Capítulo 13 · 38 min de lectura · 49 min de escucha
El alfarero y el barro
Jeremías 18:1–6 — «Palabra que vino a Jeremías de parte del Señor, diciendo: Levántate y desciende a casa del alfarero, y allí te haré oír mis palabras. Y descendí a casa del alfarero, y he aquí que él hacía una obra sobre la rueda. Y el vaso de barro que él hacía se echó a perder en la mano del alfarero; y volvió y lo hizo otro vaso, según al alfarero le pareció mejor hacerlo. Entonces vino a mí palabra del Señor, diciendo: ¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel?, dice el Señor. He aquí que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano, oh casa de Israel.»
En diversas ocasiones y de muchas maneras quiso Dios hablar a nuestros padres por los profetas, antes de hablarnos en estos postreros días por su Hijo. A Elías se le reveló en un silbo apacible y delicado. A Jacob, en un sueño. A Moisés le habló cara a cara. A veces le placía enviar a algún profeta predilecto con un encargo especial; y, mientras este así se ocupaba, se dignaba darle un mensaje particular, que se le mandaba entregar sin reserva a todos los moradores de la tierra. Un ejemplo muy instructivo de esta clase lo tenemos registrado en el pasaje que se os acaba de leer. El primer versículo nos informa que fue una palabra, o mensaje, que vino directamente del Señor al profeta Jeremías. En qué momento, o en qué estaba ocupado el profeta cuando le vino, no se nos dice. Quizá mientras oraba por quienes no querían orar por sí mismos. Quizá cerca del alba, cuando dormitaba o meditaba en su lecho. Porque la palabra vino a él, diciendo: «Levántate». ¿Y qué ha de hacer una vez levantado? Ha de «descender a casa del alfarero» (el profeta sabía dónde hallarla) «y allí (dice el gran Jehová) te haré oír mis palabras». Jeremías no consulta con carne y sangre, no objeta que estaba oscuro o hacía frío, ni pide que se le dé allí mismo el mensaje, sino que, sin la menor vacilación, obedece al instante a la visión celestial. «Y descendí (dice él) a casa del alfarero, y he aquí que él hacía una obra sobre la rueda». Justo cuando entraba en la casa o taller, el alfarero, según parece, tenía un vaso sobre su rueda. ¿Y había en esto algo tan extraordinario como para anunciarlo con la palabra «he aquí»? ¿Por qué clase de visionario soñador, o de entusiasta supersticioso, no tendrían a este Jeremías, aun muchos que leen sus profecías con aparente respeto, si viviera hoy? Pero no era la primera vez que Jeremías oía del cielo de esta manera. Por eso obedeció de buena gana; y si vosotros o yo lo hubiéramos acompañado a casa del alfarero, creo que lo habríamos visto aguardar en silencio, pero con intensa atención, a su grande y sapientísimo Comandante, para saber por qué lo había enviado allí. Me parece verlo todo atención. Advierte que «el vaso era de barro»; pero mientras el alfarero lo tenía en la mano y hacía girar la rueda para darle alguna forma particular, «se echó a perder en la mano del alfarero», y por consiguiente quedó inservible para el uso al que antes pensaba destinarlo. ¿Y qué es de este vaso echado a perder? Estando así estropeado, supongo que el alfarero, sin la menor sombra de injusticia, podría haberlo echado a un lado y tomado otro trozo de barro en su lugar. Pero no lo hizo. «Volvió y lo hizo otro vaso». ¿Y convoca el alfarero un consejo de sus criados para preguntarles qué clase de vaso le aconsejarían hacer con él? No, de ninguna manera. «Volvió y lo hizo otro vaso, según al alfarero le pareció mejor hacerlo».
«Entonces», añade Jeremías, mientras andaba en el camino del deber —entonces—, mientras clamaba en su interior: Señor, ¿qué quieres que haga? «Entonces vino a mí palabra del Señor, diciendo: ¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel?, dice el Señor. He aquí que como el barro en la mano del alfarero (echado a perder e inservible para el propósito que primero se le destinó), así sois vosotros en mi mano, oh casa de Israel». Por fin, pues, recibe Jeremías su sermón: breve, pero popular. Había de predicarse a toda la casa de Israel, príncipes, sacerdotes y pueblo: breve, pero punzante, más penetrante aún que toda espada de dos filos. ¡Cómo!, dice el soberano Señor del cielo y de la tierra, ¿se me ha de negar el privilegio de un simple alfarero? ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? «He aquí que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano, oh casa de Israel. Yo os hice y os formé en pueblo, y os bendije más que a ninguna otra nación debajo del cielo; pero, oh Israel, tú te destruiste a ti mismo con tus rebeliones. Así pues, como el alfarero podría con justicia haber desechado su barro echado a perder, así puedo yo con justicia dejaros sin iglesia y sin pueblo. Pero ¿y si yo pasara por encima de los montes de vuestra culpa, sanara vuestras rebeliones, avivara mi obra en medio de los tiempos e hiciera que vuestra postrimería acreciera en gran manera? He aquí que como el barro en la mano del alfarero, que yace a su disposición, sea para ser destruido o para ser formado en otro vaso, así sois vosotros en mi mano, oh casa de Israel: puedo desecharos y con ello arruinaros, o puedo visitaros de nuevo y avivaros según mi propia y soberana buena voluntad y beneplácito; ¿y quién me dirá: Qué haces?»
