Capítulo 14 · 37 min de lectura · 47 min de escucha
El Señor, justicia nuestra
Jeremías 23:6 — «El Señor, justicia nuestra».
Quien conozca la naturaleza de la humanidad en general, o la inclinación de su propio corazón en particular, tendrá que reconocer que la justicia propia es el último ídolo que se arranca del corazón: habiendo nacido una vez bajo un pacto de obras, nos es natural a todos recurrir a un pacto de obras para nuestra salvación eterna. Y por nuestra caída de Dios hemos contraído un orgullo tan diabólico, que quisiéramos, si no del todo, al menos en parte, gloriarnos de ser la causa de nuestra propia salvación. Clamamos contra el papismo, y con toda justicia; pero todos somos papistas, o al menos, de eso estoy seguro, todos somos arminianos por naturaleza; y por eso no es de extrañar que tantos hombres naturales abracen ese sistema. Es verdad que renegamos de la doctrina del mérito, y nos avergonzamos de decir abiertamente que merecemos algún bien de manos de Dios; por eso, como observa tan excelentemente el Apóstol, «procuramos», damos un rodeo, «establecer una justicia propia, y», como los fariseos de antaño, «no queremos sujetarnos del todo a la justicia que es de Dios por Jesucristo nuestro Señor».
Este es el mal más grave y, ¡ay!, el más común que jamás se haya visto debajo del sol. Un mal contra el que nunca se clamará bastante en ninguna época, y menos aún en estas heces del tiempo en que vivimos. Porque como es el pueblo, así es el sacerdote; y es de temer que, aun en aquellos lugares donde en otro tiempo se predicó eminentemente la verdad tal como está en Jesús, muchos ministros han degenerado tan tristemente de sus piadosos antepasados, que las doctrinas de la gracia, y en especial la Justicia personal y toda-suficiente de Jesús, se mencionan demasiado rara vez y demasiado a la ligera. De ahí que la caridad de muchos se haya resfriado; y muchas veces he pensado que, si fuera posible, esta sola consideración bastaría para levantar de nuevo de sus tumbas a nuestros venerables antepasados, que tronarían en sus oídos su error fatal.
La justicia de Jesucristo es uno de esos grandes misterios en los cuales desean mirar los ángeles, y parece haber sido una de las primeras lecciones que Dios enseñó a los hombres después de la caída. Porque ¿qué eran las túnicas que Dios hizo para vestir a nuestros primeros padres, sino figuras de la aplicación de los méritos de la justicia de Jesucristo al corazón de los creyentes? Se nos dice que aquellas túnicas eran de pieles de animales; y como los animales no eran entonces alimento del hombre, podemos inferir con razón que aquellos animales fueron inmolados en sacrificio, en memoria del gran sacrificio, Jesucristo, que más adelante había de ser ofrecido. Y al ponerse a Adán y Eva las pieles de los animales así inmolados, se les enseñó con ello cómo su desnudez había de ser cubierta con la justicia del Cordero de Dios.
Esto es lo que se quiere decir cuando se nos dice: «Creyó Abraham al Señor, y le fue contado por justicia». En suma, de esto han hablado tanto la ley como los profetas, y especialmente Jeremías en las palabras del texto: «El Señor, justicia nuestra».
Me propongo, por la gracia divina,
I. Considerar a quién hemos de entender por la palabra Señor.
II. Cómo el Señor es la justicia del hombre.
III. Consideraré algunas de las principales objeciones que suelen alegarse contra esta doctrina.
IV. Mostraré algunas consecuencias muy funestas que se siguen naturalmente de negar esta doctrina.
V. Concluiré con una exhortación a todos a venir a Cristo por la fe, para que puedan decir con el profeta en el texto: «El Señor, justicia nuestra».
I. He de considerar a quién hemos de entender por la palabra Señor. El Señor, justicia nuestra.
Si algún arriano o sociniano ha venido por curiosidad a oír lo que tiene que decir este palabrero, avergüéncese de negar la divinidad de aquel Señor que ha comprado a los pobres pecadores con su preciosa sangre. Porque la persona mencionada en el texto bajo el nombre de Señor es Jesucristo. Versículo 5: «He aquí que vienen los días, dice el Señor, en que levantaré a David un renuevo justo, y reinará un Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra. En sus días (v. 6) será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y este será su nombre con el cual le llamarán: El Señor, justicia nuestra». Todos convienen en que por el renuevo justo hemos de entender a Jesucristo. Él es el que se llama Señor en nuestro texto. Si es así, aunque no hubiera en la Biblia otro texto que probara la divinidad de Cristo, este basta: porque si la palabra Señor puede pertenecer propiamente a Jesucristo, él tiene que ser Dios. Y, como lo tenéis en el margen de vuestras Biblias, la palabra Señor es en el original Jehová, que es el título esencial de Dios mismo. Venid, pues, arrianos, besad al Hijo de Dios, postraos delante de él y honradle como honráis al Padre. Aprended de los ángeles, esas estrellas de la mañana, y adoradle como verdadero Dios: porque de otro modo sois tan idólatras como los que adoran a la Virgen María. Y en cuanto a vosotros, socinianos, que decís que Cristo fue un mero hombre, y sin embargo profesáis que es vuestro Salvador, según vuestros propios principios sois malditos: porque si Cristo es un mero hombre, entonces no es más que un brazo de carne; y escrito está: «Maldito el que confía en brazo de carne». Pero quiero esperar que aquí no haya tales monstruos; o al menos que, después de estas consideraciones, se avergüencen de volver a propagar tan monstruosos absurdos. Porque está claro que por la palabra Señor hemos de entender al Señor Jesucristo, que aquí toma para sí el título de Jehová, y por tanto tiene que ser Dios verdadero de Dios verdadero; o, como lo expresa devotamente el Apóstol, «Dios bendito por los siglos».
