Capítulo 28 · 17 min de lectura · 22 min de escucha
Instrucciones para oír sermones
Lucas 8:18 — «Mirad, pues, cómo oís».
La ocasión en que nuestro Señor dio esta advertencia fue la siguiente: viendo que mucha gente de todas las ciudades se había juntado para oírle, y sabiendo (porque él es Dios y lo sabe todo) que muchos, si no la mayoría, serían solamente oidores, y no hacedores de la palabra, les habló por una parábola en la que, bajo la figura de un sembrador que salió a sembrar su semilla, les dio a entender claramente cuán pocos había entre ellos que recibirían algún beneficio salvador de su doctrina, o que llevarían fruto a perfección.
La aplicación, uno se imaginaría, debía de ser clara y evidente; pero los discípulos, todavía no iluminados en gran medida por el Espíritu Santo, y por tanto incapaces de penetrar los misterios escondidos del reino de Dios, hicieron con nuestro Salvador lo que la gente debería hacer con sus ministros: conversaron con él en privado sobre el sentido de lo que les había enseñado en público y, con el sincero deseo de cumplir su deber, le pidieron la interpretación de la parábola.
Nuestro bendito Señor, siempre dispuesto como estaba a instruir a los que eran enseñables (dando en esto a sus ministros ejemplo de ser corteses y de fácil acceso), les explicó de buen grado su significado. Y además, para hacerlos en adelante más cautos y más atentos a su doctrina, les dice que ellos habían de ser de manera especial la luz del mundo, y que habían de proclamar desde las azoteas todo lo que él les decía en secreto; y como el aprovechar el conocimiento ya recibido era la única condición para que se les diera más, les importaba sobremanera «mirar cómo oían».
Por el contexto, pues, se ve que las palabras se dijeron en primer lugar a los mismos apóstoles. Pero como es de temer que, de los muchos miles que acuden en tropel a oír sermones, relativamente pocos son influidos eficazmente por ellos, no puedo menos que creer muy necesario recordaros la advertencia que nuestro Señor dio a sus discípulos, y exhortaros con el mayor fervor a «mirar cómo oís».
Para llevar adelante este propósito,
Primero, probaré que todos deben aprovechar toda oportunidad de oír sermones. Y,
En segundo lugar, daré algunas advertencias e instrucciones para que oigáis con provecho y ventaja.
Primero, he de probar que todos deben aprovechar toda oportunidad de oír sermones.
Que siempre ha habido personas particulares apartadas por Dios para instruir y exhortar a su pueblo a practicar lo que él le pidiera es evidente por muchos pasajes de la Escritura. San Judas nos dice que «Enoc, séptimo desde Adán, profetizó (o predicó) acerca de la venida del Señor con sus santos millares para juicio». Y Noé, que vivió no mucho después, es llamado por san Pedro «pregonero de justicia». Y aunque en todo el espacio intermedio entre el diluvio y la entrega de la ley oímos de pocos predicadores, podemos razonablemente concluir que Dios nunca se dejó a sí mismo sin testimonio, sino que muchas veces y de muchas maneras habló a nuestros padres por los patriarcas y los profetas.
Pero, fuera como fuera antes, tenemos la seguridad de que, después de dada la ley, Dios apartó constantemente para sí un cierto orden de hombres que predicaran a su pueblo, así como que oraran por él; y les mandó que buscaran su deber en la boca de los sacerdotes. Y aunque los judíos fueron muchas veces llevados en cautiverio y, por sus pecados, esparcidos sobre la faz de la tierra, nunca abandonó del todo a su iglesia, sino que mantuvo siempre un remanente de profetas y predicadores, como Ezequiel, Jeremías, Daniel y otros, para reprenderlos, instruirlos y llamarlos al arrepentimiento.