Esta parece ser la interpretación genuina y la intención primera de esta hermosa porción de la Sagrada Escritura. Pero, dejando a un lado toda indagación ulterior sobre su designio o sentido primero, pasaré ahora a mostrar que lo que el glorioso Jehová dice aquí de la casa de Israel en general es aplicable a cada individuo del género humano en particular. Y como presumo que esto puede hacerse sin estirar la Escritura por un lado ni torcerla de su sentido original por otro, para no deteneros más, deduciré del pasaje así explicado y parafraseado estos dos puntos generales, y procuraré extenderme en ellos.
Primero, me propongo probar que todo hombre engendrado naturalmente de la descendencia de Adán no es, a los ojos del Dios que todo lo ve y escudriña los corazones, más que «un pedazo de barro echado a perder».
En segundo lugar, que, estando así echado a perder, necesariamente ha de ser renovado; y bajo este punto señalaremos también por obra de quién ha de efectuarse este poderoso cambio.
Tratados estos particulares, quedará naturalmente abierto el camino para una breve palabra de aplicación.
Primero, probar que todo hombre engendrado naturalmente de la descendencia de Adán no es, a los ojos de un Dios que todo lo ve y escudriña los corazones, más que un pedazo de barro echado a perder.
Tened a bien observar que decimos todo hombre naturalmente engendrado de la descendencia de Adán, o todo hombre desde la caída; porque si consideramos al hombre tal como salió primero de las manos de su Hacedor, distaba mucho de hallarse en circunstancias tan tristes. No; en su origen fue hecho recto; o, como declara Moisés, aquel sagrado escritor, «Dios lo hizo a su propia imagen». Ciertamente nunca se expresó tanto en tan pocas palabras; lo cual a menudo me ha hecho maravillarme de que aquel gran crítico Longino, que tan justamente admira la dignidad y grandeza del relato de Moisés sobre la creación, y aquel «dijo Dios: Sea la luz, y fue la luz»; digo que a menudo me he maravillado de que no leyera un poco más adelante y tributara un encomio [alabanza, aprobación, aclamación] igualmente justo a esta breve, pero a la vez inefablemente augusta [noble, elegante, soberbia] y comprensiva descripción de la formación del hombre: «y creó Dios al hombre a su imagen». Movido por un hondo sentir de tan asombrosa bondad, y para imprimir un sentir aún más hondo de ella también en nuestras mentes, añade enseguida: «a imagen de Dios lo creó». Se convocó un consejo de la adorabilísima Trinidad para esta importante ocasión: Dios no dijo: Haya un hombre, y hubo un hombre, sino que dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza». Este es el relato que los vivos oráculos de Dios nos dan del hombre en su primer estado; pero es muy de notar que el paso del relato de su creación al de su miseria es muy rápido. ¿Y por qué? Por una razón muy buena: porque pronto cayó de su dignidad primitiva; y por esa caída la imagen divina quedó tan desfigurada que ahora solo se le ha de estimar como los anticuarios estiman una medalla antigua: meramente por la imagen y la inscripción que una vez llevó estampadas, o por una segunda impronta divina que, por gracia, aún puede recibir.
Hagamos un examen más detenido de él, y veamos si estas cosas son así o no; y primero, en cuanto a su entendimiento. Como el hombre fue creado en el principio «conforme a Dios en conocimiento», así como en justicia y verdadera santidad, podemos inferir razonablemente que su entendimiento, tanto en las cosas naturales como en las divinas, era de una extensión prodigiosa: porque fue hecho poco menor que los ángeles, y por consiguiente, siendo como ellos excelente en entendimiento, sabía mucho de Dios, de sí mismo y de todo lo que le rodeaba; y en esto, como en todo otro respecto, era, como lo expresa el señor Golter en uno de sus ensayos, un mayor perfecto; pero este dista mucho de ser ahora nuestro caso. Porque en cuanto a las cosas naturales, nuestro entendimiento está evidentemente entenebrecido. Poco es lo que podemos saber, y aun ese poco conocimiento que logramos adquirir nos cuesta mucha fatiga de la carne, y estamos condenados a ganarlo como ganamos el pan de cada día, quiero decir, con el sudor de nuestra frente.
Los hombres de mente baja y estrecha pronto se vuelven sabios en su propia opinión; y, habiendo adquirido un ligero barniz de las lenguas doctas y hecho algún pequeño progreso en las áridas ciencias, se ven fácilmente tentados a considerarse una cabeza más altos que sus semejantes mortales, y en consecuencia, demasiado, demasiado a menudo, profieren grandes y arrogantes palabras de vanidad. Pero las personas de un alcance de pensamiento más elevado y extenso no se atreven a jactarse. No: saben que los mayores eruditos están a oscuras respecto de muchas cosas de la vida, aun de las más mínimas; y, tras todas sus laboriosas investigaciones en los Arcana Natura, hallan un vacío tan inmenso, una extensión tan inconmensurable aún por recorrer, que al final se ven obligados a concluir, casi respecto de todo, «que aún no saben nada como deben saber». Esta consideración llevó sin duda a Sócrates, cuando uno de sus discípulos le preguntó por qué el oráculo lo había declarado el hombre más sabio de la tierra, a darle esta juiciosa respuesta: «Quizá sea porque soy el más consciente de mi propia ignorancia». ¡Ojalá todos los que se llaman cristianos hubieran aprendido tanto como este pagano! Entonces ya no oiríamos a tantos sabios, falsamente llamados así, delatar su ignorancia jactándose de la extensión de su somero entendimiento, ni, profesándose tan sabios, demostrar que son unos necios pedantes tan rematados.
