Capítulo 37 · 18 min de lectura · 24 min de escucha
El deber de escudriñar las Escrituras
Juan 5:39 — «Escudriñad las Escrituras».
Cuando los saduceos vinieron a nuestro bendito Señor y le propusieron la pregunta de «cuál de ellos sería en la otra vida el marido de aquella mujer que en esta había tenido siete», él les dijo que «erraban, ignorando las Escrituras». Y si quisiéramos saber de dónde nacieron primero todos los errores que se han extendido por la iglesia de Cristo, hallaríamos que, en gran medida, brotaron de la misma fuente: la ignorancia de la palabra de Dios.
Nuestro bendito Señor, aunque era el Dios eterno, como hombre hizo de las Escrituras su regla y guía constante. Y por eso, cuando un intérprete de la ley le preguntó cuál era el gran mandamiento de la ley, lo remitió a su Biblia para hallar la respuesta: «¿Cómo lees?». Y así también, cuando fue llevado por el Espíritu para ser tentado por el diablo, rechazó todos sus asaltos con un «escrito está».
Ahí tenéis una refutación suficiente de la opinión de quienes dicen que «el Espíritu solo, y no el Espíritu por medio de la Palabra, ha de ser nuestra regla de conducta». Si así fuera, nuestro Salvador, que tenía el Espíritu sin medida, no habría tenido necesidad de remitirse siempre a la palabra escrita.
Pero ¡qué pocos imitan el ejemplo de Cristo! ¿Cuántos hay que no hacen caso alguno de la palabra de Dios, sino que arrojan a un lado los sagrados oráculos como un libro anticuado, bueno solo para gente sin letras?
Los tales yerran gravemente, ignorando lo que son las Escrituras. Por tanto,
Primero, mostraré que es deber de todos escudriñarlas.
Y en segundo lugar, os daré algunas indicaciones para que las escudriñéis con provecho.
I. He de mostrar que es deber de toda persona escudriñar las Escrituras.
Por las Escrituras entiendo la ley y los profetas, y aquellos libros que en todas las épocas han sido tenidos por canónicos y que forman ese volumen al que comúnmente llamamos la Biblia.
A estos se les llama enfáticamente las Escrituras y, en un lugar, la «Escritura de verdad», como si ningún otro libro mereciera, en comparación con ellos, el nombre de escrito verdadero o de escritura.
No son de interpretación, autoridad ni invención privada, sino que los santos hombres de Dios de la antigüedad los escribieron siendo inspirados por el Espíritu Santo.
La causa de que Dios se revelara así al género humano fue nuestra caída en Adán y la necesidad de nuestro nuevo nacimiento en Cristo Jesús. Y si escudriñamos las Escrituras como debemos, hallaremos que la suma y sustancia, el Alfa y la Omega, el principio y el fin de ellas, es conducirnos al conocimiento de estas dos grandes verdades.
Todas las amenazas, promesas y preceptos, todas las exhortaciones y doctrinas que contienen, todos los ritos, ceremonias y sacrificios establecidos bajo la ley judía; más aún, casi todas las partes históricas de la santa Escritura, dan por supuesto que hemos caído en Adán, y o bien nos señalan a un Mediador que había de venir, o bien hablan de él como ya venido en la carne.
Si el hombre hubiera permanecido en el estado de inocencia, no habría necesitado una revelación exterior, porque la ley de Dios estaba tan profundamente escrita en las tablas de su corazón. Pero, habiendo comido del fruto prohibido, incurrió en el desagrado de Dios y perdió la imagen divina; y por eso, sin una revelación externa, jamás podría saber cómo Dios se reconciliaría con él, ni cómo habría de ser salvado de la miseria y las tinieblas de su naturaleza caída.
Para probar que estas verdades son así, no necesito remitiros a otro libro que a vuestro propio corazón.
Porque, si no somos criaturas caídas, ¿de dónde vienen esas abominables corrupciones que cada día brotan en nuestro corazón? No pudimos salir así de corrompidos de las manos de nuestro Hacedor, porque él, siendo la bondad misma, no podía hacer nada que no fuera semejante a sí mismo: santo, justo y bueno. Y que necesitamos ser librados de estos desórdenes de nuestra naturaleza es evidente, porque hallamos en nosotros mismos una resistencia a reconocer que estamos así depravados, y siempre nos esforzamos por aparecer ante los demás con una disposición y un temple de ánimo muy distintos de los que tenemos.
