Experiencia religiosa y diario
El diario, parte V

Capítulo 8 · 37 min de lectura · 48 min de escucha

El diario, parte V

Despliega tu estandarte,
manda a la nación rendirse,
y reconocerte por su Dios,
su Rey y Defensor.

Varios cientos fueron añadidos a aquel circuito ese año, que terminó en febrero de 1839. A los pocos días partí para Williamsport, donde me quedé unos días en casa del hermano C., y asistí a varias reuniones muy buenas en Washington, Pa. El anciano de la Iglesia M. E. de los blancos me dio un encargo de predicar, que acepté. A petición especial visité a una joven blanca en la última etapa de la tisis, y después de conversar con ella acerca de la salvación de su alma, recibí gran satisfacción; confío en que ahora descansa en el seno de Abraham. Asistí a una reunión trimestral en Washington y oí algunas exhortaciones poderosas; Dios respaldó la palabra y por su poder infinito detuvo a una mujer que antes tenía una casa de baile, y con ella también a su familia (salvo su marido, que había muerto hacía poco), y ellos, cinco en número, clamaron a gran voz pidiendo misericordia de la mano de Dios, y después se unieron a la iglesia; la anciana parecía muy seria, y todos hablaron bien en el ágape.

Recibí una invitación especial, por carta, para ir a Waynesburg, la cual acepté, y hablé en la antigua iglesia metodista, después de que me llevara allí un hermano enviado expresamente por mí. El miércoles por la noche hablé en el juzgado; era el mes de febrero, y caminar era muy difícil; los amigos fueron muy bondadosos; había pocas personas de color, solo dos miembros de la iglesia, y se unieron seis. Les hablé cinco veces; después de cumplir mi deber, me fui en paz con Dios y con los hombres. A mi regreso a Washington pasé una semana o diez días, y prediqué el domingo, y por la noche, tres sermones. El alcalde de la ciudad declaró su intención de imponer un fuerte castigo a cualquier persona o personas que perturbaran cualquier iglesia, y esto tuvo el efecto de hacer que algunos de los más alborotadores de la chusma se portaran con respeto en la iglesia, mientras yo procuraba declarar los oráculos de la verdad. Después de lo cual partí para Meconnoburg y prediqué once sermones.

En marzo partí para Pittsburg, y nos encontramos con gozo; y en mi primer encargo de predicar hablé sobre Isaías, capítulo 50, versículo 31. Luego descansé tres o cuatro semanas, tiempo durante el cual mi mente se vio muy movida a ir a Cincinnati; era difícil viajar, pero Dios siempre abre camino para su pueblo. Un amigo, tanto de Dios como mío, me consiguió pasaje a bordo de un vapor, con un predicador y su familia, y a mi llegada fui recomendada a unos amigos de allí, el anciano King y su esposa, y los encontré. Les dije que mi ocupación era predicar. Se me dio un encargo de predicar. Hablé varias veces, y el Señor aprobó los esfuerzos de este débil gusano, y los creyentes fueron edificados en su santísima fe. Mi visita fue gozosa. Mis folletos se vendieron como llevados por el viento; el anciano los recomendaba mucho, y también me animó a mandar imprimir la 2.ª edición, lo cual hice: hubo entonces mil más para la venta, en lo cual tuve éxito. Cinco se unieron a la iglesia después del último sermón.

