Sermones escogidos de George Whitefield
La cena del evangelio

Capítulo 33 · 32 min de lectura · 41 min de escucha

La cena del evangelio

Lucas 14:22–24 — «Y dijo el siervo: Señor, hecho es como mandaste, y aún hay lugar. Y dijo el señor al siervo: Ve por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa. Porque os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron llamados gustará mi cena.»

Aunque esta es una asamblea grande y solemne, supongo que todos estáis convencidos de que no habéis de vivir siempre en este mundo. ¿No puedo dar por sentado que aun los más profanos de entre vosotros creéis en vuestro corazón lo que los sagrados oráculos han revelado con toda claridad: «Que así como está establecido a todos los hombres que mueran una vez, así después de la muerte viene el juicio»? Sí, sé que creéis que nada es más cierto que el que hemos de «comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir según lo que hayamos hecho por medio del cuerpo, ora haya sido bueno, ora haya sido malo». Y por dura que os parezca esta palabra al oírla por primera vez, no puedo dejar de deciros que estoy plenamente persuadido de que tantos serán arrojados de aquel tribunal con un «Apartaos, malditos, al fuego eterno» por haber perseguido cosas en sí mismas lícitas, con un principio torcido y en un grado demasiado intenso, como por embriaguez, adulterio, fornicación o cualquier otra enormidad grosera [atrocidad, ultraje, depravación] que sea. Por vil que sea el mundo, bendito sea Dios, aún quedan muchísimos entre nosotros que, ya sea por el freno de una educación religiosa, ya por amor propio y por su reputación exterior, se abstienen ellos mismos del pecado grosero y miran con aborrecimiento y repugnancia a otros que se entregan a él. Pero luego, por una búsqueda demasiado ansiosa de las cosas de los sentidos y del tiempo, sus almas son adormecidas insensiblemente en un sueño espiritual, y poco a poco llegan a estar tan muertas para Dios, y tan sordas a todas las llamadas misericordiosas del evangelio, como los pródigos más perdidos. Es notable, por tanto, que nuestro Salvador, sabiendo cuán desesperadamente perverso y traicionero era el corazón del hombre en esto como en otros aspectos, después de advertir a sus discípulos, y en ellos a nosotros, que «mirasen por sí, que sus corazones no fuesen cargados en ningún tiempo de glotonería y embriaguez», añade en seguida: «y de los cuidados (los cuidados desmedidos y ansiosos) de esta vida». Porque son de naturaleza distrayente y embriagadora, y pronto cargan y abaten el corazón de los hijos de los hombres. Para prevenir o remediar este mal, nuestro Señor, durante el tiempo en que habitó aquí abajo como en un tabernáculo, pronunció muchas parábolas, pero ninguna más oportuna, ninguna en que se muestren más, o se pinten con colores más vivos, la gratuidad del llamamiento del evangelio, los frívolos pretextos que los hombres inventan para excusarse de abrazarlo y la terrible sentencia en que incurren al hacerlo, que aquella a la que se refieren las palabras del texto: «Y dijo el señor al siervo: Ve por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa. Porque os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron llamados gustará mi cena.»

Para tener una visión clara de la ocasión, el propósito y el contenido de la parábola a la que pertenecen estas palabras, es necesario que volvamos la vista al principio mismo de este capítulo: «Y aconteció que entrando en casa de un príncipe de los fariseos un sábado a comer pan, ellos le acechaban». La persona de quien aquí se habla, que entra en la casa de este fariseo, es nuestro bendito Salvador. Porque, así como vino comiendo y bebiendo, conforme a su carácter era franco, cortés y afable [amistoso, bondadoso] con todos; y por eso, aunque era día de reposo, aceptó una invitación y entró en casa de uno de los principales fariseos a comer pan, aun sabiendo que los fariseos eran sus enemigos declarados y que le acechaban, esperando hallar alguna ocasión para reprocharle, ya por sus palabras, ya por su conducta. Si el fariseo en cuya casa entró nuestro Señor era de esta clase, su invitación lo delata como un hombre muy malo, y puede servir para enseñarnos que mucho rencor y mucha enemistad de corazón contra Jesucristo pueden ocultarse y encubrirse bajo una gran y deslumbrante profesión de religión. Sin embargo, nuestro Salvador podía más que todos sus enemigos, y al aceptar esta invitación ha autorizado a sus ministros y discípulos a aceptar invitaciones semejantes y a conversar libremente de las cosas de Dios, aunque quienes los inviten no tengan en el corazón una religión verdadera. Porque ¿qué sabes tú, oh hombre, si no dejarás caer algo que aproveche a sus almas y los haga religiosos de veras? Y suponiendo que te acechen, vela tú en oración mientras estés en su compañía, y ese mismo Jesús que entró en la casa de este fariseo, y fue tan fiel y edificante en su conversación cuando estuvo allí, te capacitará para ir y hacer tú lo mismo.

