corazón, una fe que obra por el amor, jamás os sentaréis con Abraham, Isaac, Jacob o Jesucristo en el reino de los cielos.

Pero debo sacar una inferencia más, y con ella concluiré.

Aprended, oh santos, de lo dicho, a vivir desasidos de todas vuestras comodidades terrenales, y a estar siempre dispuestos a desprenderos de todo cuando Dios os lo pida de vuestra mano. Algunos de vosotros quizá tenéis amigos que son para vosotros como vuestra propia alma; y otros tenéis hijos a cuyas vidas están ligadas vuestras propias vidas: todos, creo, tienen sus Isaacs, sus deleites particulares de una u otra clase. Esforzaos, por amor de Cristo, esforzaos, hijos e hijas de Abraham, en entregarlos cada día a Dios en vuestro afecto, para que, cuando él os pida sacrificarlos de veras, no consultéis con carne y sangre, como tampoco lo hizo el bendito patriarca que ahora tenemos delante. Y en cuanto a vosotros que habéis sido probados en alguna medida como él, que su ejemplo os anime y consuele. Recordad que Abraham, vuestro padre, fue así probado antes que vosotros: pensad, oh pensad en la dicha que ahora goza, y en cómo da gracias a Dios sin cesar por haberlo tentado y probado cuando estaba aquí abajo. Alzad a menudo la mirada con el ojo de la fe, y vedlo sentado con su muy amado Isaac en el mundo de los espíritus. Recordad que dentro de muy poco vosotros también os sentaréis con ellos, y os contaréis unos a otros lo que Dios ha hecho por vuestras almas. Allí espero sentarme con vosotros, y oír de su propia boca esta historia de cómo ofreció a su Hijo, y alabar al Cordero que está sentado sobre el trono por lo que ha hecho por todas nuestras almas, por los siglos de los siglos.

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