Sermones escogidos de George Whitefield
Las vírgenes prudentes y las insensatas

Capítulo 25 · 39 min de lectura · 51 min de escucha

Las vírgenes prudentes y las insensatas

Mateo 25:13 — «Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del hombre ha de venir.» (El texto es en realidad Mateo 25:1–13)

El apóstol Pablo, en su epístola a los Hebreos, nos dice: «Que está establecido para todos los hombres que mueran una sola vez, y después de esto, el juicio». Y pienso que, si alguna consideración basta para despertar a un mundo dormido y soñoliento, ha de ser esta: que vendrá un día en que estos cielos se enrollarán como un pergamino, los elementos se fundirán con ardiente calor, la tierra y todas las cosas que hay en ella serán quemadas, y toda alma, de toda nación y lengua, será citada a comparecer ante el terrible tribunal del justo Juez de vivos y muertos, para recibir premios y castigos según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo. El gran apóstol que acabo de mencionar, cuando fue llevado ante Félix, no halló mejor medio para convertir a aquel hombre pecador que disertar acerca del dominio propio, de la justicia y, sobre todo, del juicio venidero. Lo primero quizá lo afectara en alguna medida; pero, estoy persuadido, fue la última consideración, el juicio venidero, la que lo hizo temblar. Y por malo que se haya vuelto ahora el mundo, pocos tienen la conciencia tan cauterizada que nieguen que habrá un ajuste de cuentas en el más allá. Las dispensaciones confusas de la providencia en esta vida, en las que vemos a hombres buenos afligidos, desamparados y maltratados, y a los impíos pasar triunfantes por encima de sus cabezas, han sido tenidas siempre, por la mayoría de los hombres, como un argumento indiscutible de que habrá un día en que Dios juzgará al mundo con justicia y hará equidad a su pueblo. Algunos, en verdad, son tan atrevidos que lo niegan mientras andan tras la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. Pero seguidlos hasta su lecho de muerte, preguntadles, cuando su alma está a punto de lanzarse a la eternidad, qué piensan entonces del juicio venidero, y os dirán que ya no se atreven a seguir desmintiendo a su conciencia. Sienten en su corazón una horrenda expectación de juicio y de hervor de fuego. Siendo, pues, así estas cosas, ¿no nos importa en gran manera a cada uno de nosotros, hermanos míos, antes de vernos en un lecho de enfermedad, examinar seriamente cómo está la cuenta entre Dios y nuestras almas, y cómo nos irá en aquel día? En cuanto a los abiertamente profanos, el borracho, el fornicario, el adúltero y otros semejantes, no hay duda de lo que será de ellos: sin arrepentimiento jamás entrarán en el reino de Dios y de su Cristo; no, su perdición no se duerme; un Tofet ardiente, encendido por el furor de la ira eterna de Dios, está preparado para recibirlos, y allí han de sufrir el castigo del fuego eterno. Ni hay la menor duda acerca del estado de los verdaderos creyentes. Porque, aunque son despreciados y desechados por los hombres naturales, habiendo nacido de nuevo de Dios, son herederos de Dios y coherederos con Cristo. Tienen en su corazón las arras de la herencia prometida, y tienen la seguridad de que por la sangre de Jesucristo se les ha abierto un camino nuevo y vivo hasta el Lugar Santísimo, en el cual se les otorgará amplia entrada en el gran día de las cuentas. La única cuestión es qué será del casi cristiano, aquel que se contenta con ir, según piensa, por un camino intermedio al cielo, sin ser profano por un lado ni, como falsamente imagina, demasiado justo por el otro. Hay muchos de esta laya en cada congregación, y por consiguiente algunos aquí presentes. Y lo peor de todo es que resulta más fácil convencer a los más notorios publicanos y pecadores de que están fuera del estado de salvación que a cualquiera de estos. Con todo, si Jesucristo ha de ser nuestro juez, serán rechazados y desconocidos por él en el último día tan ciertamente como si hubieran vivido desafiando abiertamente todas sus leyes. Porque, ¿qué dice nuestro Señor en la parábola de la cual las palabras del texto son la conclusión, y que me propongo hacer tema de mi presente discurso? «Entonces», en el día del juicio, del cual venía hablando en el capítulo anterior y del cual sigue tratando en este, «el reino de los cielos (el estado de los que profesan la fe en la iglesia del evangelio) será semejante a diez vírgenes que, tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo». En estas palabras hay una clara alusión a una costumbre que prevalecía entre los judíos en tiempos de nuestro Señor en las solemnidades nupciales, que por lo general se celebraban de noche, y en las cuales se acostumbraba que los acompañantes de la cámara nupcial salieran en procesión, con muchas luces, a recibir al esposo. Por el esposo habéis de entender aquí a Jesucristo. La iglesia, es decir, los verdaderos creyentes, son su Israel; él está unido a ellos por un mismo espíritu, aun en esta vida; pero la celebración de sus sagradas nupcias está reservada para el día del juicio, cuando venga a llevarlos consigo a casa y a presentarlos a su Padre, delante de los hombres y de los ángeles, como su adquisición, sin mancha ni arruga ni cosa semejante. Por las diez vírgenes hemos de entender a los que profesan el cristianismo en general. Todas son llamadas vírgenes porque todos son llamados a ser santos. Todo aquel que invoca el nombre de Cristo está obligado por esa profesión a apartarse de toda iniquidad. Pero solo los puros y castos de corazón serán tan bienaventurados que verán a Dios. Así como Cristo nació de una virgen, así no puede morar sino en almas vírgenes, hechas puras y santas por la morada de su Santo Espíritu. ¿Qué dice el apóstol? «No todos los que son de Israel son Israel»; no todos los que llevan el nombre de Cristo son cristianos. No, dice nuestro Señor en el versículo 2: «Cinco de aquellas vírgenes eran prudentes», verdaderos creyentes, «y cinco insensatas», hipócritas formalistas. Pero ¿por qué se dice que cinco eran prudentes y las otras cinco insensatas? Oíd lo que dice nuestro Señor en los versículos siguientes: «Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite; mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas». Las insensatas tomaron sus lámparas de una profesión exterior. Iban a la iglesia, recitaban varios manuales de oraciones, venían quizá a un campo a oír un sermón, daban en una colecta y recibían constantemente el sacramento, y aun más de una vez al mes. Pero ahí estaba el error: no tenían aceite en sus lámparas, ningún principio de gracia, ninguna fe viva en su corazón, sin la cual, aunque repartiéramos todos nuestros bienes para dar de comer a los pobres y entregáramos nuestro cuerpo para ser quemado, de nada nos serviría. En suma, eran exactas, más aún, fanáticas supersticiosas en cuanto a la forma, pero entretanto eran extrañas a la eficacia de la piedad en su corazón y, en efecto, la negaban. Iban a la iglesia, pero al mismo tiempo no veían mal alguno en ir a un baile o a una tertulia, a pesar de haber prometido en su bautismo renunciar a las pompas y vanidades de este mundo malvado. Temían tanto ser demasiado justas que llegaban a perseguir a los verdaderamente piadosos si intentaban dar un paso más allá que ellas. En una palabra, nunca sintieron eficazmente los poderes del siglo venidero. Pensaban que podían ser cristianas sin tanto sentimiento interior, y por eso, a pesar de sus altas pretensiones, solo tenían nombre de que vivían.