Así fue bajo la ley. Y la iglesia no ha estado peor, sino infinitamente mejor provista bajo el evangelio. Porque cuando Jesucristo, aquel gran Sumo Sacerdote, se hubo ofrecido a sí mismo mediante el Espíritu eterno como sacrificio y satisfacción plena, perfecta y suficiente por los pecados del mundo entero, y, después de su resurrección, se le hubo dado toda potestad en el cielo y en la tierra, dio comisión a sus apóstoles, y en ellos a todos los ministros que les sucedieran, para «ir y predicar su evangelio a toda criatura»; prometiendo «estar con ellos, para guiarlos, asistirlos, fortalecerlos y consolarlos todos los días, hasta el fin del mundo».
Pero si es deber de los ministros predicar (y ¡ay de ellos si no predican el evangelio, porque les es impuesta necesidad!), sin duda el pueblo está obligado a atenderlos; pues, de otro modo, ¿para qué son enviados los ministros?
¿Y cómo no admirar aquí el amor y el tierno cuidado que nuestro amado Redentor ha mostrado por su esposa, la iglesia? Él, porque no podía estar siempre con nosotros en persona, ya que convenía que se fuera y, como nuestro precursor, tomara posesión de aquella gloria que había comprado con su preciosa sangre, no quiso, sin embargo, dejarnos huérfanos, sino que primero estableció un número suficiente de pastores y maestros; y después, conforme a su promesa, de hecho envió y seguirá enviando al Espíritu Santo, para dotarlos a ellos y a sus sucesores de los dones y gracias adecuados «para la obra del ministerio, para la perfección de los santos, para la edificación de su cuerpo en amor, hasta que todos lleguemos a la unidad del espíritu, a la plenitud de la medida de la estatura de Cristo».
¡Oh, cuán insensibles a este don inefable son aquellas personas que hacen afrenta al Espíritu de gracia, que crucifican de nuevo al Hijo de Dios y lo exponen a vituperio, negándose deliberadamente a acudir a un medio de salvación tan grande! ¡Cuán terrible será el fin de tales hombres! ¡Qué agravante, que la luz haya venido al mundo, que las buenas nuevas de salvación se proclamen con tanta frecuencia en esta populosa ciudad, y que tantos aborrezcan este maná espiritual, este pan de ángeles, y lo llamen pan liviano! ¡Cuánto más tolerable será el castigo para Tiro y Sidón, para Sodoma y Gomorra, que para tales pecadores! Mejor les habría sido a los hombres no haber oído nunca que nació un Salvador, que, después de haberlo oído, no atender al ministerio de aquellos que son empleados como sus embajadores para tratar los asuntos entre Dios y sus almas.
Podemos, aunque sea de lejos, sin espíritu de profecía, predecir la deplorable condición de tales hombres; contemplarlos arrojados al infierno, alzando sus ojos, estando en los tormentos, y clamando: ¡Cuántas veces quisieron nuestros ministros juntarnos, como la gallina junta sus pollos debajo de las alas! Pero no quisimos. ¡Oh, si hubiéramos conocido, en aquel nuestro día, lo que tocaba a nuestra paz eterna! Pero ahora está encubierto para siempre de nuestros ojos.
Así de desdichados, así de inconcebiblemente miserables serán los que menosprecian la predicación pública del evangelio y se burlan de ella. Pero, dando por sentado que hay pocos, si es que hay alguno, de esta infeliz clase entre los que tienen a bien pisar los atrios de la casa del Señor, paso ahora al
Segundo punto general propuesto: dar algunas advertencias e instrucciones para que oigáis los sermones con provecho y ventaja.
Y aquí, si reflexionamos en lo ya dicho, y consideramos que la predicación es una ordenanza de Dios, un medio establecido por Jesucristo mismo para promover su reino entre los hombres, no podéis razonablemente ofenderos si, para que oigáis los sermones con provecho y ventaja, yo
1. Os indico, o os ruego, que vengáis a oírlos no por curiosidad, sino con un deseo sincero de conocer y cumplir vuestro deber.
El formalismo y la hipocresía en cualquier ejercicio religioso son abominación al Señor. Y entrar en su casa solo para que se recreen nuestros oídos, y no para que se reformen nuestros corazones, ha de desagradar sin duda en gran manera al Dios Altísimo, además de no aprovecharnos a nosotros mismos.
