Sermones escogidos de George Whitefield
Salvaguarda contra ideas vacilantes y falta de principios acerca de la justicia y la perfección cristiana Respuesta más detallada a los cuatro sermones del doctor Trapp sobre el mismo texto

Capítulo 10 · 34 min de lectura · 44 min de escucha

Salvaguarda contra ideas vacilantes y falta de principios acerca de la justicia y la perfección cristiana Respuesta más detallada a los cuatro sermones del doctor Trapp sobre el mismo texto

Salvaguarda contra ideas vacilantes y falta de principios acerca de la justicia y la perfección cristiana44Respuesta más detallada a los cuatro sermones del doctor Trapp sobre el mismo texto

Eclesiastés 7:16 — «No seas demasiado justo, ni seas sabio con exceso: ¿por qué te destruirás?»

A todos los miembros de la santa Iglesia de Cristo.

Queridos hermanos en la fe:

El grande, y en verdad el único motivo que me movió a publicar este sermón fue el deseo de procurar que estuvierais a salvo del error, en un tiempo en que los que se desvían de la verdad y los que falsamente pretenden poseerla son tan numerosos que aun los más perspicaces hallan sumamente difícil no ser arrastrados por unos o por otros a la falsedad declarada. Con la verdad no caben variaciones; como un punto matemático, no admite ni resta ni suma; y como es indivisible por naturaleza, cuando se trata de la verdad no hay términos medios que valgan. La irreligión y el fanatismo son opuestos diametralmente, y la verdadera piedad, entre ambos, como el centro de una línea infinita, está a igual e infinita distancia del uno y del otro, y por eso nunca puede admitir alianza con ninguno de los dos. El uno yerra por defecto, el otro por exceso. Pero que erremos por defecto o por exceso importa poco, si nos apartamos igualmente del blanco, como sin duda nos apartamos en uno y otro caso. Porque todo lo que es menos que la verdad no puede ser verdad; y todo lo que es más que lo verdadero tiene que ser falso.

Por tanto, como toda esta gran nación parece ahora más que nunca en peligro de ser arrastrada a uno u otro de estos dos extremos igualmente perniciosos, la irreligión o el fanatismo, me he creído más obligado que de ordinario a despertar vuestra vigilancia, tal vez adormecida, advirtiéndoos de la cercanía de vuestro peligro, previniéndoos de inclinaros hacia uno u otro lado, aunque solo sea para asomaros al resbaladizo precipicio, e interponiéndome entre vosotros y el error antes de que llegue lo bastante cerca para trabarse con vosotros. El dichoso término medio de la verdadera piedad cristiana, en el que la misericordia de Dios ha tenido a bien estableceros, está edificado sobre una roca firme, «y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella». Mientras, pues, os mantengáis firmes y rectos en la plenitud de la fe, la falsedad y el pecado trabajarán en vano por acercarse a vosotros; en cambio, la menor familiaridad con el error os dará vértigo, y si una vez vaciláis en los principios, vuestra ruina es casi inevitable.

Pero ahora que os he advertido del peligro en que estáis por parte de los enemigos que amenazan con derribaros, espero que vuestra propia vigilancia baste para guardaros de toda sorpresa. Y de sus propios asaltos nada tenéis que temer, puesto que, mientras persistáis en la firme resolución, por la gracia de Dios, de mantenerlos fuera, la irreligión y el fanatismo, la falsedad y el vicio, la impiedad y la falsa piedad se coaligarán en vano para forzar la entrada en vuestros corazones.

Recibid, pues, amadísimos miembros conmigo del cuerpo místico de Cristo, recibid de buen grado la advertencia amistosa que os doy, y procurad sacar provecho de ella: atended por entero a las verdades salvadoras que aquí os entrego, y estad persuadidos de que las pronuncia uno que tiene tan a pecho vuestra salvación eterna como la suya propia.

«Y tú, oh Señor Jesucristo, fuente de toda verdad, de donde mana toda sabiduría, abre el entendimiento de tu pueblo a la luz de tu verdadera fe, y toca sus corazones con tu gracia, para que puedan ver y quieran cumplir lo que de ellos requieres. Aparta de nosotros toda nube de error y de perversidad; guárdanos por igual de la irreligión y de las falsas pretensiones de piedad; y llévanos siempre adelante hacia aquella perfección a la que nos has enseñado a aspirar; para que, manteniéndonos aquí en una constante imitación de ti y en pacífica unión unos con otros, nos lleves al fin a aquella gloria eterna que has prometido a todos los que procuren ser perfectos, como es perfecto el Padre que está en los cielos, el cual contigo y con el Espíritu Santo vive y reina, un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén, amén.

Eclesiastés 7:16: «No seas demasiado justo, ni seas sabio con exceso: ¿por qué te destruirás?»

