Capítulo 17 · 28 min de lectura · 36 min de escucha
La tentación de Cristo
Mateo 4:1–11 — «Entonces Jesús fue llevado del Espíritu al desierto, para ser tentado del diablo. Y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, después tuvo hambre. Y llegándose a él el tentador, dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se hagan pan. Mas él respondiendo, dijo: Escrito está: No con solo el pan vivirá el hombre, mas con toda palabra que sale de la boca de Dios. Entonces el diablo le pasa a la santa ciudad, y le pone sobre el pináculo del templo, y le dice: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; que escrito está: A sus ángeles mandará por ti, y te alzarán en las manos, para que nunca tropieces con tu pie en piedra. Jesús le dijo: Escrito está además: No tentarás al Señor tu Dios. Otra vez le pasa el diablo a un monte muy alto, y le muestra todos los reinos del mundo, y su gloria, y le dice: Todo esto te daré, si postrado me adorares. Entonces Jesús le dice: Vete, Satanás, que escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a él solo servirás. El diablo entonces le dejó: y he aquí los ángeles llegaron y le servían.»
Amados míos, hoy se os invita a dar un paseo por el desierto, para contemplar a un Salvador tentado, para compadeceros de él y para sacar de él instrucción y consuelo. En el combate, él se muestra como el Hijo amado de Dios; y el Padre da pruebas patentes de que con él, y en él, de veras tiene contentamiento. Consideremos con seria atención cuándo, dónde y cómo nuestro gran Miguel peleó con el dragón y lo venció. El evangelista Mateo es muy minucioso al relatar los preparativos, el comienzo, el curso y el desenlace de este glorioso y trascendental combate.
«Entonces Jesús fue llevado del Espíritu al desierto, para ser tentado del diablo». Al final del capítulo anterior se nos dice que el bendito Jesús había sido bautizado públicamente, y que también había sido investido solemnemente en su oficio de Mediador al abrirse los cielos, al descender sobre él el Espíritu de Dios como paloma, y por una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento»; y fue entonces, cuando salía de la solemne ordenanza del bautismo, cuando estaba a punto de manifestarse abiertamente a Israel, cuando estaba lleno del Espíritu Santo (Lucas 4:1), fue entonces, digo, cuando fue llevado, con un santo ímpetu no forzado, como un campeón al campo de batalla, a enfrentarse con un enemigo al que con toda seguridad había de vencer. Pero ¿adónde es llevado este conquistador? A un desierto solitario, vasto y aullador; probablemente, dice el señor Henry, al gran desierto de Sinaí; un desierto no solo solitario, sino habitado por fieras, Marcos 1:13. Allá fue llevado nuestro Señor, no solo para prepararse mediante el retiro y la oración, sino también para estar a solas, y dar así a Satanás todas las ventajas que pudiera desear. En este combate, igual que en el de su agonía final, «de los pueblos nadie había de estar con él». Y no se contenta con orar, sino que también ayuna, y eso «cuarenta días y cuarenta noches» (versículo 2), como lo habían hecho Moisés y Elías muchos años antes, quizá en el mismo lugar. Todos estos ayunos fueron milagrosos; y por tanto, aunque aquí se nos enseña que el ayuno es un deber cristiano, pretender imitarlos de modo ordinario, ayunando durante un plazo tan largo seguido, es sin duda supersticioso, presuntuoso y pecaminoso; aunque pocos, creo yo, necesitan semejante advertencia.
