Sermones escogidos de George Whitefield
Las bodas de Caná

Capítulo 36 · 31 min de lectura · 40 min de escucha

Las bodas de Caná

Juan 2:11 — «Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él».

Más de una vez he tenido ocasión de observar que el fin principal que San Juan tenía a la vista cuando escribió su evangelio era probar la divinidad de Jesucristo [aquel Verbo que no solo estaba desde la eternidad con Dios, sino que también era verdaderamente Dios, bendito por los siglos] contra aquellos grandes herejes, Ebión y Cerinto, cuyos principios perniciosos siguen demasiados en estos postreros días. Con este propósito, podéis notar que es más minucioso que ningún otro evangelista al referir los divinos discursos de nuestro Señor, y también los gloriosos milagros que obró, no por un poder recibido de otro, como Moisés y otros profetas, sino por un poder inherente en él mismo.

Las palabras del texto se refieren a un notable milagro que Cristo realizó, y con el cual dio prueba de su eterno poder y divinidad. «Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él».

El milagro del que aquí se habla es aquel en que nuestro Señor convirtió el agua en vino en un banquete de bodas. Me propongo ahora, con la ayuda de Dios, hacer algunas observaciones sobre las circunstancias y la certeza del milagro, y luego concluir con algunas instrucciones prácticas; para que vosotros, al oír cómo Jesucristo ha manifestado su gloria, seáis llevados, por la operación del Espíritu de Dios en vuestros corazones, a creer en él junto con los discípulos mencionados en el texto.

En primer lugar, pues, quisiera hacer algunas observaciones sobre el milagro mismo.

Versículos 1 y 2: «Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la madre de Jesús. Y fueron también llamados a las bodas Jesús y sus discípulos». Por estar nuestro Señor en un banquete podemos aprender que celebrar banquetes en ocasiones solemnes no es absolutamente ilícito; pero en tales ocasiones debemos tener sumo cuidado de que la ocasión sea solemne, y de no ir por comer y beber, sino para edificarnos unos a otros en amor. Celebrar banquetes de cualquier otra manera lo tengo por absolutamente ilícito para los seguidores de Jesucristo, porque si comemos y bebemos con cualquier otra mira, no puede ser para la gloria de Dios. El Hijo del hombre, lo sabemos, «vino comiendo y bebiendo». Si un fariseo le rogaba que fuera a su casa, nuestro Señor iba y se sentaba a la mesa con él. Pero vemos que su conversación era siempre tal que tendía a la edificación. Sin duda, pues, podemos ir y hacer nosotros lo mismo.

Podemos observar además que, si nuestro Señor estuvo presente en un banquete de bodas, prohibir el matrimonio a cualquier orden de hombres es ciertamente una «doctrina de demonios». «El matrimonio (dice el apóstol) es honroso en todos». Nuestro Señor honró un banquete de bodas con su primer milagro público. Fue una institución de Dios mismo, ya en el paraíso; y por tanto, sin duda, lícita para todos los cristianos, aun para los que son perfeccionados en santidad por la fe de Jesucristo. Pero de aquí podemos aprender la razón por la que hay tantos matrimonios desdichados en el mundo: es porque los interesados no invitan a Jesucristo por medio de la oración, ni piden consejo a sus verdaderos discípulos cuando están a punto de casarse. No; Cristo y la religión son lo último que se consulta; y no es de extrañar, pues, que los enlaces que hace el diablo (como lo son todos los que se contraen solo a causa de la belleza exterior, o por amor de la ganancia deshonesta) resulten muy desdichados y penosos de sobrellevar.