II. Cómo el Señor ha de ser la justicia del hombre es lo que toca considerar ahora.
Y esto es, en una palabra, por imputación. Porque plugo a Dios, después de haber hecho todas las cosas por la palabra de su poder, crear al hombre a su propia imagen. Y tan infinita fue la condescendencia del Alto y Sublime, el que habita la eternidad, que, aunque podría haber exigido la obediencia perpetua del hombre y de su posteridad, quiso obligarse a sí mismo, por un pacto o acuerdo hecho con sus propias criaturas, a darles la inmortalidad y la vida eterna con la condición de una obediencia sin pecado. Porque cuando se dice: «El día que de él comieres, ciertamente morirás», podemos inferir con razón que, mientras permaneciera obediente y no comiera de él, ciertamente viviría. El capítulo 3 de Génesis nos da un relato completo, aunque triste, de cómo nuestros primeros padres quebrantaron este pacto, y con ello necesitaron una justicia mejor que la suya para alcanzar su futura aceptación delante de Dios. Porque ¿qué habían de hacer? Seguían tan bajo un pacto de obras como siempre. Y aunque después de su desobediencia estaban sin fuerzas, aun así estaban obligados no solo a hacer, sino a seguir haciendo, y eso de la manera más perfecta, todas las cosas que el Señor les había mandado; y no solo eso, sino también a satisfacer la justicia infinitamente ofendida de Dios por la transgresión de que ya se habían hecho culpables. Aquí se abre, pues, el asombroso escenario de la Filantropía divina; quiero decir, el amor de Dios al hombre. Porque he aquí que lo que el hombre no podía hacer, Jesucristo, el Hijo del amor de su Padre, se compromete a hacerlo por él. Y para que Dios fuese justo al justificar al impío, aunque «él era en forma de Dios, y por eso no tuvo por usurpación ser igual a Dios, sin embargo tomó forma de siervo», es decir, la naturaleza humana. En esa naturaleza obedeció, y así cumplió toda la ley moral en nuestro lugar; y además murió una muerte dolorosa en la cruz, y así fue hecho maldición por, o en lugar de, aquellos que el Padre le había dado. Como Dios, satisfizo, al mismo tiempo que obedecía y padecía como hombre; y siendo Dios y hombre en una sola persona, obró una justicia plena, perfecta y suficiente para todos aquellos a quienes había de ser imputada.
Aquí vemos, pues, el significado de la palabra justicia. Implica la obediencia tanto activa como pasiva del Señor Jesucristo. Por lo general, cuando hablamos de los méritos de Cristo, solo mencionamos la segunda, — su muerte; mientras que la primera, — su vida y obediencia activa, es igualmente necesaria. Cristo no es un Salvador como el que nos conviene, a menos que unamos ambas cosas. Cristo no solo murió, sino que vivió; no solo padeció, sino que obedeció por, o en lugar de, los pobres pecadores. Y ambas cosas juntas componen aquella justicia completa que ha de sernos imputada, así como la desobediencia de nuestros primeros padres fue hecha nuestra por imputación. En este sentido, y en ningún otro, hemos de entender el paralelo que el apóstol Pablo traza, en el capítulo 5 de Romanos, entre el primero y el segundo Adán. Esto es lo que en otro lugar llama «el ser nosotros hechos justicia de Dios en él». Este es el sentido en que el Profeta quiere que entendamos las palabras del texto; por eso, en Jeremías 33:16: «Ella (es decir, la iglesia misma) será llamada (al serle imputada esta justicia): El Señor, justicia nuestra». Un pasaje digno, creo yo, de la más profunda meditación de todos los hijos e hijas de Abraham.
Muchas son las objeciones que los corazones orgullosos de los hombres caídos alegan continuamente contra esta doctrina saludable, esta doctrina divina, esta doctrina que salva las almas. Paso ahora,
III. A responder a algunas de ellas, las que me parecen de más peso.
Y, en primer lugar, dicen, porque quieren aparecer como amigos de la moral: «Que la doctrina de una justicia imputada es «destructora de las buenas obras, y conduce al libertinaje».
¿Y quiénes, os pregunto, son los que suelen alegar esta objeción? ¿Son hombres llenos de fe, y hombres verdaderamente celosos de las buenas obras? No; sean cuales sean las pocas excepciones que haya, si es que hay alguna, es notorio que por lo general son hombres corruptos de entendimiento, réprobos acerca de la fe. El mejor título que puedo darles es el de moralistas profanos, o moralistas falsamente llamados así. Porque apelo a la experiencia de la época presente y de las pasadas, a ver si la iniquidad no abundó y no abunda más allí donde más se desacredita y menos se menciona la doctrina de la justicia personal y completa de Cristo. Los principios arminianos, por ser anticristianos, siempre condujeron, y siempre conducirán, a prácticas anticristianas. Y nunca se ha llevado a cabo una reforma en la iglesia sino por la predicación de la doctrina de una justicia imputada. Esta es, como la llama el hombre de Dios, Lutero, «Articulus stantis aut cadentis Ecclesiae», el artículo por el cual la Iglesia se sostiene o cae. Y aunque los del otro bando suelen tachar a los predicadores de esta doctrina con los nombres oprobiosos de antinomianos, engañadores y qué sé yo cuántos más, creo, sin embargo, que si la verdad de la doctrina de uno y otro lado hubiera de juzgarse por la vida de sus predicadores o de quienes la profesan, nuestro lado de la cuestión llevaría ventaja en todos los sentidos.
