Sermones escogidos de George Whitefield
La conversión de Zaqueo

Capítulo 35 · 30 min de lectura · 39 min de escucha

La conversión de Zaqueo

Lucas 19:9–10 — «Y Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.»

En toda la Escritura, de principio a fin, se dice que la salvación es el don gratuito de Dios, por medio de Jesucristo nuestro Señor. Gratuito, no solo porque Dios es un agente soberano y, por tanto, puede negarla o concederla a quien le place; sino gratuito porque no se halla en el hombre nada que pueda de manera alguna mover a Dios a tener misericordia de él. La justicia de Jesucristo es la única causa de que hallemos favor a los ojos de Dios: esta justicia, aprehendida por la fe (que también es don de Dios), se hace nuestra; y esta fe, si es verdadera, obrará por el amor.

Estas son partes de las buenas nuevas que se publican en el evangelio; y de su certeza, después de la palabra expresa de Dios, la experiencia de todos los que han sido salvos es la mejor prueba y, a mi entender, la más indudable. Para enseñarnos por todos los medios, Dios ha tenido a bien dejar registrados muchos ejemplos del poder de su gracia ejercido en la salvación de diversas personas, a fin de que nosotros, oyendo cómo trató con ellas, podamos inferir de ello de qué manera hemos de esperar ser tratados nosotros mismos, y aprender por qué camino hemos de buscar la salvación, si de veras deseamos ser hechos partícipes de la herencia de los santos en luz.

La conversión de la persona a la que se refiere el texto será, creo, de no pequeño provecho para nosotros en este asunto, si se aprovecha bien. Espero que la mayoría de vosotros sepa quién es la persona a quien habla el Señor Jesús: es el publicano Zaqueo, a cuya casa, según dijo el bendito Jesús, vino la salvación, y a quien él declara hijo de Abraham.

Mi propósito (con la ayuda de Dios) es hacer algunas observaciones sobre su conversión, referida por extenso en los versículos anteriores, y luego insistir en la última parte del texto, como aliento para los pobres pecadores perdidos, para que vengan a Jesucristo. «Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.»

El evangelista Lucas introduce así el relato de la conversión de este hombre, en el versículo 1: «Y habiendo entrado Jesús, iba pasando por Jericó.» El santo Jesús tenía por oficio andar haciendo bienes. Así como el sol en el firmamento derrama continuamente sus influencias benignas, vivificantes y alentadoras sobre el mundo natural, así el Sol de justicia nació trayendo salud en sus alas, y difundía cada día y cada hora sus influencias llenas de gracia sobre el mundo moral. El capítulo anterior nos da a conocer un notable milagro obrado por el santo Jesús en el pobre ciego Bartimeo; y en este se presenta a nuestra consideración uno mayor. El evangelista quiere que nos fijemos en él de modo particular; porque lo introduce con la palabra «he aquí»: «Y he aquí un varón llamado Zaqueo, el cual era el principal de los publicanos, y era rico.»

¡Bien podía el evangelista introducir el relato de la conversión de este hombre con la palabra «he aquí»! Porque, según el juicio humano, ¡cuántos obstáculos insuperables se oponían a ella! Ciertamente nadie dirá que hubiera en Zaqueo idoneidad alguna para la salvación; porque se nos dice que era publicano, y por tanto, con toda probabilidad, un pecador notorio. Los publicanos eran recaudadores de los impuestos romanos; eran infames por sus abominables extorsiones; por eso su mismo nombre llegó a ser tan odioso que hallamos que los fariseos reprochaban a menudo a nuestro Señor como muy malvado, porque era amigo de ellos y se sentaba a comer con ellos. Zaqueo, pues, siendo publicano, era sin duda un pecador; y, siendo el principal de los publicanos, era por consiguiente el principal de los pecadores. Más aún: «era rico». Un apóstol inspirado nos ha dicho que «no son llamados muchos poderosos, ni muchos nobles». Otro dice: «Dios ha elegido a los pobres de este mundo, ricos en fe». Y el que fue el Hacedor y Redentor de los apóstoles nos asegura «que es más fácil pasar un camello (o una maroma) por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios». No se gloríen, pues, los ricos en la multitud de sus riquezas.