Y ahora, señores, detengámonos un momento y, en el nombre de Dios, a quien procuro servir en el evangelio de su amado Hijo, permitidme haceros una pregunta. Mientras he estado trazando, aunque en miniatura, el carácter de estas vírgenes insensatas, ¿no han hecho muchas de vuestras conciencias la aplicación, y con una voz callada y suave, aunque clara, os han dicho: Tú, hombre; tú, mujer, eres una de esas vírgenes insensatas, porque tus sentimientos y tu conducta concuerdan con ello? No sofoquéis estas convicciones, sino más bien alentadlas; y ¿quién sabe si aquel Señor que es rico en misericordia para con todos los que lo invocan fielmente no obrará de tal modo en vosotros, aun por medio de esta locura de la predicación, que os haga vírgenes prudentes antes de que volváis a casa?

Lo que ellas eran lo sabréis enseguida: «Mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas». Observad que las prudentes, los verdaderos creyentes, tenían sus lámparas lo mismo que las vírgenes insensatas; porque el cristianismo no nos exige desechar toda forma exterior; podemos usar formas sin ser formalistas: por ejemplo, es posible adorar a Dios con una forma de oración prescrita y, sin embargo, adorarlo en espíritu y en verdad. Por tanto, hermanos, no nos juzguemos los unos a los otros. Las vírgenes prudentes tenían sus lámparas; la diferencia entre ellas y las insensatas no estaba en que unas adoraran a Dios con una forma y las otras no. No; así como el fariseo y el publicano subieron al templo a orar, así estas vírgenes prudentes e insensatas podían ir al mismo lugar de culto y sentarse bajo el mismo ministerio; pero las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas: mantenían la forma, pero no descansaban en ella; sus palabras en la oración eran el lenguaje de su corazón, y no eran extrañas a los sentimientos interiores; no temían las doctrinas que escudriñan el corazón, ni se ofendían cuando los ministros les decían que merecían ser condenadas; no eran justas en su propia opinión, sino que deseaban que Jesucristo tuviera toda la gloria de su salvación; estaban convencidas de que los méritos de Jesucristo solo podían asirse por la fe, y, sin embargo, eran tan cuidadosas en procurar las buenas obras como si hubieran de ser justificadas por ellas. En suma, su obediencia fluía del amor y la gratitud, y era alegre, constante, uniforme, universal, como la obediencia que los santos ángeles rinden a nuestro Padre en el cielo.

Permitidme, pues, exhortaros aquí a deteneros otra vez; y si alguno de vosotros puede aplicar fielmente estos rasgos a su corazón, dé a Dios la gloria y tome el consuelo para su propia alma: no sois falsos, sino verdaderos creyentes. Jesucristo os ha sido hecho por Dios sabiduría, aquella sabiduría por la cual seréis hechos sabios para la salvación. Dios ve una diferencia entre vosotros y las vírgenes insensatas, aunque los hombres naturales no la vean. No tenéis por qué inquietaros, aunque en esto os acontezcan a unos y a otros un mismo suceso y una misma suerte. Digo un mismo suceso y una misma suerte; porque, versículo 5, «tardándose el esposo», en el espacio de tiempo que transcurre entre la ascensión de nuestro Señor y su segunda venida para el juicio, «cabecearon todas y se durmieron». Murieron las prudentes lo mismo que las insensatas, porque polvo somos, y al polvo hemos de volver. No es en modo alguno un reproche a la bondad divina que los creyentes, lo mismo que los hipócritas, hayan de pasar por el valle de sombra de muerte; porque Cristo ha quitado el aguijón de la muerte, de modo que no hemos de temer mal alguno. Para ellos es un paso a la vida eterna: la muerte solo es terrible para los que no tienen esperanza, porque viven sin fe en el mundo. Todos los que entre vosotros hayáis recibido las primicias del Espíritu, estoy persuadido de que estáis prontos a exclamar: No quisiéramos vivir aquí para siempre; anhelamos partir para estar con Jesucristo; y aunque los gusanos han de destruir nuestro cuerpo como el de los demás, estamos contentos, seguros de que nuestro Redentor vive, de que se levantará en los postreros días sobre la tierra, y de que en nuestra carne veremos a Dios.

