Sermones escogidos de George Whitefield
El atroz pecado de maldecir y jurar profanamente

Capítulo 18 · 22 min de lectura · 28 min de escucha

El atroz pecado de maldecir y jurar profanamente

Mateo 5:34 — «Mas yo os digo: No juréis en ninguna manera».

Entre los muchos pecados atroces por los que esta nación se ha hecho infame, quizá no haya ninguno que clame más al cielo, y a la vez ninguno más común, que la abominable costumbre de jurar y maldecir profanamente. Nuestras calles rebosan de personas de toda clase y condición que continuamente provocan a ira al Santo de Israel con sus detestables juramentos y blasfemias; y nuestros mismos niños, «de cuya boca», como observa el salmista en sus días, «fue perfeccionada la alabanza», se han hecho ahora notables por la mala cualidad del todo opuesta: la de maldecir y jurar. Esta no puede menos que ser una triste perspectiva en la que todo ministro sincero y honrado de Jesucristo ha de contemplar a sus semejantes, y tal que lo mueve a idear algún medio para impedir al menos que se extienda un mal tan creciente, sabiendo que el Señor (si no hay arrepentimiento) de cierto hará visitación sobre estas cosas. Pero, ¡ay!, ¿qué puede hacer? Las sanciones públicas están tan descuidadas entre nosotros que rara vez vemos castigado a un jurador habitual como mandan las leyes. Y en cuanto a la amonestación privada, los hombres están ahora tan endurecidos por el engaño del pecado que darles un consejo sobrio y piadoso, y mostrarles la maldad de sus obras, no es sino como «echar las perlas delante de los puercos: solo se vuelven y os despedazan». Ya que las cosas han llegado, pues, a este punto, todo lo que podemos hacer es esto: que, puesto que hemos sido designados atalayas y embajadores del Señor, es nuestro deber mostrar de tiempo en tiempo al pueblo su rebelión y advertirle de su pecado, para que, escuchen o dejen de escuchar, nosotros al menos libremos nuestra propia alma. Para cumplir, pues, mi deber en este particular, permitidme que, en el nombre de Dios, someta humildemente a vuestra más seria consideración algunas pocas observaciones sobre las palabras del texto, a fin de mostrar lo atroz que es maldecir y jurar profanamente.

Pero antes de pasar directamente a tratar este punto, convendrá librar este precepto de nuestro Señor de una falsa interpretación que algunos le han dado, deduciendo de aquí que nuestro Salvador prohíbe jurar ante un magistrado cuando se requiere en una ocasión solemne y apropiada. Pero que no todo juramento es absolutamente ilícito para un cristiano es evidente por los escritos de san Pablo, a quien a menudo hallamos, en algunas ocasiones solemnes, usando diversas fórmulas de imprecación, como: «Llamo a Dios por testigo»; «Dios es mi juez»; «Por la gloria que en orden a vosotros tengo en Cristo Jesús», y otras semejantes. Y que nuestro Salvador en modo alguno prohíbe jurar ante un magistrado en las palabras que tenemos delante, es claro si consideramos el sentido y el propósito que tenía en mira al dar a sus discípulos este mandamiento. Permitidme, pues, haceros observar que nuestro bendito Maestro se había propuesto, desde el versículo 27 del capítulo del que está tomado el texto, vindicar y librar la ley moral de las glosas corruptas y de la mala interpretación de los fariseos, que entonces se sentaban en la cátedra de Moisés, pero que eran notoriamente culpables de atenerse demasiado a la expresión literal de la ley, sin considerar jamás su debida extensión y su sentido espiritual. Así, se imaginaban que, por haber dicho Dios: «No cometerás adulterio», con tal de que una persona no fuera culpable del acto mismo del adulterio, no se le podía imputar la violación del séptimo mandamiento. Y lo mismo en materia de juramentos: como Dios había prohibido a su pueblo, en los libros de Éxodo y Deuteronomio, «tomar su nombre en vano», o jurar falsamente por su nombre, juzgaban lícito jurar por cualquier criatura en la conversación común, con tal de no mencionar directamente el nombre de Dios. Nuestro bendito Salvador, por tanto, en las palabras que tenemos delante, corrige este error suyo acerca del jurar, como lo había hecho en los versículos inmediatamente anteriores acerca del adulterio, y dice al pueblo que, por mucho que los fariseos permitieran jurar por cualquier criatura, él declaraba absolutamente ilícito que ninguno de sus seguidores lo hiciera. «Habéis oído que fue dicho a los antiguos» (a saber, por los fariseos y maestros de la ley judía): «No te perjurarás; mas pagarás al Señor tus juramentos; mas yo os digo» (yo, que he sido designado por el Padre para ser el gran profeta y el verdadero legislador de su iglesia): «No juréis en ninguna manera (en vuestra conversación común): ni por el cielo, porque es el trono de Dios (y, por tanto, jurar por él es jurar por aquel que está sentado en él); ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey; ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer un cabello blanco o negro; mas sea vuestro hablar (lo cual muestra claramente que Cristo habla aquí de jurar, no ante un magistrado, sino en la conversación común), sea vuestro hablar: Sí, sí; No, no (a lo sumo, una afirmación o una negación enérgica); porque lo que es más de esto, de mal procede»; es decir, procede de un mal principio, del maligno, del diablo, autor de todo mal.