Pero, rico como era, se nos dice en el versículo 3 que «procuraba ver a Jesús». ¡Maravilla en verdad! El común del pueblo oía a nuestro Señor de buena gana, y a los pobres se les anunciaba el evangelio. La multitud, el óchlos, la plebe, la gente que no sabe la ley, como la llamaban los soberbios sumos sacerdotes, solía seguirlo a pie por los campos, y a veces se quedaba con él tres días seguidos para oírle predicar. Pero ¿creían en él los ricos, o lo seguían? No. Nuestro Señor predicaba la doctrina de la cruz; su predicación los escudriñaba demasiado, y por eso lo tenían por enemigo, lo perseguían y decían de él toda clase de mal, mintiendo. No se maravillen los ministros de Cristo si reciben el mismo trato de los ricos de esta generación mala y adúltera. No tendría por escándalo (suponiendo que fuera verdad) oír afirmar que nadie sino los pobres asiste a mi ministerio. Sus almas son tan preciosas para nuestro Señor Jesucristo como las almas de los hombres más grandes. Eran los pobres los que lo seguían en los días de su carne: estos son los que él ha escogido para ser ricos en fe y los mayores en el reino de los cielos. Si los ricos en bienes de este mundo hablaran bien de mí en general, ¡ay de mí!; lo tendría por señal terrible de que yo no era sino un lobo con vestido de oveja, de que decía: Paz, paz, cuando no había paz, y profetizaba cosas más halagüeñas de lo que el evangelio permite. Oíd esto, oh ricos. Atrévase a hacerlo quien quiera; ¡no permita Dios que yo menosprecie a los pobres!; si lo hiciera, afrentaría a mi Hacedor. Los pobres son queridos para mi alma; me regocijo al verlos volar a la doctrina de Cristo como palomas a sus ventanas. Solo ruego que los pobres que asisten sean evangelizados y llevados al espíritu del evangelio; si es así: «Bienaventurados vosotros; porque vuestro es el reino de los cielos».

Pero hemos de volver a Zaqueo. «Procuraba ver a Jesús.» Buena noticia es esa. De corazón quisiera poder decir que lo hacía por un buen principio; pero, sin hablar contra esa caridad que todo lo espera y todo lo cree para bien, podemos decir que el mismo principio que lo llevaba tras Cristo es el que ahora lleva a multitudes (por hablar claro, quizá a multitudes de vosotros) a oír a un predicador determinado, a saber, la curiosidad: porque se nos dice que no vino a oír su doctrina, sino a contemplar su persona, o, por usar las palabras del evangelista, a «ver quién era». La fama de nuestro Señor se había extendido ya por toda Jerusalén y por toda la región de alrededor: unos decían que era un hombre bueno; otros: «No, sino que engaña al pueblo». Y por eso la curiosidad sacó de su casa a este rico publicano Zaqueo, para ver quién era aquel de quien había oído relatos tan diversos. Pero parece que no podía verlo cómodamente a causa de la multitud, y porque era pequeño de estatura. ¡Ay, cuántos se quedan sin ver a Cristo en la gloria a causa de la multitud! Quiero decir, ¡cuántos se avergüenzan de ser singularmente buenos, y por eso siguen a la multitud para hacer el mal, porque tienen una multitud o muchedumbre de conocidos de buen tono! Y, por temor a ser tenidos en nada por aquellos con quienes solían sentarse a la mesa, niegan al Señor de la gloria y se avergüenzan de confesarlo delante de los hombres. Este bajo, este servil temor del hombre es la ruina del verdadero cristianismo; tiende un lazo terrible al alma, y es la perdición de decenas de miles: porque estoy plenamente persuadido de que muchos están convencidos en su razón de las verdades del evangelio; pero, no pudiendo soportar el desprecio, no quieren seguir adelante con sus convicciones ni ponerlas en práctica. Dichosos los que en esto, como Zaqueo, están resueltos a vencer todos los impedimentos que se les ponen en el camino para ver a Cristo; porque, viendo que no podía ver a Cristo a causa de la multitud y de lo pequeño de su estatura natural, no se golpeó el pecho y se fue, diciendo: «Es en vano procurar verlo por más tiempo; nunca podré lograrlo.» No; viendo que no podía ver a Cristo si seguía en medio de la multitud, «corrió delante de la multitud, y subió a un árbol sicómoro para verlo; porque había de pasar por allí».