Luego partí para Dayton, Ohio, y hallé una iglesia grande y un buen edificio. La población de color allí era muy numerosa; allí prediqué seis sermones, y uno en la otra iglesia. Ambas iglesias me ayudaron. Luego tomé el vapor para Hambleton, un lugar bien situado, y prediqué dos sermones; tuve una buena visita, muy favorecida por el Señor, aunque los miembros estaban muy dispersos. Pero un hermano digno, un hombre de Dios, se había establecido allí y había formado una Sociedad de unas veinte personas, que seguía prosperando. Después de predicar dos sermones, tomé pasaje en el vapor para Cincinnati; me quedé allí un tiempo hasta que se abriera a mi mente alguna nueva dirección, adonde pudiera llamar a la gente a los brazos de Cristo. La reciente impresión de mis folletos me había dejado muy escasa de dinero (el precio de imprimir 1000 ejemplares, 38 dólares). Hubo personas que me ayudaron a costear el viaje. Como el anciano estaba ausente aquel domingo por la mañana, reinó algún desorden entre algunos que parecían de doble ánimo, y sin embargo eran oficiales. Pero Dios puede abrir camino donde parece no haber camino. La señora E. J., su marido y sus hijos me regalaron siete dólares, y otro amigo intercedió por mí para conseguirme un buen pasaje de camarote en un barco cómodo, y sin distinción: el capitán era un caballero. Gocé de dulce comunión con el Espíritu del Señor. Pero cerca del fin de nuestro viaje ocurrió un suceso doloroso, que me pareció terrible en extremo. Había a bordo del barco una mujer a la que llamaban demente. Yo pensé que sufría de desesperación de ánimo. Se había visto a sí misma como una pecadora terrible, y estaba sentada en actitud melancólica; solo a ratos parecía despertar y nos pedía que no dejáramos que le hicieran daño. En una ocasión le pregunté cómo se sentía. Respondió: «Oigo a unas personas hablar; me van a hacer daño. Me ahogaría, pero es un pecado tan grande». Una señora y yo procuramos consolarla, después de lo cual la señora le leyó acerca de las tormentas. Ella se quedó sentada muy tranquila; luego de repente se puso en pie y dijo que tenía que orar. Le dije que se arrodillara a mi lado, lo cual hizo con mucho orden; primero oró en holandés; yo no podía entenderla sino cuando decía Dios o Jesús; luego oró en inglés con mucho sentimiento, después dio palmas y dijo que él le había quitado una carga de encima; esto fue hacia las 10 o las 11 de la mañana. Se levantó, se lavó la cara y las manos, se peinó, y luego se puso una cofia y parecía otra persona, y así siguió hasta la hora de encender las velas, paseando y conversando con la señorita. Yo estaba leyendo y me sentía muy aliviada del cuidado de ella. De repente entró la camarera y me preguntó por ella, y me pareció que solo hacía cinco minutos que la había echado de menos. El capitán la buscó, bajó a la cubierta y allí la halló, pero ella le rogó tanto que la dejara quedarse allí, que la dejó. El barco llegó a Portsmouth a la mañana siguiente, a la salida del sol, y esa mañana a las 8 la vieron arrojarse por la borda. Bajaron un bote y procuraron salvarla, pero antes de que la alcanzaran se hundió para no salir más; y con la autoridad de la palabra de Dios digo que ningún suicida tiene vida eterna. Lector, ten cuidado, muchísimo cuidado, de cómo juegas con el Espíritu de Dios, no sea que alce el vuelo y te deje sufrir el castigo eterno.

Acepta la advertencia, conviértete y vive,
y Dios su Espíritu te dará.

Después de desembarcar, me sentí forastera en tierra ajena, pero el Señor siempre provee en tiempo de necesidad. En efecto, un caballero me llevó y me presentó a una amiga que me recibió y me trató con bondad, y a los pocos días me presentó a uno de los síndicos, que me dio la bienvenida a la iglesia. Ahora comencé a sentir el espíritu de mi cargo. El jueves por la noche cumplí un encargo de predicar. Era cosa del todo extraña oír predicar a una mujer allí, y causó bastante agitación, lo cual hizo muy pesada mi labor, porque la gente era toda ojos y nada de oración. Pero el domingo tuvimos la casa llena, y un viejo descarriado cayó al suelo como Dagón delante del arca. Seis se unieron a la iglesia a prueba. El domingo siguiente tuvo lugar la reunión trimestral del anciano Peters, que todos los presentes disfrutaron mucho. Encontré a muchos de mis amigos de Pittsburg y de otros lugares, y nos regocijamos juntos. Un día en la casa del Señor es mejor que mil en los atrios de los impíos. El primer domingo que hablé a la clase, cinco cayeron al suelo bajo la influencia del poder de Dios. Dos días después partimos para la reunión trimestral de Gallopeler; tomamos pasaje a bordo de un vapor, lo cual fue muy agradable, sin distinción. Cuando llegamos, como era de noche, un caballero nos llevó a nuestro alojamiento y nos presentó, y allí nos recibieron con bondad. Prediqué un sermón a una pequeña Sociedad que parecía casi sin pastor que mirara por su bien. Me asombró la situación de la iglesia; después de esto llegó el anciano. Una sociedad bautista ocupaba la casa por la mañana, y por la tarde predicó el anciano; fue un tiempo bien apagado en verdad; nadie se unió. Por la noche procuré predicar, pero no pude decir qué había hecho el Señor por aquella gente, porque parecía a la vez estéril y sin fruto.

