Sermones escogidos de George Whitefield
La transfiguración de Cristo

Capítulo 30 · 32 min de lectura · 41 min de escucha

La transfiguración de Cristo

Lucas 9:28–36 — «Y aconteció como ocho días después de estas palabras, que tomó a Pedro, a Juan y a Jacobo, y subió al monte a orar. Y entre tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido [era] blanco [y] resplandeciente. Y he aquí dos varones que hablaban con él, los cuales eran Moisés y Elías; que aparecieron en gloria, y hablaban de su partida, la cual había de cumplir en Jerusalén. Y Pedro y los que estaban con él estaban cargados de sueño; y cuando despertaron, vieron su gloria, y a los dos varones que estaban con él. Y aconteció que, apartándose ellos de él, Pedro dijo a Jesús: Maestro, bueno es que estemos aquí; y hagamos tres tabernáculos, uno para ti, uno para Moisés y uno para Elías; no sabiendo lo que decía. Y estando él hablando esto, vino una nube que los cubrió; y tuvieron temor al entrar en la nube. Y vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado; a él oíd. Y pasada aquella voz, Jesús fue hallado solo; y ellos [lo] callaron, y por aquellos días no dijeron nada a nadie de lo que habían visto.»

Cuando el ángel fue enviado a Juan, el discípulo amado del Redentor, se nos dice que le dijo: «Sube acá». Había de ser elevado, acercado más al cielo, para que su mente estuviera mejor preparada para aquellas grandes manifestaciones que un Dios infinitamente grande y condescendiente se proponía concederle. Y al leer los versículos que acabáis de oír, viendo además una asamblea tan grande y tan seria reunida en la presencia de Dios, pienso que debo dirigirme a vosotros como el ángel se dirigió a Juan, y deciros: «Sube acá»; dejad vuestros pensamientos mundanos, olvidad por un tiempo la tierra. Y puesto que es el día del Señor, tiempo en que más particularmente debemos pensar en el cielo, he de rogaros que pidáis a Dios poder subir al monte Pisga y contemplar desde allí la tierra prometida. Es verdad, ciertamente, que ojo no vio, ni oído oyó, ni ha subido en corazón de hombre concebir las cosas grandes y buenas que Dios ha preparado aquí para su pueblo; mucho menos aquellas cosas infinitamente mayores y más gloriosas que ha guardado en el mundo eterno para los que le temen. Pero, ¡bendito sea Dios!, aunque todavía no estamos en el cielo —a menos que el estar en Cristo pueda llamarse con propiedad cielo, y entonces todos los verdaderos cristianos ya están allí—, sin embargo, nuestro bendito Jesús ha tenido a bien dejar registrado algún relato de sí mismo, de lo que le sucedió en los días de su carne y de algunas manifestaciones que se dignó conceder a unos pocos de sus discípulos, para que, por lo que a ellos les sucedió aquí abajo, podamos formarnos alguna idea, aunque débil, muy débil, de la felicidad que aguarda a su pueblo en su reino de arriba. Si alguno de vosotros pregunta en qué parte de la vida de nuestro Señor están registrados esos casos, tengo la respuesta a mano: uno de ellos, y por cierto muy notable, está registrado en los versículos que ahora he escogido como tema de vuestra meditación.

Los versículos nos dan cuenta de lo que generalmente se llama la transfiguración de nuestro Señor: cómo fue maravillosamente transformado y cómo fue maravillosamente reconocido por su Padre en el monte. Algunos piensan que esto ocurrió en día de reposo; y la ocasión particular por la que nuestro bendito Señor condescendió a permitir a sus siervos contemplar tal espectáculo podemos deducirla del versículo 27. Parece que nuestro bendito Señor había estado prometiendo una gran recompensa a quienes no se avergonzaran de él: «El que se avergonzare de mí y de mis palabras, de este tal se avergonzará el Hijo del hombre cuando venga en su gloria, y en la del Padre, y de los santos ángeles». En esta amenaza va implícita una recompensa para quienes no se avergüencen de él: «Pero (añade) os digo en verdad que hay algunos de los que están aquí que no gustarán la muerte hasta que vean el reino de Dios». Como si dijera: Vendrá un día en que vendré en la gloria de mi Padre y de sus santos ángeles; pero os digo que hay algunos aquí que son mis favorecidos; os digo en verdad, aunque os parezca noticia demasiado buena, que hay algunos de vosotros que no gustarán la muerte hasta que vean el reino de Dios. Algunos teólogos piensan que esta promesa se refiere a que nuestro Señor establecería una iglesia del evangelio; y si la tomamos en este sentido, significa que los apóstoles que estaban entonces presentes, o al menos algunos de ellos, no morirían hasta ver el reino de Satanás derribado en gran medida y erigido el reino evangélico del Redentor. Otros piensan que se refiere particularmente a Juan, quien, según parece, sobrevivió a todos los demás apóstoles y vivió hasta que Cristo vino; es decir, hasta que vino a destruir Jerusalén. Pero es opinión del señor Henry, del obispo Hall, de Burkitt y de otros que han escrito sobre este pasaje que nuestro bendito Señor se refiere particularmente a la transfiguración en el monte: «Hay algunos de vosotros aquí que no gustarán la muerte hasta que vean mi transfiguración en el monte; hasta que vean a algún santo glorificado bajar del cielo a visitarme, y vean, por consiguiente, un poco de aquel reino de Dios que contemplaréis plenamente cuando lleguéis a la gloria». Esta parece ser la interpretación correcta. Si miráis al margen de vuestras Biblias, veréis el pasaje paralelo de Mateo, donde se da el relato de la transfiguración de nuestro Señor, y allí hallaréis que sigue inmediatamente a esta promesa de nuestro Señor.

