Capítulo 27 · 28 min de lectura · 36 min de escucha
El ciego Bartimeo
Marcos 10:52 — «Y Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Y en seguida recobró la vista, y seguía a Jesús en el camino.»
Cuando el apóstol Pedro recomendaba a Jesús de Nazaret en uno de sus sermones a los judíos, trazó de él un retrato breve, pero a la vez glorioso y exaltado: «Que anduvo haciendo bienes». Anduvo, buscaba ocasiones de hacer el bien; su comida y su bebida eran hacer las obras del que lo envió, mientras duró el día de su ministerio público. Con razón el profeta lo llamó el Sol de justicia. Porque, así como el sol en el firmamento natural derrama sus rayos vivificadores y reanimadores por todo el universo, así, dondequiera que este Sol de justicia, el bendito Jesús, se levantaba, se levantaba trayendo en sus alas salud. Era en verdad un profeta como Moisés, y probó que era el Mesías que había de venir al mundo por los milagros que obró; aunque con esta diferencia esencial: los milagros de Moisés, conforme a la dispensación del Antiguo Testamento, fueron milagros de juicio; los milagros de Jesús, que vino a llevar nuestras enfermedades y a sanar nuestras dolencias, fueron milagros de misericordia, y se obraron no solo para la curación de los cuerpos de los hombres, sino también para la conversión de sus almas preciosas e inmortales. A veces una misma persona era objeto de ambas misericordias. Una prueba gloriosa de ello la tenemos en la curación milagrosa obrada en un pobre mendigo ciego, llamado Bartimeo, que ha de ser el asunto del siguiente discurso y a quien se refieren las palabras del texto: «Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Y en seguida recobró la vista, y seguía a Jesús en el camino.»
Mi propósito es, primero, hacer algunas observaciones sobre el hecho tal como lo refieren los evangelistas. Y luego,
En segundo lugar, señalar el provecho que de él puede sacarse. ¡Quiera Jesús bendecir de tal manera el discurso que sigue, que todo oyente espiritualmente ciego reciba la vista y, a ejemplo de Bartimeo, «siga a Jesús en el camino»!
Si queremos abarcar toda la historia, hemos de remontarnos al versículo 46 de este capítulo: «Entonces vinieron (nuestro Señor y sus discípulos, que, según hallamos por el contexto, habían ido conversando juntos) a Jericó», un lugar que Josué consagró a la maldición de Dios; y, sin embargo, aun este lugar da convertidos a Jesús: allí había sido llamado antes Zaqueo; y Bartimeo, como oiremos dentro de poco, fue con toda probabilidad llamado ahora. Porque aun de Nazaret puede salir algo bueno. Cristo mismo se crió allí, y su gracia soberana puede alcanzar y vencer a la peor gente en los peores lugares. Jesús vino a Jericó. No rehúyan sus ministros, si la providencia les señala el camino, ir a los lugares que parecen menos propicios para hacer el bien: quizá haya allí algunos vasos escogidos. Jesús y sus discípulos vinieron a Jericó. Eran predicadores itinerantes y, como he observado muchas veces, rara vez se detenían mucho en un lugar; no es que esto sea argumento alguno contra el establecimiento fijo de pastores particulares sobre parroquias particulares. Pero, con todo, la práctica de nuestro Señor en este punto da una especie de aprobación a la predicación itinerante, cuando las personas están debidamente llamadas y capacitadas para tal oficio. Y creo que podemos aventurarnos a afirmar (aunque de ningún modo quisiéramos prescribir ni dictar al Santo de Israel) que, siempre que haya un avivamiento general de la religión en algún país, la predicación itinerante estará más en boga. Y es de temer que quienes ahora la condenan, solo por la pobreza de su apariencia, se habrían unido a los escribas y fariseos, justos en su propia opinión, para condenar por tal práctica aun al mismo Hijo de Dios.