Durante estos cuarenta días, podemos suponer, nuestro Señor no sintió hambre; el trato con el cielo le servía de comida y de bebida; pero «después tuvo hambre», y sin duda en extremo. Y ahora comienza la gran pelea. Porque entonces «el tentador», llamado así por excelencia, porque fue el primero en tentar a pecar a nuestros primeros padres, y desde entonces no se ha cansado nunca de tentar a sus descendientes; entonces el tentador, que de manera invisible había estado atacando a nuestro bendito Señor durante los cuarenta días enteros, cuando lo vio hambriento y en circunstancias tan angustiosas, se llegó a él, según parece, en forma visible, y probablemente transformado en apariencia de ángel de luz. ¿Y a qué lo tienta? Nada menos que a dudar de que fuera el Hijo de Dios.» «Si eres Hijo de Dios». ¡Cómo! ¿Le pones un «si» a esto, Satanás, después de que el glorioso Jesús había sido declarado Hijo de Dios, y además repetidamente y de manera tan gloriosa? Sin duda tú mismo no pudiste dejar de ver abrirse los cielos y descender el Espíritu; sin duda oíste la voz que le vino del cielo, inmediatamente después de su bautismo, que decía: «Este es mi Hijo amado»; ¿y ahora le dices: «Si eres Hijo de Dios»? Sí; Satanás lo sabía y lo creía de sobra; pero quería hacer que nuestro Señor dudara de ello. ¿Y por qué? Porque se hallaba en una situación tan triste. Como si le hubiera dicho: «Si Dios fuera tu Padre, nunca permitiría que murieras de hambre en un desierto aullador, entre fieras. Sin duda la voz que oíste hace poco no fue más que un engaño. Si fueras el Hijo de Dios, y sobre todo su Hijo amado, en quien tanto se complacía, él te cuidaría mejor». Así atacó a nuestros primeros padres, sugiriéndoles pensamientos duros acerca de su Creador, todo bondad: «¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?». «¿Os ha puesto en medio de tal variedad de frutos deliciosos solo para atormentaros y haceros desdichados?». Y con cuánta astucia procura ahora insinuarse en los afectos de nuestro Señor, como entonces se congració con nuestros primeros padres. «Si eres Hijo de Dios, dice, vamos, pruébalo, mandando que estas piedras (de las que probablemente había un montón muy cerca) se hagan pan: eso demostrará tu divinidad y aliviará al mismo tiempo tu apremiante necesidad». Así, como en todas sus demás tentaciones, Satanás quería parecer su amigo más bondadoso; pero el santo Jesús vio a través de la enemistad disfrazada de su adversario; y desdeñando, por un lado, desconfiar de su justo Padre, y, por otro, hacer un milagro para complacer y agradar al diablo, aunque tenía el Espíritu de Dios sin medida y podía haberse valido de otros mil medios, le responde, sin embargo, con un texto de la Escritura: «Escrito está: No con solo el pan vivirá el hombre, mas con toda palabra que sale de la boca de Dios». Es una cita de Deuteronomio 8:3, y contiene la razón que da el gran Dios de por qué quiso alimentar a los israelitas con maná: para que aprendieran por ello que el hombre no vive de solo pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Esto se lo aplica aquí a sí mismo nuestro bendito Señor; y el hecho de estar en el desierto hacía la aplicación todavía más oportuna. Israel era el hijo de Dios: de Egipto fue llamado para peregrinar en el desierto, donde fue sustentado milagrosamente. Y por eso nuestro Señor, sabiendo que este Israel era figura suya y que, como ellos, se hallaba ahora en un desierto, cita esta escritura como razón por la cual no debía, a sugerencia de Satanás, ni desesperar de recibir ayuda de su Padre en su presente situación, ni desconfiar de la validez de las recientes manifestaciones, ni valerse de ningún medio ilícito para su alivio inmediato. Pues, siendo Dios su Padre, o bien le pondría mesa en el desierto de manera ordinaria, o bien lo sostendría y sustentaría sin ella, como a su Israel de antaño, de una u otra manera extraordinaria: «Porque no con solo el pan vivirá el hombre, mas con toda palabra que sale de la boca de Dios».
