Sermones escogidos de George Whitefield
La morada del Espíritu, privilegio común de todos los creyentes

Capítulo 38 · 27 min de lectura · 34 min de escucha

La morada del Espíritu, privilegio común de todos los creyentes

Juan 7:37–39 — «En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. (Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él».

Nada ha hecho más vana la cruz de Cristo; nada ha sido mayor piedra de tropiezo y roca de escándalo para las mentes débiles, que una suposición, hoy corriente entre nosotros, según la cual la mayor parte de lo que contiene el evangelio de Jesucristo estaba destinado solo a los primeros e inmediatos seguidores de nuestro Señor, y por tanto pensado únicamente para uno o dos siglos. En consecuencia, muchos leen hoy la vida, los sufrimientos, la muerte y la resurrección de Jesucristo del mismo modo que se leen los Comentarios de César o las Conquistas de Alejandro: como cosas destinadas más bien a dar materia para la especulación que a ser vividas de nuevo en nosotros y por nosotros.

Y lo que es cierto de las doctrinas del evangelio en general, lo es en particular de la obra del Espíritu de Dios en el corazón de los creyentes; porque, apenas mencionamos la necesidad de que recibamos el Espíritu Santo en estos postreros días, igual que antaño, algunos nos miran como entusiastas y locos, y otros nos presentan como gente que engaña a sabiendas al pueblo y socava la constitución establecida de la iglesia.

Juzgad, pues, vosotros si no es ya hora de que los verdaderos ministros de Jesús, que han sido hechos partícipes de este don celestial, alcen su voz como trompeta y, si no quieren que perezcan aquellas almas por las que el Señor Jesús derramó su preciosa sangre, declaren con toda valentía que el Espíritu Santo es el privilegio y la porción común de todos los creyentes en todas las épocas; y que nosotros, igual que los primeros cristianos, debemos recibir el Espíritu Santo antes de poder ser llamados verdaderamente hijos de Dios.

Por esta razón (y también para responder al propósito de nuestra iglesia al establecer la presente festividad [Pentecostés]) he escogido las palabras del texto.

Las pronunció Jesucristo cuando estaba en la fiesta de los tabernáculos. Nuestro Señor asistía al servicio del templo en general, y a las festividades de la iglesia judía en particular. La festividad a la que ahora asistía era la fiesta de los tabernáculos, que los judíos celebraban por mandato de Dios en memoria de cuando vivían en tiendas. El último día de esta fiesta, muchas personas piadosas acostumbraban ir a buscar agua a cierto lugar y traerla sobre la cabeza, cantando este himno de Isaías: «Y sacaréis con gozo aguas de las fuentes de la salvación». Nuestro Señor, al observarlo, y siendo su costumbre constante espiritualizar todo lo que encontraba, clama: «Si alguno tiene sed, venga a mí (antes que a aquella fuente) y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura (donde se dice que Dios hará brotar agua de una roca seca, y cosas semejantes), de su interior correrán ríos de agua viva». Y para que supiéramos qué quería decir nuestro Salvador con esta agua viva, el evangelista añade enseguida: «Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él».

En estas últimas palabras me detendré principalmente en el discurso que sigue. Y

primero, mostraré brevemente qué se entiende por la palabra Espíritu.

En segundo lugar, que este Espíritu es el privilegio común de todos los creyentes.

En tercer lugar, mostraré la razón en que se funda esta doctrina. Y

por último, concluiré con una exhortación general a creer en Jesucristo, solo por quien podemos recibir el Espíritu.

Primero, he de mostrar qué se entiende por la palabra Espíritu.

Por el Espíritu ha de entenderse evidentemente el Espíritu Santo, la tercera persona de la siempre bendita Trinidad, consustancial y coeterno con el Padre y el Hijo, que procede de ambos y es, sin embargo, igual a ellos. Porque, para usar las palabras de nuestra Iglesia en el oficio de este día, lo que creemos de la gloria del Padre, eso mismo creemos del Hijo y del Espíritu Santo, sin diferencia ni desigualdad alguna.