Pues bien, como Cristo les había dicho que no gustarían la muerte hasta que hubieran visto el reino de Dios, el evangelista, en el versículo 28, nos dice: «Aconteció como ocho días después de estas palabras, que tomó a Pedro, a Juan y a Jacobo, y subió al monte a orar». Como ocho días; es decir, según piensa el obispo Hall, en el día de reposo; o, según otros, el primer día de la semana, que en adelante había de ser el día de reposo cristiano. Nuestro bendito Señor toma a Pedro, a Juan y a Jacobo. ¿Por qué no tomó el Señor Jesucristo a más de sus discípulos? ¿Por qué tres, y estos tres? ¿Y por qué solo tres? Nuestro bendito Señor tuvo a bien tomar tres y no más, para mostrarnos que es un agente soberano; para mostrarnos que, aunque amaba a todos sus discípulos, hay algunos a quienes se complace en conceder visitas particulares. Amaba a Pedro y a todos los demás discípulos; pero Juan era el discípulo a quien amaba de manera especial. Y tomó tres y no uno, porque tres bastaban para dar testimonio de la verdad de su transfiguración: «En boca de dos o de tres testigos consistirá todo asunto». Y no tomó más de tres, porque estos tres bastaban. Y tomó en particular a estos tres, Pedro, Juan y Jacobo, porque estas mismas personas que ahora iban a ver a Cristo transfigurado habían de verle después agonizando en el huerto, con un sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra. Y si estos tres discípulos no hubieran visto a Cristo en el monte, el verle después en el huerto los habría hecho vacilar en extremo: habrían podido dudar de si era posible que el Hijo de Dios se hallara en circunstancias tan lastimosas. Pues bien, nuestro Señor toma a estos tres y sube con ellos «al monte». ¿Por qué? Porque Cristo Jesús había de ser semejante a Moisés, quien fue llevado a un monte cuando Dios se propuso entregarle la ley moral; y nuestro bendito Señor subió a un monte porque un monte favorece la devoción. Cuando quería retirarse a orar a su Padre, iba a los lugares donde pudiera estar más a solas y dar mayor desahogo a su corazón. Así se nos dice que, una vez que Pedro oró, fue sobre la azotea. Y si queremos estar cerca de Dios, debemos escoger los lugares más libres de ostentación y que más favorezcan nuestra comunión con Dios. ¿Y qué hace Cristo cuando ha subido al monte? Se nos dice que subió al monte «a orar». Cristo no tenía corrupción que confesar, y pocas necesidades propias que remediar; y sin embargo oímos que Cristo se daba mucho a la oración; oímos que subía a un monte a orar, que se levantaba mucho antes de amanecer para orar, y que pasaba una noche entera orando a Dios.