Así queda frustrado el tentador en el primer asalto; pero tiene otras flechas en su aljaba, con las que procurará herir todavía al inmaculado Cordero de Dios. Ya que no puede arrastrarlo ni a la desconfianza ni a la desesperación, probará ahora si logra inducirlo a la presunción. Para conseguirlo, «pasa al bendito Jesús a la santa ciudad», es decir, a Jerusalén, llamada por nuestro Salvador la ciudad del gran Rey, y aquí llamada santa porque en ella estaba el santo templo y, es de esperar, mucha gente santa. Era un lugar populoso, y por eso favorecería grandemente el designio del diablo. Y no solo eso, sino que «le pone sobre el pináculo», una almena o ala, «del templo», cuya cima era tan alta que, como observa Josefo, a un hombre se le iba la cabeza solo de mirar abajo desde ella. Y algunos piensan que esto ocurrió a la hora del culto público. Cómo se dejó llevar allá el santo Jesús, si fue transportado por los aires o si siguió a Satanás a pie, no se sabe; pero sin duda fue una muestra de asombrosa condescendencia de nuestro Señor el permitir que un demonio tan inmundo llevara o condujera de ese modo su santo cuerpo de un lado a otro. ¡Pues bien! Satanás lo tiene ya sobre el pináculo del templo, y, tocando todavía la misma vieja cuerda, le dice: «Si eres Hijo de Dios, échate abajo», y muestra así a esta gran asamblea que está adorando (que entonces sin duda creerá) que eres el Hijo amado de Dios, bajo la protección especial del cielo, y que eres el Mesías, «que había de venir al mundo». Esto era astuto, muy astuto. Pero parece ir creciendo en astucia, porque trae consigo su Biblia y respalda su tentación con un texto de la Escritura: «Porque escrito está (dice él): A sus ángeles mandará por ti, y te alzarán en las manos, para que nunca tropieces con tu pie en piedra». Pero ¿también Saúl entre los profetas? ¿Cita el diablo la Escritura, y además, al parecer, una tan oportuna [apropiada]? Sospecho, sin duda, algún designio: porque en esto quería imitar a nuestro Señor, quien, según advirtió, pensaba combatirlo con esta arma; y como no le gustaba su filo cortante, pensó que, si él citaba la Escritura, el Señor Jesús ya no la emplearía más contra él. «Escrito está (decía, pues): A sus ángeles mandará por ti, y te alzarán en las manos, para que nunca tropieces con tu pie en piedra; y por tanto, ya que estás seguro de tal protección, no tienes por qué temer echarte abajo». Esto era especioso, y por su extensión uno se inclinaría a pensar que era una cita fiel; pero Satanás se cuida no solo de aplicarla mal, sino también de mutilarla, omitiendo a propósito estas importantes palabras: «en todos tus caminos». Es verdad que Dios había dado orden a sus ángeles acerca de sus hijos en general, y de su Hijo amado en particular, de que lo guardaran en todos sus caminos; pero si nuestro Señor, en esta ocasión, a petición del diablo y para satisfacer el orgullo, se hubiera arrojado desde el pináculo, presumiendo así innecesariamente de la protección de su Padre, no habría estado en el camino de Dios, y por tanto no habría tenido derecho alguno a la protección prometida. Satanás lo sabía, y por eso, muy a propósito, omitió lo que sabía que no convenía a su intento. Pero ¿es peor la Escritura por ser abusada o torcida por el diablo o por sus emisarios? No, de ninguna manera. Nuestro Señor, por tanto, le hace saber que no iba a desechar esta importante arma por tal motivo, sino que desvía esta estocada certera con otra escritura: «Escrito está además: No tentarás al Señor tu Dios». Nuestro Señor sigue citando algo del libro de Deuteronomio, y tiene puestos los ojos en Israel en su estado de peregrino en el desierto. Originalmente estas palabras iban dirigidas a los israelitas en general, y por eso están en plural; pero aquí nuestro Señor, como antes, se las aplica en particular a sí mismo: Satanás le dice que se eche abajo, asegurándole que Dios había prometido en su palabra mandar a sus ángeles que cuidaran de él. Ahora bien, dice nuestro Señor: «Escrito está en otra parte de su palabra que los israelitas no debían tentar al Señor su Dios, ni desconfiando de su bondad por un lado, ni presumiendo de su protección por otro. Y por tanto, así como no quise mandar que las piedras se hicieran pan, poniéndome a proveer para mí mismo sin necesidad y con desconfianza, tampoco presumiré ahora innecesariamente del poder de Dios echándome abajo, aunque tú me hayas puesto en una situación tan peligrosa.