¡Demasiado justo! Podrá decir alguno: ¿hay acaso peligro de eso? ¿Es siquiera posible? ¿Podemos ser demasiado buenos? Si damos algún crédito a la palabra expresa de Dios, no podemos ser demasiado buenos, no podemos ser demasiado justos. El mandato que Dios dio a Abraham es muy fuerte: «Anda delante de mí, y sé perfecto». Lo mismo impone de nuevo a todo Israel en el capítulo dieciocho de Deuteronomio: «Perfecto serás, y sin tacha, delante del Señor tu Dios». Y para que nadie pensara excusarse de esta obligación diciendo que cesó cuando fue abolida la ley antigua, nuestro bendito Salvador la ratificó y la explicó: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto». De modo que, mientras nuestra perfección no sobrepase la de nuestro Padre celestial, nunca podremos ser demasiado buenos ni demasiado justos; y como es imposible que lleguemos jamás a sobrepasarlo, ni aun a igualarlo, en la perfección de la bondad y de la justicia, se sigue naturalmente que nunca podemos ser buenos o justos en exceso. Sin embargo, el doctor Trapp ha descubierto que podemos ser demasiado justos, y se ha tomado no poco trabajo, con mucha agitación de espíritu, para probar que eso es una gran locura y flaqueza, más aún, un gran pecado. «¡Oh Señor! Reprende tú su espíritu, y concede que esta falsa doctrina no sea publicada para su confusión en el día del juicio».

Pero, aunque fuera verdad lo que sostiene este hombre precipitado y engañado, ¿habría acaso ocasión de prevenir contra ello en estos tiempos, «cuando el peligro (como él mismo reconoce para su confusión) está en el extremo contrario; cuando toda clase de vicio y maldad abunda hasta un grado casi inaudito»? Respondo por ahora que «es preciso que haya entre vosotros herejías, para que se manifiesten los que son aprobados».

Sin embargo, este ministro de un nuevo evangelio, de mente terrena, ha tomado un texto que parece favorecer su malvado propósito de apartar a los pequeños bien dispuestos de Cristo de aquella perfecta pureza de corazón y de espíritu que es necesaria a todos los que se proponen vivir para nuestro Señor Jesús. ¡Oh Señor, qué será de tu rebaño cuando sus pastores lo entregan en manos del lobo rapaz! ¡Cuando un ministro de tu palabra la pervierte para derribar tu reino y destruir la Escritura con la Escritura!

Salomón, en la persona de uno que vive abatido, ignorante e indolente, dice al hombre justo: «No seas demasiado justo, ni seas sabio con exceso: ¿por qué te destruirás?». Pero ¿ha de representar por eso mi airado y miope hermano Trapp un personaje tan impropio de su oficio, solo para derribar el mandato expreso que el Señor nos da, el cual nos obliga a no dejar nunca de buscar y de tener sed de la perfecta justicia de Cristo, hasta que descansemos en él? ¡Padre, perdónalo, porque no sabe lo que dice!

¡Qué ventaja no podría sacar Satanás sobre los escogidos si prevaleciera la falsa interpretación que ese maestro ciego ha dado a este texto! Pero, aunque él no se avergüenza de ayudar a Satanás a herirnos el calcañar, yo procuraré herir la cabeza de ambos, mostrando:

I. Primero, el verdadero sentido del texto en cuestión.

II. El carácter de las personas que se ha de suponer que hablan aquí; y

III. El carácter de las personas a quienes se habla.

De lo cual resultarán naturalmente estas consecuencias.

Primera, que el doctor se equivocó groseramente (quiera el Señor que no maliciosamente) en su sermón explicativo sobre este texto, así como en la aplicación que hizo de él.

Segunda, que es maestro y aprobador de máximas mundanas.

Tercera, que es, por consiguiente, enemigo de la perfecta justicia en los hombres por medio de Cristo Jesús, y por tanto no es amigo de Cristo; y que, por eso, nadie debe dejarse engañar por la falsa doctrina que él sostiene para seducir a los inocentes y engañar, si fuera posible, aun a los escogidos.