Pero no sucede así con los hipócritas y los incrédulos más allá de la tumba; porque, ¿qué dice nuestro Señor? «Y a la medianoche»: observad, a la medianoche, cuando todo estaba en silencio y quietud, y nadie soñaba con tal cosa, «se oyó un clamor»: la voz del arcángel y la trompeta de Dios se oyeron dando esta alarma general a las cosas del cielo, a las cosas de la tierra y a las cosas de las aguas debajo de la tierra: «¡He aquí!». ¡Notad cómo este solemne emplazamiento se introduce con la palabra he aquí, para captar nuestra atención! «¡He aquí, el esposo viene!»: Jesucristo mismo, el Deseado de las naciones, el Esposo de su desposada, la iglesia. Porque se tardó un tiempo para ejercitar la fe de los santos y dar a los pecadores lugar para arrepentirse, los burladores se apresuraban a exclamar: «¿Dónde está la promesa de su advenimiento? Pero el Señor no retarda su promesa, como estos hombres la tienen por tardanza». Porque he aquí, el que había de venir viene ahora, y no tardará más: viene para ser glorificado en sus santos, y para dar retribución a los que no conocieron a Dios ni obedecieron a su evangelio. No viene como un pobre galileo despreciado; no para ser acostado en un pesebre maloliente; no para ser despreciado y desechado entre los hombres; no para que le venden los ojos, le escupan y le abofeteen; no para ser clavado en un madero maldito; no viene como el Hijo del hombre, sino como lo que realmente era, el Hijo eterno del Dios eterno: viene cabalgando sobre las alas del viento, en la gloria del Padre y de sus santos ángeles, para ser temido para siempre por todos los que estarán a su alrededor. «Salid a recibirle»; levantaos, muertos, vírgenes insensatas así como prudentes, levantaos y venid a juicio. Multitudes, sin duda, que oyen este clamor que despierta se alegrarían si las peñas cayeran sobre ellas y los montes las cubrieran de la presencia del Cordero: ¿qué no darían por poder, ya que vivieron como bestias, morir ahora como las bestias que perecen? ¡Cómo se alegrarían si aquellas mismas excusas que daban de este lado de la eternidad para no asistir a las santas ordenanzas les sirvieran para no comparecer ante el Esposo celestial! Pero así como Adán, a pesar de sus hojas de higuera y de los árboles del huerto, no pudo esconderse de Dios cuando fue detenido con un «Adán, ¿dónde estás tú?», así ahora el decreto ha salido y la trompeta de Dios ha dado su último sonido; todas las lenguas, pueblos, naciones e idiomas, vírgenes prudentes e insensatas, han de venir a su presencia e inclinarse bajo el estrado de sus pies; aun Poncio Pilato, Anás y Caifás; aun los soberbios sumos sacerdotes y fariseos perseguidores de esta generación han de comparecer ante él. Porque dice nuestro Señor: «Entonces (cuando se oyó el clamor: ¡He aquí, el esposo viene!), en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, los sepulcros se abrieron, el mar entregó sus muertos, y «todas aquellas vírgenes, prudentes e insensatas, se levantaron y arreglaron su lámpara», o procuraron ponerse en la debida disposición para recibir al esposo.

Pero ¡cuál no sería, podemos imaginar, la sorpresa de las vírgenes insensatas cuando, a pesar de sus altos pensamientos y de sus orgullosas imaginaciones de seguridad, se hallan ahora del todo desnudas y desprovistas de aquella santidad interior y pureza de corazón sin las cuales nadie en aquel día podrá salir con gozo al encuentro del Señor! No dudo de que muchas de estas vírgenes insensatas, mientras estaban en este mundo, se vestían de púrpura y de lino fino, hacían cada día banquete con esplendidez y desdeñaban [1. Considerar indigno de la propia atención o consideración; tratar con desprecio o desdén: desdeñar a un cobarde. 2. Considerar indigno de la propia posición o carácter; rehusar con desdén: desdeñar mendigar el pan. —s. Sentimiento o actitud de superioridad y aversión; desprecio altivo.] poner a las vírgenes prudentes, algunas de las cuales quizá eran tan pobres como Lázaro, ni siquiera con los perros de su ganado. Ellas las tenían por entusiastas y locas, por personas demasiado justas que pretendían trastornar el mundo; pero ahora la muerte les ha abierto los ojos y las ha convencido, para su eterno dolor, de que no es verdadero cristiano el que lo es solo exteriormente. Ahora descubren (aunque, ¡ay!, demasiado tarde) que eran ellas, y no las vírgenes prudentes, las que habían estado fuera de sí. Ahora sus corazones orgullosos son obligados a doblegarse, sus miradas altivas son abatidas; y así como el rico rogó que Lázaro mojara la punta de su dedo en agua y fuera enviado a refrescar su lengua, así estas vírgenes insensatas, estas hipócritas formalistas, se ven obligadas a mendigar de aquellas a quienes en otro tiempo despreciaron: «Dadnos de vuestro aceite»; ¡oh, impartidnos un poco de aquella gracia y de aquel Espíritu Santo por cuya insistencia nosotras, necias, teníamos vuestra vida por locura!; porque, ¡ay!, «nuestras lámparas se apagan»; solo teníamos la apariencia de piedad; éramos sepulcros blanqueados; éramos hipócritas de corazón; nos contentábamos con desear ser buenas; y aunque, mientras vivíamos, estábamos confiadas en nuestra salvación, nuestra esperanza se ha desvanecido del todo, ahora que Dios nos ha quitado el alma: dadnos, pues, ¡oh, dadnos!, aunque en otro tiempo os despreciamos, dadnos de vuestro aceite, porque nuestras lámparas de una profesión exterior y de convicciones pasajeras se han apagado del todo. «Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice el Señor.» Hermanos míos en Cristo, oíd lo que las insensatas dicen a las vírgenes prudentes, y aprended a poseer vuestras almas con paciencia. Si sois verdaderos seguidores del humilde Jesús, estoy persuadido de que vuestro nombre es desechado y se dice de vosotros toda clase de mal, mintiendo, por causa de su nombre; porque nadie ha vivido ni vivirá jamás piadosamente en Cristo Jesús sin padecer persecución; más aún, no dudo de que vuestros principales enemigos son los de vuestra propia casa. Decidme: ¿no afligen día tras día vuestras almas sensibles vuestros parientes y amigos carnales, pidiéndoos que os tratéis con más indulgencia y que tengáis cuidado de no ir demasiado lejos? Y cuando pasabais para venir a oír la palabra de Dios, ¿no habéis oído a más de un fariseo exclamar: ¡Ahí viene otra tropa de sus seguidores! Hermanos, no os sorprendáis: los siervos de Cristo siempre han sido los necios del mundo; sabéis que a él lo aborreció antes que a vosotros. Gozaos y alegraos. Todavía un poco, y he aquí que el esposo viene, y entonces oiréis a estos fariseos formalistas y burladores deciros: «Dadnos de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se apagan». Cuando os maldigan, no devolváis maldición; cuando padezcáis, no amenacéis; encomendad vuestras almas en manos de aquel que juzga justamente; porque he aquí, viene el día en que los hijos de Dios hablarán por sí mismos.

