Capítulo 16 · 19 min de lectura · 25 min de escucha
La celebración del nacimiento de Cristo, deber de todos los cristianos; o la verdadera manera de guardar la Navidad
Mateo 1:21 — «Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».
La celebración del nacimiento de Cristo ha sido tenida por un deber por la mayoría de los que profesan el cristianismo. Cuando consideramos la condescendencia y el amor del Señor Jesucristo al someterse a nacer de una virgen, una pobre criatura pecadora; y sobre todo sabiendo él cómo había de ser tratado en este mundo: que había de ser despreciado, escarnecido, y al fin morir una muerte dolorosa, vergonzosa e ignominiosa; que sería tratado como si fuera el desecho de todo el género humano; tratado no como hijo de hombre, y por tanto, en modo alguno como el Hijo de Dios; la consideración de estas cosas debería movernos a admirar el amor del Señor Jesucristo, que tan dispuesto estuvo a ofrecerse en rescate por los pecados del pueblo, que, cuando vino el cumplimiento del tiempo, Cristo vino, hecho de mujer, hecho súbdito a la ley: vino conforme al consejo eterno del Padre; vino, no en gloria ni en esplendor, no como quien traía consigo toda la salvación; no, nació en un establo y fue acostado en un pesebre; los bueyes fueron sus compañeros. ¡Oh asombrosa condescendencia del Señor Jesucristo, rebajarse a cosas tan bajas y pobres por amor de nosotros! ¡Qué amor es este, qué amor tan grande y maravilloso hubo aquí, que el Hijo de Dios viniera a nuestro mundo en tan humilde condición, para librarnos del pecado y la miseria en que nos vimos envueltos por nuestra caída en nuestros primeros padres! Y como todo lo que procedía de los manantiales había de estar turbio, porque la fuente lo estaba, el Señor Jesucristo vino a tomar sobre sí nuestra naturaleza, a morir una muerte vergonzosa, dolorosa y maldita por amor de nosotros; murió por nuestros pecados, y para llevarnos a Dios: nos limpió con su sangre de la culpa del pecado, satisfizo por nuestras imperfecciones; y ahora, hermanos míos, tenemos acceso a él con confianza; él es mediador entre nosotros y su Padre ofendido.
Por tanto, si tan solo consideramos a qué estado hemos caído, y a qué gran distancia de Dios; cuán vil era nuestra naturaleza; qué depravación, y cuán incapaces éramos de restaurar en nuestras almas aquella imagen de Dios que perdimos en nuestros primeros padres; cuando considero estas cosas, hermanos míos, y que el Señor Jesucristo vino a restituirnos al favor de Dios que habíamos perdido, y que Cristo no solo descendió con el propósito de hacerlo, sino que realmente cumplió todo lo que había en su corazón para con nosotros; que nos levantó y nos trajo al favor de Dios, para que halláramos bondad y misericordia delante de él; ciertamente esto pide de nuestra parte alguna gratitud a nuestro amado Redentor por este amor y esta bondad para con nuestras almas. ¡Cuán justo habría sido de su parte dejarnos en aquel deplorable estado en que, por nuestra culpa, nos habíamos metido! Porque Dios no podía, ni puede, recibir ningún bien adicional por nuestra salvación; sino que fue amor, puro amor; fue amor gratuito lo que trajo al Señor Jesucristo a nuestro mundo hace unos mil setecientos años. ¿Cómo? ¿No recordaremos el nacimiento de nuestro Jesús? ¿Celebraremos cada año el nacimiento de nuestro rey temporal, y será del todo olvidado el del Rey de reyes? ¿Será precisamente lo que más debería recordarse lo único del todo olvidado? ¡Dios no lo quiera! No, mis queridos hermanos, celebremos y guardemos esta fiesta de nuestra iglesia con gozo en el corazón; que el nacimiento de un Redentor que nos redimió del pecado, de la ira, de la muerte y del infierno, sea siempre recordado; ¡que el amor de este Salvador jamás se olvide! ¡Sino que cantemos todo su amor y su gloria mientras dure la vida aquí, y por una eternidad sin fin en el mundo de arriba! ¡Que cantemos las maravillas del amor redentor y las riquezas de la libre gracia, entre ángeles y arcángeles, querubines y serafines, sin cesar, por los siglos de los siglos! Y como, hermanos míos, se acerca el tiempo de guardar esta fiesta, consideremos nuestro deber en la verdadera observancia de ella, la manera recta de celebrar, para la gloria de Dios y el bien de las almas inmortales, el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, acontecimiento que debería tenerse en eterna memoria.
