Experiencia religiosa y diario
El diario, parte IV

Capítulo 7 · 37 min de lectura · 48 min de escucha

El diario, parte IV

Pero en la aflicción ella gozaba de la gracia del Espíritu, y en mayo de 1834 nos separamos como para la eternidad, y confío en encontrarla donde no habrá más despedidas, ni ninguno de nosotros volverá a estrechar la mano de despedida, porque hemos tenido dulce comunión juntas en los ejercicios espirituales. Querido lector, no pienses que voy al cielo como en zapatillas de oro, porque tengo diversas pruebas que afrontar mientras viajo por este mundo tan ancho; pero me siento dispuesta a sufrir por la causa de Dios, después de lo cual (si soy fiel) encontraré a muchos de mis amigos que han tenido comunión conmigo en el Espíritu, donde nunca, nunca estrecharemos la mano de despedida; estos son los consuelos en la aflicción tal como se describen en Apocalipsis 12:11: Y ellos le han vencido por la sangre del Cordero, y por la palabra de su testimonio, y no han amado sus vidas hasta la muerte; y mientras muevo mi pluma, mi alma se regocija en Dios mi Redentor. Cumplida mi misión, me despedí de mis amigos con gozo. Navegué hasta la ciudad de Detroit, 18 millas, y luego dije adiós a las costas británicas, sin saber si volvería a pisarlas. Fui recibida con bondad en territorio americano por una familia respetable de Cincinnati, un tal señor D⸺. Sentí que había una obra que me tocaba hacer en aquella parte de la viña de Dios. Llegué el martes, y el jueves por la noche tuvimos una reunión consoladora en el lugar acostumbrado. Hallé mucho aliento al trabajar para el Señor, y se hicieron muchas impresiones en las mentes de los oyentes. La noche anterior a mi desembarco vi algo de la aflicción americana contra la gente de color, como motines, robos y destrucción. ¡Ay de los moradores de la tierra y del mar!, porque el diablo ha descendido a vosotros. El domingo siguiente, a las 10 de la mañana, prediqué otra vez; luego dirigí la clase —un tiempo que de veras reavivó el alma—; a las 7 de la tarde prediqué otra vez, y la casa estaba llena hasta rebosar, pues no bastaba para contener a la gente. Texto como sigue: Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, por testimonio, y entonces vendrá el fin. Después de lo cual visitamos una reunión de oración dirigida por el ministro asignado en la iglesia de los blancos, que fue verdaderamente consoladora. El domingo siguiente se me fijó una cita del lado británico en una casa particular, pero, como no bastaba para contener a la gente, los metodistas episcopales abrieron su sala de sesiones, que era más grande, y se llenó bien de diversas denominaciones. Texto: San Juan 1:45. El Señor tocó mi lengua como con un carbón encendido de su altar, y tuvimos un buen tiempo como de la mano del Señor, y los amenes de los predicadores, ancianos y directores ayudaron a elevar el tema del regocijo. Gloria a Dios, teníamos todas las cosas comunes. Pero sintiendo ahora terminada mi misión, esperé la primera oportunidad y tomé pasaje para Buffalo. Trescientas sesenta millas por el lago Ontario, y debo decir que fue la travesía más incómoda que jamás he experimentado; aunque el barco era espacioso, trataban a la gente de color con mucha indiferencia en cuanto a su acomodo, y sin embargo les cobraban un precio alto: yo pagué 4,50 dólares. Después de dos incómodos días y noches de navegación, llegamos al muelle de Buffalo hacia las seis de la mañana. Habían pasado seis años desde que estuve en Buffalo, que fue la primera vez, pero durante mi ausencia habían ocurrido muchos cambios: la pérdida de algunos de mis amigos particulares por la muerte y por otras causas de traslado. Pero hallé a una señora Davis, que era en verdad una gran amiga del pueblo de Dios. Sentí verdaderamente mi misión en esta parte de su viña: había unos pocos metodistas episcopales, pero ninguna sociedad establecida. La denominación bautista tenía la mayoría de la gente; abrieron sus lugares de culto, y prediqué y celebré reuniones de oración tres o cuatro veces entre ellos, lo cual fue acompañado de considerable éxito. También tuve el placer de asistir a una sociedad antiesclavista, donde oí discusiones muy capaces sobre los derechos de los oprimidos, y también claras demostraciones de la crueldad del esclavista, que fue expuesta con todo su horror por un joven llamado L⸺, a quien se opuso fuertemente el juez de la ciudad; después de lo cual el joven se puso de pie por segunda vez, y parecía que nada escapaba a su denuncia. Por este tiempo yo había escrito desde Buffalo a Filadelfia (pues el Espíritu me había mostrado que mi hijo había abrazado la religión) para saber la verdad del asunto, ya que estaba a algunos cientos de millas de casa, y recibí la respuesta satisfactoria en una carta de su propia mano, que explicaba su convicción —la duración de la angustia de su mente—, cuya severidad le había llevado a buscar ocasión de poner fin a su propia existencia; pero en el acto la voz del Espíritu le dijo que intentara orar una vez más, a lo cual consintió, aunque ocultó a la gente su intención, que el diablo le había sugerido, de quitarse la vida, y así todo habría terminado. En este extremo fue la oportunidad de Dios, por su acto de obediencia, para convertir su alma, después de derribarlo al suelo como a un Saulo de Tarso, y ahora está en pie como testigo vivo de que Dios tiene potestad en la tierra para perdonar pecados.

