Sermones escogidos de George Whitefield
Alcance y razonabilidad de la abnegación

Capítulo 29 · 23 min de lectura · 29 min de escucha

Alcance y razonabilidad de la abnegación

Lucas 9:23 — «Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo.»

Quien lea el evangelio con ojo sincero y recta intención hallará que nuestro bendito Señor aprovechaba todas las ocasiones para recordar a sus discípulos que su reino no era de este mundo; que su doctrina era una doctrina de la cruz; y que el profesarse seguidores suyos los llamaría a un estado constante de sufrimiento voluntario y de abnegación.

Las palabras del texto nos ofrecen un ejemplo, entre muchos, de la conducta de nuestro Salvador en este asunto: pues, habiéndose revelado en los versículos anteriores a Pedro y a los demás apóstoles como «El Cristo de Dios»; para que no se envanecieran demasiado con tan singular descubrimiento de su deidad, ni pensaran que su relación con tan gran personaje no les traería más que pompa y grandeza, les dice, en el versículo 22, que «el Hijo del hombre había de padecer muchas cosas» en este mundo, aunque había de ser coronado de gloria y honra eternas en el venidero; y que si alguno de ellos o de su posteridad quería participar de la misma honra, debía tomar parte con él en su abnegación y en sus sufrimientos. Porque «decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo.»

De estas palabras consideraré tres cosas:

I. Primero, la naturaleza de la abnegación que el texto recomienda, y en cuántos aspectos debemos negarnos a nosotros mismos para ir en pos de Jesucristo.

II. En segundo lugar, procuraré probar la universalidad y la razonabilidad de este deber de la abnegación.

III. En tercer lugar, ofreceré algunas consideraciones que puedan servir como otros tantos motivos para reconciliarnos con la práctica de esta abnegación y avivarnos en ella.

I. Primero, he de mostraros la naturaleza de la abnegación que el texto recomienda, o en cuántos aspectos debemos negarnos a nosotros mismos para seguir a Jesucristo.

Ahora bien, así como las facultades del alma se distinguen en entendimiento, voluntad y afectos, así en todas ellas ha de negarse a sí mismo cada uno de nosotros. No debemos apoyarnos en nuestra propia prudencia, siendo sabios en nuestros propios ojos y prudentes delante de nosotros mismos, sino que debemos someter nuestra corta razón a la luz de la revelación divina. Hay en la religión misterios que están por encima de nuestra razón natural, aunque no sean contrarios a ella; y por eso jamás llegaremos a ser cristianos a menos que derribemos los razonamientos «y toda altura que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevemos cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo». En este aspecto, como en otros, debemos hacernos necios por amor de Cristo y reconocer que, sin la revelación, nada sabemos como debemos saber. Debemos abrazar con toda humildad y reverencia las verdades que se nos revelan en las Santas Escrituras; porque solo así podremos llegar a ser verdaderamente sabios, sí, «sabios para la salvación». Fue motivo de acción de gracias de nuestro bendito Señor a su Padre celestial el que hubiera «escondido estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las hubiera revelado a los niños». Y en este aspecto también debemos «volvernos y hacernos como niños», dóciles y dispuestos a seguir al Cordero por cualesquiera misterios por donde tenga a bien conducirnos; y creer y practicar todas las verdades divinas, no porque podamos demostrarlas, sino porque Dios, «que no puede mentir», nos las ha revelado.

De aquí, pues, podemos rastrear la incredulidad hasta su manantial; porque no es otra cosa que un orgullo del entendimiento, una resistencia a someterse a las verdades de Dios, lo que hace que tantos, profesándose sabios, se vuelvan tan necios que nieguen al Señor que tan caro los compró, y disputen la divinidad de aquel Verbo eterno «en quien viven, y se mueven, y son»; con lo cual es justo temer que atraerán sobre sí mismos una perdición segura, si no acelerada.

