Sermones escogidos de George Whitefield
La justicia de Cristo, una justicia eterna

Capítulo 15 · 31 min de lectura · 40 min de escucha

La justicia de Cristo, una justicia eterna

Daniel 9:24 — «Y para traer la justicia eterna».

Al leer estas palabras no puedo menos que dirigirme a vosotros con el lenguaje de los ángeles a los pobres pastores que de noche guardaban las vigilias sobre su rebaño: «He aquí os doy nuevas de gran gozo»; nuevas tales que, si tenemos oídos para oír, si tenemos ojos para ver, y si nuestro corazón ha experimentado de veras la gracia de Dios, han de hacernos exclamar con la virgen María: «Engrandece mi alma al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador». Las palabras que os he leído forman parte de una de las revelaciones más explícitas que se dieron de Jesucristo antes de que hiciera su entrada pública en este nuestro mundo. Algunos han observado, y con mucha razón, que es una señal de la bondad divina para con sus criaturas el que le plazca dejar que la luz entre gradualmente sobre el mundo natural. Si el sol, desde la oscuridad de la medianoche, brillara de inmediato con todo su resplandor de mediodía, su gran esplendor deslumbraría nuestros ojos y nos dejaría ciegos de nuevo; pero a Dios le place hacer que la luz entre poco a poco, y de ese modo somos preparados para recibirla. Y así como Dios se complace en tratar con el mundo natural, así ha tratado con el mundo moral, con el mundo espiritual. El Señor Jesucristo no apareció de una vez en toda su gloria, sino que, así como el sol sale gradualmente, así el Señor Jesús, el Sol de justicia, se levantó gradualmente sobre los hombres, trayendo salud en sus alas. De ahí que nuestros primeros padres no tuvieran en qué fijar su fe sino aquella primera promesa: «La simiente de la mujer herirá a la serpiente en la cabeza». Y en las edades siguientes, muchas veces y de muchas maneras, plugo a Dios hablar a nuestros padres por los profetas, antes de hablarnos en estos postreros días por su Hijo; y los profetas que eran más particularmente amados de Dios recibieron, al parecer, revelaciones más particulares y extraordinarias acerca de Jesucristo.

Por los relatos que tenemos en la Escritura es evidente que el profeta Daniel fue uno de ellos; el ángel lo llama no solo «varón amado», sino «varón muy amado», o, como dice el margen de vuestras Biblias, «era varón de deseos», de deseos grandes y extensos de promover la gloria de Dios; era un hombre deseable, un hombre que hizo mucho bien en su generación, y por eso su vida había de ser muy deseada por los que amaban a Dios. Las palabras que he escogido como tema de nuestra presente meditación contienen parte de una revelación hecha a este hombre. Si volvéis al principio de este capítulo, hallaréis en qué estaba ocupado este buen hombre cuando plugo a Dios darle esta revelación; versículo 2: «En el año primero del reinado de Darío, yo Daniel miré atentamente en los libros el número de los años, del cual habló el Señor al profeta Jeremías, que había de concluir la asolación de Jerusalén en setenta años». Daniel era un gran hombre, y a la vez un hombre bueno; con ser tan grande, según parece no se tenía por demasiado alto para leer su Biblia; hacía de la Biblia su estudio constante, pues es la Biblia lo que hemos de entender por lo que aquí se llama los libros, y en otro lugar, la Escritura de verdad. Halló que el tiempo en que el pueblo de Dios había de ser librado de la cautividad estaba ya cerca. Pues bien, cualquiera habría pensado que por eso Daniel no necesitaba orar; pero esto, en vez de retardarlo, lo avivó en sus oraciones; y por eso se nos dice en el versículo tercero: «Y volví mi rostro al Señor Dios, buscándole en oración y ruego, en ayuno, y cilicio, y ceniza». Está bellamente expresado: «volvió su rostro», como si estuviera resuelto a no apartar jamás los ojos de Dios hasta que a Dios le placiera darle respuesta; estaba resuelto, como Jacob, a luchar con el Señor Dios hasta que Dios tuviera a bien darle la bendición deseada. Se nos dice en el versículo cuarto que «oró al Señor, e hizo confesión», no solo de sus propios pecados, sino de los pecados de su pueblo. Y cuando os retiréis de aquí a vuestras casas, antes de acostaros, os recomendaría la lectura de esta oración; cada palabra de ella revela su extraordinaria preocupación por el bien público. Me llevaría demasiado tiempo hacer las observaciones que en verdad merece esta oración; para traeros cuanto antes a las palabras del texto, pasemos al versículo veinte, y allí hallaréis el éxito que tuvo Daniel cuando oraba. Dice él: «Aun estaba hablando, y orando, y confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, y derramaba mi ruego delante del Señor mi Dios por el monte santo de mi Dios; aun estaba hablando en oración, y aquel varón Gabriel, al cual había visto en visión al principio, volando con presteza, me tocó como a la hora del sacrificio de la tarde. La manera en que Daniel se expresó es muy enfática: «Aun estaba hablando en oración»; lo cual implica que Dios nos permite, cuando nos acercamos a él por la fe en la oración, presentarle todas nuestras quejas; nos permite hablarle y conversar con él, como habla un hombre con su amigo. Daniel, además, hacía en ese momento de la confesión una parte de su oración; porque nunca, nunca estamos en mejor disposición para recibir respuestas de lo alto que cuando nos humillamos delante del Señor. No solo confesaba sus propios pecados, sino que confesaba los pecados de su pueblo; oraba por aquellos que quizá rara vez oraban por sí mismos. «Aun estaba hablando en oración, y aquel varón Gabriel»: nombre que, interpretado, significa la fortaleza de Dios; nombre muy apropiado, dice el obispo Hall, para aquel ángel que había de venir a traer al mundo la noticia del Dios de fortaleza, el Señor Jesucristo. Este ángel se representa aquí volando, y volando con presteza, para mostrarnos cuán dispuestos, cuán indeciblemente dispuestos están esos benditos espíritus a traer buenas noticias a los hombres. Y por esta razón, supongo, nuestro Señor nos enseña a pedir «que la voluntad de Dios sea hecha por nosotros en la tierra, como se hace en el cielo», para que imitemos un poco aquella prontitud y aquel vigor que emplean los ángeles cuando son enviados a cumplir los encargos de Dios.

