Sermones escogidos de George Whitefield
La eternidad de los tormentos del infierno

Capítulo 26 · 21 min de lectura · 28 min de escucha

La eternidad de los tormentos del infierno

Mateo 25:46 — «Estos irán al castigo eterno.

A los habitantes de Savannah, en Georgia.

Mis queridos amigos:

Aunque el siguiente sermón ha sido predicado en otros lugares, como la ocasión en que lo prediqué entre vosotros fue particular, como parecisteis prestarle en público una atención poco común, y después me expresasteis vuestra satisfacción por él cuando fui a visitaros en vuestras casas, he creído oportuno ofrecéroslo.

Y aquí no puedo menos que bendecir a Dios por la aversión general a los principios heréticos que he hallado entre vosotros; así como por vuestro celo y por la aprobación de mi conducta, cuando la gloria de Dios y vuestro bien me obligaron a sentirme agraviado y a declararme públicamente contra las doctrinas anticristianas de algunos que hace poco estaban a mi cargo.

Solo necesito exhortaros a que roguéis a Dios que os dé una fe verdadera, y que añadáis a vuestra fe virtud, para que adornéis en todo el evangelio de nuestro Señor Jesucristo.

Vuestra constante asistencia diaria al culto público, la alegría con que me habéis recibido en vuestras casas, la mansedumbre con que os habéis sometido a mis reprensiones, y más especialmente el gran pesar (aunque inmerecido) que mostrasteis en mi partida, me inducen a esperar que este será vuestro empeño.

Cuánto tiempo me mantendrá Dios, en su buena providencia, lejos de vosotros, no lo sé. Con todo, podéis estar seguros de que volveré conforme a mi promesa, tan pronto como haya recibido la imposición de manos y concluido los demás asuntos que me trajeron aquí.

Entretanto, aceptad esto como prenda del amor sincero de

vuestro afectuoso, aunque indigno, pastor,

George Whitefield
Londres, 1738

La excelencia de la dispensación del evangelio se pone de manifiesto en gran manera por aquellas sanciones de premios y castigos que ofrece a la elección de todos sus oyentes, a fin de comprometerlos a obedecer sus preceptos. Porque no promete nada menos que la felicidad eterna a los buenos, y no anuncia contra los malvados un castigo más leve que la miseria eterna: por un lado, es olor de vida para vida», por el otro, «olor de muerte para muerte». Y aunque uno pensaría que la sola mención de lo primero bastaría para atraer a los hombres a su deber, los ministros de todas las épocas han hallado necesario recordar con frecuencia a su pueblo lo segundo, y poner delante de él los terrores del Señor, como otros tantos poderosos disuasivos contra el pecado.

Pero ¿de dónde viene que los hombres sean tan doblados [faltos de sinceridad, engañosos]? La razón parece ser esta: la promesa de la felicidad eterna es tan grata a las inclinaciones y deseos del género humano, que todos los que se llaman cristianos suscriben universalmente y de buena gana su creencia; pero hay algo tan espantoso en la consideración de los tormentos eternos, y en apariencia una desproporción tan infinita entre una duración interminable de dolor y una vida breve pasada en el placer, que a los hombres (al menos a algunos de ellos) apenas se les puede llevar a confesar como artículo de su fe que una eternidad de miseria aguarda a los malvados en el estado futuro.

Por tanto, en esta ocasión pediré licencia para insistir en la prueba de esta parte de uno de los artículos de nuestro Credo, y procuraré demostrar lo que nuestro bendito Señor ha amenazado aquí en las palabras del texto: «Estos (es decir, los impíos) irán al castigo eterno.»

En consecuencia, sin considerar las palabras en su relación con el contexto, reduciré todo lo que tengo que decir a esta única proposición general: «Que los tormentos reservados para los impíos en la otra vida son eternos.»

Pero antes de proceder a demostrarlo, debo informaros de que doy por sentado que

todos los presentes creen firmemente que tienen dentro de sí algo que llamamos alma, capaz de sobrevivir a la disolución del cuerpo y de ser desdichada o feliz por toda la eternidad.