I. Para llegar al verdadero sentido del texto en cuestión, será necesario volver la vista al versículo anterior, donde el sabio, reflexionando sobre las vanidades de su juventud, toma por un momento su antiguo carácter: «Todo esto he visto en los días de mi vanidad: (y entre lo demás) justo hay que perece por su justicia, y hay impío que por su maldad alarga sus días». Ahora bien, es muy claro que no habla aquí de un hombre que sea demasiado justo en el sentido en que el doctor entiende las palabras, es decir, «culpable y criminal por exceso». Porque, por una parte, lo alaba por ser un hombre justo y lleno de justicia, y, por otra, nos dice que su justicia le acorta la vida. Mientras que, si hubiera considerado que perecer en su justicia era un exceso de justicia, nunca lo habría llamado hombre justo. Tampoco por hombre impío puede entender un hombre entregado al exceso más extremo de la maldad, puesto que nos dice que alarga su vida en (o por) su maldad. ¿Quién no sabe que el exceso de casi cualquier clase de vicio acorta por sí mismo la vida? De modo que toda la oposición y el contraste están entre un hombre bueno y un hombre malo: un hombre bueno cuya bondad le acorta la vida, y un hombre malo cuya iniquidad le alarga la vida, o al menos no es lo bastante excesiva para cortar su hilo. Salomón, absorto en estas reflexiones, habla aquí a modo de prosopopeya, no según el sentir de Salomón el experimentado, el docto, el sabio, sino del Salomón de antes, un joven vano, lleno de amor propio y de los fuertes deseos de la vida. En el papel de tal hombre, pues, mira con los mismos ojos al justo que perece en su justicia que al impío que pereciera en su maldad. Porque no es ni la justicia del uno ni la maldad del otro lo que le ofende, sino el grado superlativo de ambas; y como las dos tienden por igual a acortar la vida, las considera igualmente contrarias al amor propio que acaricia en su interior. Y por eso juzga que un exceso de libertinaje es tan enemigo del goce duradero de los placeres de la vida como lo sería una justicia extraordinaria. Bien podía, pues, decir al segundo, en ese papel: «No seas demasiado impío, ni seas insensato: ¿por qué morirás antes de tu tiempo?». Y al primero: «No seas demasiado justo, ni seas sabio con exceso: ¿por qué te destruirás?»

¿Qué tiene de extraño, entonces, que un joven vivo y sensato, pero arrastrado por el amor propio a aficionarse a los placeres y goces de la vida cuando se alcanzan sin prisa y se poseen sin riesgo; qué tiene de extraño, digo, que tal joven conciba igual aversión a los grados superlativos de la virtud y del vicio, y que por eso aconseje a aquellos de sus compañeros que se entregan al exceso del libertinaje que se refrenen, ya que infaliblemente ha de embotarles el entendimiento, entorpecerles los sentidos y acarrear a su constitución una serie de achaques que no pueden sino debilitar su vigor natural y acortar sus días? «No seas demasiado impío, ni seas insensato: ¿por qué morirás antes de tu tiempo?». ¿Qué tiene de extraño que el mismo amor propio lo mueva a disuadir a aquellos de sus amigos o conocidos a quienes desea tener por compañeros y valedores de sus afanes mundanos, de buscar la justicia y la sabiduría hasta un grado que ha de destruir en ellos todo gusto por los placeres terrenos, y que posiblemente debilite su constitución y adelante su fin? «No seas demasiado justo, ni seas sabio con exceso: ¿por qué te destruirás?»

Este es el sentido en que Salomón (poniéndose en el estado de vanidad de su juventud) habla al uno y al otro: al justo y al impío. Este es el verdadero y genuino sentido de la letra; y cualquier otro sentido que se le dé es falso y sin fundamento, y torcido más para pervertir que para explicar la verdad del texto. ¡Oh sencillez cristiana!, ¿adónde has huido? ¿Por qué no dirá el clero la verdad? ¿Y por qué ha de permitir este falso profeta que tu pueblo, oh Señor, crea la mentira? Han detenido la verdad con injusticia. Levanta, te ruego, oh Señor, algunos pastores verdaderos que les hagan conocer la naturaleza y la necesidad de la perfecta justicia, y los lleven a ese amor a la perfección cristiana del que el airado y amigo de placeres doctor Trapp se afana en desviarlos, enseñando que «todos los cristianos han de tener que ver con algunas vanidades».

¿No está claro el sentido de este texto aun para la capacidad más débil? Os lo he dado aquí tal como lo tengo de boca del mismo Predicador real. No me he valido de ninguna «filosofía y vanas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los elementos del mundo, y no según Cristo», para imponeros un sentido carnal por el sentido de la palabra de Dios. No, os he dado una exposición natural que se desprende de las palabras mismas. De aquí podéis ver, compañeros míos en la lucha por la justicia, cuán groseramente se equivoca nuestro airado adversario en su explicación de este texto. ¡Señor! Abre sus ojos y toca su corazón; y conviértelo a él y a todos esos ministros extraviados que han visto para tu pueblo vanidad y locura, y no han descubierto su pecado para estorbar tu cautiverio. ¡Porque erraron con el vino, y con la sidra se extraviaron! El sacerdote y el profeta erraron con la sidra, fueron trastornados por el vino, se aturdieron con la sidra, erraron en la visión, tropezaron en el juicio.

Es claro por las palabras del texto que el Predicador real hablaba en la persona de un mundano vano cuando dijo: «No seas demasiado justo»; con lo cual quería exhortar a los verdaderamente justos a no desanimarse, atemorizarse ni apartarse de su constante búsqueda de una perfección de justicia cada vez mayor, hasta que descansen en Cristo, a pesar de las burlas, las persuasiones carnales, los malos tratos y la persecución de los hombres mundanos; los cuales un día, arrepintiéndose y gimiendo en la angustia de su espíritu, dirán dentro de sí: «Estos eran aquellos de quienes en otro tiempo nos burlábamos, y a quienes teníamos por refrán de oprobio. Nosotros, insensatos, tuvimos su vida por locura, y su fin por deshonroso. ¡Cómo son contados entre los hijos de Dios, y su suerte está entre los santos!»