Que la conversación de nuestro Señor no fue frívola, sino tal que sirviera para edificación, y que se condujo entre los convidados como un médico fiel más bien que como un compañero descuidado e indiferente, es evidente por el versículo 7 de este capítulo, donde se nos dice que «observaba cómo escogían los primeros asientos»; o, por decirlo a nuestra manera corriente, cómo deseaban sentarse en la cabecera de la mesa. Y pensemos en ello o no, el Señor Jesús toma nota de nuestra conducta, aun cuando vamos a sentarnos tan solo a nuestras comidas ordinarias. ¡Ojalá todos los que profesan un cristianismo verdadero consideraran bien esto! Entonces la religión no estaría tan confinada a la iglesia o a la reunión, sino que se llevaría a nuestras casas particulares, y se evitarían muchos cumplidos innecesarios y nada cristianos. Porque (lo digo con dolor) ¿no es demasiado cierto que gran número de los que profesan la fe aman, y codician demasiado, los primeros lugares en las casas, lo mismo que en las sinagogas? Esto era lo que nuestro Señor censuraba en los convidados de la casa donde ahora estaba. Él observó, tomó nota, miró antes de hablar (como siempre deberíamos hacer, si queremos hablar con acierto) cómo escogían los primeros asientos. Por eso, aunque eran ricos en los bienes de este mundo, y no eran sus convidados, no queriendo consentir el menor pecado sobre ellos, ni perder ninguna oportunidad de instruirles, les dio una lección sobre la humildad, diciéndoles, o dirigiendo sus palabras a todos en general, aunque probablemente hablaba a uno en particular que estaba sentado cerca de él, y en quien quizá había notado una solicitud más que ordinaria por escoger un lugar principal, o el lecho en que se reclinaban para comer, según la costumbre de los romanos: «Cuando fueres convidado de alguno a bodas (lo cual parece indicar que se trataba de un banquete de bodas), no te sientes en el primer lugar, no sea que otro más honrado que tú esté por él convidado, y viniendo el que te llamó a ti y a él, te diga: Da lugar a este; y entonces comiences con vergüenza a tener el último lugar. Mas cuando fueres convidado, ve, y siéntate en el último lugar; para que cuando viniere el que te llamó, te diga: Amigo, sube más arriba; entonces tendrás gloria (o estima) delante de los que juntamente se sientan a la mesa contigo.» ¡Oh glorioso ejemplo de fidelidad y de amor a las almas! ¡Cuánto deberían los ministros, sobre todo, imitar a su bendito Maestro y, con simplicidad y sinceridad de Dios, reprender con mansedumbre y oportunamente las faltas de la compañía en que se hallan, aunque esta sea superior a ellos en circunstancias exteriores! ¿Qué persona bien instruida, después de leer este pasaje, puede pensar que enseñan con rectitud y conforme a la palabra de Dios en este punto quienes dicen que no debemos, o al menos que no tenemos por qué, reprender a los hombres naturales? ¡Ciertamente tal doctrina no viene de lo alto! Porque ¿no se nos manda que de todos modos reprendamos a nuestro prójimo (sea o no hijo de Dios) y que no consintamos sobre él pecado? ¿No es más que probable que todos estos convidados fueran hombres naturales? Y sin embargo nuestro Señor los reprendió. ¡Ayúdanos, pues, oh Salvador, en este y en todo otro ejemplo de tu conducta moral, a andar como tú nos has dado ejemplo!

Pero nuestro Señor no se detuvo aquí; sino que, observando que no se había llamado a la fiesta sino a los ricos, los poderosos y los nobles, tomó de ello ocasión también para dar aun a su anfitrión (porque la mejor recompensa que podemos dar a nuestros amigos por su bondad es ser fieles a sus almas), uno de los principales fariseos, un saludable consejo: «Y dijo también al que le había convidado: Cuando haces comida o cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos; no sea que también ellos te vuelvan a convidar, y te sea hecha compensación. Mas cuando haces banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos, los ciegos; y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden retribuir. ¡Pues te será recompensado en la resurrección de los justos!» Así entretenía nuestro Señor a la compañía. ¡Las palabras dichas a su tiempo, cuán buenas son! Si los seguidores de Cristo se esforzaran así y, cuando están en compañía, iniciaran alguna conversación útil para su gran Señor, no saben cuánto bien podrían hacer, ni a cuántos podría mover su buen ejemplo a secundarlos en ello.

