Sermones escogidos de George Whitefield
El cuidado del alma, la única cosa necesaria

Capítulo 31 · 37 min de lectura · 47 min de escucha

El cuidado del alma, la única cosa necesaria

Lucas 10:42 — «Pero una cosa es necesaria».

Era el carácter amable de nuestro bendito Redentor que «anduvo haciendo bienes»; este gran motivo, que animaba todas sus acciones, lo llevó a casa de su amigo Lázaro, en Betania, y dirigió allí su conducta. Aunque era un tiempo de descanso de las labores públicas, nuestro Señor llevó los sentimientos y los piadosos cuidados de un predicador de justicia a la sala de un amigo; y allí su doctrina goteaba como la lluvia y destilaba como el rocío sobre el pequeño y dichoso círculo que entonces lo rodeaba. María, la hermana de Lázaro, se unió a ellos con gran deleite; se sentó a los pies de Jesús, en la postura de una humilde discípula; y tenemos mucha razón para creer que Marta, su otra hermana, con gusto habría estado allí con ella; pero los quehaceres domésticos la apremiaban, y «se distraía en muchos servicios», quizá demasiado afanada por preparar un banquete suntuoso para su Maestro celestial y el séquito que lo acompañaba. Dichosos los que, en medio de un tropel de ocupaciones, no pierden algo de la espiritualidad de su mente y de la serenidad y dulzura de su carácter. Esta buena mujer se acerca a nuestro Señor con una queja demasiado impaciente, insinuando algún pequeño reproche, no solo a María, sino también a él mismo: «Señor, ¿no tienes cuidado que mi hermana me deja servir sola? Dile, pues, que me ayude». Nuestro Señor, dispuesto a aprovechar todas las ocasiones de sugerir pensamientos útiles, le responde con estas palabras, de las que el texto forma parte: «Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas; pero una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada». ¡Ay, Marta! Los asuntos del alma son de tanta mayor importancia que los del cuerpo, que no puedo culpar a tu hermana en esta ocasión; más bien te la propongo como ejemplo para que la imites, y te advierto a ti, y a todos mis demás amigos, que estéis muy en guardia, no sea que en medio de vuestros cuidados del mundo perdáis de vista lo que mucho más merece vuestra atención.

Consideraré estas palabras, «Una cosa es necesaria», como una especie de aforismo, o sentencia sabia y de peso, que salió de la boca de nuestro bendito Redentor, y que evidentemente es digna de nuestra más seria consideración. Voy a:

I. Considerar qué hemos de entender por «la una cosa» de que aquí se habla.

II. Mostraros qué se quiere decir cuando se afirma que es la única cosa necesaria.

III. Mostraré con cuánta justicia puede presentarse así, o probaré que es, en efecto, la única cosa necesaria. Y luego concluiré con algunas reflexiones.

Amigos míos, las palabras que ahora tenemos delante son hoy tan verdaderas como lo eran hace mil setecientos años. Poned vuestro corazón en atenderlas. ¡Oh, que por la gracia divina seáis despertados para oírlas con la debida atención, y quedéis tan impresionados por las cosas sencillas y serias que ahora se van a decir como probablemente lo estaríais si os hablara junto a vuestro lecho de muerte y tuvierais ante vosotros la visión cercana y viva de la eternidad!

Primero, he de considerar qué hemos de entender por la «única cosa necesaria».

Pues bien, en pocas palabras, es el «cuidado del alma», opuesto, como veis en el texto, al cuidado, al excesivo cuidado del cuerpo, del que nuestro Señor amonestó suavemente a Marta. Esta es una respuesta general, y comprende una variedad de particulares importantes, que es tarea de nuestro ministerio exponeros a menudo por extenso. El cuidado del alma implica una disposición a oír las palabras de Cristo, a sentarnos con María a sus pies y a recibir de su boca tanto la ley como el evangelio. Supone que aprendemos de este divino Maestro el valor de nuestras almas, su peligro y su remedio, y que llegamos a estar solícitos, por encima de todo, por su salvación; que, arrepintiéndonos de corazón de todos nuestros pecados y creyendo cordialmente el evangelio eterno, recibimos al Señor Jesucristo para justicia y vida, descansando nuestras almas en el valor de su expiación y en la eficacia de su gracia. Significa la sincera consagración de nosotros mismos al servicio de Dios, y una fiel adhesión a él, a pesar de todas las oposiciones que surjan de las corrupciones interiores o de las tentaciones exteriores; y una resuelta perseverancia en el camino de la dependencia evangélica, hasta que obtengamos el fin de nuestra fe en nuestra salvación completa. Esta es la «única cosa necesaria», presentada, es verdad, en diversas escrituras con diversos nombres. A veces se la llama «regeneración» o «la nueva criatura», porque es la bendita obra de la gracia eficaz de Dios. A veces, el «temor de Dios», y a veces «su amor, y el guardar sus mandamientos»; y con mucha frecuencia en el Nuevo Testamento se la llama «fe», o «recibir a Cristo, y creer en él», que por eso se presenta como la «gran obra de Dios», Juan 6:29, la gran cosa que Dios en su glorioso evangelio requiere, así como la produce en nosotros por su Espíritu: cada una de estas cosas, si se entiende y explica rectamente, comprende todo lo que he dicho sobre este punto. En suma, podemos decir que, así como el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y el alma es una, aunque tiene muchas facultades, así en el caso presente esta religión real y vital es «una cosa», un solo principio sagrado de vida divina, que nos lleva a atender al cuidado de nuestras almas como a nuestro mayor tesoro. Es una sola cosa, a pesar de toda la variedad de aspectos en que puede considerarse y de caracteres con que puede describirse. Paso,

Segundo, a considerar qué puede querer decirse con la manera en que aquí se presenta, como la «única cosa necesaria».