Mi propósito es dar reglas para guardar verdaderamente ese tiempo de Navidad que ya se acerca.
I. Os mostraré cuándo puede decirse que no observáis esta fiesta como es debido.
II. Os mostraré cuándo vuestra observancia y celebración de esta fiesta se hace conforme a la gloria de Dios y a la verdadera manera de guardarla.
III. Concluiré con una exhortación a todos vosotros, altos y bajos, ricos y pobres, unos con otros, a cuidar vuestra conducta en todo tiempo, pero muy especialmente, mis queridos hermanos, en esta ocasión solemne.
I. Hermanos míos, he de mostraros cuándo vuestra celebración de esta fiesta no es de la clase debida.
Y primero, no la celebráis como es debido cuando pasáis la mayor parte de vuestro tiempo en naipes, dados o juegos de cualquier clase.
Esta es una temporada en que no hay más licencia que en cualquier otra para malgastar vuestro precioso tiempo en esos entretenimientos ilícitos. La gente tiende a halagarse pensando que ahora es libre y tiene permiso para pasar tardes enteras jugando a los naipes, a los dados o en cualquier diversión, para matar, como dicen, una tarde tediosa. Ahora son capaces de cualquier cosa con tal de matar lo que corre tan veloz como el pensamiento: el tiempo siempre está en vuelo; apenas está presente, ya ha pasado; apenas llega, ya se ha ido. ¿Y tenemos tanto que hacer, y tan poco tiempo para hacerlo, y aun así nos quejamos de que el tiempo nos pesa en las manos? ¿No tenemos que echar de nuestras almas al diablo y a la bestia? ¿No ha de ser cambiada nuestra naturaleza, sometidas nuestras corrupciones, rendida nuestra voluntad a Dios, ablandado nuestro duro corazón, quitadas todas las cosas viejas, y hechas nuevas todas las cosas en nuestras almas? ¿No hay todo esto por hacer? ¡Y aun así tenemos demasiado tiempo en las manos! Bien será que, en vez de tener demasiado tiempo, no hallemos que hemos tenido demasiado poco cuando lleguemos a morir; entonces desearemos, hermanos míos, haber hecho más caso de nuestro tiempo, haberlo aprovechado para la gloria de Dios y el bien de nuestras almas inmortales.
¡Dios mío! Cuán asombroso es considerar que muchos pueden ir a la iglesia por la mañana, tomar el sacramento, y volver a casa a pasar la tarde y la noche jugando a los naipes. ¿Es esto, hermanos míos, discernir el cuerpo del Señor? ¿Es esto tomar el sacramento conforme a su institución? ¿No es esto profanarlo, y tener por inmunda la sangre del pacto?
Por tanto, los que habéis tenido esto por costumbre en tiempos pasados, permitidme rogaros, por las entrañas de misericordia, que no lo hagáis más; porque, en verdad, es terrenal, es sensual, es diabólico. Considerad lo que se dice de los que comen y beben indignamente de la mesa del Señor: que comen y beben su propia condenación. ¿Y puede decirse, hermanos míos, que comen y beben de otra manera los que, apenas salen de la mesa del Señor, corren a las diversiones del diablo? En verdad esto es sumamente pecaminoso y desagrada al Señor; dejad, pues, esas diversiones que son tan malas en sí mismas: oh, no seáis hallados en aquellos ejercicios y en aquel placer en que no quisierais ser hallados cuando lleguéis a morir. Así, hermanos míos, veis que no es una recta celebración del nacimiento del Señor Jesús pasarlo en naipes, dados o cualquier otra diversión que procede tan directamente del diablo y destruye toda verdadera bondad.