Un ejemplo de esto lo tenemos en el versículo 14: «Y oyendo esto uno de los que juntamente estaban sentados a la mesa, le dijo: Bienaventurado el que comerá pan en el reino de Dios». Dichosos los que serán recompensados en esa resurrección de los justos de la que has estado hablando. ¡Muy oportuna palabra esta! Apropiada en todo para personas que se sientan a comer pan en la tierra, cosa que nunca deberíamos hacer sin hablar de aquel tiempo, y anhelarlo, en que nos sentaremos a comer pan en el reino de los cielos. Esto abrió a nuestro Señor un nuevo tema de conversación y dio ocasión a la parábola que ha de ser el objeto más inmediato de vuestra presente meditación. Como si hubiera dicho al que habló el último: Dices bien; bienaventurados en verdad los que se sentarán a comer pan en el reino de Dios; pero, ¡ay!, la mayoría de los hombres, y sobre todo vosotros los fariseos, obráis como si no lo creyerais; y por eso le dijo: «Un hombre hizo una gran cena, y convidó a muchos». Por el hombre que hizo una gran cena hemos de entender a Dios el Padre, que ha hecho provisión para las almas que perecen mediante la obediencia y la muerte de su amado Hijo Cristo Jesús. Esta provisión se representa aquí bajo la figura de una cena, porque la caena, o cena, era entre los antiguos su comida principal. Los hombres nunca habrían podido hacer tal provisión para sí mismos, ni los ángeles para ellos. No; nuestra salvación viene toda de Dios, desde el principio hasta el fin. Él la hizo, y no nosotros mismos; y se debe enteramente a la sabiduría divina, y no a la nuestra, que hayamos llegado a ser pueblo de Dios y ovejas de su prado. Esta provisión para las almas que perecen puede llamarse con justicia grande, porque en el evangelio se ha hecho una provisión rica y abundante para muchísimas almas. Porque, aunque el rebaño de Cristo sea quizá una manada pequeña mientras está disperso, cuando se reúna todo será una multitud que nadie podrá contar. Y se llama grande sobre todo porque fue comprada a tan gran precio, el precio de la preciosísima sangre de Cristo. Y por eso, cuando el apóstol quiere exhortar a los cristianos a glorificar a Dios en sus almas y en sus cuerpos, se vale de este glorioso motivo: «Que habían sido comprados por precio». No dice qué precio, sino solamente un precio, llamado así enfáticamente; como si todos los precios del mundo no fueran nada (como en verdad no lo son) comparados con este precio de la preciosísima sangre de Cristo.

Por estas razones, Jesús dijo en la parábola: «Un hombre hizo una gran cena, y convidó a muchos. Y a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los convidados: Venid, que ya todo está preparado». Convidó a muchos: el Dios eterno tomó a los judíos por su pueblo peculiar bajo la dispensación mosaica, y mediante los tipos, las sombras y las profecías del Antiguo Testamento los invitó a participar de los gloriosos privilegios del evangelio. «Y a la hora de la cena», en el cumplimiento del tiempo que Dios el Padre había decretado desde la eternidad, en la tarde del mundo (por lo cual los tiempos del evangelio se llaman los postreros tiempos), «envió a su siervo», a Cristo su Hijo, llamado aquí su siervo porque, actuando como Mediador, era inferior al Padre; por eso dice el profeta Isaías: «He aquí mi siervo, al cual he escogido»; «a decir a los convidados», a los judíos que profesaban la fe, llamados por san Juan «los suyos», es decir, su pueblo peculiar que lo profesaba, con este mensaje: «Venid»; arrepentíos y creed al evangelio. Nada se requiere de parte del hombre sino venir, o aceptar la oferta del evangelio. No es según el antiguo pacto: «Haz esto, y vivirás»; sino solamente: «Ven, cree, y serás salvo». Todo está preparado. Nada falta de parte de Dios. «Ya todo está preparado». Parece que ha de ponerse un énfasis particular en el ya, dando a entender que este era un tiempo especial de gracia, y que Dios hacía ahora sus últimos esfuerzos por salvar al hombre perdido. Pues bien, si el gran Dios hace un gasto tan grande para preparar una cena tan grande para criaturas que perecen, y envía a una persona tan grande como su propio Hijo, en forma de siervo, a invitarlas a venir a ella, uno pensaría que todos los que oyeran estas buenas nuevas dirían de buena gana: Señor, he aquí venimos. Pero en lugar de esto, se nos dice: «Y comenzaron todos (la mayor parte de los judíos) a una a excusarse». La conciencia les decía que debían venir, y con toda probabilidad tenían algún débil deseo de venir; y no tenían nada, que sepamos, que objetar ni contra la persona que preparó la cena, ni contra la persona que los invitó, ni contra el banquete mismo; ni oímos tampoco que trataran a ninguno de ellos con desprecio, como es costumbre de demasiados en los días en que vivimos. Con toda probabilidad reconocían que todo era muy bueno, y que era una bondad de parte de aquel hombre enviarles semejante invitación. Pero como estaban muy ocupados, y, según pensaban, en asuntos muy lícitos, comenzaron a excusarse.