Así sale vencedor nuestro gran Miguel en el segundo asalto. ¿Y no siente todavía la serpiente bastante herida la cabeza? En absoluto: al contrario, cada vez más enfurecido por una oposición tan insólita y por la falta de éxito, «otra vez le pasa a un monte muy alto (qué monte fuera, no importa mucho) y le muestra todos los reinos del mundo, y su gloria»; san Lucas añade: «en un momento de tiempo»; lo cual confirma la conjetura común de que Satanás no mostró realmente a nuestro Señor los reinos del mundo (pues eso habría llevado más tiempo), sino que solo lo subió a un monte muy alto para dar color a la cosa, y, desplegando toda su habilidad, imprimió de golpe en la imaginación de nuestro Señor una vista muy viva, y, para cualquiera que no fuese la inocencia misma, muy deslumbrante, de los reinos del mundo y de su gloria; no de sus afanes: eso no habría servido al propósito de Satanás. Le mostró a nuestro Salvador coronas, pero nunca le dijo que esas coronas estaban engastadas [incrustadas] de espinas. «Le mostró (dice el señor Henry, mi comentarista favorito), como en un paisaje, o en una representación aérea en una nube, tal como aquel gran engañador podía fácilmente formarla y componerla, la gloriosa y espléndida apariencia de los príncipes, sus mantos y su séquito, sus carruajes y sus guardias de corps; la pompa de los tronos y de las cortes, y los palacios majestuosos; los suntuosos edificios de las ciudades; los jardines y campos en torno a las casas de campo, con las diversas muestras de su riqueza, placer y alegría; de manera que pudiera herir más la fantasía y excitar la admiración y el afecto. Tal fue este espectáculo». Nuestro Salvador lo sabía muy bien, y solo deja a Satanás llegar hasta el extremo de su cuerda, para que su victoria sobre él fuera tanto más ilustre. Y ahora, dice el diablo: «Todo esto (¡vaya un todo, en verdad; una mera burbuja imaginaria!) te daré, si postrado me adorares. Quisiera dar por sentado que había tenido éxito en las dos tentaciones anteriores: «Vamos, ya ves que no eres el Hijo de Dios, o, si lo eres, ya ves qué Padre tan poco cariñoso es; estás aquí muriéndote de hambre; así que sigue mi consejo, reniega de tu parentesco con él, establécete por tu cuenta, llámame padre, pídeme bendiciones, y todo esto te daré; y lo único que deseo a cambio es una reverencia: solo póstrate y adórame». Aquí Satanás se descubre de veras: este fue, en verdad, un golpe de despedida desesperado. ¿No es ya hora de que se te mande marchar, oh tú, enemigo de las almas? Lleno de una santa indignación ante un trato tan infernal, e incapaz de soportar siquiera la idea de establecerse por su cuenta, o de apartar la más mínima parte de su corazón y de sus afectos de su Padre, o de repartirlos entre su Dios y el mundo, «entonces Jesús le dice: Vete, Satanás (sé quién eres, bajo todos tus disfraces); vete, gran adversario; que escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a él solo servirás; este es el gran mandamiento de la ley; este es el mandamiento que mi Padre dio a su Israel de antaño; ¿y querrías que yo, que vine a cumplir la ley y los profetas, fuera así vergonzosamente su transgresor? Vete; no soportaré más tu insolencia: tus otras tentaciones eran infernales, como tú mismo, pero esta lo es de manera intolerable; vete, pues, Satanás: mi Padre celestial es el Señor mi Dios, y a él solo serviré».
Y ahora la batalla ha terminado; el gran combate ha concluido; Jesús ha ganado el campo: Satanás queda derrotado y puesto en completa fuga. «Entonces», cuando el diablo vio que Jesús podía resistir incluso el cebo de oro, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida, en las dos últimas tentaciones, así como la concupiscencia de la carne en la primera, desesperando de alcanzar el menor éxito, y del todo aturdido por aquel todopoderoso vete de aquí, Satanás, «le dejó».