Así dice san Juan en su primera epístola, capítulo 5, versículo 7: «Tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno». Y nuestro Señor, cuando dio a sus apóstoles el encargo de ir y enseñar a todas las naciones, les mandó bautizar en el nombre del Espíritu Santo, así como del Padre y del Hijo. Y san Pedro, en Hechos 5:3, dijo a Ananías: «Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo?». Y en el versículo 4 dice: «No has mentido a los hombres, sino a Dios». De todos estos pasajes se desprende claramente que el Espíritu Santo es verdadera y propiamente Dios, así como el Padre y el Hijo. Es un misterio inefable, pero un misterio que Dios ha revelado, y por tanto hemos de asentir a él con todo el corazón, puesto que Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que engañe. Paso,

en segundo lugar, a probar que el Espíritu Santo es el privilegio común de todos los creyentes.

Pero aquí no quisiera que se me entendiera como si hablara de recibir el Espíritu Santo de modo que nos capacite para obrar milagros o mostrar señales y prodigios exteriores. Concedo a nuestros adversarios que pretender ser inspirados en este sentido es saber más de lo que está escrito. Quizá no pueda probarse que Dios haya intervenido jamás de esta manera extraordinaria sino cuando había de establecerse alguna nueva revelación, como al establecerse por primera vez la dispensación mosaica y la del evangelio; y, por mi parte, no puedo menos que sospechar del espíritu de los que insisten en que tales milagros se repitan en nuestro tiempo. Porque, habiéndose hecho ahora el mundo nominalmente cristiano (aunque, Dios lo sabe, poco queda entre nosotros de su poder), no hacen falta milagros exteriores, sino solo una cooperación interior del Espíritu Santo con la palabra, para probar que Jesús es el Mesías que había de venir al mundo.

Además, aunque te fuera posible, oh hombre, tener tanta fe que pudieras trasladar montes o echar fuera demonios; más aún, aunque pudieras hablar lenguas humanas y angélicas, y hasta mandar al sol que se detuviera en medio del cielo, ¿de qué te servirían todos estos dones del Espíritu sin ser hecho partícipe de sus gracias santificadoras? Saúl tuvo por un tiempo el espíritu de gobierno, hasta ser mudado en otro hombre, y sin embargo probablemente fue un réprobo. Y muchos que echaron fuera demonios en el nombre de Cristo serán desconocidos por él en el día final. Por tanto, si tuvieras solo los dones y estuvieras desprovisto de las gracias del Espíritu Santo, solo te servirían para llevarte con tanta mayor solemnidad al infierno.

Aquí, pues, nos unimos en la cuestión con nuestros adversarios, y concedemos de buen grado que no hemos de ser inspirados en este sentido, como lo fueron los primeros apóstoles de nuestro Señor. Pero, a menos que los hombres tengan ojos que no ven y oídos que no oyen, ¿cómo pueden leer la última parte del texto y no confesar que el Espíritu Santo, en otro sentido, es el privilegio común de todos los creyentes, hasta el fin del mundo? «Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él». Observad que no dice los que creyesen en él durante una o dos épocas, sino los que creyesen en él en general, es decir, en todo tiempo y en todo lugar. De modo que, a menos que podamos probar que san Juan estaba engañado cuando escribió estas palabras, debemos creer que también nosotros recibiremos el Espíritu Santo si creemos en el Señor Jesús con todo el corazón.

Además, nuestro Señor, poco antes de su amarga pasión, cuando estaba a punto de ofrecer su alma en ofrenda por los pecados del mundo de los escogidos, cuando su corazón estaba más ensanchado y sin duda pediría el don más excelente para sus discípulos, ora así: «Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad»; es decir, que todos sus verdaderos seguidores fueran unidos a él por su santo Espíritu con una unión tan real, vital y mística como la que había entre Jesucristo y el Padre. Digo todos sus verdaderos seguidores, porque es evidente, por las propias palabras de nuestro Señor, que al elevar esta oración nos tenía a la vista a nosotros y a todos los creyentes: «Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos»; de modo que, a menos que tratemos a nuestro Señor como lo trataron los sumos sacerdotes y lo tengamos por blasfemo, debemos confesar que todos los que creen en Jesucristo por la palabra o el ministerio de sus siervos han de ser unidos a Jesucristo siendo hechos partícipes del Espíritu Santo.