Pues bien, pienso que naturalmente incluye estos tres particulares: es un asunto de interés universal; de la más alta importancia; y de una naturaleza tan abarcadora, que todo lo que es verdaderamente digno de nuestra atención puede considerarse incluido en él o subordinado a él. Permitidme ilustrar un poco cada uno de estos particulares.

1. El cuidado del alma puede llamarse la «única cosa necesaria» por cuanto es un asunto de interés universal.

Nuestro Señor, como veis, habla de ello como necesario en general. No dice para esta o aquella persona en particular, ni para los de tal edad, posición o circunstancia en la vida, sino necesario para todos. Y, en verdad, al tratar de semejante tema, uno podría introducirlo con aquellas solemnes palabras del salmista: «Oíd esto, pueblos todos; escuchad, habitantes todos del mundo, así los plebeyos como los nobles, el rico y el pobre juntamente», Salmo 49:1, 2. Porque es asunto de todos, desde el rey que se sienta en el trono hasta la sierva que muele en el molino, o el mendigo que yace en el muladar. Es necesario para nosotros que somos ministros, porque nuestra propia salvación está en juego; y ¡ay, ay insoportable será de nuestras almas, si creemos que basta con recomendarlo a otros y hablar de ello de manera ferviente o solemne en las asambleas públicas o en nuestra conversación privada, mientras no penetra en nuestro corazón como nuestro mayor cuidado! Nuestro caso será entonces como el de aquel príncipe israelita en Samaria, 2 Reyes 7:2, que fue encargado de distribuir el grano cuando se levantó el sitio: aunque lo veamos con nuestros ojos y lo repartamos con nuestras manos, nosotros mismos moriremos miserablemente sin probar las bendiciones que impartimos. Es necesario para todos vosotros que sois nuestros oyentes, sin excepción de una sola persona. Es necesario para vosotros los ricos; aunque por algunas razones os resulte especialmente difícil, tan difícil, comparativamente hablando, como «pasar un camello por el ojo de una aguja», Mateo 19:24, sin embargo, si lo descuidáis, sois pobres en medio de toda vuestra riqueza, y miserables en toda vuestra abundancia; un desdichado que se muriera de hambre en un palacio magnífico y con un vestido rico sería menos digno de compasión que vosotros. Es necesario para vosotros los pobres, aunque estéis angustiados por tantos cuidados ansiosos: «¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos cubriremos?», Mateo 6:31. La naturaleza que os hace capaces de tales ansiedades demuestra que os importa mucho más «la comida que a vida eterna permanece», Juan 6:27, que aquella con que ha de sustentarse este cuerpo mortal. Es necesario para vosotros los avanzados en años; aunque vuestras fuerzas estén tan menguadas que «se agrave la langosta», Eclesiastés 12:5, y aunque por vuestra larga permanencia en el pecado hayáis hecho tan difícil esta gran obra, que, si fuera menos importante, uno por compasión os dejaría en paz sin recordárosla; sí, por tarde que sea, debe hacerse, o vuestras canas descenderán con ira al sepulcro y se hundirán bajo una maldición agravada por cada año y cada día de vuestra vida. Es necesario para vosotros los jóvenes, aunque tantas vanidades alegres os soliciten a descuidarlo, aunque se os presente como un cuidado inoportuno por ahora; con todo, lo repito, os es necesario, inmediatamente necesario, a menos que vosotros, que tan a menudo camináis sobre el polvo de vuestros hermanos y compañeros que murieron en la flor y el vigor de sus días, hayáis hecho algún pacto secreto con el sepulcro para vosotros mismos, y hayáis descubierto algún método maravilloso, hasta ahora desconocido, de asegurar esta vida precaria y de responder de los días y meses venideros, mientras que otros no pueden responder de un solo momento.

2. El cuidado del alma es «un asunto de la más alta importancia», por encima de cualquier cosa que pueda ponerse en comparación con él.

Así como Salomón dice de la sabiduría que «es más preciosa que las piedras preciosas, y todo lo que puedes desear no se puede comparar a ella», Proverbios 3:15, así puedo yo decir con propiedad de esta grande y más importante rama de la sabiduría: todo lo que se ponga en la balanza con ella resultará por completo más liviano que la vanidad. Esto está fuertemente implícito cuando se dice en el texto: «una cosa es necesaria»; una cosa, y una cosa sola, lo es. Del mismo modo que se dice del bendito Dios que es el «solo sabio», 1 Timoteo 1:17, y el «solo santo», Apocalipsis 15:4, porque la sabiduría y la santidad de los ángeles y de los hombres no son nada comparadas con las suyas. Lo que parece más grande y más importante en la vida, aquello en que los reyes y los senados, los más sabios y grandes de este mundo emplean su tiempo, sus consejos, sus plumas, sus trabajos, son naderías comparados con esta única cosa. Un hombre puede subsistir, puede ser feliz en una medida considerable, sin saber, sin riquezas, sin títulos, sin salud, sin libertad, sin amigos; más aún, aunque «la vida es más que el alimento, y el cuerpo que el vestido», Mateo 6:25, puede ser feliz, indeciblemente feliz, sin el cuerpo mismo. Pero no puede serlo descuidando la única cosa necesaria. Por eso debo reclamar vuestra atención a ella con las palabras de Moisés: «no os es cosa vana, mas es vuestra vida», Deuteronomio 32:47.