¡Qué ciega es, pues, la aplicación (por no decir perversa) que este clérigo sabio en su propia opinión hace del texto a los que, siguiendo el consejo del apóstol (Colosenses 3:2), «ponen la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra»! ¿Ha de vencer la precipitación de la ira al buen sentido y a la verdad? ¿Ha de ser extraviado el pueblo porque el pastor no puede, o no quiere, ver? ¿O ha de ceder el mandato de Cristo: «Sed perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto», a la máxima del pagano Tulio: El mayor oprobio para un filósofo es refutar su doctrina con su conducta? Si así es, ¡ay, qué deplorable, qué indeciblemente deplorable es la condición de algunos cristianos! Por tanto, «así ha dicho el Señor acerca de los profetas que hacen errar a su pueblo, que muerden con sus dientes y claman: Paz, y al que no les pone nada en la boca, le declaran la guerra: por tanto, se os hará noche, y no tendréis visión; y oscuridad, y no adivinaréis; y sobre los profetas se pondrá el sol, y el día se entenebrecerá sobre ellos.

Pero dejaré a estos amantes de las tinieblas y me volveré a vosotros, ¡oh amados, escogidos de Dios! Os ruego, por las entrañas de Cristo, que no os dejéis engañar por sus discursos lisonjeros que adormecen el pecado. «No seáis de ese pueblo rebelde, hijos mentirosos, hijos que no quieren oír la ley del Señor; que dicen a los videntes: No veáis; y a los profetas: No nos profeticéis lo recto, decidnos cosas halagüeñas, profetizad mentiras». No sigáis a los que os halagan en las vanidades que ellos mismos practican. ¡Oh, que nunca seáis del número de aquellos en cuya persona dice aquí Salomón: «No seas demasiado justo»!, porque su carácter es el carácter de la bestia.

II. El carácter de las personas que se ha de suponer que hablan aquí en el texto es, en una palabra, el mismo que el de aquellos a quienes Salomón representa aquí: los cuales, como ya se ha mostrado, son una clase de hombres vanos, ni lo bastante justos para tener un deseo habitual de llevar la virtud a su perfección, ni tan flagiciosos [pecadores, ilícitos, malvados] como para entregarse a vicios que los destruyan: en una palabra, son amadores de sí mismos, cuyo único fin en todos sus afanes, sean en sí indiferentes, malos o loables, es su propio goce. Tanto que miran la virtud y el vicio, la justicia y la maldad, con los mismos ojos, y su afición o aversión a ambos es semejante, según que sus diferentes grados parezcan ser medios para aumentar y prolongar el goce del placer, o para disminuir y acortar esos placeres. Así, cualquier virtud, mientras se mantenga dentro de límites tales que la hagan servir a los grados placenteros del vicio, no hallará oposición en ellos; al contrario, hasta la alabarán. Pero en el momento en que se convierte en freno del vicio moderado (si se me permite usar términos adecuados a su sistema), desde ese momento ofende, y ellos lanzan su advertencia: «No seas demasiado justo». De igual manera, el vicio, mientras se mantiene dentro de ciertos límites que más bien realzan que estorban los placeres, es para ellos un bien deseable; pero tan pronto como se adentra en una hondura capaz de ahogar y disminuir el gusto de esos placeres, le declaran guerra abierta: «No seas demasiado impío». Y la razón que dan para su oposición en ambos casos es la misma: «¿Por qué te destruirás? ¿Por qué morirás antes de tu tiempo?». Tal es la prudencia del mundo, de la carne y del diablo. Tales las máximas de estos libertinos refinados, tanto más peligrosos cuanto menos evidentes; tanto más insinuantes cuanto más alejados están de ciertas extravagancias capaces de escandalizar a todo hombre que tenga el menor juicio y delicadeza. ¡Oh Señor, qué verdad es que los hijos de las tinieblas son en su generación más sagaces que los hijos de luz!

No habéis de imaginar, pues, amados en el Señor, que vuestra mayor oposición, en la lucha por la perfecta justicia, haya de venir de los disolutos, de hombres cuyos enormes vicios causan horror aun a ellos mismos: no, vuestros enemigos más peligrosos, más temibles, son la clase de hombres que os he pintado, que hacen apetecible el vicio con una mezcla de virtud aparente, y visten la maldad con el ropaje de la justicia. «Guardaos de ellos, porque vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces».