Mucho ruido se ha hecho últimamente con la palabra entusiasta, y se ha lanzado contra los predicadores del evangelio como término de oprobio; pero todo cristiano, en el sentido propio de la palabra, ha de ser un entusiasta; es decir, ha de estar inspirado por Dios, o tener a Dios en sí por su Espíritu. San Pedro nos dice que «tenemos preciosas y grandísimas promesas, para que seamos hechos participantes de la naturaleza divina»; nuestro Señor ora «para que seamos uno, como el Padre y él son uno»; y nuestra propia iglesia, conforme a estos textos de la Escritura, en su excelente oficio de la comunión, nos dice que los que reciben dignamente el sacramento «moran en Cristo, y Cristo en ellos; que son uno con Cristo, y Cristo con ellos». Y, sin embargo, los cristianos han de ver su nombre desechado como malo, y los ministros en particular han de ser tenidos por engañadores del pueblo, por afirmar que debemos estar realmente unidos a Dios recibiendo el Espíritu Santo. ¡Espantaos, cielos, sobre esto!

Es verdad que no diré que todos nuestros predicadores instruidos solo en la letra nieguen esta doctrina con palabras expresas; pero en efecto la niegan, porque hablan abiertamente contra los sentimientos interiores y dicen que podemos tener el Espíritu de Dios sin sentirlo, lo cual en realidad es negar la cosa misma. Y si yo quisiera estorbar el avance del evangelio y establecer el reino de las tinieblas, iría por ahí diciendo a la gente que podían tener el Espíritu de Dios y, sin embargo, no sentirlo.

Pero volvamos. Cuando nuestro Señor estaba a punto de subir a su Padre y nuestro Padre, a su Dios y nuestro Dios, dio a sus apóstoles este encargo: «Id, y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». Y conforme a ello, por la autoridad de este encargo, enseñamos y bautizamos en esta y en toda época de la iglesia. Y aunque traducimos las palabras «bautizándolas en el nombre», como el nombre de Dios, en el Padrenuestro y en otros varios lugares, significa su naturaleza, bien podrían traducirse así: «bautizándolas en la naturaleza del Padre, en la naturaleza del Hijo y en la naturaleza del Espíritu Santo». Por consiguiente, si todos hemos de ser bautizados en la naturaleza del Espíritu Santo antes de que nuestro bautismo sea eficaz para salvación, es evidente que todos debemos recibir realmente el Espíritu Santo antes de poder decir que creemos de verdad en Jesucristo. Porque nadie puede decir que Jesús es mi Señor, sino el que ha recibido así el Espíritu Santo.

Podrían citarse muchos otros textos para hacer esta doctrina, si cabe, aún más clara; pero me asombra que alguien que se llame miembro de la iglesia de Inglaterra, y mucho más que muchos que son predicadores en ella, se atrevan siquiera a abrir los labios contra ella. Y, sin embargo, lo digo con dolor, Dios es mi Juez, las personas de la iglesia establecida parecen ignorarla de manera más general que cualesquiera disidentes.

Pero, mis queridos hermanos, ¿qué habéis estado haciendo? ¡Cuántas veces vuestro corazón ha desmentido a vuestros labios! ¡Cuántas veces habéis ofrecido a Dios el sacrificio de los necios, y vuestras oraciones se os han vuelto pecado, si aprobáis y usáis la liturgia de nuestra iglesia y, sin embargo, negáis que el Espíritu Santo sea la porción de todos los creyentes! En la absolución diaria, el ministro exhorta al pueblo a orar para que «Dios le conceda arrepentimiento y su Santo Espíritu»; en la colecta del día de Navidad suplicamos a Dios «que nos renueve cada día por su Santo Espíritu»; en la colecta de la semana pasada pedimos «que nos regocijemos siempre en los consuelos del Espíritu Santo»; y en la oración final, que elevamos cada día, pedimos no solo que la gracia de nuestro Señor Jesucristo y el amor de Dios, sino también que «la comunión del Espíritu Santo» sea con todos nosotros para siempre.

Pero hay más: para algunos se acerca un tiempo solemne; me refiero a los días de Pascua, al final de los cuales todos los que han de ser ordenados al oficio de diácono han de declarar, a la vista de Dios y en presencia de la congregación, que «confían en que son movidos interiormente por el Espíritu Santo a tomar sobre sí ese ministerio»; y a los que han de ser ordenados presbíteros, el obispo ha de repetirles estas solemnes palabras: «Recibe el Espíritu Santo, ahora encomendado a ellos por la imposición de nuestras manos». Y, sin embargo, ¡ojalá no tuviera motivo para decirlo!, muchos que usan nuestras fórmulas, y muchos que han hecho esta buena confesión, se atreven aun así a hablar y predicar contra la necesidad de recibir hoy el Espíritu Santo; y no solo eso, sino que claman contra quienes insisten en ello, tachándolos de locos, entusiastas, cismáticos y socavadores de la constitución establecida.