3. El cuidado del alma es de una naturaleza tan abarcadora, que «todo lo que es verdaderamente digno de nuestra atención puede considerarse incluido en él o subordinado a él.

Como observa David que «ancho sobremanera es tu mandamiento», Salmo 119:96, así podemos decir de esta única cosa necesaria; o, como lo expresa Salomón con mucha justicia y énfasis, «teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre», Eclesiastés 12:13. Su deber entero y su interés entero; y todo lo que es sabio y razonable forma parte de ello en su lugar y relación propios. Juzgaríamos muy mal la naturaleza de este cuidado si imagináramos que consiste meramente en actos de devoción o de contemplación religiosa; comprende todo el hermoso y armonioso conjunto de las virtudes sociales y humanas. Requiere cuidar de la sociedad, cuidar de nuestro cuerpo y de nuestros asuntos temporales; pero todo ello ha de estar regulado, dirigido y animado por la debida consideración a Dios, a Cristo y a la inmortalidad. Hemos de atender a nuestra comida y nuestro descanso, a nuestros oficios y nuestros trabajos, y cumplir todos los deberes de humanidad en obediencia a la voluntad de Dios, para la gloria de Cristo, y con miras a perfeccionar la mente en una idoneidad creciente para un estado de perfección completa. Nombrad cualquier cosa que no tenga relación alguna con esto, y nombraréis una nadería sin valor, por mucho que se la dore para atraer la vista o se la endulce para halagar el gusto. Nombrad una cosa que, en vez de perfeccionar así el alma, tienda a envilecerla y contaminarla, a esclavizarla y ponerla en peligro, y nombraréis lo más inútil y dañino, por grande que sea el salario de la iniquidad; lo más inmundo y deforme, por honroso que sea a los ojos de los hombres, o por de moda que esté en sus costumbres. Así he procurado mostraros lo que podemos suponer implícito en la expresión de que «una cosa es necesaria». Ahora voy,

Tercero, a mostraros con cuánta propiedad puede presentarse el cuidado del alma bajo este carácter, como la única cosa necesaria, o como un asunto de interés universal y seriísimo, al cual todo lo demás ha de considerarse subordinado, si es que es en absoluto digno de nuestro cuidado y de nuestro empeño.

Aquí permitidme apelar al sentir de aquellos a quienes hay que reconocer como los más capaces de juzgar, y a la razón evidente del caso mismo, tal como ha de aparecer a toda mente sin prejuicios.

1. Permitidme argumentar «a partir de las opiniones de aquellos a quienes hay que reconocer como los más capaces de juzgar en semejante asunto», y pronto veremos que el cuidado del alma les parece la única cosa necesaria.

Si el juicio del bendito Dios es «según verdad», ¡cuán evidente y cuán solemnemente está declarado ese juicio! No diré meramente en este o aquel pasaje particular de su palabra, sino en toda la serie de sus revelaciones a los hijos de los hombres y en todo el tenor de lo que les dirige. ¿No es este el lenguaje de todas ellas, desde los primeros días de Job y de Moisés hasta la conclusión del canon de la Escritura? Job 28:21, 23, 28: «Si la sabiduría está encubierta a los ojos de todo viviente, ciertamente Dios entiende el camino de ella, y él conoce su lugar»; y si él lo conoce, lo ha señalado claramente, porque «al hombre todavía le dice: He aquí que el temor del Señor es la sabiduría, y el apartarse del mal la inteligencia». Por medio de Moisés declaró a los israelitas que «cumplir los mandamientos del Señor sería su sabiduría y su inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales oirían sus estatutos y dirían: Ciertamente pueblo sabio y entendido es este», Deuteronomio 4:6. Cuando hubo levantado en el trono de Israel a un hombre con fama del más sabio que jamás vivió sobre la faz de la tierra, quiso hacer de él, de manera eminente, un maestro de esta gran verdad. Y aunque ahora se ha perdido todo lo que habló sobre los temas curiosos y menos trascendentes de la filosofía natural, «aunque disertó de los árboles, desde el cedro hasta el hisopo, y de los animales, de las aves, de los reptiles y de los peces», 1 Reyes 4:33, se ha conservado aquel dicho en que testifica que «el principio de la sabiduría es el temor del Señor», Proverbios 1:7, 9, 10, y aquellos Proverbios en casi cada línea de los cuales los que descuidan a Dios y su propia alma son llamados necios, como si ese fuera el significado más propio de la palabra, mientras solo a los piadosos se les honra con el título de sabios. Pero en este respecto, como testigo de esta verdad en nombre de Dios y en el suyo propio, «he aquí más que Salomón en este lugar».