Esta generación perversa os enredará en la impiedad con aparentes oposiciones al vicio, y os dejará tragar las apariencias de la virtud y de la justicia como un vomitivo, solo para arrojar después su realidad. Pintan de blanco lo negro, y lo blanco lo convierten en negro. No contentos con parecer lo que no son, se afanan por haceros lo que ellos son. Entretejen la justicia y la maldad en una trama tan ingeniosa que podría engañar aun a los escogidos, y que al más perspicaz de ellos le costaría desenredar; así se mezclan diestramente la limosna y la avaricia, el orgullo y la humildad, la templanza y el lujo, mientras que, sirviéndose mutuamente de freno, se combinan para contener la marea de estorbos al disfrute mundano que podría brotar de grados extraordinarios en uno u otro sentido. Así, «La limosna (se os dice) es cosa excelentísima», y vosotros creéis la proposición sin conocer el sentido particular en que se dice, que es este: que la limosna es un excelente freno para la avaricia, porque preserva al rico de un amor tan desmedido al dinero que le prive de disfrutarlo él mismo. Y, apoyado en esa creencia, el hombre mundano que se afana por engañaros gana ante vosotros crédito suficiente para establecer esta máxima: que todos los grados superlativos de la limosna son grandes pecados, y que un hombre nunca debe vender todo lo que tiene y darlo a los pobres, porque algunos pueden tener familia propia y deben proveer suficientemente para ella, conforme a aquel refrán: «La caridad empieza por casa»; cuando nadie, o casi nadie, es lo bastante sabio para saber cuándo tiene lo suficiente. Oh Señor, ¿a quién hemos de creer, a estos mundanos o a ti? Si tú nos engañas, ¿por qué nos amenazas con castigos si no te hacemos caso? Y si el mundo es engañoso, ¿no huiremos de él para unirnos a ti?

«El orgullo es un gran pecado», aun para estos mundanos, por cuanto sus excesos externos pueden cerrar el paso a muchas miras ambiciosas, y sus agitaciones internas destruyen aquella paz a la que aspira incluso el amor propio; además, la frecuente extravagancia de sus impulsos puede no solo perjudicar la salud, sino también acortar la vida. Y, por tanto, no es de extrañar que lo censuren: «No hagas mucho mal: ¿por qué morirás antes de tu tiempo?» Por esta razón consideran que una pequeña mezcla de humildad no solo es loable, sino incluso necesaria para refrenar las locuras extravagantes de un orgullo altanero. Pero un grado superlativo de humildad, es decir, una humildad libre de la menor tintura de orgullo o de vanidad, que para ellos es lo mismo que «una humildad exagerada, es tanto una falta como una necedad»; porque, en verdad, es un estorbo para disfrutar del mundo y de sus placeres. «Todos los cristianos han de tener que ver con algunas vanidades, o de lo contrario tendrían que salir del mundo; pues el mundo mismo es todo vanidad». No es, pues, nada sorprendente, hermanos míos, ver a un hombre de esta índole hacer vana ostentación (alarde, exhibición) de su escaso y superficial trato con los antiguos griegos y romanos. ¿Qué es esto sino obrar conforme a su propio principio, de que «todos los cristianos han de tener que ver con algunas vanidades»? ¿Y nos maravillaremos de oír a uno así preferir los escritos de ellos a los de un apóstol, o nos asombraremos de verle herir al apóstol con burlas (ridiculización de buen humor) a costa vuestra, por querer no saber nada sino a Jesucristo, y a este crucificado? No; en él es coherencia burlarse de vosotros y reprenderos para apartaros de la perfección de la justicia, que, por mucho que juegue con los términos, es para él lo mismo que ser demasiado justo; pero en vosotros sería incoherencia, pues no debéis conocer diferencia alguna entre ser justos y vivir en un deseo perpetuo y habitual de serlo en grado superlativo. No es más de lo que debéis esperar: oír a tales abogados del mundo clamaros: «No seáis demasiado justos: ¿por qué os destruiréis?» Pero, oh Señor, ¡ciertamente no es esta la misma voz que nos dice que, si no nos humillamos como niños, no entraremos en el reino de los cielos, y que el mayor allí es el que más se humilla como un niño! Pero ¿qué no afirmarán los hombres ebrios de pasión e intoxicados de amor propio?

