Capítulo 11 · 21 min de lectura · 28 min de escucha
Los beneficios de una piedad temprana
Lo amable de la religión en sí misma, y las innumerables ventajas que de ella fluyen para la sociedad en general, así como para cada uno de sus sinceros profesantes en particular, no pueden sino recomendarla a la elección de toda persona juiciosa, y hacer que aun los malvados, así como desean morir la muerte de los justos, en sus momentos más sobrios envidien también su vida. Y, en verdad, debemos hacer al mundo la justicia de confesar que la cuestión de la religión no suele surgir de una disputa sobre si es necesaria o no (pues la mayoría de los hombres ven la necesidad de hacer algo por la salvación de sus almas), sino sobre cuál es el mejor momento para emprenderla. La experiencia universal convence a las personas de que los primeros ensayos o esfuerzos por alcanzar la religión van acompañados de alguna dificultad y molestia, y por eso aplazarían de buena gana el comienzo de una obra en apariencia tan ingrata todo el tiempo que pudieran. El pródigo disoluto, que está malgastando su hacienda viviendo perdidamente, clama: un poco más de placer, un poco más de sensualidad, y luego seré sobrio de veras. El mundano codicioso, que emplea todo su cuidado y su esfuerzo en «amontonar riquezas, aunque no sabe quién las recogerá», no se lisonjea de que esto le servirá siempre; pero espera, como el rico insensato del evangelio, acumular bienes en la tierra por unos cuantos años más, y entonces comenzará a hacerse tesoros en el cielo. Y, en suma, así es como la mayoría de la gente está convencida de la necesidad de ser religiosa algún día; pero luego, como Félix, aplazan el obrar conforme a sus convicciones hasta lo que imaginan una ocasión más oportuna; mientras que, si fuéramos lo bastante humildes para dejarnos guiar por la experiencia y el consejo de los hombres más sabios, aprenderíamos que la juventud es la estación más propia para la religión: «Acuérdate ahora de tu Creador (dice Salomón) en los días de tu juventud». Por la palabra acuérdate no hemos de entender un mero recuerdo especulativo, o un simple traer a la memoria (pues eso, como una fe muerta, de nada nos aprovechará), sino un recuerdo tal que nos constriña a la obediencia y nos obligue, por gratitud, a cumplir todo lo que el Señor nuestro Dios nos requiera. Porque, así como olvidar a Dios, en el lenguaje de la Escritura, implica un descuido total de nuestro deber, del mismo modo acordarse de él significa cumplirlo perfectamente; de manera que, cuando Salomón dice: «Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud: es lo mismo que si hubiera dicho: guarda los mandamientos de Dios; o, en otras palabras, sé religioso en los días de tu juventud; con lo cual da a entender que la juventud es la estación más propia para ello.
Me propongo, en el siguiente discurso,
Primero, procurar demostrar la proposición del sabio, implícita en las palabras del texto, y mostrar que la juventud es la estación más propia para la religión.
En segundo lugar, a modo de motivo, consideraré las muchas e indecibles ventajas que nacerán de «acordarnos de nuestro Creador en los días de nuestra juventud». Y,
En tercer lugar, concluiré con una o dos palabras de exhortación a la parte más joven de este auditorio.
Primero, he de demostrar la proposición del sabio, implícita en las palabras del texto, y mostrar que la juventud es la estación más propia para la religión: «Acuérdate ahora de tu Creador en los días de tu juventud». Pero, para proceder con más claridad en este argumento, quizá no sea impropio explicar primero lo que entiendo por la palabra religión. Con este término, pues, no quisiera que se entendiera una mera profesión exterior, o el solo invocar el nombre de Cristo; pues se nos dice que muchos que aun profetizaron en su nombre, y en su nombre echaron fuera demonios, serán no obstante rechazados por él en el día postrero; ni entiendo por ella el mero hecho de ser admitido en la iglesia de Cristo por el bautismo; pues entonces Simón el Mago, Arrio y los heresiarcas [herejes, quizá archiherejes] de antaño podrían pasar por personas religiosas, pues estos fueron bautizados; ni tampoco el recibir el otro sello del pacto, pues entonces el mismo Judas podría ser canonizado como santo; ni, en verdad, entiendo ninguna de estas cosas, ni todas juntas, consideradas en sí mismas; sino un cambio de naturaleza completo, real e interior, obrado en nosotros por las poderosas operaciones del Espíritu Santo, comunicado a nuestros corazones y alimentado en ellos por el uso constante de todos los medios de gracia, evidenciado por una vida buena, y que produce los frutos del Espíritu.