No puedo dejar de detenerme un poco en este punto, porque estoy persuadido de que el diablo no puede tender mayor lazo a los cristianos jóvenes que tentarlos a unirse en yugo desigual con los incrédulos, como lo son todos los que no han nacido de nuevo de Dios. Este fue el lazo en que se enredaron los hijos de Dios antes del diluvio, y una de las grandes causas por las que Dios trajo aquel diluvio sobre el mundo. Porque ¿qué dice Moisés, en Génesis 6:2, 3? «Viendo los hijos de Dios (la descendencia del piadoso Set) que las hijas de los hombres (o sea, la descendencia del impío Caín) eran hermosas (no que fueran piadosas), tomaron para sí mujeres de entre todas las que escogieron»: no las que Dios escogió para ellos. ¿Qué sigue? «Y dijo el Señor: No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne»; es decir, habiéndose vuelto carnales por sus matrimonios impíos aun las pocas almas justas, el mundo entero se había hecho del todo abominable, y se habían hecho a sí mismos vasos de ira preparados para destrucción. Podría citar además el cuidado que tuvieron los antiguos patriarcas de escoger mujeres para sus hijos de entre sus propias familias piadosas; y fue una gran señal de la rebeldía de Esaú contra su padre que tomara para sí mujeres de las hijas de los cananeos, que eran ajenas al pacto de la promesa hecho a sus padres. Pero me contengo. El tiempo no me permite extenderme aquí. Bástenos aconsejar a todos que, siempre que entren en el estado del matrimonio, imiten a la gente de Caná de Galilea e inviten a Cristo a las bodas. Él ciertamente os oirá y escogerá por vosotros; y siempre hallaréis que su elección es la mejor. Entonces os guiará a compañeros de yugo que os sean ayuda idónea en la gran obra de vuestra salvación, y además os capacitará para servirle sin impedimento, y hará que andéis, como Zacarías y Elisabet, sin reprensión en todos sus mandamientos y ordenanzas.

Pero sigamos adelante. No se sabe con certeza quiénes eran las personas que invitaron a nuestro Señor y a sus discípulos a las bodas. Algunos (porque se dice que la madre de Jesús estaba allí) han supuesto que eran parientes de la Virgen, y que por eso nuestro Señor y sus discípulos fueron invitados por causa de ella. Sea como fuere, parece que no eran muy ricos (pues ¿qué tenían que ver los ricos con un despreciado Jesús de Nazaret y sus humildes seguidores?), porque vemos que no estaban provistos de suficiente vino para una concurrencia numerosa; y por eso, «faltando el vino, la madre de Jesús», que, según parece por la prontitud con que acudió a él en esta ocasión, había visto ya, aun en su vida privada, algunas muestras de su poder milagroso, «le dijo: No tienen vino». Pensó que bastaba con informarle de la necesidad del anfitrión, sabiendo que él estaba tan dispuesto a dar como ella a pedir. Así nos parece a primera vista la petición de la bienaventurada Virgen; pero si examinamos la respuesta de nuestro Señor, tendremos razones para pensar que había algo que no estaba bien; porque Jesús le dice, en el versículo 4: «Mujer, ¿qué tengo yo contigo?». Observad que la llama mujer, no madre, para mostrarle que, aunque ella era su madre en cuanto él era hombre, era, sin embargo, su criatura en cuanto él era Dios. «¿Qué tengo yo contigo?». ¿Pensáis que he de obrar milagros a vuestras órdenes? Algunos han pensado que ella habló como si tuviera autoridad sobre él, lo cual era un impulso de orgullo, y que por eso nuestro Señor la reprende. Y si Jesucristo, mientras estuvo aquí en la tierra, no quiso convertir un poco de agua en vino a su mandato, ¡cuán idólatra es aquella iglesia, y con cuánta razón nos separamos de ella, que prescribe fórmulas en las que se ruega a la Virgen que mande a su Hijo tener compasión de nosotros!

Pero aunque la santa Virgen fue reprensible en este aspecto, con todo, ha dado aquí a ricos y pobres un ejemplo que es vuestro deber seguir. Vosotros, los ricos, que vivís en casas artesonadas, aprended de ella a entrar en las chozas de los pobres; vuestro Señor no se tuvo por demasiado alto para ello, ¿y por qué habríais de tenerlo vosotros? Y cuando los visitéis, examinad, como la virgen madre, sus necesidades; y cuando veáis que no tienen vino y que están a punto de perecer de hambre, no cerréis vuestras entrañas de compasión, sino bendecid al Señor por haber puesto en vuestro poder el socorrer sus necesidades. Creedme, tales visitas os harían bien. Aprenderíais entonces a ser agradecidos porque Dios os ha dado pan de sobra. Y estoy persuadido de que cada blanca que deis para alimentar a los hambrientos y vestir a los desnudos discípulos de Jesucristo os dará más satisfacción en la hora de la muerte, y en el día del juicio, que todos los millares derrochados en bailes, saraos y otras diversiones semejantes.