Lo cual, dicho sea de paso, me parece que debería servir de advertencia a todas aquellas personas que, aunque no son culpables de jurar en el sentido grosero de la palabra, sin embargo atestiguan la verdad de lo que dicen, por trivial que sea, diciendo: Por mi vida, — como que vivo, — por mi fe, — por los cielos, y cosas semejantes; expresiones que, por inofensivas e inocentes que las tengan ciertas clases de gente, son precisamente los juramentos que nuestro bendito Señor condena en las palabras que siguen inmediatamente al texto; y las personas que usan tales formas ilícitas de hablar deben esperar ser convictas y condenadas como juradores en la segunda venida de nuestro Salvador para juzgar al mundo.

Pero, volviendo al tema: resulta, pues, de todo el tenor del discurso de nuestro Salvador, que en las palabras del texto él en modo alguno anula ni prohíbe jurar ante un magistrado (lo cual, como fácilmente podría mostrarse, es a la vez lícito y necesario), sino solo el jurar profano en la conversación común, cuya atrocidad y pecaminosidad paso ahora a exponeros más directamente.

Y aquí, por no mencionar que es una violación directa del mandamiento de nuestro bendito Maestro y gran Legislador en las palabras del texto, así como del tercer mandamiento, en el que Dios declara terminantemente que «no dará por inocente (es decir, que de cierto castigará) al que tomare su nombre en vano»; por no mencionar que es el mayor abuso de esa noble facultad del habla por la que nos distinguimos de los brutos, ni el gran riesgo que corre el jurador habitual de perjurarse alguna vez; por no mencionar, en fin, esas razones en su contra que por sí solas probarían sobradamente la necedad y la pecaminosidad de jurar, me contentaré esta vez con señalar cuatro particulares que agravan en gran manera el delito de jurar profanamente, y son los siguientes:

I. Primero, porque no hay en la naturaleza tentación alguna a este pecado, ni su comisión proporciona al culpable el menor placer o satisfacción.

II. Segundo, porque es un pecado que puede repetirse muchísimas veces.

III. Tercero, porque endurece a los incrédulos contra la religión cristiana, y no puede menos que causar gran escándalo, mucha tristeza y preocupación a todo verdadero discípulo de Jesucristo.

IV. Cuarto, porque es un extremo de pecado que solo en el infierno tiene igual.

I. La primera razón, pues, por la que jurar en la conversación común es tan atroz a los ojos de Dios, y por la que no debemos jurar en ninguna manera, es que no tiene tentación alguna en la naturaleza, ni su comisión, a menos que el hombre sea un demonio encarnado, proporciona al culpable el menor placer o satisfacción.

Ahora bien, presumo que aquí podemos sentar como máxima universalmente admitida que la culpa de cualquier delito aumenta o disminuye en proporción a la debilidad o la fuerza de la tentación por la que una persona es arrastrada a cometerlo. Fue esta consideración la que atenuó y disminuyó la culpa de Saúl al atreverse a ofrecer sacrificio antes de que llegara el profeta Samuel, y la de Uza al tocar el arca porque estaba en peligro de caer; así como, por el contrario, lo que agravó tanto la desobediencia de nuestros primeros padres y la de la mujer de Lot fue que aquellos tenían tan poca razón para comer el fruto prohibido, y esta tan pequeña tentación para mirar atrás hacia Sodoma.

