Sermones escogidos de George Whitefield
Los negocios del mundo no excusan el descuido de la religión

Capítulo 20 · 16 min de lectura · 21 min de escucha

Los negocios del mundo no excusan el descuido de la religión

Mateo 8:22 — «Deja que los muertos entierren a sus muertos».

San Pablo, predicando en Atenas, les dice que, al pasar y mirar sus devociones, percibió que en todo eran demasiado supersticiosos. Pero si este apóstol se levantara y viniera a publicar las buenas nuevas de salvación en alguna de nuestras populosas ciudades, no vería razón para acusar de esto a sus habitantes; antes bien, al pasar y observar el tenor de su vida, diría: Percibo que en todo sois demasiado mundanos; estáis demasiado empeñados en proseguir vuestros negocios lícitos; tan empeñados, que o descuidáis del todo, o al menos atendéis con demasiada negligencia, la única cosa necesaria.

No puede, pues, mostrarse mayor caridad al mundo cristiano que hacer sonar la alarma en sus oídos y advertirle del indecible peligro de andar continuamente aferrándose a las cosas de esta vida sin preocuparse igualmente —más aún, mil veces más— por su bienestar en el estado venidero.

Y hay tanto más motivo para semejante alarma cuanto que la mundanalidad asedia con tanta facilidad y astucia el corazón de los hombres. Porque, so capa especiosa de servir a Dios trabajando por la comida que perece, se adormecen insensiblemente en un sueño espiritual tal, que apenas perciben su descuido en asegurar la que a vida eterna permanece.

Las palabras del texto, si no a primera vista, sí al examinarlas y explicarlas, se hallarán aplicables a este caso, pues contienen una admirable advertencia a no proseguir los asuntos de este mundo a costa de nuestra felicidad en el venidero.

Son palabras de Jesucristo mismo; la ocasión en que fueron dichas fue esta: Mientras conversaba con los que se habían reunido a su alrededor, dio a uno de ellos un llamamiento inmediato a seguirle; pero él, o temeroso de ir en pos de un maestro tan perseguido, o, más bien, por amor a este mundo presente, dice: «Permíteme que vaya primero a casa y entierre a mi padre», o, como lo explican la mayoría, déjame ir primero a despachar algún negocio importante que ahora tengo entre manos. Pero Jesús le dijo: «Deja que los muertos entierren a sus muertos»; deja los negocios mundanos a los hombres mundanos; quede sin hacer tu negocio secular antes que dejes de seguirme.

Si esta persona hizo lo que se le mandó, no lo sé; pero esto sí sé: que lo que Cristo dijo aquí en persona, lo ha susurrado a menudo con el silbo apacible y delicado de su Espíritu Santo, y lo ha dicho a muchos de los aquí presentes, que se levantan de madrugada y se acuestan tarde y comen el pan de dolores: Venid, apartad vuestros afectos de las cosas de esta vida; tomad vuestra cruz y seguidme. Pero ellos, queriendo justificarse a sí mismos, responden: Señor, permítenos primero enterrar a nuestros padres, o despachar nuestros asuntos seculares. A todos los tales les digo: «Deja que los muertos entierren a sus muertos»; quede sin hacer vuestro negocio mundano antes que dejéis de seguirle.

De las palabras así explicadas surge naturalmente esta proposición: que ningún negocio, por importante que sea, puede justificar el descuido de la verdadera religión.

Primero mostraré su verdad, y después haré su aplicación.

I. Primero, pues, he de probar que ningún negocio temporal, por importante que sea, puede justificar el descuido de la verdadera religión.

Por la palabra religión no entiendo ningún conjunto de virtudes morales, ninguna enmienda parcial de nosotros mismos, ni la asistencia formal a deberes externos de ninguna clase, sino la aplicación a nuestro corazón, hecha por la fe, de la justicia entera y personal de Cristo; un cambio de naturaleza cabal y real, obrado en nosotros por la operación invisible, pero poderosa, del Espíritu Santo, conservado y alimentado en nuestras almas por el uso constante de todos los medios de gracia, evidenciado por una vida buena, y que produce los frutos del Espíritu.