¡Pero vosotros sois los cismáticos, vosotros sois la ruina de la iglesia de Inglaterra, que siempre andáis clamando: «Templo del Señor, templo del Señor»; y sin embargo hacéis que el pueblo se aparte de nuestra comunión por hambre, alimentándolo solo con las algarrobas secas de una moral muerta, sin sacarle el becerro gordo, quiero decir, las doctrinas de la obra del bendito Espíritu de Dios! Pero esta es la desgracia: muchos de nosotros no somos guiados por el Espíritu Santo, y por tanto no es de extrañar que no podamos hablar de él con sentimiento; suscribimos nuestros artículos y los usamos como llave para entrar en los beneficios eclesiásticos, y luego predicamos contra esos mismos artículos que hemos suscrito. Lejos esté de mí acusar a todo el clero de esta odiosa hipocresía; no, bendito sea Dios, quedan entre nosotros algunos que se atreven a sostener las doctrinas de la Reforma y a predicar la verdad tal como está en Jesús. Pero verdad digo en Cristo, no miento: la generalidad del clero se ha apartado de nuestros artículos y no habla conforme a ellos, ni a la forma de las sanas palabras que nos entregan las Escrituras. ¡Ay de tales ciegos guías de ciegos! ¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno? No es toda vuestra ciencia (falsamente llamada así), no son todos vuestros beneficios lo que podrá libraros del justo juicio de Dios. Aún un poquito, y todos compareceremos ante el tribunal de Cristo; allí, allí os encontraré; allí Jesucristo, el gran Pastor y Obispo de las almas, determinará quiénes son los falsos profetas, quiénes son los lobos con vestidos de ovejas: los que dicen que ahora debemos recibir y sentir el Espíritu Santo, o los que claman contra ello como si fuera doctrina de demonios.

Pero no puedo seguir; es una tarea desagradable censurar a cualquier clase de hombres, sobre todo a los que están en el ministerio, y nada podría excusarlo sino la necesidad: aquella necesidad que arrancó de nuestro mismo Señor tantos ayes contra los escribas y fariseos, los gobernantes y maestros de la iglesia judía instruidos solo en la letra. Y ciertamente, si yo pudiera soportar ver perecer al pueblo por falta de conocimiento y, sin embargo, callar ante quienes le quitan la llave del verdadero conocimiento, las piedras mismas clamarían.

Si queremos devolver a la iglesia su dignidad primitiva, el único camino es vivir y predicar la doctrina de Cristo y los artículos que hemos suscrito; entonces veremos cómo el número de los disidentes disminuye cada día, y la iglesia de Inglaterra llega a ser el gozo de toda la tierra.

He de mostrar, en tercer lugar, lo razonable de esta doctrina.

Digo lo razonable de esta doctrina; porque, por más que al hombre natural le parezca locura, a los que han gustado la buena palabra de vida y han sentido los poderes del siglo venidero les parecerá fundada en la más alta razón; y para los que tienen ojos para ver, admite incluso una demostración; digo una demostración, porque descansa en esta verdad evidente por sí misma: que somos criaturas caídas o, para usar la expresión de la Escritura, que «todos hemos muerto en Adán».

Bien sé que hoy no es cosa rara entre nosotros negar la doctrina del pecado original, así como la divinidad de Jesucristo; pero a los que la niegan les corresponde primero refutar la autoridad de las santas Escrituras. Si puedes probar, tú, incrédulo, que el libro que llamamos la Biblia no contiene los vivos oráculos de Dios; si puedes mostrar que los santos hombres de la antigüedad no escribieron este libro movidos interiormente por el Espíritu Santo, entonces renunciaremos a la doctrina del pecado original; pero, a menos que puedas hacerlo, hemos de insistir en que todos somos concebidos y nacidos en pecado, aunque no fuera por otra razón que por esta: porque aquel Dios que no puede mentir nos lo ha dicho.

