Sermones escogidos de George Whitefield
El fariseo y el publicano

Capítulo 34 · 26 min de lectura · 34 min de escucha

El fariseo y el publicano

Lucas 18:14 — «Os digo que este descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado.»

Aunque hay algunos que se atreven a negar al Señor Jesús y a no creer la revelación que él ha tenido a bien darnos, atrayendo así sobre sí mismos destrucción repentina, quiero esperar caritativamente que entre vosotros, a quienes ahora he de predicar el reino de Dios, haya pocos de esos, si es que hay alguno. Si os preguntara cómo esperáis ser justificados a los ojos de un Dios ofendido, supongo que responderíais: solo por amor de nuestro Señor Jesucristo. Pero si apelara más de cerca a vuestras conciencias, temo que la mayoría haría del Señor Jesús su Salvador solo en parte, y procuraría, por así decirlo, establecer su propia justicia. Y pensar así no va contra las reglas de la caridad cristiana: porque todos somos, por naturaleza, justos a nuestros propios ojos; nos es tan natural volvernos a un pacto de obras como a las chispas volar hacia arriba. Hemos tenido durante tantos años tantos predicadores legalistas y tan pocos predicadores de la gracia gratuita, que la mayoría de los que hoy profesan la fe parecen estar asentados sobre sus heces [sedimento, residuos, poso, asiento], y merecen más el título de fariseos que el de cristianos.

Así ocurría con la generalidad del pueblo durante el ministerio público de nuestro Señor; y por eso, en casi todos sus discursos, predicaba el evangelio a los pobres pecadores y pronunciaba terribles ayes contra los orgullosos que se justificaban a sí mismos. La parábola a la que pertenecen las palabras del texto mira en ambas direcciones: porque el evangelista nos informa (v. 9) que nuestro Señor la dijo «a unos que confiaban de sí como justos, y menospreciaban a los otros». Y notable parábola es; una parábola digna de vuestra más seria atención. «El que tiene oídos para oír, oiga» lo que Jesucristo dice en ella a todos los que profesan visiblemente la fe.

V. 10. «Dos hombres subieron al templo a orar (y nunca hubo dos hombres de carácter más opuesto): el uno fariseo, el otro publicano.» Los fariseos eran la secta más estricta entre los judíos. «Conforme a la más rigurosa secta de nuestra religión he vivido fariseo», dice Pablo. Oraban a menudo; y no solo eso, sino que hacían largas oraciones; y, para parecer extraordinariamente devotos, oraban en las esquinas de las calles, donde se cruzaban dos caminos, para que la gente que iba o venía, por uno y otro lado, los viera. «Ensanchaban (como nos informa nuestro Señor) los bordes de sus filacterias»: llevaban cosidos a sus largos mantos pedazos de pergamino en los que estaban escritas algunas partes de la Escritura, para que la gente dedujera de ello que eran amantes de la ley de Dios. Eran tan puntuales y exactos en las purificaciones exteriores, que se lavaban al salir y al entrar. Guardaban el lavamiento de los jarros, de los vasos de metal y de las mesas, y hacían muchas otras cosas semejantes. Eran muy celosos de las tradiciones de los padres y de la observancia de los ritos y ceremonias de la iglesia, aunque con frecuencia invalidaban la ley de Dios por sus tradiciones. Y eran tan sumamente exactos en la observancia exterior del sábado, que condenaron a nuestro Señor por hacer un poco de lodo con su saliva; y lo llamaron pecador, y dijeron que no era de Dios, porque había dado la vista a un hombre ciego de nacimiento en día de sábado. Por estas razones el pueblo los tenía en gran veneración, extraviado tristemente por estos ciegos guías: ocupaban las primeras sillas en las sinagogas, recibían salutaciones en las plazas (cosa que amaban entrañablemente) y los hombres los llamaban Rabí; en suma, tenían tal reputación de piedad que llegó a ser proverbio entre los judíos que, si solo se salvaran dos hombres, uno de ellos había de ser fariseo.