En el versículo 29 tenéis el relato del efecto de la oración de nuestro Señor: «Entre tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido era blanco y resplandeciente». Quiero que observéis que nuestro Señor no fue transformado en cuanto a su cuerpo mientras subía al monte, sino cuando hubo llegado a él y mientras estaba entregado a la oración. Así ha de ser también con nuestras almas para que sean transformadas: el tiempo en que más particularmente hemos de esperar las influencias del Espíritu de Dios es cuando estamos entregados a la oración. Parece haber una gran conveniencia en que nuestro Señor fuera transfigurado, o transformado, en el monte. Espero no tener que informar a ninguno de vosotros de que, cuando Moisés subió al monte de Dios, Dios tuvo a bien hablarle cara a cara; y cuando bajó del monte, el pueblo de Israel observó que el rostro de Moisés resplandecía de tal modo que tuvo que ponerse un velo sobre el rostro. Ahora bien, el resplandor del rostro de Moisés era una prueba para el pueblo de que Moisés había estado conversando con Dios. Y Moisés dijo al pueblo: «Que el Señor les levantaría un profeta como él, al cual el pueblo había de oír». Dios Padre, para dar a su Hijo (considerado como hombre) un testimonio de que era profeta, tuvo a bien no solo hacer que su rostro brillara o resplandeciera, sino que, para mostrar que era un profeta muy superior a Moisés, quiso que su vestido fuera blanco y resplandeciente, y «su rostro (como nos dice otro evangelista) resplandeció como el sol». ¡Qué cambio fue este! ¡Qué espectáculo! Me parece ver a Pedro, a Jacobo y a Juan atónitos; y bien pudo, en verdad, el evangelista, considerando lo que sucedió, introducir la parte siguiente del relato con la expresión he aquí: «He aquí dos varones que hablaban con él, Moisés y Elías»; y en el versículo 31 tenéis el relato de su atavío: «Aparecieron en gloria»; y de su conversación: «Hablaban de su partida, la cual había de cumplir en Jerusalén».

«He aquí dos varones, los cuales eran Moisés y Elías»; eran dos personas muy apropiadas para venir en esta embajada ante el Hijo de Dios. Moisés fue el gran legislador; Elías, el gran restaurador de la ley. El cuerpo de Moisés fue escondido y nunca hallado; el cuerpo de Elías fue trasladado inmediatamente y llevado al cielo en un carro de fuego; y puede ser que esto se hiciera así precisamente porque estos dos habían de tener después el honor de presentarse ante el Hijo de Dios. «Aparecieron en gloria»; es decir, sus cuerpos estaban ya en aquel hábito glorioso en que han de estar los cuerpos de los creyentes en la mañana de la resurrección. Cristo estaba ahora, por así decirlo, sentado con sus vestiduras reales; y así como es costumbre que los embajadores, cuando han de ser admitidos a la presencia del rey para traer un mensaje de un rey a otro, se presenten con toda su grandeza a fin de hacer más solemne el mensaje, así aquí estos mensajeros celestiales, que habían de presentarse ante el Señor Jesucristo, aparecen investidos como de dignidad real: aparecieron en gloria, y «hablaban de su partida, la cual había de cumplir en Jerusalén»; vinieron a hablar al Redentor de sus sufrimientos y del lugar de sus sufrimientos, y a hacerle saber que sus sufrimientos, por grandes y amargos que fueran, habían de cumplirse; que se les había de poner fin, como dice nuestro Señor mismo: «Lo que a mí se refiere ha de tener fin». Qué otras cosas dijeron a nuestro Señor, no se nos dice. Pero qué efecto tuvo esto en los discípulos, podéis aprenderlo del versículo 32: «Pedro y los que estaban con él estaban cargados de sueño».

No hemos de suponer que Pedro, Jacobo y Juan estuvieran entonces dormidos en sentido literal; no, si comparamos esto con otro pasaje de la Sagrada Escritura —me refiero al relato que se nos da de cómo Daniel quedó impresionado y desfallecido cuando vio al ángel del Señor—, hallaréis que este sueño implica lo que llamamos un desmayo. Quedaron abrumados ante la gloria de las vestiduras de Cristo, el resplandor de su cuerpo y la gloria en que aparecieron Moisés y Elías: todo esto los abrumó por completo, los derribó, y, como la reina de Sabá cuando vio la gloria de Salomón, quedaron sin aliento. Pero se recobraron: «cuando despertaron», es decir, cuando hubieron recobrado sus fuerzas, cuando Dios les infundió fuerza, como el ángel infundió fuerza a Daniel, «vieron su gloria, y a los dos varones que estaban con él». ¿Y cómo pensáis que contemplaban a Cristo? ¿Cómo podemos suponer que fijaban los ojos en Moisés y Elías? Pedro, que siempre era el primero en hablar, habló en esta ocasión de la abundancia de su corazón. Versículo 33: «Y aconteció que, apartándose ellos de él, Pedro dijo a Jesús: Maestro, bueno es que estemos aquí; y hagamos tres tabernáculos, uno para ti, uno para Moisés y uno para Elías; no sabiendo lo que decía». Pedro, habiendo bebido un poco del vino nuevo de Cristo, habla como un hombre embriagado; estaba sobrecogido por el resplandor de la manifestación. «Hagamos tres tabernáculos, uno para ti, uno para Moisés y uno para Elías.» Bien se añade: «no sabiendo lo que decía». Que exclamara: «Maestro, bueno es que estemos aquí», en tan buena compañía y en condición tan gloriosa, no es de extrañar; ¿quién de todos nosotros no habría sido propenso a hacer lo mismo? Pero hablar de construir tabernáculos, y uno para Cristo, y uno para Moisés, y uno para Elías, era decir algo por lo cual Pedro mismo merecía reprensión. ¡Seguramente, Pedro, no estabas del todo despierto! Hablas como quien sueña: si tu Señor te hubiera tomado la palabra, ¿qué pobre tabernáculo habrías tenido en comparación con aquella casa no hecha de manos, eterna en los cielos, en la que hace ya mucho que moras, ahora que la casa terrestre del tabernáculo de tu cuerpo se ha deshecho? ¡Cómo! ¿Construir tabernáculos aquí abajo, y tener la corona antes de haber llevado la cruz? ¡Oh Pedro, Pedro! Aquel «Maestro, ten compasión de ti» se te pega demasiado, demasiado; ¿y por qué tan egoísta, Pedro? ¿No te importan tus condiscípulos que están abajo, que no subieron contigo al monte? ¿No te importan las almas preciosas, que son como ovejas que no tienen pastor y han de perecer para siempre, a menos que tu Maestro baje del monte para enseñarles y morir por ellas? ¿Querrías comer así a solas tus bocados espirituales? Además, si estás por construir tabernáculos, ¿por qué han de ser tres, uno para Cristo, uno para Moisés y uno para Elías? ¿Están divididos Cristo y los profetas? ¿No armonizan y concuerdan dulcemente en uno? ¿No profetizaron acerca de los sufrimientos de tu Señor, así como de la gloria que había de seguir? ¡Ay! ¿Cuán distinta es su conversación de la tuya? Moisés y Elías bajaron a hablar de sufrimientos, y tú estás soñando con construir no sé qué tabernáculos. ¡Seguramente, Pedro, estás tan alto en el monte que se te va la cabeza!