Pero las excusas que dieron hicieron inexcusable su rechazo. «El primero le dijo: He comprado una hacienda, y necesito salir y verla». ¡Necio! ¡Comprar una hacienda, y después ir a verla! Un hombre prudente habría ido a ver la tierra primero, y la habría comprado después. ¿Por qué necesita ir? Por lo menos, ¿por qué necesita ir ahora? La tierra era suya; ¿no podía, pues, haber aceptado hoy la invitación, e ir a ver su finca o su plantación al día siguiente? Puesto que la había comprado, no tenía por qué temer perder su negocio porque otro se la comprara. Pero, a pesar de todo esto, hay una necesidad apremiante de que vaya, y por eso dice: «Te ruego que me des por excusado», y que hagas valer tu influencia con tu señor en mi favor. Esta era una mala excusa.

La segunda fue todavía peor. Porque ¿qué dice el evangelista en el versículo 19? «Y el otro dijo: He comprado cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlos». Uno, al parecer, había comprado una hacienda; otro, ganado para abastecer una hacienda ya comprada; y ambos fueron igualmente necios al hacer sus tratos. Porque este segundo había comprado cinco yuntas de bueyes, que por fuerza le habrían costado una suma considerable, quizá todo lo que tenía en el mundo, y ahora tenía que ir a probarlos. Un negociante sabio habría probado primero los bueyes, y los habría comprado después: pero nuestro Salvador dice esto para mostrarnos que nos fiamos unos de otros, y aun, puedo añadir, del diablo mismo, más de lo que nos fiamos de Dios.

La excusa que da el tercero es la peor de todas: «Acabo de casarme, y por tanto no puedo ir». Si hubiera dicho que no quería ir, habría expresado el verdadero sentir de su corazón: porque no es tanto la impotencia de los hombres como su falta de voluntad y de inclinación lo que los aparta de la fiesta del evangelio. Pero ¿por qué no puede ir? «Acaba de casarse». ¿De veras? Pues entonces, con más razón debería ir. Porque la cena a la que estaba invitado, según parece, era una cena de bodas, y le habría ahorrado la molestia de un banquete nupcial. Era una gran cena, y por consiguiente había provisión de sobra para él y también para su esposa. Y la había preparado un gran señor, que envió a su siervo a convidar a muchos, de modo que no tenía por qué dudar de hallar una cordial bienvenida, aunque llevara consigo a su mujer. O, suponiendo que su mujer no quisiera venir, como el marido es cabeza de la mujer, debería haberle mandado que lo acompañara. Porque no podemos hacer nada mejor por nuestros compañeros de yugo que traerlos a la fiesta del evangelio. O, suponiendo que, después de todo, ella no se dejara persuadir, debería haber ido sin ella: porque «los que tienen mujeres sean como los que no las tienen»; y no debemos dejar que el afecto carnal adquiera tal dominio sobre nosotros que nos aparte de los banquetes espirituales. Adán pagó caro el haber obedecido a la voz de su mujer: y a veces, si no dejamos mujer, como también casas y tierras, no podemos ser discípulos del Señor.