Y si esto se concede, sin duda el jurador habitual ha de ser, de todos los pecadores, el que menos excusa tiene, puesto que no hay en la naturaleza ninguna clase de tentación a cometer su delito. En la mayoría de los otros mandamientos, quizá las personas puedan alegar la fuerza de la inclinación natural como excusa por haberlos quebrantado: uno, por ejemplo, puede aducir su fuerte propensión a la ira para excusar la violación del sexto; otro, su inclinación a la lujuria, por haber violado el séptimo. Pero sin duda el jurador habitual no tiene nada de esto que alegar en su favor; porque, aunque tenga una inclinación natural a este o a aquel delito, ningún hombre, es de suponer, puede decir que ha nacido con una constitución propensa a jurar.

Pero, además, así como no hay tentación a ello, tampoco hay placer ni provecho que cosechar de su comisión. Preguntad al borracho por qué se levanta de mañana para seguir la embriaguez, y os dirá que porque le proporciona a su apetito sensual alguna clase de placer y gratificación, aunque no sea más elevada que la de un bruto. Preguntad al mundano avaro por qué defrauda y engaña a su prójimo, y tiene la respuesta a punto: para enriquecerse y tener muchos bienes almacenados para muchos años. Pero sin duda al mismo jurador profano le costaría deciros qué placer cosecha de jurar; porque, ¡ay!, es una cosa estéril e insípida aquello por lo que vende su alma. Aunque, en verdad, no la vende en absoluto: en este caso la regala pródigamente al diablo (si no hay arrepentimiento), y se desprende de una eternidad bienaventurada y se precipita en el tormento eterno, absolutamente a cambio de nada.

II. Pero, en segundo lugar, lo que aumenta la atrocidad del jurar profano es que es un pecado que puede repetirse muchísimas veces.

Esta es otra consideración que siempre sirve para disminuir o aumentar la culpa y la malignidad de cualquier pecado. Fue alguna excusa para la embriaguez de Noé y el adulterio de David que cometieran estos delitos una sola vez; así como, por el contrario, fue un agravante de la desconfianza del patriarca Abraham para con Dios que repitiera en dos ocasiones distintas el fingimiento [engaño] de que Sara era su esposa. Y si esto se admite como agravante de otros delitos profanos, sin duda mucho más lo es de la culpa del jurar habitual, porque es un pecado que puede repetirse, y que por lo general se repite, muchas veces. En muchos otros pecados graves no puede ser así: si un hombre se deja vencer por la bebida, ha de pasar un tiempo considerable antes de que se recupere de su exceso y vuelva otra vez a sus copas; o si tiene costumbre de profanar el día de reposo, no puede hacerlo cada día, sino solo uno de cada siete. Pero, ¡ay!, el jurador profano está listo para otro juramento casi antes de que el sonido del primero se haya apagado en nuestros oídos; sí, algunos los duplican y triplican en una sola frase, hasta el punto de confundir el sentido de lo que dicen con un horrible estruendo de blasfemia. Ahora bien, si el grande y terrible Jehová ha declarado expresamente que no dará por inocente, es decir, que de cierto castigará, al que tomare su nombre en vano siquiera una vez, ¡qué enorme montón de estos pecados atroces yace a la puerta de todo jurador habitual! Si viera la suma entera de ellos, bastaría para hundirlo en una desesperación insoportable. ¡Y oh, qué conciencia cauterizada ha de tener el desdichado que no siente este peso prodigioso!

III. Pero, en tercer lugar, lo que hace que el pecado de jurar profanamente parezca todavía más sobremanera pecaminoso es que endurece a los incrédulos contra la religión cristiana.