Alcanzar esta religión real e interior es obra de tan gran dificultad que Nicodemo, doctor sabio y maestro en Israel, la creyó del todo imposible, y por eso preguntó ignorantemente a nuestro bendito Señor: «¿Cómo puede esto hacerse?» Y, en verdad, rectificar una naturaleza desordenada, mortificar nuestras pasiones corrompidas, convertir las tinieblas en luz, despojarse del viejo hombre y vestirse del nuevo, y así tener la imagen de Dios impresa de nuevo en el alma, o, en una palabra, «nacer otra vez», por poco caso que algunos hagan de ello, es cosa que, después de todos nuestros esfuerzos, el hombre ha de reconocer imposible para él. Es cierto, en verdad, que del yugo de Cristo se dice que es un yugo fácil, o lleno de gracia, y su carga ligera; pero lo es solo para aquellos a quienes se ha dado gracia para llevarlo y tirar de él. Porque, como observa el sabio hijo de Sirac: «Al principio la sabiduría anduvo con sus hijos por caminos tortuosos, y los trae al temor, y los atormenta con su disciplina, y no se vuelve a consolarlos y alegrarlos hasta que los ha probado y ha examinado su juicio». No; no debemos lisonjearnos de que andaremos por los caminos deleitosos de la sabiduría, a menos que primero nos sometamos a muchísimas dificultades. El nacimiento espiritual tiene sus dolores, lo mismo que el natural: pues los que lo han experimentado (y solo ellos son jueces competentes) pueden deciros que en todas las cosas que son caras a la naturaleza corrompida debemos negarnos a nosotros mismos, no sea que, al fin, cuando lleguemos al alumbramiento, nos falten fuerzas para dar a luz.
Pero, si estas cosas son así; si hay dificultades y dolores en nuestro nuevo nacimiento; si debemos negarnos a nosotros mismos, ¿qué estación más propia que la de la juventud? Cuando, si alguna vez, nuestros cuerpos son robustos y vigorosos, y nuestras mentes activas y animosas; y, por consiguiente, estamos entonces mejor dispuestos para sufrir penalidades como buenos soldados de Jesucristo.
Vemos que en los asuntos seculares la gente suele observar este método, y envía a sus hijos fuera de casa, entre los trabajos y fatigas de los negocios, en sus años más jóvenes, sabiendo bien que es entonces cuando están más aptos para soportarlos. ¿Y por qué no obran con la misma coherencia en el gran asunto de la religión? Porque, como nos ha dicho nuestro Salvador, «los hijos de este siglo son en su generación más sagaces que los hijos de luz.
Pero, en segundo lugar, si la religión pura y sin mácula consiste en la renovación de nuestra naturaleza corrompida, entonces no solo es obra de dificultad, sino que su perfección es obra de tiempo.
Y, si tal es el caso, a todos les importa sobremanera emprenderla temprano, y «obrar su obra entre tanto que el día dura, antes que venga la noche, cuando nadie puede obrar».
Si pudiéramos, en verdad, vivir hasta la edad de Matusalén, y tuviéramos pocos asuntos en que ocuparnos, quizá seríamos más excusables si no hiciéramos de este mundo otro uso que el que hacen demasiados: pasar en él el tiempo en entretenimientos; pero, puesto que nuestras vidas son tan cortas, y estamos llamados a ocuparnos en nuestra salvación con temor y temblor, no nos queda lugar para frivolidades, no sea que seamos arrebatados mientras nuestras lámparas están sin aderezar y nosotros enteramente desprevenidos para salir al encuentro del Esposo.
