Capítulo 24 · 40 min de lectura · 52 min de escucha
¿Qué pensáis de Cristo?
Mateo 22:42 — «¿Qué pensáis de Cristo?»
Cuando agradó al eterno Hijo de Dios poner su tabernáculo entre nosotros y predicar las buenas nuevas de salvación a un mundo caído, diferentes partidos tuvieron diferentes opiniones acerca de él. En cuanto a su persona, unos decían que era Moisés; otros, que era Elías, Jeremías o alguno de los antiguos profetas; pocos reconocían que era lo que realmente era: Dios bendito por los siglos. Y en cuanto a su doctrina, aunque el pueblo común, libre de prejuicios, estaba persuadido de la tendencia celestial de su andar haciendo bienes, y en general le oía de buena gana y decía que era un hombre bueno, sin embargo, los gobernantes y maestros de la iglesia judía, envidiosos, de mente mundana y justos en su propia opinión, dolidos por su éxito, por un lado, e incapaces (por no haber sido nunca enseñados por Dios) de entender la pureza de su doctrina, por otro, a pesar de que nuestro Señor hablaba como nunca hombre alguno habló, e hizo milagros tales que nadie podía hacer si Dios no estaba con él, no solo estaban tan ofuscados que decían que engañaba al pueblo, sino que fueron tan blasfemos que afirmaron que estaba aliado con el mismo diablo y que echaba fuera los demonios por Beelzebú, príncipe de los demonios. Más aún, los propios hermanos y parientes de nuestro Señor según la carne estaban tan cegados por los prejuicios y la incredulidad que cierto día, cuando salió a enseñar a las multitudes en los campos, enviaron a prenderlo, alegando como razón de su conducta «que estaba fuera de sí».
Así fue juzgado por el juicio de los hombres el Rey y Señor de gloria cuando se manifestó en carne: lejos esté de cualquiera de sus ministros esperar mejor trato. No; si venimos en el espíritu y el poder de nuestro Maestro, en esto, como en toda otra parte de sus padecimientos, debemos seguir sus pisadas. Los mismos oprobios que se arrojaron sobre él serán arrojados también sobre nosotros. Los que recibieron a nuestro Señor y su doctrina nos recibirán y nos oirán por amor de su nombre. Los pobres, bendito sea Dios, como lo atestigua abundantemente nuestra presente reunión, reciben el evangelio, y el pueblo común nos oye de buena gana; mientras que los que están sentados en la cátedra de Moisés y gustan de andar con ropas largas, ignorando la justicia que es de Dios por la fe en Cristo Jesús, y no habiendo sentido nunca el poder de Dios en sus corazones, clamarán continuamente contra nosotros como locos, engañadores del pueblo, y como si obráramos bajo la influencia de espíritus malignos.
Pero es indigno del nombre de ministro del evangelio de paz el que no está dispuesto, no solo a que su nombre sea desechado como malo, sino también a morir por las verdades del Señor Jesús. Es propio de asalariados y falsos profetas, a quienes no les importan las ovejas, que todos los hombres hablen bien de ellos. «Bienaventurados sois (dice nuestro Señor a sus primeros apóstoles, y en ellos a todos los ministros que les han sucedido) cuando los hombres digan de vosotros toda clase de mal, mintiendo, por causa de mi nombre». Y en verdad es imposible que no vengan tales escándalos; porque los hombres siempre juzgarán a los demás según los principios por los que ellos mismos obran. Y si no se cuidan de obedecer las doctrinas que predicamos, por fuerza, en defensa propia, han de hablar contra los predicadores, no sea que se les haga aquella pregunta que los fariseos de antaño temían que se les devolviera si confesaban que Juan era profeta: «¿Por qué, pues, no le creísteis?». En todos estos casos no tenemos más que hacer que escudriñar nuestros propios corazones, y si podemos asegurar a nuestras conciencias, delante de Dios, que obramos con ojo sencillo para su gloria, hemos de seguir alegremente en nuestra obra, sin hacer el menor caso de lo que hombres o demonios puedan decir contra nosotros o hacernos.
Pero volvamos. Habéis oído los diversos pensamientos que hubo acerca de Jesucristo mientras estuvo aquí en la tierra; y no es tratado de otro modo ni aun ahora que ha sido exaltado para sentarse a la diestra de su Padre en el cielo. Un extraño al cristianismo, si oyera que todos profesamos tener un solo Señor, deduciría naturalmente que todos pensamos y decimos una y la misma cosa acerca de él. Pero ¡ay!, para vergüenza nuestra sea dicho, aunque Cristo no está dividido en sí mismo, los que profesan su nombre están tristemente divididos en sus pensamientos acerca de él; y no solo en cuanto a las circunstancias de su religión, sino también en cuanto a aquellas verdades esenciales que necesariamente debemos creer y recibir si alguna vez esperamos ser herederos de la salvación eterna.
Hay entre nosotros algunos, y temo que una multitud que nadie puede contar fácilmente, que se llaman cristianos y, sin embargo, rara vez o nunca piensan seriamente en Jesucristo. Pueden pensar en sus tiendas y en sus granjas, en sus comedias, sus bailes, sus tertulias y sus carreras de caballos (entretenimientos que tienden directamente a desterrar la religión del mundo); pero en cuanto a Cristo, el autor y consumador de la fe, el Señor que ha comprado a los pobres pecadores con su preciosa sangre, y que es lo único en que vale la pena pensar, ¡ay!, no está en ninguno de sus pensamientos, o a lo sumo en muy pocos. Pero creedme, oh vosotros, profesantes terrenales, sensuales, de mente carnal: por poco que penséis ahora en Cristo, o por mucho empeño que pongáis en mantenerlo fuera de vuestros pensamientos persiguiendo la concupiscencia de los ojos, la concupiscencia de la carne y la soberbia de la vida, viene un tiempo en que desearéis haber pensado más en Cristo, y menos en vuestras ganancias y placeres. Porque los alegres, los refinados y también los ricos han de morir como los demás, y dejar tras de sí sus pompas y vanidades y todas sus riquezas. Y ¡oh!, ¿qué pensamientos tendréis acerca de Jesucristo en aquella hora?