Es verdad que de esta, como de cualquier otra doctrina de la gracia, se puede abusar. Y quizá el andar poco cristiano de algunos que han hablado de la justicia imputada de Cristo, de la justificación por la fe y cosas semejantes, y sin embargo nunca la sintieron imputada a sus propias almas, ha dado así ocasión de blasfemar a los enemigos del Señor. Pero esta es una manera de argumentar muy poco segura, y también muy poco justa. La única cuestión debería ser si esta doctrina de una justicia imputada, en sí misma, quita o no la ocasión de hacer buenas obras, o se inclina al libertinaje. A esto podemos responder con denuedo: En ninguna manera. Excluye, ciertamente, que las obras sean causa alguna de nuestra justificación a la vista de Dios; pero exige las buenas obras como prueba de que tenemos esta justicia imputada, y como evidencia declarativa de nuestra justificación a la vista de los hombres. Y entonces, ¿cómo puede la doctrina de una justicia imputada ser una doctrina que conduzca al libertinaje?
Todo es calumnia. El apóstol Pablo presenta a un incrédulo haciendo esta objeción en su epístola a los Romanos; y nadie sino los incrédulos, que nunca sintieron en sus almas el poder de la resurrección de Cristo, volverán a alegarla. Y por tanto, a pesar de esta objeción, podemos decir con denuedo, con el Profeta en el texto: «El Señor es nuestra justicia».
Pero Satanás (y no es de extrañar que sus siervos lo imiten) se transforma a menudo en ángel de luz; y por eso (¡tales cosas perversas hacen decir a los hombres la incredulidad y el arminianismo!), para vestir sus objeciones con los mejores colores, algunos alegan «que nuestro Salvador no predicó tal doctrina; que en su sermón del monte solo menciona la moral»; y que, por consiguiente, la doctrina de una justicia imputada se viene enteramente abajo.
Pero sin duda los hombres que alegan esta objeción, o nunca leyeron, o nunca entendieron, el bendito discurso de nuestro Señor, en el cual la doctrina de una justicia imputada se enseña tan claramente que el que corre, si tiene ojos que ven, puede leerla.
Ciertamente nuestro Señor recomienda la moral y las buenas obras (como lo harán todos los ministros fieles), y limpia la ley moral de muchas glosas corruptas que le habían puesto los fariseos, doctos en la letra. Pero es notable que, antes de llegar a esto, habla de la piedad interior, como la pobreza de espíritu, la mansedumbre, el santo llanto, la pureza de corazón y, sobre todo, el tener hambre y sed de justicia; y luego recomienda las buenas obras como evidencia de que tenemos su justicia imputada, y de que estas gracias y disposiciones divinas han sido obradas en nuestros corazones. «Así alumbre vuestra luz (es decir, la luz divina de que antes he hablado) delante de los hombres, en una vida santa; para que ellos, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos». Y enseguida añade: «No penséis que he venido para abrogar la ley moral: no he venido para abrogar (para quitarle su fuerza como regla de vida), sino para cumplir (para obedecerla en toda su amplitud, y dar su sentido completo.») Y luego pasa a mostrar cuán sobremanera amplia es la ley moral. De modo que nuestro Señor, en vez de dejar a un lado una justicia imputada en su sermón del monte, no solo la confirma, sino que también responde a la objeción antes mencionada que se alega contra ella, al hacer de las buenas obras una prueba y evidencia de que ha sido imputada a nuestras almas. Por tanto, el que tiene oídos para oír, oiga lo que dice el Profeta en las palabras del texto: «El Señor, justicia nuestra».
Pero así como Satanás no solo citó la Escritura, sino que respaldó con ella una tentación tras otra cuando atacó a Cristo en el desierto, así sus hijos suelen seguir el mismo método al tratar su doctrina. Y por eso alegan otra objeción contra la doctrina de una justicia imputada, tomada del ejemplo del joven del evangelio.
Podemos plantearla así: «El evangelista Marcos, dicen, en el capítulo 10, menciona a un joven que vino a Cristo corriendo, y le preguntó qué haría para heredar la vida eterna. Cristo lo remitió a los mandamientos, para que supiera lo que debía hacer para heredar la vida eterna. Está claro, por tanto, que las obras habían de ser, al menos en parte, la causa de su justificación; y por consiguiente la doctrina de una justicia imputada no es bíblica». Esta es la objeción en toda su fuerza; y poca fuerza tiene en toda su plenitud. Porque, si yo tuviera que probar la necesidad de una justicia imputada, apenas sé qué mejor ejemplo podría traer para demostrarla.