Las vírgenes prudentes de la parábola soportaron sin duda las mismas crueles burlas que vosotros podéis sufrir; pero, como el cordero delante de sus trasquiladores enmudece, así en esta vida no abrieron su boca; mas ahora vemos que pueden dar respuesta a sus enemigos: «No, no sea que no haya suficiente para nosotras y para vosotras; id más bien a los que venden, y comprad para vosotras». Estas palabras no deben entenderse como si se dijeran de modo insultante; porque la verdadera caridad nos enseña a tratar a los peores pecadores y a nuestros más encarnizados enemigos con la mansedumbre y la ternura de Cristo. Aunque el rico estaba en el infierno, Abraham no le dice: Tú, malvado, sino solo: «Hijo, acuérdate»; y estoy persuadido de que, si hubiera estado en poder de estas vírgenes prudentes, habrían tratado a las insensatas como, Dios lo sabe, yo trataría de buena gana a mis más inveterados [firmemente arraigados por larga continuación] enemigos: no solo les habrían dado de su aceite, sino que también las habrían ensalzado a la diestra de Dios. No fue, pues, por falta de amor, sino por el temor de que no les bastara para sí mismas, por lo que dieron esta respuesta: «No, no sea que no haya suficiente para nosotras y para vosotras»; porque los que tienen más gracia no tienen ninguna de sobra; solo las vírgenes insensatas y justas en su propia opinión piensan que son lo bastante buenas o que ya lo han alcanzado. Los verdaderamente sabios desconfían siempre más de sí mismos, prosiguiendo hacia lo que está delante, y se dan por contentos si, después de haberlo hecho todo, logran hacer firme su vocación y elección. «No, no sea que no haya suficiente para nosotras y para vosotras; id más bien a los que venden, y comprad para vosotras.» Estas palabras parecen, en verdad, dichas en tono triunfante, pero ciertamente fueron pronunciadas del modo más compasivo: «id a los que venden, y comprad para vosotras»; ¡desdichadas vírgenes! Teníais nuestra vida por locura; mientras estábamos con vosotras en el cuerpo, ¡cuántas veces nos condenasteis por nuestro celo en correr a oír la palabra de Dios, y nos tuvisteis por entusiastas por hablar y afirmar que debemos ser guiados por el Espíritu, y andar en el Espíritu, y sentir que el Espíritu de Dios da testimonio a nuestro espíritu de que somos sus hijos! Pero ahora os alegraríais de participar de este privilegio, mas no está en nuestra mano darlo. Os contentasteis con buscar, cuando debíais haber porfiado por entrar por la puerta estrecha. Id ahora a los que venden, si podéis, y comprad para vosotras.

¿Y qué decís a esto, vosotros, profesantes formalistas e insensatos? Porque no dudo de que la curiosidad y la novedad han traído a muchos de esos, aun a este lugar despreciado, a oír un sermón. ¿Podéis oír esta respuesta dada a las vírgenes insensatas y no temblar? Pues todavía un poco, y así se hará con vosotros. Regocijaos y apuntalaos en vuestros deberes y formas; procurad cubrir vuestra desnudez con las hojas de higuera de una profesión exterior y de una justicia legal, y despreciad cuanto os plazca a los verdaderos siervos de Cristo; pero sabed que todas vuestras esperanzas os fallarán cuando Dios os traiga a juicio. Porque no es justificado el que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien el Señor alaba.

Pero, volviendo al asunto, no oímos que las vírgenes insensatas den respuesta alguna. No; su conciencia las condenaba; como el hombre que no tenía vestido de boda, quedan mudas, y ahora están llenas de pensamientos ansiosos sobre cómo comprarán aceite para poder levantar la cabeza delante del esposo. «Pero mientras ellas iban a comprar», versículo 10, mientras pensaban qué debían hacer, el esposo, el Señor Jesús, el rey, el marido de su esposa la iglesia, viene acompañado de millares y de veinte veces diez millares de santos y ángeles, para contar públicamente sus joyas; «y las que estaban preparadas», las vírgenes prudentes que tenían aceite en su lámpara y habían sido selladas por su Espíritu para el día de la redención, vestidas del traje de bodas de una justicia imputada y de una naturaleza nueva, «entraron con él a las bodas».