«Y saliendo él de Jericó con sus discípulos y una gran multitud»; ὄχλου ἱκανοῦ, una gran multitud de populacho, o chusma, como la llamaban los sumos sacerdotes de aquella generación; porque estos eran los seguidores constantes de Jesús de Nazaret: eran los pobres los que recibían su evangelio; el pueblo común lo oía de buena gana y lo seguía de un lugar a otro. No que todos los que lo seguían fueran sus verdaderos discípulos. No; algunos lo seguían solo por los panes, otros por curiosidad; aunque algunos, sin duda, lo seguían para oír las palabras de gracia que salían de su boca y ser edificados por ellas. Jesús lo sabía, y sabía también cuánto desagradaba este agolparse tras él a algunos de los jefes de la iglesia judía, que en toda ocasión estaban prontos a decir: «¿Ha creído en él alguno de los escribas y fariseos?». Pero, a pesar de eso, no leo que nuestro bendito Señor los despidiera a sus casas más que una vez; y fue después de que habían estado con él tres días y no les quedaba nada que comer; vio que eran como ovejas que no tenían pastor, y por eso tuvo compasión de ellos y les enseñó. Garantía suficiente es esta para que los ministros del evangelio prediquen a las pobres almas que los siguen para oír la palabra, cualquiera que sea el motivo de su venida. Al mismo tiempo, deben advertir a la gente que no se tenga por cristiana porque sigue a los ministros de Cristo. Así lo hizo nuestro Señor con frecuencia. Porque hay muchos que siguieron a Jesús, y muchos que siguen a sus ministros y los oyen de buena gana; más aún, quizá hacen muchas cosas, como Herodes, y que, es de temer, nunca los seguirán al reino de los cielos. Mucha gente siguió a Jesús al salir de Jericó; pero ¡cuántos de ellos se escandalizaron de él, y después, quizá, gritaron: «¡Crucifícale, crucifícale!»! ¿Quién se fiará de la popularidad? Es como la nube de la mañana, o como el rocío de la madrugada, que se desvanece. ¡Pero qué apretura, qué ajetreo de ocupaciones, al parecer continuo, vivía el bendito Jesús! No podía esconderse; fuera adonde fuera, mucha gente lo seguía. Apenas tenía tiempo para comer pan. Dichosos aquellos a quienes se llama a obrar en un puesto público en la iglesia, y a ser más abundantes en trabajos, porque su Jesús ha pisado antes que ellos esta senda peligrosa. La popularidad es un horno de fuego, y nadie, sino aquel que guardó a los tres jóvenes en medio de las llamas de Nabucodonosor, puede preservar de su daño a los ministros populares. Pero todo lo podemos en Cristo que nos fortalece. Y he pensado a menudo que hay una consideración suficiente para apagar, o al menos moderar, cualquier exceso de gozo y de complacencia propia que pueda sentir el predicador más popular cuando lo siguen aun las mayores multitudes; y es esta: «¿Cuántos de estos oyentes se irán «sin recibir ningún beneficio salvador de mi predicación; más aún, a cuántos, quizá, solo les aumentará la condenación!» Pues hallamos que muchos dirán en el gran día: «En nuestras plazas enseñaste»; a los cuales Jesús responderá: «De cierto os digo que no os conozco».