Segundo, no puede decirse que celebran verdaderamente este tiempo los que lo pasan comiendo y bebiendo con exceso.
Esta es una temporada en que la gente tiende a entregarse a toda clase de lujos: la iniquidad abunda ahora a toda prisa; apenas se ve otra cosa que lo más extravagante que pueda imaginarse; no solo para las necesidades del cuerpo, sino para regalarlo en la concupiscencia, para alimentar sus vicios, para hacerlo seguir en el pecado, para que sea medio de satisfacer nuestro apetito carnal; y esto es un medio de hacernos olvidar al Señor de la gloria. Esto solo nos hace aptos para las faenas serviles que el diablo nos encomiende; esto no es sino prepararnos para correr adondequiera que el diablo nos envíe; esto, en vez de negarnos a nosotros mismos, es complacernos a nosotros mismos; esto no es, ni puede llamarse, una celebración del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, cuando nos hacemos peores que las bestias que perecen.
No hablo contra el comer y beber de las cosas buenas de la vida, sino contra el comer y beber de ellas con exceso, porque así nos inhabilitan para el servicio de Dios; nos hacen insociables para con nuestros semejantes, y pueden ocasionar que seamos culpables de decir y hacer cosas que nos avergonzaría pensar si solo hubiéramos comido o bebido con moderación.
Por tanto, mis queridos hermanos, permitidme rogaros que pongáis guardia sobre vosotros mismos; cuidad de no meteros en compañías que puedan tentaros al mal; pues ¿se metería un hombre en peligro a propósito? ¿Entraría un hombre en una compañía donde, antes de ir, sabe que estará expuesto a grandes tentaciones? Y por tanto, si tenéis alguna razón para pensar que la compañía a la que vais será una tentación, os ruego, por las misericordias de Dios en Cristo Jesús, que no os metáis en ella.
¿Cómo podéis decir: «No nos metas en tentación», cuando estáis resueltos a meteros vosotros mismos en ella, corriendo hacia las ocasiones de pecado? Se os manda apartaros de toda apariencia de mal; ¿y lo hacéis así corriendo al lugar y a la compañía donde es probable que se cometa? No; esto está tan lejos de evitarlo y huir de ello, que es prueba clara de lo contrario; por tanto, si sois de los que quieren observar este tiempo, esta fiesta de nuestra iglesia, que no sea corriendo al exceso; porque veis claramente que de los culpables de ello no puede decirse con propiedad que la celebren.
Tercero, tampoco puede decirse, hermanos míos, que guardan u observan rectamente la conmemoración del nacimiento de nuestro Redentor, el Señor Jesucristo, los que descuidan sus ocupaciones en el mundo para seguir placeres y diversiones.