Pero no debo proseguir estas reflexiones: me apartarían demasiado del propósito principal de este discurso, que es mostrar lo que deben pensar acerca de Jesucristo los que de veras desean saber cómo adorar a Dios en espíritu y en verdad; Jesucristo, a quien Dios ha enviado para ser el fin de la ley para justicia a todos los que crean.
Confío, hermanos míos, en que sois demasiado nobles para tenerme por demasiado estricto o escrupuloso por intentar así regular vuestros pensamientos acerca de Jesucristo: porque por nuestros pensamientos, así como por nuestras palabras y acciones, hemos de ser juzgados en el gran día. Y en vano esperamos creer en Cristo o adorarlo como es debido, a menos que nuestros principios, sobre los cuales se fundan nuestra fe y nuestra práctica, concuerden con la forma de las sanas palabras que se nos ha entregado en las Escrituras de verdad.
Además, muchos engañadores han salido por el mundo. En la mayoría de nuestras iglesias se predica la mera moral pagana, y no a Jesucristo. ¿Y cómo pensará rectamente la gente acerca de Cristo, de quien apenas ha oído hablar? Soportadme, pues, un poco, mientras, para instruir vuestras conciencias, os hago algunas preguntas acerca de Jesucristo. Porque no hay otro nombre dado debajo del cielo en que podamos ser salvos sino el suyo.
Primero, ¿qué pensáis de la persona de Cristo? «¿De quién es Hijo?». Esta es la pregunta que nuestro Señor hizo a los fariseos en las palabras que siguen al texto; y nunca fue más necesario repetirla que en estos últimos días. Porque muchos que llevan el nombre de Cristo, y temo que muchos que pretenden predicarlo, han avanzado tanto en la cátedra de la blasfemia que niegan abiertamente que él sea real, verdadera y propiamente Dios. Pero nadie que haya sido jamás partícipe de su Espíritu hablará de él con tanta ligereza. No; si se les pregunta, como a Pedro y a sus hermanos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», responderán sin vacilar: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios siempre viviente». Porque la confesión de la divinidad de nuestro Señor es la roca sobre la que él edifica su iglesia. Si fuera posible quitarla, las puertas del infierno prevalecerían pronto contra ella. Hermanos míos, si Jesucristo no es Dios verdadero de Dios verdadero, nunca volvería a predicar el evangelio de Cristo. Porque no sería evangelio; sería solo un sistema de ética moral. Séneca, Cicerón o cualquiera de los filósofos gentiles serían tan buen Salvador como Jesús de Nazaret. Es la divinidad de nuestro Señor la que da valor a su muerte y hace de él un sumo sacerdote tal como nos convenía, uno que por los méritos infinitos de sus padecimientos pudo ofrecer un sacrificio, satisfacción y oblación plenos, perfectos y suficientes a la justicia infinitamente ofendida. Y cualquier ministro de la Iglesia de Inglaterra que se sirve de sus formularios y come de su pan, y sin embargo no sostiene esta doctrina (como temo que muchos de esos se han infiltrado entre nosotros), pertenece únicamente a la sinagoga de Satanás. No es hijo ni ministro de Dios; no: es un lobo con vestido de oveja; es hijo y ministro de aquel maligno, el diablo.
Muchos pensarán que estas son palabras duras; pero no creo que sea falta de caridad afirmar que un arriano o un sociniano no puede ser cristiano. El uno quisiera hacernos creer que Jesucristo es solo un Dios creado, lo cual es una contradicción en sí misma; y el otro quisiera que lo consideráramos solo como un hombre bueno; y en lugar de reconocer que su muerte fue una expiación por los pecados del mundo, quisiera persuadirnos de que Cristo murió solo para sellar con su sangre la verdad de su doctrina. Pero si Jesucristo no es más que un mero hombre, si no es verdaderamente Dios, fue el pecador más vil que jamás apareció en el mundo. Porque aceptó adoración divina del hombre que había nacido ciego, como leemos en Juan 9:38: «Y él dijo: Señor, creo. Y le adoró». Además, si Cristo no es propiamente Dios, nuestra fe es vana, aún estamos en nuestros pecados: porque ningún ser creado, aunque fuera del orden más alto, podría merecer cosa alguna de manos de Dios; fue la divinidad de nuestro Señor lo único que le capacitó para quitar los pecados del mundo; y por eso oímos a san Juan declarar con tanta firmeza que «el Verbo (Jesucristo) no solo era con Dios, sino que era Dios». Por la misma razón dice san Pablo «que era en forma de Dios: que en él habitaba toda la plenitud de la Deidad corporalmente». Más aún, Jesucristo asumió el título que Dios se dio a sí mismo cuando envió a Moisés a librar a su pueblo Israel: «Antes que Abraham fuese, YO SOY». Y otra vez: «Yo y mi Padre uno somos». Palabras estas últimas que, aunque nuestros incrédulos modernos quisieran eludir y torcer, como hacen con las otras Escrituras, para su propia perdición, es evidente sin embargo que los judíos entendieron que nuestro Señor, al hablar así, se hacía igual a Dios; si no, ¿por qué lo apedrearon como blasfemo? Y ahora, ¿por qué habría de tenerse por falta de caridad afirmar que los que niegan la divinidad de Jesucristo, en el sentido más estricto de la palabra, no pueden ser cristianos? Porque son mayores incrédulos que los mismos demonios, que confesaron saber quién era él, «el Santo de Dios». Ellos no solo creen, sino que, cosa que no hacen los incrédulos de esta generación, tiemblan. Y si fuera posible que los grandes heresiarcas fueran liberados de sus prisiones de oscuridad, bajo las cuales (a menos que cambiaran de principios antes de morir) están ahora reservados para el juicio del gran día, estoy persuadido de que nos contarían cómo el infierno los había convencido de la divinidad de Jesucristo, y que aconsejarían a sus seguidores aborrecer sus principios, no sea que vinieran ellos también a aquel lugar y así aumentaran los tormentos unos de otros.