No hay manera de ver a Cristo en la gloria si no corremos delante de la multitud, y si no estamos dispuestos a contarnos entre aquellos pocos despreciados que arrebatan el reino de Dios por la fuerza. El camino ancho, por el que andan tantos, nunca puede ser aquel camino estrecho y angosto que lleva a la vida. La grey de nuestro Señor fue, y siempre será, comparativamente pequeña; y si no nos atrevemos a correr delante de la multitud con una santa singularidad, y no podemos regocijarnos de ser tenidos por necios por amor de Cristo, nunca veremos a Jesús con consuelo cuando aparezca en su gloria. De la mención del sicómoro, y considerando la dificultad con que Zaqueo debió de subir a él, podemos aprender además que los que quieran ver a Cristo han de pasar por otras dificultades y penalidades, además del desprecio. Zaqueo, sin duda, pasó por ambas cosas. ¿No creéis que muchos se reirían de él mientras corría, y exclamarían, en el lenguaje de Mical, hija de Saúl: «¡Cuán honrado se ha mostrado hoy el rico Zaqueo, cuando, olvidando la grandeza de su posición, corrió delante de una chusma miserable y atolondrada, y se subió a un sicómoro para ver a un predicador exaltado!»? Pero a Zaqueo nada de eso le importa; su curiosidad era fuerte: con tal de ver quién era Jesús, no le daba valor a lo que los burladores dijeran de él. Así sucederá, y mucho más, con todos los que tienen un deseo eficaz de ver a Jesús en el cielo: irán de fortaleza en fortaleza, se abrirán paso a través de toda dificultad que se les ponga en el camino, y no les importará lo que los hombres o los demonios digan de ellos o les hagan. ¡Que el Señor nos dé a todos este ánimo, por amor de su amado Hijo!

Al fin, después de mucho esfuerzo, y pasando (como bien podemos suponer) por mucho desprecio, Zaqueo ha subido al árbol; y allí está sentado, escondido, según piensa, entre sus hojas, y aguardando el momento de ver pasar a Jesús: «Porque había de pasar por allí.»

¡Pero cantad, oh cielos, y alégrate, oh tierra! Alabad, engrandeced y adorad el amor soberano, electivo, gratuito y preveniente; Jesús, el Dios eterno, el Príncipe de paz, que vio a Natanael debajo de la higuera, y a Zaqueo desde la eternidad, ahora lo ve en el sicómoro y lo llama en el tiempo.

Versículo 5. «Y cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, lo vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose en tu casa.» ¡Asombroso amor! Bien podía Lucas introducir el relato con «he aquí». Es digno de nuestra más alta admiración. Cuando Zaqueo no pensaba en tal cosa, más aún, cuando pensaba que Cristo Jesús no lo conocía, he aquí que Cristo hace lo que nunca oímos que hiciera antes ni después, quiero decir, invitarse él mismo a la casa de Zaqueo, diciendo: «Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose en tu casa.» No: te ruego que me dejes posar; sino: es necesario que hoy pose en tu casa. Además lo llama por su nombre, como si lo conociera bien; y en verdad bien podía conocerlo, porque su nombre estaba escrito en el libro de la vida; era uno de aquellos que el Padre le había dado desde toda la eternidad: por eso era necesario que posara aquel día en su casa. «Porque a los que predestinó, a estos también llamó.»

Aquí, pues, como en un espejo, podemos ver la doctrina de la gracia gratuita claramente ejemplificada ante nosotros. No había en Zaqueo idoneidad alguna. Era publicano, el principal de los publicanos; no solo eso, sino rico, y vino a ver a Cristo solo por curiosidad: pero la gracia soberana triunfa sobre todo. Y si hacemos justicia a Dios, y si su obra en nosotros ha sido eficaz, hemos de reconocer que no había en nosotros más idoneidad que en Zaqueo; y que, si Cristo no se nos hubiera anticipado con su llamamiento, habríamos permanecido muertos en delitos y pecados, y ajenos de la vida de Dios, lo mismo que los demás. «Jesús, mirando hacia arriba, lo vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose en tu casa.»

¿Con qué diversas emociones del corazón podemos suponer que Zaqueo recibió esta invitación? ¿No creéis que se sorprendió al oír que Jesucristo lo llamaba por su nombre, y no solo eso, sino que se invitaba a su casa? Seguramente, piensa Zaqueo, estoy soñando: no puede ser; ¿cómo había de conocerme? Nunca lo había visto antes; además, sufriré mucho desprecio si lo recibo bajo mi techo. Así, digo, podemos suponer que pensaba Zaqueo dentro de sí. Pero ¿qué dice la Escritura? «Haré un pueblo de buena voluntad en el día de mi poder.» Con este llamamiento exterior iba un poder eficaz de Dios que dominó dulcemente su voluntad natural; y por eso, versículo 6: «Entonces él descendió aprisa, y lo recibió gozoso»; no solo en su casa, sino también en su corazón.