Esta es la religión verdadera y sin mácula, y para perfeccionar esta buena obra en nuestros corazones descendió el eterno Hijo de Dios y derramó su preciosa sangre; para este fin fuimos hechos y enviados al mundo, y solo por esto podemos llegar a ser hijos de Dios. Si hubiéramos de juzgar por la práctica común del mundo, podríamos pensar que fuimos enviados a él sin otro propósito que afanarnos y fatigarnos por las inciertas riquezas de esta vida; pero si consultamos los oráculos vivos, nos dirán que nacimos para fines más nobles, a saber, para nacer de nuevo de lo alto, para ser restaurados a la semejanza divina por Jesucristo, nuestro segundo Adán, y ser así hechos aptos para heredar el reino de los cielos; y, por consiguiente, pesa sobre todos, aun sobre las personas más ocupadas, la obligación de asegurar este fin, pues es una verdad innegable que toda criatura debe responder al fin para el que fue creada.

Algunos, en verdad, quieren limitar la religión al clero, y piensan que solo atañe a los que sirven al altar; pero ¡qué error tan funesto es este, puesto que todas las personas son llamadas por Dios, sin distinción, al mismo estado de santidad interior! Así como todos somos corruptos por naturaleza, así todos hemos de ser renovados y santificados. Y aunque debe concederse que el clero tiene doble obligación de ser ejemplo de los fieles en fe, celo, caridad y en todo lo demás que es loable y de buen nombre, por estar más inmediatamente consagrado al servicio de Dios, sin embargo, puesto que todos hemos sido bautizados con un solo bautismo en la muerte de Cristo, todos estamos en la necesidad de cumplir nuestro pacto bautismal y de perfeccionar la santidad en el temor de Dios; porque las santas Escrituras no nos señalan sino un camino de entrada en el reino de Cristo: la puerta estrecha de una conversión sana; y el que no entra por esta puerta en el redil de las ovejas, sea clérigo o seglar, hallará, para su eterna confusión, que no hay modo de subir por otra parte.

Además, ¡qué crasa ignorancia de la naturaleza de la verdadera religión, así como de nuestra propia felicidad, descubre tal distinción! Porque ¿qué nos exige nuestro Salvador al querer que seamos religiosos? No otra cosa que subyugar nuestras pasiones corruptas, arrancar los malos hábitos, injertar en su lugar las gracias celestiales del santísimo Espíritu de Dios; y, en una palabra, llenarnos de toda la plenitud de Dios.

¿Y serán los hombres tan enemigos de sí mismos que afirmen que esto atañe solo a los que ministran en las cosas santas? ¿No concierne igualmente al hombre más activo del mundo? ¿Es el fin de la religión hacer felices a los hombres, y no es privilegio de cada uno ser tan feliz como pueda? ¿Hallan las personas de negocios tan agradables las corrupciones de su naturaleza y el desorden de sus pasiones, que no les importa si llegan alguna vez a regularlas o a arrancarlas? ¿O consentirán en que solo los ministros sean participantes de la herencia de los santos en luz? Si no, puesto que desean el mismo fin, ¿por qué no han de usar los mismos medios? ¿Piensan que Dios creará una cosa nueva sobre la tierra y, contra la pureza de su naturaleza y la inmutabilidad de su consejo, los admitirá en el cielo en su estado natural porque han andado afanados con muchas cosas mundanas? Escudriñad las Escrituras, y ved si dan algún lugar a tan infundada esperanza.

Pero, además, cualquiera imaginaría que hay en nuestros asuntos temporales algo de la más alta trascendencia y de suma importancia, ya que apartan a tantos de purificar su corazón por la fe que es en Cristo Jesús.