«El vicio de la intemperancia en el comer y en el beber es evidente para todos», reconocen. Y por eso lo abandonan como un exceso que no puede sino tender a dañar la salud y acortar la vida; más aún, ahoga el mismo gusto del placer en el acto de comer y beber. Por eso todo libertino refinado clamará contra él con el doctor Trapp: «No hagas mucho mal: ¿por qué te destruirás?» Un poco de sobriedad, dicen, es necesaria para dar sabor al lujo y a los placeres mundanos. Pero demasiada es demasiada: «no comer más que pan y hierbas, ni beber más que agua, a menos que haya una razón particular para ello (tal vez como la que pueda indicar el doctor Cheyne), es, en el mejor de los casos, una necedad (es decir, aunque se haga por amor de Cristo), y por tanto ninguna virtud»: «No seas, pues, demasiado justo: ¿por qué te destruirás?» Y si respondéis a esos hombres de mente carnal con las palabras del apóstol, Romanos 8: «Deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; porque si vivimos conforme a la carne, moriremos; mas si por el Espíritu mortificamos las obras de la carne, viviremos». Si así les respondéis, os dirán que esto es enseñar como doctrinas mandamientos de hombres». Y de tan poco servirá responderles con lo que san Pablo dice en otro lugar (Romanos 14:17): «El reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo»: no se sonrojarán al deciros que «nuestro bendito Salvador vino comiendo y bebiendo, y aun obró un milagro para hacer vino (en un banquete) cuando es evidente que ya se había bebido más de lo necesario». ¡A tales extremos arrastra el amor al mundo a estos mundanos, tan prendados de sí mismos y tan amigos de la fiesta! Habladles de la abnegación y no os escucharán: es una intrusión en los placeres de la vida, y puede acortarla unos pocos días, que nunca estáis seguros de poseer; es ser «demasiado justo: ¿por qué te destruirás?» Jesús, diréis, nos dice (Juan 12:25): «El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará». Pero esto y otras cosas semejantes, os informarán, «son frases hiperbólicas». ¿Y qué importa hacer caso a Jesús cuando habla hiperbólicamente, es decir, cuando dice más de lo que es estrictamente cierto? Sin embargo, oh Señor Jesús, concédenos hacerte caso a ti, digan lo que digan estos mundanos; recuérdanos que, si alguno quiere venir en pos de ti, debe negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirte. ¡Oh, cuánto ensancha el alma tomar la cruz de Cristo y seguirle!

Pero a vosotros, amados amantes de la justicia perfecta, se os acusa de extravagancias. No admitís, dicen, «ninguna clase de recreo ni de diversión; nada sino una mortificación y una abnegación universales; ningún placer sino el de la religión»; enseñáis «que los apetitos corporales no deben satisfacerse en lo más mínimo, más allá de lo absolutamente necesario para mantener unidos el cuerpo y el alma y conservar el género humano: no se ha de hacer concesión alguna a las desgracias melancólicas ni a la flaqueza humana; la tristeza ha de curarse solo con la oración»; (¡horrible agravio este, para quienes, en el mejor de los casos, tienen la oración por una carga!) «Distraerla con diversiones mundanas es carnal». Grave acusación es esta; pero, para que no parezca tal solo a esas personas carnales resueltas a dar rienda suelta a sus apetitos carnales, estos pervertidores de la verdad insinúan que lo que vosotros tenéis solo por aconsejable lo consideráis deber indispensable. Y, por si la tergiversación fallara, se han de cargar a vuestra cuenta falsedades descaradas: «de modo que probar una fruta agradable, u oler una rosa, ha de ser ilícito para vosotros», por mucho que lo neguéis. Pero, oh amados cristianos míos, no os desaniméis en la búsqueda de la justicia perfecta por estas u otras viles tergiversaciones semejantes. Porque «bienaventurados sois cuando os vituperen y digan de vosotros toda clase de mal, mintiendo, por causa de Cristo Jesús. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; pues así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros».

Baste, pues, lo dicho hasta aquí para mostrar con claridad con qué peligrosas miras los hombres de mente mundana, a quienes Salomón personifica en el texto que tenemos delante, ponen sitio a vuestras almas con palabras lisonjeras. Lo que he dicho basta para convenceros de que su carácter es el de la bestia que san Juan, en el Apocalipsis, «vio subir del mar (es decir, del mundo flagicioso [pecaminoso, ilícito, malvado]) con siete cabezas». ¿Y qué diremos de un hombre, de un clérigo, que enseña y defiende sus doctrinas perversas? ¿No podemos —más aún, no debemos—, para la gloria de Dios y vuestro bien, advertiros que es un «maestro y aprobador de máximas mundanas»? ¿No puedo —más aún, no debo— daros esta advertencia con el predicador real: «Cuando hable amigablemente, no le creas; porque siete abominaciones hay en su corazón»? Pero ¡cuán diferente es el carácter que os he descrito del carácter de las personas a quienes se dirige el texto que estamos considerando! Es decir, el carácter de todos aquellos que, como vosotros, están resueltos a no descansar jamás hasta descansar en Cristo Jesús. Para mostrarlo, pasaré ahora a mi tercer punto.

III. ¿A qué clase de personas se dirige Salomón, en el papel de un mundano, cuando dice: «No seas demasiado justo, ni seas sabio con exceso: ¿por qué te destruirás?» No a los malvados, es evidente; pues, además de que habría sido una precaución innecesaria, a estos se vuelve en el versículo siguiente con otra clase de advertencia, que sin embargo guarda cierta analogía con esta: «No hagas mucho mal, ni seas insensato: ¿por qué morirás antes de tu tiempo?» ¿Se dirigía, entonces, a los justos de la manera común, es decir, a los que se contentan con observar lo absolutamente esencial de las leyes de Dios? Seguramente nuestros adversarios no lo admitirán, a menos que opinen que ser justo en algo es ya ser demasiado justo. Y, sin embargo, no puede suponerse en modo alguno que las personas a quienes se habla sean hombres perfectamente justos; puesto que, como os probé en la introducción de este discurso, hasta que lleguemos a la perfección de nuestro Padre celestial nunca podremos ser lo bastante justos, y mucho menos perfectamente justos; por lo cual, como en esta vida los hombres no pueden alcanzar la perfección de su Padre celestial, se sigue naturalmente que las personas a quienes aquí se habla no pueden ser hombres perfectamente justos, pues no existen tales hombres; porque, como dice san Juan: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros». ¡Ay, oh Señor! ¿Cuándo seremos librados del cuerpo de esta muerte?