Apelo a la experiencia del más docto de los que disputan contra la revelación divina: ¿no halla en sí mismo que es por naturaleza orgulloso, iracundo, vengativo y lleno de otras pasiones contrarias a la pureza, la santidad y la longanimidad de Dios? ¿Y no es esto una demostración de que, de un modo u otro, ha caído de Dios? Y apelo también: al mismo tiempo que halla en su corazón estos deseos dañinos, ¿no se esfuerza por parecer amable, cortés, bondadoso y afable [amistoso, de buen natural, de trato fácil]? ¿Y no es esto una prueba manifiesta de que siente que es desdichado y desea, sin saber cómo, ser redimido o librado de ello?
Aquí, pues, interviene Dios con su palabra y abre ante sus ojos, en las santas Escrituras, un escenario tal de amor divino y de bondad infinita, que nadie sino hombres de mente tan corrompida y réproba como nuestros deístas modernos cerraría los ojos ante él.
¿Qué hace Dios en su palabra escrita, ni más ni menos, sino mostrarte, oh hombre, cómo has caído en esa ceguera, esas tinieblas y esa miseria que sientes y de las que te quejas? Y al mismo tiempo te señala el camino hacia lo que deseas, a saber, cómo puedes ser redimido de ello creyendo en el Hijo de su amor e imitándolo.
Como os dije antes, os lo digo otra vez: sobre estas dos verdades descansa toda la revelación divina. Nos ha sido dada sin otro fin que mostrarnos nuestra miseria y nuestra felicidad, nuestra caída y nuestra restauración; o, en una palabra, de qué manera morimos en Adán y cómo en Cristo podemos ser vivificados de nuevo.
De aquí, pues, nace la necesidad de escudriñar las Escrituras: puesto que no son otra cosa que la gran carta de nuestra salvación, la revelación de un pacto hecho por Dios con los hombres en Cristo y una luz para guiarnos por el camino de paz, se sigue que todos están obligados a leerlas y escudriñarlas, porque todos han caído igualmente de Dios y todos necesitan igualmente ser instruidos sobre cómo han de ser restaurados a él y unidos de nuevo con él.
¡Qué neciamente obran, pues, los incrédulos disputadores de esta generación, que de continuo o piden señales del cielo o buscan pruebas exteriores para demostrar la verdad de la revelación divina! Cuando lo que tan ansiosamente buscan está cerca de ellos, más aún, dentro de ellos. Porque basta que consulten su propio corazón y no podrán menos que sentir lo que les falta. Basta que consulten los vivos oráculos de Dios y no podrán menos que ver revelado un remedio para todas sus necesidades, y que la palabra escrita responde a las necesidades y deseos de su corazón tan exactamente como en el agua el rostro responde al rostro. ¿Dónde está, pues, el escriba? ¿Dónde el sabio? ¿Dónde la solidez de los razonamientos de los disputadores de este siglo? ¿No se les ha revelado Dios tan claramente como su propio corazón pudiera desear? Y, sin embargo, piden una señal; pero no se les dará otra señal. Porque si no creen una revelación tan adecuada en todo a sus necesidades, tampoco se persuadirán aunque alguno se levante de los muertos.
Pero este discurso no está destinado tanto a los que no creen como a aquellos que saben y creen que las Escrituras contienen una revelación venida de Dios, y que es su deber, como principales interesados, no solo leerlas, sino también escudriñarlas.
Paso, pues, en
segundo lugar, a daros algunas indicaciones sobre cómo podéis escudriñarlas con provecho.
Primero, tened siempre a la vista el fin para el cual fueron escritas las Escrituras, que es mostrarnos el camino de la salvación por Jesucristo.
«Escudriñad las Escrituras —dice nuestro bendito Señor—, porque ellas son las que dan testimonio de mí». Buscad, pues, siempre a Cristo en la Escritura. Él es el tesoro escondido en el campo, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. En el Antiguo lo hallaréis bajo profecías, figuras, sacrificios y sombras; en el Nuevo, manifestado en la carne para ser propiciación por nuestros pecados como Sacerdote, y como Profeta para revelar toda la voluntad de su Padre celestial.