Vosotros, los pobres en los bienes de este mundo, que por ello no podéis ayudar, aún podéis aprender de la Virgen a orar los unos por los otros. Ella no podía convertir el agua en vino, pero podía rogar a su Hijo que lo hiciera; y así podéis vosotros; y no dudéis de que el Señor os oirá, porque Dios ha elegido a los pobres de este mundo, ricos en fe; y con vuestras oraciones fervientes podéis atraer muchas bendiciones sobre vuestros pobres semejantes. ¡Oh, que siempre me recordéis delante del trono de nuestro amado Señor Jesús! Pero ¿qué diremos? ¿Desatenderá nuestro Señor por completo esta petición de su madre? No; aunque la reprende con aquel «Mujer, ¿qué tengo yo contigo?», da a entender que dentro de poco haría lo que ella deseaba: «Aún no ha venido mi hora». Como si dijera: El vino casi se ha acabado, pero no del todo; cuando hayan llegado al extremo y sientan la necesidad de mi ayuda, entonces manifestaré mi gloria, para que la contemplen y crean en mí.

Así, señores, se ha complacido nuestro Señor muchas veces en tratar conmigo, y no dudo que también con muchos de vosotros. Muchas, muchas veces, cuando he hallado su presencia como escondida de mi alma y sus consuelos casi idos, he acudido a él quejándome de que no tenía, como de costumbre, visita ni prenda de su amor. A veces ha parecido hacer oídos sordos a mi petición y decir, por así decirlo: «¿Qué tengo yo contigo?», lo cual me ha hecho andar entristecido todo el día; tan necio era yo, y tan falto de fe delante de él; porque siempre he hallado que, a pesar de todo, me amaba, como amaba a Lázaro, aunque se quedó dos días más después de oír que estaba enfermo. Pero cuando ha llegado mi hora de extremidad y mi voluntad ha sido quebrantada, entonces ha alzado de nuevo sobre mí la luz de su bendito rostro; ha manifestado su gloria y me ha avergonzado de no haberle creído a él, que tantas veces ha convertido mi agua en vino. No os desaniméis, pues, si el Señor no parece atender de inmediato a la voz de vuestra oración cuando clamáis a él. La santa Virgen, según vemos, no se desanimó; no, estaba convencida de que el tiempo de él era el mejor, y por eso, en el versículo 5, «dijo a los que servían (¡oh, si pudiéramos seguir su consejo!): Haced todo lo que os dijere».

Y ahora, he aquí ha llegado la hora en que el eterno Hijo de Dios va a manifestar su gloria. La circunstancia del milagro es muy notable; versículo 6: «Y estaban allí seis tinajas para agua, conforme al rito de la purificación de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres cántaros». De la manera de esta purificación tenemos noticia en los otros evangelistas, especialmente en San Marcos, que nos informa de que los fariseos y todos los judíos, si muchas veces no se lavan las manos, no comen; y volviendo de la plaza, si no se lavan, no comen. Era una costumbre supersticiosa; pero, con todo, podemos aprender de ella a purificar nuestros corazones por el examen de nosotros mismos y la oración, siempre que volvemos de tratar con los de afuera; porque es difícil pasar por el mundo y guardarse sin mancha de él.

Observad además el versículo 7: «Jesús les dijo», no a sus propios discípulos, sino a los sirvientes de la casa, que eran extraños al santo Jesús, y a quienes la virgen había encargado antes que hicieran todo lo que él les dijera: «Llenad las tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo: Sacad ahora, y llevadlo al maestresala. Y se lo llevaron». Cómo convirtió nuestro Señor el agua en vino, no se nos dice. ¿Qué tenemos nosotros que ver con eso? ¿Por qué hemos de desear saber más de lo que está escrito? Basta para la manifestación de su gloriosa divinidad que se nos asegure que lo hizo. Porque se nos dice, en los versículos 9 y 10: «Cuando el maestresala probó el agua hecha vino, sin saber de dónde era (aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua), el maestresala llamó al esposo, y le dijo: Todo hombre sirve primero el buen vino, y cuando ya han bebido mucho, entonces el inferior; mas tú has guardado el buen vino hasta ahora».

Para explicar este pasaje, debéis observar que era costumbre de los judíos, y aun de los mismos paganos (dígase para vergüenza de nuestros paganos cristianos y bautizados), elegir en sus banquetes públicos un maestresala, que había de vigilar y regular la conducta de los invitados y cuidar de que todo se hiciera con decencia y orden. A esta persona, pues, llevaron los sirvientes el vino; y podemos juzgar cuán excelente era por el elogio que hizo de él: «Todo hombre sirve primero», etc. Juzgad, pues, vosotros: ¿no manifestó Jesús su gloria, y no tenéis buenas razones, como los discípulos aquí mencionados, para creer en él?