Sentí ansias de ir a Chillicothe, para donde tomé pasaje, y llegué el miércoles; hallé abierto un gran campo de labor. Prediqué la noche siguiente (jueves) a una congregación muy grande y bien instruida. Luego tomé pasaje por el canal, y mi mente estaba muy movida, en verdad de una manera algo fuera de lo común. Texto 1.º, Tesalonicenses: «Por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfrió; mas los que perseveren hasta el fin, estos serán salvos». Texto 2.º: «Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio, para que no sea hecha vana la causa de Cristo». Texto 3.º, Proverbios, capítulo 5, versículo 6. Prediqué otra vez sobre estas palabras: «Toda carne es como la hierba». El quinto y último: «Yo soy la vid verdadera», etc. Terminada mi visita, partí para Williamsport en paz con Dios, y también con los hermanos, pues los amigos me habían tratado con mucha bondad. Después de la reunión trimestral, todos tomamos pasaje con el anciano para Pittsburg, para asistir a la Conferencia. Allí encontré al reverendísimo obispo, y a otros a quienes me alegré de ver. Me quedé allí dos o tres semanas y prediqué cuatro sermones. Tanto los predicadores como el pueblo me trataron como cristianos. A la Conferencia asistieron muchísimos ministros de todas direcciones. El obispo concedió puertas abiertas para que la gente pudiera asistir y oír los arreglos y los nombramientos de los circuitos. La predicación fue muy buena, y parecía como si la palabra cayera con peso sobre los corazones de los enemigos del Rey; hubo un avivamiento general. El obispo me dio un encargo de predicar durante la Conferencia. Cuando mi visita llegó a su fin, me sentí movida a partir para Filadelfia. Una señora llamada la señora Dorsey, que conocía a uno de los capitanes de los barcos, logró conseguirme un pasaje cómodo por 15 dólares, y 3 dólares por la comida, 18 dólares en total, cuando de Filadelfia a Pittsburg me había costado 48. Me sentí agradecida a Dios porque se acordaba de mí. El capitán era un caballero, y los pasajeros, de la mejor sociedad, y disfruté de su compañía. Cuando cambiamos de barco en Hollidaysburg, el capitán me puso en la línea rápida para que llegara a Filadelfia de día. Había conmigo en el barco una señora blanca, con destino a Filadelfia, que venía de Nueva Orleans. Un caballero que venía a la ciudad, viendo la soledad de ella y también la mía, no dejó los vagones hasta ver el equipaje de cada una en el ómnibus y en camino a nuestras puertas: un caballero de verdad. Así terminó este viaje, en septiembre de 1839.

Después de mi llegada, mi primera pregunta fue por el estado de salud de mi hijo y su familia, y para gran pesar mío supe que mi nietecito había muerto. Podéis pensar que esta fue para mí una noticia que me sobresaltó, pero el Señor se lo llevó por algún sabio propósito de su providencia, y en esto me sentí perfectamente resignada a su voluntad, con un corazón agradecido por su protección y por mi feliz llegada a casa. Me quedé en la ciudad unos tres meses, y recibí encargos de predicar en nuestras iglesias los jueves por la noche, aunque en años pasados siempre los tenía a cualquier hora, sin exceptuar los domingos por la tarde. En Filadelfia, Nueva York, Baltimore y todas las ciudades principales, de 100 a 1000 millas de distancia, cuando viajaba bajo el gobierno del primer obispo, el reverendísimo Richard Allen, fui instrumento en las manos de Dios para ganar muchos cientos de dólares para la conexión, levantando Sociedades donde nunca las había habido, que desde entonces han crecido tanto que han edificado grandes iglesias, y eso en diferentes lugares; y también he gastado cientos de dólares, pero no lo lamento, porque estaba ocupada en la obra de Aquel que me envió, por la cual se me promete mi recompensa si tan solo persevero fiel.

Ahora, orad por mí,
mientras ande por la tierra,
para que con el gozoso jubileo
llegue a mi hogar.