Doy además por sentado que creéis en una revelación divina; que esos libros, llamados por excelencia las Escrituras, fueron escritos por inspiración de Dios, y que las cosas en ellos contenidas se fundan en la verdad eterna.

Doy por sentado que creéis que el Hijo de Dios descendió para morir por los pecadores, y que hay un solo Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre.

Concedidas estas cosas (y era necesario sentarlas de antemano), procedamos ahora a demostrar la única proposición general afirmada en el texto: que los tormentos reservados para los impíos en la otra vida son eternos. «Estos irán al castigo eterno.» El

primer argumento que presentaré para probar que los tormentos reservados para los impíos en la otra vida son eternos es que la misma palabra de Dios nos asegura, renglón tras renglón, que así será.

Citar todos los textos que podrían aducirse en prueba de esto sería interminable. Baste mencionar solo unos pocos. En el Antiguo Testamento, en el libro de Daniel, cap. 12, vers. 2, se nos dice que «unos despertarán para vida eterna, y otros para vergüenza perpetua». En el libro de Isaías se dice que «el gusano de los que han transgredido la ley de Dios y mueren impenitentes no morirá, ni su fuego se apagará». Y en otro lugar el santo profeta, sobrecogido sin duda de asombro y horror ante la perspectiva de la continuación de los tormentos de los condenados, prorrumpe en esta conmovedora queja: «¿Quién habitará con las llamas eternas?»

El Nuevo Testamento es aún más pleno en este punto, por ser una revelación que sacó a clara luz este y otros particulares semejantes. El apóstol Judas nos dice de los profanos menospreciadores de las potestades de sus días que «para ellos está reservada eternamente la oscuridad de las tinieblas». Y en el libro del Apocalipsis está escrito que «el humo del tormento de los impíos sube para siempre jamás». Y si creemos el testimonio de hombres inspirados, el testimonio del Hijo de Dios, a quien como Mediador le fue dado el Espíritu sin medida, es todavía mucho mayor; y en el evangelio de san Marcos él repite esta solemne declaración tres veces distintas: Mejor te es entrar en la vida manco»; es decir, mejor es renunciar a la satisfacción de tu concupiscencia, o incurrir en el desagrado de un amigo, que puede serte tan querido como una mano o tan útil como un pie, «que teniendo dos manos y dos pies (es decir, por complacer a la una o por desobedecer a Dios para agradar al otro) ser echado en el infierno, donde el gusano no muere, y el fuego nunca se apaga».

Y aquí de nuevo, en las palabras del texto: «Estos (los impíos) irán al castigo eterno.»

Sé que algunos que han negado la eternidad de los tormentos del infierno han objetado que las palabras «eterno» y «para siempre jamás» se usan a menudo en las Sagradas Escrituras (especialmente en el Antiguo Testamento) cuando no significan una duración sin fin, sino un plazo limitado de tiempo.

Y esto lo concedemos de buen grado; pero respondemos que, cuando las palabras se usan con esta limitación, o bien aparece manifiestamente por el contexto que se usan así; o bien se ponen en oposición a los tipos ocasionales que Dios dio a su pueblo en algunas ocasiones especiales, como cuando se dice: «Será estatuto perpetuo», o «estatuto para siempre»; es decir, un tipo permanente, y no meramente pasajero u ocasional, como lo fueron la columna de nube, el maná y cosas semejantes. O, finalmente, se refieren a aquel pacto que Dios hizo con su Israel espiritual, el cual, entendido en sentido espiritual, será eterno, aunque la dispensación ceremonial haya sido abolida.

Además, debe observarse que en algunos de los pasajes a que acabo de referirme ni siquiera se menciona ninguna de estas palabras, y no pueden interpretarse de ningún modo como si denotaran solo un plazo limitado de años.

Pero sea como fuere, es evidente hasta la demostración que las palabras del texto no admiten un significado tan restringido, como se ve por estar directamente opuestas a las palabras que siguen inmediatamente: «Que los justos irán a la vida eterna.» De estas palabras todos están dispuestos a conceder que la vida prometida a los justos será eterna. Y no puede darse ni sombra de razón por la que el castigo con que se amenaza a los impíos no haya de entenderse igualmente como eterno, cuando en el original se usa exactamente la misma palabra para expresar la duración de uno y otro.