El infierno, bien podemos suponerlo, quedó confundido, como los filisteos de antaño, y lanzó un gemido horrible al ver a su gran Goliat, en quien tanto tiempo habían confiado, tan vergonzosa y totalmente derrotado en nada menos que tres batallas campales. El primer Adán fue atacado una sola vez, y fue vencido; pero el segundo Adán, aunque asaltado una y otra vez, sale sin el menor pecado, no solo vencedor, sino más que vencedor. ¿No creéis que hubo gozo, gozo inefable en el cielo, en tan gloriosa ocasión? ¿No creéis que los ángeles, esos hijos de Dios, y la multitud de las huestes celestiales, que tan alto aclamaron en el nacimiento de nuestro Señor, repetirían, si cabe, con un éxtasis aún mayor, aquel himno celestial: «Gloria a Dios en las alturas»? Por un tiempo no fueron más que espectadores, pues, podemos suponer, se les habían dado órdenes de que solo aguardaran alrededor, pero sin socorrer a su Señor, que oraba, ayunaba y era tentado; pero ahora se levanta la restricción: Satanás se marcha, y «he aquí los ángeles llegaron y le servían»; vinieron a atender a sus necesidades corporales y a felicitarlo por la gloriosa y completa victoria que había ganado: algunos de ellos, quizá, habían prestado este mismo buen oficio a Elías mucho tiempo atrás; y con un gozo indeciblemente mayor lo repiten ahora con el Señor de Elías. Su Padre le envía pan del cielo, y con ello le hace saber que, a pesar de las horribles tentaciones con que había sido atacado, él es su propio Hijo amado, en quien y con quien tenía contentamiento.
Y si hubo gozo en el cielo en tan feliz ocasión, ¿qué gozo igual, y aun, si cabe, infinitamente mayor, debería haber entre los hijos de Dios aquí en la tierra? Porque haremos bien en recordar que nuestro bendito Señor, en esta gran pelea con el dragón y en su victoria sobre él, obró como persona pública, como cabeza federal de su cuerpo místico, la iglesia, como el representante común de todos los creyentes. Podemos, pues, sacar de este bendito pasaje un poderoso consuelo; puesto que por la victoria de nuestro Señor sobre Satanás se nos asegura la nuestra, y mientras tanto podemos acudir a él como a un Sumo Sacerdote compasivo, que fue tentado en todo según nuestra semejanza, para quedar capacitado por experiencia para socorrernos cuando somos tentados.
¿Quién, quién, después de oír o leer esto, puede creerse maltratado o desechado por completo por Dios porque es tentado al suicidio, a la blasfemia o a cualquier otro crimen horrible y espantoso? ¿Quién puede extrañarse de que se permita que venga ola tras ola, y que una prueba siga a otra? ¿Quién puede asombrarse de que Satanás los persiga hasta las santas ordenanzas, y los tiente a dudar de la realidad de todas sus manifestaciones y de que sean hijos de Dios, aun después de haber gozado de la comunión más íntima y deleitosa con su Padre celestial? ¿No fue así tratado nuestro Señor? ¿Y «será el siervo más que su señor, o el discípulo más que su maestro»? No; bástale al siervo ser como su señor, y al discípulo como su maestro.
Pero, para no detenernos en una aplicación general, veamos qué lecciones particulares pueden aprenderse de esta conmovedora porción de la santa Escritura.
Y, en primer lugar, ¿fue nuestro Señor tan violentamente acosado en el desierto? Entonces podemos aprender que, por provechosos que sean la soledad y el retiro cuando se usan a su debido tiempo, llevados al extremo son dañinos, y más bien favorecen la tentación que la previenen. ¡Ay del que está siempre así solo!, porque cuando cayere no tendrá a otro que lo levante, ni con quien aconsejarse cuando sea tentado. Como me dijo una vez un ermitaño en América, cuando le pregunté si encontraba que aquel modo de vida disminuía sus tentaciones: «¿No sabes, amigo (me dijo), que un árbol que crece solo está más expuesto a los vientos y a las tormentas que otro que está rodeado de otros árboles en el bosque?». Nuestro Señor lo sabía, y por eso fue llevado del Espíritu al desierto para ser tentado del diablo. ¡Señor, guárdanos de meternos nosotros mismos en esta tentación, y socórrenos y sostennos siempre que tu providencia nos lleve a ella! Entonces, y solo entonces, estaremos seguros en medio de los dardos de fuego del gran enemigo de nuestras almas.