Pero, en segundo lugar, ¿qué pensáis de la humanidad o encarnación de Jesucristo? Porque Cristo no era solo Dios, sino que era Dios y hombre en una sola persona. Así dicen el texto y el contexto: «Y estando juntos los fariseos, Jesús les preguntó, diciendo: ¿Qué pensáis de Cristo? ¿De quién es Hijo? Le dijeron: De David. ¿Pues cómo, dice nuestro divino Maestro, David en Espíritu le llama Señor?». De este pasaje se desprende con evidencia que no pensamos rectamente acerca de la persona de Jesucristo a menos que lo creamos perfecto Dios y perfecto hombre, de alma racional y carne humana subsistente.
Porque por esta razón se le llama Cristo, o el Ungido, el cual, por su propio ofrecimiento voluntario, fue apartado por el Padre, y fortalecido y capacitado por la unción o comunicación del Espíritu Santo, para ser mediador entre él y el hombre ofensor.
La razón por la que el Hijo de Dios tomó sobre sí nuestra naturaleza fue la caída de nuestros primeros padres. Espero que no haya aquí presente nadie tan ateo que piense que el hombre se hizo a sí mismo; no, Dios es el que nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos. Y de buena gana pensaría que nadie es tan blasfemo que suponga que, si Dios nos hizo, nos hizo tales criaturas como ahora nos hallamos. Porque esto sería desmentir la palabra de Dios, que nos dice que «a imagen de Dios (no a la imagen que ahora llevamos en nuestras almas) hizo al hombre». Así como Dios hizo al hombre, así lo hizo perfecto. Lo puso en el huerto del Edén y se dignó entrar en un pacto con él, prometiéndole la vida eterna con la condición de una obediencia sin pecado, y amenazándole con la muerte eterna si quebrantaba su ley y comía del fruto prohibido.
El hombre comió; y, obrando en esto como representante nuestro, se envolvió con ello a sí mismo y a nosotros en aquella maldición que Dios, el justo Juez, había dicho que sería la consecuencia de su desobediencia. Pero aquí comienza aquel misterio de la piedad: Dios manifestado en carne. Porque (¡cantad, oh cielos, y alégrate, oh tierra!) el Padre eterno, previendo cómo Satanás heriría el calcañar del hombre, había provisto en su eterno consejo un medio por el cual pudiera herir la cabeza de aquella serpiente maldita. Se permite que el hombre caiga y quede sujeto a la muerte; pero Jesús, el unigénito Hijo de Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, se ofrece a morir para hacer expiación por su transgresión y para cumplir toda justicia en su lugar. Y como le era imposible hacer esto en cuanto Dios, y sin embargo, puesto que el hombre había ofendido, era necesario que se hiciera en la persona de un hombre, antes que dejarnos perecer, este Dios eterno, este Príncipe de paz, este Anciano de días, en el cumplimiento del tiempo, tuvo un cuerpo preparado para él por el Espíritu Santo, y se hizo niño. En este cuerpo rindió una obediencia completa a la ley de Dios, por la cual, en lugar nuestro, cumplió el pacto de obras, y por último se sujetó a la muerte, y muerte de cruz; para que como Dios pudiera satisfacer, como hombre pudiera obedecer y padecer; y siendo Dios y hombre en una sola persona, pudiera procurar una vez más la unión entre Dios y nuestras almas.
Y ahora, ¿qué pensáis de este amor de Cristo? ¿No os parece que fue maravillosamente grande? Sobre todo si consideráis que éramos enemigos acérrimos de Cristo, y que él habría sido infinitamente feliz en sí mismo aunque nosotros hubiéramos perecido para siempre. Penséis lo que penséis de ello, sé que los benditos ángeles, que no están tan interesados en este misterio de la piedad como nosotros, lo tienen en altísima estima. Ellos desean, y desearán, mirar en él y admirarlo por toda la eternidad. ¿Por qué, por qué, oh pecadores, no queréis pensar en este amor de Cristo? Ciertamente ha de derretir el corazón más endurecido. Mientras hablo, el pensamiento de este amor infinito y condescendiente inflama y enardece mi alma. Podría detenerme en él para siempre. Pero os conviene que os haga otra pregunta acerca de Jesucristo.