En cuanto a los publicanos, no sucedía así con ellos. Parece que a veces eran judíos, o al menos prosélitos de la puerta, pues aquí hallamos a uno que sube al templo; pero, en general, me inclino a pensar que eran gentiles, porque eran recaudadores de los impuestos romanos y solían amontonar grandes riquezas (como se ve por la confesión de Zaqueo, uno de los principales de ellos) defraudando a los hombres con falsas acusaciones. Su infamia era tan universal que nuestro Señor mismo dice a sus discípulos: «el excomulgado debía ser para ellos como un gentil o un publicano». Y los fariseos pensaban que era acusación suficiente contra el carácter de nuestro Señor que fuera amigo de publicanos y de pecadores, y que se sentara a la mesa con ellos.

Pero, por mucho que discreparan en otras cosas, en esto estaban de acuerdo: que el culto público es un deber que incumbe a todos; porque ambos subieron al templo. Aun los mismos paganos observaban el culto del templo. En el Antiguo Testamento hallamos muy temprano noticia de hombres que ofrecían sacrificios al Señor e invocaban su nombre; y no encuentro que el Nuevo lo contradiga en ninguna parte. Nuestro Señor y sus apóstoles subían al templo; y el apóstol nos manda «no dejar nuestra congregación», como es costumbre de demasiados en nuestros días; y aun de algunos que quisieran que pensáramos bien de ellos, aunque rara vez o nunca pisan los atrios de la casa del Señor. Pero, aunque nuestra devoción comience en nuestro aposento, no debe terminar allí. Y si alguien nunca muestra su devoción fuera, tengo que sospechar que tiene poca o ninguna en casa. «Dos hombres subieron al templo.» ¿Y a qué fueron allá? No (como hacen multitudes entre nosotros) a hacer de la casa de Dios casa de mercado, o a convertirla en cueva de ladrones; mucho menos a burlarse del predicador o a perturbar a la congregación; no, vinieron al templo, dice nuestro Señor, «a orar». Allá deben subir las tribus del Israel espiritual de Dios, para hablar con el poderoso Dios de Jacob y derramar delante de él su corazón.

«Dos hombres subieron al templo a orar.» Temo que uno de ellos olvidó a qué iba. Muchas veces no he sabido cómo llamar al discurso del fariseo; ciertamente no merece el nombre de oración: más bien puede decirse que vino al templo a jactarse que a orar; porque no hallo en él ni una palabra de confesión de su culpa original; ni una sola petición de perdón por sus pecados actuales pasados, ni de gracia que le ayude y le asista en el tiempo venidero: solo presenta a Dios, por así decirlo, una cuenta de sus obras; y hace lo que ninguna carne puede hacer con justicia, quiero decir, gloriarse en su presencia.

V. 11. «El fariseo, en pie, oraba consigo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano.»

Nuestro Señor se fija primero en su postura: «el fariseo, en pie»; no hay que condenarlo por eso, porque estar de pie, lo mismo que arrodillarse, es una postura apropiada para la oración. «Cuando estéis de pie orando», dice nuestro Señor; aunque a veces nuestro Señor se arrodillaba, y aun se postraba sobre su rostro en tierra; también sus apóstoles se arrodillaban, como leemos en los Hechos; lo cual me ha hecho maravillarme de algunos que están tan aferrados a orar de pie, tanto en la oración familiar como en la pública, que no quieren arrodillarse aunque se arrodillen todos los que los rodean. Temo que en esa conducta hay algo del fariseo. Arrodillarse o estar de pie son cosas indiferentes, si la rodilla del alma está doblada y el corazón es recto para con Dios. Debemos procurar no ser singulares en las cosas indiferentes, para no ofender a los espíritus débiles. Aquello por lo que se señala al fariseo es su «estar en pie aparte»: porque las palabras pueden traducirse así: se puso en pie aparte, en algún lugar prominente, en la parte alta del templo, cerca del Lugar Santísimo, para que la congregación viera qué hombre tan devoto era; o pueden entenderse como las leemos: oraba consigo, o de sí mismo, de su propio corazón; no oraba con un formulario; era una oración improvisada: porque hay muchos fariseos que oran, y que predican también, improvisando. No veo por qué estas cosas no han de poder adquirirse, como las demás artes y ciencias. Un hombre de buena elocución [articulación, oratoria, habla], de pensamiento ágil y buena memoria, puede repetir sus propios sermones o los de otros, y, con ayuda de Wilkins o de Henry, puede orar en apariencia excelentemente, y sin embargo no tener en su corazón el menor grano de verdadera gracia. No digo esto para desacreditar la oración improvisada, ni para desanimar a esas queridas almas que verdaderamente oran por el Espíritu; solo quisiera dar con ello una palabra de reprensión a los que están tan aferrados a la oración improvisada que condenan, o al menos juzgan, a todos los que usan formularios, como si no fueran tan santos y celestiales como los que oran sin ellos. ¡Ay!, esto está mal. No todo el que ora improvisando es un hombre espiritual, ni todo el que ora con un formulario es un hombre formalista. No nos juzguemos unos a otros; no juzgue por ese motivo el que usa un formulario al que ora improvisando; y no menosprecie el que ora improvisando al que usa un formulario.