Otra vez me sentí impulsada a ir a la parte occidental del estado de Pensilvania a trabajar para el Señor, pues el campo se me presentaba grande. Por este tiempo la hermana Elaw, una predicadora que pertenecía a la jurisdicción de la conexión metodista episcopal, vino a este lugar y recibió un encargo de predicar que se me había dado a mí, y yo cerré la reunión después de ella, y disfrutamos juntas de buenos tiempos. La mayor muestra del poder de Dios pareció visible en una congregación protestante; la hermana predicó, y yo di una exhortación y cerré, y hubo un gran grito de victoria. Los que estaban en el espíritu me contaron que vieron la gloria de Dios como un sol sobre el púlpito, y un rostro que brillaba tras ella; así la batalla fue del Señor.

Como mi hermana partía para Inglaterra a asistir a la convención mundial, salí sola. Mi primer encargo de predicar fue al otro lado del Schuylkill; luego me llevaron nueve millas más allá, prediqué tres sermones y luego volví a la ciudad; la semana siguiente partí otra vez para Lancaster, Pa., pero, encontrándome con unos amigos que iban a Columbia, fui con ellos. El Espíritu de Dios acompañaba las reuniones, y los predicadores sentían el espíritu de su cargo, y el banquete fue glorioso; más de treinta fueron añadidos a la iglesia en menos de una semana, y muchos de ellos hallaron paz con Dios. De allí fui a Marietta, prediqué dos sermones y luego partí para Lancaster. El Señor respaldó la palabra hablada, y después de la predicación diez se unieron a la iglesia. «Alabad al Señor, porque solo él hace grandes maravillas». Salmos. Luego seguí adelante hasta Carlisle. Al parecer el lobo había entrado en el redil y había dispersado a algunos por completo. Pero la palabra de Dios tendrá su efecto donde se proclame en su pureza. La consecuencia fue que tuvimos un gran regocijo. Prediqué seis sermones, incluido uno para los metodistas protestantes. Empleé mi tiempo, como de costumbre, procurando explicar los efectos del evangelio eterno del reino, aun en la conversación común. Los tiempos felices que he visto me son siempre memorables, y mi oración es que todo Israel sea salvo, no solo de las pruebas de la vida, sino del poder del infierno. Luego seguí a Harrisburg, prediqué un sermón a una buena congregación, y sentí bastante libertad al hablar. A la mañana siguiente partí para Marietta; fue un día muy frío; a veces iba en trineo y a veces en carruaje. Prediqué un sermón el domingo, y al día siguiente tomé pasaje en un trineo para Columbia. Me detuve unos días, prediqué un sermón y luego partí para Penningtonville. Allí prediqué el domingo a una buena congregación de diferentes denominaciones; fue un día glorioso para mi alma. Con la autoridad de la palabra de Dios, no hay por qué dudar de la religión, porque los que la tienen llevan el testimonio en sí mismos. Así, terminada mi visita con paz de conciencia, volví a Filadelfia el 1 de marzo, y hallé bien a todos mis amigos. Esperé en el templo del Señor y prediqué varias veces. Sentía ansias de ir a Baltimore a visitar la Conferencia general, que era la primera de esa clase celebrada allí en muchos años. Cuando se lo mencioné al obispo, dijo que se me pagaría el viaje si deseaba ir, por lo cual me sentí muy agradecida. Después de hacer los preparativos necesarios, arreglando mi ropa, etc., llegó la mañana de partir; el barco había de salir de Filadelfia a las 6 de la mañana. Mi mente había estado algo dividida en cuanto a ir a Nueva York, porque quería ver la convención de la Sociedad Americana contra la Esclavitud. Pero de camino al barco de Baltimore, en compañía de una hermana joven, mi mente fue detenida de repente por una sensación extraña, que procedía de alguna causa sobrenatural, seguida de una voz que al parecer hablaba así: «¡Una tumba de agua! ¡¡Una tumba de agua!!». Conté a la hermana lo que se me había revelado, sin estar aún ni a media cuadra de la casa. Ella lo creyó como yo, y en consecuencia me volví, con la impresión de que me ahogaría si iba, porque me parecía ver el agua. «¡Cuán incomprensibles son los juicios de Dios, e inescrutables sus caminos!».