En tercer lugar, ¿qué pensáis acerca de ser justificados por Cristo? Creo que puedo responder por algunos de vosotros; porque muchos, me temo, piensan ser justificados, o tenidos por justos a los ojos de Dios, sin Jesucristo. Pero los tales se hallarán terriblemente equivocados; porque fuera de Cristo, «Dios es fuego consumidor». Otros se contentan con creer que Cristo era Dios y hombre, y que vino al mundo a salvar a los pecadores en general; cuando su principal preocupación debería ser cómo pueden estar seguros de que Jesucristo vino al mundo a salvarlos a ellos en particular. «Lo que ahora vivo en la carne (dice el apóstol), lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí». Observad: por mí: es esta aplicación inmediata de Jesucristo a nuestros propios corazones; y que solo pueden ser justificados a los ojos de Dios en él o por medio de él: pero luego hacen de él un salvador solo en parte. Son partidarios de hacer lo que puedan por sí mismos, y luego Jesucristo ha de suplir las deficiencias de su justicia. Esta es la suma y sustancia de nuestra teología moderna. Y si me fuera posible conocer los pensamientos de la mayoría de los que hoy me oyen, creo que me dirían que este era el plan que se habían trazado, y del que quizá dependían desde hacía algunos años, para su salvación eterna. ¿No es, pues, hora ya, hermanos míos, de que tengáis pensamientos muy diferentes acerca de la justificación por Jesucristo? Porque si pensáis así, estáis en el caso de aquellos desdichados judíos que procuraban establecer su propia justicia, y no quisieron sujetarse a la justicia que es de Dios por la fe en Cristo Jesús, Señor nuestro, y en consecuencia la perdieron. ¿Qué pensáis, pues, si os digo que habéis de ser justificados gratuitamente por la fe en Jesucristo, sin consideración alguna a ninguna obra o idoneidad prevista en nosotros? Porque la salvación es el don gratuito de Dios. No conozco en el hombre otra idoneidad que la de ser arrojado al lago de fuego y azufre para siempre. Nuestras justicias, a los ojos de Dios, no son más que trapos de inmundicia; él no puede soportarlas. Nuestra santidad, si alguna tenemos, no es la causa, sino el efecto de nuestra justificación a los ojos de Dios. «Amamos a Dios, porque él nos amó primero». No debemos venir a Dios como vino el fariseo orgulloso, trayendo, por así decirlo, una cuenta de nuestros servicios; hemos de venir con el ánimo y el lenguaje del pobre publicano, golpeándonos el pecho y diciendo: «Dios, sé propicio a mí, pecador»; porque Jesucristo nos justifica siendo aún impíos. No vino a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento. Solo los pobres en espíritu, los que están dispuestos a salir de sí mismos y descansar enteramente en la justicia de otro, son tan bienaventurados que llegan a ser miembros de su reino. La justicia, la entera justicia de Jesucristo, nos ha de ser imputada en lugar de la nuestra: «porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia; y a todos los que anduvieren conforme a esta regla, paz sobre ellos»; porque ellos, y solo ellos, son el verdadero Israel de Dios. En la gran obra de la redención del hombre, la jactancia queda enteramente excluida; lo cual no podría ser si una sola de nuestras obras hubiera de unirse a los méritos de Cristo. Nuestra salvación es toda de Dios, desde el principio hasta el fin; no es por obras, para que nadie se gloríe; el hombre no tiene parte en ella: es Cristo quien nos ha de ser hecho por Dios Padre sabiduría, justicia, santificación y redención eterna. Su obediencia activa, así como su obediencia pasiva, ha de aplicarse a los pobres pecadores. Él ha cumplido toda justicia en lugar nuestro, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él. Todo lo que tenemos que hacer es asirnos de esta justicia por la fe; y en el mismo momento en que la aprehendemos por una fe viva, en ese mismo momento podemos estar seguros de que la sangre de Jesucristo nos ha limpiado de todo pecado. «Porque para nosotros es la promesa, y para nuestros hijos, y para cuantos el Señor nuestro Dios llamare». Si nosotros y todas nuestras casas creemos, seremos salvos igual que el carcelero y su casa; porque la justicia de Jesucristo es una justicia eterna, además de perfecta. Es tan eficaz ahora para todos los que creen en él como lo fue antes; y así será hasta que el tiempo no sea más. Escudriñad las Escrituras, como hicieron los de Berea, y ved si estas cosas no son así. Escudriñad las epístolas de san Pablo a los romanos y a los gálatas, y allí hallaréis esta doctrina enseñada tan claramente que, a menos que tengáis ojos y no veáis, el que corre puede leerla. Escudriñad el Artículo Undécimo de nuestra Iglesia: «Somos tenidos por justos delante de Dios solo por los méritos de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, por la fe, y no por nuestras propias obras o merecimientos».
Esta doctrina de nuestra justificación gratuita por la fe en Cristo Jesús, por mucho que la censuren y hablen mal de ella nuestros actuales maestros de Israel, fue altamente estimada por nuestros sabios antepasados; porque en las palabras que siguen en dicho artículo se la llama una doctrina muy saludable, y muy llena de consuelo; y así lo es para todos los que están trabajados y cargados, y de veras desean hallar descanso en Jesucristo.
Esto es evangelio, estas son nuevas de gran gozo para todos los que se sienten pobres, perdidos, arruinados, pecadores condenados. «Oh, todos los sedientos, venid a las aguas de la vida, y bebed gratuitamente; venid, comprad sin dinero y sin precio». He aquí un manantial abierto en el costado de vuestro Salvador, para el pecado y para toda inmundicia. «Mirad a aquel a quien traspasasteis»; miradlo por la fe, y de cierto seréis salvos, aunque hayáis venido aquí solo para burlaros y blasfemar, y nunca antes hayáis pensado en Dios ni en Cristo.
No es que debáis pensar que Dios os salvará porque tenéis fe, o a causa de vuestra fe; porque la fe es una obra, y entonces seríais justificados por vuestras obras; sino que, cuando os digo que hemos de ser justificados por la fe, quiero decir que la fe es el instrumento por el cual el pecador aplica, o hace suya en su corazón, la redención de Jesucristo. Y aquel a quien Dios da una fe así (porque es don gratuito de Dios) puede levantar la cabeza con confianza; no necesita temer; es hijo espiritual de nuestro David espiritual; ha pasado de muerte a vida, y nunca vendrá a condenación. Este es el evangelio que predicamos. Si algún hombre o ángel predica otro evangelio que este de nuestra justificación gratuita por la fe en Cristo Jesús, tenemos la autoridad del mayor de los apóstoles para declararlo anatema.