Oh lector, solo puedes imaginar el gozo de mi corazón ante palabras como estas de mi único hijo, a quien, al parecer, Dios me había dejado como consuelo en mi vejez, mayormente después de no haber tenido noticias de él durante ocho meses, y entonces estaba muy enfermo, lo cual hacía que mi cruz pareciera muy pesada; pero confié en Dios, aunque esperaba oír de su muerte cuando oyera algo; pero, de rodillas en casa de un hermano y una hermana L⸺, durante la oración familiar, se me mostraron estas cosas por revelación del Espíritu, lo cual me hizo levantarme de mis rodillas, y exclamé en voz alta: el Señor ha convertido el alma de mi hijo; por lo cual hubo gritos de júbilo por toda la sala, y luego llega la carta como testigo de lo mismo, de su propia redacción. Apenas sabía cómo alabar al Señor lo suficiente, y por otra razón, cuando pensaba que Dios me había concedido lo que yo había pedido en oración desde los días de su niñez, mientras recorría los yermos desiertos, de colinas solitarias y valles sombríos. Pero tanto vale confiar en Dios, que no dejará pasar inadvertidas las oraciones de su pueblo, sino que se ha obligado a oír y responder cuando oran como conviene. Bendice, alma mía, al Señor; engrandece su nombre.

Con gozo esté Judá
en el monte escogido de Sion;
proclame las maravillas de tu mano
y los consejos de tu voluntad.