Pues bien, aquí no solo se menciona que el ángel volaba con presteza, sino también la hora en que vino: «Vino y me tocó como a la hora del sacrificio de la tarde», es decir, hacia las tres de la tarde; a esa hora se ofrecía un sacrificio a Dios, y este sacrificio era de un modo particular figura del Señor Jesús, que en la tarde del mundo había de hacerse sacrificio por los pecadores. Se nos dice en el versículo 22 qué mensaje trajo este ángel: «Me hizo entender, y habló conmigo, y dijo: Daniel, ahora he salido para darte sabiduría y entendimiento; al principio de tus ruegos salió la orden, y yo he venido para enseñártela, porque tú eres muy amado; entiende, pues, el asunto, y considera la visión». Este pasaje, con otros semejantes de la Escritura, ha consolado a menudo mi alma, y puede consolar el corazón de todo el pueblo de Dios. Hay muchos de vosotros, quizá, que habéis orado, y vuelto a orar a Dios, y probablemente no veis que se os haya dado respuesta alguna: oráis por un corazón ensanchado, oráis pidiendo consuelo, oráis pidiendo liberación; a Dios le place retenerlo por un tiempo; entonces se mete el diablo y dice que Dios ha desechado vuestras oraciones, que Dios nunca os oirá, que Dios nunca os hará caso, y que por tanto no oréis más. Pero, mis queridos amigos, eso es un error; mil años son delante de Dios como un día; y el Señor Jesús nos ha mandado «orar siempre, y no desmayar». Puede que vuestras oraciones hayan sido oídas en el mismo instante en que salieron de vuestros labios, aunque quizá no le plazca a vuestro Dios (y quizá no os convenga) haceros saber que han sido oídas. «Al principio de tus ruegos salió la orden»; y este mismo ángel, algunos cientos de años después, dijo a Zacarías que su oración había sido oída»; ¿una oración por qué? Una oración por un hijo: no es de suponer que en aquel mismo momento Zacarías estuviera orando por un hijo; sino que la oración que había elevado cuarenta años antes, plugo a Dios contestarla tanto tiempo después.

Pero, para seguir con la declaración de Gabriel, versículo 24: Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para acabar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, y para traer la justicia eterna». No pienso molestaros con la exposición crítica de estas setenta semanas; los comentaristas están sumamente divididos en este punto; unos las explican de una manera y otros de otra, y quizá nunca sabremos cuáles tienen razón hasta el día del juicio, hasta aquel día glorioso de que habla el Nuevo Testamento. Mi intención es detenerme en esta parte particular del mensaje del ángel: que cierta persona había de hacer algo indecible por el pueblo de Dios, a saber, «traer una justicia eterna».