Pero, para seguir adelante: «Saliendo nuestro Señor de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, Bartimeo el ciego (el hijo de Timeo) estaba sentado junto al camino mendigando». Parece que era un mendigo conocido, aunque en modo alguno lo que comúnmente llamamos un mendigo holgazán, pues no tenía otro medio de ganarse el pan, ya que había perdido la vista; y su caso era aún más digno de lástima si era, como algunos piensan que indica el nombre, el hijo ciego de un padre ciego. Quizá mendigaba para su padre y para sí mismo; y, si es así, esto puede darnos luz sobre aquel pasaje de Mateo 20:30, donde se nos dice que «dos hombres hablaron a Jesús». Podían ser padre e hijo, aunque aquí solo se menciona a uno, porque solo él siguió a Jesús en el camino. Así lo explica aquel santo, juicioso y práctico expositor de la Sagrada Escritura, el señor Henry. Pero sea como fuere, no se le reprocha que mendigue, ni nosotros debemos censurar a otros por hacerlo, cuando la providencia los lleva a ello. Fue el mayordomo injusto el que dijo: «Mendigar me da vergüenza». Es nuestro orgullo lo que a menudo nos hace reacios a quedar en deuda con otros; Jesús no pensaba así: vivía, por decirlo así, de limosnas; las mujeres que lo seguían le servían con sus bienes. Bartimeo, no pudiendo cavar, mendiga para vivir; y, para sacar mejor provecho de su oficio, se sentaba junto al camino, con toda probabilidad fuera de la puerta de la ciudad o cerca de ella, por donde la gente tenía por fuerza que entrar y salir. Pero, aunque había perdido la vista, tenía el oído perfecto; y debería consolarnos, si hemos perdido un sentido, que tengamos el uso de otro y que no estemos privados del beneficio de todos. Dichoso fue Bartimeo de poder oír, aunque no pudiera ver. Porque, con toda probabilidad, al oír el ruido y el clamor de la mucha gente que seguía a nuestro Señor, la curiosidad lo movió a preguntar la causa, y alguno le dijo «que pasaba Jesús de Nazaret». Jesús de Nazaret, llamado así porque se había criado allí, o por desprecio, pues Nazaret era un lugar o muy despreciable, o muy malvado, o ambas cosas, lo que hizo decir al sencillo Natanael: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?». ¿Y qué hace Bartimeo cuando oye hablar de Jesús? Se nos dice en el versículo 47: «Y oyendo que era Jesús de Nazaret, comenzó a dar voces». Esto indica claramente que, aunque los ojos de su cuerpo estaban cerrados, los ojos de su mente estaban en cierta medida abiertos, de modo que veía quizá más que la mayor parte de la multitud que seguía a Jesús; porque, tan pronto como oyó de él, comenzó a dar voces; lo cual no habría hecho si no hubiera oído de él antes y creído también que era a la vez poderoso y dispuesto a devolver la vista a los ciegos. «Comenzó a dar voces». Esto supone que tenía un hondo sentimiento de su propia miseria y de la necesidad que tenía de curación; sus oraciones no se le helaban en los labios al salir; comenzó a dar voces para que Jesús lo oyera, a pesar del ruido del gentío; y comenzó a dar voces en cuanto oyó que pasaba, sin saber si volvería a tener jamás semejante oportunidad. «Comenzó a dar voces y decir: Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí». La gente lo llamaba Jesús de Nazaret. Bartimeo lo llama «Jesús, Hijo de David», mostrando con ello que creía que era el Mesías que había de venir al mundo, a quien el Señor Dios había de dar el trono de David su padre, y de cuyo reino no habría fin. «Jesús, Hijo de David»; o, como dice el pasaje paralelo de san Mateo 20:30, «Señor, Hijo de David»; de quien se había predicho mucho tiempo antes, en Isaías 35, que, cuando viniera, «los ojos de los ciegos serían abiertos». «Ten misericordia de mí»: el lenguaje natural de un alma llevada a postrarse a los pies de un Dios soberano. Aquí no se reclama la curación a título de mérito; no hay un orgulloso y justo en su propia opinión «Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres»; no se presenta una cuenta de obras, ni se duda del poder de Jesús o de su voluntad de sanarlo, sino que de la abundancia del corazón habla su boca y, en el lenguaje del pobre publicano de corazón quebrantado, clama: «Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí». Jesús, amigo de pecadores, Salvador, que, aun siendo el Dios verdadero, quisiste hacerte Hijo de David y hacerte hombre para buscar y salvar lo que se había perdido, ten misericordia de mí; ¿no se conmoverán tus entrañas por un pobre, miserable y ciego mendigo?