El consejo del apóstol Pedro a los casados de su tiempo es que anden como es digno del evangelio de Cristo, para que los de fuera sean ganados a abrazar la religión cristiana al ver y observar su piadosa conducta, unida al temor. Y lo que el apóstol encarece a los casados, lo hallamos mandado en otros lugares a cada miembro de la iglesia en particular. Así, nuestro bendito Señor nos manda que «alumbre nuestra luz delante de los hombres, para que vean nuestras obras buenas, y glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos»; y el apóstol Pablo nos ordena «andar avisadamente para con los de fuera, redimiendo el tiempo», es decir, aprovechando toda ocasión de hacerles bien, «porque los días son malos». Pero, ¡ay!, ¡en qué contradicción directa con este y otros preceptos semejantes vive el jurador profano, que, en vez de ganar prosélitos para Cristo entre la parte incrédula del mundo, hace todo lo que puede para oponerse a ello! Porque ¿cómo puede esperarse que los incrédulos honren a Dios cuando los mismos cristianos lo desprecian, o que alguien abrace nuestra religión cuando los mismos que la profesan hacen tan poco caso de uno de sus mandamientos más estrictos? No; dígase para nuestro dolor y vergüenza: es por causa de impiedades como estas que nuestra santa religión (en sí la mejor y la más pura) ha llegado a ser objeto de burla entre los paganos; que se desprecia la sagrada autoridad del santo Jesús y de su doctrina; y que «el nombre de Dios (como está escrito) es blasfemado entre los gentiles».

Estos no pueden menos que ser tristes tropiezos y escándalos en el camino de la conversión de nuestros hermanos; «mas ¡ay de aquellos hombres por los cuales vienen tales escándalos!». Podemos decir de ellos lo que nuestro bendito Señor dijo de Judas: «Bueno les fuera a tales hombres no haber nacido»; o, como amenaza en otro lugar: «El castigo será más tolerable a Sodoma y Gomorra en el día del juicio que a tales pecadores».

Pero esto no es todo. Así como el jurar profano sin duda ha de endurecer en su incredulidad a los que están fuera, no menos ha de entristecer y escandalizar gravemente a las personas honradas y sinceras que están dentro de la iglesia. Oímos a David quejarse y clamar: «¡Ay de mí, que me veo obligado a morar en Mesec, y a habitar entre las tiendas de Cedar!», es decir, que se veía obligado a vivir y tratar con un pueblo sumamente malvado y profano. Y san Pedro nos dice que «el alma justa de Lot se afligía cada día, mientras veía y observaba la conducta impía de los malvados». Y sin duda fue una gran parte de los sufrimientos de nuestro bendito Maestro mientras estuvo en la tierra el verse obligado a tratar con una generación mala y perversa, y a oír el sagrado nombre de su Padre celestial profanado y escarnecido por hombres injustos y malvados. Y ciertamente no puede menos que traspasar el corazón de todo cristiano verdadero y sincero, de todo aquel que participa en alguna medida del espíritu de su Maestro, oír la multitud de juramentos y maldiciones que salen cada día y cada hora de la boca de mucha gente, y aun de aquellos cuya esmerada educación y aparente interés por el bien de la religión, uno pensaría, deberían enseñarles un comportamiento más decoroso. Oír el grande y terrible nombre de Dios, que los ángeles adoran, contaminado por los hombres; y considerar cuán a menudo se profana en la conversación común ese sagrado nombre que no somos dignos de mencionar en nuestras oraciones; esto, digo, no puede menos que hacer clamar a cada uno de ellos con el santo David: «¡Ay de mí, que me veo obligado a morar en Mesec, y a habitar entre las tiendas de Cedar!». Y aunque los discursos blasfemos y profanos de otros no se imputarán como pecado a las personas sinceras mientras «no tengan comunión con tales frutos infernales de las tinieblas, sino antes bien los reprendan», sin embargo agravarán en gran manera la culpa presente, y aumentarán tristemente el castigo futuro, de todo jurador profano por quien tales escándalos vienen. Porque si, como nos dice nuestro Salvador, «mejor le fuera a un hombre que se le colgase al cuello una piedra de molino, que escandalizar a uno de sus pequeños (es decir, al más débil de sus discípulos), ¿de cuánto mayor castigo serán tenidos por dignos» los que no solo hacen que el nombre de Dios sea blasfemado entre los gentiles y que la religión de nuestro amado Redentor sea aborrecida, sino que hacen llorar y gemir a sus santos, y afligen sus almas justas día tras día con su conversación impía, profana y blasfema? Ciertamente, así como Dios pondrá las lágrimas de los unos en su redoma, así será justo que castigue a los otros con dolor eterno por todas sus palabras impías y duras, y que los arroje a un lago de fuego y azufre, donde se alegrarán de una gota de agua para refrescar esas lenguas con las que tantas veces han blasfemado al Señor de los ejércitos y afligido al pueblo de nuestro Dios.