Si consideramos nuestro entendimiento respecto de las cosas espirituales, hallaremos que no solo está entenebrecido, sino que se ha vuelto las tinieblas mismas, aun «tinieblas que se pueden palpar» por todos los que no han perdido toda sensibilidad. ¿Y cómo podría ser de otro modo, puesto que la infalible palabra de Dios nos asegura que está ajeno a la luz de la vida de Dios, y por ello es naturalmente tan incapaz de juzgar las cosas divinas y espirituales, relativamente hablando, como un ciego de nacimiento lo es de distinguir los diversos colores del arco iris? «El hombre natural (dice un apóstol inspirado) no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios»; lejos de ello, «le son locura»; ¿y por qué? Porque solo se han de «discernir espiritualmente». De ahí que Nicodemo, que había sido bendecido con una revelación externa y divina, que era un principal entre los judíos, más aún, un maestro de Israel, cuando nuestro Señor le dijo que «le era necesario nacer de nuevo», pareciera quedar del todo desconcertado. «¿Cómo (dice él) puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? ¿Cómo puede hacerse esto?» ¿Se propusieron alguna vez tres preguntas más absurdas por boca del hombre más ignorante del mundo? ¿O puede haber prueba más clara de la ceguera del entendimiento del hombre, tanto respecto de las cosas divinas como de las naturales? ¿No es, pues, el hombre un pedazo de barro echado a perder?
Esto resultará aún más evidente si consideramos la perversa inclinación de su voluntad. Hecho a la misma imagen de Dios, sin duda antes de la caída el hombre no tenía otra voluntad que la de su Hacedor. La voluntad de Dios y la de Adán eran entonces como unísonos en la música. No había entre ellas la menor desunión ni discordia. Pero ahora tiene una voluntad tan directamente contraria a la voluntad de Dios como la luz es contraria a las tinieblas, o el cielo al infierno. Todos traemos al mundo con nosotros una mente carnal, que no solo es enemiga de Dios, sino «la enemistad misma, y que por tanto no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede». Muchos muestran gran celo hablando contra el hombre de pecado, y claman a voz en cuello (y por cierto con toda justicia) contra el papa por sentarse en el templo, quiero decir la iglesia de Cristo, y «levantarse sobre todo lo que se llama Dios». Pero no digas en tu corazón: ¿Quién irá a Roma para derribar a este anticristo espiritual?, como si no hubiera más anticristo que el que está fuera de nosotros. Porque sabe, oh hombre, quienquiera que seas, que un anticristo infinitamente más peligroso, por ser menos discernido, a saber, la voluntad propia, se sienta cada día en el templo de tu corazón, levantándose sobre todo lo que se llama Dios y obligando a todos sus devotos a decir de Cristo mismo, aquel Príncipe de paz: «No queremos que este reine sobre nosotros». El pueblo de Dios, cuyos sentidos espirituales están ejercitados en las cosas espirituales y cuyos ojos han sido abiertos para ver las abominaciones que hay en su corazón, siente esto con frecuencia, para su pesar. Quiéranlo o no, esta enemistad brota de vez en cuando, y, a pesar de toda su vigilancia y cuidado, cuando están bajo el peso de alguna aflicción aguda, de un largo desamparo o de una tediosa noche de tentación, a menudo hallan algo dentro que se levanta en rebelión contra las sapientísimas disposiciones de la divina Providencia y dice a Dios, su Padre celestial: «¿Qué haces?». Esto les hace clamar (y no es de extrañar, pues obligó a uno de los más grandes santos y apóstoles a acuñar primero la expresión): «¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?». El alma espiritual y renovada gime así, agobiada; pero en cuanto al hombre natural y no despertado, no le sucede así: la voluntad propia, como todo otro mal, de manera más latente o más visible, reina en su alma no renovada y demuestra, con toda evidencia para los demás, sépalo él o confiéselo o no, que en cuanto a los desórdenes de su voluntad, así como de su entendimiento, el hombre no es más que un pedazo de barro echado a perder.
Una mirada pasajera a los afectos del hombre caído corroborará aún más firmemente esta triste verdad. Estos, cuando fue puesto por primera vez en el paraíso de Dios, se mantenían siempre dentro de sus debidos límites, fijos en sus objetos propios, y, como otros tantos ríos apacibles, se deslizaban dulce, espontánea y habitualmente hacia su océano, Dios. Pero ahora la escena ha cambiado. Porque ahora estamos por naturaleza llenos de afectos viles, que como un torrente poderoso e impetuoso lo arrastran todo delante de sí. Amamos lo que deberíamos aborrecer y aborrecemos lo que deberíamos amar; tememos lo que deberíamos esperar y esperamos lo que deberíamos temer; más aún, a tan ingobernable altura se elevan a veces nuestros afectos que, aunque nuestro juicio esté convencido de lo contrario, aun así satisfacemos nuestras pasiones, aunque sea a costa de nuestro bienestar presente y eterno. Sentimos una guerra de nuestros afectos que se rebela contra la ley de nuestra mente y nos lleva cautivos a la ley del pecado y de la muerte. De modo que el video meliora proboque, deteriora foquor [frase latina], apruebo lo mejor pero sigo lo peor, es demasiado, demasiado a menudo la práctica de todos nosotros.