«El fariseo, en pie, oraba consigo de esta manera.» Lo cual puede significar también que oraba interiormente en su corazón; porque hay una manera (y por cierto excelente) de orar cuando no podemos hablar; así oraba Ana, cuando no hablaba en voz alta, sino que solamente se movían sus labios. Así dice Dios a Moisés: «¿Por qué clamas a mí?», cuando es evidente que no había dicho palabra. Esto es lo que quiere decir el apóstol con el «Espíritu que intercede (por los creyentes) con gemidos indecibles». Porque hay momentos en que el alma está demasiado llena para hablar; cuando Dios la llena, por así decirlo, y la cubre con la sombra de su presencia, de modo que solo puede postrarse, adorar, rendir homenaje y yacer en el polvo delante del Señor. Además, hay un tiempo en que el alma está entumecida, estéril y seca, y el creyente no tiene una palabra que decir a su Padre celestial; y entonces solo el corazón puede hablar. Y menciono esto para aliento de los cristianos débiles, que piensan que nunca son aceptados sino cuando tienen fluidez de palabras, e imaginan que en el fondo no agradan a Dios por ninguna otra razón sino porque no se agradan a sí mismos. Harían bien en considerar que Dios conoce el lenguaje del corazón y la intención del Espíritu; y que usamos palabras, no para informar a Dios, sino para conmovernos a nosotros mismos. Por tanto, siempre que alguno de vosotros se halle en tal disposición, no os desaniméis: ofreceos en silencio delante de Dios, como barro en manos del alfarero, para que él escriba y estampe su propia imagen divina en vuestras almas. Pero creo que el fariseo nada sabía de esta manera de orar: era justo a sus propios ojos, extraño a la vida divina; y por eso a estas palabras puede dárseles mejor cualquiera de las explicaciones anteriores.

«Él, en pie, oraba consigo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano.» Aquí hay alguna apariencia de devoción, pero solo en apariencia. Dar gracias a Dios porque no somos ladrones, injustos, adúlteros, ni tan malvados en nuestra conducta como otros hombres, es ciertamente digno, justo y nuestro deber ineludible: porque cualquier grado de bondad que haya en nosotros, más que en otros, se debe a la gracia de Dios que refrena, previene y asiste. Todos somos igualmente concebidos y nacidos en pecado; todos están destituidos de la gloria de Dios y expuestos a todas las maldiciones y anatemas de la ley; de modo que «el que se gloría, gloríese solo en el Señor». Porque ninguno de nosotros tiene cosa alguna que no haya recibido; y lo que hemos recibido, no lo merecimos en lo más mínimo, ni podríamos reclamarlo por ningún título: todo lo debemos enteramente a la gracia gratuita. Si el fariseo hubiera pensado así cuando dijo: «Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres», habría sido una excelente introducción a su oración; pero era partidario del libre albedrío, además de justo a sus propios ojos (porque quien es lo uno ha de ser lo otro), y pensaba que por su propio poder y fuerza se había guardado de esos vicios. Y sin embargo no veo qué razón tenía para confiar en sí mismo como justo, solo porque no era ladrón, injusto ni adúltero; porque todo ese tiempo podía ser, como ciertamente lo era (como lo es también toda persona justa a sus propios ojos), tan orgulloso como el diablo. Pero no solo se jacta, sino que miente delante de Dios (como todos los que se justifican a sí mismos serán hallados mentirosos, aquí o en el más allá). Da gracias a Dios porque no es injusto: pero ¿no es un acto de la más alta injusticia robar a Dios su prerrogativa? ¿No es un acto de injusticia juzgar a nuestro prójimo? Y, sin embargo, de ambos crímenes es culpable este fanfarrón que se cree justo. «¡Ni aun como este publicano!» Parece hablar con el mayor desdén: ¡este publicano! Quizá señalaba al pobre hombre, para que otros lo trataran con el mismo desprecio. Tú, jactancioso orgulloso y confiado, ¿qué tenías tú que ver con aquel pobre publicano? Suponiendo que otros publicanos fueran injustos y ladrones, ¿se seguía de ello que él también lo fuera? O, si hubiera sido tal pecador, ¿cómo sabes tú que no se ha arrepentido de esos pecados? Su venida al templo a orar es, por lo menos, una buena señal de enmienda. Por tanto, eres inexcusable, oh fariseo, que así juzgas al publicano; porque tú, que lo juzgas injusto, eres injusto tú mismo en el mismo acto de juzgar: tu sacrificio no es sino el sacrificio de un necio.