Pero, en segundo lugar, no puede aducirse un solo argumento de por qué Dios habría de premiar a sus santos con felicidad eterna que no pruebe igualmente que debe castigar a los pecadores con miseria eterna.

Porque, puesto que nada sabemos (al menos con certeza) de cómo tratará a unos y a otros sino por una revelación divina; y puesto que, como se probó con el argumento anterior, él ha amenazado tan positivamente con castigar eternamente a los impíos como con premiar a los buenos, se sigue que su verdad quedaría tan menoscabada y puesta en duda si no infligiera sus castigos, como lo quedaría si no otorgara sus premios.

También a esto se ha objetado que, aunque Dios está obligado por su promesa a dar sus premios, su veracidad no podría ponerse en duda si no ejecutara sus amenazas, como de hecho no lo hizo en el caso de Nínive; de la cual Dios declaró expresamente por medio de su profeta Jonás que «sería destruida en cuarenta días»; y sin embargo el desenlace de la historia nos informa que Nínive fue perdonada.

Pero en respuesta a esta objeción afirmamos que las amenazas de Dios, lo mismo que sus promesas, son sin arrepentimiento; y por esta razón: porque unas y otras se fundan en las leyes eternas de la recta razón. En consecuencia, siempre hallamos que, donde no se cumplieron las condiciones por cuyo incumplimiento se pronunciaron las amenazas, Dios ejecutó siempre el castigo amenazado. La expulsión de Adán del Edén, la destrucción del mundo antiguo por un diluvio de agua y la ruina de Sodoma y Gomorra son, y serán siempre, otros tantos monumentos permanentes de que Dios ejecuta sus amenazas una vez pronunciadas, aunque a nuestra débil comprensión el castigo pueda parecer que excede con mucho al crimen.

Es verdad que Dios perdonó a Nínive, y eso porque sus habitantes se arrepintieron de hecho, y así cumplieron las condiciones con las cuales, según se suponía por el hecho de que el profeta fuera enviado a advertirles, el castigo amenazado sería retenido.

Y así sucede respecto de las amenazas del evangelio. Si los hombres atienden a su propio bien hasta el punto de someterse al evangelio, Dios ciertamente no los castigará, sino que, por el contrario, les otorgará sus premios. Pero afirmar que no castigará, y eso eternamente, a los pecadores impenitentes y obstinados, conforme lo ha amenazado, ¿qué es, en efecto, sino hacer a Dios como hombre, para que mienta, o como hijo de hombre, para que se arrepienta?

Pero lo absurdo de tal opinión se verá todavía más evidente por

el tercer argumento que ofreceré para probar que los tormentos reservados para los impíos en la otra vida son eternos: la naturaleza del pacto cristiano.

Y aquí debo observar de nuevo que al comienzo de este discurso se dio por sentado que creéis que el Hijo de Dios descendió para salvar a los pecadores, y que hay un solo Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre.

Y aquí doy además por sentado (a menos que creáis la absurda e injustificable doctrina del purgatorio) que estáis plenamente persuadidos de que esta vida es el único tiempo asignado por el Dios Todopoderoso para ocuparnos en nuestra salvación, y de que, pasados unos pocos años, ya no quedará más sacrificio por el pecado.

Y si se concede esto (¿y quién se atreve a negarlo?), se sigue que, si el impío muere en su impiedad y bajo la ira de Dios, ha de permanecer en ese estado por toda la eternidad. Porque, puesto que no hay posibilidad de ser librados de tal condición sino por Cristo y a través de él; y puesto que, en la hora de la muerte, el tiempo de la mediación e intercesión de Cristo por él ha pasado sin remedio, la misma razón que pueda darse de por qué Dios castigaría por un solo día a un pecador que muere bajo la culpa de sus pecados valdrá igualmente para que siga castigándolo un año, un siglo, y aun toda la eternidad.

Pero me apresuro al cuarto y último argumento para probar que los tormentos reservados para los impíos en la otra vida son eternos: porque el castigo del diablo lo será.