Porque si preguntamos qué era lo que nuestro Señor Jesucristo juzgaba ser la única cosa necesaria, las palabras del texto contienen una respuesta tan plena como pueda imaginarse; y su sentido se repite de una manera muy viva y enfática en aquel notable pasaje en que nuestro Señor no solo declara su propio juicio, sino que parece apelar a la conciencia de todos, como obligados por sus propias convicciones secretas a suscribir su verdad: «¿De qué aprovecha al hombre, si granjeare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?», Mateo 16:26. Si una vez la hubiera perdido, ¿qué no estaría dispuesto a dar para rescatarla? Pero no depende solo de las palabras de Cristo. Que sus acciones, sus sufrimientos, su sangre, su muerte, digan qué valor daba él a las almas de los hombres. ¿Puede imaginarse que habría dejado el cielo, habitado en la tierra, trabajado de noche y de día y, al fin, expirado en la cruz, por un asunto de poca importancia? ¿O podemos pensar que aquel en quien «están escondidos todos los tesoros de sabiduría y conocimiento, y habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente», Colosenses 2:3, 9, se equivocara en un juicio tan deliberadamente formado y tan solemnemente declarado?

Si después de esto hubiera lugar para mencionar juicios y testimonios humanos, ¡qué fácil sería presentar una nube de testigos en semejante causa, y mostrar que los más sabios y mejores de los hombres, en todas las edades del mundo, han coincidido en este punto: que, en medio de toda la diversidad de opiniones y profesiones que las generaciones sucesivas han producido, este ha sido el juicio unánime, este el cuidado común y más solícito de aquellos cuyo carácter es más verdaderamente valioso: asegurar la salvación de su propia alma y promover la salvación de otros!

Y permitidme rogaros que reflexionéis seriamente: ¿cuál es el carácter de aquellos que se han tomado la libertad de declarar con más audacia y desenvoltura su juicio en sentido contrario? Su número es comparativamente pequeño; y cuando comparáis lo que habéis observado de su carácter y conducta, no diré con lo que leéis de los santos hombres de la antigüedad, sino con lo que vosotros mismos habéis visto en los siervos fieles, activos y celosos de Cristo de estos últimos tiempos, con quienes habéis tratado, ¿halláis, en conjunto, que los que rechazan y escarnecen el evangelio son en otros aspectos tanto más prudentes y juiciosos, tanto más sabios para sí mismos y para los demás que se dejan influir por ellos, que la razón os obligue a rendir gran deferencia a la autoridad de unos pocos nombres como estos, frente a aquellos a quienes aquí se oponen?

Pero diréis, y lo diréis con demasiada verdad, que, aunque solo unos pocos se atreven a declararse de palabra a favor del descuido del alma y de su interés eterno, la mayor parte de la humanidad lo hace con sus acciones. Pero ¿es la mayor parte de la humanidad tan sabia y tan buena como para seguirla ciegamente en asuntos de la más alta importancia? ¿Y no se declaran multitudes de ellos del otro lado en sus momentos más serios? Cuando pasan las embriagueces de los negocios y placeres del mundo, y alguna enfermedad lánguida obliga a los hombres a la soledad y al retiro, ¿cuál habéis observado generalmente que es el efecto de tal circunstancia? ¿No se han declarado entonces convencidos de la verdad que ahora nos esforzamos por establecer? Más aún, ¿no vemos a veces que una dolencia que se apodera de la mente con violencia, pero sin destruir del todo sus facultades de razonar, fija esta convicción en el alma en pocas horas, y aun a veces en pocos momentos? ¿No habéis visto nunca a una criatura alegre y despreocupada, sorprendida en el vertiginoso torbellino de placeres y diversiones, y llevada en seguida no solo a la seriedad, sino al terror y al temblor, por la visión cercana de la muerte? ¿No habéis visto nunca al hombre de negocios y de afanes interrumpido, como el rico necio de la parábola, en medio de sus planes para el mundo presente? ¿Y no habéis oído a uno y a otro reconocer la vanidad de aquellos placeres y afanes que pocos días antes lo eran todo para ellos, confesando que la religión era la única cosa necesaria y recomendándola a otros con un fervor como si esperaran con ello expiar su propio descuido anterior? Nosotros, los ministros, somos con frecuencia testigos de cosas como estas, y creo que pocos de nuestros oyentes las desconocen por completo.

Una vez más, ¿y si al testimonio de los moribundos pudiéramos añadir el de los muertos? ¿Y si Dios apartara el velo entre nosotros y el mundo invisible, y permitiera al pecador más descuidado de esta asamblea conversar por unos momentos con sus habitantes? Si os dirigierais a un espíritu dichoso que anduvo el camino más espinoso hacia el paraíso, o pasó por la prueba más ardiente, y le preguntarais: «¿Valió la pena trabajar tanto y sufrir tanto por lo que ahora posees?», ciertamente, si los bienaventurados en el cielo fueran capaces de indignación, les movería a ella oír que se pusiera en duda. Y, por otra parte, si pudierais interrogar a uno atormentado en aquella llama de abajo, aunque una vez se hubiera «vestido de púrpura y de lino fino, y hecho cada día banquete con esplendidez», Lucas 16:19; si pudierais preguntarle «si sus goces de antes compensaban sus sufrimientos y su desesperación presentes», ¿qué respuesta suponéis que daría? Quizá una respuesta de tanto horror y rabia que no seríais capaces ni siquiera de soportarla. O, si la malignidad de su naturaleza le impidiera dar respuesta alguna, ciertamente habría un lenguaje aun en ese silencio, un lenguaje en las tinieblas, las llamas y los gemidos de aquella prisión infernal, que hablaría a vuestra misma alma lo que la palabra de Dios, con igual certeza aunque con convicción menos poderosa, está diciendo a vuestro oído: que «una cosa es necesaria». Ya veis que así es en el juicio de Dios Padre y del Señor Jesucristo, de los más sabios y mejores de los hombres, de muchos que parecían juzgar de manera muy distinta cuando llegan a pensarlo con más detenimiento y seriedad, y no solo de los moribundos, sino también de los muertos, de aquellos que han conocido por experiencia ambos mundos y saben con toda certeza qué ha de preferirse. Pero no apoyaré aquí todo el argumento; por tanto,

2. Apelo a la razón evidente del caso mismo, tal como debe aparecer a toda mente sin prejuicios: que el cuidado del alma es, en verdad, la única cosa necesaria.