Queda, pues, que las personas a quienes se habla en el texto son solo aquellas que, perseverando con firmeza en una sólida adhesión a todas las leyes esenciales de Dios, no se contentan con practicar las virtudes comunes en un grado común, sino que viven en un hábito perpetuo de deseos, luchas y anhelos hacia una unión íntima con Cristo, la perfección de la justicia. No son del número de aquellos justos con indiferencia, que de buena gana mezclarían el servicio de Dios y el de Mamón, que de buena gana tendrían a Cristo y al mundo por señores, y que, claudicando entre los dos, como los hijos de Israel en otro tiempo, con el rostro hacia el cielo y el corazón hacia la tierra, no son ni fríos ni calientes. ¡Ay, ojalá fuesen fríos o calientes! Pero «porque son tibios, y no fríos ni calientes, el Señor los vomitará de su boca».

No así las personas a quienes se habla en mi texto; no así vosotros, oh amados en Dios, que, habiendo sacudido de vosotros el mundo y los afectos mundanos para correr más velozmente tras la justicia, aborrecéis vuestra propia vida por amor de Cristo. ¡Dichosos, dichosos todos vosotros, los que os vestís de nuestro Señor Jesús, y con él del nuevo hombre! «Vosotros sois la verdadera circuncisión, los que servís a Dios en espíritu, y os gloriáis en Cristo Jesús, y no tenéis confianza en la carne».

¿Qué tiene de extraño, entonces, cristianos —a vosotros hablo, a todos los que amáis la justicia perfecta de vuestro divino Maestro, Cristo, y lucháis por alcanzarla—, qué tiene de extraño que se os acuse de entusiasmo, de necedad, de fanatismo y de locura? ¿No fueron así acusados los apóstoles antes que vosotros, cuando predicaban a Cristo Jesús? Más aún, ¿no se les tuvo por ebrios de vino? ¿Podéis asombraros de ello en una época «en que toda clase de vicio abunda en un grado casi inaudito», cuando la tierra está llena de adúlteros, y a causa del juramento la tierra está de luto? ¡Oh, cómo se ha convertido en ramera la ciudad fiel! Mi corazón está quebrantado dentro de mí a causa del clero; todos mis huesos tiemblan. Estoy como un hombre borracho, y como un hombre a quien dominó el vino, a causa del Señor y a causa de las palabras de su santidad, pervertidas por este clérigo engañado.

Cuando el clero, a quien Cristo ha designado para enseñar a su pueblo «a andar delante de él y ser perfecto», se convierte en maestro de máximas mundanas, ¿qué puede esperarse de los laicos? Es notorio que, por la iniquidad moralizante del sacerdote, la tierra está de luto. Con su predicación y con su vida han echado de la Iglesia de Inglaterra a muchas personas sinceras. Se esfuerzan por haceros vanos (como hacían los profetas en tiempos de Jeremías): hablan visión de su propia boca, y no de la boca del Señor. En una palabra, «así el profeta como el sacerdote son impíos, y aun en la misma casa del Señor hacen maldad». Más aún, todavía dicen a los que menosprecian al Señor: El Señor ha dicho: Paz tendréis; y a cualquiera que anda tras la imaginación de su propio corazón le dicen: No vendrá mal sobre vosotros.

Tal es el lenguaje, amados amantes de la perfección cristiana, que el clero indolente, terrenal y amigo de los placeres de la Iglesia de Inglaterra emplea para fortalecer las manos de los malhechores, para que ninguno se convierta de su maldad. Tal es la doctrina del teólogo erudito en la letra, que ha mojado su pluma en hiel para desacreditar la justicia perfecta y apartaros de ella con engaño, mediante una falsa aplicación de aquel texto que él tanto ha malentendido: «No seas demasiado justo, ni seas sabio con exceso: ¿por qué te destruirás?» Pero no os dejéis engañar por él, hermanos en Cristo. Porque, como ya os he mostrado, él se equivoca burdamente (el Señor conceda que no lo haya hecho con malicia) en su manera de explicar este texto; y, lejos de aplicarlo rectamente según la intención del sabio y experimentado Salomón, representa el papel de un libertino vano, lleno de amor propio y de deseos terrenales, a quien Salomón solo personifica para ridiculizarlo. Pero el doctor, al hacer real ese personaje en sí mismo, se convierte en maestro y aprobador de máximas mundanas, que os aplica a vosotros con el propósito de destruir en vosotros los anhelos de la justicia perfecta en Cristo. ¿No puedo, pues —más aún, no debo—, advertiros, amados míos, que este hombre es enemigo de la justicia perfecta en los hombres por medio de Cristo Jesús y, por tanto, no es amigo de Cristo? ¡Oh, si mi cabeza fuese un océano, y mis ojos fuentes de lágrimas, para llorar día y noche por esta pobre criatura, este miembro del clero con los ojos vendados!