Si queréis saber quién era la persona que había de hacer esto, mirad el versículo 26, y hallaréis allí mencionada a la persona, el Señor Jesucristo: «y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, y no por sí»; él es la persona de quien se habla; él había de «poner fin al pecado, expiar la iniquidad y traer la justicia eterna».

De estas importantes palabras procuraré,

Primero, mostraros qué hemos de entender por la palabra «justicia».

Segundo, procuraré mostraros por qué razón la justicia mencionada en el texto se llama una «justicia eterna».

Tercero, mostraré qué hemos de entender por «traerla». Y,

Luego diré una palabra a santos y pecadores. ¡Y mientras hablo a vuestros oídos, que Dios, por amor del Señor Jesucristo, hable a vuestros corazones!

Primero, explicar qué hemos de entender por la palabra «justicia». Si preguntara a algunas personas qué hemos de entender por la palabra justicia, y la persona fuera un arminiano, o un enemigo de la doctrina de la libre gracia, me respondería que significa lo que comúnmente llamamos honradez moral, o hacer justicia entre hombre y hombre. Y en verdad, en varios pasajes de la Escritura la palabra justicia no tiene otro significado; por lo menos, admite ese significado. Supongo que hemos de entenderla en este sentido cuando se nos dice que Pablo, predicando delante de Félix, «disertó de la templanza, de la justicia y del juicio venidero». Félix había sido un hombre muy injusto e inicuo, y por eso, para convencerle de su maldad, para alarmar su conciencia, para moverle a buscar ayuda en el Señor Jesús, Pablo no solo predicó de la templanza (porque Félix había sido un hombre muy intemperante), sino que le predicó de la justicia, de la necesidad de obrar con justicia, porque había sido un hombre injusto; y le pone delante el juicio venidero, para hacerle huir a Jesucristo en busca de liberación de las funestas consecuencias de aquel juicio; y hay otros lugares de la Escritura donde la palabra justicia puede entenderse en este sentido.