Que hay un ser al que llamamos el diablo; que fue una vez un ángel de luz, pero por su orgullo y rebelión contra Dios fue arrojado del cielo, y ahora se le permite, junto con las demás huestes espirituales de maldad, andar de un lado a otro buscando a quien devorar; que hay un lugar de tormento reservado para ellos, o, para usar las palabras del apóstol, «que están guardados bajo oscuridad en prisiones eternas hasta el juicio del gran día»: son verdades de las que se suponía, al comienzo del discurso, que todos los aquí presentes estaban convencidos, puesto que creéis que las Sagradas Escrituras, en las que se enseñan estas verdades, fueron escritas por inspiración de Dios.

Pero si admitimos todo esto, y no tenemos por injusticia en Dios castigar a aquellos espíritus antes gloriosos por su rebelión, ¿cómo podemos tener por injusto que castigue a los hombres malvados por su impenitencia por toda la eternidad?

Diréis quizá que ellos pecaron contra mayor luz, y por tanto merecen mayor castigo. Y así concedemos que el castigo de los ángeles caídos puede ser mayor en grado que el de los hombres malvados; pero afirmamos que será igual en cuanto a su duración eterna: porque en aquel día, como nos informan los oráculos vivos de Dios, el Hijo del hombre dirá a los que estén a su izquierda: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y para sus ángeles.» Donde hallamos que los pecadores impenitentes han de ser echados en el mismo fuego eterno con el diablo y sus ángeles; y eso con toda justicia. Porque aunque ellos hayan pecado contra mayor luz, los cristianos pecan contra mayor misericordia. Pues Cristo no tomó a los ángeles caídos ni murió por ellos, sino por los hombres y por nuestra salvación. De modo que, si Dios no perdonó a aquellos seres excelentes, ten por cierto, oh pecador obstinado, quienquiera que seas, que de ningún modo te perdonará a ti.

De lo dicho, pues, se ve claramente que en verdad los tormentos reservados para los impíos en la otra vida son eternos. Y si es así, hermanos, ¡cómo deberíamos huir a Jesucristo en busca de refugio; cuán santos deberíamos ser en toda manera de vivir y en piedad, para que seamos tenidos por dignos de escapar de esta ira venidera!

Pero antes de pasar a una exhortación práctica, permitidme sacar una o dos inferencias de lo dicho.

Y en primer lugar, si los tormentos reservados para los impíos en la otra vida son eternos, ¿qué diremos de aquellos que hacen profesión abierta en su credo de creer en una vida perdurable, una vida de miseria así como de felicidad, y sin embargo se atreven a vivir en la práctica misma de aquellos pecados que, sin arrepentimiento, los llevarán inevitablemente a aquel lugar de tormento? Tú crees que los castigos de los que mueren impenitentes en su maldad son eternos en la otra vida: «Bien haces; también los demonios creen, y tiemblan.» Pero sabe, oh hombre vano, que a menos que esta creencia influya en tu conducta y te haga despedirte de tus pecados, cada vez que repites tu credo en efecto dices: «Creo que estaré perdido para siempre.»

Pero, en segundo lugar, si los tormentos reservados para los impíos en la otra vida son eternos, sirva esto de advertencia a aquellas personas (y es de temer que haya algunas) que andan disuadiendo a otros de creer una verdad tan importante; pues no hay, con toda probabilidad, camino más seguro para alentar y fomentar la incredulidad y la profanidad que propagar o sostener una doctrina tan injustificable. Porque si las amenazas positivas de Dios acerca de la eternidad de los tormentos del infierno ya resultan insuficientes para apartar a los hombres del pecado, ¿a qué colmo de maldad podemos imaginar que llegarán pronto cuando se les enseñe a abrigar alguna esperanza de una futura liberación de ellos; o, lo que es todavía peor, que sus almas serán aniquiladas en la otra vida y vendrán a ser semejantes a las bestias que perecen? ¡Pero ay de tales ciegos guías de ciegos! No es de extrañar que ambos caigan en el hoyo. Y sepan tales corruptores de la palabra de Dios que yo testifico a todo hombre que hoy me oye: «Que si alguno añade o quita de las palabras que están escritas en el libro de Dios, Dios quitará su parte del libro de la vida, y pondrá sobre él todas las plagas que están escritas en ese libro.»