Pero ¿qué tiene que ver la luz con las tinieblas, o los incrédulos refinados con la Biblia? ¡Ay!, así como son extraños al poder de Dios, generalmente son igual de extraños a su palabra. Y por eso, si queremos predicarles, hemos de predicar al corazón y desde el corazón, porque hablarles en el lenguaje de la Escritura es como hablarles en una lengua desconocida. ¡Dime, pues, oh hombre, quienquiera que seas, tú que niegas la doctrina del pecado original, si tu conciencia no está cauterizada como con un hierro candente! Dime si no te hallas a ti mismo, por naturaleza, una mezcla de bestia y de demonio. Sé que estas palabras despertarán todo el fariseo que hay en tu corazón; pero no dejes que Satanás te arrastre fuera de aquí; detente un poco y razonemos juntos: ¿no hallas que por naturaleza eres propenso al orgullo? Si no, ¿por qué te ofendes ahora? Además, ¿no hallas en ti las semillas de la malicia, la venganza y toda falta de caridad? ¿Y qué son estas sino los mismos humores del diablo? Además, ¿no seguimos todos por naturaleza nuestros apetitos naturales y nos dejamos llevar por ellos, mirando siempre hacia abajo y nunca hacia arriba, hacia aquel Dios en quien vivimos, y nos movemos, y somos? ¿Y qué es esto sino la naturaleza misma de las bestias que perecen? Por tanto, con tu propio corazón te obligaré a confesar lo que un apóstol inspirado nos dijo hace mucho: que «todo el mundo (por naturaleza) está puesto en el maligno»; no somos mejores que aquellos a quienes san Judas llama «bestias brutas», porque todos tenemos por naturaleza disposiciones que prueban de manera demostrativa que somos terrenales, animales, diabólicos.

Y esto servirá de otro argumento para probar la realidad de la obra del bendito Espíritu en el corazón de los creyentes, frente a aquellos falsos profesantes que niegan que exista tal cosa como influencias del Espíritu Santo que puedan sentirse. Porque, si conceden que el diablo obra, y de tal modo que se le siente, en el corazón de los hijos de desobediencia (lo cual han de conceder, a menos que quieran desmentir a un apóstol), ¿qué tiene de extraño que el Espíritu bueno tenga el mismo poder sobre los que verdaderamente obedecen a la fe de Jesucristo?

Si es verdad, pues, que todos somos por naturaleza, desde la caída, una mezcla de bestia y de demonio, es evidente que todos debemos recibir el Espíritu Santo antes de poder morar con Dios y gozar de él.

Cuando leéis cómo el pródigo del evangelio fue reducido a tan baja condición que comía algarrobas con los cerdos, y cómo Nabucodonosor fue echado a pacer con los bueyes, estoy seguro de que os compadecéis de su desdichado estado. Y cuando oís que Jesucristo dirá en el día final a todos los que no han nacido de nuevo de Dios: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles», ¿no se encoge vuestro corazón dentro de vosotros con un horror secreto? Y si criaturas que tienen solo nuestro grado de bondad no pueden soportar siquiera el pensamiento de morar con bestias o demonios, a cuya naturaleza estamos tan estrechamente emparentados, ¿cómo imaginamos que Dios, que es la bondad infinita y la pureza misma, puede morar con nosotros mientras participamos de la naturaleza de unos y otros? Igual podríamos pensar en reconciliar el cielo y el infierno.

Cuando Adán hubo comido del fruto prohibido, huyó y se escondió de Dios. ¿Por qué? Porque estaba desnudo; estaba ajeno a la vida de Dios, justo castigo de su desobediencia. Ahora bien, todos estamos por naturaleza desnudos y vacíos de Dios, como lo estaba él en aquel momento; y, en consecuencia, hasta que seamos cambiados, renovados y revestidos de nuevo de una naturaleza divina, también nosotros hemos de huir de Dios.

De aquí se ve, pues, lo razonable de que estemos obligados a recibir el Espíritu de Dios. Se funda en la doctrina del pecado original; y por eso hallaréis siempre que los que hablan contra el sentir la obra del Espíritu Santo rara vez mencionan nuestra caída en Adán, o al menos lo hacen de pasada; no, refieren lo que san Pablo dice de la depravación de los incrédulos solo a los de tiempos antiguos. Cuando, por el contrario, es evidente que todos estamos igualmente comprendidos bajo la culpa y las consecuencias del pecado de nuestro primer padre, lo mismo que los demás; y, para usar el lenguaje del artículo de nuestra propia iglesia, «traemos con nosotros al mundo una corrupción que nos hace merecedores de la ira de Dios y de la condenación eterna».