Sé que muchos se ofenden cuando se compara al género humano con bestias y demonios. Y tendrían alguna sombra de razón para ello si afirmáramos, en sentido físico, que son realmente bestias y realmente demonios. Porque entonces, como oí observar una vez a un prelado muy docto que objetaba esta comparación, «un hombre, siendo bestia, sería incapaz, y siendo demonio, estaría en la imposibilidad de ser salvo». Pero cuando hacemos uso de comparaciones tan chocantes, como él tuvo a bien llamarlas, queremos que se nos entienda solo en sentido moral; y al hacerlo no afirmamos más de lo que algunos de los más santos hombres de Dios dijeron de sí mismos y de otros, en los vivos oráculos, hace muchos siglos. El santo David, el varón conforme al corazón de Dios, hablando de sí mismo, dice: «Tan necio era yo, y como una bestia delante de ti». Y el santo Job, hablando del hombre en general, dice que «nace como el pollino del asno montés»; o quitad la partícula expletiva, como algunos piensan que debe hacerse, y entonces afirma positivamente que el hombre es un pollino de asno montés. ¿Y qué dice nuestro Señor? «Vosotros sois de vuestro padre el diablo»; y «se dice que todo el mundo está bajo el maligno, que ahora obra en los hijos de desobediencia», es decir, en todas las almas no renovadas. Nuestra estupidez, nuestra inclinación a poner los afectos en las cosas de la tierra y nuestro afán de proveer para la carne, para satisfacer sus deseos, nos muestran terrenales y brutos; y nuestras pasiones del alma —ira, odio, malicia, envidia y cosas semejantes— prueban con igual fuerza que también somos diabólicos. Ambas cosas juntas concurren a demostrar que, en cuanto a sus afectos, así como a su entendimiento y su voluntad, el hombre puede con razón ser llamado un pedazo de barro echado a perder.
La presente ceguera de la conciencia natural hace que esto aparezca a una luz aún más deslumbrante. En el alma del primer hombre, Adán, la conciencia era sin duda la candela del Señor, y le capacitaba para discernir recta e instantáneamente entre el bien y el mal, lo justo y lo injusto. Y, ¡bendito sea Dios!, aún quedan algunos restos de ella; pero, ¡ay, cuán débilmente arde, y con qué facilidad y rapidez se cubre, o se apaga y se extingue! No necesito enviaros al mundo pagano para aprender la verdad de esto; todos vosotros lo sabéis por experiencia. Aunque no hubiera otra prueba, vuestra propia conciencia os vale por mil testigos de que el hombre, en cuanto a su conciencia natural, así como a su entendimiento, voluntad y afectos, es barro muy echado a perder.
Tampoco aquella grande y celebrada Diana, quiero decir la razón no asistida, no iluminada, demuestra menos la justicia de tal aserto. Lejos de mí desacreditar la razón humana o clamar contra ella. A Cristo mismo se le llama el «Logos, la Razón»; y creo que no requeriría mucha erudición ni mucho tiempo probar que solo en la medida en que obramos conforme a las leyes de Cristo Jesús, y no más, nos conformamos en algún modo a las leyes de la recta razón. Por eso su servicio se llama «culto racional». Y por más que ahora se tenga a sus siervos y seguidores por necios y locos, vendrá un tiempo en que los que desprecian la revelación divina y se empeñan en oponerse a ella hallarán que lo que ahora llaman razón no es más que razón depravada, tan absolutamente incapaz por sí misma de guiarnos al camino de paz o de mostrarnos el camino de salvación como lo fueron los hombres de Sodoma de hallar la puerta de Lot después de ser heridos con ceguera por los ángeles que vinieron a sacarlo de la ciudad. Los horribles y espantosos errores en que cayeron los más refinados razonadores del mundo pagano, tanto en cuanto al objeto como al modo del culto divino, han demostrado suficientemente la debilidad y depravación de la razón humana; ni nuestros jactanciosos modernos nos ofrecen mejores pruebas de la grandeza de su fuerza, puesto que el mejor provecho que por lo general sacan de ella es razonar hasta caer en una franca y voluntaria incredulidad, y con ello razonar hasta quedar fuera de la salvación eterna. ¿Qué más necesidad tenemos de testigos de que el hombre, el hombre caído, es del todo un pedazo de barro echado a perder?
Pero esto no es todo; aún tenemos más pruebas que aducir. Porque si la ceguera de nuestro entendimiento, la perversidad de nuestra voluntad, la rebelión de nuestros afectos, la corrupción de nuestra conciencia y la depravación de nuestra razón prueban esta acusación, ¿no la confirma también la presente desordenada estructura y constitución de nuestros cuerpos? Sin duda, en este respecto el hombre es, en el sentido más literal de la palabra, un pedazo de barro echado a perder. Porque Dios lo hizo en el principio del «polvo de la tierra». De modo que, a pesar de nuestras jactancias de altos linajes y de diversa ascendencia, en el principio todos estábamos a un mismo nivel, y un poco de tierra roja fue el sustrato común del que todos fuimos formados. Barro era, en efecto, pero barro maravillosamente modelado, nada menos que por las manos inmediatas del Creador del cielo y de la tierra. Por eso alguien ha observado que se dice que «Dios edificó al hombre»: no lo formó temeraria ni apresuradamente, sino que lo edificó y lo acabó según el plano trazado de antemano en su propia mente eterna. Y aunque, como el gran Dios no tiene cuerpo, partes ni pasiones, no podemos suponer que, cuando se dice que «Dios hizo al hombre a su propia imagen», esto tenga referencia alguna a su cuerpo, no puedo menos de pensar (con el doctor South) que, como el Logos eterno había de aparecer después, Dios manifestado en carne, sin duda se desplegó una sabiduría infinita al formar el estuche en que, en el cumplimiento del tiempo, había de depositarse una perla tan inestimable. Se dice que algunos de los antiguos afirmaron que el hombre, al principio, tenía lo que llamamos una gloria que resplandecía en torno a él; pero, sin pretender ser sabios más allá de lo que está escrito, podemos aventurarnos a afirmar que tenía un cuerpo glorioso, el cual, no conociendo pecado, no conocía enfermedad ni dolor. Pero ahora, por esta como por otras razones, con justicia puede llamársele Icabod; porque su fuerza y gloria primitivas se han apartado tristemente de él, y, como de las ruinas de algún edificio antiguo y majestuoso, solo queda lo suficiente para darnos una débil idea de lo que era cuando apareció por primera vez en su belleza original y perfecta. Por eso el apóstol Pablo, que sabía llamar las cosas por su nombre tan bien como cualquier hombre, no tiene reparo en llamar al cuerpo humano, aunque en su constitución original fue hecho de modo formidable y maravilloso, «cuerpo vil»; ¡vil en verdad!, puesto que está sujeto a enfermedades tan viles, se le destina a usos tan viles, sí, vilísimos, y al fin ha de llegar a un fin tan vil. «Porque polvo somos, y al polvo hemos de volver». Bien podemos suponer que esta, entre otras consideraciones, hizo llorar al bendito Jesús ante la tumba de Lázaro. Lloró no solo porque su amigo Lázaro había muerto, sino que lloró al ver la naturaleza humana, por culpa del hombre mismo, así arruinada, al quedar sujeta a semejante disolución, hecha semejante a las bestias que perecen.