¡Pero quién podrá expresar los transportes que sintieron estas vírgenes prudentes cuando fueron así admitidas, en santo triunfo, a la presencia y al pleno goce de aquel de quien sus almas tenían hambre y sed! Sin duda habían gustado de su amor, y por la fe se habían alimentado a menudo de él en sus corazones, cuando se sentaban a conmemorar su última cena aquí en la tierra; pero ¡cuán llenos podemos pensar que estaban sus corazones y sus lenguas de sus alabanzas, cuando se ven sentadas juntas para comer pan en su reino celestial! Y lo mejor de todo fue que «se cerró la puerta, y las encerró dentro, para gozar del Dios eternamente bendito, y de la compañía de los ángeles y de los espíritus de los justos hechos perfectos, sin interrupción para siempre jamás. Digo sin interrupción; porque en esta vida sus ojos derramaban a menudo ríos de agua, porque los hombres no guardaban la ley de Dios; y nunca podían presentarse delante del Señor, ni oír su palabra, sin que Satanás y sus emisarios vinieran también a perturbarlas; pero ahora «la puerta está cerrada», ahora hay una perfecta comunión de los santos, que en vano anhelaron en este mundo de abajo; la cizaña ya no crece junto con el trigo; ni un solo hipócrita o incrédulo puede esconderse entre ellas. «Ahora los impíos dejan de perturbar, y ahora sus almas cansadas gozan de un descanso eterno.»

Una vez más, oh creyentes, permitidme exhortaros a que en vuestra paciencia poseáis vuestras almas. Dios, si os ha justificado gratuitamente por la fe en su Hijo y os ha dado su Espíritu, os ha sellado como suyos; y os ha puesto a salvo tan ciertamente como puso a salvo a Noé cuando lo encerró en el arca. Pero aunque seáis herederos de Dios y coherederos con Cristo, y ni hombres ni demonios puedan arrebataros de la mano de vuestro Padre celestial, aun así habréis de ser zarandeados por diversas tentaciones; con todo, levantad vuestras cabezas, porque el día de vuestra redención perfecta y completa se acerca. He aquí, el esposo viene para tomaros consigo; la puerta se cerrará, y estaréis siempre con el Señor.

Pero aun tiemblo al deciros, oh cristianos de nombre, que la puerta se cerrará, quiero decir la puerta de la misericordia, para nunca, nunca abrirse a fin de daros entrada, aunque siguierais llamando por toda la eternidad. Porque así habla nuestro Señor, v. 11: «Después», después que las que estaban preparadas entraron y se cerró la puerta; después que, para su pesar, hallaron que no había aceite que comprar ni gracia que conseguir, «vinieron también las otras vírgenes»; y así como Esaú, después que Jacob hubo obtenido la bendición, clamó con una muy grande y muy amarga exclamación: «Bendíceme también a mí, padre mío», así vinieron ellas diciendo: «Señor, Señor, ábrenos». Observad la insistencia de estas vírgenes insensatas, implícita en las palabras «Señor, Señor». Mientras estuvieron en el cuerpo, supongo que solo leían sus oraciones, sin orarlas de veras. Si entonces les hubierais dicho que debían «orar sin cesar», que debían orar de corazón y sentir la necesidad de aquello por lo que oraban, os habrían respondido que no sabían qué queríais decir con sentimientos interiores; que Dios no nos exigía estar siempre de rodillas, sino que, si un hombre obraba con justicia, amaba la misericordia y hacía lo que las formas de la Iglesia le pedían, eso era todo cuanto el Señor demandaba de sus manos.

Temo, señores, que demasiados entre nosotros piensan así; más aún, temo que hay muchos tan refinados, tan vacíos del amor de Dios, que tienen por demasiada abnegación madrugar para ofrecer un sacrificio de alabanza y acción de gracias, agradable a Dios por medio de Jesucristo. Si algunos de esos, por la buena providencia de Dios, han sido traídos aquí esta mañana, os ruego que consideréis vuestros caminos, y recordéis que, si no sois despertados de vuestro letargo espiritual y no vivís aquí una vida de oración, en vano clamaréis después con las vírgenes insensatas: «Señor, Señor, ábrenos». Observad además el descaro, así como la insistencia, de estas otras vírgenes: «Señor, Señor», dicen, como si tuvieran trato íntimo con el santo Jesús. Igual que muchos entre nosotros, que porque van a la iglesia, repiten sus credos y reciben el bendito sacramento, piensan que tienen derecho a llamar a Jesús su Salvador, y se atreven a llamar a Dios su Padre cuando rezan el padrenuestro. Pero Jesús no es vuestro Salvador. El diablo, y no Dios, es vuestro padre, a menos que vuestros corazones sean purificados por la fe y nazcáis de nuevo de lo alto. No es meramente el ser bautizados con agua, sino el nacer de nuevo del Espíritu Santo lo que ha de habilitaros para la salvación; y de nada os servirá en el gran día decirle a Cristo: «Señor, mi nombre está en el registro de tal o cual parroquia». Estoy persuadido de que las vírgenes insensatas podían decir esto y más; pero ¿qué respuesta les dio Jesús? Respondió y dijo, vers. 12: «De cierto os digo»: pone el de cierto para asegurarles que hablaba en serio. «Os digo», yo que soy la verdad misma, yo a quien habéis confesado de palabra pero negado con las obras, «de cierto os digo, que no os conozco». Estas palabras no deben entenderse literalmente; porque digan lo que digan en contra arrianos y socinianos, nosotros afirmamos que Jesucristo es Dios, Dios bendito por los siglos, y que por tanto lo sabe todo. Él vio a Natanael cuando estaba debajo de la higuera; él ve, y está ahora mirando desde el cielo, su morada, sobre nosotros, para ver cómo nos comportamos en estos campos. Hermanos, yo nada sé de los pensamientos e intenciones de vuestros corazones al venir aquí; pero Jesucristo sabe quiénes vinieron como niños recién nacidos, deseosos de ser alimentados con la leche espiritual, sin engaño, de la palabra; y sabe quiénes vinieron a oír lo que dice este palabrero, y a marcharse con el trozo de una frase rota para tener de qué acusarlo. Esta expresión, pues, «no os conozco», no debe entenderse literalmente; no, implica un conocimiento de aprobación, como si Cristo hubiera dicho: «Me llamáis “Señor, Señor”, pero no habéis hecho lo que os he dicho; deseáis que os abra la puerta, pero ¿cómo podéis entrar aquí no teniendo vestido de boda? ¡Ay, estáis desnudos! ¿Dónde está mi justicia exterior imputada a vosotros? ¿Dónde está mi imagen divina estampada en vuestras almas? ¿Cómo os atrevéis a llamarme “Señor, Señor”, si no habéis recibido el Espíritu Santo, con el cual sello a todos los que son verdaderamente míos? “De cierto no os conozco; apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y para sus ángeles.»