Examinemos más de cerca a este joven, y la conducta de nuestro Señor con él. En Marcos 10:17 el evangelista nos dice «que, saliendo Cristo para ir su camino, vino uno corriendo (parece que era algún noble; ¡cosa rara, en verdad, ver a uno así correr a Cristo!), y no solo eso, sino que hincó la rodilla delante de él (quizá muchos de su rango hoy apenas recuerdan cuándo hincaron la rodilla ante Cristo), y le preguntó, diciendo: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?». Entonces Jesús, para ver si creía o no que él era lo que realmente era, verdadera y propiamente Dios, le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno, Dios». Y para responder directamente a su pregunta, le dice: «Los mandamientos sabes: No adulteres, no digas falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre». Esta fue una respuesta directa a su pregunta, a saber: que la vida eterna no se alcanzaría por sus obras. Porque nuestro Señor, al remitirlo a los mandamientos, no insinuó en lo más mínimo (como pretenden los objetores) que su moralidad lo haría acreedor al favor y la misericordia de Dios; sino que se propuso con ello hacer de la ley su ayo para llevarlo a él; para que el joven, viendo cómo había quebrantado cada uno de estos mandamientos, se convenciera así de la insuficiencia de su propia justicia y, por consiguiente, de la absoluta necesidad de buscar una justicia mejor en la cual apoyarse para la vida eterna.
Esto era lo que nuestro Señor se proponía. El joven, que confiaba en su propia justicia y quería justificarse a sí mismo, dijo: «Todo esto he guardado desde mi juventud»; pero si se hubiera conocido a sí mismo, habría confesado: todo esto he quebrantado desde mi juventud. Porque, suponiendo que no hubiera cometido adulterio de hecho, ¿nunca había codiciado a una mujer en su corazón? ¿Y qué, si no había matado realmente a nadie? ¿Nunca se había enojado sin causa, ni había hablado precipitadamente con sus labios? Si es así, al quebrantar uno de los mandamientos más pequeños en el más pequeño grado, se hizo reo de la maldición de Dios: porque «maldito (dice la ley) el que no permaneciere en hacer todas las cosas que están escritas en este libro». Y por tanto, como antes se observó, nuestro Señor estaba tan lejos de hablar en contra de ella, que trató al joven de esa manera precisamente para convencerlo de la necesidad de una justicia imputada.
Pero quizá repliquen que está escrito: «Jesús, mirándole, le amó». ¿Y qué? Esto pudo hacerlo con un amor humano, sin que por eso este joven tuviera parte alguna en su sangre. Así se dice que Cristo se maravilló, que lloró sobre Jerusalén y dijo: «¡Oh, si tú hubieses conocido!». Pero tales pasajes han de referirse solo a su naturaleza humana. Y hay una gran diferencia entre el amor con que Cristo amó a este joven y aquel con que amó a María, a Lázaro y a su hermana Marta. Para ilustrarlo con una comparación: un ministro del Señor Jesucristo que ve en muchos disposiciones muy amables, como la prontitud para oír la palabra, una conducta decorosa en el culto público y una vida exteriormente intachable, no puede menos que amarlos hasta cierto punto; pero hay mucha diferencia entre el amor que un ministro siente por tales personas y aquel amor divino, aquella unión y simpatía del alma, que siente por aquellos de quienes está persuadido que han nacido verdaderamente de nuevo de Dios. Aplicad esto al caso de nuestro Señor, como una débil ilustración. Considerad lo que se ha dicho sobre el caso del joven en general, y entonces, si antes erais aficionados a esta objeción, en vez de triunfar os iréis tristes como él. La respuesta de nuestro Salvador nos convence más y más de la verdad de lo que afirma el profeta en el texto: que «el Señor es nuestra justicia».
Pero queda aún una cuarta objeción, y de las grandes, que se toma del capítulo 25 de Mateo, «donde se describe a nuestro Señor premiando a algunos con la vida eterna porque dieron de comer al hambriento, vistieron al desnudo y cosas semejantes. Sus obras fueron, por tanto, causa de su justificación, y por consiguiente la doctrina de la justicia imputada no concuerda con la Escritura».
Esta es, lo confieso, la objeción más plausible que se presenta contra la doctrina que sostengo a partir del texto; y para responderla de la manera más clara y breve posible, confesamos con el Artículo de la Iglesia de Inglaterra «que, aunque las buenas obras no nos justifican, siguen sin embargo a la justificación, como frutos de ella; y aunque brotan de la fe en Cristo y de un alma renovada, recibirán una recompensa de gracia, y no de deuda; y por consiguiente, cuanto más abundemos en tales buenas obras, tanto mayor será nuestra recompensa cuando Jesucristo venga a juzgar».
Tengamos presentes estas consideraciones, y nos ayudarán mucho a responder la objeción que tenemos delante. Porque así dice Mateo: «Entonces el Rey dirá a los que estén a su derecha: Venid, benditos hijos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí. Por tanto os recompensaré, porque habéis hecho estas cosas por amor a mí, y con ello habéis demostrado ser mis verdaderos discípulos». Y es evidente que aquellas personas no confiaban en estas buenas acciones para su justificación a la vista de Dios. «Porque ¿cuándo te vimos hambriento, dicen ellos, y te sustentamos? ¿O sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti?». Lenguaje y preguntas del todo impropios de personas que confían en su propia justicia para ser aceptadas y absueltas a la vista de Dios.
Pero entonces replican contra ti: «En la última parte del capítulo está claro que Jesucristo rechaza y condena a los otros por no haber hecho estas cosas. Y por tanto, si condena a estos por no hacerlas, salva a aquellos por hacerlas; y por consiguiente la doctrina de una justicia imputada no sirve para nada».