Así, hermanos míos, he procurado hacer algunas observaciones sobre el milagro mismo. Pero, ¡ay!, esto es solo su atrio exterior; el velo está todavía delante de nuestros ojos; apartadlo, y veremos bajo él tales misterios que harán danzar de gozo nuestros corazones y llenarán nuestra boca de alabanza para siempre.

Pero no puedo dejar de señalar aquí qué triste conclusión ha sacado recientemente de este elogio del esposo uno de nuestros maestros de Israel, en un sermón impreso. Sus palabras son estas: «Nuestro bendito Salvador vino comiendo y bebiendo, estuvo presente en bodas y otras fiestas (aunque yo solo sé de una); más aún, en una de ellas (que supongo es la misma de la que ahora hablo) obró un milagro para hacer vino, cuando es evidente que se había bebido más de lo absolutamente necesario para el sustento de la naturaleza, y que por consiguiente se había concedido algo al placer y a la alegría».

Lamento que tales palabras salgan de la boca y de la pluma de un dignatario del clero de la Iglesia de Inglaterra. ¡Ay, cómo ha caído! O al menos, ¡en qué peligro debe de estar su arca vacilante, cuando se extienden para sostenerla manos tan profanas! Bien puedo soportar con paciencia que se me llame blasfemo y predicador de nuevas doctrinas, cuando mi amado Señor Jesús es así difamado, y cuando los que pretenden predicar en su nombre alegan este ejemplo para amparar el libertinaje y el exceso. Es verdad (como observé al principio de este discurso) que nuestro bendito Salvador vino comiendo y bebiendo; estuvo presente en una boda y en otras fiestas; más aún, en una de ellas obró un milagro para hacer vino (ya veis que he estado haciendo algunas observaciones sobre él); pero no es evidente que se hubiera bebido más vino de lo absolutamente necesario para el sustento de la naturaleza; y mucho menos aparece que se hubiera concedido algo al placer y a la alegría.

El maestresala dice, en efecto: «Cuando ya han bebido mucho»; pero en ninguna parte aparece que ellos fueran esos hombres. ¿Se puede suponer que el santísimo e inmaculado Cordero de Dios, que apareció para deshacer las obras del diablo, y que, estando en casa de un fariseo, se fijaba aun en los gestos de los que se sentaban con él a la mesa; se puede suponer que nuestro amado Redentor, cuya práctica constante era decir a la gente que debía negarse a sí misma y tomar su cruz cada día; que mandó a sus discípulos mirar por sí mismos, no fuera que en algún momento sus corazones se cargaran de glotonería y embriaguez; se puede suponer que un Jesús tan abnegado convirtiera ahora seis grandes tinajas de agua en el vino más exquisito, para fomentar el exceso y la embriaguez en personas que, según este escritor, ya se habían entregado al placer y a la alegría? Si nuestro Señor hubiera estado sentado allí y los hubiera visto entregarse a ello sin decirles nada, ¿no habría sido pecado? Pero insinuar que no solo hizo esto, sino que además convirtió el agua en vino para aumentar aquel desenfreno, eso es hacer de veras a Cristo ministro de pecado. ¿Qué es esto sino tratarle como los fariseos de antaño, que le llamaron comilón y bebedor de vino? ¡Ay!, ¿cómo podemos esperar que le traten los enemigos de nuestro amado Señor, cuando así es herido en casa de los que parecen sus amigos? Señores, si seguís una doctrina como esta, no seréis justos, pero estoy persuadido de que seréis malos en demasía.

Pero Dios no permita que penséis que nuestro Señor obró en este asunto tan en desacuerdo consigo mismo. No; tenía fines más nobles a la vista cuando hizo este milagro. Uno de ellos lo menciona el evangelista en las palabras del texto: «manifestó su gloria», es decir, dio prueba de su eterno poder y divinidad.

Aquí parece haber una alusión a la manifestación de Dios en el tabernáculo, que este mismo evangelista menciona en su primer capítulo, donde dice: «Y aquel Verbo (Jesucristo) fue hecho carne, y habitó (o, como se traduce en el margen, puso su tabernáculo) entre nosotros». Nuestro amado Señor, aunque Dios verdadero de Dios verdadero, y también perfectísimo y glorioso en sí mismo como hombre, tuvo a bien echar un velo de carne sobre esta su gran gloria cuando vino a poner su alma en expiación por el pecado. Y para que el mundo le conociera y creyera en él como el Salvador de todos los hombres, hizo muchos milagros, y este en particular; porque así habla el evangelista: «Este principio», etc.