Sigo considerando que no hablo a ateos ni a deístas, sino a quienes no solo creen en la existencia y la providencia de Dios, y en un estado futuro de felicidad y de miseria, sino que además dan crédito a la verdad de la revelación cristiana, como sin duda lo hacen muchos que viven en un descuido fatal de Dios y de sus propias almas. Pues bien, sobre estos principios, un poco de reflexión puede bastar para convenceros de que es necesario para el reposo presente de vuestra propia mente; necesario, si alguna vez queréis asegurar la felicidad eterna y evitar la miseria eterna, que todos vuestros goces presentes agravarán en lugar de aliviar.

1. El cuidado del alma es la única cosa necesaria porque «sin él no podéis asegurar la paz de vuestra propia mente, ni evitar los reproches de vuestra conciencia».

Esa noble facultad es, en verdad, la lugarteniente de Dios en el alma. Siente la dignidad y el valor de un espíritu inmortal, y a veces clama contra la violencia que se le hace, y clama tan alto que obliga al pecador a oír, quiera o no. ¿No lo experimentáis vosotros mismos a veces? Cuando más os esforzáis por olvidar los asuntos de vuestra alma, ¿no se os imponen a veces en la memoria? Teméis las reflexiones de vuestra propia mente; pero, con todo vuestro artificio y toda vuestra resolución, ¿podéis evitarlas del todo? ¿No os sigue la conciencia hasta vuestras camas, aun cuando se le niegue la ocasión de encontraros en vuestros aposentos, y allí, aunque con voz mal recibida, os advierte «que vuestra alma está descuidada, y pronto estará perdida»? ¿No os sigue a vuestras tiendas y a vuestros campos, cuando más ocupados estáis en ellos? Más aún, añadiré: ¿no os sigue a veces al banquete, al club, al baile y quizá, a pesar de toda resistencia, también al teatro? ¿No mezcla a veces con ajenjo vuestros tragos más dulces, y con horror vuestras escenas más alegres? De modo que sois como un comerciante que, sospechando que sus negocios andan mal, aparta sus libros y sus papeles; y, con todo, a veces se le cruzan por casualidad en el camino. Apenas se atreve a salir de casa por miedo de encontrarse con un acreedor o con una orden de arresto; y si procura olvidar sus cuidados y sus peligros en una vida de lujo dentro de casa, el recuerdo a veces se despierta, y la alarma crece, por esos mismos excesos en que intenta perderlo. Tal es probablemente el caso de vuestras mentes, y es un estado muy doloroso; y mientras las cosas estén así por dentro, las circunstancias externas no podrán haceros felices, como tampoco un vestido fino podría aliviaros en un violento ataque de mal de piedra. Mientras que, si este gran asunto estuviera asegurado, podríais deleitaros en la reflexión tanto como ahora la teméis; y la conciencia, de vuestra más amarga enemiga, se volvería una amiga deleitosa, y su testimonio vuestro mayor regocijo.

2. El cuidado del alma es la única cosa necesaria «porque sin él se perderá vuestra felicidad eterna».

Una corona de gloria eterna no es, por cierto, una bagatela que haya de arrojarse a una criatura descuidada que no quiera buscarla de veras. Dios no obra ordinariamente así, ni siquiera con los dones de su providencia común, que en comparación son de poco valor. En cuanto a estos, la mano de los diligentes por lo general enriquece; y más se tendría por trastornado que por prudente al que esperara conseguir una hacienda solo con desearla, o sin una aplicación resuelta y constante a un curso de acción adecuado para ese fin. Ahora bien, para que no soñemos neciamente con obtener el cielo en medio de una vida de indolencia y pereza, se nos dice expresamente en la palabra de Dios que «el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan», Mateo 11:12; y por eso se nos exhorta a «porfiar», con la mayor intensidad y ansia del alma, como propiamente significa la palabra, «a entrar por la puerta angosta», por esta grande e importante razón: «porque muchos procurarán un día entrar, y no podrán», Lucas 13:24. Más aún, cuando nuestro Señor hace las promesas más bondadosas al humilde suplicante, lo hace de tal manera que excluye las esperanzas de los descuidados e indiferentes. «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá, Mateo 7:7. Así pues, si no pedís, buscáis y llamáis, la puerta de la misericordia no se abrirá, y la felicidad eterna se perderá. No que el cielo haya de obtenerse por nuestras propias buenas obras: no, no; pues, habiéndolo hecho todo, debemos tenernos por siervos inútiles.