Orad, oh verdaderos cristianos, orad y gemid poderosamente al Señor; importunadle en favor de este pastor extraviado; pedidle que se digne abrir los ojos y tocar el corazón obstinado de este escriba, para que sea mejor instruido. De lo contrario, como dijo el Señor por boca de su verdadero profeta Jeremías: «He aquí que yo le haré comer ajenjo, y le haré beber aguas de hiel; porque de él salió la impiedad sobre toda la tierra».

Este bien, sin embargo, ha hecho al intentar mostrar la necedad, el pecado y el peligro de lo que él llama falsamente ser demasiado justo, es decir, ser justo en grado superlativo, en el deseo y en las luchas habituales: con ello me ha dado ocasión de mostraros, hermanos, en el curso de este sermón, la grande y verdadera necedad, el pecado y el peligro de no ser lo bastante justos; cosa que quizá nunca se me habría ocurrido hacer si esta falsa doctrina no me hubiera señalado la necesidad de hacerlo. Así se sirve la providencia omnisciente de Dios de los mismos vicios de los hombres para sacar bien del mal, y escoge sus mismos errores para confundir la falsedad y abrir camino a la verdad. Aunque esto sea más de lo que pretendía nuestro airado adversario, con todo, Señor, págale conforme a sus obras; y no le permitas ya ser precipitado en sus palabras, para que tengamos motivo de abrigar mejores esperanzas de él en lo futuro.

¡Bendito sea Dios por enviaros mejores guías! Estoy convencido de que fue su divina voluntad: nuestro querido semejante, el doctor Trapp, al caer en tales errores, ha asestado un golpe tan grande a la sana religión de la perfección cristiana que, si yo no me hubiera opuesto a él, creo verdaderamente que todo el rebaño que escuchaba su doctrina habría sido esparcido como ovejas que no tienen pastor. «¡Mas ay de vosotros, escribas y fariseos! ¡Ay de los pastores que destruyen y dispersan las ovejas de mi rebaño!, dice el Señor».

Bien sé que este sermón no agradará a mi pobre y quisquilloso adversario; pero la corrección no es para dar gusto, sino para provecho: pocos niños pueden ser llevados de buen grado a besar la vara que los reprende; aunque, cuando llegan a un entendimiento más maduro, bendicen la mano que los guió. Así, confío, este hombre airado me agradecerá algún día el haberle reprendido, cuando le sea devuelta la razón por la luz del Espíritu Santo. Oh Señor, concédele tú esta luz, y permítele ver con qué entrañas de compasión y de ternura le amo en ti, aun mientras le castigo.

Tampoco ignoro, hermanos, cuán ofensivas serán mis palabras para los mundanos en general, quienes, amando más la mentira que la verdad, y la carne antes que el espíritu, seguirán prefiriendo las doctrinas del doctor, que adormecen el pecado, a las sencillas verdades del evangelio que yo predico. ¡Oh, cuánto se compadece de ellos mi alma! Pero he cumplido con mi deber; me lavo las manos y soy limpio de la sangre de todos. No he procurado agradar a mis oyentes, sino que he dicho la verdad llana aunque ofenda. Porque las cosas que para mí eran ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo; y espero hacerlo siempre así. No que presuma de considerarme ya perfecto. Pero «prosigo al blanco, al premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús».

Ninguno de nosotros, como ya os dije, puede jactarse de haber alcanzado la cumbre de la perfección; aunque está más cerca de ella quien más lejos está de los apetitos de la carne, y está más alto quien es más humilde en su propia estima; por lo cual, todos los que hayamos hecho algún avance hacia Cristo y su reino, «en aquello a que ya hemos llegado, andemos por una misma regla, sintamos una misma cosa».

No andéis, pues, hermanos, según los caminos del mundo; antes bien, sed imitadores de Cristo juntamente conmigo. Y si alguno, aun un ángel de luz, osara enseñaros otro evangelio distinto del que aquí os he enseñado, sea anatema. «Porque hallaréis a muchos que andan como aquellos de quienes ya os he hablado, y aun ahora os digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo: cuyo fin será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria está en su vergüenza, pues sienten lo terrenal. Mas vuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperáis al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará vuestro cuerpo vil, para que sea semejante al cuerpo de su gloria, según la operación con la cual puede también sujetar a sí todas las cosas», aun el corazón obstinado de nuestro perverso adversario.

Lo cual nos conceda Dios por su infinita misericordia, etc.

Capítulo 10 completado

Salvaguarda contra ideas vacilantes y falta de principios acerca de la justicia y la perfección cristiana Respuesta más detallada a los cuatro sermones del doctor Trapp sobre el mismo texto

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