Hemos visto en qué queda la bondad negativa del fariseo; a mi parecer, en nada. Veamos hasta dónde llega su bondad positiva; porque, si somos verdaderamente religiosos, no solo nos apartaremos del mal, sino que haremos también el bien: «Ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que poseo.»

Aquí no se condena al fariseo por ayunar, porque el ayuno es un deber cristiano; «cuando ayunéis», dice nuestro Señor, dando así por sentado que sus discípulos ayunarían. Y: «cuando el esposo les será quitado, entonces ayunarán en aquellos días». «En muchos ayunos», dice el apóstol. Y todos los que no quieran ser reprobados cuidarán, como privilegio suyo y sin constreñimiento legal, de «herir su cuerpo y ponerlo en servidumbre». Al fariseo solo se le condena por hacer de su ayuno una justicia, y por pensar que Dios lo aceptaría, o que era en algo mejor que sus vecinos, simplemente a causa de su ayuno: esto es lo que se le reprocha. No había que censurar al fariseo por ayunar dos veces a la semana; ojalá algunos cristianos lo imitaran más en esto; pero apoyarse en lo más mínimo en el ayuno para su justificación delante de Dios era verdaderamente abominable. «Doy diezmos de todo lo que poseo.» Bien podría haber dicho: pago diezmos. Pero las personas justas a sus propios ojos (digan lo que digan en contrario) piensan que dan algo a Dios. «Doy diezmos de todo lo que poseo»: hago cuestión de conciencia dar los diezmos, no solo de todo lo que la ley exige, sino de mi menta, mi eneldo y mi comino, de todas las cosas, sean las que sean, que poseo; esto estaba bien; pero jactarse de tales cosas, o del ayuno, es farisaico y diabólico. Ahora, pues, sumemos toda la justicia de este fariseo jactancioso, y veamos qué poca razón tenía para confiar en sí mismo como justo, o para menospreciar a los demás. No es injusto (pero para eso solo tenemos su palabra; creo haber probado lo contrario); no es adúltero, no es ladrón; ayuna dos veces a la semana y da diezmos de todo lo que posee; y todo esto podía hacerlo, y mucho más, y ser con todo un hijo del diablo: porque aquí no se menciona que amara al Señor su Dios con todo su corazón, que era «el primero y el grande mandamiento de la ley»; aquí no hay ni una sola sílaba de religión interior; y no era verdadero judío el que solo lo era por fuera. No es, en el mejor de los casos, más que una piedad exterior; por dentro está lleno de orgullo, de justificación propia, de libre albedrío y de gran falta de caridad.

¿No pensáis que los fariseos se ofenderían mucho con este retrato? Porque fácilmente podían saber que se decía contra ellos. Y aunque quizá algunos de vosotros os ofendáis conmigo, por amor tengo que deciros que temo que esta parábola se dice contra muchos de vosotros: porque ¿no hay muchos de vosotros que subís al templo a orar sin mejor espíritu que el de este fariseo? Y porque ayunáis, quizá en la Cuaresma o todos los viernes, y porque no hacéis daño a nadie, recibís el sacramento, pagáis los diezmos y dais una limosna de vez en cuando, ¿no pensáis que estáis a salvo, y confiáis en vosotros mismos como justos, y menospreciáis interiormente a los que no llegan a vuestra altura en estos deberes exteriores? Este, estoy persuadido, es el caso de muchos de vosotros, aunque, ¡ay!, es un caso desesperado, como procuraré mostrar al final de este discurso.

Contemplemos ahora al publicano, v. 13: «Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que hería su pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador.»