Así es como el gran Dios lleva a casa a sus hijos. Los llama por su nombre, por medio de su palabra o de su providencia; les habla también por su Espíritu. Por eso son capacitados para abrir su corazón, y se les hace dispuestos a recibir al Rey de gloria. Por amor de Zaqueo, no condenemos del todo a los que vienen a oír la palabra sin mejor principio que la curiosidad. ¿Quién sabe si Dios no los llamará? Es bueno estar donde el Señor va pasando. ¡Ojalá todos los que están ahora presentes por ese principio oigan la voz del Hijo de Dios hablando a sus almas, y la oigan de tal modo que vivan! No es que por eso los hombres deban animarse a venir por curiosidad. Porque quizá otros mil, en otras ocasiones, vinieron a ver a Cristo por curiosidad, lo mismo que Zaqueo, y no fueron llamados eficazmente por su gracia. Solo menciono esto para aliento de mi propia alma y consuelo de los hijos de Dios, que son demasiado propensos a enojarse con los que no asisten a la palabra por amor a Dios: pero dejadlos. Hermanos, orad por ellos. ¡Cómo sabéis si Jesucristo no hablará a sus corazones! Unas pocas palabras de Cristo, aplicadas por su Espíritu, salvarán sus almas. «Zaqueo, dice Cristo, date prisa, desciende. Y él descendió aprisa, y lo recibió gozoso.»

He observado cuán particularmente se hace notar en la santa Escritura que las personas se regocijaban al creer en Cristo. Así, el eunuco convertido siguió su camino gozoso; así, el carcelero se regocijó con toda su casa; así, Zaqueo recibió a Cristo gozoso. Y bien pueden regocijarse los que reciben a Jesucristo; porque con él reciben justicia, santificación y redención eterna. Muchos han levantado mala fama sobre nuestra buena tierra, y quisieran persuadir a la gente de que la religión la volverá loca de melancolía. Tan lejos está de ello, que el gozo es uno de los ingredientes del reino de Dios en el corazón del creyente: «El reino de Dios es justicia, y paz, y gozo por el Espíritu Santo». Regocijarse en el Señor es un deber evangélico: «Gozaos en el Señor siempre: otra vez digo: Gozaos». ¿Y quién puede estar tan gozoso como los que saben que su perdón está sellado antes de que se vayan y no sean más? Los piadosos pueden regocijarse; pero no veo cómo pueden hacerlo los impíos: no pueden estar verdaderamente alegres. ¿Qué importa que los malvados tengan a veces risas entre ellos? No es más que la risa de los necios; en medio de ella hay tristeza; en el mejor de los casos, no es sino como el estrépito de las espinas debajo de la olla: levanta una llamarada, pero pronto se apaga. Pero no sucede así con los piadosos; su gozo es sólido y duradero. Así como es un gozo en el que el extraño no se entremete, así es un gozo que nadie les quita: es un gozo en Dios, un «gozo inefable y glorificado».

Parece que Zaqueo estuvo en angustia de alma solo poco tiempo; quizá (dice Guthrie, en su libro titulado El examen de un interés salvador en Cristo) no más de un cuarto de hora. Añado: quizá ni tanto; porque, como observa alguien, a veces el Señor Jesús se deleita en librar con presteza. Dios es un agente soberano, y obra en sus hijos, en su llamamiento eficaz, según el consejo de su voluntad eterna. Sucede con el nacimiento espiritual como con el natural: no todas las mujeres tienen los mismos dolores; no todos los cristianos tienen el mismo grado de convicción. Pero todos concuerdan en esto: que todos tienen a Jesucristo formado en su corazón; y los que no tienen tantas pruebas al principio pueden ser visitados más adelante con mayores conflictos; aunque nunca vuelven a caer en servidumbre después de haber recibido una vez el espíritu de adopción. «No hemos recibido (dice Pablo) el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor.» No sabemos lo que Zaqueo pasó antes de morir; sin embargo, una cosa sé: ahora creyó en Cristo, y fue justificado, o absuelto, y tenido por justo a los ojos de Dios, aunque pocos momentos antes era publicano, el principal de los publicanos. Y así sucede con todos los que, como Zaqueo, reciben por la fe a Jesucristo en su corazón: en el mismo momento en que hallan descanso en él, son justificados gratuitamente de todo aquello de que no pudieron ser justificados por la ley de Moisés; «porque por gracia somos salvos por medio de la fe; y esto no de nosotros, pues es don de Dios».