Y por cierto, si no pudiera decir más acerca de las consecuencias fatales de vuestro descuido sino esto, que la felicidad eterna se perderá, diría lo bastante para impresionar a toda mente que considere lo que significa la eternidad. Caer en un estado de olvido perpetuo podría, en verdad, parecer un refugio a una mente llena del temor de la miseria futura. ¡Pero oh, qué espantoso refugio es! Por cierto, es un refugio como podría parecerlo un vasto precipicio (del cual un hombre, al caer, quedaría hecho pedazos en un momento) a una persona perseguida por los oficiales de la justicia para ser llevada a una ejecución dolorosa y lenta. Si un joven derrochador tendría razón para mirar con angustia alguna hermosa y amplia herencia paterna que hubiera vendido o perdido solo por el desenfreno de unos pocos días, ¡cuánto más triste sería para una mente racional pensar que su felicidad eterna se ha perdido por cualquier consideración terrena! ¡Pensamiento atormentador! «Si hubiera atendido a esa única cosa que he descuidado, podría haber sido, por la gracia de Dios en Cristo Jesús, grande y feliz más allá de toda expresión, más allá de toda concepción; y no solo por el breve lapso de diez mil millares de siglos, sino para siempre. Una línea que llegara hasta la estrella más remota no habría podido contener el número de los siglos, ni millones de años habrían bastado para contarlos; esto es la eternidad, pero la he perdido, y estoy ahora al borde del ser. Esta lámpara, que podría haber durado más que las del firmamento, pronto se apagará, y yo seré borrado de entre las obras de Dios y cortado de todos los dones de su mano». ¿No sería este un caso muy desdichado, si eso fuera todo? ¿Y no bastaría para probar que esta es la mejor parte, la cual, como observa nuestro Señor, «nunca será quitada»? Pero no permita Dios que seamos tan infieles a él y a las almas de los hombres como para detenernos solo en tal representación. Por eso añado una vez más:

3. El cuidado del alma es la única cosa necesaria porque «sin él no podéis evitar un estado de miseria eterna, que todos vuestros goces presentes agravarán en lugar de aliviar».

Nada puede ser más evidente por la palabra del Dios de verdad. Allí aparece claramente como un caso decidido, que no deja lugar a una conjetura o esperanza más favorable. «Los malos serán trasladados al infierno, todas las gentes que se olvidan de Dios», Salmo 9:17. «Irán estos al castigo eterno, Mateo 25:46, a un estado donde en vano buscarán la muerte, y la muerte huirá de ellos. ¡Oh, hermanos, es una verdad cierta, pero terrible, que vuestras almas serán seres pensantes e inmortales, aun a pesar de sí mismas! Pueden, en verdad, atormentarse, pero no pueden destruirse. No pueden suspender su facultad de pensar y percibir, como tampoco un espejo su propiedad de reflejar los rayos que caen sobre su superficie. ¿Sospecháis lo contrario? Haced la prueba en seguida. Mandad a vuestras mentes que cesen de pensar siquiera por un cuarto de hora, o por la mitad de ese tiempo, y que excluyan toda idea y toda reflexión. ¿Podéis lograrlo? ¿O, más bien, no se abre paso el pensamiento con una violencia más sensible contra esa resistencia, así como el deseo ansioso de dormir nos desvela todavía más? Así os seguirá el pensamiento más allá del sepulcro; así, como huésped mal recibido, se os impondrá cuando ya solo pueda servir para confundir y angustiar la mente. Os echará en cara para siempre que, a pesar de todas las bondadosas reconvenciones de Dios y de los hombres, a pesar de todas las agudas protestas de la conciencia y de los ruegos de la sangre de Cristo, seguisteis en vuestra necedad hasta perder el cielo e incurrir en la condenación; ¿y todo por qué? ¿Por una sombra y un sueño?

Oh, no penséis, pecadores, que el recuerdo de vuestros placeres pasados y de vuestro éxito en vuestros otros cuidados, mientras se olvidaba el de la única cosa necesaria, no penséis que esto aliviará vuestras mentes. Más bien las atormentará más. «Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida». ¡Amargo recuerdo! Bien podían los poetas paganos representar a los espíritus desdichados en las sombras de abajo tratando ansiosamente de alcanzar el agua del olvido, y sin poder llegar a ella. Vuestras comodidades presentes solo servirán para daros un sentido más vivo de vuestra miseria, por haber gustado tales grados de goce, y para agravar la cuenta, por haber malempleado aquellos talentos puestos en vuestras manos para mejores fines. Por cierto, si se creyeran y se consideraran seriamente estas cosas, el pecador no tendría más ánimo para regocijarse en su prosperidad presente del que tendría un hombre para entretenerse con las curiosidades de un hermoso jardín por el cual lo llevaran a ser quebrantado en el potro.

Pero no me extenderé más sobre estas cosas. ¡Ojalá la inexplicable estupidez de las mentes de los hombres, y su fatal apego a los placeres y cuidados de la vida presente, no hicieran necesario insistir en ellas con tanta frecuencia y tanta extensión!

Paso ahora a las reflexiones que naturalmente surgen de aquí, y solo mencionaré dos.