Si supiéramos de un amigo o vecino que tuviera que hacer un largo viaje de la mayor importancia, y sin embargo se estuviera todo el día ocioso, descuidando ponerse en camino hasta que el sol estuviera a punto de ponerse, no podríamos sino compadecer y condenar su enorme necedad. Y, sin embargo, es de temer que la mayoría de los hombres son exactamente tales necios: tienen que hacer un largo viaje, más aún, un viaje a la eternidad, un viaje de importancia infinita, que están obligados a despachar antes de que se ponga el sol de su vida natural; y, sin embargo, malgastan el tiempo que se les ha asignado para hacer su viaje, hasta que la enfermedad o la muerte los sorprende; y entonces claman: «¿Qué haremos para heredar la vida eterna?» Pero, dejando a tales a las misericordias de Dios en Cristo, que puede llamar a la hora undécima, paso a
El segundo punto general que me propuse: mostrar las ventajas que nacerán de acordarnos de nuestro Creador en los días de nuestra juventud; las cuales pueden servir de otros tantos motivos para excitar y avivar a todos a emprenderlo de inmediato.
Y el primer beneficio que de ello resulta es que traerá mayor honra y gloria a Dios. Esto, supongo, lo concederá toda persona seria: que este debe ser el punto en que se centren nuestras acciones; porque para este fin nacimos, y para este fin fuimos redimidos por la preciosa sangre de Jesucristo, para que promoviésemos la gloria eterna de Dios. Y como la gloria de Dios se promueve sobre todo obedeciendo sus preceptos, los que antes comienzan a andar en sus caminos son los que más obran para su gloria. La objeción común contra las leyes divinas en general, y contra las doctrinas del evangelio en particular, es que no son practicables; que son contrarias a la carne y la sangre; y que todos esos preceptos acerca de la abnegación, de la renuncia al mundo y de la muerte a él, no son sino otras tantas restricciones arbitrarias impuestas a la naturaleza humana: pero cuando vemos a simples mozalbetes no solo practicar tales deberes religiosos, sino deleitarse en ellos, y, en los días de su juventud, cuando, si alguna vez, tienen gusto por los placeres sensuales, sujetar y despreciar la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida; esto, esto agrada a Dios; esto vindica su honra ultrajada; esto muestra que su servicio es perfecta libertad, «que su yugo es fácil, y ligera su carga».
Pero, en segundo lugar, así como la piedad temprana redunda en mayor honra para Dios, así también nos traerá mayor honra a nosotros mismos: porque a los que honran a Dios, Dios los honrará. Por eso hallamos que se destaca, en alabanza de Abdías, que servía al Señor desde su juventud; de Samuel, que siendo joven estaba delante de Dios vestido de un efod de lino; de Timoteo, que desde niño había sabido las Sagradas Escrituras; de san Juan, que era el discípulo más joven y el más amado; y de nuestro mismo bendito Señor, que a los doce años subió al templo y se sentó en medio de los doctores, oyéndoles y preguntándoles.
Tampoco, en tercer lugar, nos dará la piedad temprana menos consuelo que honra, no solo porque nos hace habitual la religión, sino también porque nos da una seguridad bien fundada de la sinceridad de nuestra profesión. Aunque no hubiera otro argumento contra el arrepentimiento en el lecho de muerte que lo insatisfactorio y angustioso de tal estado, eso debería bastar para disuadir a toda persona reflexiva de aplazar el asunto más importante de su vida hasta un período tan terrible de ella. Porque, suponiendo que un hombre sea sincero en su profesión de arrepentimiento en el lecho de muerte (lo cual, en la mayoría de los casos, es muy de dudar), con todo, a menudo teme que sus convicciones y su remordimiento no procedan de un verdadero dolor por el pecado, sino de un temor servil al castigo. Pero el que es un santo joven no necesita temer tal perplejidad; sabe que ama a Dios por Dios mismo, y que no es empujado hacia él por el temor de un mal inminente; no rehúsa los deleites de los sentidos porque ya no puede «oír la voz de los cantores y de las cantoras», sino que de buena gana toma su cruz y sigue a su bendito Maestro en su juventud, y por eso tiene razón para esperar mayor confianza en su sinceridad para con Dios. Pero, además, así como la piedad temprana asegura al corazón su sinceridad, así también trae consigo su recompensa presente, pues hace la religión y sus deberes habituales y fáciles. Un santo joven, si se lo preguntarais, os diría con gozo el consuelo indecible de comenzar a ser religioso temprano: en cuanto a él, no sabe qué quieren decir los hombres cuando hablan de la mortificación, la abnegación y el retiro como de deberes duros y rigurosos; pues se ha acostumbrado tanto a ellos que, por la gracia de Dios, se le han vuelto ya casi naturales, y halla infinitamente más placer en practicar los preceptos más severos del evangelio que un rico Epulón regalado en su lecho de gala, o un ambicioso Amán en un banquete real. ¡Y oh, cuán feliz ha de ser aquel joven cuyo deber se ha vuelto una segunda naturaleza, y para quien las cosas que a otros parecen terribles se han vuelto fáciles y deleitosas!