No digáis dentro de vosotros: Esta es una doctrina antinomiana y licenciosa; porque esta fe, si es verdadera, obrará por el amor y producirá frutos de santidad. Ved un ejemplo en este convertido, Zaqueo: apenas había recibido a Jesucristo por la fe en su corazón, cuando ya lo demuestra con sus obras; porque en el versículo 8 se nos dice: «Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, lo devuelvo cuadruplicado».

Habiendo creído en Jesús en su corazón, ahora lo confiesa con su boca para salvación. «Zaqueo, puesto en pie»; no se avergonzó, sino que se puso en pie delante de sus hermanos publicanos; porque la fe verdadera echa fuera todo temor servil y pecaminoso a los hombres; «y dijo: He aquí, Señor». Es notable con qué prontitud las personas de la Escritura han reconocido la divinidad de Cristo inmediatamente después de su conversión. Así la mujer junto al pozo de Jacob: «¿No será este el Cristo?». Así el ciego de nacimiento: «Creo, Señor; y lo adoró». Así Zaqueo: «He aquí, Señor». Para mí, esta es una prueba incontestable de que los que niegan la divinidad de nuestro Señor nunca sintieron eficazmente su poder: si lo hubieran sentido, no hablarían de él tan a la ligera; tendrían a menos negar su eterno poder y divinidad. «Zaqueo, puesto en pie, dijo: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, lo devuelvo cuadruplicado». ¡Nobles frutos de una fe verdadera y viva en el Señor Jesús! Cada palabra reclama nuestra atención. No una parte pequeña, no la décima parte, sino la mitad. ¿De qué? De mis bienes: cosas que tenían valor. Mis bienes: los suyos propios, no los de otro. Doy: no «daré cuando muera, cuando ya no pueda retenerlos», sino doy ahora, ahora mismo. Zaqueo quería ser su propio albacea. Porque entre tanto que tenemos tiempo, debemos hacer el bien. Pero ¿a quién daría la mitad de sus bienes? No a los ricos, no a los que ya se vestían de púrpura y de lino fino, de quienes podría recibir recompensa a su vez; sino a los pobres, a los mancos, a los cojos, a los ciegos, de quienes no podía esperar recompensa hasta la resurrección de los muertos. «Doy a los pobres». Pero sabiendo que debía ser justo antes de poder ser caritativo, y consciente de que en el ejercicio de su cargo público había agraviado a muchas personas, añade: «Y si en algo he defraudado a alguno, lo devuelvo cuadruplicado». Oíd esto, todos vosotros que no tenéis escrúpulo en defraudar al rey sus impuestos, o en comprar o vender mercancías de contrabando. Si alguna vez Dios os da fe verdadera, nunca descansaréis hasta que, como Zaqueo, hayáis hecho restitución hasta donde alcancen vuestras fuerzas. Supongo que antes de su conversión no veía mal alguno en defraudar así, no más que vosotros ahora, y que sin duda se complacía a menudo en hacerse rico de ese modo; pero ahora le duele en el corazón; confiesa su injusticia delante de los hombres y promete hacer cumplida restitución. Id, publicanos defraudadores, aprended de Zaqueo; id y haced vosotros lo mismo. Si no hacéis restitución aquí, el Señor Jesús os hará confesar vuestros pecados delante de los hombres y de los ángeles, y os condenará por ello cuando venga en la gloria de su Padre a juzgar en lo venidero.

Después de todo esto, con razón pudo decirle nuestro Señor: «Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham»; no tanto por nacimiento natural como por nacimiento espiritual. Fue hecho partícipe de una fe igualmente preciosa que la de Abraham: como Abraham, creyó al Señor, y le fue contado por justicia; su fe, como la de Abraham, obraba por el amor; y no dudo de que hace ya mucho que está sentado en el seno de Abraham.