Sin embargo, en medio de estas flaquezas había algo que mostraba la honradez e integridad de su corazón. Aunque no sabía muy bien lo que decía, no era tan necio como su pretendido sucesor en Roma. No se postra a adorar a estos dos santos difuntos, ni le oigo decir a ninguno de ellos: Ora pro nobis; no había aprendido así a Cristo; no, se dirige directamente a la cabeza: «dijo a Jesús: «Maestro, bueno es que estemos aquí.» Y aunque estaba por construir, no quería construir sin el permiso de su Maestro. «Maestro, construyamos», o, como lo expresa san Marcos, «¿quieres que construyamos tres tabernáculos, uno para ti, uno para Moisés y uno para Elías?» No le oigo añadir: y uno para Jacobo, y uno para Juan, y uno para Pedro. No; de buena gana se quedaría con ellos a la intemperie en el monte, aunque fuera en la noche fría y oscura, con tal de que se atendiera a Cristo y a sus acompañantes celestiales. La dulzura de semejante visión celestial compensaría con creces cualquier sufrimiento corporal que pudiera seguirse de permanecer allí más tiempo. Más aún, no desea que ni Cristo, ni Moisés, ni Elías tengan molestia alguna en construir; ni dice tampoco: Que construyan mis coadjutores, Jacobo y Juan, mientras yo me siento ocioso y me enseñoreo de mis hermanos; sino que dice: «construyamos»; trabajará tanto como cualquiera de ellos, si no más, y no desea distinguirse sino por su actividad, por soportar penalidades y por su celo en promover el bien de su común Señor y Maestro.

Sin duda Pedro había leído cómo la gloria del Señor llenó antiguamente el tabernáculo y el templo; y ahora que Jesús se transfigura, y Moisés y Elías aparecen en gloria, cree conveniente que se levanten para ellos nuevos tabernáculos. Tal mezcla de naturaleza y gracia, de cortedad de vista y flaqueza, hay en el celo más ardiente y mejor intencionado de los mejores hombres, aun cuando están más cerca del trono de la gracia, o incluso en el monte con Dios. La perfección en cualquier gracia solo ha de buscarse o esperarse entre los espíritus de los justos hechos perfectos en el cielo. Los que hablan de semejante cosa en la tierra, como Pedro, no saben lo que dicen.