Comencé entonces a sentir mi misión algo completa en cuanto a distancia, y por tanto decidí volver hacia casa. Un hermano y su esposa cruzaron los Lagos conmigo para hacerme compañía; luego tomé el tren y les dije adiós. Permanecí un tiempo en Rochester después de mi llegada, pero, para mi pena y sorpresa, una sociedad que doce meses antes era grande y parecía próspera en todo sentido casi se había desvanecido —el predicador se había ido y la gente estaba dispersa, salvo unos pocos resueltos, decididos a seguir adelante aun a riesgo de todo lo que tenían; y a ellos procuré cumplir mi misión. También hablé para los metodistas wesleyanos —me trataron con compañerismo cristiano. Nuestro Señor dijo: los que son por nosotros no son contra nosotros; no se lo prohibáis —fue en verdad consolador. Hubo simiente al que siembra, y pan al que come. También me detuve en Palmyra, visité a los enfermos y de otras maneras procuré cumplir mi misión. Había una pequeña dificultad, relativa a una muchacha esclava que había sido escondida y llevada, pero mientras estábamos en el culto el juez de paz estaba en la casa y todo parecía tranquilo. Después del servicio, la congregación se retiró tranquilamente; esto fue el 6 de agosto. Al día siguiente una señora de color pagó un asiento para ella y otro para mí, y tomamos pasaje hasta Canondagua, 16 millas; allí hallé una iglesia y un pueblo prósperos. Me recibieron con bondad —mi primera cita, a las 11 del domingo por la mañana; la palabra causó algunas impresiones; por la tarde, mejor aún; por la noche Dios fue su propio intérprete, y el fuego santo comenzó a correr para confusión del pecado. Tuve varias citas durante la semana, que fueron igualmente prósperas. Aunque sentía mi incapacidad, la respuesta de una buena conciencia me fortalecía, aun en tierra extraña, y con Pablo puedo decir: no me avergüenzo del evangelio de Cristo, porque es potencia de Dios para todo aquel que cree. Luego tomé la diligencia para Geneva; llevando recomendaciones para estos pueblecitos o aldeas, hallé a unos pocos miembros de los metodistas episcopales, y también de la denominación presbiteriana; fueron muy amistosos y abrieron su casa para hospedarme —los caballeros de color de los alrededores estaban construyendo una casa para que predicaran en ella los misioneros itinerantes; se abrió para mí, y sentí gran libertad al procurar trabajar para el Señor; corrieron libremente lágrimas de contrición; una hermana de allí me mostró gran hospitalidad. Después de cumplir tres citas, partí el tercer día de la semana. Tomé la diligencia para Ithaca, por invitación del reverendo H. J⸺, que tenía el cargo. Llegué hacia las 4 de la tarde y fui llevada al anciano H. J⸺. Antes de entrar en el pueblo sentí, conforme a los impulsos del Espíritu, que el Señor derramaría su Espíritu sobre el pueblo, por lo cual aún me regocijo en la esperanza de una mejor resurrección. Nos reunimos en la unidad del Espíritu y así continuamos con humildad —los amigos fueron en verdad amables conmigo, desde los nobles edificios de grandes comodidades hasta la humilde cabaña de moradores cristianos. Pero un corazón humilde es mejor que un sacrificio. La sociedad era joven, pero estaba compuesta de personas muy respetables y ciudadanos útiles. Congregaciones grandes, la clase llena de vida, y el Espíritu de Dios nos visitó en abundante medida, lo cual hizo que la gente hablara con gran confianza en el Señor. Aunque el trabajo era duro, el deber hace ligera la labor; algunos descarriados fueron restaurados, pecadores convertidos y creyentes fortalecidos; y muchos se unieron a la iglesia, lo cual fue señal de algún bien en el nombre del santo Hijo Jesús. Después de lo cual mi visita terminó en paz con Dios, paz con todos los hombres, y la respuesta de una buena conciencia. Luego fui llevada en carruaje al vapor, y tomé pasaje para Albany. Crucé el río o lago Seneca, donde los pasajeros toman el barco del canal para Albany, que era mi siguiente parada. Un caballero me recomendó al capitán; tomé pasaje; y después de un viaje agradable de dos días y noches llegamos a Schenectady, y a la mañana siguiente llegamos a Albany. El reverendo señor Williams estaba asignado allí; le hice una visita; los predicadores en general profesaban un espíritu cristiano. La tarea parecía como impuesta a un Jonás; prediqué dos veces el domingo; y con la ayuda del hermano S. S⸺ pude llegar a Nueva York. El reverendo R. W⸺ era uno de los ancianos más antiguos de la Iglesia Metodista Episcopal Africana, y desde entonces ha caído en el campo de batalla, declarando la guerra contra el poder de las tinieblas, y sus huesos fueron sepultados con todos los honores de guerra. Viva yo la vida de los rectos, y sea mi postrimería como la suya. A mi llegada a Nueva York hallé al reverendo S. S⸺, anciano, asignado allí; pasé tres semanas en aquella ciudad; prediqué en Bethel y varias veces en la iglesia Allen; buenas congregaciones para aquella parte de la ciudad, pero la otra estaba llena. Menciono solo algunos textos: 1 Samuel 2:6; Hebreos 3, los tres primeros versículos. El hermano Jacob Matthews me dio una cita en la iglesia Zion, y sentí al Señor, como antes mencioné, muy cerca de mí. El reverendo T. E⸺ me dio una cita en la iglesia Asbury el domingo por la noche; texto: San Mateo 3:12; fue una noche digna de ser recordada por mucho tiempo por todos los presentes; el Señor desnudó su brazo; algunos fueron detenidos bajo el poder de Dios y cayeron al suelo clamando por misericordia, mientras los creyentes eran fortalecidos en la fe de Cristo. También tuve citas en Brooklyn, L. I.; allí fuimos muy favorecidos con buenas reuniones; había varios metodistas antiguos, con predicadores fieles que mantenían viva la grey de Cristo; y nuestras labores fueron coronadas con éxito y con nuevos miembros para la iglesia. En medio de la vida estamos en la muerte. Desde la última vez que estuve en este lugar, antes de mi gira por la América británica, el joven caballero que mostró tanta amistad a la iglesia regalándole una Biblia para mi cita se había despedido del tiempo y había ido a las mansiones de la dicha. El día anterior a mi llegada me detuve en casa del hermano T⸺, una de las familias más antiguas y firmes que honraban la iglesia de Dios; su esposa, madre y hermana de más de setenta años de edad, de carácter intachable, fe firme, afligida y sin embargo alegre, tras una breve enfermedad, en septiembre de 1835, dejó el mundo triunfante. Comencé mi viaje a Canadá en 1832. Desde el 2 de julio hasta el 15 de octubre del año siguiente, 1833, había predicado 138 sermones y viajado entre 2.700 y 2.800 millas. Volví de Brooklyn y asistí a una reunión trimestral en Flushing; el hermano J. S⸺, anciano encargado. El sábado por la noche di una exhortación, y prediqué el domingo por la tarde a las 3; el Señor acompañó la palabra, y, téngase presente, será olor de vida para vida o de muerte para muerte. Terminada mi visita, sentí deseos de ir a Filadelfia, sintiendo que mis labores llegaban a su fin por el momento. Llegué a casa sana y salva, hallé bien a mi hijo y a mis amigos, y entonces supe la verdad de su conversión, por la cual aún doy gloria a Dios. Estuve tres días en la ciudad y partí hacia Salem, N. J., por negocios; hallando las puertas abiertas para mí, prediqué en la iglesia; tuvimos un consolador tiempo de espera en el Señor, pero ninguna manifestación particular de su poder. Después de lo cual crucé la bahía hasta New Castle, Del., y luego seguí para ver a mi hermana, largo tiempo perdida, siendo esta la segunda vez en cuarenta y dos o cuarenta y tres años —allí hallé un gran campo de trabajo. Prediqué en una escuela con permiso del señor S⸺, hombre de autoridad y principal dueño de gran parte del pueblo. También me mandaron llamar para hablar en Delaware —caballo, calesa y comida preparados—; me llevaron cinco o seis millas, fui bendecida con una casa llena y sentí el poder del mundo de arriba, y el Señor estaba conmigo. Después de dos días de visita, con la mente tranquila, descansé, y al tercer día partí hacia Filadelfia; hallándolo todo bien, me quedé unos días, y luego partí hacia el circuito del reverendo R. R⸺, y lo hallé cristiano y caballero. Llegué primero a Burlington, y me encontré con el orden ministerial de los hermanos, que me recibieron con gozo.

La viña del Señor delante del obrero está.