Uno habría pensado que una súplica tan conmovedora como esta habría derretido en compasión a toda la multitud que oía su lastimero clamor, y movido al menos a algunos a hacerse sus intercesores, o a ayudar a llevarlo al bendito Jesús. Pero, en lugar de eso, se nos dice en el versículo 48 que «muchos lo reprendían». La palabra del original parece indicar una orden acompañada de amenazas y dicha con enojo. Le mandaban «que callase»; y quizá lo amenazaban con golpearlo si no lo hacía. Lo tenían por indigno de la atención de Jesús de Nazaret, y estaban muy dispuestos a preguntarle si creía que Jesucristo no tenía otra cosa que hacer que atenderlo a él. Esto era, sin duda, muy desalentador para el ciego Bartimeo. Porque la oposición hiere más de cerca cuando procede de quienes son tenidos por seguidores del Cordero. La esposa se queja, como de algo especialmente doloroso, de que los hijos de su madre se airaron contra ella. Pero la oposición solo sirve para afilar el filo de la verdadera devoción; y por eso Bartimeo, en vez de quedar silenciado por sus órdenes y amenazas, «clamaba mucho más: Hijo de David, ten misericordia de mí». Sigue prorrumpiendo en el mismo lenguaje humilde y, con tal que Jesús, el Hijo de David, tenga misericordia de él, poco le importa lo que algunos de sus malhumorados seguidores digan de él o le hagan. No era esta una vana repetición, sino una devota reiteración de su súplica. A veces podemos repetir las mismas palabras y, sin embargo, no ser culpables de aquella battalogía, o vana palabrería, que condena nuestro Señor. Porque nuestro Señor mismo oró en su agonía y dijo dos veces las mismas palabras: «Padre, si es posible, pase de mí esta copa». Así Bartimeo: «Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí». ¿Y cómo lo trata el Hijo de David? ¿Hace causa común con la multitud y le manda callar? ¿O sigue su camino, teniéndolo por indigno de su atención? No; porque, dice san Marcos en el versículo 49: «Entonces Jesús se detuvo», aunque iba de viaje y quizá con prisa (pues no es perder el tiempo detenerse de cuando en cuando en un viaje para hacer un buen oficio por el camino), «y mandó llamarlo». ¿Por qué? Para enseñarnos a ser condescendientes y bondadosos aun con los pobres, si son verdaderos mendigos, y para reprender tácitamente el celo ciego y extraviado de los que le habían mandado callar. Con esto también nuestro Señor dispone mejor a la multitud para que repare más en la fe del ciego, y en la misericordia y el poder que él mismo desplegó al sanarlo. Porque hay tiempos y ocasiones en que somos llamados a hacer actos de caridad de la manera más pública, y eso de forma muy coherente con el mandato de nuestro Salvador de «no dejar que nuestra mano derecha sepa lo que hace nuestra izquierda». Pues hay una gran diferencia entre dar limosna y ejercer actos de caridad que son vistos por los hombres, y hacerlos para ser vistos: lo uno es siempre pecado; lo otro llega a ser muchas veces nuestro deber. Jesús mandó llamar a Bartimeo, «y llamaron al ciego». ¿Quiénes lo llamaron? Quizá los mismos que poco antes le habían mandado callar. Porque sucede a menudo que nuestros opositores y los que nos desaniman llegan después a ser nuestros amigos: «Cuando los caminos del hombre son agradables al Señor, aun a sus enemigos hace estar en paz con él». Y es de desear que todos los que han mandado callar a las pobres almas que claman en pos de Jesús, y les han dicho que se cuiden y que no sean demasiado justas, imiten a la gente de aquí y animen a quienes un día persiguieron y calumniaron. «Llaman al ciego, diciéndole: Ten confianza; levántate, te llama». Las palabras, y la manera de decirlas, indican prisa y una especie de solicitud por el alivio del ciego. ¡Oh, que aprendamos de aquí a ser pacientes y sufridos con los que se oponen! Porque puede ser que muchos se opongan a las almas despertadas, no por enemistad, sino por prejuicio y mala información, por ignorancia e incredulidad, y por una convicción real, aunque quizá falsa, de que sus parientes van por mal camino. Andando el tiempo pueden convencerse de que Cristo los está llamando de veras, y entonces