Pero ¿cómo llegó Pedro a distinguir tan fácilmente cuál era Moisés y cuál Elías? Parece hablar sin la menor vacilación: «Hagamos tres tabernáculos, uno para ti, y uno para Moisés, y uno para Elías», como si los conociera muy bien, cuando ambos habían muerto mucho, muchísimo antes de que Pedro naciera. ¿Imagináis acaso que hubiera algo distintivo en su vestimenta? ¿O algo en su conversación que los delatara? ¿O más bien no los conoció aquí en el monte, como podemos inferir de ello que los santos que han partido se conocen, y se conocerán unos a otros en el cielo, por intuición y revelación inmediata? Pero, ¡ay!, ¡qué pasajeras son nuestras visiones del cielo mientras peregrinamos aquí en la tierra! Versículo 34: «Estando él hablando esto», mientras Pedro hablaba de construir tabernáculos, mientras decía: «Bien es que nos quedemos aquí», mientras soñaba que su monte estaba tan firme que nunca podría ser movido, «vino una nube que los cubrió». San Mateo observa que era una nube de luz, no oscura como la del monte Sinaí, sino luminosa, porque el evangelio nos abre una dispensación mucho más luminosa que la de la ley. Esta nube los cubrió, y así no solo los llenó de un santo temor reverente, sino que también los resguardó, en cierta medida, del resplandor de aquella gloria que ahora los rodeaba, y que de otro modo habría sido insoportable. Esta nube era como el velo puesto sobre el rostro de Moisés, y los preparó para la voz que pronto iban a oír salir de ella. No me sorprende mucho que San Mateo nos informe de que tuvieron temor al entrar en la nube, ni que San Marcos diga que «estaban espantados». Porque desde la caída hay en todos nosotros tal conciencia de la ira merecida, que no podemos evitar temer cuando entramos en una nube, aunque el mismo Jesucristo esté en medio de ella. ¡Ah, Pedro!, ¿dónde está ahora tu hablar de construir tabernáculos? ¿Tan pronto ha sido removido tu monte firme? ¿Cómo, bajas tan pronto? ¿Por qué no te oímos ahora decir: «Bien es que nos quedemos aquí»? ¡Ay!, él y sus compañeros discípulos han quedado completamente mudos; mirad cómo tiemblan y, como Moisés en otra ocasión, están asombrados y temblando. Pero ¡qué pronto se disipan esos temores, qué pronto se acalla y se calma el tumulto de su mente con aquella voz que reaviva el alma, que vino de la magnífica gloria! Versículo 35: «Este es mi Hijo amado; a él oíd».

San Marcos y San Mateo añaden: «en el cual tomo contentamiento». El mismo testimonio que Dios Padre dio al bendito Jesús en su bautismo, antes de que entrara en su tentación, se repite ahora, para fortalecerlo y prepararlo para su inminente agonía en el huerto. Probablemente fue una voz suave y apacible, aunque articulada, no acompañada de truenos ni relámpagos, ni de sonido de trompeta, sino, conforme a las benditas nuevas que contenía, anunciada con muestras de una complacencia y un amor indecibles. Con ello Dios Padre da a Moisés y a Elías un solemne licenciamiento, como si hubieran sido enviados del cielo expresamente para entregar su comisión a su legítimo Señor y, como el lucero de la mañana, desaparecer cuando el mismo Sol de justicia se levanta para traer el día del evangelio. «Este es mi Hijo amado; a él oíd». Pero el énfasis está en la palabra este: a este Hijo del Hombre, a este Jesús, a quien pronto veréis con un sudor de sangre, con los ojos vendados, escupido, abofeteado, azotado y, al fin, colgado de un madero, no me avergüenzo de reconocerlo como mi Hijo, mi Hijo unigénito, que estaba conmigo antes de que los cielos fueran hechos o se echaran los cimientos de la tierra; mi Hijo amado, en el cual tomo contentamiento, en quien mi alma se deleita, y a quien por las presentes constituyo y nombro públicamente rey, sacerdote y profeta de la iglesia. «A él oíd». No miréis más a Moisés ni a Elías, no esperéis más ser salvos por las obras de la ley, sino por la predicación y la aplicación del siempre bendito evangelio. Oídle a él, de modo que creáis en él, lo améis, le sirváis, le obedezcáis y, si fuera necesario, muráis y entreguéis vuestra misma vida por él. «A él oíd»; oíd lo que tiene que decir, porque viene con una comisión de lo alto. Oíd su doctrina; oídle de modo que le obedezcáis; oídle de modo que pongáis en práctica sus preceptos y sigáis su buen ejemplo.

En el versículo 36 tenemos el final de este banquete celestial: «Y pasada aquella voz, Jesús fue hallado solo; y ellos callaron, y por aquellos días no dijeron nada a nadie de lo que habían visto». Si comparamos esto con el relato que los otros evangelistas dan de la transfiguración de nuestro bendito Señor, hallaréis que se hizo por orden de Cristo: de otro modo Pedro, Jacobo y Juan habrían bajado y contado a todo el mundo que habían visto al Señor Cristo en el monte de la transfiguración; pero nuestro Señor les ordenó guardar silencio. ¿Por qué? Si hubieran bajado del monte y se lo hubieran contado a los otros discípulos, podría haber despertado malos sentimientos en ellos; podrían haber dicho: ¿Por qué escogió nuestro Maestro a Pedro, Jacobo y Juan? ¿Por qué no pudimos tener nosotros el privilegio de subir al monte igual que ellos? Si hubieran dicho que su Señor se había transfigurado, la gente no les habría creído; habrían pensado que Pedro, Jacobo y Juan no eran más que unos exaltados; pero si lo guardaban hasta después de su resurrección, cuando él hubiera quebrantado las puertas de la muerte, decir entonces que lo habían visto transfigurado en el monte corroboraría el testimonio.