Tal fue, pues, la acogida que encontró el siervo, y tales las excusas y respuestas que se le devolvieron. ¿Y cuál fue la consecuencia? «Y vuelto aquel siervo (sin duda con el corazón entristecido), hizo saber estas cosas a su señor». Por poco que se piense en ello, los ministros deben dar cuenta al Señor del fruto que halla su ministerio. Debemos darle cuenta a nuestro Señor aquí. Debemos exponerle el caso en oración. Debemos darle cuenta a nuestro Señor en el más allá, delante de la asamblea general del mundo entero. Pero ¡qué terrible es cuando los ministros se ven obligados a ponerse de rodillas, clamando: «¡Ay, mi flaqueza, mi flaqueza!», y, como Elías, a interceder, por así decirlo, contra aquellos a quienes de buena gana habrían comunicado no solo el evangelio, sino aun sus propias vidas! Es una consideración que parte el corazón. Pero así ha de ser: «Vuelto el siervo, hizo saber estas cosas a su señor»; y así hemos de hacer nosotros. Pues bien, ¿y qué dice el Señor? Se nos dice, en el versículo 21, que «el padre de familia se enojó». No con el siervo: porque, aunque Israel no se junte, con todo Cristo será glorificado; y los ministros fieles serán recompensados, obedezca o no la gente al evangelio. «Para Dios somos buen olor, sea el mundo olor de vida para vida, o sea olor de muerte para muerte». El padre de familia, pues, se enojó, no con el siervo, sino con esos mundanos y amadores del placer que rechazaron su bondadosa invitación; los cuales, con toda probabilidad, fueron a ver y a abastecer sus haciendas y a atender a sus esposas, sin dudar de que se aceptarían sus excusas, puesto que estaban ocupados en cosas lícitas. Y, en efecto, en cierto sentido sus excusas fueron aceptadas. Porque no oigo que se les volviera a invitar jamás. Dios los tomó por su palabra, aunque ellos no quisieron tomarle a él por la suya. Pidieron que se les diera por excusados, y fueron dados por excusados, como veremos en lo que sigue de esta parábola. No endurezcamos, pues, nuestros corazones, como en la provocación; «He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación». Pero ¿se quedará la fiesta sin convidados? No; si estos no pueden o no quieren venir, otros podrán y querrán. El padre de familia, pues, enojado, envió al siervo con un segundo recado: «Ve pronto por las plazas y por las calles de la ciudad, y trae acá a los pobres, a los mancos, a los cojos y a los ciegos». Cada palabra revela un espíritu de enojo y de insistencia. Ve pronto, no te detengas, no temas empresa ni peligro alguno; por las plazas y por las calles de la ciudad; y trae acá: no solo llámalos, sino tráelos (porque aquí el señor, para animar al siervo, le asegura el éxito); a los pobres, a los mancos, a los cojos y a los ciegos. Esto se cumplió cuando Jesucristo, después que el evangelio fue rechazado por los judíos, fue e invitó a los gentiles, y cuando los publicanos y las rameras arrebataron el reino de Dios con una santa violencia, mientras los escribas y fariseos, justos en su propia opinión, rechazaban el reino de Dios contra sí mismos. Esto fue también una reprensión directa al fariseo rico en cuya casa estaba el Señor Jesús, así como una lección cortante para los demás convidados. Porque nuestro Salvador quería mostrarles con ello que Dios seguía un método muy distinto del de su anfitrión, y que no tenía a menos recibir a los pobres, y a los cojos, y a los ciegos, y a los mancos en la cena del evangelio, aunque él no había llamado a ninguno de esos a sentarse a su mesa. Si los convidados se ofendieron o no, no se nos dice. Pero, si no estaban del todo ciegos, tanto el anfitrión como los convidados podían ver fácilmente que la parábola se decía contra ellos. Pero, para seguir adelante:

El siervo vuelve otra vez, pero con una respuesta más grata que antes: «Señor, hecho es como mandaste, y aún hay lugar». Las palabras muestran que el siervo estaba lleno de gozo al pensar en el éxito que había tenido. Nadie sino quien lo experimenta puede decir cuánto consuelo tienen los ministros al ver bendecidos sus trabajos. «Ahora vivo (dice el apóstol), si vosotros estáis firmes en el Señor. Vosotros sois nuestro gozo y corona de que nos gloriamos en el día del Señor Jesús». «Señor, hecho es como mandaste. Los pobres, y los mancos, y los cojos, y los ciegos han sido llamados, y han obedecido el llamamiento, y los he traído conmigo; con todo, Señor, tu casa y tu cena son tan grandes que hay lugar para más. Con esto daba a entender que deseaba ser empleado de nuevo en llamar a más almas; y cuanto más hacemos, más podemos hacer para Dios: «A cualquiera que tiene, se le dará»; y el éxito presente es un gran estímulo para la diligencia futura. Tales insinuaciones agradan a nuestro Salvador. Él se deleita en ver a sus ministros dispuestos para una obra nueva, y esperando órdenes frescas. «El señor, pues, se nos dice en el v. 23, dijo a su siervo (al mismo siervo): Ve por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa; 24. Porque os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron llamados gustará mi cena». ¡Oh, palabras cortantes para los que estaban sentados a la mesa, si hubieran tenido corazón para aplicárselas! ¡Pero buenas nuevas de gran gozo para los publicanos, las rameras y los gentiles, a quienes los orgullosos fariseos rechazaban como alejados de la república de Israel y extranjeros a los pactos de la promesa! Esto se cumplió cuando nuestro Señor envió a los apóstoles, no solo por las plazas y calles de la ciudad, y por los lugares vecinos a Jerusalén y a Judea, sino cuando les dio el encargo de ir por todo el mundo y predicar el evangelio a toda criatura, al gentil lo mismo que al judío; y no solo les dio el mandamiento, sino que bendijo sus trabajos con tal éxito que tres mil se convirtieron en un solo día. Y no me faltan esperanzas de que se cumplirá todavía más con el llamamiento de algunos de vosotros a casa en este día. Porque, aunque esta parábola se dijo originalmente a los judíos, y en una ocasión particular, como en un banquete, es aplicable a nosotros, y a nuestros hijos, y a todos los que están lejos; sí, a cuantos el Señor nuestro Dios llamare. Me parece que da sanción a la predicación en los campos y en otros lugares fuera de las sinagogas; y retrata la acogida que el evangelio halla en estos días de un modo tan vivo que se diría que tenía una referencia particular a la edad presente. Porque ¿no es demasiado, demasiado claro que las ofertas del evangelio y la gracia del evangelio han sido desdeñadas y tenidas en poco por muchos que profesan la fe en esta generación? Hemos estado en las iglesias diciéndoles una y otra vez que Dios ha hecho una gran cena (y ha convidado a muchos, aun a ellos), y que nos ha enviado por su providencia y por su Espíritu «a decir a los convidados: Venid, que ya todo está preparado. Creed en el Señor Jesús, y seréis salvos». Pero la generalidad de los laicos lo ha tenido en poco; nos han prestado oído, pero están demasiado ocupados en sus labranzas y en sus negocios, en casarse y en darse en casamiento, para venir y ser bendecidos en el Señor de la vida. Les hemos dicho una y otra vez que no queremos que se escondan del mundo, sino enseñarles cómo pueden vivir en él sin ser de él. Pero nada basta. Muchos del clero también (como los escribas y fariseos, sabios en la letra, en tiempos de nuestro Salvador) rechazan el reino de Dios contra sí mismos y nos niegan el uso de los púlpitos, sin otra razón que la de predicar nosotros la doctrina de la justificación delante de Dios solo por la fe, e invitar a los pecadores a venir y gustar de la fiesta del evangelio gratuitamente, sin dinero y sin precio.

Piensen ellos lo que quieran, nosotros estamos persuadidos de que el gran padre de familia está enojado con ellos por enojarse con nosotros sin causa. Por eso ahora, por su providencia, nos manda: «Ve pronto por las plazas y por las calles de la ciudad, y trae acá a los pobres, a los mancos, a los cojos y a los ciegos», o sea, llama a los publicanos y a las rameras, a los que maldicen y juran por costumbre, a los quebrantadores del día de reposo y a los adúlteros, que quizá nunca han cruzado la puerta de una iglesia ni han oído que Jesucristo murió por pecadores como ellos. Nosotros, por la gracia, hemos obedecido el mandato; hemos salido, aunque por ello quedemos expuestos a tanto desprecio, y, bendito sea Dios, nuestro trabajo no ha sido en vano en el Señor. Porque muchos han sido hechos voluntarios en el día del poder de Dios; y, lo diríamos con humildad, podemos ir con alegría a nuestro Salvador y decirle: «Hecho es, Señor, como mandaste, y aún hay lugar». Por eso le place, a pesar de toda la oposición de hombres o de demonios, continuar, renovar y ensanchar nuestro encargo; nos ha enviado literalmente por los caminos y por los vallados; y confío en que nos ha dado el encargo de forzar a los pecadores a venir. Porque, aunque hablásemos lenguas humanas y angélicas, si el Señor no acompañase la palabra con su poder, y no inclinase dulcemente la voluntad de los hombres a acudir al llamamiento del evangelio, seríamos como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Pero esto creemos que nuestro Salvador lo hará, porque su casa ha de llenarse: toda alma por la que él derramó su sangre será finalmente salva, «y todo lo que el Padre le da vendrá a él, y al que a él viene no lo echará fuera». Esto consolaba a nuestro Señor cuando su evangelio era rechazado por los judíos. Como si hubiera dicho: Pues bien, aunque despreciéis las ofertas de mi gracia, no derramaré mi sangre en vano; porque todo lo que el Padre me da vendrá a mí.