Aquel mismo mes, abril, me mandaron llamar con gran prisa para que fuera a Cape May a ver a mi anciana madre, según se pensaba por última vez, porque estaba muy enferma, a la avanzada edad de 82 años. Fui y me quedé con ella varias semanas, hasta que casi se recobró. Entonces cumplí varios encargos de predicar inesperados. Pero mi camino era no sé adónde. Durante mi estancia allí perdí a un sobrino de 12 años, que confío descansa. Pero debí haber mencionado que el día que volví del barco de Baltimore tomé pasaje a las 2 de la tarde para Burlington, y les prediqué el domingo en una reunión trimestral, y el segundo día después partí para Nueva York y llegué el primer día en que se reunía la convención, a la cual asistí en compañía de la señora H. Lane, que fue siempre celosa en la buena causa de la libertad y de los derechos de todos, y oí algunos discursos muy elocuentes que me agradaron mucho, y mi corazón respondió con esta instrucción: «Haced a todos los hombres como queréis que ellos os hagan a vosotros»; y puesto que todos somos hijos de un mismo padre, nadie está justificado en tener esclavos. Sentí que el Espíritu de Dios estaba en la obra, y también sentí que era mi deber unirme a esta Sociedad. Sin duda la causa es buena, y ruego a Dios que haga avanzar la obra de la abolición hasta que llene el mundo, y entonces el evangelio tendrá libre curso hacia toda nación y en todo clima. Terminada la convención, volví a Filadelfia y me preparé para un largo viaje. Pero antes visité una parte del circuito del reverendo Turner, en Jersey, a saber, Burlington, Trenton, etc. Su cargo era extenso y hacían mucha falta obreros. Procuré predicar dos sermones en Burlington, y en otros lugares nueve más, y luego visité Allentown y prediqué tres sermones. Visité una reunión campestre y nunca vi mayor muestra del poder de Dios, porque verdaderamente señales y prodigios seguían a la predicación de la cruz de Cristo, mientras la voz de la oración hacía a los pecadores quedarse atónitos y los llenaba de temor y asombro. Prediqué también a una pequeña Sociedad cinco millas más allá, llamada Lawrenceville, después de lo cual volví a Trenton, Princeton, etc., y a los pocos días partí para Brunswick. Salí para este viaje en 1843, en el propio carruaje de uno de los hermanos, por lo cual me sentí muy agradecida. Cumplí varios encargos de predicar, y luego partí para Nueva York, donde me quedé varias semanas, y propuse al anciano Boggs, que estaba a cargo, celebrar una reunión prolongada, y a él le pareció bien, y convocó una, y parecía que el pueblo verdaderamente tenía ánimo para trabajar, y el Señor bendijo nuestras labores. Prediqué dos domingos por la noche y una vez a mitad de semana. Estalló un avivamiento y veintiuno fueron añadidos a la iglesia, y terminó con un ágape victorioso; gloria a Dios. Durante mi ausencia mi hijo cayó muy enfermo de una grave enfermedad, y yo sentía muchas ansias de verlo después de una ausencia de varios meses; por eso en diciembre salí de Nueva York de regreso, y lo hallé mucho mejor de lo que esperaba, lo cual alivió mucho mi mente. Prediqué una vez en Bethel, una vez en la iglesia Wesley, de la calle Hurst, que había entrado en la conexión, y en otros lugares, pero pronto terminé mi obra en esta ciudad, y a pesar de la dureza del invierno volví a Rahway, y hallé a los amigos muy bondadosos conmigo. Doy gracias al Señor por darles corazón para serlo, porque el invierno fue duro. Prediqué diez sermones durante mi estancia, tiempo en el cual hubo un gran avivamiento en la iglesia, y muchos fueron añadidos, entre ellos un reverendo, el padre E⸺, que había dejado nuestra iglesia pero que esta vez volvió; y verdaderamente usamos aquella frase tan apropiada: «El muerto ha revivido y el perdido es hallado», y el hermano se regocijó mucho al ver la providencia de Dios. Ahora comencé a sentir que mis labores en aquella parte estaban casi terminadas. Volví a Nueva York (pues mi visita no se había cumplido en aquella ciudad) el 1 de marzo de 1841, y me detuve algún tiempo, después de lo cual tomé pasaje en el vapor para New Haven y llegué allí a la una de la tarde. Me llevaron en carruaje a casa del señor B., y su familia fue bondadosa; el miércoles siguiente me llevaron a la casa de un hermano, cerca de la casa de reuniones, que habían comenzado en enero, y prediqué en ella en marzo. Como era un pueblo de mente muy cultivada, me sentí con libertad para hablar, creyendo que Dios respaldaría su palabra, y así lo hizo, y tuvimos un avivamiento. Pero Lucifer había preparado una bomba para echarle agua y apagarlo. Pero teníamos algunos miembros firmes que no se apartaban ni a la derecha ni a la izquierda, como dice la Escritura: «Proseguirá el justo su camino». ¡Ah, lector!, muchas escenas he atravesado, pero todavía vivo por la fe en el Hijo de Dios. Prediqué veintiún sermones, y me hospedé en casa del hermano White, cerca de la iglesia; esto me libró de mucha intemperie al ir a la iglesia y volver de ella. Noté su pereza para salir a los cultos del domingo por la mañana. Mi primer texto fue Apocalipsis 1:10. Dios estuvo verdaderamente con nosotros, porque seguían señales y prodigios, y comenzamos una reunión prolongada, y la quinta noche había catorce almas penitentes en el banco de los ansiosos. Después de una estancia de siete semanas, me sentí libre para dejarlos, y así lo hice, y llegué a Nueva York el 24 de abril. El anciano B. me dio un encargo de predicar para el domingo siguiente por la mañana en la iglesia Bethel. Después de eso pasé a Brooklyn y hablé tres o cuatro veces, pero mi corazón se dolía de ver la gran decadencia que había tenido lugar en los pocos meses pasados. Pero la Conferencia se reunió allí, y tuvieron buena predicación, y la congregación pronto comenzó a crecer. Los hermanos fueron bondadosos conmigo y me dieron encargos de predicar en diferentes lugares. Seguí viajando por los alrededores, y hablé varias veces en Flushing, ocho sermones en Jamaica, tres en Flatbush, tres en Huntingdon South, tres en Glencove, y luego volví otra vez a Brooklyn y me quedé un tiempo con una hermana que siempre fue bondadosa conmigo, por lo cual espero que Dios la recompense, con otros. Había una reunión campestre que comenzaba aquella semana de mi regreso, que había de celebrar el reverendo Boggs cerca de Harvest Straw, y yo, por invitación, fui con ellos; fue un tiempo muy lluvioso, pero tuvimos una gran reunión, y recibí dos encargos de predicar. No nos resfriamos, y los cristianos se regocijaron en las victorias de la cruz, porque creíamos que el Señor nos cobijaría aun en medio de la tormenta.