Y ahora, hermanos míos, ¿qué pensáis de esta locura de la predicación? A vosotros, que habéis gustado la buena palabra de vida y habéis sido iluminados para ver las riquezas de la gracia gratuita de Dios en Cristo Jesús, estoy persuadido de que os es preciosa y de que ha destilado como el rocío en vuestras almas. ¡Y ojalá todos sintieran lo mismo! Pero me temo que muchos están dispuestos a irse contradiciendo y blasfemando. Decidme, ¿no hay muchos de vosotros que dicen para sí: «Esta es una doctrina licenciosa; este predicador abre una puerta que alienta al pecado»? Pero esto no me sorprende en absoluto: es una objeción rancia y anticuada, tan vieja como la doctrina misma de la justificación; y (lo cual, dicho sea de paso, no honra mucho a quienes la esgrimen hoy) la hizo un incrédulo. San Pablo, en su epístola a los Romanos, después de haber probado de manera concluyente, en los cinco primeros capítulos, la doctrina de la justificación solo por la fe, en el sexto introduce a un incrédulo que dice: «¿Perseveraremos, pues, en pecado para que la gracia crezca?». Pero así como él rechazó semejante consecuencia con un «¡En ninguna manera!», así la rechazo yo; porque la fe que predicamos no es una fe muerta y especulativa, un asentir a cosas creíbles en cuanto creíbles, como suele definirse; no es una fe de la cabeza solamente, sino una fe del corazón. Es un principio vivo obrado en el alma por el Espíritu del Dios que vive para siempre, que convence al pecador de su condición perdida y arruinada por naturaleza; que lo capacita para apropiarse y asirse de la perfecta justicia de Jesucristo, que se le ofrece gratuitamente en el evangelio; y que lo mueve continuamente, por un principio de amor y gratitud, a mostrar esa fe abundando en toda buena palabra y obra. Esta es la suma y sustancia de la doctrina que se ha expuesto. Y si esta es una doctrina licenciosa, juzgadlo vosotros. No, hermanos míos, esto no es destruir las buenas obras, sino enseñaros a hacerlas desde el principio debido. Pues, para usar las palabras de nuestra Iglesia en otro de sus Artículos: «Las obras hechas antes de la gracia de Cristo y de la inspiración del Espíritu no son agradables a Dios, por cuanto no nacen de la fe en Jesucristo; antes bien, por no estar hechas como Dios ha querido y mandado que se hagan, no dudamos que tienen naturaleza de pecado». De modo que quienes os mandan hacer, y luego vivir, son tan sabios como los que quisieran persuadiros a edificar una casa hermosa y magnífica sin echar cimiento.
Es verdad que la doctrina de nuestra justificación gratuita por la fe en Cristo Jesús, como otras verdades del evangelio, puede ser y será torcida por hombres de entendimiento corrupto, réprobos en cuanto a la fe; pero los que reciben la verdad de Dios con amor a ella mostrarán siempre su fe por sus obras. Por esta razón San Pablo, después de haber dicho a los efesios que «por gracia eran salvos por la fe; no por obras, para que nadie se gloríe», añade enseguida: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras». Y en su epístola a Tito, tras indicarle que dijera al pueblo que era justificado por gracia, agrega inmediatamente, en el capítulo 3, versículo 8: «Quiero que afirmes constantemente que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras». Conforme a esto, se nos dice en nuestro Artículo duodécimo: «Que aunque las buenas obras, que son los frutos de la fe y siguen a la justificación, no pueden quitar nuestros pecados ni soportar la severidad del juicio de Dios, son, sin embargo, agradables y aceptas a Dios en Cristo, y brotan necesariamente de una fe verdadera y viva; de tal manera que por ellas puede conocerse una fe viva tan claramente como se discierne un árbol por su fruto».
¡Qué no daría yo porque este Artículo fuera debidamente entendido y predicado por todos los que lo han suscrito! El arca del Señor no sería entonces arrojada al desierto, ni tantas personas se apartarían de la Iglesia de Inglaterra. Porque estoy plenamente persuadido de que, no tanto por causa de ritos y ceremonias como por no predicar nosotros la verdad tal como es en Jesús, tantos se han visto obligados a ir a buscar alimento en otra parte. Si nosotros no nos apartáramos de nuestras doctrinas establecidas, pocos, relativamente hablando, se apartarían de la Iglesia establecida. Dondequiera que se predica a Cristo, sea en una iglesia o en un campo comunal, los disidentes de todas las denominaciones han acudido, y acuden, con toda libertad. Pero si nuestro clero quiere predicar solo la ley, y no muestra el camino de salvación por la fe en Cristo, me temo que en el día del juicio la acusación de cisma recaerá principalmente sobre ellos. Las verdaderas ovejas de Cristo conocen la voz de los verdaderos pastores de Cristo, y a los extraños no los oirán.
Observad, mis queridos hermanos, las palabras del Artículo: «Las buenas obras son los frutos de la fe y siguen a la justificación». ¿Cómo pueden entonces precederla, o ser de algún modo su causa? Nuestras personas han de ser justificadas antes que nuestras obras puedan ser aceptadas. Dios miró con agrado a Abel antes de mirar con agrado su ofrenda; y por tanto, la justicia de Jesucristo ha de sernos imputada gratuitamente, y hemos de asirla por la fe, antes que podamos ofrecer a Dios un sacrificio acepto: porque fuera de Cristo, como insinué antes, Dios es fuego consumidor; y todo lo que no es de fe en Cristo es pecado.