Pero así como debemos negarnos en el entendimiento, así debemos negar —o, como podría traducirse con más propiedad, renunciar— nuestra voluntad; es decir, no debemos hacer de nuestra propia voluntad un principio de acción, sino que, «ya sea que comamos o bebamos, o hagamos cualquier otra cosa, debemos hacerlo todo (no meramente para agradarnos a nosotros mismos, sino) para la gloria de Dios». No es que por ello hayamos de imaginar que no podemos tener placer alguno en nada de lo que hacemos: «Los caminos de la sabiduría son caminos deleitosos»; pero el agradarnos a nosotros mismos no ha de ser el fin principal, sino solo el subordinado, de nuestras acciones.

Y no puedo menos que insistir particularmente en esta doctrina, porque es el gran secreto de nuestra santa religión. Esto es, hermanos míos, lo que distingue al verdadero cristiano del mero moralista y del profesante formal, y sin ello ninguna de nuestras acciones es acepta delante de Dios. Porque «si tu ojo fuere sincero», dice nuestro bendito Señor en Mateo 6:22 —es decir, si apuntas sencillamente a agradar a Dios, sin consideración alguna a tu propia voluntad—, «todo tu cuerpo (o todas tus acciones) será luminoso»; conforme al evangelio, que es llamado luz: «Mas si tu ojo fuere malo (si tu intención se desvía hacia cualquier otro lado), todo tu cuerpo (todas tus acciones) será tenebroso», pecaminoso e inútil. No solo debemos hacer la voluntad de Dios, sino hacerla porque es su voluntad, puesto que pedimos que «la voluntad de Dios sea hecha en la tierra como en el cielo». Y sin duda los benditos ángeles no solo hacen todo lo que Dios quiere, sino que lo hacen con alegría, por este principio: porque Dios lo quiere. Y si queremos vivir como oramos, debemos ir y hacer lo mismo.

Pero además, así como debemos renunciar a nuestra voluntad al hacer, así también debemos renunciar a ella al sufrir la voluntad de Dios. Nos sobrevenga lo que nos sobrevenga, debemos decir con el buen anciano Elí: «El Señor es; haga lo que bien le pareciere»; o con uno que era infinitamente mayor que Elí: «Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya». ¡Oh Jesús, la tuya era una voluntad inocente, y sin embargo renunciaste a ella! Enséñanos, sí, a nosotros también, ¡oh Salvador nuestro!, a someter nuestra voluntad a la tuya en todos los males que vengan sobre nosotros; y capacítanos para dar gracias en todo, ¡puesto que esa es tu bendita voluntad para con nosotros!

En tercer lugar, debemos negarnos a nosotros mismos, no solo en el entendimiento y en la voluntad, sino también en los afectos. Más en particular, debemos negarnos el goce placentero y el disfrute egoísta de las riquezas: «Si alguno quiere venir en pos de mí, debe dejarlo todo y seguirme». Y otra vez (para mostrar la total incompatibilidad del amor a las cosas de este mundo con el amor del Padre) nos dice: «el que no renuncia a todo lo que tiene, no puede ser mi discípulo».

Lejos esté de mí pensar que estos textos hayan de tomarse en sentido literal, como si obligaran a los ricos a ir a vender todo lo que tienen y darlo a los pobres (pues eso los dejaría sin poder servir a los pobres en lo sucesivo); pero, con todo, ciertamente implican al menos esto: que hemos de tener el corazón desasido de todo, vender y dejar todo en el afecto, y estar dispuestos a desprendernos de cualquier cosa cuando Dios nos la pida; es decir, como observa el apóstol, debemos «usar de este mundo como si no lo usáramos»; y aunque estemos en el mundo, no debemos ser del mundo. Debemos considerarnos mayordomos, y no propietarios, de los múltiples dones de Dios; proveer primero lo necesario para nosotros mismos y para nuestras familias, y emplear el resto, no en caprichos y adornos superfluos, prohibidos por el apóstol, sino en vestir, alimentar y socorrer a los discípulos de Jesucristo desnudos, hambrientos y afligidos. Esto es lo que nuestro bendito Señor quiere que entendamos por dejarlo todo, y en este sentido cada uno de nosotros debe negarse a sí mismo.