El avaro codicioso, que descuida la religión por estar continuamente empeñado en buscar grandezas para sí y para los de su casa, se lisonjea de obrar en ello con suma sabiduría; y al mismo tiempo censurará y condenará al joven pródigo que no tiene tiempo para ser devoto porque está perpetuamente ocupado en desperdiciar su hacienda viviendo perdidamente y yendo tras las rameras. Pero aún un poco, y los hombres se convencerán de que tan sin excusa están los que perdieron su alma corriendo tras las riquezas como los que la pierden corriendo tras los placeres sensuales. Porque, aunque los negocios puedan darse aires de importancia comparados con otras diversiones frívolas, puestos en la balanza con la pérdida de nuestras almas preciosas e inmortales son igualmente frívolos, conforme a aquello de nuestro Salvador: «¿Qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?»

¿Y qué más prueba necesitamos? Hemos oído la sentencia de la boca misma de Cristo. Pero como es tan difícil convencer de esta importante verdad a aquellos cuyos corazones están cegados por el engaño de las riquezas, que tendríamos que clamarles en el lenguaje del profeta: «¡Tierra, tierra, oye la palabra del Señor!», os presentaré un pasaje más de la Escritura, que quisiera ver escrito en las tablas de todos nuestros corazones. En el capítulo 14 de San Lucas, versículo 18 y siguientes, nuestro bendito Señor propone esta parábola: «Un hombre hizo una gran cena, y convidó a muchos, y a la hora de la cena envió a su siervo a llamar a los convidados; pero todos a una comenzaron a excusarse. El primero dijo: He comprado una hacienda, y necesito ir a verla; te ruego que me excuses. Y otro dijo: He comprado una yunta de bueyes, y necesito ir a probarlos; te ruego, pues, que me excuses. Y vuelto el siervo, hizo saber estas cosas a su señor». ¿Y qué sigue? ¿Aceptó el señor sus excusas? No; el texto nos dice que el buen hombre se enojó y dijo «que ninguno de aquellos que fueron convidados gustaría su cena». ¿Y qué enseña esta parábola sino que las vocaciones más lícitas no pueden justificar nuestro descuido; más aún, que dejan de ser lícitas cuando en algún modo estorban los grandes intereses de la religión? Porque la cena de bodas de que aquí se habla significa el evangelio; el señor de la casa es Cristo; los siervos enviados son sus ministros, cuyo deber es llamar de tiempo en tiempo al pueblo a este banquete de bodas, o, en otras palabras, a ser religioso. Ahora bien, vemos que los convidados estaban muy bien y honradamente ocupados. No había mal alguno en comprar o ver una hacienda, ni en ir a probar una yunta de bueyes; pero en esto estaba su falta: en que hacían esas cosas cuando se les invitaba a venir al banquete de bodas.

Sin duda, las personas pueden estar muy honrada y loablemente ocupadas en seguir sus respectivas vocaciones; pero, con todo, si se enfrascan tanto en ellas que les impidan ocuparse en su salvación con temor y temblor, deben esperar la misma sentencia que sus predecesores de la parábola: que ninguno de ellos gustará la cena de Cristo; porque nuestra vocación particular, en este o aquel oficio, nunca debe estorbar nuestra vocación general y preciosa como cristianos. No es que el cristianismo nos llame a salir enteramente del mundo; las santas Escrituras no autorizan semejante doctrina.

Es muy notable que en el libro de la vida hallamos a algunos de casi toda clase de oficios que, no obstante, sirvieron a Dios en sus respectivas generaciones y resplandecieron como otros tantos luminares en el mundo. Así, oímos de un buen centurión en los evangelistas, y de un devoto Cornelio en los Hechos; de un piadoso doctor de la ley, y de algunos que andaban con Dios aun de la casa de Nerón, en las epístolas; y nuestro divino Maestro mismo, al reprender a Marta, no la condena por ocuparse de sus quehaceres, sino por estar afanada o turbada con muchas cosas.