Y ahora, el que tiene oídos para oír, oiga qué clase de personas eran estas a quienes Jesucristo despidió con esta respuesta. Recordad, os ruego, recordad que no son echadas fuera por ser fornicarias, blasfemas, profanadoras del día de reposo o pródigas. No; con toda probabilidad, como ya observé, eran irreprensibles en cuanto a la observancia exterior de la ley moral; eran constantes en cuanto a la forma de la religión; y si no hacían ningún bien, nadie podía decir tampoco que hicieran daño a nadie. Lo único por lo que fueron condenadas, y desterradas eternamente de la presencia del Señor (pues todo eso está implícito en «no os conozco»), fue esto: no tenían aceite en sus lámparas, ningún principio de una fe y santidad verdaderas y vivas en sus corazones. Y si hay personas que pueden ir a la iglesia, recibir el sacramento, llevar vidas honradas y morales, y aun así ser enviadas al infierno en el día postrero, como ciertamente lo serán si no pasan más allá, ¿dónde aparecerás tú, oh borracho? ¿Dónde tú, oh blasfemo? ¿Dónde tú, oh profanador del día de reposo? ¿Dónde tú, que niegas la revelación divina y aun la forma de la piedad? ¿Dónde apareceréis tú y los pecadores semejantes? Lo sé muy bien. Habéis de comparecer ante el temible tribunal de Jesucristo; por más que, como Félix, aplacéis seguir adelante con vuestras convicciones, vosotros, igual que los demás, habréis de levantaros después de la muerte y comparecer en juicio; entonces hallaréis, para vuestro pesar eterno, lo que ya insinué al comienzo de este discurso: que vuestra condenación no se duerme. El pecado ha cegado ahora vuestros corazones y endurecido vuestras frentes, pero dentro de muy poco nuestro Señor tomará satisfacción de sus adversarios. ¡Me parece ver por la fe los cielos abiertos, y al santo Jesús que viene, con el rostro más resplandeciente que diez mil soles, lanzando furor sobre vosotros desde sus ojos! ¡Me parece veros levantaros de vuestros sepulcros, temblando y atónitos, y clamando: ¿Quién podrá sufrir este día de su venida!

¿Y qué conclusión sacaré ahora de lo que se ha expuesto? Nuestro Señor, en las palabras del texto, ha sacado una por mí: «Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del hombre ha de venir.»

«Velad», es decir, estad en guardia y mantened vuestras gracias en continuo ejercicio. Porque así como, cuando se nos manda velar en oración, eso significa que debemos perseverar con instancia en ese deber, así, cuando se nos pide velar en general, significa que debemos vestirnos de toda la armadura de Dios y vivir cada día como si fuera el último. ¡Y ojalá el Señor me capacite ahora para alzar mi voz como trompeta! Porque si tuviera mil lenguas, o pudiera hablar tan alto que el mundo entero me oyera, no podría dar una alarma más útil que la que se contiene en el texto. Velad, pues, hermanos míos, os ruego por las misericordias de Dios en Cristo Jesús, velad; estad en guardia; despertad, los que dormís en el polvo: porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del hombre ha de venir. Quizá hoy, quizá esta medianoche, se oiga el clamor: «porque en un momento, en un abrir de ojo, ha de sonar la trompeta». Y aunque supongamos que el día final del juicio esté todavía muy lejos, el día de la muerte está ciertamente cerca: porque ¿qué es nuestra vida? «No es más que un vapor», apenas un palmo de largo; pronto pasa, y desaparecemos. Bendito sea Dios, todos estamos aquí bien; pero ¿quién, de esta gran multitud, se atreve a decir: «Volveré a mi casa sano y salvo»? ¿Quién sabe si, mientras hablo, Dios no dará orden a sus espíritus ministradores de llamar de inmediato a alguno de vosotros con un golpe repentino, para que dé cuenta de la atención con que ha oído este sermón? Sabéis, hermanos míos, que hemos tenido últimamente algunos casos así. ¿Y qué ángel o espíritu nos ha asegurado que alguno de vosotros no será el siguiente? «Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del hombre ha de venir.» Y es principalmente por esta razón por la que Dios nos ha ocultado el día de nuestra muerte. Porque, ya que no sé si moriré mañana, ¿por qué, alma mía, puede decir cada uno de nosotros, no velarás hoy? Ya que no sé si moriré en el próximo momento, ¿por qué no te prepararás para morir en este? Muchas reflexiones como estas, hermanos míos, se agolpan en mi mente. En este momento, bendito sea el Señor, que se deleita en engrandecer su fuerza en la debilidad de un pobre gusano, no estoy perplejo tanto por lo que diré como por lo que dejaré sin decir. Mi vientre, como el de Eliú, está como lleno de vino nuevo; «de la abundancia de mi corazón habla mi boca». El ver tan gran multitud delante de mí; el sentido de la infinita majestad de aquel Dios en cuyo nombre predico, y ante quien tanto yo como vosotros hemos de comparecer para dar cuenta; y la incertidumbre de si viviré otro día para hablaros más: estas consideraciones, y especialmente la presencia de Dios, que siento sobre mi alma, me dan tanta materia que apenas sé dónde comenzar o dónde terminar mi aplicación. Con todo, por amor al orden, con la asistencia divina, la dividiré en tres puntos.