Detengámonos aquí un momento, y veamos si, con nuestro compasivo Señor, no podemos derramar al menos unas cuantas lágrimas silenciosas por el mismo triste motivo. ¿Quién, quién hay entre nosotros que, ante una consideración tan melancólica de la presente, real y deplorabilísima depravación del hombre, tanto en el cuerpo como en el alma, pueda contenerse de llorar sobre tal pedazo de barro echado a perder? ¿Quién, quién puede dejar de hacer suya la lamentación del santo David por Saúl y Jonatán? «¡Cómo han caído los valientes! ¡Cómo han sido muertos en sus alturas!» Al principio no fue así. No: «Dios hizo al hombre a su propia imagen; a imagen de Dios hizo él al hombre». Nunca se expresó tanto en tan pocas palabras. Fue creado conforme a Dios en justicia y verdadera santidad.
Este es el relato que el sagrado volumen nos da de este interesante punto. Este, este es aquel bendito libro, aquel libro de los libros, del cual, junto con la apelación a la experiencia de nuestro propio corazón y al testimonio de todas las edades pasadas, hemos creído conveniente sacar nuestras pruebas. Porque, al fin y al cabo, tenemos que acudir a la revelación divina para saber lo que fuimos, lo que somos y lo que hemos de ser. En sus páginas, como en un espejo fiel, podemos ver nuestro verdadero y propio retrato. Y solo en ellas podemos rastrear el origen y la fuente de todos esos innumerables males que, como un diluvio, han inundado el mundo natural y el moral. Si alguno objetara contra la autenticidad de esta revelación, y por consiguiente contra la doctrina que hoy hemos sacado de ella, a mi juicio con ello la confirma grandemente. Porque, a menos que un hombre estuviera de veras muy desordenado en cuanto a su entendimiento, voluntad, afectos, conciencia natural y facultad de razonar, nunca podría negar una revelación tal: una revelación fundada en multitud de pruebas externas infalibles, que lleva en cada página tantas pruebas internas de un sello divino, tan ajustada a las necesidades comunes de todo el género humano, tan conforme a la experiencia de todos los hombres, que nos ha sido transmitida y preservada de manera tan maravillosa, que ha sido instrumento para convencer, convertir y consolar a tantos millones de almas, y que ha resistido la prueba de los escrutinios más severos y de las críticas más exactas de los enemigos más sutiles y refinados, así como de los más maliciosos y perseguidores que jamás hayan existido, desde el principio del tiempo hasta este mismo día. Por las personas de tal disposición de ánimo, creo yo, más bien hay que orar que disputar con ellas, por si acaso les fuere perdonada esta perversa maldad de su corazón: «Están en la misma hiel de amargura, y han de tener la conciencia cauterizada, como con un hierro candente», y han de tener los ojos «cegados por el dios de este siglo»; de otro modo no podrían menos de ver, sentir y asentir a la verdad de esta doctrina de la depravación universal del hombre, que está escrita no en uno o dos, sino en uno o dos millares de lugares —casi podría decir que en cada página— con caracteres tan legibles que puede leerlos el que corre. En verdad, la revelación misma está fundada en la doctrina de la caída. Si hubiéramos conservado nuestra integridad original, la ley de Dios seguiría escrita en nuestro corazón, y con ello la necesidad de una revelación divina, al menos como la nuestra, habría quedado sin lugar; pero, habiendo caído, en vez de alzarnos en rebelión contra Dios, deberíamos estar llenos de inefable gratitud hacia nuestro generosísimo Creador, que con unas pocas líneas de sus propios libros nos ha descubierto más de lo que todos los filósofos y los hombres más doctos del mundo podrían o querrían haber descubierto, aunque hubieran estudiado por toda la eternidad.