¡Ay! Muchos, en vez de guardar este tiempo como se debe, corren al pecado con avidez; en vez de consagrar su tiempo al Señor, lo consagran solo al diablo y a sus propias concupiscencias. ¡Cuántos de los que así malgastan su tiempo en esta temporada dejan a un lado el trabajo de su oficio durante bastante tiempo, sin otro fin que seguir placeres terrenales, sensuales y diabólicos! Si fueran a oír un sermón, o a una sociedad, hermanos míos, todas las bocas de los fariseos se abren a la vez contra ellos: que no solo van a arruinarse a sí mismos, sino que van a arruinar también a sus familias; les parece innecesario tanto alboroto; esto es ser justo en demasía; pero podéis ser tan malvados como queráis, y ellos no protestarán; en cambio, cuando sois malvados en demasía, sirviendo al diablo y a vuestros propios placeres una semana o un mes seguidos, entonces, hermanos míos, para ellos solo estáis tomando un poco de recreo, pasando el tiempo en diversiones inocentes; nadie clama contra vosotros, no hay protesta alguna de que vais a arruinaros. Además, si dais la más pequeña cantidad entre el pobre pueblo de Dios para su alivio, entonces estáis robando a vuestras familias, entonces os vais a volver locos, ¡y dentro de pocos días estaréis tan metodísticamente locos que no serviréis para la conversación de un caballero refinado! Pero si gastáis cien veces ese dinero en teatros, etc., en vuestras concupiscencias y placeres, entonces sois apreciados y estimados como buenos amigos y compañeros; pero, mis queridos hermanos, estos buenos compañeros a juicio del mundo nunca lo son a juicio del Señor Jesucristo. No podéis servir a Dios y a las riquezas; o perdéis vuestras concupiscencias, vuestros placeres y vuestros deleites, o no podéis esperar hallar favor con Dios; porque en verdad, y en verdad, los caminos que demasiados siguen en este tiempo son pecaminosos, sí, son sumamente pecaminosos. Veis que no puede decirse que celebran este santo tiempo los que así malgastan su precioso tiempo con descuido de sus familias; estos se destruyen a sí mismos, y bien a las claras.
Así, mis queridos hermanos, os he mostrado quiénes son los que no observan esta santa fiesta.
II. Paso ahora, en segundo lugar, a mostraros quiénes son los que observan rectamente y celebran de verdad el nacimiento de nuestro Redentor.
Y os mostraré quiénes son en dos puntos directamente opuestos a los anteriores; y entonces, hermanos míos, escoged: tenéis que escoger lo uno o lo otro, no hay término medio; tenéis que servir al Señor o a Baal; y por tanto, mis queridos hermanos, permitidme rogaros que consideréis,
Primero, que emplean bien su tiempo, y observan verdaderamente esta fiesta, los que pasan sus horas leyendo, orando y en conversación piadosa.
¿Qué podemos hacer para emplear nuestro tiempo en un fin más noble que leer lo que nuestro amado Redentor ha hecho y padecido; leer que el Rey de reyes y Señor de señores descendió de su trono y tomó sobre sí la forma del más humilde de sus siervos, y cuán grandes cosas sufrió? Esta, esta es una historia digna de leerse, esto merece que empleemos en ello nuestro tiempo; y ciertamente, cuando leemos los padecimientos de nuestro Salvador, ello debería movernos a la oración, para que tengamos parte en el Señor Jesucristo; para que la sangre que derramó en el monte Calvario, y su muerte y crucifixión, hagan expiación por nuestros pecados, para que seamos hechos santos; para que seamos capacitados para despojarnos del viejo hombre con sus obras, y vestirnos del nuevo hombre, a saber, el Señor Jesucristo; para que arrojemos el pesado yugo del pecado y tomemos el yugo del Señor Jesucristo. En verdad, hermanos míos, estas cosas piden oración, y oración ferviente también; y oh, sed fervientes con Dios, para que tengáis parte en este Redentor, y para que os vistáis de su justicia, de modo que no comparezcáis delante de él con vuestros trapos de inmundicia, ni seáis hallados sin el vestido de boda. Oh, no confiéis, os lo ruego, en vosotros mismos para la justificación; no podéis, en verdad no podéis ser justificados por las obras de la ley. Os suplico que vuestro tiempo se emplee así; y si estáis en compañía, que vuestro tiempo se pase en la conversación que aprovecha: que no sea sobre vuestros vestidos, vuestros teatros, vuestras ganancias o vuestros asuntos mundanos, sino sobre las maravillas del amor redentor. Oh, contad, contaos unos a otros cuán grandes cosas ha hecho el Señor por vuestras almas; declaraos unos a otros cómo fuisteis librados de las manos de vuestro enemigo común, Satanás, y cómo el Señor ha sacado vuestros pies del lodo y los ha puesto sobre la Roca de los siglos, el Señor Jesucristo; allí, hermanos míos, no hay resbalón posible. Las demás conversaciones, a fuerza de repetirlas, llegáis a conocerlas del todo; pero de Cristo siempre hay algo nuevo que eleve vuestros pensamientos; nunca os faltará materia cuando el amor del Señor Jesucristo sea el tema. Que Jesús sea, pues, hermanos míos, el tema de toda vuestra conversación.