En tercer y último lugar, si los tormentos reservados para los impíos en la otra vida son eternos, esto puede servir de reprensión para los que contienden con Dios y dicen que es incompatible con su justicia castigar a una persona por toda la eternidad solo por gozar de los deleites temporales del pecado. Pero a tales personas hay que decirles que no es su pensar o su llamar injusto a Dios lo que lo hará injusto, como tampoco el que un preso condenado diga que la ley o el juez son injustos hará que cualquiera de ellos merezca de veras tal imputación. Pero ¿sabes tú, oh gusano, de qué blasfemia te haces culpable al acusar a Dios de injusticia? «¿Dirá la cosa formada al que la formó: ¿Por qué me has hecho así?» ¿Te atreverás a citar al Todopoderoso ante el tribunal de tu pobre razonamiento? ¿Y llamarlo injusto por castigarte eternamente, solo porque tú deseas que no sea así? Pero ¿lo ha dicho Dios, y no lo hará? Él lo ha dicho; y sea Dios veraz, aunque todo hombre sea mentiroso. «El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?» Ciertamente lo hará. Y si los pecadores no quieren reconocer aquí su justicia en sus amenazas, dentro de poco se verán obligados a reconocerlas y sentirlas cuando él los atormente en la otra vida.

Pero vengamos a una aplicación más práctica de lo que se ha expuesto.

Habéis oído, hermanos, la eternidad de los tormentos del infierno claramente probada por las declaraciones expresas de las Sagradas Escrituras y por las consecuencias que naturalmente se derivan de ellas. Y ahora no parece necesario gran arte retórico para persuadir a cualquier persona entendida a evitar y aborrecer aquellos pecados que, sin arrepentimiento, ciertamente la hundirán en este abismo eterno. La desproporción entre el placer y el dolor (si es que hay algún placer en el pecado) es tan infinitamente grande que, aun suponiendo que solo fuera posible, y no cierto, que los impíos serán castigados eternamente, nadie que tuviera la razón de un hombre, podría uno imaginar, correría el riesgo de soportar un dolor eterno por gozar de un pequeño placer momentáneo. Pero ya que los tormentos de los condenados no solo son posibles sino ciertos (pues Dios mismo, que no puede mentir, nos lo ha dicho), que los hombres, no obstante, persistan en su desobediencia, y luego se lisonjeen de que Dios no cumplirá sus amenazas, es un ejemplo de lo más flagrante [burdo, desmedido] de necedad y presunción.

El mismo rico Epulón suponía que, si alguno se levantaba de los muertos, sus hermanos enmendarían su vida; pero los cristianos, al parecer, no se arrepentirán, aunque el Hijo de Dios murió y resucitó, y les dijo lo que han de esperar si persisten obstinadamente en hacer el mal.

Si de vez en cuando apartáramos nuestros pensamientos de los objetos sensibles, y por la fe meditáramos un rato en las miserias de los condenados, no dudo que, por así decirlo, oiríamos a más de un alma desdichada desahogar sus inútiles pesares en lamentos tan lastimeros como estos.

«¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?» ¡Oh, necio mortal que fui, al traerme a mí mismo a estas torturas que nunca cesan, por el goce pasajero de unos pocos placeres efímeros, que apenas me dieron satisfacción alguna, aun cuando más me entregaba a ellos! ¡Ay! ¿Es esta la paga, son estos los efectos del pecado? ¡Oh, apóstata maldito! Primero engañarme con fingidas promesas de felicidad, y después de varios años de servidumbre a su servicio, envolverme así en una desdicha eterna. ¡Ojalá nunca hubiera escuchado sus seductoras insinuaciones! ¡Ojalá hubiera rechazado sus primerísimas sugestiones con el mayor aborrecimiento y repugnancia! ¡Ojalá hubiera tomado mi cruz y seguido a Cristo! ¡Ojalá nunca me hubiera burlado de la piedad seria, ni, por una falsa urbanidad, hubiera condenado a los verdaderamente piadosos como demasiado severos, entusiastas o supersticiosos! Porque entonces habría sido feliz de veras, feliz más allá de toda expresión, feliz por toda la eternidad, allá en aquellas regiones benditas donde ellos están sentados, vestidos de gloria inefable, y entonando sus aleluyas seráficos al Cordero que está sentado en el trono para siempre. Pero, ¡ay!, estas reflexiones llegan ahora demasiado tarde; estos deseos son ahora vanos e inútiles. No he padecido, y por tanto no he de reinar con ellos. En efecto, he negado al Señor que me rescató, y por tanto con justicia soy ahora negado por él. Pero ¿he de vivir para siempre atormentado en estas llamas? Este cuerpo mío, que no hace mucho yacía en pompa, se vestía de púrpura y de lino fino y hacía cada día banquete con esplendidez, ¿ha de estar aquí confinado eternamente y hecho el escarnio de demonios insultantes? ¡Oh eternidad! Ese pensamiento me llena de desesperación: he de ser desdichado para siempre.»