Así he parafraseado las palabras para que entendáis mejor el relato que el evangelista da de la transfiguración de nuestro bendito Señor; pero aún no he terminado; he estado hablando a vuestras cabezas; la parte práctica está aún por venir. ¡Oh, que Dios alcance vuestros corazones! Y aunque, según el orden, debería empezar por las conclusiones prácticas que podrían sacarse de la primera parte, creo que es mejor mostraros a vosotros, que sois el pueblo de Dios, especialmente a vosotros, jóvenes convertidos, que tenéis sinceridad pero no mucha prudencia, qué enseñanzas quiere nuestro Señor que aprendáis aquí.

«Y pasada aquella voz, Jesús fue hallado solo; y ellos callaron, y por aquellos días no dijeron nada a nadie de lo que habían visto». No hay nada más común, cuando Dios se digna conceder comunicaciones a una pobre alma, que el que las disfruta vaya y cuente todo lo que ha visto y sentido, y a menudo en momentos inoportunos y a personas inoportunas. Recuerdo que el señor Henry observa: «José tenía más sinceridad que astucia; de otro modo, nunca habría contado sus sueños a sus hermanos». Los cristianos jóvenes son muy propensos a cometer este desatino: estoy seguro de que es una falta de la que yo he sido sumamente culpable, hablando de cosas que quizá habría sido mejor callar; falta en la que el pueblo de Dios cae con demasiada facilidad. Aunque es bueno que los que han visto a Cristo y han sentido su amor cuenten a otros lo que Dios ha hecho por sus almas, sin embargo, penséis lo que penséis ahora, cuando bajéis del monte y os conozcáis un poco a vosotros mismos, hallaréis muchas veces razones para callar. Los cristianos jóvenes son como los niños, que, si les ponéis un poco de dinero en el bolsillo, no se quedan tranquilos hasta que lo han gastado en una cosa u otra: los cristianos jóvenes, cuando reciben un poco de Dios, están prontos a hablar demasiado de ello. Por eso deben estar en guardia y saber cuándo hablar y cuándo callar.

Pero, queridos amigos míos, ¿llevó nuestro Señor Jesucristo a Pedro, Jacobo y Juan a un monte para orar? ¿Hay entre vosotros padres, madres, amos y amas de casa? Aprended, pues, de aquí a apartar del mundo, en ciertos momentos, a vuestros hijos, a vuestros criados y a los que os pertenecen, y no solo a orar por ellos, sino a orar con ellos. Si Cristo hizo así, él, que tenía pocas necesidades propias que suplir, y nada que confesar ni lamentar; si Cristo era tan amante de la oración, ciertamente vosotros y yo, que tenemos tantas necesidades que suplir, tantas corrupciones por las que llorar, vosotros y yo deberíamos pasar mucho tiempo en oración. No digo que debáis encerraros en vuestros aposentos y descuidar vuestras tiendas o granjas, o vuestros negocios del mundo; solo digo que debéis cuidar de administrar bien todo vuestro tiempo; y si sois hijos de Dios, os retiraréis con frecuencia del mundo y buscaréis una visita de vuestro Dios.

¿Fue el Señor Jesús transformado o transfigurado mientras oraba? Aprended de aquí a daros mucho a la oración espiritual. El camino para que el alma sea transformada, cambiada y hecha semejante a Dios es conversar con Dios a menudo. Decimos que uno es como su compañía. Las personas, al conversar juntas, a menudo se contagian el carácter unas a otras; y si queréis embeberos del carácter divino, orad mucho. Y así como los vestidos de Cristo se volvieron blancos y resplandecientes, así vuestras almas recibirán un poco de la luz de Dios que brille sobre ellas.