Este fue, pues, el principal propósito de nuestro Señor al convertir el agua en vino. Pero cabe suponer que nuestro Señor tuvo otros a la vista, algunos de los cuales pasaré a mencionar.

En segundo lugar, pudo hacer esto para recompensar a los que le habían invitado a él y a sus discípulos a las bodas. Jesucristo no se quedará atrás con los que le reciben a él o a sus seguidores por amor de su nombre. A los que así le honran, él los honrará. Un vaso de agua fría dado en nombre de discípulo de ningún modo perderá su recompensa. Él convertirá el agua en vino. Aunque los que abundan en limosnas, movidos por una fe verdadera en Jesús y un amor verdadero a él, parezcan, por así decirlo, echar su pan sobre las aguas, con todo, lo hallarán después de muchos días. Porque los que dan al pobre movidos por este principio prestan al Señor; y mirad, todo lo que desembolsen les será devuelto. Aun en esta vida, Dios dispone a menudo que se devuelva al seno de sus siervos medida buena, apretada y rebosando. Lo mismo sucede en lo espiritual. Al que tiene, y hace fructificar lo que tiene por amor de Cristo y de sus discípulos, se le dará, y tendrá en abundancia. Hermanos, no quisiera jactarme; pero, dicho sea para honra de mi Maestro y de su gracia gratuita, puedo probar por feliz experiencia que esto es verdad. Cuando he considerado que soy un niño y no sé hablar, y he visto a tantos de vosotros salir al desierto para ser alimentados, a menudo me he dicho: ¿Qué puedo hacer yo con mi pequeña provisión de gracia y de conocimiento entre tan grande multitud? Pero, al mandato de mi Señor, os he dado a comer del alimento espiritual que tenía, y antes de terminar de hablar, mi alma ha sido ricamente alimentada con el pan que desciende del cielo. Así se hará con todos los que están dispuestos a gastar y gastarse por Cristo o por sus discípulos; porque no hay acepción de personas para con Dios.

En tercer lugar, el que nuestro Señor convirtiera en vino el agua que se había vertido tan abundantemente es una señal del abundante derramamiento de su Espíritu en el corazón de los creyentes. En la Escritura el Espíritu Santo es comparado al vino; y por eso el profeta nos llama a comprar vino además de leche, es decir, el espíritu de amor, que llena y alegra el alma como con vino nuevo. A esto alude el apóstol cuando manda a los efesios: «No os embriaguéis de vino, en lo cual hay disolución; mas sed llenos del Espíritu». Y nuestro Señor nos enseña esto mismo al escoger el vino para representar la fuerza y el refrigerio de su sangre en el bendito sacramento. Sé que estos términos son ininteligibles para los hombres naturales; no pueden entenderme más que si les hablara en una lengua desconocida, porque estas cosas se han de discernir espiritualmente. A vosotros, pues, que sois espirituales, os hablo; a vosotros, que sois justificados por la fe y sentís al bendito Espíritu de Jesucristo obrar en vuestros corazones: vosotros podéis juzgar lo que digo; ya habéis sido (estoy persuadido de ello) como llenos de vino nuevo por la inspiración de su Espíritu Santo. Pero, ¡ay!, todavía no habéis recibido ni la mitad de vuestra porción; estas no son más que arras y, en comparación, solo sombras de los bienes venideros; nuestro Señor os guarda su mejor vino para el final; y aunque ya habéis bebido abundantemente de él, se propone daros más. No os dejará hasta que os haya llenado hasta arriba, hasta que estéis a punto de clamar: ¡Señor, detén tu mano; tus pobres criaturas no pueden contener más! No estéis estrechos en vuestras propias entrañas, puesto que Jesucristo no está estrecho en las suyas. Abrid vuestros corazones tanto como queráis, y el Espíritu del Señor los llenará. Cristo trata a los verdaderos creyentes como Elías trató a la pobre mujer cuyo aceite se multiplicó para pagar las deudas de su marido: mientras ella traía vasijas, el aceite seguía corriendo. No cesó hasta que ella dejó de traer vasijas en que contenerlo. Hermanos míos, nuestros corazones son como aquellas vasijas; abridlos libremente por la fe, y el aceite del don gratuito de Dios, el óleo de alegría, el amor de Dios por medio de Cristo, se derramará continuamente en ellos; porque los creyentes han de ser llenos de toda la plenitud de Dios.