No; podéis, más aún, debéis trabajar, por obediencia a Dios, aun por la comida que perece.

Pero vengo, en segundo lugar, a aplicar lo dicho.

Os ruego, por las misericordias de Dios en Cristo Jesús, que vuestro afán por la comida que perece no sea a costa de la que a vida eterna permanece; porque, para repetir las palabras de nuestro bendito Salvador: «¿Qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?

Si hubiéramos de vivir siempre en el mundo, la sabiduría mundana sería nuestra más alta sabiduría; pero, puesto que no tenemos aquí ciudad permanente, y solo fuimos enviados a este mundo para que nuestra naturaleza fuera cambiada y para prepararnos para el venidero, descuidar esta obra importante por una pequeña ganancia mundana, ¿qué es sino vender, como el profano Esaú, nuestra primogenitura por un plato de lentejas?

¡Ay! ¡Qué poco se parecen los cristianos al cristianismo! Se les manda «buscar primeramente el reino de Dios y su justicia», y todas las demás cosas realmente necesarias les serán añadidas; pero temen (¡oh hombres de poca fe!) que, si lo hicieran, se les quitarían todas las demás cosas necesarias; se les prohíbe estrictamente afanarse por el día de mañana, y sin embargo no descansan ni de día ni de noche, sino que están continuamente amontonando riquezas para muchos años, aunque no saben quién las recogerá. ¿Es esto obrar como personas que son extranjeras y peregrinas sobre la tierra? ¿Es esto guardar su voto bautismal? O, más bien, ¿no es apostatar directamente de él y desertar del servicio de Jesucristo para alistarse bajo la bandera de Mamón?

Pero ¿cuál será la esperanza de tales mundanos cuando Dios les quite el alma? ¿Y si el Todopoderoso dijera a cada uno de ellos, como dijo al rico necio del evangelio: «esta noche vienen a pedirte tu alma»? ¡Oh!, entonces, ¿de qué les aprovecharían todas esas cosas que ahora tan afanosamente están procurando?

Si la vida eterna, ese don gratuito de Dios en Cristo Jesús, pudiera comprarse con dinero; o si los hombres pudieran llevar sus rebaños más allá del sepulcro para comprar aceite para sus lámparas, es decir, gracia para su corazón, cuando sean llamados a salir al encuentro del esposo, habría alguna razón para que Dios los soportara; pero, puesto que su dinero ha de perecer con ellos; puesto que es cierto que, así como nada trajeron a este mundo, nada podrán sacar de él; o, suponiendo que pudieran, puesto que no hay aceite que comprar ni gracia que adquirir una vez que se ha apagado la lámpara de su vida natural, ¿no sería mucho más prudente emplear el breve tiempo que aquí se les ha concedido en comprar aceite mientras puede obtenerse, y no perder eternamente las verdaderas riquezas por temor a tener un poco menos de lo que pronto será de otro?

¿Qué os parece? ¿Ha de suponerse que le pesó a aquel mundano codicioso antes mencionado, cuando su alma se lanzó al mundo de los espíritus, no haber podido quedarse aquí hasta derribar sus graneros y edificarlos mayores? ¿O no pensáis más bien que todas las cosas de aquí abajo le parecieron entonces igualmente pequeñas, y que solo se arrepintió de no haber empleado más tiempo en derribar todo pensamiento altivo que se levantaba contra el Todopoderoso, y en edificar su alma en el conocimiento y el temor de Dios?

Y así sucederá con todos los hombres desdichados que, como él, se inquietan en vano en pos de las riquezas mundanas, y al mismo tiempo no son ricos para con Dios.