Significa asimismo la santidad interior obrada en nosotros por el bendito Espíritu de Dios. Pero creo que la palabra justicia en mi texto significa lo que, confío, la mayoría —y quisiera poder decir todos— de los que asistís esta noche os alegraréis de oír. ¿Qué es? Es lo que todos los teólogos reformados de cabeza clara y corazón limpio llaman una justicia imputada, o la justicia del Señor Jesucristo que se imputa a los pobres pecadores cuando creen; y si me preguntáis qué entiendo por justicia imputada, no para hablar por encima de vuestras cabezas, sino más bien, si Dios tiene a bien capacitarme, para llegar a vuestros corazones, os diré que por la palabra «justicia» entiendo todo lo que Cristo ha hecho y todo lo que Cristo ha padecido; o, para usar el término que generalmente emplean los teólogos sanos, «la obediencia activa de Cristo y la obediencia pasiva de Cristo»; juntad estas dos, y componen la justicia del Señor Jesucristo. Mis queridos amigos, así estaba el caso entre Dios y el hombre: al principio Dios hizo al hombre recto. Moisés nos da una descripción breve del origen y la naturaleza del hombre, pero nadie fuera de él dio jamás una tan completa. «A imagen de Dios lo creó, dice el historiador sagrado, inspirado por el Espíritu de Dios. Dios dijo, y fue hecho; Dios mandó, y el mundo se levantó delante de él; «Sea la luz», y al instante, he aquí, apareció la luz; pero cuando había de ser hecha aquella criatura amable, divina y bendita, el hombre, señor de la creación, virrey de Dios, Dios convoca un consejo y dice: «Hagamos al hombre a nuestra imagen». Ahora bien, esta imagen ha de entenderse sin duda respecto del alma del hombre; porque, no siendo Dios una sustancia corpórea, el hombre no podía ser hecho a su imagen en ese sentido. Pues bien, en esta condición hizo Dios al hombre. Adán estaba como nuestro representante. Adán y Eva tenían originalmente un solo nombre: «Dios hizo al hombre, y llamó el nombre de ellos Adán. Dios dejó a Adán a su propio libre albedrío; tuvo a bien entrar en un pacto con él, lo cual es, en verdad, un ejemplo asombroso de la condescendencia de Dios. Dios podría haber mandado al hombre hacer esto o aquello sin hacerle promesa alguna de recompensa; pero el gran Creador tuvo a bien prometerle que, si rendía una obediencia sin pecado, si se abstenía de comer de un árbol determinado, él y su posteridad vivirían para siempre; pero que, si quebrantaba aquel mandamiento, el día que de él comiese, él y toda su posteridad habían de morir. Ahora bien, creo de veras que, si vosotros y yo hubiéramos estado allí presentes, por mucho que algunos objeten contra la severidad de Dios al imputarnos el pecado de Adán, creo, digo, que si vosotros y yo, y todo el mundo, hubiéramos estado presentes, habríamos entrado de corazón en este acuerdo. Supongamos que Dios hubiese convocado a toda la creación y hubiese dicho: «Vosotras, criaturas mías: he hecho aquí un hombre a mi propia imagen, he soplado en él aliento de vida, he hecho que sea un alma viviente, lo he llenado de justicia y verdadera santidad; no tiene la menor inclinación al pecado, solo que es una criatura falible y mudable; todo lo que deseo de este hombre es que se abstenga de aquel árbol; le he dado todos los árboles del huerto, lo he hecho y le he plantado un huerto con mi propia diestra; ¡deseo que se abstenga de arrancar aquel fruto! ¿Queréis estar en pie o caer con este hombre? ¿Queréis que sea vuestro representante? ¿Os contentaréis con que su obediencia o su desobediencia os sea imputada?». Si todos hubiéramos estado allí, cada uno de nosotros habría dicho: «Señor Dios, dejaremos que sea nuestro representante»; las condiciones eran tan fáciles, la improbabilidad de su caída tan sumamente grande, que creo que todos y cada uno de nosotros habríamos puesto la mano en el pacto. Y suponiendo que estuviéramos vivos y hubiéramos consentido en ese pacto, ¿quién es el hombre o la mujer que podría hallar falta en que Dios nos impute el pecado de Adán? Pues bien, amigos míos, en esta condición hizo Dios al hombre; el diablo envidió su felicidad; algunos suponen que el hombre fue hecho para ocupar los lugares de los ángeles caídos. Pero el diablo envidió al hombre, y obtuvo permiso para tentarle; Eva pronto extendió la mano y tomó del fruto prohibido, y después Adán transgredió también; y desde aquel mismo momento, para usar las palabras del señor Boston, «el nombre del hombre fue Icabod»: la gloria del Señor se apartó de él. Adán y Eva cayeron entonces; vosotros y yo, y toda su posteridad (a quien ellos representaban), caímos en ellos. El género humano no tenía más que un cuello; y Dios podría haber tratado al género humano como Calígula quería tratar a Roma, según sus propias palabras: «Ojalá tuviera un solo cuello, y lo cortaría de un solo golpe». Dios, si hubiera querido, podría habernos enviado a todos al infierno. Aquí Calvino representa los atributos de Dios como luchando unos con otros: la Justicia dice a Dios, puesto que la Justicia había establecido la sanción: «¿Está quebrantada la ley? Condena al ofensor y envíalo al infierno». La misericordia de Dios, su atributo predilecto, clama: «¡Perdónalo, perdónalo!». La sabiduría de Dios traza un camino para que la justicia quede satisfecha y, sin embargo, la misericordia siga triunfante. ¿Cómo fue esto? Interviene el Señor Jesús, el árbitro, ¡el amado Redentor! Vio a Dios blandiendo su espada flamígera, y su mano asiendo la venganza; el Señor Jesucristo vio la espada a punto de envainarse en la sangre del ofensor; cuando ningún ojo podía compadecerse, cuando ningún ángel ni arcángel podía rescatar, justo cuando Dios estaba, por así decirlo, a punto de descargar el golpe fatal, justo cuando el cuchillo estaba puesto en la garganta del ofensor, el Hijo de Dios, el Logos eterno, dice: «Padre, perdona al pecador; que no muera; Padre, Padre, oh, detén tu mano, retira tu espada, porque vengo a hacer tu voluntad; el hombre ha quebrantado tu ley y violado tu pacto; no niego que el hombre merece ser condenado para siempre; pero, Padre, lo que Adán no pudo hacer, si tú me preparas un cuerpo, yo, en el cumplimiento del tiempo, iré y moriré por él; él ha quebrantado tu ley, pero yo iré y la guardaré, para que tu ley sea honrada; daré una obediencia perfecta y sin pecado a todos tus mandamientos; y para que puedas justificar a criaturas impías, no solo bajaré y obedeceré tu ley, sino que bajaré y sangraré; bajaré y moriré: heme aquí; me pondré entre ti y los pecadores, y me alegraré de que tu espada se envaine en la sangre de mi corazón por ellos».