Pero la mayor ventaja de la piedad temprana está aún por decir. En cuarto lugar, nos provee de la mejor reserva de consuelo y sostén para cuando más lo necesitemos, a saber, todos los tiempos de nuestra tribulación, y en particular, para el tiempo de la vejez, la hora de la muerte y el día del juicio.
Este es el argumento del que se sirve el sabio en las palabras que siguen inmediatamente al texto: «Acuérdate ahora de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los malos días, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento». Observad que el tiempo de la vejez es un tiempo malo, años en que no hay placer: preguntad a los que han envejecido, y os lo dirán. Los cordiales, pues, han de ser sin duda sumamente propios para sostener nuestros espíritus abatidos: ¿y qué cordial comparable al recuerdo de una piedad temprana, que descanse enteramente en la justicia de Cristo? Cuando los ojos, como los de Isaac, se han oscurecido por la edad; cuando «tiemblen los guardas de la casa, las manos», según sigue describiendo el sabio las flaquezas de la vejez; cuando «se encorven los hombres fuertes», es decir, cuando las piernas se debilitan; y «las muelas», los dientes, dejan de hacer su oficio, porque son pocos; oír entonces leer los preceptos del evangelio, y poder poner la mano sobre el corazón y decir con sinceridad, a pesar de la conciencia de innumerables faltas: «Todo esto he procurado guardar, por la gracia, desde mi juventud»: esto ha de darle, por medio de Cristo, que lo obra todo, un consuelo que me faltan palabras para expresar y pensamientos para concebir. Pero, aun suponiendo que nos fuera posible escapar de los inconvenientes de la vejez, la muerte sigue siendo una deuda que, desde la caída, todos hemos de pagar; y, lo que es peor, suele venir acompañada de circunstancias tan terribles que hará temblar aun a un Félix. Pero en cuanto a los piadosos, a quienes se ha concedido servir al Señor desde su juventud, no suele ser así con ellos; no, a ellos se les da fe para mirar la muerte, no como un rey de los espantos, sino como un mensajero bienvenido que viene a conducirlos a su anhelado hogar. Todos los días de su tiempo señalado han esperado, y el empeño de toda su vida ha sido prepararse para la venida de su gran cambio; y por eso se regocijan al oír que son llamados a salir al encuentro del Esposo celestial. Así muere el que fue piadoso desde temprano, cuya «senda ha sido como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto». Pero seguidle más allá del sepulcro, y ved con qué santo triunfo entra en el gozo de su Señor; con qué humilde confianza comparece ante el temible tribunal de Jesucristo; ¿y podréis entonces dejar de clamar: «Muera yo la muerte de los justos, y sea mi postrimería, y mi estado futuro, como la suya»?
¿Necesito, pues, después de haber mostrado tantas ventajas que nacen de la piedad temprana, usar más argumentos para persuadir a la parte más joven de este auditorio, a la cual, en tercer y último lugar, me dirijo, a que «se acuerden de su Creador en los días de su juventud»?