Pero eso no se sigue en absoluto; porque Dios puede con justicia condenar a cualquier hombre por omitir el más pequeño deber de la ley moral, y sin embargo en sí mismo no está obligado a dar recompensa alguna a nadie, aun suponiendo que haya hecho todo lo que puede. Siervos inútiles somos; no hemos hecho ni con mucho lo que era nuestro deber hacer: tal ha de ser el lenguaje de las almas más santas que viven; y por tanto, ni por nosotros mismos ni en nosotros mismos podemos ser justificados a la vista de Dios. Tal era la disposición de aquellas almas piadosas a que acabo de referirme. Conscientes de esto, estaban tan lejos de apoyarse en sus obras para su justificación a la vista de Dios, que se llenaron, por decirlo así, de un santo rubor al pensar que nuestro Señor se dignara mencionar, y mucho más recompensar, sus pobres obras de fe y trabajos de amor. Estoy persuadido de que sus corazones se levantarían con santa indignación contra quienes alegan este pasaje como objeción a la afirmación del profeta de que «el Señor es nuestra justicia».
Así, creo yo, hemos respondido limpiamente a estas grandes objeciones que suelen alegarse contra la doctrina de una justicia imputada. Si me detuviera aquí, creo que podría decir: «Somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó». Pero hay una manera de argumentar que siempre he admirado, porque siempre me ha parecido muy convincente: mostrar los absurdos que se siguen de negar cualquier proposición particular que esté en disputa.
IV. Esto es lo siguiente que me propuse. Y nunca se siguieron absurdos mayores ni más numerosos de la negación de doctrina alguna que los que se seguirán de negar la doctrina de la justicia imputada de Cristo.
Y, en primer lugar, si negamos esta doctrina, convertimos la verdad, quiero decir la palabra de Dios, en cuanto de nosotros depende, en mentira, y trastornamos por completo todos aquellos pasajes de la Escritura que dicen que somos salvos por gracia; que no es por obras, para que nadie se gloríe; que la salvación es don gratuito de Dios, y que el que se gloría ha de gloriarse solo en el Señor. Porque si toda la justicia personal de Jesucristo no es la única causa de mi aceptación delante de Dios, si alguna obra hecha por mí o prevista en mí hubiera de unirse a ella en lo más mínimo, o fuera considerada por Dios como causa que lo induce o mueve a absolver mi alma de la culpa, entonces tengo algo de qué gloriarme en mí mismo. Ahora bien, la jactancia queda excluida en la gran obra de nuestra redención; pero eso no puede ser si somos enemigos de la doctrina de una justicia imputada. Sería interminable enumerar cuántos textos de la Escritura tendrían que ser falsos si esta doctrina no fuera verdadera. Baste afirmar en general que, si negamos una justicia imputada, bien podemos negar de una vez la revelación divina; porque ella es el alfa y la omega, el principio y el fin del libro de Dios. O dejamos de creer en él, o creemos lo que el profeta ha dicho en el texto: «que el Señor es nuestra justicia».
Pero, además: observé al principio de este discurso que todos somos arminianos y papistas por naturaleza; porque, como dice alguien, «el arminianismo es la puerta trasera del papismo». Y aquí me atrevo a afirmar además que, si negamos la doctrina de una justicia imputada, comoquiera que nos llamemos, en nuestro corazón somos realmente papistas, y no merecemos de los hombres otro título.
Señores, ¿qué os parece? Suponed que yo viniera a deciros que debéis rogar a los santos que intercedan ante Dios por vosotros; ¿no diríais que con razón me tienen algunos por misionero papista, y que con justicia otros me echan de vuestras sinagogas? Supongo que sí. ¿Y por qué? Porque, diríais, la intercesión de Jesucristo era suficiente por sí misma, sin la intercesión de los santos, y era una blasfemia unir la de ellos a la suya, como si él no fuera suficiente.
Suponed que diera un rodeo un poco mayor, y os dijera que la muerte de Cristo no era suficiente sin que se le añadiera nuestra muerte; que debéis morir lo mismo que Cristo, unir vuestra muerte a la suya, y que entonces sí sería suficiente. ¿No podríais entonces, con santa indignación, echar polvo al aire y llamarme con razón «predicador de doctrinas extrañas»? Pues bien, si no solo es absurdo, sino blasfemo, unir la intercesión de los santos a la intercesión de Cristo, como si su intercesión no fuera suficiente, o nuestra muerte a la muerte de Cristo, como si su muerte no fuera suficiente, juzgad vosotros si no es igualmente absurdo, igualmente blasfemo, unir nuestra obediencia, sea del todo o en parte, a la obediencia de Cristo, como si esta no fuera suficiente. Y si es así, ¡qué absurdos no se seguirán de negar que el Señor, tanto por su obediencia activa como por la pasiva, es nuestra justicia!
Mencionaré un absurdo más que se sigue de negar esta doctrina, y habré terminado.
Recuerdo la historia de cierto prelado que, después de haber alegado en vano muchos argumentos para convencer al conde de Rochester de las realidades invisibles del otro mundo, se despidió de su señoría con palabras semejantes a estas: «Pues bien, milord, si no hay infierno, yo estoy a salvo; pero si hubiera tal cosa como un infierno, ¿qué será de vos?». Aplico esto a los que se oponen a la doctrina que ahora sostengo. Si no existe tal cosa como la doctrina de una justicia imputada, los que la sostienen, y dan fruto para santidad, están a salvo; pero si existe (como ciertamente existe), ¿qué será de vosotros, que la negáis? No es difícil determinarlo. Vuestra parte será en el lago de fuego y azufre por los siglos de los siglos. Ya que queréis apoyaros en vuestras obras, por vuestras obras seréis juzgados. Serán pesadas en la balanza del santuario, y serán halladas faltas. Por vuestras obras, pues, seréis condenados; y estando fuera de Cristo, hallaréis que Dios es, para vuestras pobres y miserables almas, fuego consumidor.