Bien sé que esto parecerá palabra dura a muchos, que se ofenderán porque son avaros y «amadores de los deleites más que de Dios»; pero si todavía agradara a tales hombres, no sería siervo de Cristo. No; no debemos, como los falsos profetas de Acab, tener un espíritu de mentira en la boca, sino declarar fielmente toda la voluntad de Dios; y, como el honrado Micaías, por lástima y compasión, decir a los hombres la verdad, aunque ellos piensen falsamente que no profetizamos acerca de ellos bien, sino mal.

Pero prosigamos. Así como debemos renunciar a nuestro afecto por las riquezas, así también a nuestro afecto por los parientes, cuando se oponen a nuestro amor y a nuestro deber para con Dios. Porque así dice el Salvador del mundo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, y no aborrece a su padre y madre, y a sus hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo». ¡Extraña doctrina es esta! ¡Cómo! ¿Aborrecer nuestra propia carne? ¿Aborrecer al padre que nos engendró, a la madre que nos dio a luz? ¿Cómo puede ser esto? ¿Puede Dios contradecirse? ¿No nos ha mandado honrar a nuestro padre y a nuestra madre? Y sin embargo aquí se nos manda aborrecerlos. ¿Cómo pueden conciliarse estas verdades? Interpretando la palabra aborrecer, no en un sentido riguroso y absoluto, sino comparativo: no como si implicara un alejamiento total, sino un grado menor de afecto. Porque así lo explica nuestro bendito Salvador mismo (el mejor y más puro intérprete de su propio sentido) en un texto paralelo, Mateo 10:37: «El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí.» De modo que, cuando las persuasiones de nuestros amigos (como puede permitirse que lo sean, para probarnos) son contrarias a la voluntad de Dios, debemos decir con Leví: «Nunca los hemos conocido»; o, conforme a la reprensión de nuestro bendito Señor a Pedro: «Quitaos de delante de mí, adversarios míos; porque no entendéis lo que es de Dios, sino lo que es de los hombres».

Además, debemos negarnos a nosotros mismos en las cosas indiferentes; porque fácilmente podría mostrarse que tantos, si no más, perecen por el uso inmoderado de cosas en sí mismas indiferentes como por cualquier pecado grosero. Por tanto, el cristiano prudente considerará no solo lo que es lícito, sino también lo que conviene; no tanto qué grados de abnegación se ajustan mejor a sus inclinaciones aquí, como qué será lo que más eficazmente quebrante su voluntad y lo disponga para mayores grados de gloria en el más allá.

Por último, para concluir este punto, debemos renunciar a nuestra propia justicia. Porque, aunque repartiésemos todos nuestros bienes para dar de comer a los pobres, y entregásemos nuestro cuerpo para ser quemado, si en lo más mínimo nos apoyamos en ello, y no descansamos enteramente en la justicia perfecta y del todo suficiente de Jesucristo, de nada nos sirve. «El fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree.» Estamos completos en él, y solo en él. Nuestras propias justicias no son sino como trapo de inmundicia. Debemos tenerlo todo por estiércol y escoria, para ser hallados en él, no teniendo nuestra propia justicia, sino la justicia que es de Dios, por Jesucristo nuestro Señor.