Tened, pues, siempre a Cristo a la vista cuando leáis la palabra de Dios, y esto, como la estrella en el oriente, os guiará al Mesías, os servirá de llave para todo lo que es oscuro y os abrirá la sabiduría y las riquezas de todos los misterios del reino de Dios.
En segundo lugar, escudriñad las Escrituras con una disposición humilde, como de niño.
Porque el que no las lea con este ánimo, de ningún modo entrará en el conocimiento de las cosas que en ellas se contienen. Pues Dios esconde su sentido a los que son sabios y entendidos a sus propios ojos, y lo revela solo a los niños en Cristo: a los que piensan que todavía no saben nada como deben saberlo; a los que tienen hambre y sed de justicia y desean humildemente ser alimentados con la leche no adulterada de la palabra, para crecer por ella.
Figuraos, pues, cuando escudriñéis las Escrituras, y sobre todo cuando leáis el Nuevo Testamento, que estáis con María, sentados a los pies del santo Jesús; y estad tan dispuestos a aprender lo que Dios os enseñe como lo estuvo Samuel cuando dijo: «Habla, Señor, que tu siervo oye».
¡Oh, si los incrédulos derribaran todo pensamiento altivo y toda imaginación que se levanta contra la voluntad revelada de Dios! ¡Oh, si, como niños recién nacidos, desearan ser alimentados con la leche pura de la palabra! Entonces ya no los veríamos burlarse de la revelación divina, ni leerían más la Biblia con la misma intención con que los filisteos sacaron a nuestro Sansón: para divertirse a su costa; sino que verían la imagen y la inscripción divinas escritas en cada línea. Oirían a Dios hablar a sus almas por medio de ella y, en consecuencia, serían edificados en el conocimiento y el temor de aquel que es su Autor.
En tercer lugar, escudriñad las Escrituras con la sincera intención de poner por obra lo que leéis.
El deseo de hacer la voluntad de Dios es el único camino para conocerla; si alguno quiere hacer mi voluntad, dice Jesucristo, «conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta». Como también dice en otro lugar a sus discípulos: «A vosotros (que estáis dispuestos a cumplir vuestro deber) os es dado conocer los misterios del reino de Dios; mas a los que están fuera (que solo buscan levantar objeciones contra mi doctrina) todas estas cosas se les dicen por parábolas, para que viendo vean y no entiendan, y oyendo oigan y no perciban».
Porque es justo que Dios envíe esos poderosos engaños para que crean la mentira, y que oculte el conocimiento de sí mismo a todos los que no lo buscan con una intención sincera.
Jesucristo es hoy el mismo que antes para los que desean saber por su palabra quién es él, para creer en él y vivir por él; y a tal persona se le revelará tan claramente como lo hizo a la mujer de Samaria cuando le dijo: «Yo soy, el que habla contigo»; o como lo hizo al hombre que había nacido ciego, a quien los judíos habían expulsado por causa de su nombre: «El que habla contigo, él es». Pero a los que consultan su palabra sin deseo de conocerlo ni de guardar sus mandamientos, sino solo para entretenerse o para burlarse de la sencillez del modo en que se revela, a esos, digo, jamás se les revelará, aunque escudriñen las Escrituras por toda la eternidad. Así como nunca quiso decir si era el Mesías o no a quienes le hacían esa pregunta por curiosidad o para tener de qué acusarle.
En cuarto lugar, para escudriñar las Escrituras con mayor eficacia aún, aplicad a vuestro propio corazón todo lo que leáis.
Porque todo lo que fue escrito en el libro de Dios, para nuestra enseñanza fue escrito. Y lo que Cristo dijo a los de antaño, debemos considerarlo dicho también a nosotros; pues, siendo las santas Escrituras nada más que una revelación de Dios sobre cómo el hombre caído ha de ser restaurado por Jesucristo, todos los preceptos, amenazas y promesas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos tanto como a aquellos a quienes se dieron a conocer directamente.
Así el Apóstol, cuando nos dice que vivía en la fe del Hijo de Dios, añade: «el cual murió y se entregó a sí mismo por mí». Es esta aplicación de Jesucristo a nuestro corazón lo que hace eficaz su redención para cada uno de nosotros.
Y es esta aplicación de todas las partes doctrinales e históricas de la Escritura, cuando las vamos leyendo, lo que debe hacerlas provechosas para nosotros, pues fueron destinadas para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, y para que todo hijo de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.