Que la gente entienda mal la doctrina de la justificación gratuita se debe en parte, creo yo, a que no considera debidamente las diferentes personas a quienes San Pablo y Santiago escribieron sus epístolas, ni tampoco la diferente clase de justificación de que trata cada uno. El primero afirma, línea sobre línea y argumento sobre argumento, «que somos justificados solo por la fe»; el segundo plantea esta pregunta: «¿No fue justificado por las obras Abraham?». De ahí que muchos, sin considerar las distintas miras de estos santos varones ni las diferentes personas a quienes escribían, hayan mezclado y unido la fe y las obras para justificarnos a los ojos de Dios. Pero este es un error capital; porque San Pablo escribía a los prosélitos judíos, que buscaban la justicia por las obras, no solo de la ley ceremonial, sino de la ley moral. En contraposición a eso, les dice que habían de buscar la justificación delante de Dios únicamente en la perfecta justicia de Jesucristo asida por la fe. Santiago tenía que tratar con otra clase de gente: los que abusaban de las doctrinas de la justificación gratuita y pensaban que serían salvos (como piensan hoy muchos entre nosotros) con solo profesar que creían en Jesucristo. A estos procura sabiamente el santo apóstol convencer de que semejante fe no era sino una fe muerta y falsa; y que, por tanto, a todos los que quisieran ser bendecidos con el creyente Abraham les convenía mostrar su fe por sus obras, como él lo hizo. «¿No fue justificado por las obras Abraham?» ¿No demostró que su fe era una verdadera fe justificadora, por cuanto producía buenas obras? De donde se ve claro que Santiago habla de una justificación declarativa delante de los hombres: muéstrame, demuéstrame, pruébame por tus obras que tienes una fe verdadera. Mientras que San Pablo habla solo de nuestra justificación a los ojos de Dios; y así prueba que Abraham, como también nosotros hemos de serlo, fue justificado antes de que se diera a los judíos la ley moral o la ceremonial, pues escrito está: «Creyó Abraham al Señor, y le fue contado por justicia».
Tomad la sustancia de lo dicho sobre este punto en las pocas palabras siguientes. Todo hombre que se salva es justificado de tres maneras: Primero, meritoriamente, por la muerte de Jesucristo: «Es solo la sangre de Jesucristo la que nos limpia de todo pecado». Segundo, instrumentalmente, por la fe; la fe es el medio o instrumento por el cual los méritos de Jesucristo se aplican al corazón del pecador: «Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús». Tercero, somos justificados declarativamente, es decir, por las buenas obras; las buenas obras declaran y prueban al mundo que nuestra fe es una verdadera fe salvadora. «¿No fue justificado por las obras Abraham?» Y otra vez: «Muéstrame tu fe por tus obras».
No estará de más ilustrar esta doctrina con uno o dos ejemplos. Supongo que nadie pretenderá decir que hubiera aptitud alguna para la salvación en Zaqueo el publicano cuando vino a ver a Jesús movido por un principio no mejor que el que quizá trae a millares a oírme predicar; me refiero a la curiosidad. Pero Jesucristo se le anticipó y lo llamó por su gracia gratuita, y dulce, aunque irresistiblemente, lo inclinó a obedecer ese llamamiento; como pido a Dios que obre así en todos vosotros que venís solo a ver quién es el predicador. Zaqueo recibió gozoso a nuestro Señor en su casa, y al mismo tiempo lo recibió por la fe en su corazón; Zaqueo fue entonces justificado gratuitamente a los ojos de Dios. ¡Pero mirad los frutos inmediatos de esa justificación! Se pone en pie en medio de todos y, así como antes había creído con el corazón, ahora hace confesión con la boca para salvación: «He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado». Y así sucederá contigo, oh creyente, tan pronto como el amado Hijo de Dios sea revelado en ti por una fe viva: no tendrás reposo en tu espíritu hasta que, por amor y gratitud por lo que Dios ha hecho por tu alma, muestres tu fe por tus obras.
Asimismo, supongo que todos concederán que no había aptitud alguna para la salvación en Saulo el perseguidor; no más que la que hay en esos fanáticos perseguidores de estos últimos días, que ya respiran amenazas y, si estuviera en su poder, respirarían también muerte contra los discípulos del Señor.
Ahora bien, sabemos que nuestro Señor se le anticipó gratuitamente con su gracia (¡y ojalá llamara así eficazmente a los perseguidores de esta generación!) y con una luz del cielo lo derribó por tierra. Al mismo tiempo, por su Espíritu, le traspasó el corazón, lo convenció de pecado y le hizo exclamar: «¿Quién eres, Señor?». Cristo responde: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues». Entonces le fue dada la fe en un instante, y he aquí que al punto Saulo exclama: «Señor, ¿qué quieres que yo haga?». Y así lo hará toda pobre alma que cree en el Señor Jesús de todo corazón. Siempre estará preguntando: Señor, ¿qué haré por ti? Señor, ¿qué quieres que yo haga? No para justificarse a sí misma, sino solo para dar prueba de la sinceridad de su amor y gratitud a su misericordiosísimo Sumo Sacerdote, por haberla arrebatado del fuego como un tizón.
Quizá muchas personas que se tienen por justas entre vosotros se lisonjeen de no ser tan malas como lo fueron Zaqueo o Saulo, y de que, por consiguiente, hay en ellas mayor aptitud para la salvación que en aquellos. Pero si así pensáis, en verdad tenéis de vosotros mismos más alto concepto que el que debéis tener: porque por naturaleza todos somos iguales, todos igualmente destituidos de la gloria de Dios, todos igualmente muertos en delitos y pecados; y se requiere ejercer el mismo poder todopoderoso para convertir a cualquiera de las personas más sobrias, bondadosas y morales aquí presentes que el que se ejerció para convertir al publicano Zaqueo o a aquel notorio perseguidor Saulo. Y si os fuera posible subir al más alto cielo e interrogar a los espíritus de los justos hechos perfectos, estoy persuadido de que os dirían que esta doctrina es de Dios. Pero tenemos la palabra profética más segura, a la cual hacemos bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro. Hermanos míos, cerca de vosotros está la palabra; escudriñad las Escrituras; rogad a Dios que os haga dispuestos a ser salvos en este día de su poder; porque no es carne ni sangre, sino el Espíritu de Jesucristo, lo único que puede revelaros estas cosas.
Cuarto y último: ¿qué pensáis de que Jesucristo sea formado en vosotros? Porque a los que Cristo justifica, a esos también santifica. Aunque nos halla sin santidad, no nos deja sin ella. Del verdadero cristiano no puede decirse con tanta propiedad que vive él, como que Jesucristo vive en él. Porque solo los que son guiados por el Espíritu de Cristo son los verdaderos hijos de Dios.