Pueden, por un tiempo, parecer excelentemente ocupados al atender con solícito cuidado los importantes asuntos de esta vida; pero, una vez que la muerte les abra los ojos y sus almas sean lanzadas a la eternidad, verán entonces la pequeñez de todos los cuidados sublunares, y se asombrarán de haber estado tan embotados [embriagados, cargados] para las cosas de la otra vida, mientras quizá se les aplaudía por su gran sabiduría y profunda sagacidad en los asuntos de este mundo.

¡Ay! ¡Cómo se lamentarán de haber obrado como el mayordomo injusto, con tanta sagacidad en sus asuntos temporales, llamando con tanto cuidado a sus respectivos deudores y preguntando cuánto les debía cada uno, sin acordarse nunca de pedirse cuentas a sí mismos ni de inquirir cuánto debían a su propio gran Señor y Amo!

¿Y qué más diré? El dios de este siglo y la codicia desordenada de otras cosas tienen que haber ahogado por completo la conciencia del hombre que no ve la fuerza de estos sencillos razonamientos.

Permitidme solo añadir una o dos palabras a los ricos y a las personas que están libres de los negocios de esta vida.

Pero aquí he de detenerme un momento, porque me doy cuenta de que es cosa ingrata y, según algunos podrán pensar, presuntuosa, que un novicio como yo en la religión se arrogue instruir a hombres de elevada posición, que quizá desdeñarían ponerme con los perros de su ganado.

Pero, con todo, puesto que San Pablo, que sabía lo que mejor convenía a un predicador joven, mandó a Timoteo, joven como era, exhortar y amonestar a los ricos con toda autoridad, espero que ninguno de los que aquí lo son se ofenda si con humildad pido licencia para recordarles, aunque ya lo sabían, que, si las personas de las ocupaciones más atareadas están indispensablemente obligadas a «ocuparse en su salvación con temor y temblor», mucho más deben hacerlo los que están libres de las fatigas y estorbos de una condición más baja, y tienen, por consiguiente, mayores oportunidades y más ocio para prepararse para el estado venidero.

Pero ¿es así en realidad? ¿O no vemos, por funesta experiencia, que demasiados de aquellos a quienes Dios ha ensalzado sobre sus hermanos, que «se visten de púrpura y de lino fino, y hacen cada día banquete con esplendidez», por un triste abuso de la gran generosidad de Dios para con ellos, piensan que su posición los coloca por encima de la religión, y así dejan que los pobres, que viven del sudor de su frente, asistan con más constancia que ellos a los medios de gracia?

¡Pero ay de tales ricos! Porque ya tienen su consuelo. Feliz cosa habría sido para ellos no haber nacido; porque si el comerciante descuidado e irreligioso no puede salvarse, ¿dónde aparecerán los caballeros lujosos y malvados?

Permitidme, pues, a modo de conclusión, exhortar a todos, altos y bajos, ricos y pobres, unos y otros, a hacer de la renovación de su naturaleza caída el único negocio de su vida, y a no dejar que ningún provecho mundano, ningún placer mundano, los aparte de pensar en ello. Resuene siempre en nuestros oídos este clamor: «He aquí, el esposo viene»; y vivamos como criaturas que en cualquier momento pueden ser arrebatadas por la muerte al juicio; recordemos que esta vida es un estado de importancia infinita, un punto entre dos eternidades, y que, acabados estos pocos días, ya no quedará sacrificio por el pecado; preguntémonos a menudo: ¿cómo desearemos haber vivido cuando dejemos el mundo? Y entonces viviremos siempre en un estado tal que nunca temeremos morir en él. Si vivimos, para el Señor viviremos; o si morimos, para el Señor moriremos; de modo que, vivamos o muramos, seamos del Señor.

Con este fin, supliquemos a Dios, protector de todos los que en él confían, sin el cual nada es fuerte, nada es santo, que aumente y multiplique sobre nosotros su misericordia, para que, siendo él nuestro gobernante y guía, pasemos de tal modo por las cosas temporales que finalmente no perdamos las eternas; por Jesucristo nuestro Señor.

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