Teniendo un gran deseo de ir a Massachusetts, pagué mi pasaje hasta Harvest Straw para tomar el barco, pero me llevé un chasco, pues no llegué a tiempo, después de lo cual tuve que pagar a un caballero para que me llevara diez millas y me dejara a salvo a bordo del barco para Albany. Tuve un agradable pasaje de camarote por 1,50 dólares. A mi llegada contraté a una persona para que me llevara a mí y mi equipaje a casa de un amigo, y cuando llegué, como estaban ausentes, no me detuve ni siquiera a desayunar, sino que volví a un barco de Nueva York que paraba en Hudson, para tomar allí el ferrocarril. A mi llegada hallé que los vagones no salían hasta las 4 de la tarde. Entonces me vino a la mente que estaba en Hudson sin haberlo esperado, y que verdaderamente la mano del Señor debía de estar en ello, porque desde hacía algún tiempo quería visitar aquel lugar. Entonces salí en busca de algunos de mi propia gente de color, tratando de averiguar si podría conseguir un lugar donde predicar a mi regreso, porque sentía ansias de llamar a los hijos e hijas caídos de Adán. Cuando estaba a punto de salir en los vagones para Stockbridge, uno de los hermanos de la iglesia fue en mi compañía al campamento. Para las 7 habíamos llegado a salvo y hallamos la reunión próspera, y me sentí encendida para la batalla, como si tuviera que pasar por fuego o por agua. Teníamos una milla que caminar o pagar 25 centavos; después de caminar esa distancia, hallamos la tienda donde se alojaban los amigos de Albany; poco después el anciano lo supo y vino a verme, lo cual pareció aprobar mi venida a su campamento. Sentí un gran grado de libertad, creyendo que estaba en el lugar debido. Después de que varios otros forasteros trabajaran por turno, el anciano me dio otro encargo de predicar el sábado por la noche. Procuré hablar según Dios me dio capacidad, y un hermano cerró la reunión después de mí. El domingo por la mañana a las 10 procuré hablar otra vez a una gran congregación. Llovía muy fuerte, pero prestaron la mejor atención y resistieron la tormenta con toda tranquilidad; me sentí libre, la lengua fue desatada, el labio fue tocado, y el corazón estaba encendido, lo cual parecía obrar conforme a las palabras del texto, en Apocalipsis: «Yo estaba en el espíritu en el día del Señor». El Señor respaldó la palabra, y los fervientes amenes que subieron hicieron resonar los bosques. Estaba presente un caballero metodista blanco que casi se había ahogado con los afanes de este mundo, de los que estaba harto; mientras estaba sentado, Dios, por su misericordia, envió su poder despertador a su corazón, y se regocijó más fuerte que los demás, y me dijo que se alegraba de que el Señor me hubiera enviado, que su mente verdaderamente había estado cargada de los afanes de esta vida; y todo esto mientras Israel gritaba para la batalla. Los impíos se portaron algo groseramente el domingo por la noche, y el anciano dirigió un discurso muy apropiado a los caballeros del estado de Massachusetts, mostrando cómo se invadían nuestros derechos, después de lo cual los caballeros tomaron a su cargo guardar el campamento, y tuvimos buen orden. La clausura fue un tiempo para recordar mucho tiempo, y ese día a las 12 partí para Hudson. Allí prediqué uno o dos sermones, visité a los enfermos, etc., y luego me llevaron a Pittsfield, prediqué un sermón, y luego seguí en diligencia hasta la ciudad de Hudson, donde me quedé un tiempo con una hermana bondadosa y su hija. Asistí a la iglesia el domingo por la mañana y disfruté de un buen sermón predicado por el anciano.