Sostenido por esta consideración, no me avergüenzo de salir hoy por los caminos y por los vallados, y de confesar que mi oficio es llamar a los pobres, y a los mancos, y a los cojos, y a los ciegos, a los pecadores que se condenan a sí mismos y se saben impotentes, a la fiesta de bodas de la cena del Cordero. Mi clamor es: Venid, creed en el Señor Jesús; arrojaos al estrado de su misericordia, y seréis salvos; porque ya todo está preparado. Dios el Padre está preparado, Dios el Hijo está preparado, Dios el Espíritu Santo está preparado; los benditos ángeles de arriba están preparados, y los benditos santos de abajo están preparados para daros la bienvenida a la fiesta del evangelio. Jesucristo ha obrado ya una justicia perfecta y eterna. Dios ahora, en términos honrosos, puede absolver al culpable. Dios puede ahora ser justo y, aun así, justificar al impío. «Porque a Cristo, que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él». El becerro grueso ya está muerto, y «Cristo, nuestra pascua, fue sacrificado por nosotros». Venid, pecadores, y alimentaos de él en vuestro corazón por la fe, con acción de gracias. Por amor de Jesucristo, no comencéis todos a una a excusaros. No dejéis que una hacienda, cinco yuntas de bueyes, ni aun una esposa, os aparten de esta gran cena. Podéis gozar de estas cosas como dones de Dios, y usarlas para la gloria del Mediador, y aun así estar presentes en la fiesta del evangelio. La religión verdadera y sin mácula no quita, sino que más bien acrecienta en gran manera, los consuelos de la vida; y nuestro Señor no rogó que fuésemos quitados del mundo, sino «que fuésemos librados del mal que hay en él». ¡Oh, si todos vosotros dijerais a una: He aquí, venimos! Estad seguros de que aquí hay provisión bastante. Porque es una gran cena. En la casa de nuestro Padre hay pan de sobra. Y aunque es un gran Dios quien hace la cena, es tan bueno y condescendiente como grande. Aunque él es el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, con todo habitará con el corazón humilde y contrito, aun con el hombre que tiembla a su palabra. Tampoco podéis quejaros por falta de lugar; «porque aún hay lugar. En la casa de nuestro Padre muchas moradas hay». Si no fuera así, nuestro Salvador nos lo habría dicho. La gracia de Cristo es tan rica, tan gratuita y tan poderosa como siempre. Él es «el mismo ayer, y hoy, y por los siglos». Él está lleno de gracia y de verdad, y de su plenitud todos los que vienen a él pueden tomar gracia por gracia. Él da abundantemente y sin reproche. No quiere la muerte del pecador, sino más bien que crea y viva. Venid, pues, todos vosotros, pecadores cojos, pobres, mancos y ciegos; tened ánimo: el Señor Jesús ha enviado a su siervo a llamaros. Ahora es la hora de la cena, y un día de gracia extraordinaria. Puede que el día ya esté muy avanzado. Apresuraos, pues, y corred a la cena del Cordero. Si no venís, sé que el señor se enojará. ¿Y quién podrá estar delante de él cuando se enoje? «No endurezcáis, pues, vuestros corazones, como en la provocación, en el día de la tentación en el desierto». No provoquéis al Señor a decir: «Ninguno de aquellos hombres que fueron llamados gustará mi cena». ¡Oh, palabras terribles! Hay en ellas mucho más implícito de lo que se expresa. Es lo mismo que aquello de los salmos: «Juré en mi furor que no entrarían en mi reposo». Y si no entráis en el reposo de Dios, ni gustáis de la cena de Cristo, tendréis que alzar los ojos en los tormentos, donde no tendréis reposo, y tendréis que cenar con los demonios condenados por siempre jamás.

Conociendo, pues, el terror del Señor, os persuadimos a que os apresuréis y no deis más excusas frívolas. Porque no hay excusa contra el creer. Quizá digáis: Tú llamas a los cojos, y a los mancos, y a los ciegos, y a los pobres. Pero si somos cojos y mancos, ¿cómo podremos venir?: si somos ciegos, ¿cómo podremos ver el camino? Si somos pobres, ¿cómo podemos esperar ser admitidos a una mesa tan grande? ¡Ah! Dichosos vosotros si sentís que sois cojos y mancos. Porque, si así os sentís y lo estáis lamentando, ¿quién sabe si, mientras hablo, Dios no enviará su Espíritu con la palabra y os traerá a casa? Aunque seáis ciegos, Jesús tiene colirio para ungiros. Aunque seáis pobres, sois bienvenidos a esta rica fiesta. A Jesucristo le costó un gran precio, pero vosotros la tendréis gratis. Para gente como vosotros fue preparada: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». Los pecadores ricos, justos en su propia opinión y satisfechos de sí mismos, lo sé, despreciarán tanto la fiesta como a su gran proveedor. Ya lo han hecho; por eso el Señor nos ha enviado por los caminos y por los vallados, a traer a almas pobres como vosotros. Aventuraos, pues, mis queridos amigos, y honrad a Dios tomándole por su palabra. Venid a la fiesta de bodas. Creedme, allí participaréis de los manjares más deliciosos.