¡Qué! ¿No prevalecerán con ellos todos los argumentos que he mencionado, para que dejen sus algarrobas y vuelvan a casa a comer del becerro grueso? ¡Qué! ¿Así pagarán el amor de nuestro Salvador? ¡Lejos esté de ellos! ¿Descendió él y derramó su preciosa sangre para librarlos del poder del pecado, y ellos gastarán su fuerza y su vigor juveniles al servicio de este, y luego pensarán servir a Cristo cuando ya no puedan seguir sus concupiscencias? ¿Es justo que muchos que están dotados de excelentes dones, y por ellos capacitados para ser apoyo y ornamento de nuestra iglesia que se hunde, olviden, no obstante, al Dios que se los dio, y los empleen en cosas que no aprovechan? ¡Oh!, ¿por qué no se levantan y, como otros tantos Fineés, se muestran celosos por el Señor de los ejércitos? Sin duda, cuando la muerte los alcance, desearán haberlo hecho: ¿y qué les impide comenzar ahora? ¿Pensáis que alguno se haya arrepentido jamás de haber empezado a ser religioso demasiado pronto? Pero ¡cuántos, por el contrario, se han arrepentido de haber empezado casi demasiado tarde! ¿No podemos muy bien imaginar que el joven Samuel se regocija ahora de haber servido tan pronto en el tabernáculo del Señor? ¿O el joven Timoteo, de que desde niño conoció las Sagradas Escrituras? Y si deseáis ser partícipes de su gozo, permitidme persuadiros a ser partícipes de su piedad.
Podría seguir llenando mi boca de argumentos; pero las circunstancias y la piedad de aquellos entre quienes estoy predicando ahora «el reino de Dios» me recuerdan que debo cambiar de estilo; y, en lugar de presentar más razones que disuadan del pecado, llenar lo que resta de este discurso con estímulos para perseverar en la santidad.
Bendito, por siempre bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo: no estoy hablando a personas inflamadas de pasiones juveniles, sino a una multitud de jóvenes profesantes que, reuniéndose con frecuencia y formando sociedades religiosas, están —así lo espero, con buen fundamento— en buen camino de contarse entre aquellos «jóvenes que han vencido al maligno».
Creedme, alegra mi alma misma ver tantos de vuestros rostros vueltos hacia el cielo; y los visibles y felices efectos de vuestra unión no pueden sino regocijar los corazones de todos los cristianos sinceros, y moverlos a desearos buena ventura en el nombre del Señor. Las muchas almas que cada semana se alimentan del cuerpo y la sangre espirituales de Jesucristo por medio de vosotros; las lecciones semanales y mensuales que se predican gracias a vuestras contribuciones; el incienso diario de acción de gracias y de oración que se eleva públicamente al trono de la gracia gracias a vuestras suscripciones; los muchos niños que son criados «en disciplina y amonestación del Señor» por vuestras obras de caridad; y, por último, el celo loable y piadoso que mostráis en promover y fomentar la salmodia divina, son pruebas tan claras y evidentes del beneficio de vuestras sociedades religiosas, que reclaman un reconocimiento público de alabanza y acción de gracias a nuestro bendito Maestro, que no solo ha puesto en vuestros corazones tan buenos propósitos, sino que también os ha capacitado para llevarlos a buen término.
Es cierto que se ha objetado: «Que el que los jóvenes se constituyan en sociedades religiosas tiende a hacerlos espiritualmente orgullosos, y a tener de sí más alto concepto que el que deben tener». Y quizá la conducta imprudente e imperiosa de algunos novicios en la religión, que, «aunque salieron de vosotros, no eran de vosotros», haya dado demasiada ocasión a semejante calumnia.
Pero vosotros, hermanos, no habéis aprendido así a Cristo. Lejos, lejos esté de vosotros teneros por justos y despreciar a los demás porque os reunís a menudo. No; esto, en lugar de engendrar orgullo, debe engendrar un santo temor en vuestros corazones, no sea que vuestra práctica no corresponda a vuestra profesión, y que, después de haber beneficiado y edificado a otros, vosotros mismos vengáis a ser reprobados.