A las 2 de la tarde procuré predicar en la misma iglesia a una congregación llena. El texto, de la epístola universal de Santiago, capítulo 1, versículo 25. Por la noche hablé en la antigua iglesia metodista por primera vez, sobre estas palabras: «Hemos hallado a aquel de quien escribieron Moisés y los profetas, a Jesús de Nazaret, el hijo de José». Mi mente estaba muy ocupada en el tema, recibiendo luz del cielo. Prediqué un sermón en la escuela de Catskill sobre estas palabras: «Os daré potestad de pisar serpientes y escorpiones, y no os dañarán». El Señor estuvo allí de verdad. Después de esto, a petición, hablé en la iglesia metodista de los blancos sobre estas palabras: «No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande remuneración de galardón». El Señor estuvo allí, y ayudó al barro a hablar en su nombre. El lunes por la noche hablé sobre estas palabras de Pablo a los Hebreos: «Si la palabra dicha por los ángeles fue firme», etc., lo cual tuvo el efecto deseado. El sábado partí para Albany, llevando conmigo un buen informe para el anciano de nuestra conexión; después de lo cual le escribimos para que viniera a formar una Sociedad, y lo hizo algún tiempo después. El anciano fue bondadoso y me dio encargos de predicar con frecuencia. Celebró una reunión prolongada, en la cual todos nuestros obreros tuvieron éxito. Prediqué siete sermones en Albany y uno en Troy; después de lo cual me sentí movida a visitar Binghampton, y la hermana Tilghman iba de camino al mismo lugar a visitar a su padre y a su madre, de quienes había estado ausente algún tiempo, predicando el evangelio eterno del reino. Pero nos detuvieron algún tiempo en el canal; con todo, el capitán fue amable y nos trató bien. Después de cinco días de navegación llegamos a salvo, y hallamos bien a nuestros amigos; pero no bien en el Señor.

En cuanto entro en una ciudad puedo sentir el espíritu contra el cual quizá tenga que luchar; pero con el permiso del anciano cumplí encargos de predicar durante una o dos semanas, y luego partí para la reunión trimestral de Montrose. Prediqué cinco sermones, y pasé por muchas cosas que no fueron agradables, pero el deber hace ligero el trabajo. Hablé también a una congregación de blancos. Después de andar cinco o seis millas y volver la misma noche, y de predicar dos sermones en el pueblo, volví otra vez a Binghampton, y tuve la reunión de vigilia de Navidad, porque vi que estaba a punto de omitirse, y sintiéndome interesada, hice la solicitud a los síndicos, pues el anciano estaba ausente, y así obtuve permiso. Fue una tarea para mí, porque la hermana Tilghman estaba enferma; pero el Señor estuvo con nosotros, mientras nos regocijábamos en la luz que había venido al mundo. Gloria a Dios por el don de su Hijo. Por la mañana tres de nosotros asistimos a la iglesia episcopal, y nos unimos a ellos para recibir la Cena del Señor. Por la noche prediqué otra vez, y me sentí celosa por la causa de Dios, que fue, y es siempre, fiel a su promesa: «¡He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo!».