De ahí que tantos permanezcan sin convertirse, sí, sin conmoverse aun con la predicación más evangélica; de modo que, como los compañeros de san Pablo antes de su conversión, solo oyen la voz del predicador con los oídos exteriores, pero no experimentan su poder dentro, en sus corazones. O, como la tierra junto al vellón de Gedeón, quedan secos, mientras que otros, que vinieron a ser alimentados con la leche espiritual no adulterada de la palabra, son, como el vellón mismo, regados por el rocío de la bendición celestial de Dios, y por ella crecen.
Huid, pues, hermanos míos, huid de la curiosidad, y preparad vuestros corazones con una disposición humilde para recibir con mansedumbre la palabra implantada; y entonces será un medio, bajo la mano de Dios, para vivificar, edificar, purificar y salvar vuestras almas.
2. Una segunda instrucción que daré con el mismo fin es no solo preparar vuestros corazones antes de oír, sino también atender con diligencia a las cosas que se dicen de la palabra de Dios.
Si un rey de la tierra publicara una proclama real, de cuyo cumplimiento o incumplimiento dependiera por entero la vida o la muerte de sus súbditos, ¡cuán solícitos estarían por oír cuáles eran aquellas condiciones! ¿Y no tendremos nosotros el mismo respeto al Rey de reyes y Señor de señores, y prestaremos oído atento a sus ministros cuando declaran en su nombre cómo pueden asegurarse nuestro perdón, nuestra paz y nuestra felicidad?
Cuando Dios descendió sobre el monte Sinaí con terrible majestad para dar la ley a su pueblo, ¡cuán atentos estaban a su siervo Moisés! Y si tan ansiosos estaban de oír los truenos o las amenazas de la ley, ¿no estaremos nosotros tan solícitos por oír de los ministros de Cristo las buenas nuevas del evangelio?
Mientras Cristo mismo estaba en la tierra, se dice que el pueblo estaba pendiente de él para oír las palabras de gracia que salían de su boca. Y si miráramos a los ministros como debemos, como enviados de Jesucristo, estaríamos también pendientes de ellos para oír sus palabras.
Además, las verdades sagradas que entregan los ministros del evangelio no son áridas e insípidas lecciones de filosofía moral, destinadas solo a entretenernos un rato, sino los grandes misterios de la piedad, a los cuales, por tanto, estamos obligados a escuchar con toda aplicación, no sea que por nuestra negligencia no los entendamos, o que de cualquier otro modo se nos escurran.
Pero ¡cuán poco caso hacen de esta instrucción los que, en lugar de estar pendientes del predicador para oírle, dormitan o duermen mientras él les habla de parte de Dios! ¡Desdichados! ¿No pueden velar una hora con nuestro bendito Señor? ¡Qué! ¿Nunca han leído cómo Eutico, mientras dormía, cayó cuando san Pablo alargó su discurso hasta la medianoche, y fue levantado muerto?
Pero volvamos. Aunque preparéis vuestros corazones, según os parezca, con una disposición enseñable, y estéis atentos mientras se pronuncian los discursos, esto os aprovechará poco si no observáis una
3. Tercera instrucción: no abrigar el menor prejuicio contra el ministro.
Porque aunque un predicador hablara lenguas humanas y angélicas, si su auditorio tuviera prejuicios contra él, no sería más que metal que resuena o címbalo que retiñe.
Esa fue la razón por la que Jesucristo mismo, el Verbo eterno, no pudo hacer muchos milagros ni predicar con gran fruto entre los de su propia tierra: porque se escandalizaban de él. Y si este mismo Jesús, este Dios encarnado, volviera a inclinar los cielos y a descender hablando como nunca ha hablado hombre alguno, aun así, si tuviéramos prejuicios contra él, como los tenían los judíos, endureceríamos nuestros corazones como los judíos endurecieron los suyos.