En cuarto lugar, el que nuestro Señor convirtiera el agua en vino y guardara el mejor para el final puede representar la gloria de los últimos días de su banquete de bodas con su iglesia. Grandes cosas ha hecho ya Dios, de las cuales millones de santos se han regocijado y se regocijan todavía. Grandes cosas está haciendo Dios ahora; pero, hermanos míos, aún veremos cosas mayores que estas. Es digno, justo y nuestro deber ineludible dar gracias a Dios, el Padre; porque muchos justos desearon ver lo que nosotros vemos, y no lo vieron; y oír lo que nosotros oímos, y no lo oyeron. Pero todavía quedan cosas más excelentes por venir. Cosas gloriosas se dicen de aquellos tiempos, «cuando la tierra será llena del conocimiento del Señor, como las aguas cubren el mar». Hay entre el pueblo de Dios una expectación general del tiempo en que será derribada la pared intermedia de separación entre judío y gentil, y todo Israel será salvo. Dichosos los que vivan cuando Dios haga esto. Verán a Satanás caer del cielo como un rayo. No llorarán, como lloraron los judíos en la edificación del segundo templo. No; se regocijarán con muy grande gozo. Porque toda la gloria anterior de la iglesia cristiana no será nada en comparación de aquella gloria más excelente. Entonces clamarán con el maestresala: «¡Tú has guardado el buen vino hasta ahora!».

En quinto lugar, y por último, esto nos muestra la dicha de aquel bienaventurado estado en que todos nos sentaremos juntos a la cena de las bodas del Cordero, ¡y beberemos el vino nuevo en su reino eterno y glorioso!

Las recompensas que Jesucristo otorga a sus siervos fieles, y los consuelos de su amor con que los consuela mientras son peregrinos aquí en la tierra, son a menudo tan sobremanera grandes que, si no estuviera prometido, sería casi presunción por su parte esperar recompensa alguna en lo venidero. Pero, hermanos míos, todas las manifestaciones de Dios con que podamos ser favorecidos aquí, comparadas con la gloria que ha de manifestarse en nosotros, no son más que una gota de agua comparada con un océano sin límites. Aunque Cristo llena con frecuencia a sus santos hasta arriba, con todo, sus cuerpos corruptibles abaten sus almas y les hacen clamar: «¿Quién nos librará de estos cuerpos de muerte?». Estos tabernáculos terrenales no pueden contener más; pero, bendito sea Dios, estos tabernáculos terrenales han de ser deshechos; esto corruptible ha de vestirse de incorrupción; esto mortal ha de vestirse de inmortalidad; y cuando Dios haga pasar toda su gloria delante de nosotros, entonces clamaremos: Señor, tú has guardado el buen vino hasta ahora. Hemos bebido abundantemente de tu Espíritu; hemos oído cosas gloriosas dichas de esta tu ciudad, ¡oh Dios!, pero ahora hallamos que no se nos ha contado ni la mitad, ni la milésima parte. ¡Oh, las realidades invisibles del mundo de la fe! Ojo no vio, ni oído oyó, ni ha subido al corazón del mayor de los santos concebir cómo manifestará Cristo allí su gloria. San Pablo, que fue arrebatado hasta el tercer cielo, poco o nada pudo contarnos de ello. Y bien podía no hacerlo — porque oyó y vio cosas tales que no es posible a un hombre revestido de carne y sangre expresarlas. Mientras pienso en estas cosas, y solo os hablo de ellas, casi soy arrebatado fuera de mí. Me parece que ahora recibo algunos pequeños anticipos de aquel vino nuevo que espero beber con vosotros en el reino celestial por los siglos de los siglos.

¿Y para qué pensáis que he estado diciendo estas cosas? Muchos quizá estén prontos a decir: Para manifestar tu propia vanagloria. Pero yo en muy poco tengo el ser juzgado por juicio humano. El que me juzga es el Señor. Él sabe que he hablado de su milagro solo con el mismo fin con que él lo realizó al principio, y que yo me propuse al principio, a saber, «manifestar su gloria», para que también vosotros seáis llevados a creer en él.