«El publicano, estando lejos.» Quizá en el atrio exterior del templo, consciente de que no era digno de acercarse al Lugar Santísimo; tan consciente y tan abrumado por el sentimiento de su propia indignidad, que no quería ni aun alzar los ojos al cielo, que sabía que era el trono de Dios. ¡Pobre corazón! ¡Qué no sentiría en aquel momento! Nadie sino los publicanos que vuelven a Dios, como él, puede decirlo. Me parece verlo de pie, a lo lejos, pensativo, oprimido y aun abrumado de dolor; a veces intenta levantar la vista; pero entonces piensa: los cielos no son limpios delante de Dios, y aun a sus ángeles les imputa necedad; ¿cómo, pues, un miserable como yo se atreverá a levantar su cabeza culpable? Y para mostrar que su corazón estaba lleno de una santa indignación contra sí mismo, y que se entristecía según Dios, hería su pecho; la palabra en el original indica que se golpeaba con fuerza el pecho: no quiere echar la culpa a nadie sino a su propio corazón malvado. No quiere, como Adán sin humillar, echar tácitamente la culpa de su vileza sobre Dios, diciendo: Las pasiones que tú me diste, ellas me engañaron, y pequé; está demasiado arrepentido para reprochar así a su Hacedor; hiere su pecho, su pecho traicionero, ingrato, desesperadamente perverso; un pecho a punto ya de estallar; y al fin, de la abundancia de su corazón, sin duda con muchas lágrimas, clama: «Dios, sé propicio a mí, pecador.» No: Dios, sé propicio a aquel orgulloso fariseo; hallaba en sí mismo bastante contra qué desahogar su indignación, sin mirar afuera a los demás. No: Dios, sé propicio a mí, santo; porque sabía que «todas sus justicias no eran sino trapos de inmundicia». No: Dios, sé propicio a este o a aquel; sino: Dios, sé propicio a mí, sí, a mí, pecador; pecador de nacimiento, pecador en pensamiento, palabra y obra; pecador en cuanto a mi persona, pecador en cuanto a todas mis obras; pecador en quien no hay cosa sana, en quien no mora el bien; pecador pobre, miserable, ciego y desnudo, desde la planta del pie hasta la cabeza, lleno de heridas, hinchazón y podridas llagas; pecador que se acusa y se condena a sí mismo. ¿Qué os parece? ¿Se habría ofendido este publicano si algún ministro le hubiera dicho que merecía ser condenado? ¿Se habría enojado si alguien le hubiera dicho que por naturaleza era medio diablo y medio bestia? No: habría confesado que mil infiernos le eran debidos, y que era un pecador terrenal y diabólico. Sentía ahora qué cosa tan terrible era apartarse del Dios vivo; sentía que era inexcusable en todos los sentidos; que de ningún modo, por cosa alguna que hubiera en él, podía ser justificado a los ojos de Dios; y por eso se arroja a los pies de la misericordia soberana. «Dios, sé propicio a mí, pecador.» Aquí no hay confianza en la carne, ni alegato sacado del ayuno, del pago de los diezmos ni del cumplimiento de ningún otro deber; aquí no hay jactancia de no ser ladrón, injusto ni adúltero. Quizá había sido culpable de todos estos crímenes; al menos sabía que habría sido culpable de todos ellos si se le hubiera dejado seguir los designios y deseos de su propio corazón; y por eso, con espíritu quebrantado y contrito, clama: «Dios, sé propicio a mí, pecador.»

Este hombre subió al templo a orar, y oró de veras. Y al corazón quebrantado y contrito no lo despreciará Dios. «Os digo», dice nuestro Señor, yo que estaba en el seno del Padre desde toda la eternidad; yo que soy Dios, y por tanto sé todas las cosas; yo que no puedo engañar ni ser engañado, cuyo juicio es conforme a derecho; os digo, penséis lo que penséis de ello, o de mí por decíroslo, que «este», este publicano, este hombre despreciado, pecador, pero quebrantado de corazón, «descendió a su casa justificado (absuelto, y tenido por justo a los ojos de Dios) antes que el otro».