Y ahora, ¿no os avergonzáis vosotros, los que habláis contra las doctrinas de la gracia, y especialmente contra la doctrina de ser justificados por la sola fe, como si condujera al libertinaje? ¿Qué puede haber más injusto que semejante acusación? ¿No es el ejemplo de Zaqueo prueba suficiente de lo contrario? ¿Lo he forzado para que sirva a mis propios fines? ¡Dios me libre! Según mi leal saber y entender, he hablado la verdad con sinceridad, y la verdad tal como está en Jesús. Afirmo, sí, que somos salvos por gracia y que somos justificados por la sola fe; pero afirmo también que la fe debe demostrarse con buenas obras, allí donde haya oportunidad de realizarlas.

Por tanto, lo que se ha dicho de Zaqueo puede servir de regla por la cual todos juzguen si tienen fe o no. Decís que tenéis fe; pero ¿cómo lo probáis? ¿Habéis oído alguna vez al Señor Jesús llamaros por vuestro nombre? ¿Se os hizo alguna vez obedecer el llamamiento? ¿Habéis recibido alguna vez, como Zaqueo, a Jesucristo con gozo en vuestros corazones? ¿Os mueve la fe que decís tener a poneros en pie y confesar al Señor Jesús delante de los hombres? ¿Se os ha hecho alguna vez dispuestos a reconocer vuestras ofensas pasadas y a humillaros por ellas? ¿Obra vuestra fe por el amor, de modo que concienzudamente apartéis, según Dios os haya prosperado, para el sustento de los pobres? ¿Dais limosna de todo lo que poseéis? ¿Y habéis hecho la debida restitución a los que habéis agraviado? Si es así, bienaventurados sois; la salvación ha venido a vuestras almas; sois hijos, sois hijas del fiel Abraham, y pronto seréis eternamente bienaventurados con él. Pero si no tenéis esta disposición, no engañéis vuestras propias almas. Aunque habléis de la justificación por la fe como ángeles, de nada os servirá; solo aumentará vuestra condenación. Tenéis la verdad, pero con injusticia: vuestra fe, al no tener obras, es muerta; tenéis por padre al diablo, no a Abraham. Si no obtenéis una fe del corazón, una fe que obra por el amor, habitaréis para siempre con los demonios y los espíritus condenados.

Pero ya es hora de aplicar la última parte del texto: «Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido». Estas palabras las dice nuestro Salvador en respuesta a unos fariseos que se tenían por justos, los cuales, en vez de regocijarse con los ángeles del cielo por la conversión de semejante pecador, murmuraban «que había entrado a posar con un hombre pecador». Para justificar su conducta, les dice que aquello era conforme al propósito de su venida: «Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido». Podría haber dicho: el Hijo de Dios. ¡Pero oh, la maravillosa condescendencia de nuestro Redentor! Se deleita en llamarse a sí mismo el Hijo del hombre. No vino solo a salvar, sino a buscar y a salvar lo que se había perdido. Vino a Jericó a buscar y salvar a Zaqueo; porque de otro modo Zaqueo jamás habría sido salvado por él. Pero ¿de dónde vino? Del cielo mismo, su morada, a esta tierra de abajo, a este valle de lágrimas, a buscar y a salvar lo que se había perdido, es decir, a todos los que se sienten perdidos y están dispuestos, como Zaqueo, a recibirle en sus corazones para que los salve. ¿Y con cuán grande salvación? De la culpa y también del poder de sus pecados; para hacerlos herederos de Dios y coherederos con él, y partícipes de aquella gloria que tenía con el Padre antes que el mundo fuese. Así salvará el Hijo del hombre lo que está perdido. Fue hecho hijo del hombre precisamente para poder salvarlos. No tuvo otro fin que este al dejar el trono de su Padre, al obedecer la ley moral y al ser colgado en la cruz: todo lo que hizo y padeció fue únicamente para satisfacer y procurar una justicia a pobres pecadores perdidos y arruinados, y eso sin acepción de personas. «Lo que se había perdido»: a todos, de toda nación y lengua, los que sienten y lamentan su estado de perdición y desean de veras ser librados de él, a ellos vino el Hijo del hombre a buscar y a salvar; porque él es poderoso, y no solo eso, sino dispuesto, para salvar perpetuamente a todos los que por él se acercan a Dios. Al que a él viene, de ningún modo lo echará fuera; porque es el mismo hoy que ayer. Viene ahora a los pecadores igual que antes; y espero que me ha enviado hoy a buscar y, bajo su mano, a traer a casa a algunos de vosotros, las ovejas perdidas de la casa de Israel.