quizá lleguen a ser amigos verdaderos y declarados de la causa y la obra de Dios; y si no, nuestro deber es portarnos con mansedumbre con todos, y no devolver maldición por maldición, sino, por el contrario, bendecir, sabiendo que para esto fuimos llamados, para que heredemos bendición. Jesús no prorrumpió en palabras ásperas contra estos opositores, ni tampoco Bartimeo. «Nuestro Señor se detuvo y mandó llamarlo; y llaman al ciego, diciéndole: Ten confianza; levántate, te llama. Él entonces, arrojando su capa, se levantó y vino a Jesús». Si Bartimeo no hubiera hablado en serio cuando clamó: «Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí», bien podría haber dicho: ¿Por qué os burláis de mí? ¿Por qué me mandáis que me levante? Levantarme, sí puedo; pero, una vez levantado, ¿cómo podré, ciego como estoy, encontrar el camino hasta él? Si él viene a mí, bien está; si no, todo vuestro llamar de nada sirve, pues me es imposible hallar el camino. Así miles hoy en día objetan a los predicadores evangélicos diciendo: ¿Por qué nos mandáis venir a Jesucristo y creer en él, cuando nos decís que es imposible por nosotros mismos volvernos a Dios o hacer buenas obras, y que nadie puede venir a él si el Padre no lo trae? ¿No es esto como cuando la gente llamaba a Bartimeo a levantarse y venir a Jesús, cuando de ningún modo podía ver el camino delante de sí? Es verdad, así es; ¡y ojalá todos los que ponen esta objeción imitaran a Bartimeo y ejercieran la fuerza que tienen! ¿Qué importa que os llamemos a venir y a creer en el Señor Jesucristo para que seáis salvos? ¿Supone esto que tenéis en vosotros mismos poder para hacerlo? No, de ningún modo; no más que las palabras de Jesús al cadáver muerto y hediondo de Lázaro, «Ven fuera», suponían que Lázaro tenía poder para levantarse del sepulcro. Os llamamos porque se nos manda predicar el evangelio a toda criatura, esperando y orando que el poder de Cristo acompañe la palabra y la haga eficaz para vivificar y resucitar vuestras almas muertas. También os llamamos a creer por la misma razón por la que Jesús dijo al intérprete de la ley: «Haz esto, y vivirás»; para que, viendo vuestra total incapacidad de venir, quedéis así convencidos de vuestra incredulidad y seáis llevados a pedir la fe a aquel de quien es don, y que por eso en la Escritura es llamado enfáticamente el Autor, así como el Consumador, de nuestra fe. Añadid a esto que es vuestro deber esperar junto al estanque, o hacer uso de la fuerza que tenéis, en el cumplimiento ferviente y constante de todo deber mandado. Porque, aunque no podáis hacer lo que es espiritualmente bueno, porque os faltan principios espirituales de acción, podéis, sin embargo, hacer lo que es moral y materialmente bueno, puesto que sois criaturas racionales; y aunque hacer vuestro deber como podáis en modo alguno merece la misericordia ni os da derecho a ella, es, sin embargo, el camino por el que se os manda andar, y el camino en que ordinariamente se halla a Dios. Mientras intentáis extender vuestro brazo seco, quizá os sea restaurado; ¿y quién sabe si Jesús no obrará la fe en vosotros con su poder omnipotente?
Bartimeo ha puesto delante de tales objetores un ejemplo; ¡oh, si se sometieran por una vez a ser enseñados por un pobre mendigo ciego! Porque él, arrojando su capa, se levantó y, ciego como estaba, vino a Jesús; «arrojando su capa». Parece que se trataba de un abrigo grande o manto que llevaba para resguardarse de la lluvia y del frío; era sin duda la prenda más necesaria y valiosa que tenía, y uno habría pensado que debía llevarla consigo; pero él sabía muy bien que, si lo hacía, podría enredársele entre los pies y con ello retrasar al menos, si no impedir del todo, su llegada a Jesús. Por eso, valiosa como era para él, la arrojó. La palabra indica que se la echó de los hombros con gran precipitación y resolución, sabiendo que, si obtenía la curación que ahora esperaba, puesto que Cristo lo llamaba, nunca más volvería a necesitar su capa. Y así harán todos los que de veras quieren venir a Jesús aquí, o verlo y gozarlo eternamente en su reino en el más allá. Se cortarán la mano derecha, se