Que vuestro tiempo se emplee en él: oh, esta, esta es una ocupación que, si pertenecéis a Jesús, os durará por toda la eternidad. Que otros disfruten de sus naipes, de sus dados y de sus horas de juego; vosotros, hermanos míos, emplead vuestro tiempo leyendo, orando y en conversaciones piadosas. ¿Qué resistirá mejor la prueba en el día postrero? ¿Qué pensáis que traerá más consuelo, más paz, en la hora de la muerte? Oh, vivid y emplead ahora vuestro tiempo como desearéis haberlo hecho cuando lleguéis a morir.
Segundo, que las cosas buenas de la vida de que disfrutáis se usen con moderación.
No estoy, como os dicen los burladores de hoy, en contra de comer y beber las cosas buenas de la vida; no, hermanos míos, solo estoy en contra de que se usen con exceso; por tanto, permitidme rogaros que evitéis esas grandes imprudencias, esas acciones pecaminosas que darán a los enemigos de Dios ocasión de blasfemar. Permitidme rogaros que cuidéis, que cuidéis de modo particular vuestra conducta en este tiempo; porque en verdad los ojos de todos están puestos en vosotros, y mucho se alegrarían de hallar algún motivo de queja contra vosotros. Pueden decir cosas contra nosotros sin causa; ¿y cuánto se alegrarían si hubiera algo de qué culparnos? Entonces sí que triunfarían y se regocijarían; y todos vuestros pequeños tropiezos, mis queridos hermanos, se me cargan y se me cargarían a mí. Oh, en este tiempo, cuando los ojos de tantos están puestos en vosotros, estad en guardia; y si usáis con moderación las cosas buenas de esta vida, entonces celebráis esta fiesta de la manera que pide su institución.
Y en vez de correr al exceso, que el dinero que podríais gastar en regalar vuestros propios cuerpos se dé para alimentar a los pobres; ahora, hermanos míos, es la temporada en que comúnmente necesitan socorro; y ciertamente no podéis obrar de manera más conforme a la temporada, al tiempo, ni a la gloria de Dios, que socorriendo a sus pobres siervos afligidos. Por tanto, si alguno de vosotros tiene amigos o conocidos pobres que están en apuros, os ruego que los ayudéis; y no solo a vuestros conocidos, sino a los pobres en general. Oh, mis queridos hermanos, eso os resultará más provechoso otro día que todo lo que habéis gastado en complacer la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos o la soberbia de la vida. Considerad que Cristo siempre estuvo dispuesto a socorrer a los afligidos; es también mandamiento suyo; ¿y podéis conmemorar mejor el nacimiento de vuestro Rey, vuestro Salvador, el Señor Jesucristo, que obedeciendo uno de sus mandamientos?
No os olvidéis, mis queridos hermanos, de los pobres del mundo; considerad que, si la providencia os ha sonreído y os ha bendecido con abundancia de las cosas de esta vida, Dios os pide alguna muestra de gratitud; acordaos de los pobres, y cuando lo hagáis, entonces podrá decirse que tenéis verdadero respeto por ese tiempo que ahora se acerca; si queréis observar verdaderamente esta fiesta, que se haga con moderación y con atención a los pobres de este mundo.
Tercero, permitidme rogaros que no apartéis demasiado de vuestro tiempo de los negocios mundanos de esta vida, sino que les prestéis la atención debida, y entonces podrá decirse que observáis rectamente esta fiesta.