Tuvimos varias reuniones muy buenas; luego crucé a Bristol y hablé una o dos veces en una casa particular, ocasión en que el Señor cumplió sus promesas, que son: yo os oiré. Seguí mi viaje hasta Trenton, que era el circuito del anciano Robinson. Dos o tres días después él llegó a la ciudad. El domingo por la mañana predicó y fue muy favorecido por el Espíritu del Señor. Por la noche prediqué yo y sentí gozo en mi alma; desde allí me dio otras citas. Mi mente se aclaró, las Escrituras se abrieron a mi mente y me sentí fortalecida; unos gritaban de júbilo, otros lloraban. Siento ahora la santa influencia de aquel fuego, mientras mi pluma deja constancia de ello para un mundo que muere. Canten los moradores de la peña, y desde la cumbre de los montes den voces de júbilo. Prediqué otro sermón sobre Isaías 59:12. El fuego prendió en alguna parte, y los amenes sinceros que subían al monte del Señor parecían herir de culpa el corazón de los pecadores. Ayudé a dirigir la clase. ¡Oh, el valor y el precio de las almas preciosas, que a menudo me hacen llorar! Prediqué otra vez sobre Apocalipsis 22:1. Las oraciones del pueblo de Dios me ayudaron, y el poder de Dios, como el rocío del cielo, descendió sobre nosotros, y el que siembra y el que siega se regocijaron juntos, a pesar de diversas oposiciones. También hablé sobre Romanos 1:16, y hablé tres veces el domingo; y sentí más fuerza en la última cita que en la primera, lo cual prueba la afirmación de la Escritura: dad de gracia y de gracia recibid. También visité a los enfermos, después de lo cual me dieron algunas citas en Princeton, una parte dura de la viña. Tenía mi talento, y no me avergonzaba de usarlo, aunque la sustancia parecía perderse —casas llenas. Los amigos presbiterianos fueron muy amables conmigo y me recibieron con amistad cristiana. El tiempo era frío, y el viaje duro, pasando entre tormentas invernales. El primer texto: Deja que los muertos entierren a sus muertos. Pareció algo asombroso, sobre todo a los hermanos. Continué, cumpliendo citas en diferentes ocasiones. De allí a Brunswick; y en uno de los días más fríos viajé dieciséis millas; el Señor estaba conmigo, y tuve gran libertad de palabra; una iglesia y una gran congregación; y el poder de Dios se manifestó más plenamente que en Princeton; y el Señor añadió a la iglesia a los que, confío, serán eternamente salvos. Permanecí allí trabajando para el Señor dos o tres semanas, y hubo un avivamiento general en todas partes, en las reuniones de oración, tanto de hombres como de mujeres, y en las reuniones de clase; no por mis labores, lector, sino que el mérito pertenece solo a Dios.

Alabad al Señor, oh cielos, adoradle;
alabadle, estrellas de luz;
sol y luna, gozaos ante él;
alabadle, ángeles en vuestras alturas.

Después de mi regreso a Filadelfia en diciembre de 1835, vi abrirse ante mí un gran campo, siendo aquel un lugar fuerte y con muchos espíritus diferentes contra los que contender; procuré encomendar esta porción de la sagrada Escritura: Job, capítulo 23, versículo 10: Mas él conoce mi camino; me probará, y saldré como oro; y también Apocalipsis 3:8; y me sentía muy turbada, por estar en cierta medida excluida de mi propia iglesia en cuanto a este privilegio al que tan acostumbrada estaba; apenas sabía adónde ir o dónde quedarme en mi propia casa. Dije: Señor, ¿adónde iré?, y fui dirigida al hermano Murray, entonces anciano de la iglesia Little Wesley, y al llegar a su casa expresó su asombro de que yo saliera con un tiempo tan inclemente; me detuve, y luego le dije que había sido enviada a él y no sabía para qué; él dijo: yo lo sé —entonces me dio una cita para el domingo por la noche, y otra para el miércoles siguiente por la noche; de allí recibí una cita en la iglesia Zoar, de parte del anciano, y el Señor convirtió un alma, lo cual me hizo regocijarme aún más en Dios mi Salvador; después el anciano de la iglesia Wesley me dio una cita y prediqué a una gran congregación, y me sentí fuerte en la causa de mi Dios. Mi llamamiento parecía estar principalmente en Filadelfia. En el año 1835 viajé 721 millas y prediqué 692 sermones. También hablé en la iglesia Bethel; algunos falsos hermanos. Los que no son por nosotros son contra nosotros, y si están contra el ministerio de Dios, sea de varón o de mujer, están contra Dios, que dice: enviaré por medio de quien yo quiera, porque todos son uno en Cristo Jesús. Que el Señor perdone sus errores y les haga tener cuidado de cómo manejan herramientas afiladas. En 1836 viajé 556 millas y prediqué 111 sermones; y me sentí muy ejercitada a imprimir un libro, y tuve algunos amigos que me animaron, como el reverendo R. R⸺, y el obispo, con otros; y todas las circunstancias fueron tan favorables que al fin lo logré, y cuando trajeron los libros a casa, me senté en la casa y me pregunté cómo dispondría de ellos; venderlos parecía demasiado como hacer mercancía. Estando en esta situación, vino a mi mente: tienes que pagarlos, o harán más daño al evangelio que si no los hubieras impreso. Pero para mí misma, (si no se imprimían) sería el azote de una conciencia culpable delante del Señor. A las 4 de la tarde mi mente fue dirigida a una hermana presbiteriana, y en el camino me encontré con la viuda del obispo Allen, que compró uno, y aquella tarde vendí un dólar y cincuenta centavos. El Señor bendijo de tal modo la ofrenda de aquella obra al mundo que en menos de cuatro meses pagué sesenta dólares, con la ayuda de Dios, por los gastos, lo cual me dio gran tranquilidad de ánimo y me hizo sentir aún más deseos de gastarme en el servicio de Dios. Diversas son las maneras, por la intervención de la Providencia, en que logré difundir aquella pequeña obra, a saber: reuniones campestres, reuniones trimestrales, en las calles públicas, etc. Alabado sea Dios por sus misericordias tanto como por sus gracias.