En segundo lugar, ¿se preparó nuestro Señor para su ministerio público mediante la oración, el ayuno y la tentación? Entonces, sin duda, todos los que profesan ser movidos interiormente por el Espíritu Santo a tomar sobre sí el oficio y la administración de la iglesia deberían prepararse de la misma manera. Porque, aunque el conocimiento de los libros y de los hombres es bueno en su lugar, si no se le añade el conocimiento de las maquinaciones de Satanás, el ministro no será más que un médico que se pone a recetar a los enfermos sin haber estudiado la naturaleza de las hierbas. Y de ahí, es de temer, que muchas almas trabajadas, cargadas y afligidas hayan sido enviadas por ciertos ministros a los cirujanos para que las sangraran del brazo, en vez de ser encaminadas a acudir a la sangre de Cristo para que limpie su corazón. De ahí que la convicción de pecado se tenga por delirio, y las tentaciones violentas se censuren como pura locura. De ahí que almas que verdadera y sinceramente se arrepienten de sus pecados, y con igual sinceridad buscan descanso en Cristo, hayan sido encaminadas a las comedias, las novelas, los romances y la compañía alegre, para distraerlas de ser demasiado justas. ¡Consoladores molestos son tales guías ciegos! ¡Sin duda no merecen mejor título que el de homicidas de almas! Ni ellos entran en el reino de los cielos, ni a los que están entrando dejarían entrar por este medio. No vayáis tras ellos, todos vosotros, jóvenes que queréis ser ministros competentes del nuevo pacto; sino, al contrario, si queréis ser útiles para vendar a los quebrantados de corazón y derramar el aceite de la consolación en las almas heridas, preparaos para múltiples tentaciones. Porque, como dice Lutero, «la oración y la meditación, la lectura y la tentación hacen al ministro». Si ahora sois ejercitados con conflictos espirituales, no os desaniméis: es buena señal de que nuestro Señor piensa servirse de vosotros. Siendo así tentados como vuestros hermanos, estaréis mejor capacitados para socorrer y aconsejar a los que acudan a vosotros en sus tentaciones. ¿Qué dice el apóstol Pablo? «Si somos atribulados, es por vosotros». Y si vosotros sois atribulados, es solo para que salvéis vuestras propias almas, y ayudéis a salvar las almas de los que sean encomendados a vuestro cuidado. Esforzaos, pues, en la gracia que es en Cristo Jesús, y aprended a sufrir trabajos como buenos soldados, que en lo venidero habéis de enseñar a otros cómo deben pelear la buena batalla de la fe.
En tercer lugar, ¿vino el tentador a Cristo cuando lo vio hambriento? Aprended de aquí, los que entre vosotros habéis venido a menos, que la hora de la pobreza es hora de tentación, no solo de murmurar y de dudar de nuestra filiación y del favor divino, sino también de valernos de medios ilícitos. «Si eres Hijo de Dios, dijo Satanás, di que estas piedras se hagan pan». Esto es lo que temía Agur: «no sea que siendo pobre, hurte». Aprended, vosotros, pobres piadosos, a estar en guardia, y recordad que la pobreza y las tentaciones no son señales de que Dios os haya desechado. Vuestro Señor tuvo hambre; vuestro Señor fue tentado por esa causa a dudar de su filiación, antes que vosotros. Aprended de él a no desconfiar, sino más bien a confiar en vuestro Padre celestial. Los ángeles llegaron y servían a Cristo; y el que es Señor de los ángeles enviará a un mensajero bondadoso u otro para aliviar vuestras necesidades. Vuestro extremo será la oportunidad del Redentor para socorreros. Haced notorias vuestras necesidades delante de él: él tiene cuidado de vosotros. Aunque estéis en un desierto, aunque por ahora no aparezca ningún medio visible, a su debido tiempo hallaréis, por obra de Dios, una mesa puesta para vosotros y los vuestros; «Porque no con solo el pan vivirá el hombre, mas con toda palabra que sale de la boca de Dios».
Y los que entre vosotros estáis enaltecidos, así como los que estáis abatidos, ¿no podéis aprender también, del hecho de que Satanás tomara al Señor Jesús y lo pusiera sobre el pináculo del templo, una lección de santa vigilancia y cautela? Los lugares altos son lugares resbaladizos, y suelen hacer que aun las cabezas más firmes y los corazones más devotos sientan vértigo. ¡Cuán necesaria es, por tanto, aquella excelente súplica de nuestra Letanía: «en todo tiempo de nuestra prosperidad (así como en todo tiempo de nuestra tribulación), líbranos, buen Señor»! De acuerdo con esto, Agur ora tanto contra las riquezas como contra la pobreza: si era pobre, temía ser tentado a hurtar; si era rico, a poner su esperanza en la incertidumbre de las riquezas y decir: ¿Quién es el Señor?