Si os predicara otra doctrina, haría daño a mi propia alma; sería hallado falso testigo ante Dios y ante vosotros; y el que predique otra doctrina, por dignificado y distinguido que sea, llevará su castigo, quienquiera que sea.

De esta razón tan clara se ve, pues, la necesidad de que nosotros, igual que los primeros apóstoles, en este sentido, recibamos el Espíritu de Dios.

Porque la gran obra de la santificación, es decir, de hacernos santos, está reservada particularmente al Espíritu Santo; por eso dice nuestro Señor: «El que no naciere del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios».

Jesucristo descendió para salvarnos no solo de la culpa, sino también del poder del pecado; y por muchas veces que hayamos repetido nuestro credo y dicho a Dios que creemos en el Espíritu Santo, si no hemos creído en él de tal modo que por él estemos realmente unidos a Jesucristo, no tenemos más concordia con Jesucristo que el mismo Belial.

Y ahora, hermanos míos, ¿qué más diré? Decidme: ¿no se han ofendido muchos de vosotros por lo que ya se ha dicho? ¿No piensan algunos de vosotros que, aunque mi intención es buena, he llevado el asunto un poco demasiado lejos? Otros, ¿no están a punto de exclamar que, si esto es verdad, quién podrá entonces ser salvo? ¿No es esto empujar a la gente a la desesperación?

Sí, lo confieso con franqueza; pero ¿a qué desesperación? ¿A desesperar de la misericordia por medio de Cristo? No, Dios no lo quiera; sino a desesperar de vivir con Dios sin recibir el Espíritu Santo. Y quisiera Dios que no solo todos los que hoy me oís, sino el mundo entero, estuviera lleno de esta desesperación. Creedme, no he hecho más de lo que permitís cada día a los médicos de vuestro cuerpo: si tenéis una herida y deseáis de veras curaros, pedís al cirujano que la sonde hasta el fondo; ¿y no se ha de permitir la misma libertad al médico de vuestras almas? ¿Qué he estado haciendo sino sondear vuestras heridas naturales, para convenceros de vuestro peligro y moveros a acudir a Jesucristo en busca de remedio? En verdad os he tratado con toda la suavidad que he podido; y ahora que os he herido, intentaré sanaros. Porque iba, en

último lugar, a exhortaros a todos a venir a Jesucristo por la fe, por la cual vosotros, también vosotros, recibiréis el Espíritu Santo. «Porque esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él».

Esto, esto es lo que anhelo alcanzar. Hasta aquí he estado predicando solo la ley; pero he aquí os traigo nuevas de gran gozo. Si os he herido, no temáis; he aquí os traigo ahora un remedio para todas vuestras heridas. Aunque estéis hundidos en la naturaleza de la bestia y del demonio, si creéis de verdad en Jesucristo recibiréis el Espíritu vivificador prometido en el texto, y seréis restituidos a la libertad gloriosa de los hijos de Dios; digo, si creéis en Jesucristo. «Porque por la fe somos salvos; no por obras, para que nadie se gloríe». Y aunque algunos digan que se requiere una idoneidad en la criatura, y que debemos tener una justicia propia antes de poder asirnos de la justicia de Cristo, sin embargo, si creemos la Escritura, la salvación es don gratuito de Dios en Cristo Jesús nuestro Señor; y todo aquel que cree en él de todo corazón, aunque su alma sea tan negra como el mismo infierno, recibirá el don del Espíritu Santo. He aquí, pues, que me pongo en pie y clamo en este gran día de la fiesta: venga a Jesucristo todo el que tenga sed, y beba. «El que cree en él, de su interior correrán (no solo arroyuelos, sino) ríos enteros de agua viva». Esto lo digo del Espíritu, que ciertamente recibirán los que creen en Jesús. Porque Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos; él es el camino, la verdad, la resurrección y la vida; «el que cree en él, aunque esté muerto, vivirá». No hay acepción de personas para con Jesucristo; altos y bajos, ricos y pobres, todos por igual pueden venir a él con humilde confianza, si se acercan por la fe; de él podemos recibir todos gracia sobre gracia, porque Jesucristo está lleno de gracia y de verdad, y dispuesto a salvar perpetuamente a todos los que se vuelven a él con verdadera fe. Es verdad que generalmente son los pobres los que reciben el evangelio, y «Dios ha elegido a los pobres de este mundo, ricos en fe». Pero, aunque no son llamados muchos poderosos ni muchos nobles, y aunque es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja que entrar un rico en el reino de Dios, aun a vosotros los ricos os ofrezco ahora gratuitamente la salvación por Jesucristo, si renunciáis a vosotros mismos y venís a Jesucristo como pobres pecadores; digo, como pobres pecadores, porque solo los «pobres en espíritu» son tan bienaventurados que tienen derecho al reino de Dios. Y Jesucristo no llama a sí sino a los que tienen sed de su justicia y se sienten trabajados y cargados con el peso de sus pecados. Jesucristo justifica al impío; no vino a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento.