Y en primer lugar, quisiera recordaros a vosotros, los notoriamente impíos, lo que nuestro Señor dice en el texto. Porque aunque he dicho que vuestra condenación no se duerme mientras permanezcáis en un estado impenitente, lo dije solo para poneros en vela, para convenceros de vuestro peligro y moveros a clamar: «¿Qué haremos para ser salvos?» Apelo a todos los que me oyen: ¿he dicho que la puerta de la misericordia se cerraría contra vosotros si creéis en Jesucristo? No; aunque seáis los primeros de los pecadores; aunque seáis parricidas y matricidas; aunque seáis, en el sentido más enfático, la hez y el desecho de todo; con todo, si creéis en Jesucristo y clamáis a él con la misma fe que el ladrón moribundo: «Señor, acuérdate de mí, ahora que estás en tu reino», empeño mi salvación eterna en que dentro de poco os trasladará a su paraíso celestial. No os maravilléis de que hable con tanta seguridad: porque sé que «es palabra fiel y verdadera, y digna de ser recibida de todos, que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores (a todos los verdaderamente tocados y creyentes): más aún, tan grande es su amor que estoy persuadido de que, si fuera necesario, volvería al mundo y moriría por ellos una segunda vez en la cruz. Pero, bendito sea Dios, cuando nuestro Señor inclinó la cabeza y entregó el espíritu, nuestra redención quedó consumada. No son nuestros pecados, sino nuestra falta de una fe viva en su sangre, lo que resultará en nuestra condenación: si os acercáis a él por la fe, aunque seáis los peores de los pecadores, no os dirá: «De cierto no os conozco». No; una puerta de misericordia se os abrirá. Mirad, pues, mirad, con los ojos de la fe, a aquel Dios-hombre a quien traspasasteis. Miradlo sangrando, jadeando, muriendo en la cruz, con los brazos extendidos, dispuesto a abrazaros a todos. ¡Escuchad cómo gime! ¡Ved cómo toda la naturaleza está en agonía! Las piedras se parten, los sepulcros se abren; el sol retira su luz, como avergonzado de ver padecer al Dios de la naturaleza; y todo esto para dar entrada a la gran redención del hombre. Más aún, el santo Jesús, en las mismas agonías y angustias de la muerte, ora por sus propios asesinos: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» Si, pues, habéis crucificado de nuevo al Hijo de Dios y lo habéis expuesto a vituperio, no desesperéis; solamente creed, y aun esto os será perdonado. Habéis leído, o al menos habéis oído sin duda, cómo tres mil se convirtieron con un solo sermón predicado por san Pedro, después de la ascensión de nuestro Señor al cielo; y muchos de los que crucificaron al Señor de gloria estaban sin duda entre ellos; ¿y por qué habríais de desesperar vosotros? Porque «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.» El Espíritu Santo será enviado sobre vosotros, así como sobre ellos, con tal que creáis; porque Cristo subió a lo alto para recibir este don aun para los más viles de los hombres. Venid, pues, todos los que estáis trabajados y cargados con el sentido de vuestros pecados, asíos de Cristo por la fe, y él os hará descansar; porque la salvación es el don gratuito de Dios para todos los que creen. Y aunque penséis que esta noticia es demasiado buena para ser verdad, digo verdad en Cristo, no miento: este es el evangelio, estas son las buenas nuevas que se nos ha encargado predicar a toda criatura. No seáis, pues, incrédulos, sino fieles. No dejéis que el diablo os lleve cautivos a su voluntad por más tiempo; porque toda la paga que da a sus siervos es muerte: muerte a menudo en esta vida, muerte eterna en la venidera; mas la dádiva de Dios es vida eterna para todos los que creen en Jesucristo. Los fariseos se ofenden y se ofenderán de que yo venga aquí a ofreceros la salvación en términos tan baratos; pero cuanto más me mandan que calle, tanto más clamaré y proclamaré a los pecadores convictos que Jesús, Hijo de David según la carne, pero Señor de David en cuanto Dios, tendrá misericordia de todos los que con una fe viva se vuelvan verdaderamente a él. Si esto es ser vil, ruego a Dios que sea aún más vil. Si no me dejan predicar a Cristo crucificado y ofrecer la salvación a los pobres pecadores en una iglesia, lo predicaré por las plazas, las calles, los caminos y los vallados; y nada me agrada más que pensar que estoy ahora en una de las fortalezas más fuertes del diablo. Sin duda el Señor no nos ha enviado aquí, a mí y a todos vosotros, para nada; no, bendito sea Dios, los campos ya están blancos para la siega, y espero que muchas almas serán recogidas en su granero celestial. Es verdad que es la medianoche de la Iglesia, especialmente de la pobre Iglesia de Inglaterra; pero Dios ha enviado últimamente a sus siervos a clamar: «He aquí, el esposo viene». ¡Os ruego, oh pecadores, que escuchéis esa voz! Dejadme desposaros por la fe con mi amado Maestro; y de aquí en adelante «velad y orad», para que estéis preparados para salir a recibirle.