Decidme, vosotros los que habéis llegado a gustar que el Señor es benigno, ¿no recomendaréis esta fiesta a todos? ¿No estáis, mientras hablo, a punto de exclamar: Venid, todos los que estáis fuera, venid, obedeced el llamamiento, porque nos hemos sentado bajo la sombra del Redentor con gran deleite, y su fruto ha sido dulce a nuestro paladar? Mientras hablo, ¿no se enciende el fuego, no arde vuestro corazón con el deseo de que otros vengan y sean bendecidos también? Si sois cristianos de veras, sé que tendréis este sentir, y el lenguaje de vuestro corazón será: Señor, mientras él llama, que tu Espíritu los fuerce a entrar. ¡Oh, que el Señor diga: Amén! ¿Y por qué habríamos de dudar? Ciertamente nuestro Salvador no me dejará quejarme hoy de que he trabajado en vano y he consumido mi fuerza para nada. Me parece ver a muchos que desean venir. ¡Oh, cómo os forzaré a venir adelante! No usaré el fuego ni la espada, como hacen los papistas, pervirtiendo terriblemente este texto de la Escritura. Pero os hablaré del amor de Dios, del amor de Dios en Cristo, y sin duda eso os forzará, eso os constreñirá, queráis o no. Pecadores, mi corazón se ensancha hacia vosotros. Podría llenar mi boca de argumentos. Considerad la grandeza del Dios que hace la cena. Considerad la grandeza del precio con que fue comprada. Considerad la grandeza de la provisión hecha para vosotros. ¿Qué más querríais? Considerad la infinita condescendencia de Dios al llamaros ahora, cuando podríais estar en el infierno, «donde su gusano no muere, y el fuego nunca se apaga». Y para que no tengáis excusa, ha enviado a su siervo por los caminos y por los vallados a invitaros allí. ¡Oh, si gustarais lo que yo gusto ahora! Estoy seguro de que no os faltarían argumentos para moveros a entrar: no, volaríais a la fiesta del evangelio como palomas a sus ventanas.

Pero, ¡pobres almas!, muchos de vosotros quizá no tenéis hambre. No os sentís cojos, ni mancos, ni ciegos, y por eso no tenéis gusto por este banquete espiritual. Pues bien, no os enojéis conmigo por llamaros; no os ofendáis si lloro sobre vosotros, porque no conocéis el tiempo de vuestra visitación. Si he de comparecer en el juicio como testigo pronto contra vosotros, así sea. ¡Pero ese pensamiento me hiela la sangre! No puedo soportarlo; siento que podría dar mi vida por vosotros. Pero no quiero irme sin vosotros. ¿Qué decís, mis queridos amigos? Quisiera haceros la pregunta una vez más: ¿Gustaréis de la cena de Cristo, o no? Todos seréis bienvenidos. En esta fiesta hay leche para los niños, así como vianda para los hombres fuertes y para las personas de edad más madura. Hay lugar y provisión para altos y bajos, ricos y pobres, todos juntos; y nuestro Salvador os agradecerá que vengáis. ¡Asombrosa condescendencia! ¡Admirable amor! Su solo pensamiento me sobrecoge del todo. Ayudadme, ayudadme, oh creyentes, a bendecirle y alabarle.

¡Y oh, que este amor nos mueva a venir de nuevo a él, como si nunca antes hubiéramos venido! Porque, aunque a menudo hemos sido agasajados, nuestras almas morirán de hambre si no renovamos nuestros actos de fe y no nos arrojamos de continuo, como pecadores perdidos y arruinados, a los pies de Cristo. Alimentarnos de experiencias pasadas no saciará nuestras almas, como tampoco lo que comimos ayer sostendrá hoy nuestros cuerpos. No; los creyentes han de buscar nuevas influencias de la gracia divina, y pedir al Señor que los riegue a cada momento. La parábola, pues, habla tanto a los santos como a los pecadores. Venid vosotros a la fiesta de bodas; sois tan bienvenidos ahora como siempre. ¡Y que Dios haga que vuestras almas anhelen aquel tiempo en que nos sentaremos a comer pan en el reino de los cielos! Allí beberemos a grandes tragos del amor divino, y gozaremos del glorioso Emanuel por siempre jamás. Así sea, Señor Jesús. Amén.

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