Me atrevo a apelar a la experiencia de todo lector espiritual de la santa Escritura: si consultó la palabra de Dios de este modo, ¿no fue dirigido en todo tiempo y en toda ocasión sobre cómo obrar con tanta claridad como si hubiera consultado el Urim y Tumim que estaba sobre el pecho del sumo sacerdote? Porque esta es la manera en que Dios se revela ahora al hombre: no haciendo nuevas revelaciones, sino aplicando al corazón de todo lector sincero las cosas generales que ya están reveladas.
Y esto, dicho sea de paso, responde a una objeción de quienes dicen: «La palabra de Dios no es una regla perfecta de conducta, porque no puede dirigirnos sobre cómo obrar o decidir en casos particulares, ni a qué lugar ir cuando estamos en duda; y por tanto el Espíritu, y no la palabra, ha de ser nuestra regla de conducta».
Pero esto lo niego, y afirmo por el contrario que Dios, en todo tiempo, circunstancia y lugar, por menudos y particulares que sean, si buscamos con diligencia la asistencia de su Espíritu Santo, aplicará las cosas generales a nuestro corazón y, por ese medio, para usar las palabras del santo Jesús, nos guiará a toda verdad y nos dará la asistencia particular que necesitamos. Pero esto me lleva a una
quinta indicación sobre cómo escudriñar las Escrituras con provecho: procurad alcanzar aquel Espíritu por el cual fueron escritas.
Porque el hombre natural no percibe las palabras del Espíritu de Dios, porque se han de discernir espiritualmente; las palabras que Cristo ha hablado son espíritu y son vida, y el mero hombre natural no puede entender su verdadero sentido y significado más de lo que una persona que nunca aprendió una lengua puede entender a otro que la habla. Por eso algunos han comparado, no sin razón, las Escrituras a la nube que iba delante de los israelitas: son oscuras y difíciles de entender para el hombre natural, como la nube parecía oscura a los egipcios; pero son luz, son vida para los verdaderos cristianos, así como aquella misma nube que parecía oscura a Faraón y a su casa resultaba resplandeciente y del todo gloriosa para el Israel de Dios.
Fue la falta de la asistencia de este Espíritu lo que hizo que Nicodemo, maestro de Israel y principal entre los judíos, fuera tan del todo ignorante de la doctrina de la regeneración: porque, siendo solo un hombre natural, no podía entender cómo podía hacerse aquello. Fue la falta de este Espíritu lo que hizo que los discípulos de nuestro Salvador, aunque él conversaba con ellos tan a menudo, se equivocaran cada día sobre la naturaleza de las doctrinas que les enseñaba. Y es porque el velo natural no ha sido quitado de su corazón por lo que tantos que hoy pretenden escudriñar las Escrituras no ven más allá de la letra desnuda, y siguen siendo completamente extraños al sentido espiritual encerrado en cada parábola y contenido en casi todos los preceptos del libro de Dios.
En verdad, ¿cómo podría ser de otro modo? Porque, siendo Dios espíritu, no puede comunicarse al corazón de los hombres sino de manera espiritual; y, en consecuencia, si somos extraños a su Espíritu, hemos de seguir siendo extraños a su palabra, porque es del todo semejante a él: espiritual. Procurad, pues, con empeño alcanzar este bendito Espíritu; de lo contrario, vuestro entendimiento nunca será abierto para entender rectamente las Escrituras. Y recordad que la oración es uno de los medios más directos para obtener este Espíritu Santo. Por tanto,
en sexto lugar, permitidme aconsejaros que, antes de leer las Escrituras, oréis para que Cristo, conforme a su promesa, envíe su Espíritu a guiaros a toda verdad; intercalad breves jaculatorias mientras estáis leyendo; orad sobre cada palabra y cada versículo, si es posible; y cuando cerréis el libro, suplicad a Dios con todo fervor que las palabras que habéis leído sean injertadas interiormente en vuestro corazón y produzcan en vosotros los frutos de una buena vida.