Por eso el gran Stoddard, de Northampton, en Nueva Inglaterra, tituló acertadamente un libro que escribió (y que aprovecho esta oportunidad para recomendar) «La seguridad de comparecer en la justicia de Cristo». Porque ¿por qué habría de apoyarme en una caña cascada, cuando puedo tener por suelo la roca de los siglos, que nunca puede ser removida?
Y ahora, antes de pasar a una aplicación más particular, permitidme clamar triunfalmente con el lenguaje del apóstol: «¿Dónde está el escriba? ¿Dónde el disputador?». ¿Dónde está el incrédulo razonador de esta generación? ¿Puede haber algo más razonable, aun según vuestra propia manera de argumentar, que la doctrina aquí expuesta? ¿No habéis sentido que un poder convincente acompañaba a la palabra? ¿Por qué, pues, no queréis creer en el Señor Jesucristo, para que él llegue a ser el Señor, vuestra justicia?
Pero ya es tiempo de que me acerque un poco más a vuestras conciencias.
Hermanos, aunque algunos se ofendan por esta doctrina y la tengan por locura, no dudo que para muchos de vosotros es preciosa, pues concuerda con la forma de las sanas palabras que se os ha entregado desde vuestra infancia; y, viniendo de donde menos lo habríais esperado, quizá la recibáis con más gusto y satisfacción. Pero permitidme haceros una pregunta: ¿Podéis decir: el Señor, justicia nuestra? Digo: el Señor, justicia nuestra. Porque acoger esta doctrina en vuestras cabezas, sin recibir para salvación al Señor Jesucristo en vuestros corazones por una fe viva, no hará sino aumentar vuestra condenación. Como os lo he dicho muchas veces, os lo vuelvo a decir: un Cristo no aplicado no es Cristo en absoluto. ¿Podéis, pues, clamar con Tomás, ya creyente: «¡Señor mío, y Dios mío!»? ¿Es Cristo vuestra santificación, tanto como vuestra justicia exterior? Porque la palabra justicia, en el texto, no solo implica la justicia personal de Cristo imputada a nosotros, sino también la santidad obrada en nosotros. Estas dos cosas Dios las ha unido. Nunca las separó, nunca las separa, nunca las separará. Si sois justificados por la sangre, sois también santificados por el Espíritu de nuestro Señor. ¿Podéis, pues, en este sentido decir: El Señor, justicia nuestra? ¿Se os llevó alguna vez a aborreceros a vosotros mismos por vuestros pecados actuales y por el original, y a detestar vuestra propia justicia; porque, como lo expresa bellamente el profeta, «vuestra justicia es como trapo de inmundicia? ¿Se os llevó alguna vez a ver y admirar la suficiencia total de la justicia de Cristo, y os movió el Espíritu de Dios a tener hambre y sed de ella? ¿Pudisteis decir alguna vez: Mi alma tiene sed de Cristo, sí, de la justicia de Cristo? ¡Oh, cuándo vendré y compareceré ante la presencia de mi Dios en la justicia de Cristo! ¡Nada sino Cristo! ¡Nada sino Cristo! ¡Dame a Cristo, oh Dios, y quedaré satisfecho! Mi alma te alabará para siempre.
¿Fue este alguna vez el lenguaje de vuestros corazones? Y, después de estos combates interiores, ¿se os capacitó alguna vez para extender el brazo de la fe y abrazar en vuestras almas al bendito Jesús, de modo que pudierais decir: «Mi amado es mío, y yo suya»? Si es así, no temáis, quienesquiera que seáis. ¡Salve, salve, almas dichosas! El Señor, el Señor Cristo, el Dios eterno, es vuestra justicia. Cristo os ha justificado: ¿quién es el que os condenará? Cristo ha muerto por vosotros; más aún, ha resucitado, y vive siempre para interceder por vosotros. Justificados ahora por su gracia, tenéis paz con Dios, y dentro de poco estaréis con Jesús en la gloria, cosechando frutos eternos e inefables tanto en el cuerpo como en el alma. Porque ninguna condenación hay para los que están verdaderamente en Cristo Jesús. «Sea Pablo, sea Apolos, sea la vida, sea la muerte, todo es vuestro si sois de Cristo, porque Cristo es de Dios. ¡Hermanos míos, mi corazón se ensancha hacia vosotros! ¡Oh, pensad en el amor de Cristo al morir por vosotros! Si el Señor es vuestra justicia, que la justicia de vuestro Señor esté continuamente en vuestra boca. ¡Hablad, oh, hablad de la justicia de Cristo y recomendadla, al acostaros y al levantaros, al salir y al entrar! ¡Pensad en la grandeza del don, tanto como en la del dador! ¡Mostrad a todo el mundo en quién habéis creído! ¡Que todos conozcan por vuestros frutos que el Señor es vuestra justicia, y que estáis esperando a vuestro Señor del cielo! ¡Oh, procurad ser santos, como es santo aquel que os ha llamado y os ha lavado en su propia sangre! No sea blasfemada por causa de vosotros la justicia del Señor. No sea herido Jesús en casa de sus amigos; antes creced en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, día tras día. ¡Oh, pensad en su amor hasta la muerte! ¡Que ese amor os constriña a la obediencia! Ya que se os ha perdonado mucho, amad mucho. Preguntad siempre: ¿Qué haré para expresar mi gratitud al Señor por haberme dado su justicia? Esté siempre en vuestra boca esa pregunta que humilla al yo y exalta a Dios: «¿Por qué yo, Señor? ¿Por qué yo?»; ¿por qué soy yo tomado y otros dejados? ¿Por qué es el Señor mi justicia? ¿Por qué ha venido a ser mi salvación, a mí, que tantas veces he merecido de sus manos la condenación?