En el cumplimiento del tiempo desciende el Logos eterno: «Venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, hecho de mujer, hecho súbdito a la ley, para que redimiese a los que estaban debajo de la ley de la maldición de ella, hecho por nosotros maldición». El Señor Jesucristo, revestido de la naturaleza humana, cumplió toda justicia; se sometió a toda institución de Dios, y tuvo a bien obedecer toda la ley moral; y después, ¡oh!, ¿podemos pensarlo, oh, podéis oírlo, sin que el corazón os salte de gozo?, al fin el Señor Jesús sangró y murió. Y cuando estaba a punto de expirar, justo cuando iba a inclinar la cabeza y entregar el espíritu, ¿qué pensáis que dijo? Dijo: «¡Consumado es!». Como si dijera: «Ahora la ardua obra, la difícil tarea que había emprendido, bendito sea Dios, está del todo acabada; todas las demandas de la ley están cumplidas; ahora la justicia de Dios está satisfecha; ahora queda abierto por mi sangre, para los pobres pecadores, un camino nuevo y vivo hasta el lugar santísimo».

De modo que, cuando aquí se habla de la justicia de Cristo, hemos de entender «la obediencia y la muerte de Cristo», todo lo que Cristo ha hecho y todo lo que Cristo ha padecido por un mundo de escogidos, por todos los que crean en él. ¡Y bendito sea Dios por esta justicia! ¡Bendito sea Dios por el calificativo que en el texto se da a esta justicia! Podría llamarse una justicia bendita, podría llamarse una justicia gloriosa, podría llamarse una justicia inestimable; pero el ángel la llama una justicia eterna. ¡Dios os conceda gozar del consuelo de ella!

Segundo, he de mostrar por qué razón esta justicia se llama aquí una justicia eterna. Y decidme, os ruego, ¿por qué pensáis que la justicia de Cristo se llama una justicia eterna?

Supongo que se llama una justicia eterna,

Primero, porque el gran Dios quiso que la justicia de Cristo se extendiera al género humano desde la eternidad misma. Todos sabéis que el amor antiguo es el mejor amor. Cuando tenemos un viejo conocido, un amigo que nos ha amado durante muchos años, en verdad ese amor es dulce; aunque podamos amar a amigos nuevos, cuando un amigo viejo y uno nuevo se encuentran, podemos decir que el viejo es mejor. Ahora bien, esto debería hacernos amar a Dios entrañablemente: pensar que desde todas las edades de la eternidad Dios tuvo pensamientos acerca de vosotros; Dios destinó al Señor Jesucristo a salvar vuestras almas y la mía. De ahí que Dios, para ganarse el corazón de Jeremías, le diga: Con amor eterno te he amado. De ahí que el Señor Jesús, cuando llama a su pueblo escogido al cielo, diga: «Venid, benditos de mi Padre»; ¿qué sigue? «heredad el reino preparado para vosotros»; ¿desde cuándo? «desde la fundación del mundo». Todo lo que recibimos en el tiempo, todas las corrientes que llegan a nuestras almas, no son sino otros tantos arroyos que manan de aquella fuente inagotable: el amor electivo de Dios, el amor soberano de Dios, el amor discriminador de Dios, el amor eterno de Dios; y por eso la justicia de Jesucristo puede llamarse con propiedad una justicia eterna, porque Dios la dispuso desde la eternidad.

Segundo, se llama una justicia eterna porque la eficacia de la muerte de Cristo tuvo efecto inmediatamente después de la caída de Adán. El cristianismo, en cierto sentido, es tan antiguo como la creación. El gran profesor Francke, de Alemania, dice: «Que Cristo es la suma y sustancia de toda justicia». El señor Henry observa: «Que el Señor Jesucristo es el tesoro escondido en el campo del Antiguo Testamento, bajo los tipos y sombras de la dispensación mosaica». En la dispensación del Nuevo Testamento tenemos al Sol de justicia brillando en su pleno mediodía». En la dispensación del Nuevo Testamento tenemos al Sol de justicia brillando en su pleno mediodía. Ahora bien, la justicia de Jesucristo puede llamarse una justicia eterna, porque todos los santos que han sido salvos, o que jamás lo serán, son todos salvos por la justicia de Cristo. Muchas personas censuradoras tienen gran curiosidad por saber qué será de los paganos que nunca oyeron de Jesucristo. Yo diría a tales personas lo que el Señor Jesucristo dijo a otro curioso que preguntaba: «¿Qué a ti? Sígueme tú». Decidme, ¿por qué habríamos de inquietarnos vosotros y yo por los paganos? ¿No somos nosotros paganos? Es demasiado cierto que tenemos en nosotros demasiado del temple y de la conducta de un pagano. Pero ¿por qué hemos de perder el tiempo preguntando qué será de los paganos, y no preguntar más bien qué será de nuestras propias almas? Podemos estar seguros de que Dios tratará a los paganos conforme a la luz que tuvieron: si no les ha dado revelación alguna, no serán juzgados por una revelación; si no han tenido ley, serán juzgados sin ley. Pero en cuanto a los judíos y gentiles a quienes se ha revelado el evangelio, por mucho que los deístas argumenten en contra, por mucho que levanten la razón en oposición a la revelación divina, podemos estar seguros de que nadie fue jamás salvo, ni lo será, sino por la justicia de Cristo. Fue por la fe en él como Abel fue salvo; fue por el sacrificio de Jesucristo como Abraham fue aceptado, y como fueron aceptados todos los profetas antiguos; y no hay otro nombre dado debajo del cielo en que podamos ser salvos, sino el de Cristo. Y por tanto, puesto que los que vivieron bajo la ley y los que viven bajo el evangelio han de ser salvos solo por medio de Cristo, la justicia de Cristo puede llamarse con propiedad una justicia eterna. Pero eso no es todo.