¿Aparecieron Moisés y Elías en gloria? ¿Hay aquí algunos santos ancianos? No dudo que haya un número considerable. ¿Y tiene alguno de vosotros miedo a la muerte? ¿Lleva alguno de vosotros consigo un cuerpo que abate su alma inmortal? Bien sé que os está predicando una pobre criatura que cada día arrastra una carga achacosa. Pero venid, creyentes; venid, hijos de Dios; venid, santos ancianos y decrépitos, venid y pisotead a ese monstruo que es la muerte. Cuando pases por aquel cementerio, haz lo que sé que hacía un excelente cristiano anciano de Maryland: ve, siéntate sobre la tumba y medita en tu propia disolución. Quizá tengas un temor natural a morir: el cuerpo y el alma no quieren separarse sin cierta congoja y un gemido; pero ¡oh, mira allá, alza la vista al cielo, mira allí a tu Jesús, tu Redentor, y aprende que tu cuerpo será transformado en lo venidero para ser semejante al gloriosísimo cuerpo de Cristo! Ese pobre cuerpo que ahora está sujeto a la gota y a los cálculos, y que apenas puedes arrastrar; ese pobre cuerpo, que tanto te estorba en la vida espiritual, dentro de poco no te estorbará más; será puesto en la tumba; pero aunque se siembre en corrupción, se levantará en incorrupción; aunque se siembre en vergüenza, se levantará de nuevo con gloria. Esta consideración hizo exclamar al bienaventurado Pablo: «¡Dónde está, oh muerte, tu aguijón! ¡Dónde, oh sepulcro, tu victoria!». Tu alma y tu cuerpo volverán a unirse, y estarás «siempre con el Señor». Esas rodillas tuyas, quizá encallecidas de arrodillarte en oración; esa lengua tuya, que ha cantado himnos a Cristo; esas manos tuyas, que han trabajado para Dios; esos pies, que han corrido a las ordenanzas de Cristo, serán todos transformados en un abrir y cerrar de ojos; y podrás sostenerte bajo un sobremanera alto y eterno peso de gloria. Venid, pues, creyentes en Cristo, mirad más allá de la tumba; venid, queridos hijos de Dios, y por débiles y enfermizos que estéis ahora, decid: Bendito sea Dios, pronto tendré un cuerpo fuerte, lleno de vigor y de gloria.

Pero así como esto habla consuelo a los santos, habla terror a los pecadores, a todos los que viven y mueren fuera de Cristo. Es opinión del arzobispo Usher que, así como los cuerpos de los santos serán glorificados, así los cuerpos de los condenados serán deformados. Y si esto es cierto, ¡ay!, ¡qué pobre figura harán las damas elegantes que mueren sin Cristo! ¡Qué pobre figura hará en la mañana de la resurrección el caballero elegante que ahora engalana su cuerpo y, al mismo tiempo, descuida asegurarse una parte en Cristo y en la felicidad eterna! Es también opinión del arzobispo Usher que las almas condenadas perderán todas las buenas disposiciones que tuvieron aquí; de modo que, aunque Dios dio a personas no regeneradas una mansedumbre, una bondad natural y un valor propios de su temperamento, para beneficio de la república, sin embargo, acabado el uso de esas bendiciones, y habiendo muerto ellas sin Cristo, y siendo imposible que haya apariencia alguna de bien en el infierno, sus buenas disposiciones se perderán para siempre. Si esto es así, es una consideración tremenda; y pienso que las personas que aman su cuerpo deberían, por eso mismo, cuidar también de asegurar el bien de su alma.

¿Sabía Pedro cuál era Moisés y cuál Elías? Entonces pienso, y alabado sea Dios por ello, que de este y otros pasajes de la Escritura se desprende claramente que nos conoceremos unos a otros cuando lleguemos al cielo. El rico conocía a Lázaro: «Padre Abraham, envía a Lázaro»; y se nos dice que «vio a Lázaro sentado en el seno de Abraham». Adán conoció a su mujer Eva; aunque había sido sumido en un profundo sueño cuando Dios la hizo de su costilla, sí, por una especie de intuición dice: «Esto es hueso de mis huesos, y carne de mi carne». Y por esta razón el apóstol, hablando a los filipenses, dice: «Vosotros sois mi gozo y corona de gozo en el día del Señor». ¡Qué consuelo será esto para un padre espiritual! Dirá uno: Aquí está el hombre, oh Señor Jesús, que llevó mi alma a gustar de tu amor; dirá otro: Este es el hombre que en tal ocasión, y con tales palabras, hirió mi corazón: tú, oh Señor, lo sabes. Entonces el padre espiritual se regocijará por sus hijos. Vosotros que os habéis reunido y habéis orado juntos, suspirado y compadecido juntos, y os habéis contado vuestras tentaciones unos a otros, estaréis para siempre con el Señor y los unos con los otros. Allí veremos a Abraham, Isaac y Jacob sentados con toda la compañía de los redimidos; y conoceremos los nombres de cada uno de los mencionados en el libro de Dios. ¡Oh bendita perspectiva! ¡Oh bendito tiempo! ¿Quién, al pensar en esto, en ver al Cordero sentado en el trono con todo el pueblo de Dios a su alrededor, no deseará ir al cielo y estar para siempre, para siempre con el Señor? Y si hay tal consuelo para los creyentes en conocerse unos a otros en el cielo, ¡con qué consuelo puede pensar en ellos cualquiera de vosotros que haya perdido padres, madres o amigos! Nos separamos por un poco de tiempo, pero los volveremos a ver. Mi padre murió en Cristo, mi madre murió en el Señor, mi marido, mi mujer, era seguidor de Jesús; los veré, aunque no ahora; ¡yo iré a ellos, mas ellos no volverán a mí! Esto puede guardaros de entristeceros como los que no tienen esperanza, y de ser tan crueles como para desear que vuelvan a este mundo malo.