Amigos míos, confío en que siento en mi corazón algo del amor con que Dios distingue a los suyos; por eso debo dejar un momento de felicitaros a vosotros, para invitar a los pobres pecadores sin Cristo a venir a él y aceptar su justicia, para que tengan vida.
¡Ay, mi corazón casi sangra! ¡Qué multitud de almas preciosas tengo ahora delante de mí! ¡Cuán pronto han de ser todas introducidas en la eternidad! Y sin embargo, ¡oh pensamiento desgarrador!, si Dios os pidiera ahora a todos vuestras almas, ¡cuán pocos, comparativamente hablando, podrían decir de veras: el Señor, justicia nuestra!
¿Y piensas tú, oh pecador, que podrás estar en pie en el día del juicio si Cristo no es tu justicia? No; solo ella es el vestido de boda con que has de comparecer. ¡Oh pecadores sin Cristo, estoy angustiado por vosotros! Los deseos de mi alma se ensanchan. ¡Oh, que este sea un tiempo aceptable! ¡Que el Señor sea vuestra justicia! Porque ¿adónde huiríais, si la muerte os hallase desnudos? En verdad, no hay modo de esconderse de su presencia. Las miserables hojas de higuera de vuestra propia justicia no cubrirán vuestra desnudez cuando Dios os llame a comparecer delante de él. Adán las halló ineficaces, y así las hallaréis vosotros. ¡Oh, pensad en la muerte! ¡Oh, pensad en el juicio! Todavía un poco, y el tiempo no será más; ¿y qué será entonces de vosotros, si el Señor no es vuestra justicia? ¿Pensáis que Cristo os perdonará? No; el que os formó no tendrá de vosotros misericordia. Si no sois de Cristo, si Cristo no es vuestra justicia, Cristo mismo os declarará condenados. ¿Y podéis soportar la idea de ser condenados por Cristo? ¿Podéis soportar oír al Señor Jesús deciros: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles»? ¿Pensáis que podréis habitar en las llamas eternas? ¿Es vuestra carne de bronce, y vuestros huesos de hierro? ¿Y qué, si lo fueran? El fuego del infierno, aquel fuego preparado para el diablo y sus ángeles, los abrasará de parte a parte. ¿Y podéis soportar apartaros de Cristo? ¡Oh pensamiento que traspasa el corazón! Preguntad a esas almas santas que alguna vez lloran la ausencia de su Dios, que andan en tinieblas y carecen de luz, aunque sea solo por unos pocos días u horas; preguntadles qué es perder la luz y la presencia de Cristo. ¡Ved cómo le buscan con dolor, y andan enlutados en pos de él todo el día! Y si es tan terrible perder la presencia sensible de Cristo solo por un día, ¡qué será ser desterrado de él por toda la eternidad!
Pero así ha de ser, si Cristo no es vuestra justicia. Porque la justicia de Dios ha de ser satisfecha; y si la justicia de Cristo no os es imputada y aplicada aquí, en el más allá tendréis que estar satisfaciendo eternamente la justicia divina en los tormentos del infierno; más aún, Cristo mismo os condenará a ese lugar de tormento. ¡Y cuán desgarrador es ese pensamiento! Me parece ver a pobres desdichados sin Cristo, temblando ante el tribunal de Dios y clamando: Señor, si hemos de ser condenados, que algún ángel o algún arcángel pronuncie la sentencia de condenación; pero todo en vano. Cristo mismo pronunciará la sentencia irrevocable. Conociendo, pues, el temor del Señor, dejad que os persuada a abrazaros a Cristo, y a no descansar nunca hasta que podáis decir: «el Señor, justicia nuestra». ¿Quién sabe si el Señor no tendrá misericordia de vosotros, si no os perdonará abundantemente? Pedid a Dios que os dé fe; y si el Señor os la da, por ella recibiréis a Cristo, con su justicia y su todo. No tenéis que temer la grandeza ni el número de vuestros pecados. Porque ¿sois pecadores? También lo soy yo. ¿Sois los primeros de los pecadores? También lo soy yo. ¿Sois pecadores reincidentes? También lo soy yo. Y sin embargo el Señor (por siempre sea adorada su gracia rica, libre y soberana), el Señor es mi justicia. Ven, pues, oh joven que (como yo mismo hice una vez) estás haciendo el pródigo y vagando lejos de la casa de tu Padre celestial; vuelve a casa, vuelve a casa, y deja el comedero de los cerdos. No te alimentes más de las algarrobas de los deleites sensuales: ¡por amor de Cristo, levántate y vuelve a casa! Tu Padre celestial te llama ahora. Mira allí el mejor vestido, la justicia misma de su amado Hijo, que te espera. Míralo, contémplalo una y otra vez. Considera a qué precio tan alto fue comprado: nada menos que con la sangre de Dios. Considera cuán grande necesidad tienes de él. Sin él estás perdido, arruinado, condenado para siempre. Venid, pues, pobres pródigos culpables, volved a casa; en verdad, yo no me enojaré como el hermano mayor del evangelio; no, me regocijaré con los ángeles del cielo. ¡Y oh, que Dios incline ahora los cielos y descienda! Desciende, oh Hijo de Dios, desciende; y así como has mostrado en mí tanta misericordia, ¡oh, que tu bendito Espíritu aplique tu justicia a algunos jóvenes pródigos que están ahora delante de ti, y vista sus almas desnudas con tu mejor vestido!