Os encargo, pues, a todos los que sois ricos y encumbrados en este mundo, que veléis y oréis, no sea que caigáis por la tentación de Satanás. Especialmente los que de entre vosotros estáis puestos como sobre el pináculo del templo, enaltecidos por encima de vuestros compañeros en la iglesia de Dios, mirad por vosotros mismos de manera especial, no sea que por orgullo espiritual, vanidad o cualquier otro pecado que con más facilidad asedia a las personas en puestos tan eminentes, os echéis abajo. Eso es lo que Satanás pretende. Se esfuerza por hacernos destructores de nosotros mismos. Y tiene una enemistad particular contra los que son como vosotros; sabe que vuestro nombre es Legión, y que, si os echáis abajo, obtendrá una gran ventaja sobre muchos otros; no podéis caer solos. ¡Ojalá pueda decirse de nosotros lo que los papistas solían decir de Lutero: «Esa bestia alemana no ama el oro»! ¡Que el fuego del amor divino consuma en vuestros corazones todo amor a este presente siglo malo y a la soberbia de la vida! Esto lo reservó Satanás para el final, pensando que era la tentación más poderosa y eficaz: «Pasó a nuestro Señor a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo, y su gloria». No le importa cuánto nos enaltezca, ni cuánto tenga que pujar, con tal de que pueda tener nuestro corazón dividido entre Dios y el mundo. Todo esto nos ofrecerá darnos, con tal de que nos postremos y lo adoremos. Ármanos, amado Señor Jesús, con tu Espíritu, y ayúdanos en todas esas circunstancias a aprender de ti y a decir al tentador: «Vete, Satanás, que escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a él solo servirás».
En cuarto lugar, asediados por esta o por cualquier otra tentación, aprendamos todos de nuestro Señor a combatir al diablo con la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios. Aunque él tenía el Espíritu sin medida, siempre se valió de ella. Podemos decir de ella lo que David dijo de la espada de Goliat: «Ninguna como ella»; ninguna como ella. Y suponiendo que a Satanás se le permitiera transformarse en ángel de luz y, mediante falsas impresiones y aplicaciones engañosas de textos mal citados, intentara volver esta arma contra nosotros mismos, no nos dejemos inducir por ello a soltarla, sino, acomodando lo espiritual a lo espiritual, como hizo nuestro Señor, averigüemos la mente de Dios y nuestro deber. ¡Si los hijos y los ministros de Cristo hubieran observado tan solo esta lección, cuánto fuego extraño se habría apagado pronto! ¡Cuánto verdadero fanatismo se habría detenido fácilmente! ¡Cuántas revelaciones imaginarias se habrían descubierto! ¡Cuántos triunfos de Satanás y de sus emisarios se habrían impedido! ¡Y cuánto más se habrían conservado y aumentado los consuelos del pueblo de Cristo y de sus ministros, no solo en esta época presente, sino en todas las épocas de la iglesia cristiana! Pero no nos desanimemos ni pensemos peor de Cristo, de su causa o de su palabra, porque, por la astucia de Satanás, alguno de nosotros, u otros, hayamos sido arrastrados a hacer de ella alguna aplicación equivocada; otros antes que nosotros fueron así tentados y se equivocaron. Con todo, humillémonos delante de Dios y de los hombres, y que nuestra pasada ignorancia de las maquinaciones de Satanás nos mueva a adherirnos más estrechamente a la palabra escrita y a orar con más fervor para que el santo Espíritu de Dios nos dirija por ella. «Entonces seguirá siendo lámpara a nuestros pies, y lumbrera a nuestro camino»; y aún seremos capacitados para conducirnos con más acierto en todas nuestras pruebas futuras. Muchas hemos de esperar todavía; es más, quizá nuestras tentaciones más severas están aún por venir; Satanás dejó a nuestro Señor, después de atacarlo en el desierto, «por un tiempo», como dice san Lucas, hasta el tiempo de su muerte y pasión. Y así se le puede permitir tratarnos a nosotros. Aún