¿Qué decís? ¿Volveré a casa regocijándome y diciendo que muchos se habían descarriado como ovejas, pero que ahora han creído en Jesucristo y así han vuelto al gran Pastor y Obispo de sus almas? Si el Señor tuviera a bien prosperar así la obra de mis manos, poco me importa cuántos legalistas y fariseos que se tienen por justos murmuren contra mí por ofrecer la salvación a los peores pecadores; porque sé que el Hijo del hombre vino a buscarlos y a salvarlos; y el Señor Jesús entrará ahora a posar con el peor publicano, con el pecador más vil que haya entre vosotros, con tal que crea en él. Apresuraos, pues, oh pecadores, apresuraos, y venid por la fe a Cristo. Entonces hoy, en esta misma hora, más aún, en este mismo instante, si creéis, Jesucristo vendrá y hará su morada eterna en vuestros corazones. ¿Quién de vosotros está dispuesto a recibir al Rey de gloria? ¿Quién de vosotros obedece su llamamiento, como lo hizo Zaqueo? ¡Ay! ¿Por qué os quedáis quietos? ¿Cómo sabéis si Jesucristo os volverá a llamar alguna vez? Venid, pues, pobres pecadores culpables; venid, pobres publicanos perdidos y arruinados; apresuraos, digo, y venid a Jesucristo. El Señor se digna invitarse a sí mismo a entrar bajo los techos inmundos de las casas de vuestras almas. No tengáis miedo de hospedarle; él os llenará de toda paz y gozo en el creer. No os avergoncéis de correr delante de la multitud, ni de que digan de vosotros toda clase de mal, mintiendo, por causa de él: una sola mirada a Cristo os compensará de todo. De Zaqueo se burlaron; y todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución. Pero ¿qué importa eso? Zaqueo está ahora coronado en la gloria, como lo estaréis también vosotros dentro de poco, si creéis en él y sois vituperados por causa de Cristo. No me despachéis, pues, con excusas frívolas: no hay excusa que pueda darse para que no vengáis a Cristo. Estáis perdidos, arruinados, sin él; y si él no es glorificado en vuestra salvación, será glorificado en vuestra destrucción; si no viene a hacer su morada en vuestros corazones, tendréis que hacer vuestra morada eterna con el diablo y sus ángeles. ¡Oh, que el Señor tuviera a bien pasar junto a algunos de vosotros en esta hora! ¡Oh, que os llame por su Espíritu y os haga un pueblo de buena voluntad en este día de su poder! Porque sé que mi llamar no basta, a menos que él, por su gracia eficaz, os fuerce a entrar. ¡Oh, si sintierais una sola vez lo que es recibir a Jesucristo en vuestros corazones! Pronto, como Zaqueo, se lo daríais todo. No amáis a Cristo porque no le conocéis; no venís a él porque no sentís vuestra necesidad de él: estáis sanos, y no quebrantados de corazón; no estáis enfermos, o al menos no sois conscientes de vuestra enfermedad; y por eso no es extraño que no acudáis a Jesucristo, ese gran médico, ese médico todopoderoso. No os sentís perdidos, y por eso no buscáis ser hallados en Cristo. ¡Oh, que Dios os hiriera con la espada de su Espíritu e hiciera que sus saetas de convicción se clavaran hondo en vuestros corazones! ¡Oh, que lanzara un rayo de luz divina en vuestras almas! Porque si no os sentís perdidos sin Cristo, sois los más miserables de todos los hombres: vuestras almas están muertas; no solo sois una imagen del infierno, sino en cierto grado el infierno mismo: lleváis el infierno con vosotros, y no lo sabéis. ¡Oh, si pudiera ver a algunos de vosotros conscientes de esto, y oíros clamar: «Señor, quebranta este duro corazón; Señor, líbrame del cuerpo de esta muerte; atráeme, Señor, hazme dispuesto a ir en pos de ti; estoy perdido; Señor, sálvame, que perezco»! Si este fuera vuestro caso, ¿con qué prontitud no extendería el Señor su mano todopoderosa y diría: Confiad, yo soy; no tengáis miedo? ¡Qué calma tan maravillosa se apoderaría entonces de vuestras almas turbadas! Vuestra comunión sería entonces con el Padre y con el Hijo; vuestra vida estaría escondida con Cristo en Dios.