Pero también debo deciros una palabra a vosotras, doncellas, lo mismo que a los jóvenes. Veo a muchas de vosotras adornadas en cuanto al cuerpo; pero ¿no están desnudas vuestras almas? ¿Cuál de vosotras puede decir: el Señor es mi justicia? ¿Cuál de vosotras se ha preocupado alguna vez por vestirse con este manto de precio inestimable, sin el cual no sois mejores que sepulcros blanqueados a la vista de Dios? No olvidéis, pues, ya más, tantas de vosotras, doncellas, vuestro principal y único adorno. ¡Oh, buscad que el Señor sea vuestra justicia, o de lo contrario pronto vendrá sobre vosotras quemadura en vez de hermosura!
¿Y qué os diré a vosotros, los de mediana edad, mercaderes atareados, Martas afanadas, que con todas vuestras ganancias aún no habéis ganado que el Señor sea vuestra justicia? ¡Ay!, ¿qué provecho tendréis de todo vuestro trabajo debajo del sol, si no os aseguráis esta perla de precio inestimable? Esta sola cosa, tan absolutamente necesaria, es la única que podrá valeros cuando todas las demás os sean quitadas. No trabajéis, pues, ya más con tanta ansiedad por la comida que perece, sino buscad de aquí en adelante que el Señor sea vuestra justicia, una justicia que os dará derecho a la vida eterna. Veo también aquí muchas cabezas canas, y quizá la mayoría de ellas no pueden decir: el Señor es mi justicia. ¡Oh pecador de cabeza cana, podría llorar por ti! Tus canas, que deberían ser tu corona, y de las que quizá te glorías, son ahora tu vergüenza. No sabes que el Señor es tu justicia: ¡oh, apresuraos, pues, apresuraos, pecadores ancianos, y buscad parte en el amor redentor! ¡Ay, tenéis ya un pie en la sepultura, vuestro reloj de arena casi se ha vaciado, vuestro sol está a punto de ponerse, y se pondrá y os dejará en tinieblas eternas, a menos que el Señor sea vuestra justicia! ¡Huid, pues, oh, huid por vuestras vidas! No temáis. Todas las cosas son posibles para Dios. Si venís, aunque sea a la hora undécima, Cristo Jesús no os echará fuera. ¡Buscad, pues, que el Señor sea vuestra justicia, y suplicadle que os haga saber cómo puede un hombre nacer de nuevo siendo viejo! Pero no debo olvidar a los corderos del rebaño. Apacentarlos fue uno de los últimos mandatos de mi Señor. Sé que se enojará conmigo si no les digo que el Señor puede ser su justicia, y que de los tales es el reino de los cielos. Venid, pues, niñitos, venid a Cristo; el Señor Cristo será vuestra justicia. No penséis que sois demasiado pequeños para convertiros. Quizá muchos de vosotros tengáis nueve o diez años, y aún no podáis decir: el Señor es nuestra justicia; cosa que muchos han dicho siendo más pequeños que vosotros. Venid, pues, mientras sois jóvenes. Quizá no viváis para llegar a viejos. No esperéis a los demás. Si vuestros padres y vuestras madres no quieren venir a Cristo, venid vosotros sin ellos. Que los niños los guíen y les muestren cómo el Señor puede ser su justicia. Nuestro Señor Jesucristo amaba a los niños pequeños. Vosotros sois sus corderos; él me manda apacentaros. Ruego a Dios que os haga dispuestos desde temprano a tomar al Señor por vuestra justicia.
Aquí, pues, podría concluir; pero no debo olvidar a los pobres negros; no, no debo olvidarlos. Jesucristo ha muerto por ellos tanto como por los demás. Y no os menciono los últimos porque desprecie vuestras almas, sino porque quisiera que lo que voy a deciros haga una impresión más profunda en vuestros corazones. ¡Oh, que buscaseis que el Señor sea vuestra justicia! ¿Quién sabe si no será hallado por vosotros? Porque en Jesucristo no hay varón ni mujer, siervo ni libre; aun vosotros podéis ser hijos de Dios, si creéis en Jesús. ¿No habéis leído nunca del eunuco al servicio de Candace, la reina? Un negro como vosotros. Creyó. El Señor fue su justicia. Fue bautizado. Creed también vosotros, y seréis salvos. Cristo Jesús es el mismo ahora que ayer, y os lavará en su propia sangre. Id, pues, a casa, convertid las palabras del texto en oración, y suplicad al Señor que sea vuestra justicia. ¡Así sea: ven, Señor Jesús, ven pronto a todas nuestras almas! ¡Amén, Señor Jesús, amén y amén!
Capítulo 14 completado
El Señor, justicia nuestra