1. Cuánta razón tenemos para lamentar la necedad de los hombres al descuidar la única cosa necesaria.

Si la religión es en verdad la sabiduría más verdadera, entonces por cierto tenemos la más justa razón para decir con Salomón: «la necedad y la locura están en el corazón de los hombres», Eclesiastés 9:3. ¿Es la única cosa necesaria? Mirad la conducta de la generalidad de los hombres, y os imaginaríais que la tienen por la única cosa innecesaria: el sueño más vano y el entretenimiento más ocioso de la mente. Dios les está amonestando por medio de ordenanzas y providencias, a veces de las más terribles, a que lo tomen a pecho»; habla una vez, y aun dos (sí, una multitud de veces), mas el hombre no lo atiende, Job 33:14. Quizá profesan creer todo lo que he estado diciendo, pero obran como si lo contrario fuera evidente por sí mismo; arriesgarán sus almas y la eternidad por una cosa de nada, por aquello por lo cual no arriesgarían ni una mano, ni un dedo, ni una articulación, no, ni quizá el adorno que la viste. Por cierto, esto es el asombro de los ángeles, y quizá también de los demonios, a menos que la observación de tantos siglos se lo haya hecho familiar a ambos. ¿Y podemos nosotros, mis hermanos cristianos, contemplar tal escena con indiferencia? Si alguna locura epidémica se hubiera apoderado de nuestro país, o de los lugares donde vivimos, de modo que, al ir de un sitio a otro, encontráramos por todas partes lunáticos, y viéramos entre ellos a algunos quizá del más fino ingenio, en las posiciones más eminentes de la vida, divirtiéndose con otros; por cierto, aunque estuviéramos del todo a salvo del peligro de contagio o de agresión, la vista nos traspasaría el corazón. Un hombre de buen natural apenas podría salir de casa, ni aun desear vivir, si hubiera de ser entre tantos espectáculos tristes. Y, con todo, esas pobres criaturas podrían, a pesar de ello, ser hijos de Dios, y cuanto más subiera su frenesí, más cerca podría estar su felicidad completa. Pero ¡ay!, la mayor parte de los hombres está presa de una clase peor de locura, en la cual arruinan sus almas; ¿y podemos contemplarlo con indiferencia? ¡El Señor despierte nuestra compasión, nuestras oraciones y nuestros esfuerzos, en dependencia de la gracia divina, para que seamos instrumentos de hacerlos volver en sí, y de hacerlos sabios de verdad, es decir, sabios para la salvación!

2. ¡Cuán necesario es que indaguemos seriamente cómo es considerada por nosotros esta única cosa necesaria!

Permitidme rogaros que recordéis vuestra propia parte en ello, y que preguntéis: ¿He pensado seriamente en ello? ¿He visto su importancia? ¿Ha pesado sobre mi mente con el peso debido y permanente? ¿Me ha llevado a Cristo, para que descargue sobre él el peso de estos grandes intereses eternos? ¿Y estoy obrando en lo principal de mi vida como quien tiene estas convicciones? ¿Estoy dispuesto, de hecho, a renunciar a otras cosas, a mis intereses, mis placeres, mis pasiones, por esto? ¿Estoy tratando con Dios y con los hombres como quien cree estas cosas, como quien ha escogido deliberadamente la mejor parte y está decidido a mantenerse en esa elección?

Observad la respuesta que la conciencia da a estas preguntas, y conoceréis vuestra propia parte en la aplicación más particular con la que concluiré.

1. Permitidme dirigirme a los que están del todo despreocupados de la única cosa necesaria.

Hermanos, he expuesto el caso por extenso, y ahora apelo a vuestras conciencias: ¿son así estas cosas, o no lo son? Dios y vuestros propios corazones saben mejor por qué se descuida el cuidado de vuestra alma; pero sea lo que fuere, la diferencia entre un grano de arena y otro no es grande cuando se pone a pesar contra un talento de oro. Sea lo que sea, os conviene examinarlo con cuidado. Os conviene mirar por todos lados esa mercancía de la cual en efecto decís: Por esto venderé mi alma; por esto renunciaré al cielo y me arriesgaré al infierno, sean el cielo y el infierno lo que fueren. En el nombre de Dios, hermanos, ¿es esto propio de un hombre, de una criatura racional? ¿Seguir con los ojos abiertos hacia un abismo de ruina eterna porque hay unas cuantas flores vistosas en el camino? ¿O qué, si cerráis los ojos, impedirá eso vuestra caída? Poco importa decir: No pensaré en estas cosas, no las consideraré. Dios ha dicho: «En los postreros días lo entenderán cumplidamente», Jeremías 23:20. Las juergas de un malhechor ebrio no impedirán ni aplazarán su ejecución. Perdonad mi franqueza; si fuera una fábula o un cuento, procuraría entreteneros con palabras, pero no puedo hacerlo donde hay almas en juego.

2. Quisiera aplicarlo a los que, en cierto sentido, están convencidos de la importancia de sus almas, y sin embargo se inclinan a aplazar un poco más ese cuidado de ellas que, en general, ven que es necesario.