Mirad, pues, hermanos míos, y guardaos de abrigar aversión alguna contra aquellos a quienes el Espíritu Santo os ha puesto por obispos. Considerad que los clérigos son hombres sujetos a las mismas pasiones que vosotros; y aunque oyéramos incluso a alguien enseñar a otros a hacer lo que él mismo no ha aprendido, eso no es razón suficiente para rechazar su doctrina, porque los ministros no hablan en su propio nombre, sino en el de Cristo. Y sabemos quién mandó al pueblo hacer todo lo que los escribas y fariseos les dijeran, aunque ellos decían y no hacían. Pero
4. Cuarto: así como no debéis tener prejuicios contra un predicador, debéis cuidar también de no depender demasiado de él, ni tener de él más alto concepto que el que debéis tener. Porque, aunque este es un extremo en el que la gente cae pocas veces, preferir a un maestro en oposición a otro ha tenido a menudo malas consecuencias para la iglesia de Dios. Fue una falta que el gran Apóstol de los gentiles condenó en los corintios. Porque, diciendo uno: «Yo soy de Pablo; y otro: Yo de Apolos, ¿no sois carnales?», dice él. «¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos, sino instrumentos en las manos de Dios por medio de los cuales habéis creído?». ¿Y no son todos los ministros enviados como embajadores para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación? ¿Y no deben, por tanto, ser todos tenidos en mucha estima por causa de su obra?
El Apóstol, es verdad, nos manda tributar doble honra a los que trabajan en la palabra y la doctrina; pero preferir a un ministro a costa de otro (quizá hasta tal punto que, habiendo entrado ya en una iglesia, uno vuelva a salir porque no predica él) es terrenal, animal, diabólico.
Por no decir que la popularidad y el aplauso no pueden menos que ser sumamente peligrosos aun para una mente bien instruida, y deben necesariamente llenar a todo hombre reflexivo de un santo celo, no sea que se atribuya a sí mismo la honra que solo se debe a Dios, el único que lo capacita para sus trabajos ministeriales, y de quien solo desciende toda buena dádiva y todo don perfecto.
5. Una quinta instrucción que os recomendaría es que hagáis una aplicación particular a vuestro propio corazón de todo lo que se dice.
Cuando nuestro Salvador conversaba en la última cena con sus amados discípulos y predijo que uno de ellos lo entregaría, cada uno de ellos lo aplicó en seguida a su propio corazón y dijo: «¿Soy yo, Señor?». ¡Y si las personas, de la misma manera, cuando los predicadores disuaden de algún pecado o persuaden a algún deber, en lugar de exclamar: Esto iba dirigido contra fulano o mengano, volvieran sus pensamientos hacia dentro y dijeran: ¿Soy yo, Señor?, cuánto más provechosos hallaríamos los discursos de lo que generalmente los hallamos ahora!
Pero somos propensos a andar demasiado fuera de nosotros, mirando siempre la paja que está en el ojo de nuestro prójimo, antes que la viga que está en el nuestro. Pasemos ahora a la
6. Sexta y última instrucción: si queréis recibir una bendición del Señor cuando oís predicar su palabra, orad a él antes, durante y después de cada sermón, para que revista al ministro de poder para hablar, y os conceda a vosotros la voluntad y la capacidad de poner en práctica lo que él os muestre, por el libro de Dios, que es vuestro deber.
Este sería un medio excelente para hacer que la palabra predicada fuera eficaz para iluminar e inflamar vuestros corazones; y sin esto, todos los demás medios antes prescritos serán en vano.
Sin duda fue esta consideración la que movió a san Pablo a rogar con tanto fervor a sus amados efesios que intercedieran ante Dios por él: «Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el espíritu, y por mí, para que abra mi boca con denuedo para dar a conocer los misterios del evangelio». Y si un apóstol tan grande como san Pablo necesitaba las oraciones de su pueblo, mucho más las necesitan los ministros que solo tienen los dones ordinarios del Espíritu Santo.
Además, esto sería una buena prueba de que deseáis sinceramente hacer, y no solo conocer, la voluntad de Dios. Y ha de ser de gran provecho tanto para los ministros como para el pueblo, porque Dios, por vuestras oraciones, les dará una doble porción de su Espíritu Santo, por la cual serán capacitados para instruiros más plenamente en las cosas que pertenecen al reino de Dios.