Venid, pues, todos vosotros, pecadores que os engañáis y estáis engañados, e imaginaos por una vez en el lugar de aquel hombre verdaderamente desdichado que acabo de describir. Pensad, os ruego por las misericordias de Dios en Cristo Jesús, pensad en vosotros mismos cuán torturador, cuán insoportable os será en la otra vida el gusano que nunca muere de una conciencia que se condena a sí misma. Pensad cuán imposible os será habitar con las llamas eternas.

Venid, todos vosotros, cristianos de espíritu tibio y laodicense, Galiones en la religión, que os preocupáis un poco, pero no lo bastante, por las cosas de Dios; oh, pensad, pensad en vosotros mismos cuán deplorable será perder el goce del cielo y precipitaros en tormentos sin fin, solo porque os conformáis con ser casi cristianos y no queréis esforzaros por serlo del todo. Considerad, os ruego, considerad cómo os enfureceréis y maldeciréis aquella fatal estupidez que os hizo creer que algo menos que una fe verdadera en Jesús, fecunda en una vida de estricta piedad, abnegación y mortificación, puede guardaros de esos tormentos cuya eternidad he procurado probar.

Pero no puedo más. Estos pensamientos son demasiado sombríos para que yo me detenga en ellos, así como para que vosotros los oigáis; y Dios sabe que, así como castigar es su extraña obra, así anunciar sus amenazas es la mía. Pero si la sola mención de los tormentos de los condenados es tan espantosa, ¡cuán terrible ha de ser el soportarlos!

Y ahora, quizá algunos de vosotros estéis a punto de exclamar: «Duras son estas palabras; ¿quién las puede oír?»

Pero que los cristianos sinceros no se aterren lo más mínimo por lo que se ha expuesto: no, para vosotros está reservada una corona, un reino, un eterno y sobremanera alto peso de gloria. Cristo nunca dijo que los justos, los creyentes, los rectos, los sinceros, sino los impíos, los despiadados, los profesantes negativamente buenos antes descritos, irán al castigo eterno. Para vosotros, que lo amáis con sinceridad, se ha abierto un camino nuevo y vivo al Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo; y en el gran día de rendir cuentas os será abundantemente otorgada la entrada en la vida eterna. Mirad, pues, y guardaos de que en ninguno de vosotros brote raíz de amargura de incredulidad; antes, por el contrario, confiad firmemente y de corazón en las muchas y preciosas promesas que se os extienden en el evangelio, sabiendo que fiel es el que prometió, y que por tanto lo cumplirá.

Pero que ningún profesante obstinadamente malvado se atreva a aplicarse ninguna de las promesas divinas: «Porque no es bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros»: no, a tales solo les pertenecen los terrores del Señor. Y tan ciertamente como Cristo dirá a sus verdaderos seguidores: «Venid, benditos hijos de mi Padre, recibid el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo», así pronunciará inalterablemente esta terrible sentencia contra todos los que mueren en sus pecados: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y para sus ángeles.»

De ese desdichado estado, Dios, por su infinita misericordia, nos libre a todos por medio de Jesucristo; a quien, contigo, oh Padre, y contigo, oh Espíritu Santo, tres Personas y un solo Dios eterno, sea atribuido, como es muy debido, todo honor, poder, fortaleza, majestad y dominio, ahora y para siempre jamás.

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