sacarán el ojo derecho, dejarán padre y madre, marido y mujer, sí, y aun su propia vida, antes que dejar de ser sus discípulos. Por eso el apóstol Pablo exhorta a los cristianos a «despojarse de todo peso y del pecado que tan fácilmente los asedia», o que se les enreda entre los pies, como indica la palabra del original, aludiendo a la costumbre de los romanos, que llevaban vestiduras largas. Una así era esta, en la que Bartimeo iba envuelto. Pero él, para mostrar que deseaba sinceramente recobrar la vista, arrojándola, se levantó y vino a Jesús. ¿Y qué trato le dio Jesús? ¿Le dijo: No te acerques a mí, mendigo descarado y alborotador? No; «respondiendo Jesús, le dijo: ¿Qué quieres que te haga?». Pregunta extraña, al parecer. Pues ¿no sabía nuestro Señor lo que necesitaba? Sí lo sabía; pero el Señor Jesús lo trató como nos trata a nosotros. Quiere que nosotros mismos reconozcamos nuestras necesidades, para que así confesemos nuestra dependencia de él y sintamos más vivamente cuánto necesitamos su auxilio divino. El ciego responde en seguida: «Señor (dando a entender con ello que creía en la divinidad de Cristo), que recobre la vista». Me parece ver a la pobre criatura escuchando la voz de nuestro Salvador y, con miradas y gestos que delatan el fervor interior de su alma, clamar: «Señor, que recobre la vista». Como si dijera: Creo que tú eres aquel Mesías que había de venir al mundo. He oído de tu fama, oh Jesús; y, al oír la tan deseada buena nueva de que pasabas por aquí, clamo a ti, no pidiendo plata ni oro, sino lo que tú, y solo tú, puedes darme: Señor, que recobre la vista. Tan pronto como pide, recibe. Porque, en el versículo 52: «Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Y en seguida recobró la vista». Con la palabra iba un poder; y el que hizo brotar la luz de las tinieblas, diciendo: «Sea la luz, y fue la luz», mandó la luz a los ojos de este pobre mendigo ciego, y he aquí que hubo luz. El milagro fue instantáneo: en seguida recobró la vista. Y casi un milagro fue también que, al irrumpir de golpe en plena luz, no quedara ciego de nuevo; pero el que dio la vista la conservó una vez dada. ¡Oh, dichoso Bartimeo! Tus ojos ya están abiertos, y el primer objeto que contemplas es el siempre amante, el del todo amable Jesús. ¡Me parece verte arrebatado de asombro y admiración, y a todos los discípulos y a la multitud mirando a tu alrededor! Y ahora que has recibido la vista, ¿por qué no obedeces el mandato del Señor y te vas por tu camino? ¿Por qué no te apresuras a recoger tu capa, que hace un momento arrojaste con tanta prisa? ¡No, no! Creo que con los ojos del cuerpo recibió también un nuevo aumento de vista espiritual; y aunque otros no veían en el bendito Jesús parecer ni hermosura para desearlo, él, con el ojo de la fe, descubrió tales excelencias trascendentes en su regia persona, y sintió al mismo tiempo tal atracción divina hacia su generosísimo bienhechor, que, en lugar de irse por su camino a recoger su capa, «seguía a Jesús en el camino»; y con sus hechos dice, con la fiel y sincera Rut: «No me ruegues que te deje; porque adondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios». Seguía a Jesús en el camino: el camino angosto, el camino de la cruz; y no dudo de que hace mucho lo ha seguido hasta su corona, y está ahora sentado con él a la diestra de su Padre.
Y ahora, mis queridos oyentes, ¿cómo sentís conmovidos vuestros corazones al oír el relato de este notable milagro que obró Jesús? ¿No estáis prontos a prorrumpir en el lenguaje del cántico de Moisés y decir: «¿Quién como tú, oh Señor, magnífico en santidad, terrible en alabanzas, que haces continuamente maravillas?». ¡Maravillosas son tus obras, oh Jesús, y nuestra alma lo sabe muy bien! Pero no debemos detenernos aquí, admirando lo que el Señor hizo por Bartimeo; esto, sin duda, como otras partes de la Escritura, fue escrito para nuestra enseñanza, a quienes han alcanzado los fines de los siglos; por consiguiente, como se propuso, en
Segundo lugar, hemos de ver qué provecho espiritual puede sacarse de esta historia, sobre la cual ya hemos venido haciendo algunas observaciones.