¿Y es esta la doctrina del cristianismo? ¿No está dormido, entonces, el mundo cristiano? Si no, ¿de dónde tanta justicia propia, de dónde tanta complacencia en sí mismo, de dónde ese amor reinante a las riquezas con que nos topamos por todas partes? Sobre todo, ¿de dónde esa avidez predominante por el placer sensual, que de tal modo ha invadido esta nación pecadora que, si un extranjero piadoso viniera entre nosotros, se sentiría tentado a pensar que aquí se adora a alguna Venus pagana y que se le han dedicado templos? Pero tenemos la autoridad de un apóstol inspirado para afirmar que los que viven en un torbellino de placeres «viviendo están muertos». Por tanto, como dice el Espíritu Santo: «Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo». Pero el poder de resucitar a los muertos espirituales pertenece solo a Dios. Tú, pues, oh santo Jesús, que con tu palabra todopoderosa mandaste a Lázaro salir fuera, aunque había yacido algunos días en el sepulcro, habla también con igual eficacia a estas almas espiritualmente muertas, a quienes Satanás ha tenido durante tantos años tan fuertemente atadas con los placeres sensuales que ni siquiera pueden alzar los ojos ni el corazón al cielo.

II. Pero paso al segundo punto general propuesto: considerar la obligación universal y la razonabilidad de esta doctrina de la abnegación.

Cuando nuestro bendito Maestro había estado hablando públicamente de la vigilancia del mayordomo fiel y prudente, sus discípulos le preguntaron: «¿Dices esta parábola a nosotros, o también a todos?» Bien sé que la misma pregunta se ha hecho, y se hará, acerca de la doctrina anterior; porque demasiados, no queriendo tomar sobre sí el yugo fácil de Cristo, para eludir la fuerza de los preceptos del evangelio pretenden que todos aquellos mandamientos acerca de la abnegación, y de renunciar a nosotros mismos y al mundo, pertenecían a los primeros e inmediatos seguidores de nuestro Señor, y no a nosotros ni a nuestros hijos. Pero tales personas yerran grandemente, ignorando las Escrituras y el poder de la piedad en sus corazones. Porque la doctrina de Jesucristo, como su bendita persona, es «la misma ayer, y hoy, y por los siglos». Lo que dijo a uno, lo dijo a todos, hasta los fines del mundo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo»; y en el texto se menciona en particular que lo dijo a todos. Y para que no imaginemos todavía, absurdamente, que esta palabra todos había de limitarse a sus apóstoles, con quienes entonces hablaba, se dice en otro lugar que Jesús se volvió a la multitud y dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, y no aborrece a su padre y madre, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo». Cuando nuestro bendito Señor hubo dicho cierta parábola, se dice que «los escribas y fariseos se ofendieron, porque entendieron que la parábola iba dicha contra ellos»; y si los cristianos pueden ahora leer estos textos claros y terminantes de la Escritura y, al mismo tiempo, no pensar que se dicen de ellos, son más endurecidos que los judíos y menos sinceros que los fariseos.

En la parte anterior de este discurso observé que los preceptos acerca de dejarlo y venderlo todo no nos obligan en sentido literal, porque el estado de la iglesia no nos lo exige como se lo exigía a los cristianos primitivos; pero aun así, la misma muerte al mundo, el mismo uso sobrio de nuestros bienes y la misma disposición a desprendernos de ellos por amor de Cristo nos son tan absolutamente necesarios y obligatorios como lo fueron para ellos. Porque, aunque la iglesia pueda diferir en su estado exterior según las épocas, en cuanto a la pureza de su estado interior fue, es y será siempre invariablemente la misma. Y todos los mandamientos que encontramos en las epístolas acerca de «hacer morir nuestros miembros que están sobre la tierra, poner la mira en las cosas de arriba y no conformarnos a este mundo» no son sino otras tantas pruebas incontestables de que la misma santidad, la misma mente celestial y la misma muerte al mundo nos son tan necesarias a nosotros como a los seguidores inmediatos de nuestro Señor.