Si yo viniera a predicarme a mí mismo, y no a Cristo Jesús mi Señor, no vendría a vosotros con esta sencillez de palabra, sino con palabras persuasivas de humana sabiduría. Si deseara agradar a los hombres naturales, no necesitaría predicar aquí en el desierto. Espero que mi corazón no aspire a otra cosa que a lo que aspiró el gran precursor de nuestro Señor, y que debería ser la tarea de todo ministro del evangelio, a saber, señalaros al Dios-hombre Cristo Jesús. «He aquí, pues (contemplad por la fe), el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Mirad a él, y sed salvos. Habéis oído cómo manifestó, y manifestará aún, su gloria a los verdaderos creyentes; ¿y por qué, pues, oh pecadores, no queréis creer en él? Digo, oh pecadores, porque, ahora que he hablado a los santos, tengo muchas cosas que deciros a vosotros. ¡Y quiera Dios daros a todos un oído que oiga y un corazón obediente!

El Señor Jesús, que manifestó su gloria hace más de 1700 años, ha preparado un banquete de bodas, y ofrece desposar consigo a todos los pecadores, y hacerlos carne de su carne y hueso de sus huesos. Está dispuesto a unirse a vosotros por un solo espíritu. En cada época, muchas veces y de muchas maneras, ha enviado a sus siervos, y ellos han convidado a muchos; pero aún, hermanos míos, hay lugar. Por eso el Señor ha dado ahora, en estos postreros días, una comisión a otros de sus siervos, la de forzar a los pobres pecadores a entrar con las cuerdas del amor. Porque la casa de nuestro Maestro ha de llenarse y se llenará. No derramará en vano su sangre llena de gracia. Venid, pues, venid a las bodas. Sea este el día de vuestros desposorios con Jesucristo; él está dispuesto a recibiros, aunque otros señores se hayan enseñoreado de vosotros. Venid, pues, a las bodas. He aquí, los toros y los animales engordados han sido muertos, y todo está preparado; dejadme oíros decir lo que dijo Rebeca cuando le preguntaron si iría a ser mujer de Isaac; ¡oh, dejadme oíros decir: Iremos! En verdad no os arrepentiréis. El Señor convertirá vuestra agua en vino. Saciará vuestras almas como de meollo y de grosura, y os hará alabarle con labios de júbilo.

No digáis que sois miserables, y pobres, y ciegos, y desnudos, y que por eso os avergonzáis de venir; porque es precisamente a los tales a quienes se envía esta invitación. Los refinados, los ricos, los atareados fariseos de esta generación que se tienen por justos han sido ya convidados, pero han desechado el consejo de Dios contra sí mismos. Están demasiado ocupados en irse, uno a su casa de campo, otro a sus negocios. Están tan profundamente casados con las pompas y vanidades de este mundo malvado que, como de común acuerdo, se han excusado. Y aunque han sido llamados a menudo en sus propias sinagogas, todo lo que hacen en respuesta es echarnos fuera, y con ello vienen a decir que no quieren venir. Pero Dios no permita, hermanos míos, que aprendáis de ellos; no; puesto que nuestro Señor se digna llamar primero (porque, dejados a vosotros mismos, nunca le llamaríais vosotros a él), dejadme rogaros que le respondáis como él respondió por vosotros, cuando la justicia infinita ofendida le llamó a morir por vuestros pecados: «¡He aquí, vengo para hacer tu voluntad, oh Dios!». ¿Qué importa que seáis miserables, y pobres, y ciegos, y desnudos? Eso no es excusa; la fe es el único vestido de boda que Cristo exige; no os llama porque ya seáis santos, sino porque se propone haceros santos. Le da lástima veros desnudos. Quiere cubriros con su justicia. En una palabra, desea manifestar su gloria, es decir, su amor gratuito, por medio de vuestra fe en él. No es que no vaya a ser glorificado, ya creáis en él o no; porque el amor infinitamente gratuito de Jesucristo será siempre el mismo, ya lo creáis y así lo recibáis, ya hagáis lo contrario. Pero nuestro Señor no enviará siempre en vano a sus siervos a llamaros; vendrá el tiempo en que dirá: Ninguno de aquellos que fueron convidados y no quisieron venir gustará mi cena. Nuestro Señor es un Dios de justicia tanto como de amor; y si los pecadores no quieren asirse de su cetro de oro, en verdad los quebrantará con su vara de hierro. Es por amor de vosotros, oh pecadores, y no por amor de sí mismo, que se digna así invitaros; dejadle, pues, manifestar su gloria, la gloria de las abundantes riquezas de su gracia gratuita, creyendo en él, «porque por gracia somos salvos por medio de la fe». Fue la gracia, la gracia gratuita, la que movió al Padre a amar de tal manera al mundo, que «dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna». Fue la gracia la que hizo al Hijo descender y morir. Fue la gracia, la gracia gratuita, la que movió al Espíritu Santo a encargarse de santificar al pueblo escogido de Dios; y fue la gracia, la gracia gratuita, la que movió a nuestro Señor Jesucristo a enviar a sus ministros a llamar hoy a los pobres pecadores. No me dejéis, pues, hermanos míos, irme sin haber cumplido mi encargo. ¿Por qué no queréis creer en él? ¿Hará el diablo por vosotros cosas tan grandes y tan buenas como las que hará Cristo? No, por cierto que no. Quizá os dé a beber al principio un poco de placer brutal; pero ¿qué os dará a beber al final? Una copa de furor y de aturdimiento; un gusano que nunca muere, una conciencia que se condena a sí misma y los amargos dolores de la muerte eterna. Pero con los siervos de Jesucristo no sucede así. No; él guarda su mejor vino para el final. Y aunque os haga beber del arroyo en el camino al cielo, y de la copa de la aflicción, la endulza con el sentimiento de su bondad, y la convierte en bebida agradable, tal como la aman sus almas. Apelo a la experiencia de cualquier santo aquí presente (y no dudo que haya muchos tales en este campo): ¿no ha resultado Cristo fiel desde que os desposasteis con él? ¿No ha manifestado su gloria desde que creísteis en él?