no hemos llegado a nuestro reposo completo; aún hemos de luchar cuerpo a cuerpo con el rey de los espantos, y pasar por el valle de sombra de muerte; mucho antes de eso, puede que seamos llamados a soportar muchas pruebas de fuego y a vernos acosados por múltiples tentaciones, en las cuales quizá no sepamos cómo conducirnos, igual que en las que ya nos han visitado. ¡Ay!, no sabemos qué corrupciones quedan aún en nuestro corazón, que el tiempo y la tentación pueden sacar a la luz y descubrir. Quizá Satanás no nos ha atacado todavía por nuestro lado más débil; cuando lo haga, si quedamos librados a nosotros mismos, ¡qué débiles seremos! Se dice de Aquiles que era invulnerable, excepto en el talón, y que por una herida en él murió al fin. Por tanto, no se alabe el que se ciñe, como el que ya se desciñe.» Pero, por otro lado, no nos acobardemos ni desmayemos. Satanás puede tentar, pero no puede forzar; puede zarandear, pero Cristo rogará. El que ya nos ha ayudado nos ayudará hasta el fin. El que venció por nosotros en el desierto, dentro de poco nos hará también más que vencedores sobre todas las pruebas y tentaciones, interiores y exteriores, y sobre la muerte y el infierno mismo, por su amor todopoderoso, eterno e indefectible. Ahora sembramos con lágrimas; dentro de muy poco segaremos con regocijo; puede que ahora andemos llorando por el camino, por la opresión del enemigo; pero dentro de poco serán enviados ángeles, no para servirnos en este desierto, sino para llevarnos a una Canaán celestial, al seno mismo de Abraham. Entonces veremos arrojado a este acusador y tentador de nuestro Señor, de nuestros hermanos y de nosotros mismos: este maligno, igual que el mundo malvado y el corazón malvado, ya no tendrá permiso para afligirnos, perturbarnos ni molestarnos.
«Pero ¡ay de vosotros, los que ahora reís!, porque entonces lamentaréis y lloraréis». ¡Ay de vosotros, que o bien creéis que no hay diablo, o nunca habéis sentido ninguna de sus tentaciones! ¡Ay de vosotros, los reposados en Sión, que, en vez de esperar a ser tentados por el diablo, por la ociosidad, la complacencia propia y el proveer continuamente para la carne, hasta tentáis al diablo a que os tiente! ¡Ay de vosotros, que, no contentos con pecar vosotros mismos, os hacéis agentes del infierno y hacéis oficio de tentar a otros a pecar! ¡Ay de vosotros, que o bien negáis la revelación divina, o nunca os valéis de ella sino para un mal fin! ¡Ay de vosotros, que vendéis vuestra conciencia y empeñáis vuestra alma por un poco de riqueza o de honra mundana! ¡Ay de vosotros, que trepáis a los lugares altos, en la iglesia o en el estado, por corrupción, soborno, extorsión, servilismo, adulación, o inclinándoos ante los vicios de aquellos por quienes esperáis medrar y halagándolos! ¡Ay de vosotros! Porque, queráis reconocer el parentesco o no, ciertamente sois de vuestro padre el diablo, pues las obras de vuestro padre queréis hacer; tiemblo por vosotros. ¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?
Pero no tengo tiempo de seguir más a los que sois así. Este discurso, y la presente disposición de mi ánimo, me llevan más bien a hablar a aquellos que, por sentir los dardos de fuego de Satanás, saben con certeza que hay un diablo. Consuela, consuela tú a estos afligidos, oh Señor. Oh tú, Dios todo misericordioso y todo bondadoso, y tú, Sumo Sacerdote compasivo, tú, Salvador una vez tentado y ahora triunfante, así como una vez no desdeñaste ser servido por ángeles, bendice, te rogamos, este discurso para sostén y fortaleza de tu pueblo tentado, aunque lo haya pronunciado el más humilde mensajero que jamás hayas empleado en tu iglesia.
No añado más. ¡El Señor os bendiga y os guarde! ¡El Señor alce sobre vosotros la luz de su rostro, os confirme, os fortalezca y os establezca, y os lleve a su reino eterno!
Capítulo 17 completado
La tentación de Cristo