IV. Pero es hora de que pase a dar mi cuarta y última razón de por qué el jurar habitual es tan sobremanera pecaminoso; y es esta: porque es un extremo tal de pecado que solo tiene igual en el infierno, donde todos están desesperados y sin esperanza de misericordia.

Puede suponerse que los demonios condenados y las almas condenadas de los hombres en el infierno deliren y blasfemen en sus tormentos, porque saben que las cadenas con que están sujetos nunca podrán serles quitadas; pero que hombres que nadan en el río de la bondad de Dios, cuyas misericordias se les renuevan cada mañana, y que a cada momento son visitados con nuevas muestras de su infinita e inmerecida misericordia; que estas criaturas favorecidas pongan su boca contra el cielo y blasfemen a un Dios lleno de gracia, paciente y todo bondadoso, es un colmo de pecado que excede la negrura y la impiedad de los demonios y del infierno mismo.

Y ahora, después de lo que aquí se ha expuesto para mostrar la atrocidad de maldecir y jurar profanamente en la conversación común, ¿no puedo con toda justicia dirigirme a vosotros con las palabras del texto: «Por tanto, yo os digo: No juréis en ninguna manera», puesto que es un pecado que no tiene tentación alguna en la naturaleza, ni trae placer ni provecho alguno al que lo comete; puesto que endurece a los incrédulos en su incredulidad, y da tristes motivos de dolor y lamento a todo cristiano honrado; puesto que es un pecado que por lo general se convierte en hábito; y, por último, un pecado tal que solo tiene igual en el infierno?

1. Y, en primer lugar, si estas cosas son así, y el pecado de jurar profanamente, como se ha mostrado en alguna medida, es tan sobremanera pecaminoso, ¿qué diremos de esos hombres desdichados que piensan que no solo es permisible, sino elegante y distinguido, «tomar el nombre de Dios en vano»; que se imaginan que jurar los hace parecer importantes entre sus compañeros, y de veras tienen por un punto de honra prodigarse en ello? Pero, ¡ay!, poco piensan que tal conducta delata la mayor degeneración del ánimo y la temeridad más insensata que pueda imaginarse. Porque ¿qué puede haber más vil que pretender una hora adorar a Dios en el culto público, y al momento siguiente blasfemar su nombre? A decir verdad, tal conducta en personas que niegan la existencia de Dios (si es que hay tales necios) no es del todo de extrañar; pero que hombres que no solo suscriben la creencia en una Deidad, sino que también reconocen que es un Dios de infinita majestad y poder; que tales hombres blasfemen su santo nombre maldiciendo y jurando profanamente, y al mismo tiempo confiesen que este mismo Dios ha declarado expresamente que no dará por inocente, sino que de cierto y eternamente castigará (si no hay arrepentimiento), al que tomare su nombre en vano, es un ejemplo tal de temeridad insensata, y también de vileza, que difícilmente tiene paralelo. Esto es lo que no se atreven a hacer en otros casos de menor peligro: no se atreven a injuriar a un general a la cabeza de su ejército, ni a despertar a un león dormido cuando están al alcance de su zarpa. ¿Y es el Dios todopoderoso, el gran Jehová, el Rey eterno, que puede consumirlos con el aliento de su nariz y, con un solo ceño, arrojarlos al infierno en un instante; es él el único ser despreciable a su juicio, al que se puede provocar sin temor y ofender sin castigo? No; aunque Dios soporte mucho tiempo, no soportará para siempre; vendrá el tiempo, y quizá mucho antes de lo que tales personas esperan, en que Dios vindicará su honra ultrajada, en que desnudará su brazo todopoderoso y hará sentir a esos desdichados el escozor eterno de su justicia, cuyo poder y cuyo nombre tantas veces han vilipendiado y blasfemado. ¡Ay!, ¿qué será entonces de toda su bravuconería? ¿Jugarán entonces con frivolidad con el nombre de su Hacedor, y pedirán en broma al Rey de toda la tierra que los condene? No; entonces cambiarán de tono: clamarán, sí, pero será para pedir «a las peñas que caigan sobre ellos, y a los collados que los cubran de la ira de aquel que está sentado sobre el trono, y del Cordero para siempre». Es verdad que hubo un tiempo en que pedían, aunque quizá sin pensarlo, la condenación para sí mismos y para otros; y ahora hallarán contestadas sus oraciones. «Amaron la maldición, por tanto les vendrá; no quisieron la bendición, por tanto se alejará de ellos; se vistieron de maldición como de su vestido, y entrará como agua en sus entrañas, y como aceite en sus huesos».