Bien sé que algunos que pretenden reconocer la validez de la revelación divina son, no obstante, enemigos de la doctrina que hoy se ha expuesto, y querrían eludir la fuerza de las pruebas que generalmente se aducen en su defensa, diciendo que solo denotan la corrupción de ciertas personas en particular, o que se refieren solo al mundo pagano; pero tales personas yerran, no conociendo su propio corazón ni el poder de Jesucristo: porque por naturaleza no hay diferencia entre judío y gentil, griego o bárbaro, siervo o libre. Todos a una nos hemos hecho igualmente abominables a los ojos de Dios, todos estamos igualmente destituidos de la gloria de Dios, y por consiguiente todos somos por igual otros tantos pedazos de barro echado a perder.
¿Cómo llegó Dios a permitir que el hombre cayera? ¿Cuánto tiempo se mantuvo el hombre en pie antes de caer? ¿Y cómo se propaga a cada individuo de su especie la corrupción contraída en la caída? Son cuestiones de naturaleza tan abstrusa y delicada que, si me propusiera responderlas, no haría más que satisfacer una curiosidad pecaminosa y tentaros, como Satanás tentó a nuestros primeros padres, a comer del fruto prohibido. Mucho mejor responderá al designio del presente discurso, que es práctico, pasar
II. Al siguiente punto propuesto, y señalaros la absoluta necesidad que hay de que esta naturaleza caída sea renovada.
Esto lo he tenido a la vista todo el tiempo, y por causa de ello he sido a propósito tan explícito en el primer punto general: porque, como dijo una vez Arquímedes: «Dadme un lugar donde apoyar el pie, y moveré el mundo», así, sin la menor sombra de la arrogancia que tal vez con justicia podía imputársele a él, podemos aventurarnos a decir: concédase que la doctrina precedente es verdadera, y niegue luego quien pueda la necesidad de que el hombre sea renovado.
Supongo que puedo dar por sentado que todos vosotros, entre quienes ahora predico el reino de Dios, esperáis ir después de la muerte a un lugar que llamamos cielo. Y el deseo de mi corazón y mi oración a Dios por vosotros es que a todos se os preparen moradas allí. Pero permitidme deciros que, si ahora vierais abrirse estos cielos, y al ángel (para usar las palabras del seráfico Hervey, revestido de todo su atavío celestial, con un pie sobre la tierra y el otro sobre el mar; más aún, si vierais y oyerais al ángel del pacto eterno, a Jesucristo mismo, proclamar que «el tiempo no será más», e invitaros a todos a venir al cielo de inmediato, el cielo no sería cielo para vosotros; más aún, sería un infierno para vuestras almas, a menos que primero fuerais preparados aquí en la tierra para gozarlo como es debido. «Porque ¿qué comunión tiene la luz con las tinieblas?» ¿O qué trato podrían mantener los hijos de Belial no renovados con el puro e inmaculado Jesús?
La generalidad de la gente se forma extrañas ideas del cielo. Y como las Escrituras, condescendiendo con la flaqueza de nuestra capacidad, lo describen con imágenes tomadas de los deleites terrenales y de la grandeza humana, se inclinan a no llevar sus pensamientos más alto, y a lo sumo se forjan una especie de paraíso mahometano. Pero permitidme deciros —¡y Dios quiera que penetre hondo en vuestro corazón!— que el cielo es más un estado que un lugar; y por consiguiente, a menos que estéis dispuestos de antemano por un estado de ánimo adecuado, no podríais ser felices ni aun en el cielo mismo. Porque ¿qué es la gracia sino la gloria militante? ¿Qué es la gloria sino la gracia triunfante? Esta consideración hizo decir a un autor piadoso que «santidad, felicidad y cielo no eran más que tres palabras distintas para una y la misma cosa». Y esto hizo que el gran Preston, cuando estaba a punto de morir, se volviera a sus amigos diciendo: «Cambio de lugar, pero no de compañía». Había conversado con Dios y con hombres buenos en la tierra; iba a mantener la misma comunión, e infinitamente más refinada, con Dios, sus santos ángeles y los espíritus de los justos hechos perfectos, en el cielo.
Para hacernos aptos para participar dichosamente de tan celestial compañía, este «barro echado a perder», quiero decir, esta naturaleza nuestra depravada, ha de sufrir necesariamente un cambio moral universal: nuestro entendimiento ha de ser iluminado; nuestra voluntad, nuestra razón y nuestra conciencia han de ser renovadas; nuestros afectos han de ser atraídos hacia las cosas de arriba y fijados en ellas; y, como la carne y la sangre no pueden heredar el reino de los cielos, esto corruptible ha de vestirse de incorrupción, y esto mortal ha de vestirse de inmortalidad. Y así las cosas viejas han de pasar literalmente, y he aquí, todas las cosas, aun el cuerpo así como las facultades del alma, han de ser hechas nuevas.
Este cambio moral es lo que unos llaman arrepentimiento; otros, conversión; otros, regeneración. Elegid el nombre que queráis; yo solo ruego a Dios que todos tengamos la cosa misma. Las Escrituras lo llaman santidad, santificación, la nueva criatura, y nuestro Señor lo llama «nuevo nacimiento, o nacer de nuevo, o nacer de lo alto». No son meras expresiones figuradas, ni vuelos del lenguaje oriental, ni denotan solamente un cambio relativo de estado conferido a todos los que son admitidos en la iglesia de Cristo por el bautismo; sino que denotan un cambio real y moral de corazón y de vida, una participación real de la vida divina en el alma del hombre. Algunos, en verdad, se contentan con una interpretación figurada; pero, a menos que se les haga experimentar su poder y eficacia por una experiencia sólida y viva en su propia alma, toda su erudición, toda su laboriosa crítica no los librará de una condenación real. Cristo lo ha dicho, y lo dicho por Cristo permanecerá: «El que no», docto o indocto, alto o bajo, aunque sea maestro de Israel como lo era Nicodemo, el que no «naciere de nuevo, no puede ver, no puede entrar en el reino de Dios».