Algunos de vosotros, espero, lo habéis experimentado y podéis decir: Estaba perdido, pero he sido hallado; estaba muerto, pero he revivido; el Hijo del hombre vino y me buscó en el día de su poder, y salvó mi alma pecadora. ¿Y os arrepentís de haber venido a Cristo? ¿No ha sido un buen amo? ¿No es dulce su presencia a vuestras almas? ¿No ha sido fiel a su promesa? ¿Y no habéis hallado que aun en hacer y padecer por él hay ya ahora un galardón sobremanera grande? Estoy persuadido de que responderéis: Sí. ¡Oh, entonces, santos, recomendad a otros el amor de Cristo y habladles de él, y contadles, oh, contadles cuán grandes cosas ha hecho el Señor con vosotros! Esto puede animar a otros a venir a él. ¿Y quién sabe si el Señor no os hará pescadores de hombres? La historia de Zaqueo quedó registrada con este fin. Ningún alma verdaderamente convencida de pecado, después de habérsele puesto delante semejante ejemplo de la gracia divina, tiene por qué desesperar de la misericordia. ¿Qué importa que seáis publicanos? ¿No era Zaqueo publicano? ¿Qué importa que seáis jefes de los publicanos? ¿No lo era también Zaqueo? ¿Qué importa que seáis ricos? ¿No era Zaqueo rico también? Y, sin embargo, la gracia todopoderosa le hizo más que vencedor sobre todos estos estorbos. Todas las cosas son posibles para Jesucristo; nada hay demasiado difícil para él: él es el Señor todopoderoso. Nuestros montes de pecados han de caer todos delante de este gran Zorobabel. Sobre él cargó Dios Padre las iniquidades de todos los que creerán en él; y él mismo las llevó en su cuerpo sobre el madero. Allí, allí, por la fe, oh enlutados de Sion, podéis ver a vuestro Salvador colgado con los brazos extendidos, y oírle, por así decirlo, hablar así a vuestras almas: «¡Mirad cómo os he amado! ¡Mirad mis manos y mis pies! Mirad, mirad dentro de mi costado herido, y ved un corazón que arde de amor: un amor más fuerte que la muerte. Venid a mis brazos, oh pecadores; venid, lavad vuestras almas manchadas en la sangre de mi corazón. ¡Mirad, aquí hay un manantial abierto para todo pecado y toda inmundicia! Ved, oh almas culpables, cómo la ira de Dios está ahora sobre vosotras: venid, apresuraos, y escondeos en las hendiduras de mis heridas; porque soy herido por vuestras rebeliones; muero para que viváis para siempre. Mirad: como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así estoy yo aquí levantado sobre un madero. Ved cómo he sido hecho maldición por vosotros: el castigo de vuestra paz está sobre mí. Así soy azotado, así herido, así crucificado, para que por mis llagas seáis curados. ¡Oh, mirad a mí, todos vosotros, pecadores temblorosos, hasta los términos de la tierra! Mirad a mí por la fe, y seréis salvos: porque vine así a hacerme obediente hasta la muerte, para salvar lo que se había perdido».

¿Y qué decís a esto, oh pecadores? Suponed que vierais al Rey de gloria muriendo y hablándoos así: ¿creeríais en él? No, no creeríais, a menos que creáis en él ahora; porque, aunque muerto, aún habla todo esto en la Escritura; más aún, en efecto dice todo esto en las palabras del texto: «El Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido». No crucifiquéis, pues, por más tiempo al Señor de gloria. Traed a esos rebeldes, vuestros pecados, que no quieren que él reine sobre ellos, traedlos ante él: aunque vosotros no podéis darles muerte, él les dará muerte por vosotros. El poder de su muerte y resurrección es tan grande ahora como antes. Apresuraos, pues, apresuraos, oh publicanos y pecadores, y dad al amado Señor Jesús vuestros corazones, vuestros corazones enteros. Si rehusáis escuchar este llamamiento del Señor, recordad que vuestra condenación será justa: yo soy limpio de la sangre de todos vosotros; tendréis que absolver a mi Maestro y a mí en el terrible día del juicio. ¡Oh, que conozcáis lo que toca a vuestra paz eterna, antes de que quede encubierto para siempre de vuestros ojos! Todos los que aman al Señor Jesucristo en sinceridad, digan: Amén.

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