Guárdense los fariseos de torcer este texto; porque cuando se dice: «Este descendió a su casa justificado antes que el otro», nuestro Señor no quiere decir que ambos fueran justificados y que el publicano tuviera algo más de justificación que el fariseo; sino que implica, o bien que el publicano fue realmente justificado y el fariseo no, o bien que el publicano estaba en mejor camino para recibir la justificación que el fariseo; conforme a lo que dijo nuestro Señor: «Los publicanos y las rameras os van delante al reino de Dios». Que el fariseo no fue justificado es cierto, porque «Dios resiste a los soberbios»; y que el publicano fue en ese momento realmente justificado (y quizá volvió a casa con el sentimiento de ello en su corazón), tenemos gran razón para inferirlo de la última parte del texto: «porque cualquiera que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado».

Por tanto, la parábola habla ahora a todos los que me oís este día; porque es evidente que nuestro Señor la destinó a nuestra enseñanza, puesto que hace de ella una aplicación tan general: «porque cualquiera que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado».

La parábola del publicano y el fariseo no es, por así decirlo, sino un espejo en el que podemos ver la diversa disposición de todo el género humano; porque toda la humanidad puede dividirse en dos clases generales. O confían en sí mismos, total o parcialmente, como justos, y entonces son fariseos; o no tienen confianza en la carne, son pecadores que se condenan a sí mismos, y entonces responden al carácter del publicano que acabamos de describir. Y podemos añadir también que el diverso recibimiento que hallan estos hombres nos señala con vivos colores el diverso trato que hallarán, en el terrible día del juicio, el que se justifica a sí mismo y el criminal que se condena a sí mismo: «cualquiera que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado».

«Cualquiera», sin excepción, joven o viejo, alto o bajo, rico o pobre (porque Dios no hace acepción de personas); «cualquiera», sea quien sea, que se ensalza a sí mismo, y no a la gracia gratuita; cualquiera que confía en sí mismo como justo, que descansa en sus deberes, o piensa unirlos a la justicia de Jesucristo para su justificación a los ojos de Dios, aunque no sea adúltero ni ladrón, aunque no sea exteriormente injusto, más aún, aunque ayune dos veces a la semana y dé diezmos de todo lo que posee; con todo, será humillado a la vista de todos los hombres buenos que lo conocen aquí, y delante de los hombres y de los ángeles, y de Dios mismo, cuando Jesucristo venga a manifestarse en juicio en el más allá. Cuán bajo, nadie sino el Dios todopoderoso puede decirlo. Será humillado hasta vivir con los demonios y morar en el infierno más profundo para siempre jamás.

¡Oíd esto, todos vosotros que os justificáis a vosotros mismos; temblad, y contemplad vuestra condenación! ¡Una condenación terrible, más terrible de lo que las palabras pueden expresar o el pensamiento concebir! Si os negáis a humillaros después de oír esta parábola, pongo hoy por testigos contra vosotros a los cielos y a la tierra de que Dios os visitará con todas sus tormentas, y derramará todas las copas de su ira sobre vuestras cabezas rebeldes; os ensalzasteis aquí, y Dios os humillará en el más allá; sois tan orgullosos como el diablo, y con los demonios habitaréis por toda la eternidad. «No os engañéis; Dios no puede ser burlado»; él ve vuestros corazones, él sabe todas las cosas. Y aunque subáis al templo a orar, vuestras oraciones se os vuelven pecado, y descendéis a vuestras casas sin justificar, si os justificáis a vosotros mismos; ¿y sabéis lo que es estar sin justificar? Pues, si no estáis justificados, la ira de Dios está sobre vosotros; estáis en vuestra sangre; todas las maldiciones de la ley os pertenecen: malditos sois cuando salís, malditos sois cuando entráis; malditos son vuestros pensamientos, malditas vuestras palabras, malditas vuestras obras; todo lo que hacéis, decís o pensáis, de la mañana a la noche, no es más que una serie continua de pecado. Por mucho que se os estime a los ojos de los hombres, por mucho que se os honre con las primeras sillas en las sinagogas, en la iglesia militante, no tendréis lugar en la iglesia triunfante. «Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios»: derribad todo pensamiento de justicia propia y toda imaginación orgullosa que ahora se levanta contra la justicia perfecta, personal e imputada del amado Señor Jesús: «porque el que (y solo él) se humilla, será ensalzado».