Si se pregunta quién ha de ser el alfarero, y por obra de quién este barro echado a perder ha de ser formado en otro vaso; o, en otras palabras, si se pregunta cómo ha de efectuarse este grande y poderoso cambio, respondo: no por la mera fuerza y empuje de la suasión [persuasión] moral. Esta es buena en su lugar. Y tan lejos estoy de pensar que los predicadores cristianos no deban servirse de argumentos y motivos racionales en sus sermones, que no puedo tener por aptos para predicar en absoluto a quienes no pueden o no quieren usarlos. Tenemos el ejemplo del gran Dios mismo para tal práctica: «Venid (dice él), y razonemos juntos». Y San Pablo, aquel príncipe de los predicadores, «razonó de la templanza, de la justicia y del juicio venidero». Y es notable «que, mientras razonaba de estas cosas, Félix se espantó». Ni son menos necesarios los acentos más persuasivos de la santa retórica para un escriba docto en el reino de Dios. Las Escrituras, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, abundan en ellos por doquier. ¿Y cuándo pueden emplearse y sacarse a relucir con más propiedad que cuando actuamos como embajadores del cielo, y rogamos a los pobres pecadores, como en nombre de Cristo, que se reconcilien con Dios? Todo esto lo concedemos de buen grado. Pero, al mismo tiempo, tan pronto iría yo a aquel cementerio de allá e intentaría levantar los cadáveres con un «ven fuera», como predicaría a almas muertas, si no esperara algún poder superior que hiciera la palabra eficaz para el fin propuesto. En cuanto a todo propósito salvador, no sería más que como metal que resuena, o como címbalo que retiñe. Tampoco se ha de obrar este cambio por el poder de nuestro propio libre albedrío. Este es un ídolo erigido por todas partes, pero no nos atrevemos a postrarnos y adorarlo. «Ninguno (dice Cristo) puede venir a mí, si el Padre no le trajere». Nuestro propio libre albedrío, si se aprovecha bien, puede refrenarnos de cometer muchos males y ponernos en el camino de la conversión; pero, tras desplegar nuestros mayores esfuerzos (y el deber nos obliga a desplegarlos), hallaremos que son verdaderas las palabras del artículo de nuestra propia iglesia: que «el hombre, desde la caída, no tiene poder para volverse a Dios». No; tan pronto podríamos intentar detener el flujo y reflujo de la marea, y calmar el mar más tempestuoso, como imaginar que podemos someter, o poner bajo el debido gobierno, nuestra propia voluntad y nuestros afectos indómitos con alguna fuerza inherente a nosotros mismos.
Así pues, para no teneros más en suspenso, os hago saber que este alfarero celestial, este bendito agente, es el Espíritu todopoderoso de Dios, el Espíritu Santo, la tercera persona de la adorabilísima Trinidad, coesencial con el Padre y el Hijo. Este es aquel Espíritu que al principio del tiempo se movía sobre la faz de las aguas, cuando la naturaleza yacía en un caos universal. Este fue el Espíritu que cubrió con su sombra a la santa Virgen antes que naciera de ella aquel Santo Ser; y este mismo Espíritu ha de venir y moverse sobre el caos de nuestras almas antes que podamos ser llamados propiamente hijos de Dios. Esto es lo que Juan el Bautista llama «ser bautizado con el Espíritu Santo», sin lo cual su bautismo y todos los demás, sean de niños o de adultos, de nada valen. Este es aquel fuego que nuestro Señor vino a enviar a nuestro corazón terrenal, y que ruego al Señor de señores que encienda hoy en cada corazón no renovado.
En cuanto a las operaciones extraordinarias del Espíritu Santo, como obrar milagros o hablar en diversos géneros de lenguas, hace mucho que cesaron. Pero en cuanto a este milagro de los milagros, volver el alma a Dios por las operaciones más ordinarias del Espíritu Santo, esto permanece todavía, y permanecerá hasta que el tiempo mismo no sea más. Porque es él quien nos santifica a nosotros y a todo el pueblo escogido de Dios. Por esta razón se dice de los verdaderos creyentes que son «nacidos de lo alto, que no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios». Su segunda creación, como la primera, es verdadera y puramente divina. Por eso se la llama «una creación»; pero vestíos (dice el apóstol) del nuevo hombre, que es creado» —¿Y cómo? Igual que lo fue el primer hombre: «conforme a Dios en justicia y verdadera santidad».