Tercero, la justicia de Jesucristo no solo ha de llamarse una justicia eterna porque por ella son salvas todas las personas bajo la ley y todas las personas bajo el evangelio, sino porque su eficacia, ¡bendito sea Dios por ello!, ha de continuar hasta que el tiempo no sea más. ¡Bendito sea Dios por Jesucristo! La eficacia de su sangre, de su muerte y de su expiación es tan grande y tan eficaz hoy para la salvación de los pobres pecadores como cuando inclinó su bendita cabeza y entregó el espíritu: «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos»; y todo aquel que cree en él ahora, todo aquel que viene a él y lo acepta, verá ahora su poder, gustará de su gracia, y será realmente salvo por él, lo mismo que si hubiera estado en compañía de los que le vieron expirar.

Cuarto, la justicia de Cristo puede llamarse una justicia eterna porque su beneficio ha de durar hasta la vida eterna. Es verdad que algunos nos dicen que una persona puede estar hoy en Cristo e irse mañana al diablo; pero, ¡bendito sea Dios, vosotros no habéis aprendido así a Cristo! No, mis queridos amigos, gracias sean dadas a Dios por aquel texto divino: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús». Aunque el pueblo de Dios pueda caer gravemente, y aunque muchos estén llenos de dudas y temores, y digan: «Algún día caeré por la mano de Saúl», por mucho que vuestras pobres almas sean acosadas, ni el diablo malvado ni vuestro propio corazón depravado podrán apartaros del amor de Dios: Dios os ha amado, Dios ha puesto su corazón en vosotros, y habiendo amado a los suyos, los ama hasta el fin. El Señor de la vida y de la gloria, el bendito Jesús, nunca dejará de amaros hasta que os haya amado y llevado al cielo; entonces se regocijará y dirá: «Heme aquí, oh Padre mío, y los queridos hijos que me diste; tú me los diste; tuyos eran; yo los he comprado con mi sangre, los he ganado con mi espada y con mi arco, y ahora los llevaré como otras tantas joyas de mi corona». Por tanto, la justicia de Jesucristo puede llamarse una justicia eterna, porque los que una vez se asen de ella y tienen parte en ella serán salvos eternamente por Cristo: «Dios es el que nos justifica (dice san Pablo); ¿quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó». Lanza su desafío a los demonios: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ¿Quién nos apartará del amor de Dios? Estoy cierto de que ni la muerte, ni la vida, ni principados, ni potestades, ni ninguna otra criatura nos podrá jamás apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro». A los que Dios justifica, a estos también glorifica. Y porque Cristo vive, bendito sea Dios, nosotros también viviremos. No sé lo que diréis vosotros; pero yo, aunque confío en haber sentido la gracia de Cristo, tengo que acudir cada día por nuevas fuerzas, como si nunca antes hubiera creído; y si hubiera de depender de mi propia fidelidad, y no de la fidelidad del Hijo de Dios, estoy seguro de que pronto abandonaría al Señor Jesucristo. ¡Pero gloria a Dios, fiel es el que prometió! ¡Gloria a Dios, nuestra salvación no depende de nuestro propio libre albedrío, sino de la libre gracia de Dios! He aquí un fundamento seguro; el creyente puede edificar sobre él; soplen las tormentas tanto tiempo y con tanta fuerza como quieran, podrán hacer temblar a la pobre criatura, pero, bendito sea Dios, nunca podrán sacarla del fundamento; aunque la sacudan, solo sacudirán de ella su corrupción; y creo que todos los que temen a Dios se alegrarán de separarse de ella. Por todas estas razones, la justicia de Cristo puede llamarse una justicia eterna.