Después de esto salí para una reunión campestre, cerca de Baltimore. A mi llegada recibí dos encargos de predicar, y después que vino el obispo se me dieron todavía más, y en una ocasión el poder de Dios detuvo a un hombre, y este clamó a gran voz, cayó por la puerta y fue restaurado. Prediqué tres sermones en la Iglesia M. E. Africana, y Dios nos dio almas en cada reunión, y mi corazón se regocijaba de ver a los pecadores venir a Dios. Aunque tuve mis opositores, los sobreviví por la fuerza de Aquel que todavía ama a sus fieles seguidores. Después de ver tantas muestras del poder milagroso de Dios, volví a la ciudad de Baltimore con paz de conciencia. Después de lo cual mi mente se vio movida a ir a Elicott’s Mills a predicar en la Iglesia M. E. Africana, y me acompañó una querida hermana; como antes había conversado con el obispo Walters, él envió una carta al predicador encargado, quien me recibió con espíritu cristiano. Por la mañana dirigí la clase y por la tarde tuve un encargo de predicar, y prediqué sobre el capítulo 5 de San Lucas, versículos 18 y 19. La casa llena, con oyentes atentos; alabado sea Dios por una visitación de su Espíritu. Un gemido humilde es mejor que un sacrificio. Por la noche hablé sobre el capítulo 7 de Hebreos, versículos 12 y 13, y cosa maravillosa de contar, si el lenguaje pudiera contarlo, el poder del sentimiento. Y bien puede decirse que el sentimiento no tiene igual. El jueves por la noche hablé sobre el capítulo 61 de Isaías, versículo 1: y verdaderamente fui ungida. Y una señal visible de la manifestación del Espíritu de Dios fue que una señora anciana se vio movida a clamar a gran voz, bajo la angustia de su mente, y muchos más, demasiado largos de mencionar. Durante toda la semana seguí visitando a los enfermos, etc. Menciono aquí un caso como advertencia a los que aplazan el día de la salvación, y es como sigue. A petición de alguien, fui a ver a un dueño de esclavos de carácter tiránico, del que se decía que era muy malvado. Pero había recibido una citación, entregada por el oficial Muerte, y yo la vi pintada en su rostro; antes de esto yo había oído que hacía poco había vendido a dos hombres, separándolos de sus esposas. Le pregunté qué pensaba de morir, si estaba preparado para enfrentar el cambio. Me dijo que no lo estaba. Estaba muy enfermo, no podía recobrarse, pero quería la religión y no podía alcanzarla; con todo, deseaba que yo orara con él. Así lo hice, pero fue en vano, aunque fue verdaderamente solemne. Entonces lo exhorté a tener fe en los méritos de la sangre de Cristo, y luego lo dejé, un alma quejumbrosa camino de la eternidad.

«¿No ves cuán de improviso en mi carro voy?
Convulsiones, plagas y fiebres son las armas a mi lado».

La Muerte.

Después de esto volví a Baltimore, y de allí me llevaron a Springtown, y hablé por la mañana, el domingo, a las 11. El texto, de los Salmos. Ninguna manifestación especial por la tarde. El hermano H. U. predicó a una congregación muy grande. Por la noche prediqué otra vez. Para entonces se había abierto brecha en el ánimo de la gente: prendieron en ellos la llama santa, y algunos gritaban de gozo, mientras otros eran convencidos de pecado y restaurados, y yo fui levantada en la Palabra y las doctrinas de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. El lunes por la noche tuve una reunión de oración; a la mañana siguiente salí para Baltimore, bastante indispuesta, pero, restablecida una vez más la salud, prediqué el domingo siguiente por la noche en la iglesia Bethel de Baltimore, por encargo del obispo Walters. El texto, Hechos, capítulo 18, versículos 9 y 10, con referencias especiales al capítulo 20, versículos 19, 20, 21 y 22. El miércoles siguiente por la noche prediqué otra vez sobre el profeta Joel, capítulo 1, versículo 1. Los muertos del Señor fueron en verdad muchos. Otra vez hablé sobre Hebreos, capítulo 7, versículos 12 y 13, a las 3 de la tarde, y el nombre de Dios fue glorificado. Tuve gran libertad de palabra; bendito sea el Señor. Es una buena causa para vivir en ella, pero mejor para morir en ella. Es más dulce que la vida y más fuerte que la muerte.

El obispo me dio un encargo de predicar para el domingo siguiente por la noche. El texto, de una de las epístolas de Pedro, versículo 5. La palabra predicada tuvo su efecto. Tres personas fueron detenidas bajo el poder de Dios y derribadas al suelo a la vez. La abuela, su hija y su nieta clamaron a gran voz pidiendo misericordia. Entretanto un caballero cayó sobre su rostro y clamaba por la santificación; y hubo un estruendo general entre los huesos secos. Alabado sea Dios, porque siento la unción de lo alto mientras sostengo mi pluma.

Después salí para Long Green, a una distancia de dieciséis millas. Una hermana, I⸺, que había estado viajando conmigo, y también el hermano Dunn, nos acompañaron. Hablé sobre Hechos 17, versículo 31. Tres personas hallaron la paz, y varias quedaron bajo serias impresiones. La palabra siguió teniendo un efecto duradero, y mandaron llamarnos otra vez. Accedimos, acompañados de nuestro reverendo hermano; aunque la mañana era muy fría, tuvimos la bendición de llegar a tiempo para el culto, y con la ayuda de Dios procuré hablar a la gente sobre estas palabras: «Aunque piséis escorpiones y serpientes, no os dañarán, si tenéis fe». La palabra salió y no volvió vacía, porque dos hallaron la paz aquel día, y dejamos a algunos en el suelo llorando por la redención en Cristo, mientras otros mostraban hondas señales de serias impresiones por el bien de sus almas. Nos fuimos a las 4 de la tarde, pero la reunión continuó hasta la noche. Quiera Dios seguir regando cada planta en Sion. Prediqué y vendí mis libros, y pagué mis propios gastos. Volví a Filadelfia en diciembre. Después de llegar, mi salud estaba muy quebrantada, y tuve un fuerte ataque de enfermedad. Así terminó 1836.