Pero además, así como tal objeción arguye ignorancia de las Escrituras, así es prueba manifiesta de que quienes la hacen son extraños al poder de la piedad en sus corazones. Porque, puesto que la forma y la sustancia de la religión consisten en ser restaurados de nuestro estado caído en Adán por un nuevo nacimiento en Cristo Jesús, tenemos absoluta necesidad de abrazar y practicar la abnegación de que antes hablamos. Si estamos vivos para Dios, estaremos muertos para nosotros mismos y para el mundo. Si todo lo que pertenece al espíritu vive y crece en nosotros, todo lo que pertenece al viejo hombre debe morir en nosotros. Debemos llorar antes de ser consolados, y recibir el espíritu de servidumbre antes de ser bendecidos con el inefable privilegio del espíritu de adopción y de poder decir, con plena certidumbre de fe: «Abba, Padre».

Si estuviéramos, en verdad, en un estado de inocencia, y tuviéramos, como Adán antes de su caída, la imagen divina plenamente estampada en nuestras almas, no tendríamos entonces necesidad de abnegación; pero, puesto que somos criaturas caídas, enfermizas, desordenadas y llenas de justicia propia, necesariamente debemos negarnos a nosotros mismos (y tenerlo por privilegio) antes de poder seguir a Jesucristo a la gloria. Rechazar una práctica tan saludable a causa de la dificultad que al principio la acompaña se parece demasiado a la obstinación de un niño enfermo y terco que siente náuseas y rehúsa la porción que le ofrece un médico hábil o un padre tierno, porque es un poco desagradable al paladar.

Si alguno de nosotros hubiera visto a Lázaro cuando yacía lleno de llagas a la puerta del rico, o a Job cuando fue herido de úlceras desde la coronilla de la cabeza hasta la planta del pie, y si al mismo tiempo les hubiéramos recetado algunas medicinas curativas que, por causarles dolor, no quisieran aplicarse a las heridas, ¿no pensaríamos con toda justicia que, o bien estaban encariñados con un cuerpo enfermo, o bien no eran conscientes de sus males? Pero nuestras almas, por naturaleza, están en una condición infinitamente más deplorable que los cuerpos de Job o de Lázaro cuando estaban llenos de úlceras y llagas; porque, ¡ay!, «toda nuestra cabeza está enferma, y todo nuestro corazón doliente; desde la coronilla de la cabeza hasta la planta del pie estamos llenos de heridas, hinchazones y podridas llagas, y no hay en nosotros cosa sana». Y si no estamos dispuestos a negarnos a nosotros mismos y a ir en pos de Jesucristo para ser curados, es señal de que no sentimos la miseria de nuestro estado y de que no hemos sido verdaderamente sanados.

Hasta los criados de Naamán pudieron decirle, cuando él se negaba a lavarse en el río Jordán (conforme a la orden de Eliseo) para ser curado de su lepra: «Padre mío, si el profeta te mandara alguna gran cosa, ¿no la harías? ¿Cuánto más, diciéndote: Lávate, y serás limpio?» ¿Y no puedo yo, con mucha propiedad, dirigirme a vosotros de la misma manera, hermanos míos? Si Jesucristo, nuestro gran profeta, os hubiera mandado hacer alguna cosa mucho más difícil, ¿no la habríais hecho? Mucho más, pues, debéis hacerlo cuando solo os manda negaros lo que ciertamente os dañaría si os lo concedierais, y él os dará una corona de vida.