Y ahora, pecadores, ¿qué tenéis que objetar? Veo que todos calláis, y bien podéis callar. Porque si no queréis ser atraídos por las cuerdas de un amor infinito y eterno, ¿qué os atraerá? Podría alegar muchos terrores del Señor para persuadiros; pero si el amor de Jesucristo no os constriñe, vuestro caso es desesperado. Recordad, pues, que hoy os he invitado a todos, aun a los peores pecadores, a desposaros con el Señor Jesús. Si perecéis, recordad que no perecéis por falta de invitación. Vosotros mismos compareceréis en el día postrero, y aquí os emplazo a encontraros conmigo ante el tribunal de Cristo, y a absolver tanto a mi Maestro como a mí. Si el llanto, si las lágrimas pudieran vencer en vosotros, desearía que mi cabeza se volviera aguas y mis ojos fuentes de lágrimas, para llorar cada argumento y derretiros en amor. Si algo que yo pudiera hacer o padecer influyera en vuestros corazones, creo que podría soportar arrancarme los ojos, o aun dar mi vida por amor de vosotros. O si estuviera seguro de venceros con la insistencia, podría prolongar mi discurso hasta la medianoche; lucharía con vosotros hasta la vigilia de la mañana, como Jacob luchó con el ángel, y no me iría hasta haber vencido. Pero tal poder pertenece solo al Señor; yo solo puedo invitar; solo él puede producir en vosotros así el querer como el hacer, por su buena voluntad; es propio de él quitaros el corazón de piedra y daros un corazón de carne; es su Espíritu el que ha de convenceros de incredulidad y de la justicia eterna de su amado Hijo; es él solo quien ha de daros la fe para aplicar su justicia a vuestros corazones; es él solo quien puede daros un vestido de boda y llevaros a sentaros y beber vino nuevo en su reino. En cuanto a lo espiritual, estamos del todo muertos, y no tenemos más poder para convertirnos a Dios por nosotros mismos que el que tenía Lázaro para resucitarse a sí mismo, después de haber yacido hediendo en el sepulcro cuatro días. Si tú puedes ir, oh hombre, y soplar sobre todos los huesos secos que yacen en los sepulcros, y mandarles vivir; si puedes tomar tu manto y dividir aquel río, como Elías dividió el río Jordán, entonces creeremos que tienes poder para convertirte a Dios por ti mismo. Pero así como has de desesperar de lo uno, así has de desesperar de lo otro sin la gracia vivificadora de Cristo; en él está tu única ayuda; huye, pues, a él por la fe; dile, como dijo el pobre leproso: «Señor, si quieres», puedes hacerme dispuesto; y él extenderá la diestra de su poder para ayudarte y socorrerte. Te guiará dulcemente con su sabiduría en la tierra, y después te recibirá para hacerte partícipe de su gloria en el cielo.

A su misericordia, pues, y a su protección todopoderosa os encomiendo con fervor, con humildad y con el más tierno afecto: el Señor os bendiga y os guarde; el Señor alce sobre vosotros la luz de su bendito rostro, y os dé toda paz y gozo en el creer, ¡ahora y para siempre!

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