Haced esto y, con una santa violencia, atraeréis al Espíritu Santo de Dios a vuestro corazón; experimentaréis su influencia llena de gracia y lo sentiréis iluminar, vivificar e inflamar vuestras almas por medio de la palabra de Dios; entonces no solo leeréis, sino que notaréis, aprenderéis y digeriréis interiormente lo que leáis; y la palabra de Dios será verdadera comida y verdadera bebida para vuestras almas; entonces seréis como Apolos, poderosos en las Escrituras; seréis escribas doctos en el reino de Dios, y sacaréis del buen tesoro de vuestro corazón cosas tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento para regalar a todos aquellos con quienes conversáis. Una
indicación más, que será la última. En séptimo lugar, leed la Escritura con constancia o, para usar la expresión de nuestro Salvador en el texto, «escudriñad las Escrituras»; cavad en ellas como en busca de un tesoro escondido; porque aquí hay una alusión manifiesta a los que cavan en las minas, y nuestro Salvador quiere enseñarnos con ello que, si queremos hacernos sabios por su palabra, debemos esforzarnos tanto en leerla con constancia como los que cavan en busca de oro y plata. Las Escrituras contienen lo profundo de Dios y, por tanto, nunca se las puede escudriñar lo suficiente con una lectura descuidada, superficial y apresurada, sino solo con una aplicación diligente, atenta y humilde.
El salmista pone como señal distintiva del hombre bueno que «en la ley de Dios medita de día y de noche». Y «nunca se apartará de tu boca este libro de la ley (dice Dios a Josué), sino que de día y de noche meditarás en él»; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien. Escudriñad, pues, las Escrituras, no solo con devoción, sino a diario, porque en ellas están las palabras de vida eterna; velad constantemente a las puertas de la sabiduría, y ella entonces, y no antes, desplegará y abrirá ante vosotros sus tesoros celestiales. Los que sois ricos no tenéis excusa si no lo hacéis; y los que sois pobres debéis cuidar de aprovechar el poco tiempo que tenéis: porque por las Escrituras seréis absueltos, y por las Escrituras seréis condenados en el día postrero.
Pero quizá no tenéis gusto por este libro despreciado; quizá las comedias, las novelas y los libros de entretenimiento refinado son más de vuestro gusto. Si tal es vuestro caso, permitidme deciros que vuestro gusto está viciado [corrompido, depravado], y que, si no es corregido por el Espíritu y la palabra de Dios, nunca entraréis en su reino celestial: porque, si no os deleitáis en Dios aquí, ¿cómo seréis hechos aptos para morar con él en el más allá? ¿Es, pues, pecado, diréis, leer libros inútiles e impertinentes? Respondo: sí. Y por la misma razón por la que es pecado entregarse a conversaciones inútiles, porque ambas cosas tienden directamente a contristar y apagar al Espíritu, que es lo único por lo cual podemos ser sellados para el día de la redención. Quizá repliquéis: ¿Cómo sabremos esto? Pues bien, poned por obra el precepto del texto; escudriñad la Escritura de la manera que se os ha recomendado, y entonces os convenceréis del peligro, la pecaminosidad y la insatisfacción de leer otros libros que no sean el libro de Dios, o los que están escritos en el mismo espíritu. Entonces diréis: cuando era niño e ignoraba la excelencia de la palabra de Dios, leía lo que el mundo llama libros inofensivos, como otros niños en conocimiento, aunque viejos en años, han hecho y siguen haciendo; pero ahora que he gustado la buena palabra de vida y he llegado a un conocimiento más perfecto de Cristo Jesús mi Señor, dejo estas cosas pueriles y frívolas, y estoy resuelto a no leer otros libros que los que me llevan al conocimiento de mí mismo y de Cristo Jesús.
Escudriñad, pues, las Escrituras, mis queridos hermanos; gustad y ved cuán buena es la palabra de Dios, y entonces nunca dejaréis aquel maná celestial, aquel pan de ángeles, para alimentaros de algarrobas secas, de ese pan liviano, de esas composiciones frívolas y pecaminosas en que se deleitan los hombres de gusto pervertido: no, entonces desdeñaréis tan pobre entretenimiento y os avergonzaréis de haberlo amado alguna vez. La palabra de Dios os será entonces más dulce que la miel y que la que destila del panal, y más preciosa que el oro y la plata; vuestras almas, al leerla, serán saciadas, por así decirlo, como de meollo y de grosura, y vuestros corazones serán moldeados insensiblemente al espíritu de su bendito Autor. En suma, seréis guiados por la sabiduría de Dios aquí, y conducidos por la luz de su palabra divina a la gloria en el más allá.
Capítulo 37 completado
El deber de escudriñar las Escrituras