Comencé a viajar el 11 de marzo de 1837. A ocho millas de Filadelfia prediqué tres sermones. Dos en Blaketown, N. J., después de lo cual tomé el vapor para St. Georges, Del., para ver a mi hermana; a petición del doctor ⸺, que era el principal propietario del pueblo, acepté un encargo de predicar y lo cumplí. Luego pasé unos días con mi hermana, y partí para Salem, N. J. Prediqué dos sermones el domingo, a dos millas de Salem, y tuvimos una buena reunión, porque donde está el Señor, allí hay libertad. El miércoles partí para Greenwich, prediqué tres veces, y el Señor estuvo allí con poder, y mi alma fue testigo de ello. De allí seguí a ⸺, y allí verdaderamente hubo un avivamiento entre la gente, lo cual me animó a confiar en Dios. De allí seguí adelante hasta Port Elizabeth, y hablé en la iglesia Ebenezer, a una congregación muy grande y respetable, sobre el capítulo séptimo de Hebreos, versículos 12 y 13. El domingo a las 3 de la tarde prediqué en la misma iglesia; luego seguí seis millas más allá y prediqué un sermón a los trabajadores de la forja, y procuré darles el evangelio, pero no sentí aquella libertad de comunión espiritual que había sentido en muchos lugares, al ver a cristianos profesantes trabajar duro el día de reposo en la forja y luego entrar en la iglesia; guardar santo el día de reposo, en mi opinión, queda completamente fuera de cuestión. Sin embargo, volví de aquel lugar esa misma noche, y el lunes partí para Goshen, Cape May, para ver a mi anciana madre, que tenía entonces 78 años. La hallé feliz en el Señor, y también a mi hermana. Prediqué tres sermones en Cape May y los dejé como los hallé, en las manos de Dios. A mi regreso llegué a Port Elizabeth el domingo siguiente por la mañana, y cumplí un encargo de predicar por la mañana y otro por la noche. A la mañana siguiente tomé la diligencia para Filadelfia, adonde llegué el 5 de junio, y hallé a todos bien. Como nuestra Conferencia se celebraba en mayo, concluí que debía tener parte en el banquete. Tres o cuatro días después seguí a Nueva York, y de allí a Albany, donde el anciano Williams estaba a cargo de la iglesia. Prediqué nueve sermones. Hubo algunos avivamientos, algunos se unieron a la iglesia, y los miembros fueron fortalecidos en la fe de Cristo. Visité también Troy, prediqué allí tres sermones, uno para una congregación de blancos. Tuvimos una buena reunión, y los amigos me trataron bien. A mi regreso a Albany prediqué dos sermones, y verdaderamente me gocé en el Señor. Luego volví a Nueva York apelando a la conciencia de todo hombre en cuanto a mis esfuerzos por hacer el bien; bendito sea el Señor. El deber hace ligero el trabajo. Mi visita había de cumplirse en Nueva York y Brooklyn. El reverendo Wm. C. ⸺, que estaba a cargo de ambos lugares, me dio encargos de predicar. Prediqué cuatro sermones en Nueva York, cinco en Brooklyn, dos en Flushing y uno en Williamsburg.

Sabiendo que mis visitas religiosas casi habían terminado por el momento, aproveché la oportunidad de visitar las diferentes escuelas; la que más me impresionó fue la del señor Louis Tappan, que a mi parecer superaba todo lo que yo había visto jamás: los principios de diversas ramas del saber que habían estado, y en algunos casos todavía están, escondidos de la gente de color, para privarla de sus goces, se les enseñaban aquí, lo cual ayudaba mucho a elevarlos a una posición que les ganara respeto a lo largo del breve viaje de la vida. Estos son los frutos de la piedad vital. «Haced a todos los hombres como queréis que ellos os hagan a vosotros». El amor es verdaderamente el cumplimiento de la ley. ¡Oh, venga pronto el día en que el yugo de la opresión sea destruido por fin! Bajo un vivo impulso de gratitud, y a petición del señor Tappan, pronuncié un breve discurso y luego dejé la escuela con la respuesta de una buena conciencia. Dejando entonces Nueva York, llegué a New Brunswick, donde fui recibida con bondad. Prediqué tres sermones; verdaderamente el Señor estuvo allí con poder. Después seguí a Rahway, prediqué cuatro sermones, y algunos fueron añadidos a la iglesia. De allí a Princeton, y prediqué cuatro sermones. Ninguna manifestación particular del poder de Dios; con todo, mi alma se regocija en la esperanza de la promesa: «Aunque Israel no sea juntado, Jacob no perderá su recompensa». Luego partí para Trenton, asistí a una reunión trimestral, y el anciano me dio dos encargos de predicar. Sus labores habían tenido mucho éxito en su circuito. Luego partí para Filadelfia, y hallé bien a mis amigos. Como era el mes de noviembre, me quedé un tiempo en la ciudad. Prediqué en la iglesia Bethel y también en la Union. El 2 de diciembre partí para New-Hope, con una hermana predicadora. Ella y yo atendimos dos iglesias con el permiso del anciano, R. R. ⸺. Prediqué cinco sermones antes de Navidad: el 1.º en casa del hermano S., el 2.º en la Montaña y el 3.º en la iglesia nueva; alabado sea Dios por ello. «Largamente esperado, visto al fin». El 1.er texto fue el siguiente: «La sabiduría es justificada por sus hijos», etc.; fue un tiempo para recordar mucho tiempo. Prediqué el sermón de la vigilia de Año Nuevo en Nochebuena, sobre Mateo, capítulo 2, versículo 10, y durante mi estancia, hasta la víspera de Año Nuevo, se hizo mucho bien en el nombre del Santo Niño Jesús. Viajando hacia Frankford me detuve en Holmesburg con el propósito de advertir a algunas personas del peligro que se acercaba, pero, hallando muy enferma a una amiga íntima mía, le hice una visita religiosa, y me dio mucha satisfacción ver su resignación ante la muerte. Me proponía partir para Frankford a la mañana siguiente a las 9, pero ella murió, y como el anciano y el predicador estaban muy lejos de allí, a petición especial asistí al funeral, y después de un breve sermón en la casa tuve que encomendar el cuerpo a la tierra, porque no había ninguna otra persona presente que lo hiciera. Luego partí para Frankford, y prediqué cuatro sermones que fueron provechosos por la gracia de Dios.