2. Pero, además, si el pecado de jurar es tan sobremanera atroz, y a la vez tan común, entonces es deber de cada persona en particular, y sobre todo de los que están en autoridad, hacer todo lo posible para desaprobar y reprimir un delito tan maligno. El deber que tenemos para con Dios y para con nuestro prójimo nos lo exige: por el uno estamos obligados a defender la honra de nuestro Hacedor; por el otro, a impedir la ruina de nuestro prójimo; y no es más que hacer como quisiéramos que se hiciera con nosotros, y como nosotros mismos obramos en casos de menor importancia. Si oyéramos que nuestro buen nombre o el de nuestro amigo era vilipendiado [calumniado, difamado] y denigrado [calumniado, difamado], pensaríamos que es nuestro deber ineludible vindicar la reputación agraviada de ambos; ¿y el grande, terrible y santo nombre de nuestro mejor y único amigo, nuestro rey, nuestro padre, más aún, nuestro Dios, ha de ser cada día, y aun a cada momento, desafiado y blasfemado, y nadie se atreverá a levantarse en defensa de su honra y de su santidad? ¡Espantaos, cielos, sobre esto! No; desdeñemos todo trato tan vil y traicionero; resolvámonos a sostener la causa de la religión y a manifestar, con un valor prudente y decoroso, nuestro celo por la honra del Señor de los ejércitos. Los que están en autoridad tienen el doble de ventajas que los cristianos comunes; su mismo oficio muestra que están destinados al castigo de los malhechores. Y tal es la degeneración del género humano que la mayoría se dejará influir más por el poder de los que están en autoridad que por las exhortaciones más elaboradas desde el púlpito. A ellos, pues, si hay aquí presente alguno, me dirijo humildemente, suplicándoles, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que hagan todo lo posible por poner fin a la costumbre de maldecir y jurar profanamente y refrenarla. Y aunque hay que confesar que esta es una obra que requiere mucho valor y trabajo, harían bien en considerar que la emprenden por Dios, que de cierto los sostendrá y respaldará en el debido ejercicio de su oficio aquí, y los recompensará en lo venidero con un sobremanera alto y eterno peso de gloria. Pero es hora de ir concluyendo.

3. Permitidme, pues, dirigirme una vez más a cada persona aquí presente, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo; y si alguno de ellos ha sido de algún modo culpable de este notorio pecado de jurar, permitidme rogarle, por todo lo que le es más cercano y querido, que no dé al magistrado la molestia de castigarlo, ni a sus amigos motivo alguno para advertirle en adelante que no cometa este delito; sino que guarde con constante cuidado la puerta de sus labios, e implore además la ayuda divina (sin la cual todo es nada), para no ofender más tan escandalosamente con su lengua. Que tomen seriamente a pecho lo que aquí se ha expuesto con gran llaneza y sencillez; y si tienen alguna consideración por sí mismos como hombres, o por su reputación como cristianos; si no quieren ser un escándalo público para su profesión, ni una pena para todos los que los conocen o tratan con ellos; en una palabra, si no quieren ser demonios encarnados aquí, y provocar a Dios a castigarlos eternamente en lo venidero, yo les digo en el nombre de nuestro Señor Jesucristo: «No juréis en ninguna manera».

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