La mundanalidad, hermanos míos, es otra roca contra la cual corremos peligro de estrellarnos. Porque, si otros pecados han matado a sus miles de cristianos profesantes, este ha matado a sus diez miles. No necesito apelar a siglos pasados; vuestra propia experiencia, sin duda, os ha proporcionado muchos ejemplos desdichados de jóvenes que, «después de haber escapado (como cualquiera habría imaginado) de las contaminaciones que hay en el mundo por la concupiscencia», y «de haber gustado la buena palabra de vida», y de haber perseverado por un tiempo mientras estaban bajo la tutela e inspección de otros, sin embargo, cuando han llegado a ser sus propios amos, por falta de fe y por un afán demasiado grande de «trabajar por la comida que perece», han dejado su primer amor, se han enredado de nuevo con el mundo, y «se han vuelto como el perro a su vómito, y como la puerca lavada a revolcarse en el cieno». Haríais bien, pues, hermanos míos, en recordaros a menudo unos a otros este peligroso lazo, y en exhortaros mutuamente a comenzar, proseguir y acabar vuestra milicia cristiana con una renuncia completa al mundo y al espíritu mundano; de modo que, cuando la Providencia os obligue a proveer para vosotros mismos y para los de vuestras respectivas casas, sigáis andando por fe, y busquéis todavía «primeramente el reino de Dios y su justicia», sin dudar de que todas las demás cosas, sobre vuestra honrada laboriosidad y esfuerzo, os serán añadidas.
Y ahora, ¿qué más diré? Hablaros a vosotros, padres, que habéis estado en Cristo tantos años antes que yo, y conocéis la malignidad de la mundanalidad y del orgullo en la vida espiritual, sería del todo innecesario. A vosotros, pues, oh jóvenes (por quienes estoy angustiado, por quienes temo tanto como por mí mismo), me dirijo una vez más, con las palabras del discípulo amado: «Mirad por vosotros mismos, para que no perdamos las cosas que hemos obrado, sino que recibamos galardón cumplido». Tened siempre presentes, pues, las palabras que nos han sido dichas por los apóstoles del Señor y Salvador: «Procurad hacer firme vuestra vocación y elección. Guardaos, no sea que también vosotros, arrastrados por el error de los inicuos, caigáis de vuestra firmeza. El que piensa estar firme, mire que no caiga. No os ensoberbezcáis, antes temed. Pero de vosotros esperamos cosas mejores, y que pertenecen a la salvación, aunque hablamos así. Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor. Y deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certidumbre de la esperanza: que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas». Es cierto que tenemos muchas dificultades que afrontar, muchos enemigos poderosos que vencer, antes de poder tomar posesión de la tierra prometida. Nosotros tenemos un diablo astuto, un mundo engañoso y, sobre todo, la traición de nuestro propio corazón, a los que resistir y contra los que luchar. «Porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida eterna». Pero ¿por qué habríamos de temer, puesto que el que está con nosotros es mucho más poderoso que todos los que están contra nosotros? ¿No hemos experimentado ya su poder omnipotente, al capacitarnos para vencer algunas dificultades que entonces parecían tan insuperables como aquellas con que luchamos ahora? ¿Y no puede aquel que nos libró de las garras de aquellos osos y leones guardarnos también de ser dañados por el más fuerte Goliat?
«Estad, pues, firmes, hermanos míos, sed constantes». No os «avergoncéis del evangelio de Cristo: porque es poder de Dios para salvación». No temáis al hombre; no temáis el desprecio y los vituperios con que habréis de encontraros en el camino del deber; porque uno de vosotros perseguirá a mil, y dos de vosotros harán huir a diez mil de vuestros enemigos. Y si os contentáis, por la gracia, con padecer aquí por un poco de tiempo —verdad digo en Cristo, no miento—, entonces podréis esperar, según la bendita palabra de la promesa, que seréis exaltados para sentaros con el Hijo del Hombre cuando venga en la gloria de su Padre, con sus santos ángeles, para el juicio venidero. Dios todopoderoso conceda a cada uno de nosotros tal medida de su gracia que no seamos del número de los que retroceden para perdición, sino de los que creen y perseveran hasta el fin para salvación de nuestras almas, por nuestro Señor Jesucristo.
Lo cual Dios, etc.
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