Pero, para ilustrar esto con otra comparación: en el capítulo 12 de los Hechos leemos que «san Pedro estaba custodiado en la cárcel, y dormía entre dos soldados, preso con dos cadenas. Y he aquí, el ángel del Señor sobrevino, e hiriendo a Pedro en el costado, le dijo: Levántate pronto. Y las cadenas se le cayeron de las manos». Pero si este gran apóstol, en lugar de levantarse pronto y hacer lo que el bendito ángel le mandaba, se hubiera abrazado a sus cadenas y hubiera rogado que no se le cayeran de las manos, ¿no pensaría cualquiera que estaba enamorado de la esclavitud y que merecía ser ejecutado a la mañana siguiente? ¿Y no obra tan inconsecuentemente quien se niega a negarse a sí mismo como habría obrado este apóstol si hubiera desatendido los medios de su liberación? Porque nuestras almas, por naturaleza, están en un calabozo espiritual, dormidas y fuertemente atadas entre el mundo, la carne y el diablo, no con dos, sino con diez mil cadenas de concupiscencias y corrupciones. Ahora bien, Jesucristo, como el buen ángel de san Pedro, viene por el poder de su evangelio, abre la puerta de la cárcel y nos manda «negarnos a nosotros mismos y seguirle». Pero si no nos levantamos, ceñimos los lomos de nuestro entendimiento y le seguimos, ¿no estamos enamorados de la servidumbre, y no merecemos no ser librados de ella jamás?

En verdad, no afirmaré que esta doctrina de la abnegación aparezca a todos bajo esta justa luz. No; bien sé que para el hombre natural es locura, y para el recién convertido, palabra dura. Pero ¿qué dice nuestro Salvador? «El que quiera hacer mi voluntad, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo de mí mismo.» Este, mis queridos amigos, es el mejor, el único camino de convicción. Levantémonos y pongamos manos a la obra; levantémonos pronto y neguémonos a nosotros mismos, y el Señor Jesús quitará de los ojos de nuestro entendimiento esas escamas que ahora, como otros tantos velos, nos impiden ver con claridad la razonabilidad, la necesidad y la inexpresable ventaja de la doctrina que se ha expuesto. Mostrémonos así hombres una sola vez, y entonces el Espíritu de Dios se moverá sobre la faz de nuestras almas, como una vez se movió sobre la faz del gran abismo, y las hará surgir de aquel caos confuso en que, sin duda alguna, están ahora envueltas, si somos extraños y enemigos de la abnegación y de la cruz de Cristo.

III. Pasemos, pues, ahora al tercer y último punto general propuesto: ofrecer algunas consideraciones que puedan servir como otros tantos motivos para reconciliarnos con la práctica de este deber de la abnegación y avivarnos en ella.

1. Y el primer medio que os recomendaré para reconciliaros con esta doctrina es meditar con frecuencia en la vida de nuestro bendito Señor y Maestro Jesucristo. Seguidle desde la cuna hasta la cruz, ¡y ved qué vida de abnegación llevó! ¿Y no beberemos nosotros del vaso que él bebió, y seremos bautizados con el bautismo con que él fue bautizado? ¿O pensamos que Jesucristo hizo y padeció todas las cosas para que nosotros quedáramos excusados y exentos de padecimientos? No; lejos esté de todo cristiano sincero juzgar de esa manera, porque san Pedro nos dice: «Él padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigamos sus pisadas». Si Cristo, en verdad, como los que se sentaban en la cátedra de Moisés, hubiera puesto sobre nosotros pesadas cargas de abnegación (suponiendo que fueran pesadas, que no lo son) y se hubiera negado a tocarlas él mismo ni con uno de sus dedos, podríamos tener algún pretexto para quejarnos. Pero, puesto que no nos ha impuesto nada que él no haya puesto antes en práctica, no tienes excusa, oh discípulo, quienquiera que seas, que quisieras estar por encima de tu Maestro perseguido y abnegado; y no eres siervo bueno y fiel tú, que no estás dispuesto a sufrir y a compadecerte con tu Señor mortificado y de mente celestial.