Sé que vosotros, los jóvenes, estáis bajo tentaciones peculiares de hacerlo; aunque es extraño que la muerte de tantos de vuestros compañeros no sea una respuesta a algunas de las más engañosas y peligrosas de esas tentaciones. Me parece que, aunque hubiera el menor grado de incertidumbre, el asunto es de demasiado peso para dejarlo a la ventura. Pero aquí la incertidumbre es grande y manifiesta. Por cierto debéis saber que hay épocas críticas de la vida para manejar sus asuntos, que son de tal naturaleza que, una vez dejadas, puede que nunca vuelvan: aquí hay una época crítica: «He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación», 2 Corintios 6:2. «Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones», Hebreos 3:7, 8. Este lenguaje puede que no se os diga mañana. No habléis de una ocasión más conveniente; ninguna puede serlo más; y aquella a la que probablemente lo remitiríais es la menos conveniente de todas: la hora de la muerte. Entonces no querríais tener entre manos ningún negocio importante; ¿y vais a remitir por elección el mayor negocio de todos a esa hora lánguida, apresurada y aterradora? Si entonces viniera a vosotros un amigo con el saldo de una cuenta enredada, o con el examen de un título de propiedad, sacudiríais vuestra cabeza desfallecida, alzaríais vuestra mano pálida y temblorosa, y diríais, quizá con voz débil: «¡Ay! ¿Es este tiempo para tales cosas?». ¿Y es tiempo para cosas tanto mayores que estas? Quisiera que supierais, y consideraseis, en qué aprieto nos vemos a veces los que somos ministros cuando se nos llama al lecho de muerte de quienes han pasado su vida en el descuido de la única cosa necesaria. Por una parte, tememos que, si suavizamos [endulzamos] las cosas y decimos cosas halagüeñas, traicionaremos y arruinaremos sus almas; y por otra, que si usamos una franqueza y seriedad convenientes al advertirles de su peligro, los abrumaremos del todo y apresuraremos los momentos de la muerte, que avanzan a pasos tan rápidos. Oh, permitidme rogaros, por amor de nosotros, y mucho más por amor de vosotros mismos, que no nos llevéis a tales tristes extremos; sino que, si estáis convencidos, como espero que algunos de vosotros lo estéis ahora, de que el cuidado del alma es esa cosa necesaria que hemos presentado, dejad que la convicción obre, dejad que os lleve inmediatamente al trono de la gracia; de allí podréis sacar la sabiduría y la fuerza que os dirigirán en todas las complicaciones que os enredan, y os animarán en medio de la dificultad y el desaliento.

3. En último lugar, quisiera dirigirme a aquellas almas dichosas que han atendido de veras a la única cosa necesaria.

Espero que, cuando veáis cuán comúnmente se la descuida, y descuidada en verdad por muchos cuyas capacidades naturales, adelantos y circunstancias en la vida os parecen superiores a las vuestras, reconoceréis humildemente que fue una gracia distintiva la que os trajo a este estado dichoso y os formó para este cuidado tan necesario. Bendecid, pues, al Señor, que os ha dado ese consejo en virtud del cual podéis decir: «Él es vuestra porción». Regocijaos en el pensamiento de que el gran asunto está asegurado, como es natural que lo hagamos cuando se despacha algún asunto importante que por mucho tiempo ha estado delante de nosotros, y que nos inclinábamos a aplazar de un día para otro, pero al que al fin hemos atendido con empeño y con éxito. Acordaos siempre de procurar seguir obrando según esos grandes principios que al principio decidieron vuestra elección; y considerad seriamente que los que desean que al fin se les dé su vida por despojo deben mantenerse en guardia en todas las etapas de su viaje por un desierto donde peligros diarios los rodean todavía. Ya que se os ha capacitado para asegurar el gran asunto, quedad tranquilos en cuanto a otros de menor importancia. Habéis escogido el reino de Dios y su justicia; por tanto, las demás cosas os serán añadidas; y si alguna de las que deseáis no os fuera añadida, consolaos con este pensamiento: que tenéis la buena parte, que nunca os será quitada. Y, para no extenderme en estas indicaciones evidentes, que han de ocurrírseos a menudo, sed muy solícitos en que otros sean llevados a cuidarse de la única cosa necesaria. Si es necesaria para vosotros, lo es también para vuestros hijos, vuestros amigos, vuestros criados. Que vean, pues, vuestra preocupación en este respecto por ellos, tanto como por vosotros mismos. Atiendan especialmente a esta exhortación los padres, cuyo cuidado por sus hijos a menudo se excede en otros respectos y falla en este. Recordad que puede que vuestros hijos nunca vivan para gozar del fruto de vuestro trabajo y afán por conseguirles haciendas y dotes: los gastos de su entierro quizá sean toda su parte de lo que con tanta ansiedad os afanáis por guardarles. ¡Y oh, pensad qué espada os traspasaría el corazón mismo si estuvierais junto al cadáver de un hijo amado con esta reflexión: «Esta pobre criatura ha terminado con la vida antes de aprender el gran negocio que tenía en ella; y se ha ido a la eternidad, para la cual rara vez le advertí que se preparara, y que quizá aprendió de mí a olvidar»!

En suma, despiértese este gran cuidado en aquellos que hasta ahora lo han descuidado; avívese en la mente de cada uno de nosotros. Y para que seáis animados a buscarlo con mayor alegría, permitidme concluir con este pensamiento consolador: que, en proporción a la necesidad del caso, por los méritos de Cristo Jesús, es la provisión que la gracia divina ha hecho para nuestra ayuda. Si estáis dispuestos a sentaros a los pies de Cristo, él os enseñará por su palabra y su Espíritu. Si encomendáis esta joya preciosa, que es todo vuestro bien eterno, en su mano, él la guardará para aquel día, y entonces la presentará ricamente adornada y gloriosamente acrecentada para su propia honra y para vuestro gozo eterno.

Lo cual conceda Dios por su infinita misericordia, etc.

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