El 16 de febrero salí para Attleboro. Hablé sobre los siguientes pasajes: Romanos, capítulo 6, versículos 21, 22 y 23. También sobre el capítulo 8, versículos 36 y 37. Al principio pareció semilla sembrada en pedregales, pero el adormecimiento comenzó a quitarse, y la vida, la luz y la inmortalidad vinieron a ser realidad por la predicación de la cruz de Cristo. Prediqué un sermón en Ben-Salem, y tuve una reunión de oración, y el Señor nos sonrió; y verdaderamente algunos habían perdido en cierta medida su primer amor, y otros no habían manchado sus vestiduras, sino que luchaban por el cumplimiento de la promesa. Viniendo ya hacia Filadelfia, hallé bien a mi hijo y a mis amigos. Esto, después de predicar ciento cuarenta y seis sermones y viajar novecientas noventa y nueve millas.

En abril me sentí impulsada a visitar Reading, Pa., y así lo hice, y encontré a algunos con quienes me había encontrado años antes, que testificaban que Dios es Dios y no cambia. Prediqué cinco sermones, y verdaderamente debo decir que el evangelio prevalece. Pocos años antes no había ni un miembro de la iglesia; ahora hay una buena iglesia y una gran Sociedad. Entonces fui a Norristown, hablé cinco veces y dirigí la clase. Antes vivía allí un hombre que tocaba el violín, pero, dejando su lugar de residencia, fue a Filadelfia y abrazó la religión, y fue llamado a ir a la gente de aquel pueblo para predicarles el evangelio, y el Señor bendijo sus labores, y ahora viven en la esperanza de una mejor resurrección.