Como os dije antes, así os lo repito: la fe que predicamos no es una fe muerta, sino una fe viva y activa obrada en el alma, que produce un cambio completo en todo el hombre por el poder del Espíritu Santo; y a menos que Cristo esté así en vosotros, aunque seáis ortodoxos en cuanto a los principios ya expuestos, aunque tengáis buenos deseos y asistáis constantemente a los medios de gracia, con todo, en opinión de San Pablo, estáis fuera del estado de salvación. «¿No sabéis (dice ese apóstol a los corintios, una iglesia más famosa por sus dones que ninguna otra bajo el cielo) que Cristo está en vosotros (por su Espíritu), si ya no sois reprobados?»
Porque Cristo vino a salvarnos no solo de la culpa, sino del poder de nuestros pecados; y mientras no haya hecho esto, por mucho que sea Salvador de otros, no podemos tener la seguridad de una esperanza bien fundada de que nos ha salvado a nosotros; porque es recibiendo su bendito Espíritu en nuestros corazones, y sintiéndolo dar testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, como podemos tener certeza de haber sido sellados para el día de la redención.
Grande es este misterio; mas yo hablo de Cristo y del nuevo nacimiento. No os maravilléis de que os pregunte qué pensáis de que Cristo sea formado en vosotros. Porque, o Dios ha de cambiar su naturaleza, o nosotros la nuestra. Pues así como en Adán todos hemos muerto espiritualmente, así todos los que son salvos eficazmente por Cristo han de ser vivificados espiritualmente en Cristo. El único fin de su morir y resucitar, y de interceder ahora por nosotros en el cielo, es redimirnos de la miseria de nuestra naturaleza caída y, por la operación de su bendito Espíritu, hacernos aptos para participar de la herencia celestial con los santos en luz. Solo los que son así transformados por su gracia aquí aparecerán con él en gloria en el más allá.
Examinaos, pues, hermanos míos, si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos; y no penséis que basta decir en vuestro credo: Creo en Jesucristo; muchos lo dicen sin creer, y son réprobos y están todavía en estado de muerte. Tomáis en vano el nombre de Dios cuando lo llamáis Padre, y vuestras oraciones se convierten en pecado, a menos que creáis en Cristo de tal manera que vuestra vida esté escondida con él en Dios, y recibáis de él vida y alimento, como los pámpanos los reciben de la vid.
Sé, en verdad, que los hombres de esta generación niegan que exista tal cosa como sentir a Cristo dentro de sí; pero, ¡ay!, ¡a qué condición tan espantosa nos reducirían tales hombres!: nada menos que al estado de los paganos abandonados que, según nos dice San Pablo, «perdieron toda sensibilidad». El apóstol ora para que los efesios abunden en todo conocimiento y entendimiento espiritual, o, como podría traducirse, sensación espiritual. Y en el oficio de la visitación de los enfermos, el ministro ora para que el Señor haga que el enfermo sepa y sienta que no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en quien y por quien puedan recibir salud y salvación, sino solo el nombre de nuestro Señor Jesús. Porque hay un sentir espiritual, así como uno corporal; y aunque este no se nos comunica de manera sensible, como los objetos exteriores afectan nuestros sentidos, es, sin embargo, tan real como cualquier sensación sensible o visible, y el alma puede sentirlo y discernirlo tan verdaderamente como el cuerpo puede sentir cualquier impresión de fuera. Todos los que han nacido de nuevo de Dios saben que no miento.
¿Qué pensáis, señores? ¿Sintió algo Naamán cuando fue curado de su lepra? ¿Sintió la mujer que salía poder de Jesucristo cuando tocó el borde de su manto y fue sanada de su flujo de sangre? Con igual certeza puedes sentir tú, oh creyente, cuando Jesucristo mora en tu corazón. Pido a Dios que os haga a todos saber y sentir esto antes de que os vayáis de aquí.
¡Oh hermanos míos, mi corazón se ensancha hacia vosotros! Confío en que siento algo de esa presencia escondida, pero poderosa, de Cristo mientras os predico. En verdad es dulce, es sobremanera consoladora. Todo el mal que os deseo a vosotros, que sin causa sois mis enemigos, es que sintierais lo mismo. Creedme: aunque sería un infierno para mi alma volver otra vez a un estado natural, con gusto cambiaría por un poco de tiempo mi condición por la vuestra, para que supierais lo que es tener a Cristo morando por la fe en vuestros corazones. No volváis la espalda; no dejéis que el diablo os arrastre fuera de aquí; no temáis las convicciones; no penséis peor de la doctrina porque se predica fuera de los muros de la iglesia. Nuestro Señor, en los días de su carne, predicó en un monte, en una barca y en un campo; y estoy persuadido de que muchos han sentido aquí su presencia llena de gracia. En verdad, hablamos lo que sabemos. No desechéis el reino de Dios contra vosotros mismos; sed lo bastante sabios para recibir nuestro testimonio. No puedo, no quiero dejaros ir; quedaos un poco, y razonemos juntos. Por poco que estiméis vuestras almas, sé que nuestro Señor les ha dado un valor indecible. Las juzgó dignas de su preciosísima sangre. Os ruego, pues, oh pecadores: reconciliaos con Dios. Espero que no temáis ser aceptos en el Amado. He aquí, él os llama; he aquí, él se os anticipa y os sigue con su misericordia, y ha enviado a sus siervos por los caminos y por los vallados para obligaros a entrar. Recordad, pues, que a tal hora de tal día, en tal año, en este lugar, se os dijo a todos lo que debéis pensar de Jesucristo. Si ahora perecéis, no será por falta de conocimiento: yo estoy limpio de la sangre de todos vosotros. No podéis decir que os he estado