El hombre natural, en verdad, no pasa del atrio exterior de la Escritura, y lee este y los demás milagros de nuestro bendito Salvador de la misma manera que lee las batallas de Homero o las hazañas de Alejandro. Pero Dios no quiera que nos contentemos con oír solamente este hecho. Porque te digo, oh hombre, te digo, oh mujer, quienquiera que seas, que estás sentado hoy bajo la predicación del evangelio, que si estás en estado natural, eres tan ciego en tu alma como lo era Bartimeo en su cuerpo; hijo ciego de un padre ciego, de tu padre Adán, que perdió la vista cuando perdió la inocencia y legó su ceguera, justamente impuesta, a ti, a mí y a toda su posteridad. Algunos piensan, es verdad, que ven; pero ¡ay!, los tales hablan como hombres dormidos, como personas fuera de sí; las Escrituras presentan en todas partes al hombre caído no solo como ciego espiritualmente, sino también como muerto; y por naturaleza no conocemos de manera salvadora el camino de la salvación por Jesucristo más de lo que Bartimeo, cuando estaba ciego, conocía los colores del arco iris. Esto, confío, algunos de vosotros comenzáis a sentirlo; os veo afligidos, os veo llorar y, si preguntara a algunos de vosotros qué queréis que se os haga, sé que vuestra respuesta sería: Que recobremos la vista. ¡Y Dios no quiera que yo os mande callar, como si Jesús no fuera a haceros caso! No; el que se os haya hecho sentir vuestra ceguera natural, y el que clamáis así fervientemente en pos de Jesús, es por lo menos señal de que estáis despertados por su santo Espíritu (aunque es posible que claméis con un clamor grande y muy amargo, como Esaú, y os perdáis al final); con todo, la caridad cristiana me lleva a creer y esperar lo mejor; por tanto, en el lenguaje de los que después animaron a Bartimeo, os digo: Levantaos, tened confianza, porque, confío, Jesús os está llamando; seguid, pues, el ejemplo de Bartimeo; arrojad vuestra capa; despojaos de todo peso y del pecado que tan fácilmente os asedia; levantaos y venid a Jesús. Él me manda, por su palabra escrita, que os llame y os diga: «Venid a él todos los que estáis trabajados y cargados, y él os aliviará, él os hará descansar». No temáis; buscáis a Jesús de Nazaret; he aquí, sale a vuestro encuentro; ahora estáis junto al camino, y Jesús, confío, está pasando; siento su presencia, y espero que muchos de vosotros la sentís también; ¡oh, clamad, pues, con fuerza a aquel que es poderoso y está dispuesto a salvaros!; postraos a los pies de la gracia soberana, decidle: «Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí», con el mismo ánimo con que lo hizo Bartimeo, y Jesús os responderá; no desechará vuestra oración: conforme a vuestra fe os será hecho. Ciegos como sois, recobraréis, no obstante, la vista. Satanás, en verdad, y la incredulidad os sugerirán muchas objeciones; vuestros parientes carnales harán también causa común con ellos y os mandarán callar; uno os dirá que vuestra ceguera es demasiado arraigada para curarse; otro, que es demasiado tarde; un tercero, que, aunque Jesús puede, no quiere tener misericordia de mendigos tan pobres, ciegos y despreciables como vosotros; pero, cuanto más os manden callar, clamad vosotros tanto más: «Jesús, Hijo de David, ten misericordia de nosotros». ¡Jesús, Salvador, amigo de pecadores, Hijo de David, y por tanto Hijo del hombre! ¡Palabras de gracia! ¡Nombres entrañables! Animaos por ellos a acercaros a él. Aunque es Señor de David, se ha hecho Hijo de David según la carne, para que por él vosotros seáis hechos hijos de Dios. No importa lo que seas, oh mujer, lo que seas, oh hombre; aunque seas literalmente un pobre mendigo, no pienses que tu condición es demasiado baja para que Jesús repare en ella; él vino a los caminos y a los vallados a llamar a entrar a mendigos tan pobres como esos; o, si sois ricos, no os creáis demasiado altos para inclinaros ante Jesús, porque él es el Rey de reyes, y nunca seréis verdaderamente ricos hasta que seáis enriquecidos en Jesús; no temáis ser despreciados o perder un poco de honra mundana: una sola vista de Jesús lo compensará todo; hallaréis algo tan atrayente, tan cautivador, tan satisfactorio en el del todo amable Cordero de Dios, que todo goce terreno languidecerá, morirá y se desvanecerá ante vosotros; y no desearéis vuestras antiguas diversiones vanas y frívolas más de lo que Bartimeo, después de recibir la vista, deseó volver atrás a recoger su capa. ¡Oh, que haya hoy muchos mendigos ciegos como él entre vosotros!