III. Se dice en mi texto que Jesús había de traerla. ¿Qué hemos de entender por el hecho de traerla? Que nuestro Señor la promulgaría y la proclamaría al mundo. Es verdad que fue traída bajo la ley, pero entonces fue traída bajo tipos y sombras, y la mayoría de los judíos no miraban más allá. Pero Jesucristo sacó a la luz la vida y la inmortalidad por el evangelio. La luz de Moisés era solo un crepúsculo; la luz del evangelio es como el sol al mediodía, brillando en su pleno cenit. Por tanto, puede decirse que Jesucristo trajo esta justicia eterna porque la proclamó al mundo, y mandó que se predicara que Dios envió a su Hijo al mundo para que el mundo fuese salvo por él.

Además, el Señor Jesucristo trajo esta justicia en cuanto la obró por los pecadores en la cruz. Algunos antinomianos, por falta de una distinción adecuada, caen en un error lamentable, diciéndonos que, porque Dios se propuso justificar por la justicia de Jesucristo, por eso el hombre está justificado desde toda la eternidad; lo cual es absurdo: una persona no puede ser justificada mientras no exista realmente; por tanto, aunque el hombre está justificado desde toda la eternidad en cuanto al propósito de Dios, esa justicia no fue traída de hecho hasta que el Señor Jesucristo pronunció aquellas benditas palabras: «Consumado es»; ¡la gran consumación! Entonces la trajo Jesús. Por la sangre de Cristo había de abrirse a los pobres pecadores un camino nuevo y vivo hasta el Lugar Santísimo. Pero no creo que la expresión «traer» haya de limitarse a este sentido, aunque supongo que es el principal; implica no solo que Cristo la trajo al mundo, promulgándola y haciéndola escribir en la palabra de Dios, y obrándola por los pecadores en su vida y en la cruz; sino que la trae de un modo que ruego a Dios se cumpla esta noche: me refiero a que la trae, por su bendito Espíritu, al corazón de los pobres creyentes. Todo lo que Cristo ha hecho, todo lo que Cristo ha padecido, toda la obediencia activa de Cristo, toda la obediencia pasiva de Cristo, no nos servirá de nada si no es traída a nuestras almas por el Espíritu de Dios. Como dice alguien: «Un Cristo no aplicado no es Cristo en absoluto». Oír de un Cristo que muere por los pecadores solo aumentará vuestra condenación, solo os hundirá más en el infierno, a menos que tengamos fundamento para decir, por una obra de gracia hecha en nuestro corazón, que el Señor Jesús nos ha hecho propia esta justicia. De ahí que el apóstol, hablando de Cristo, diga: «El cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí». ¡Oh, aquella palabra querida, grande, pequeña, pero importante: «mí»! ¡Dichosos los que pueden hacer suyo el lenguaje del apóstol! ¡Dichosos los que pueden aplicarlo a su propio corazón, y cuando oyen que Cristo ha traído una justicia eterna, pueden decir: Bendito sea Dios, el bendito Espíritu la ha traído a mi alma!

¿Hay aquí alguno que pueda acompañarme en esta doctrina? Pero ¿por qué hago esta pregunta, cuando predico a muchos que, según espero, gustaron de la gracia de Dios hace mucho tiempo? No lo sé, no puedo distinguiros; sois como los demás en vuestro aspecto y vestido; pero si yo no os conozco, y si vuestros vecinos no pueden conoceros, aquel gran Dios en cuya presencia estáis os conoce; aquel ante cuyo tribunal hemos de comparecer en breve os conoce. Si Cristo Jesús ha traído su justicia eterna a vuestro corazón; si el Espíritu de Dios la ha aplicado a vuestra alma, ¿qué os diré? Diré como el ángel a Juan: «Sube acá», ¡tú, hijo de Dios! ¡Sube acá, tú, hijo, tú, hija de Abraham! Ven y únete a mí para invocar a los ángeles y arcángeles, para invocar a los espíritus de los justos hechos perfectos, que te ayuden a alabar a aquel amante Redentor que ha traído una justicia eterna. ¡Oh, hubo jamás amor como este! Cuando Abraham estaba a punto de ofrecer a su hijo, Dios dijo: «Ahora conozco que me amas, pues no me rehusaste tu hijo, tu único». Ahora puede decir cada hijo de Dios: «Ahora, oh Dios, conozco que me has amado, pues no me rehusaste a tu Hijo, a tu amado Hijo, el Señor Jesucristo, sino que lo diste a morir por mí». Si por la fe tienes a Cristo traído a tu alma, oh, mira adelante, mira hacia una eternidad dichosa; oh, mira hacia aquellas moradas eternas a las que Dios te llevará después de la muerte. Mis queridos amigos, podría decir mucho, a partir de este texto, para consolar al pueblo de Dios; pero