predicando condenación; no podéis decir que, como los predicadores legalistas, os he estado exigiendo hacer ladrillos sin paja. No os he mandado que os hagáis santos y luego vengáis a Dios; sino que os he ofrecido la salvación en términos tan baratos como podáis desear. Os he ofrecido toda la sabiduría de Cristo, toda la justicia de Cristo, toda la santificación y la eterna redención de Cristo, con tal que solo creáis en él. Si decís que no podéis creer, decís bien; porque la fe, como toda otra bendición, es don de Dios; pero entonces esperad en Dios, y ¿quién sabe si no tendrá misericordia de ti? ¿Por qué no abrigamos pensamientos más amorosos de Cristo? ¿O pensáis que tendrá misericordia de otros, y no de vosotros? Pero ¿no sois pecadores? ¿Y no vino Jesucristo al mundo para salvar a los pecadores? Si decís que sois los primeros de los pecadores, respondo que eso no será estorbo para vuestra salvación; de veras que no lo será, si os asís de él por la fe. Leed a los evangelistas y ved con cuánta bondad trató a sus discípulos, que huyeron de él y lo negaron: «Id, decid a mis hermanos», dice. No dijo: Id, decid a esos traidores; sino: «Id, decid a mis hermanos en general, y al pobre Pedro en particular, «que he resucitado»; oh, consolad su pobre corazón abatido, decidle que estoy reconciliado con él; decidle que no llore más tan amargamente: porque aunque con juramentos y maldiciones me negó tres veces, yo he muerto por sus pecados, he resucitado para su justificación: se lo perdono todo gratuitamente. Así de lento para la ira y grande en misericordia era nuestro misericordiosísimo Sumo Sacerdote. ¿Y pensáis que ha cambiado de naturaleza y se olvida de los pobres pecadores ahora que está exaltado a la diestra de Dios? No; él es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos, y está sentado allí solo para interceder por nosotros. Venid, pues, rameras; venid, publicanos; venid, vosotros, los más perdidos de los pecadores; venid y creed en Jesucristo. Aunque el mundo entero os desprecie y os eche fuera, él no se desdeñará de recogeros. ¡Oh amor asombroso, oh amor infinitamente condescendiente! Ni aun de vosotros se avergonzará de llamaros hermanos. ¿Cómo escaparéis si tenéis en poco una oferta de salvación tan gloriosa? ¿Qué no darían los espíritus condenados, que están ahora en la prisión del infierno, si Cristo fuera ofrecido tan gratuitamente a sus almas? ¿Y por qué no estamos nosotros alzando los ojos en los tormentos? ¿Se atreve alguno de esta gran multitud a decir que no merece la condenación? Si no, ¿por qué somos dejados nosotros, y otros arrebatados por la muerte? ¿Qué es esto sino una muestra de la gracia gratuita de Dios y una señal de su buena voluntad para con nosotros? ¡Que la benignidad de Dios nos guíe al arrepentimiento! ¡Oh, que haya gozo en el cielo por algunos de vosotros que se arrepientan! Aunque estamos en un campo, estoy persuadido de que los benditos ángeles revolotean ahora en torno a nosotros, y anhelan, «como el ciervo brama por las corrientes de las aguas», entonar un himno por vuestra conversión. Bendito sea Dios, espero que su gozo se cumpla. Un silencio solemne reina entre nosotros. Tengo buena esperanza de que las palabras que el Señor me ha capacitado para hablar hoy a vuestros oídos no han caído del todo a tierra. Vuestras lágrimas y vuestra profunda atención son prueba de que el Señor Dios está verdaderamente entre nosotros. Venid, fariseos, venid y ved: a pesar de vuestra rabia y furia satánicas, el Señor Jesús se está ganando la victoria. Y, hermanos, verdad digo en Cristo, no miento: si una sola alma de vosotros, por la bendición de Dios, es llevada hoy a pensar de Jesucristo para salvación, no me importa que se permita a mis enemigos llevarme a la cárcel y apretarme los pies en el cepo en cuanto haya predicado este sermón. Hermanos, el deseo de mi corazón y mi oración a Dios es que seáis salvos. Por esta causa sigo a mi Maestro fuera del campamento. No me importa cuánto de su sagrado vituperio lleve, con tal de que algunos de vosotros os convirtáis del error de vuestros caminos. Me gozo, sí, y me gozaré. Vosotros, hombres, vosotros, demonios, haced lo peor que podáis: el Señor que me envió me sostendrá. Y cuando Cristo, que es nuestra vida, y a quien acabo de predicaros, se manifieste, yo también, junto con sus pequeñitos despreciados, seré manifestado con él en gloria. Y entonces, ¿qué pensaréis de Cristo? Yo sé lo que pensaréis de él. Entonces lo tendréis por el señalado entre diez mil. Entonces lo tendréis y lo sentiréis como un Juez justo que venga el pecado. Dejaos, pues, persuadir a besarlo, no sea que se enoje, y seáis así desterrados para siempre de la presencia del Señor. He aquí, vengo a vosotros como el ángel vino a Lot. Huid, huid por vuestra vida; apresuraos, no os detengáis más en vuestra Sodoma espiritual, porque de lo contrario seréis destruidos eternamente. Sin duda hay entre vosotros muchos que tal vez no me hagan más caso que el que hicieron a Lot sus yernos. Estoy persuadido de que a algunos de vosotros os parezco como quien se burla; pero verdad digo en Cristo, no miento: tan cierto como que el Señor hizo llover del cielo fuego y azufre para destruir a Sodoma y Gomorra, así de cierto, en el gran día, se derramarán sobre vosotros las copas de la ira de Dios. Si no pensáis seriamente en el evangelio del Cristo del Señor y no obráis conforme a él. He aquí, os lo he dicho antes; y pido a Dios que todos los que os olvidáis de él penséis seriamente en lo que se ha dicho, antes que os arrebate y no haya quien os libre.
Y ahora, a Dios Padre, etc.
Capítulo 24 completado
¿Qué pensáis de Cristo?