Aquí hay una gran multitud que me sigue hoy a mí, pobre gusano. Me regocijo de ver los campos así blancos, listos para la siega, y de tender la red del evangelio entre tantos; pero ¡ay!, volveré a casa con el corazón apesadumbrado, a menos que algunos de vosotros os levantéis y vengáis a mi Jesús. Deseo predicarle a él, y no a mí mismo; no os contentéis con oírme y seguirme. Mirad, creed en el Cordero de Dios, que vino a quitar el pecado del mundo, y seguidle. En verdad, no desespero de ninguno de vosotros, ni me desanimo porque predico por los caminos y los vallados; Jesús llamó a Zaqueo; Jesús llamó a Bartimeo al pasar por Jericó, aquel lugar maldito, consagrado a la destrucción; ¿y por qué no ha de llamar a algunos de vosotros en estos campos despreciados? ¿Se ha acortado su brazo para no poder salvar? ¿No es tan poderoso ahora, y tan dispuesto a salvar, aun eternamente, a todos los que por él se acercan al Padre, como lo era hace mil setecientos años? Ciertamente lo es; él lo ha dicho, y también lo hará: «Al que a mí viene, no lo echo fuera». No lo echo fuera, de ningún modo. ¡Oh, palabras alentadoras! Pecadores, ¿creéis esto? Levantaos, pues, tened confianza, porque Jesús de veras os está llamando. Algunos de vosotros, confío, habéis obedecido esta invitación y lo habéis visto hace mucho; sé, pues, que lo bendeciréis y lo amaréis; y si os dijera, como dijo a Bartimeo: Id por vuestro camino, vuestra respuesta sería: Amamos a nuestro Maestro y no nos apartaremos de él. Pero soportad la palabra de exhortación:
Permitidme despertar con exhortación vuestro limpio entendimiento: mostrad que de veras lo habéis visto y que de veras lo amáis, siguiéndolo en el camino; quiero decir, en el camino de la cruz, en el camino de sus ordenanzas y en el camino de sus santos mandamientos; porque, ¡ay!, el amor de muchos se enfría, y pocos son los que siguen a Jesús rectamente en el camino; pocos son los que arrojan sus capas tan de corazón como debieran; algún ídolo u otro se nos enreda y nos estorba en la carrera que tenemos por delante. Despertad, pues, vírgenes dormidas, aunque quizá prudentes. ¡Despierta, despierta, vístete de fortaleza; sacúdete del polvo; levántate, y sigue a Jesús en el camino más de cerca que nunca! Levantad las manos caídas y fortaleced las rodillas paralizadas. Haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que más bien sea sanado. Porque, aunque el camino sea angosto, no es largo; «aunque la puerta sea estrecha (por usar las palabras del piadoso obispo Beveridge), se abre a la vida eterna». ¡Oh, que hoy lo veáis de nuevo con mirada fresca! Eso sería como aceite para las ruedas de vuestras gracias, y haría vuestras almas como los carros de Aminadab. Solo porque lo perdéis de vista andáis tan pesadamente de día en día. Una vista de Jesús, como el sol que sale por la mañana, disipa las tinieblas y la pesadumbre que pesan sobre el alma. Contempladlo, pues, de nuevo, oh creyentes, y no descanséis hasta que seáis trasladados para verlo como él es y vivir con él para siempre en el reino de los cielos. ¡Así sea, Señor Jesús! ¡Amén y amén!
Capítulo 27 completado
El ciego Bartimeo