Pero ¡oh, qué consideración tan espantosa es esta para las almas condenadas! Creo que, así como los espíritus glorificados se conocerán unos a otros, también las almas condenadas se conocerán unas a otras. Y así como la compañía de los bienaventurados aumenta la felicidad del cielo, así la compañía de los condenados aumentará sus tormentos. ¿Qué movió al rico a hacer aquella petición? «Tengo cinco hermanos; envía a alguien a la casa de mi padre para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento». Uno imaginaría a primera lectura que el infierno había vuelto caritativo al rico, y que, aunque en la tierra había sido de mal natural, había adquirido algo de buen natural en el infierno. No, no; no hay ni una chispa de buen natural en el lugar de tormento. Pero el rico sabía que, si sus cinco hermanos llegaban allí, podrían decirle: Después de nuestro mal corazón, a ti te debemos haber venido aquí; tú nos hacías brindar a la salud de otros hasta emborracharnos; tú nos enseñaste a jugar, a maldecir, a jurar, etc. Sabía muy bien que, si sus cinco hermanos eran llevados al infierno por su ejemplo, el infierno se calentaría cinco veces más para atormentar su alma. Uno clamará: ¡Maldito sea el día en que fui compañero de pecado de fulano; maldito sea el día en que escuchamos los consejos unos de otros y fuimos arrastrados por el ejemplo unos de otros a pecar contra Dios!

Pero ¿cubrió una nube a Pedro, Jacobo y Juan? ¿Fueron breves aquí las visitas celestiales y divinas? Entonces no os maravilléis, pueblo de Dios, si una hora estáis en el monte y a la siguiente abajo, en el valle de sombra de muerte. No hay nada más común en el mundo, después de haber estado en un buen estado de ánimo, que el que una nube os cubra. Generalmente decimos: «Bien es que nos quedemos aquí», y a menudo hacemos de nuestras gracias un Cristo; por eso el Señor envía una nube que nos cubra. Pero no temáis nunca; Dios os hablará desde la nube; Dios se os revelará; esta nube pronto pasará; dentro de poco estaremos en el cielo, y en aquella gloria donde ninguna nube puede alcanzarnos.

Ahora solo puedo mencionar una cosa más, y es esta: ¿Dijo el Padre: «Este es mi Hijo amado; a él oíd»? Entonces que cada uno de nuestros corazones haga eco a este testimonio dado de Cristo: «Este es mi amado Salvador». ¿Amó Dios de tal manera al mundo que envió a su Hijo unigénito, su Hijo muy amado, a predicarnos? Entonces, queridos amigos míos, a él oíd. Lo que Dios dijo hace mil setecientos años, directamente por una voz del cielo, acerca de su Hijo en el monte, eso mismo os dice Dios a vosotros directamente por su palabra: «A él oíd». Si nunca antes le oísteis, oídle ahora. Oídle de modo que lo toméis por vuestro profeta, sacerdote y rey; oídle de modo que lo toméis por vuestro Dios y vuestro todo. Oídle hoy, jóvenes, entre tanto que se dice hoy; oídle ahora, no sea que Dios os corte antes de que tengáis otra invitación a oírle; oídle mientras clama: «Venid a mí»; oídle mientras abre su mano y su corazón; oídle mientras llama a la puerta de vuestras almas, no sea que le oigáis decir: «Apartaos, apartaos, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y para sus ángeles». Oídle, ancianos de cabellos canos; oídle, vosotros que tenéis un pie en la tumba; oídle, digo; y si sois tardos para oír, rogad a Dios que abra los oídos de vuestro corazón y vuestros ojos ciegos; rogad a Dios que os dé un corazón ensanchado y creyente, y que sepáis lo que el Señor Dios dice acerca de vosotros. Dios lo tomará a mal, se vengará de sus adversarios, si no oís a un bendito Salvador. Él es el Hijo de Dios, el Hijo amado de Dios; vino a una gran misión, a saber, a derramar su preciosa sangre por los pecadores; vino a limpiaros de todo pecado y a salvaros con salvación eterna. Vosotros que le habéis oído, oídle otra vez; seguid adelante, creed en él y obedecedle, y dentro de poco le oiréis decir: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo». Que Dios os lo conceda a todos, por amor del Señor Jesucristo. Amén y amén.

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