Estas, estas son las preciosas verdades de las que un mundo burlador querría apartarnos a fuerza de chanzas y escarnio. Para producir este glorioso cambio, esta nueva creación, el glorioso Jesús dejó el seno de su Padre. Por esto llevó una vida perseguida; por esto murió una muerte ignominiosa y maldita; por esto resucitó; y por esto está ahora sentado a la diestra de su Padre. Todos los preceptos de su evangelio, todas sus ordenanzas, todas sus providencias, sean de naturaleza aflictiva o próspera, toda la revelación divina de principio a fin, todo converge en estos dos puntos: mostrarnos cómo hemos caído, y comenzar, llevar adelante y consumar un glorioso y bendito cambio en nuestras almas. Este es un fin digno de la venida de tan divino personaje. Librar a una multitud de almas de toda nación, lengua e idioma de tantos males morales, y restablecerlas en una condición incomparablemente más excelente que aquella de la que cayeron, es un fin digno del derramamiento de sangre tan preciosa. ¿Qué sistema de religión hay ahora, o se ha presentado jamás al mundo, que pueda compararse en modo alguno con este? ¿Puede el sistema deísta pretender en algún grado estar a su altura? ¿No es noble, racional y verdaderamente divino? ¿Y por qué, entonces, no habrán todos los que hasta ahora son extraños a esta bendita restauración de su naturaleza caída —porque mi corazón está demasiado lleno para abstenerme más tiempo de una aplicación—, por qué queréis seguir disputando o resistiéndoos a ella? ¿Por qué no traéis más bien vuestro barro a este Alfarero celestial, y decís desde lo más íntimo de vuestra alma: «Conviértenos, oh buen Señor, y seremos convertidos»? Esto podéis y sois capaces de hacerlo; y si llegáis hasta aquí, ¿quién sabe si este mismo día, sí, en esta misma hora, el Alfarero celestial no os tomará en sus manos y os hará vasos para honra, útiles para los usos del Redentor? Otros que una vez estuvieron tan lejos del reino de Dios como vosotros han sido hechos partícipes de esta bienaventuranza. ¡Qué miserable criatura era María Magdalena! Y, sin embargo, Jesucristo echó de ella siete demonios. Más aún, a ella se apareció primero después de resucitar de los muertos, y ella vino a ser, por así decirlo, apóstol de los mismos apóstoles. ¡Qué criatura tan avara era Zaqueo! Era un publicano codicioso y tramposo; y, sin embargo, quizá en el espacio de un cuarto de hora su corazón se ensancha y se le hace del todo dispuesto a dar la mitad de sus bienes para sustentar a los pobres. Y, por no mencionar más, ¡qué persona tan cruel era Pablo! Era perseguidor, blasfemo, injuriador; uno que respiraba amenazas contra los discípulos del Señor y asolaba la iglesia de Cristo. ¡Y, sin embargo, qué cambio tan maravilloso experimentó cuando iba de camino a Damasco! De perseguidor se hizo predicador; después fue hecho padre espiritual de millares, y ahora probablemente se sienta en la gloria más cerca que nadie del Señor Jesucristo. ¿Y por qué todo esto? Para que fuese hecho ejemplo de los que habían de creer después. ¡Oh, creed, pues, arrepentíos; os ruego que creáis al evangelio! En verdad, son buenas nuevas, nuevas de gran gozo. Entonces ya no tendréis nada que decir contra la doctrina del pecado original, ni atribuiréis despropósito al Todopoderoso por permitir que nuestros primeros padres fueran inducidos a comer tales uvas agrias, y consentir así que los dientes de sus hijos tuvieran dentera. Entonces ya no clamaréis contra la doctrina del nuevo nacimiento como si fuera entusiasmo, ni marcaréis a los defensores de tan benditas verdades con los oprobiosos nombres de necios y locos. Habiendo sentido, entonces creeréis; habiendo creído, por eso hablaréis; y en vez de ser vasos de ira, y endureceros más y más en el fuego del infierno, como vasos en el horno de un alfarero, seréis hechos vasos para honra, y Jesús os presentará en el gran día a su Padre celestial, y seréis trasladados a vivir con él como monumentos de una gracia rica, libre, distintiva y soberana, por los siglos de los siglos.
Vosotros, los que en algún grado habéis experimentado la influencia vivificadora (porque no debo concluir sin dejar caer una palabra o dos para los hijos de Dios), sabéis compadeceros, y por eso os ruego que también oréis por aquellos a cuya condición se adapta particularmente este discurso. Pero ¿os contentaréis con orar por ellos? ¿No veréis razón para orar también por vosotros mismos? Sí, sin duda, también por vosotros mismos. Porque vosotros, y solo vosotros, sabéis cuánto falta aún a vuestra fe, y cuán lejos estáis de participar, en el grado que desearíais, de todo aquel sentir que hubo en Cristo Jesús. Sabéis qué cuerpo de pecado y de muerte lleváis con vosotros, y que necesariamente habéis de esperar muchas vueltas de la providencia y de la gracia de Dios antes de ser del todo librados de él. Pero gracias a Dios, estamos en manos seguras. El que ha sido el autor será también el consumador de nuestra fe. Aún un poquito, y nosotros, como él, diremos: «Consumado es»; inclinaremos la cabeza y entregaremos el espíritu. Hasta entonces (porque a ti, oh Señor, dirigiremos ahora nuestra oración), ayúdanos, oh Padre todopoderoso, a poseer nuestras almas con paciencia. He aquí, nosotros somos el barro, y tú eres el Alfarero. No diga la cosa formada al que la formó, sean cuales fueren las disposiciones de tu voluntad futura acerca de nosotros: ¿Por qué nos tratas así? He aquí, nos ponemos como hojas en blanco en tus manos; haz con nosotros lo que bien te pareciere; solo haz que toda cruz, toda aflicción, toda tentación, sea encaminada a estampar tu bendita imagen con caracteres más vivos en nuestro corazón; para que así, pasando de gloria en gloria por las poderosas operaciones de tu bendito Espíritu, seamos con ello hechos cada vez más aptos para un goce pleno, perfecto, eterno e ininterrumpido de la gloria venidera, y al fin trasladados a él, contigo, oh Padre, contigo, oh Hijo, y contigo, oh bendito Espíritu; a quienes, tres personas pero un solo Dios, sea atribuido, como es debido, todo honor, poder, fortaleza, majestad y dominio, ahora y por toda la eternidad. Amén y amén.
Capítulo 13 completado
El alfarero y el barro