No digáis, pues, que sois indignos, porque esta es palabra fiel y verdadera, y digna de ser recibida por todos: «que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores»; y si sois los primeros de los pecadores, si os sentís tales, en verdad Jesucristo vino al mundo principalmente para salvaros a vosotros. Cuando llamaron a José de la cárcel a la corte de Faraón, se nos dice que se detuvo un tiempo para prepararse; pero vosotros venid con todas vuestras ropas de presos encima; venid pobres, miserables, ciegos y desnudos, tal como estáis, y Dios Padre os recibirá con los brazos abiertos, como al pródigo que volvía. Cubrirá vuestra desnudez con el mejor vestido de la justicia de su amado Hijo, os sellará con el sello de su Espíritu y os alimentará con el becerro gordo, es decir, con los consuelos del Espíritu Santo. ¡Oh, haya, pues, gozo en el cielo por algunos de vosotros que creéis! No me hagáis volver a mi Señor para decirle: Señor, no quieren creer a mi anuncio. No endurezcáis más vuestro corazón; abridlo de par en par y dejad entrar al Rey de gloria. Creedme, estoy dispuesto a ir a la cárcel o a la muerte por vosotros; pero no estoy dispuesto a ir al cielo sin vosotros. El amor de Jesucristo me constriñe a alzar mi voz como trompeta. Mi corazón está lleno; de la abundancia del amor que tengo por vuestras almas preciosas e inmortales habla ahora mi boca; y no solo podría continuar mi discurso hasta la medianoche, sino que podría hablar hasta no poder hablar más. ¿Y por qué habría de desesperar de nadie? No, no puedo desesperar de nadie cuando considero que Jesucristo ha tenido misericordia de un miserable como yo; pero la gracia gratuita de Cristo se me anticipó; me vio en mi sangre, pasó junto a mí y me dijo: Vive; y la misma gracia que fue suficiente para mí, es suficiente también para vosotros. He aquí, el mismo bendito Espíritu está pronto a soplar sobre todos vuestros huesos secos, si creéis en Jesucristo, a quien Dios ha enviado. En verdad, nunca podréis creer en un señor mejor, ni servirle, uno más poderoso o más dispuesto a salvar. Puedo decir que el Señor Cristo es benigno, que su yugo es fácil y su carga sumamente ligera; si, después de haberle servido muchos años, como los siervos bajo la ley, él quisiera despediros, diríais: Amamos a nuestro Señor y no nos apartaremos de él. Venid, pues, mis culpables hermanos, venid y creed en el Señor que os compró con su preciosa sangre; mirad por la fe y ved a aquel a quien traspasasteis; ¡miradlo sangrando, jadeando, muriendo! Miradlo con los brazos extendidos, dispuesto a recibiros a todos; clamad a él como clamó el ladrón arrepentido: Señor, acuérdate de nosotros ahora que estás en tu reino; y él dirá a vuestras almas: Pronto estaréis conmigo en el paraíso. Porque a los que Cristo justificó, a estos también glorifica, sí, con aquella gloria que tuvo con el Padre antes que el mundo fuese. No digáis: He comprado una hacienda y necesito ir a verla; o: He comprado una yunta de bueyes y necesito ir a probarlos; o: Me he casado; estoy ocupado en la ávida búsqueda de la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida, y por tanto no puedo ir. No temáis que vuestro nombre sea desechado como malo, ni ser tenidos por necios por amor de Cristo; aún un poquito, y resplandeceréis como las estrellas en el firmamento para siempre. Creed solamente, y Jesucristo os será sabiduría, justicia, santificación y redención eterna; vuestros cuerpos serán hechos semejantes a su cuerpo glorioso, y vuestras almas participarán de toda la plenitud de Dios.

Lo cual Dios, por su infinita misericordia, etc.

Capítulo 38 completado

La morada del Espíritu, privilegio común de todos los creyentes

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