El que se humilla, sea quien sea: si en lugar de ayunar dos veces a la semana se ha emborrachado dos veces a la semana; si en lugar de dar diezmos de todo lo que posee ha defraudado al ministro sus diezmos y al rey sus impuestos; aunque sea injusto, ladrón, adúltero, más aún, aunque los pecados de todo el género humano se concentren y se unan en él; con todo, si por la gracia, como el publicano, es capacitado para humillarse, será ensalzado; no de manera temporal, porque los cristianos más bien deben esperar ser humillados, y que su nombre sea desechado como malo, y poner su vida por Cristo Jesús en este mundo; pero será ensalzado en sentido espiritual: será justificado gratuitamente de todos sus pecados por la sangre de Jesús; tendrá paz con Dios, una paz que sobrepuja todo entendimiento; y no solo paz, sino gozo en el creer; será trasladado del reino de Satanás al reino del amado Hijo de Dios; morará en Cristo, y Cristo en él; será uno con Cristo, y Cristo uno con él; beberá de los deleites divinos como de un río; será santificado por completo en espíritu, alma y cuerpo; en una palabra, será lleno de toda la plenitud de Dios. Así será ensalzado aquí el hombre que se humilla; pero, ¡oh, cuán alto será ensalzado en el más allá! Tan alto como los más altos cielos, hasta la diestra de Dios: allí se sentará, dichoso en alma y cuerpo, y juzgará a los ángeles; en lo alto, fuera del alcance de todo pecado y aflicción, eternamente a salvo de todo peligro de caer. ¡Oh pecadores, si supierais cuán alto se propone Dios ensalzar a los que se humillan y creen en Jesús, sin duda os humillaríais, o al menos rogaríais a Dios que os humillara; porque es él quien ha de herir la roca de vuestros corazones y hacer que broten de ella torrentes de lágrimas contritas! ¡Oh, que Dios diera a este sermón una comisión como la que una vez dio a la vara de Moisés! Os heriría de parte a parte con la vara de su palabra, hasta que cada uno de vosotros fuera llevado a clamar con el pobre publicano: «Dios, sé propicio a mí, pecador.» ¡Qué lenguaje tan grato sería este a los oídos del Señor de los ejércitos!

¿No hay pobres pecadores entre vosotros? ¿Qué, sois todos fariseos? Seguramente no podéis soportar la idea de volver a casa sin justificar; ¿podéis? ¿Y si os sobreviniera un ataque de apoplejía, y vuestras almas fueran arrebatadas ante el temible Juez de vivos y muertos? ¿Qué haréis sin la justicia de Cristo? Si salís del mundo sin justificar, así habréis de quedar para siempre. ¡Oh, si os humillarais! Entonces el Señor os ensalzaría; puede ser que, mientras estoy hablando, el Señor os justifique gratuitamente por su gracia. Observé que quizá el publicano tuvo el sentimiento de su justificación antes de salir del templo, y supo que su perdón estaba sellado en el cielo; ¿y quién sabe si vosotros no seréis ensalzados así antes de volver a casa, si os humilláis? ¡Oh, qué paz, qué amor y qué gozo sentiríais entonces en vuestros corazones! Tendríais un cielo en la tierra. ¡Oh, si pudiera oír a alguno de vosotros decir (como una vez oí clamar a un pobre pecador bajo mi predicación): ¡Ha venido, ha venido! ¡Cómo ensalzaríais entonces, como él, a un Cristo precioso y de corazón generoso! ¡Cómo lo engrandeceríais por ser tan amigo de publicanos y pecadores! Nadie puede mostrar mayor amor que poner su vida por un amigo; pero Cristo puso su vida por sus enemigos, sí, por vosotros, si sois capacitados para humillaros como lo hizo el publicano. Pecadores, no sé cómo dejar de hablaros; quisiera llenar mi boca de argumentos, quisiera rogaros. «Venid luego, y estemos a cuenta»; aunque vuestros pecados sean como la grana, si os humilláis, serán emblanquecidos como la nieve. Un solo acto de verdadera fe en Cristo os justifica para siempre jamás; él no os ha prometido lo que no puede cumplir; él puede ensalzaros, porque Dios lo ha ensalzado y le ha dado un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla; más aún, Dios lo ha ensalzado no solo por Príncipe, sino por Salvador. ¡Sea él un Salvador para vosotros! Y entonces tendré razón para regocijarme en el día del juicio de que no he predicado en vano, ni trabajado en vano.

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