Dios no permite a nadie estar ocioso: en todas las edades se ha alabado el trabajo; y por tanto no penséis que temporada alguna nos dispensa de nuestras ocupaciones; no hemos, hermanos míos, de trabajar desordenadamente por las cosas de esta vida, sino que hemos de trabajar por ellas con toda moderación; no hemos de descuidar nuestras ocupaciones; no, hemos de atender a aquellos lugares y estados de la vida que Dios en su providencia ha juzgado convenientes para nosotros; y por tanto, cuando descuidáis vuestros negocios con perjuicio de vuestras familias, sea cual sea el pretexto que pongáis para ello, sois culpables de pecado; no obráis conforme a la doctrina del evangelio, sino que quebrantáis los mandamientos del Señor Jesucristo, tanto según su palabra como según su propio ejemplo.
En esta fiesta la gente tiende a tomarse un poco más de libertad que de costumbre; y si ese tiempo apartado de nuestras ocupaciones no perjudica a nosotros ni a nuestras familias, y se emplea en el servicio de Dios y el bien de las almas inmortales, entonces no lo tengo por pecaminoso; pero hay demasiada razón para temer que el tiempo se emplea en nuestras propias concupiscencias, y entonces es sumamente pecaminoso, va contra nuestras propias almas y contra el bien de nuestras familias, y en vez de conmemorar el nacimiento de nuestro amado Redentor, lo deshonramos en el mayor grado posible.
Por tanto, examinad rigurosamente vuestro fin y propósito al emplear vuestro tiempo; ved, hermanos míos, si procede de un verdadero amor a vuestro Redentor, o si no hay en el fondo algún placer o ventaja mundana; si lo hay, nuestro fin no es recto; pero si procede enteramente del amor a aquel que murió y se entregó por nosotros, nuestras acciones lo probarán; entonces nuestro tiempo se empleará, no en los placeres refinados de la vida, sino conforme a la doctrina y los mandamientos del bendito Jesús; entonces nuestra vivienda estará en los cielos; ¡y ojalá se hallara que este es el fin de cada uno de vosotros, los que ahora me oís! Entonces observaríamos verdaderamente esta fiesta, y tendríamos verdadero respeto por el motivo de ella, a saber, la venida de Cristo a redimir las almas de los que se habían perdido.
Permitidme concluir ahora, mis queridos hermanos, con unas palabras de exhortación, rogándoos que penséis en el amor del Señor Jesucristo. ¿Vino Jesús al mundo para salvarnos de la muerte, y no emplearemos parte alguna de nuestro tiempo en conversar acerca de nuestro amado Jesús? ¿No haremos caso del nacimiento de aquel que vino a redimirnos de la peor esclavitud, la del pecado y del diablo? ¿Y no solo nacerá este Jesús por causa nuestra, sino que morirá también en nuestro lugar, y aun así nos olvidaremos de él? ¿Emplearemos nuestro tiempo en cosas que le ofenden? ¿No haremos más bien todo lo que podamos para promover su gloria y obrar conforme a su mandamiento? Oh, mis queridos hermanos, sed hallados en los caminos de Dios; no inquietemos a nuestro amado Redentor con conducta desordenada alguna; y permitidme rogaros que os esforcéis por amarle, temerle, honrarle y obedecerle más de lo que jamás lo habéis hecho; que el diablo no acapare vuestro tiempo mientras aquel amado Salvador que vino al mundo por vosotros recibe tan poco. ¡Oh, no seáis tan ingratos con aquel que ha sido tan bondadoso con vosotros! ¿Qué más podía haber hecho por vosotros el Señor Jesucristo de lo que ha hecho? No abuséis, pues, de su misericordia, sino que vuestro tiempo se emplee en pensar y hablar del amor de Jesús, que se encarnó por nosotros, que nació de mujer y fue hecho súbdito a la ley, para librarnos de la ira venidera.
Ahora, a Dios Padre, a Dios Hijo, etc.
Capítulo 16 completado
La celebración del nacimiento de Cristo, deber de todos los cristianos; o la verdadera manera de guardar la Navidad