He de dirigirme a vosotras, pobres almas, que no podéis decir que esta justicia haya sido traída a vuestras almas; pero si nunca antes fue traída, ¡que Dios, por amor del Señor Jesucristo, la traiga ahora! ¿Hay alguno de vosotros que confíe en una justicia propia? ¿Pensáis algunos de los que estáis aquí salvaros por vuestras propias obras? Os digo, como dijo el apóstol a uno que ofreció dinero por el poder de conferir el don del Espíritu Santo: vuestra justicia perecerá con vosotros. ¡Pobres criaturas miserables! ¿Qué hay en vuestras lágrimas? ¿Qué en vuestras oraciones? ¿Qué en vuestras obras, para aplacar la ira de un Dios airado? ¡Salid de entre los árboles del huerto! Venid, culpables desdichados, venid como criaturas pobres, perdidas, arruinadas y miserables, y aceptad una justicia mejor que la vuestra. Como dije antes, os lo repito: la justicia de Jesucristo es una justicia eterna; está obrada para el primero de los pecadores. ¡Oh, todo el que tenga sed, venga y beba de balde de esta agua de la vida! ¿Hay alguno de vosotros herido por el pecado? ¿Sentís algunos que no tenéis justicia propia? ¿Hay alguno de vosotros que perezca de hambre? ¿Teméis algunos perecer para siempre? Venid, queridas almas, con todos vuestros harapos; ven, tú, pobre hombre; ven, tú, pobre mujer angustiada; vosotros que pensáis que Dios nunca os perdonará, y que vuestros pecados son demasiado grandes para ser perdonados; ven, tú, criatura que dudas, que temes no hallar nunca consuelo; levántate, cobra ánimo: el Señor Jesucristo, el Señor de la vida, el Señor de la gloria, te llama; por su justicia hay esperanza para el primero de los pecadores, para la peor de las criaturas. ¿Y si hubieras cometido todos los pecados del mundo? ¿Y si hubieras cometido los pecados de mil, y si hubieras cometido los pecados de un millón de mundos? La justicia de Cristo te cubrirá, la sangre del Señor Jesucristo te limpiará de la culpa de todos ellos. ¡Oh, que ninguna pobre alma se quede lejos del Salvador! Mis queridos amigos, si mi voz resistiera, si mis fuerzas igualaran a mi voluntad, lucharía con vosotros; contendería con argumentos hasta que vinierais y os lavarais en esta sangre del Cordero; hasta que vinierais y aceptarais esta justicia eterna. ¡Oh, venid, venid! Ahora, puesto que Cristo la trajo al mundo, así yo, en el nombre, en la fuerza y con la ayuda del gran Dios, la traigo ahora al púlpito; ofrezco ahora esta justicia, esta justicia gratuita, imputada y eterna, a todos los pobres pecadores que quieran aceptarla. Por amor de Dios, aceptadla esta noche: no sabéis si moriréis antes de mañana. ¿Cómo sabéis que, mientras hablo, no os puede sobrevenir un ataque de apoplejía, y la muerte arrestaros? ¡Oh, mis queridos amigos!, ¿adónde podéis ir? ¿Dónde compareceréis? ¿Cómo estaréis en pie delante de un Dios airado sin la justicia del Señor Jesucristo puesta sobre vuestras almas? ¿Podéis estar en pie con vuestros propios harapos? ¿Os atreveréis a comparecer delante de un Dios que escudriña los corazones sin el vestido de vuestro hermano mayor? Si lo hacéis, conozco vuestra sentencia: Cristo os arrojará al infierno con su ceño: «Apartaos, apartaos, malditos, al fuego eterno» será vuestra porción. Pensad, pues, os lo ruego, en estas cosas; id a casa, id a casa, id a casa, orad sobre el texto, y decid: «Señor Dios, tú has traído al mundo una justicia eterna por el Señor Jesucristo; ¡tráela a mi corazón por el bendito Espíritu!». Entonces, morid cuando queráis, estáis seguros; aunque sea mañana, seréis trasladados inmediatamente a la presencia del Dios eterno: ¡qué dulce será eso! Dichosos los que se han puesto este manto; dichosos los que pueden decir: «¡Mi Dios me ha amado, y seré amado por él con amor eterno!». Que cada uno de vosotros pueda decir así, Dios lo conceda, por amor de Jesucristo, el amado Redentor; a quien sea la gloria para siempre. Amén.

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