¡Y oh, que todos los que me oyen hoy aplicaran seriamente su corazón a practicar lo que ahora se les ha dicho! ¡Cómo verían los ministros a Satanás caer del cielo como un rayo, y cómo hallaría el pueblo la palabra predicada más penetrante que espada de dos filos, y poderosa en Dios para la destrucción de las fortalezas del diablo!
El Espíritu Santo caería entonces sobre todos los que oyen la palabra, como cuando predicó san Pedro; el evangelio de Cristo tendría libre curso, correría con gran rapidez, y otra vez se convertirían miles por un sermón.
Porque «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos». Ha prometido estar con sus ministros todos los días, hasta el fin del mundo. Y la razón por la que no recibimos efusiones más abundantes del bendito Espíritu de Dios no es que se haya acortado la mano de nuestro omnipotente Redentor, sino que no las esperamos y las limitamos a los tiempos primitivos.
Sucede, en verdad, algunas veces que Dios, para engrandecer su gracia gratuita en Cristo Jesús, es hallado por los que no le buscaban: un pecador notorio es obrado poderosamente por un sermón público y arrebatado como un tizón del fuego. Pero esta no es la manera ordinaria de obrar de Dios. No; por lo general, solo visita con el poder de su palabra a los que esperan humildemente saber lo que él quiere que hagan; y a los oyentes mal dispuestos los despide no solo vacíos, sino endurecidos.
Mirad, pues, vosotros, profesantes descuidados y curiosos, si hay aquí presentes algunos así, cómo oís. Recordad que, lo pensemos o no, «es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo», donde los ministros han de dar estricta cuenta de la doctrina que han entregado, y vosotros cuenta igual de estricta de cómo la habéis aprovechado. ¡Y, Dios bueno! ¿Cómo podréis estar en pie ante el tribunal de un Juez airado que venga el pecado, y ver tantos discursos que habéis despreciado, tantos ministros que un día anhelaron y trabajaron por la salvación de vuestras almas preciosas e inmortales, presentados como otros tantos testigos prontos contra vosotros? ¿Bastará entonces, pensáis, alegar que fuisteis a oírlos solo por curiosidad, para pasar una hora ociosa, para admirar la oratoria o ridiculizar la sencillez del predicador? No; Dios os hará saber entonces que debisteis haber venido con mejores principios, que cada sermón se ha anotado en vuestra cuenta, y que habréis de ser entonces justamente castigados por no haberlos aprovechado.
Pero no temáis, vosotros, manada pequeña, que recibís con mansedumbre la palabra implantada y lleváis el fruto apacible de justicia, porque no será así con vosotros. No; seréis el gozo de vuestros ministros y su corona de gozo en el día de nuestro Señor Jesús; y ellos os presentarán en santo triunfo, sin mancha e irreprensibles, a nuestro común Redentor, diciendo: «Henos aquí, oh Señor, nosotros y los hijos que tú nos diste».
Pero seguid mirando cómo oís, porque, si aprovecháis la gracia que tenéis, se os dará más, y tendréis en abundancia. «Fiel es el que prometió, el cual también lo hará». Más aún, Dios, desde Sión, os bendecirá de tal manera que cada sermón que oigáis os comunicará una nueva provisión de conocimiento espiritual. La palabra de Dios habitará en vosotros en abundancia; iréis de fortaleza en fortaleza, de un grado de gracia a otro, hasta que, habiendo crecido hasta ser hombres perfectos en Cristo Jesús y llenos de toda la plenitud de Dios, seáis trasladados por la muerte a verlo como él es, y a cantar alabanzas delante de su trono con ángeles y arcángeles, querubines y serafines, y con la congregación de los primogénitos, cuyos nombres están inscritos en los cielos, por los siglos de los siglos.
Lo cual Dios nos conceda, etc.
Capítulo 28 completado
Instrucciones para oír sermones