En segundo lugar, quisiera dirigirme a aquellos de entre vosotros que no son abiertamente profanos, pero que, confiando en una ronda formal de deberes, engañan sus propias almas y no son más que vírgenes insensatas. Pero he de hablar para vuestra convicción más que para vuestro consuelo. Mis queridos hermanos, no engañéis vuestras propias almas. Habéis oído hasta dónde llegaron las vírgenes insensatas, y aun así se les respondió: «De cierto no os conozco». La razón es que nadie, sino quienes tienen una fe viva en Jesucristo y han nacido verdaderamente de nuevo, puede entrar en el reino de los cielos. Quizá llevéis vidas honradas y exteriormente morales; pero si confiáis en esa moralidad, o juntáis vuestras obras con vuestra fe a fin de justificaros delante de Dios, no tenéis parte ni suerte en la redención de Cristo: porque ¿qué es esto sino negar al Señor que os rescató? ¿Qué es esto sino haceros vuestros propios salvadores, quitarle la corona a Jesucristo y ponerla sobre vuestras propias cabezas? El crimen del diablo, según han supuesto algunos, consistió en que no quiso inclinarse ante Jesucristo cuando el Padre mandó a todos los ángeles que lo adoraran; ¿y qué menos hacéis vosotros? No queréis reconocer su justicia ni someteros a ella; y aunque pretendéis adorarlo con vuestros labios, vuestro corazón está lejos de él; además, en efecto, negáis las operaciones de su bendito Espíritu: confundís la gracia común con la eficaz; esperáis ser salvos porque tenéis buenos deseos y unas cuantas convicciones pasajeras; ¿y qué es esto sino desmentir a Dios, a su palabra y a todos sus santos? Un judío o un turco tiene tan buenos fundamentos como vosotros sobre los cuales edificar su esperanza de salvación. ¿No he de clamaros, pues, vírgenes insensatas: velad? Rogad a Dios que os convenza de vuestra justicia propia y de la secreta incredulidad de vuestros corazones; de lo contrario, cuando se oiga el clamor: «He aquí, el esposo viene», os hallaréis del todo desprevenidas para salir a recibirle. Podréis clamar: «Señor, Señor»; pero la respuesta será: «De cierto no os conozco».

En tercer lugar, quisiera decir una o dos palabras de exhortación a los que son vírgenes prudentes y tienen la seguridad de llevar puesto el vestido de boda. No dudo que hay muchos así entre vosotros, que por gracia han renunciado a su propia justicia y saben que la justicia del Señor Jesús les es imputada. Dios tiene sus escondidos aun en los peores tiempos; y estoy persuadido de que no ha permitido que se levante en medio de su pueblo un clamor del evangelio tan fuerte como el que se ha oído últimamente, para nada. No; estoy seguro de que el Espíritu Santo ha sido dado a muchos en la predicación de la fe, y ha caído con poder sobre muchos mientras oían la palabra. Vosotros, pues, ya no sois vírgenes insensatas, sino prudentes; no obstante, os ruego también que soportéis la palabra de exhortación, porque las vírgenes prudentes son demasiado propensas, mientras el esposo tarda, a cabecear y dormirse. Velad, pues, mis queridos hermanos, velad y orad, especialmente en este tiempo; porque quizá se acerca un tiempo de padecimiento. El arca del Señor comienza ya a ser arrojada al desierto. Estad, pues, en vela, y perseverad aún en seguir a vuestro Señor, aun fuera del real, llevando su vituperio; el clamor que se ha levantado últimamente ha despertado al diablo y a sus siervos; comienzan a enfurecerse horriblemente; y bien pueden hacerlo, porque espero que su reino esté en peligro. Velad, pues, porque si no estamos siempre en guardia, un tiempo de prueba puede sorprendernos desprevenidos; y en lugar de confesar a nuestro Maestro, podríamos ser tentados, como Pedro, a negarlo. Poned a menudo delante de vosotros la muerte y la eternidad. Poned los ojos en Jesús, el autor y consumador de vuestra fe, y considerad cuán poco tiempo falta para que venga a juzgar; y entonces nuestro oprobio será quitado; los acusadores nuestros y de nuestros hermanos serán derribados, y todos nosotros moraremos en el cielo para siempre con nuestro amado Señor Jesús.

Por último, lo que a vosotros digo, a todos lo digo: velad; altos y bajos, ricos y pobres, jóvenes y viejos, unos y otros, os ruego por las misericordias de Jesús que estéis en guardia: huid, huid a Jesucristo, ese Esposo celestial; he aquí, él desea tomaros consigo, miserables, pobres, ciegos y desnudos como estáis; está dispuesto a vestiros con su justicia eterna y a haceros partícipes de aquella gloria que tuvo con el Padre antes que el mundo fuese. No me hagáis oídos sordos; no rechacéis el mensaje a causa de la pequeñez del mensajero. Soy un niño; pero el Señor me ha escogido para que toda la gloria sea suya. Si hubiera enviado a invitaros por medio de un rabino docto, quizá habríais sido tentados a pensar que el hombre había hecho algo; pero ahora Dios ha enviado a un niño, para que se vea que la excelencia del poder no es del hombre, sino de Dios. Que los fariseos doctos desprecien, pues, mi juventud: no me importa cuán vil parezca a los ojos de tales hombres; me glorío en ello. Y estoy persuadido de que, si alguno de vosotros fuera desposado con Cristo por esta predicación, no tendréis motivo para arrepentiros, cuando lleguéis al cielo, de que Dios enviara a un niño a clamar: «¡He aquí, el esposo viene!» ¡Oh, hermanos míos, el pensamiento de ser instrumento para llevar a uno solo de vosotros a la gloria me llena de nuevo celo! Una vez más os suplico: «Velad, velad y orad»; porque el Señor Jesús recibirá a todos los que lo invocan con fidelidad. Que ese clamor, «He aquí, el esposo viene», resuene continuamente en vuestros oídos; y comenzad ahora a vivir como si tuvierais la certeza de que esta misma noche habéis de «salir a recibirle». Podría decir más, pero los otros asuntos y deberes del día me obligan a detenerme. Que el Señor os dé a todos un oído que oiga y un corazón obediente, y os una tan estrechamente a sí mismo por un solo Espíritu que, cuando venga en terrible majestad a juzgar a la humanidad, seáis hallados con el vestido de boda puesto y preparados para entrar con él a las bodas.

¡Concédelo, oh Señor, por amor de tu amado Hijo!

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