El 15 de julio de 1838 partí para Westchester, y prediqué dos sermones. De allí fui a Chichester, de allí al Valley, trabajando según pasaba entre congregaciones animadas. El 23 partí para Columbia, y fui a ver al reverendo S. S. ⸺, que me dio tres encargos de predicar. Dios avivó su obra en los corazones de su pueblo, y mientras se mueve mi pluma mi corazón arde de amor a Dios. Después partí para West-town y visité a algunos amigos ancianos, de los que no podían llegar a la iglesia, y en particular a dos notables, que eran tenidos por columnas de la iglesia. Me llevaron a bordo del barco del canal para Lewistown. Tuve una travesía agradable, llegué a la una o las dos de la madrugada, y me trataron con bondad. Prediqué cuatro sermones a un pueblo duro. Estuve enferma durante mi estancia; mi cuerpo estaba muy debilitado antes de llegar a Pittsburg; con todo, seguí adelante hasta Huntingdon, y hallé una pequeña Sociedad que padecía por falta de ayuda. Todos los hermanos me recibieron; prediqué cinco sermones, anduve 11 millas y hablé a los trabajadores de la forja, pero por mala organización la congregación fue pequeña; con todo, la palabra tuvo su efecto; las almas de los redimidos son preciosas. Después seguí a Hollidaysburg. Tomé pasaje en la diligencia de noche, y llegué a las 8 de la mañana. Me recibió con bondad un caballero perteneciente a la iglesia Wesley, y me hospedó de manera amistosa. Prediqué dos sermones a una congregación numerosa, y luego partí para Johnstown. Cuando bajé del vagón, me pareció casi el último rincón del mundo en cuanto a comodidades. Tuve que estar de pie cerca de una hora antes de conseguir a alguien que llevara mi baúl. El capitán fue amable y se ofreció a enviarme a una persona, pero al fin conseguí a un hombre que llevara mi baúl hasta allí. Su esposa fue amable, aunque fui yo quien me presenté a ella, sabiendo que era la esposa del barbero. Ella mandó llamarlo para que entrara, y luego me presentó a su marido. Cuando se sentó, dijo: «¿Así que usted predica?». «Lo intento», le dije. «¿Entiende usted las Escrituras?». «Algunas partes», fue mi respuesta. Él convocó una reunión, y llegó la hora y se reunió la congregación. Al comenzar sentí un poco de desorden en la casa, pero en pocos minutos todo quedó en silencio, y tuvimos un solemne tiempo de espera en el Señor; después de lo cual el barbero cerró el culto. Así los dejé. Un hermano me informó que el magistrado principal del pueblo había dicho que debíamos tener otra reunión y que él asistiría, pero el predicador no parecía interesarse por el bien de las almas; por esta causa tomé pasaje en el vapor para Pittsburg, que fue agradable aunque iba lleno de gente. Como el último día era domingo, me senté en seria meditación sobre las bellezas de la creación y el plan de la redención. Había algunas señoras pasajeras de Charleston que gozaban de la religión y venían a sentarse a mi lado a leer. Cuando estaba a punto de bajar, una de ellas me pidió que orara por su marido y su hija. Espero que el Dios de Elías prospere el deseo que ella tiene de su bien. Llegamos a Pittsburg hacia las 8 de la noche. Me llevaron a la casa de un digno padre en Israel, donde me quedé un tiempo, y prediqué cuatro o cinco sermones en Pittsburg. Mi mente seguía impulsándome hacia Brownsville, y el Señor abrió el camino. El anciano del circuito, que vino a Pittsburg, me abrió camino y me proveyó de una hermana que me acompañara. El Señor bendijo las labores de sus siervos. En tres meses fueron añadidos ciento diez a su circuito. Algunos convertidos, algunos penitentes. Cinco de una misma familia se enamoraron de este plan nacido del cielo. Comencé mi viaje de invierno el 10 de diciembre. Salí de Pittsburg para una reunión trimestral en Williamsport; fue un viaje penoso. Tuvimos que caminar siete millas, y al entrar en el pueblo encontramos a un hermano que venía a nuestro encuentro con un carruaje. Aquella noche comenzó la reunión, y verdaderamente la batalla fue del Señor. Seis fueron abatidos por su gran poder, y la fe de los creyentes fue fortalecida. Hablé a las 11 sobre el capítulo 12 de Isaías, versículos 5 y 6, y por la noche otra vez, a una casa llena de gente de buen comportamiento. El anciano Clemens, un obrero del Señor de mucho fruto, estaba en este circuito. Después de la predicación se dispuso el banco de los penitentes, y los muertos del Señor fueron muchos. Esta reunión continuó dos días y dos noches, después de lo cual tuvo lugar nuestro ágape. El Señor estaba en medio, y la gente clamaba pidiendo misericordia por todas partes. Los metodistas wesleyanos abrieron su iglesia y me dieron un encargo de predicar el lunes a las 3 de la tarde, después de lo cual el anciano nos dio permiso para tener reuniones de oración, que continuaron toda la noche, con mucho éxito, y hubo un avivamiento tanto entre los blancos como entre la gente de color, y uno de los miembros me informó que en aquella ocasión se habían añadido treinta personas a la iglesia. Alabado sea Dios por la victoria.

El mundo no puede resistir
a su antiguo vencedor;
de cierto ha de caer bajo la mano
que nos arma para la guerra:

Entonces descansamos unos días y salimos para Uniontown, con una mujer que viajaba conmigo; y nos recibieron con mucha bondad el hermano Jackson y su esposa, y los amigos en general. Prediqué allá en la forja a un pueblo atento y sentí vida y libertad. El anciano, al volver de su circuito, predicó otra vez, y cinco se unieron con nosotros en la iglesia, después de lo cual el anciano formó una nueva Sociedad, a catorce millas de distancia. Luego prediqué en la Iglesia M. E. de los blancos a una congregación muy atenta, cuyos gemidos subían al monte del Señor, y sentí su presencia de manera poderosa; el texto, Isaías 59:1. El 24 de diciembre el anciano celebró una vigilia de fin de año, y el 25 salimos otra vez para Ridge Port. Recibí el encargo de la mañana y el anciano predicó por la noche, y el Señor siguió derramando su Espíritu sobre la gente, lo cual produjo un avivamiento general. Diez se unieron a la iglesia a prueba. A algunos los dejamos llorando por la redención en Cristo, mientras otros parecían ir a todo correr hacia el reino de Dios. Yo tenía una invitación previa a una iglesia a cinco millas de distancia, junto a la carretera de peaje, y hablé por la mañana a las 11, y apenas había terminado el sermón cuando llegó un caballero con un caballo veloz y un carruaje, enviado expresamente para que yo fuera a cumplir un encargo de predicar para ellos a las 3 de la tarde, y en consecuencia fui. Llegamos entre las 2 y las 3. Encontré una gran congregación de gente muy respetable, y prediqué sobre estas palabras: «El Espíritu del Señor Dios está sobre mí», etc. El miércoles siguiente cumplí un encargo de predicar en Greenfield, en la antigua iglesia M. E.; fue una noche muy tormentosa, y pensé que por la inclemencia del tiempo no saldría nadie; pero gracias a la perseverancia del hermano y su esposa que vinieron por mí, se reunió una congregación bastante grande, después de lo cual él me ayudó a subir al púlpito, y procuré predicar sobre estas palabras: «Hemos hallado a aquel de quien escribieron Moisés y los profetas», y debo decir que los gemidos cristianos que se exhalaron, y los fervientes amenes que subieron al monte de Sion, fueron respondidos, al parecer, como con carbones encendidos del santo altar de Dios, que calentaron todos los corazones. Ruego a Dios que lleve adelante la obra.

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