2. Después del modelo de nuestro bendito Maestro, pensad a menudo en las vidas de la gloriosa compañía de los apóstoles, la admirable comunión de los profetas y el noble ejército de los mártires; quienes, con los ojos puestos constantemente en el autor y consumador de nuestra fe, pelearon la buena batalla y se han ido delante de nosotros a heredar las promesas. Contemplad una y otra vez cuán santamente, con cuánta abnegación, cuán irreprensiblemente vivieron. Y si la abnegación les fue necesaria a ellos, ¿por qué no también a nosotros? ¿No somos hombres sujetos a semejantes pasiones que ellos? ¿No vivimos en el mismo mundo malvado en que ellos vivieron? ¿No tenemos el mismo buen Espíritu para ayudarnos, sostenernos y purificarnos, como lo tuvieron ellos? ¿Y no se nos ofrece la misma herencia eterna que se les ofreció a ellos? Y si tenemos la misma naturaleza que cambiar, el mismo mundo malvado que resistir, el mismo buen Espíritu que nos ayude y la misma corona eterna al final, ¿por qué no habríamos de llevar la misma vida que ellos llevaron? ¿Pensamos que hicieron obras de supererogación? Si no, ¿por qué no hacemos como ellos hicieron? ¿O por qué vuestra propia iglesia aparta días de fiesta para conmemorar las muertes y padecimientos de los santos, sino para incitaros a seguirlos a ellos como ellos siguieron a Cristo?

3. En tercer lugar, pensad a menudo en los tormentos del infierno; considerad si no es mejor cortarse la mano o el pie derecho, y sacarse el ojo derecho, si nos ofenden (o nos hacen pecar), «antes que ser echados en el infierno, donde el gusano no muere, y el fuego nunca se apaga». Pensad cuántos miles hay ahora reservados con los espíritus condenados, en prisiones de oscuridad, para el juicio del gran día. Y pensad a la vez que este, este ha de ser pronto nuestro caso, a menos que seamos sabios a tiempo, nos neguemos a nosotros mismos y sigamos a Jesucristo. ¿Pensáis que ellos imaginan ahora que Jesucristo es un amo duro? ¿O no pensáis más bien que darían diez mil veces diez mil mundos con tal de poder volver a la vida y tomar sobre sí el yugo fácil de Cristo? ¿Y podremos nosotros habitar con las llamas eternas mejor que ellos? No; si no podemos soportar este precepto —negaos a vosotros mismos, tomad vuestras cruces—, ¿cómo soportaremos la sentencia irrevocable: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y para sus ángeles»? Pero espero que aquellos entre quienes ahora predico el reino de Dios no sean tan poco nobles que necesiten ser empujados a su deber por los terrores del Señor, sino que más bien deseen ser atraídos con cuerdas de amor.

Por último, pues, meditad a menudo en los gozos del cielo: pensad, pensad con qué gloria inefable están ahora rodeadas aquellas almas dichosas que, cuando estaban en la tierra, fueron llamadas a negarse a sí mismas igual que nosotros, y no fueron desobedientes a ese llamamiento. Levantad con frecuencia vuestros corazones hacia las moradas de la dicha eterna y, con ojo de fe, como Esteban, ved los cielos abiertos y al Hijo del hombre con su glorioso séquito de santos difuntos, sentados y recreándose en gozos eternos. ¡Escuchad! Me parece oírlos entonar sus aleluyas eternos y hacer resonar triunfantes cánticos de gozo. ¿Y no anheláis, hermanos míos, uniros a este coro celestial? ¿No arde vuestro corazón dentro de vosotros? Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, ¿no anhelan así vuestras almas la bendita compañía de estos hijos de Dios? He aquí, pues, una escalera celestial tendida hasta vosotros, por la cual podéis subir a este monte santo. ¡Creamos en el Señor Jesucristo y neguémonos a nosotros mismos! Solo por este camino ascendió al gozo de su Señor todo santo que haya vivido jamás. Y entonces nosotros, sí, nosotros también, seremos dentro de poco elevados a las mismas regiones bienaventuradas, para gozar allí de un reposo eterno con el pueblo de Dios, y unirnos a ellos cantando doxologías y cánticos de alabanza a la eterna, bendita, gloriosísima y adorabilísima Trinidad, por los siglos de los siglos.

Lo cual Dios, por su infinita misericordia, nos conceda, etc.

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