Entonces volvió el anciano y me instó a quedarme, pero vi que mi camino era seguir adelante. Después de predicar una vez más, me ayudaron a seguir camino a Owego, donde hallé que los enemigos eran muchos, opuestos a la predicación de mujeres, o a predicadores de cualquier clase; pero Dios siempre despeja el camino para su pueblo. Mientras se preparaban para tener un baile en vez de venir a oír la predicación, y se jactaban de que invitarían al anciano a venir, Dios puso su pesada mano sobre el hombre que había de tocar el violín para ellos; cayó enfermo en el suelo; pero él estaba resuelto a llevarlo adelante, y mandó llamar a otro hombre, y este se negó, y al fin este hombre semejante a Goliat se alegró de mandar llamar al anciano para que viniera a orar por él. «¡Oh pecador, no puedes medir tus brazos con Jehová! Él es varón de guerra; el Señor es su nombre». En este mismo lugar Dios obró milagros entre ellos. Prediqué el viernes por la noche, y el domingo por la mañana, por la tarde y por la noche, y Dios obró maravillas, convirtiendo a algunos de los más malvados entre ellos.

Después de esto partí para Smithboro; parecía verdaderamente un lugar duro, y mis labores tuvieron poco éxito. Había unos pocos metodistas dispersos que se reunían para adorar y parecían sacar provecho de ello. Después de entregar mi mensaje, partí para Towanda; y allí tuvimos reuniones muy consoladoras. Luego seguí diez millas más allá y prediqué; había ocho personas, una de ellas exhortadora. Nos recibieron con el espíritu del evangelio. Después de cumplir mi deber volví a Towanda, y el miércoles partí para Athens; me quedé dos días, y prediqué dos sermones en la Academia. A la mañana siguiente anduve unas dos millas, pero tuvimos que esperar hasta el martes siguiente, a causa de que la crecida era tan grande. Me hallaba ahora entre extraños, con muy poco dinero; pero, viendo que la señora era cristiana, me atreví a abrirle mi mente, contándole la naturaleza de mi misión. Ella se lo dijo a su marido, quien dijo que solo me cobraría seis chelines. Cosí tres colchas juntas para que ella las acolchara. Entonces me habló de una señora predicadora en la vecindad, a una milla de distancia. Ella me recibió con bondad, y allí encontré también a otra persona que parecía muy conmovida. Después de una oportuna palabra de exhortación, tomé el té con ellos. A los tres días partí otra vez para Towanda, y tuve gran éxito predicando en casas particulares. Había un caballero que parecía no haber pensado en Dios en toda su vida, pero fue detenido por la convicción del Espíritu de Dios, y mandó llamarme para que fuera a orar por él y su familia. De esto mi alma se regocijó mucho, y lo dejé con la promesa de volver, y así lo hice. Él me preguntó de qué manera viajaba y de qué dependía para mi sustento. Le respondí explicándole cómo viajaba, y entonces me ayudó bondadosamente con una donación, y me deseó éxito, pidiéndome que orara por él y su familia antes de dejarlos, y creo que entonces lo vi madurar rápidamente para la dicha eterna.

Entonces me mandaron llamar para que volviera otra vez a Owego, a una distancia de 38 millas, y ellos me pagarían el pasaje hasta Montrose, de camino a Filadelfia. Accedí a la petición y hallé las cosas muy prósperas en verdad. Por la noche tuvimos reuniones de oración, y el Señor siguió derramando su Espíritu sobre la gente, y tuvimos reunión todas las noches. El señor J. H., antes de Columbia, cuya suerte lo había puesto como en tierra extraña, donde había solo unas pocas personas que fueran miembros de la Iglesia M. E.; varios maridos, ajenos a Dios hasta entonces, y sus esposas, siervas del Dios Altísimo, y dos hijas del señor J. H., fueron justificados por la fe; tres se habían unido a la iglesia antes. Se me escogió para hacer un libro de clase, y lo hice, porque quería ver cuántos estaban con nosotros. Los bautistas habían tenido una reunión de ansiosos, después de la cual cinco se unieron a ellos. Yo hice la prueba por invitación especial, y trece se unieron a nosotros. Había predicado el domingo por la mañana y por la noche, y luego tuve reuniones de oración todas las noches de aquella semana, excepto el sábado por la noche; un hombre y su esposa cayeron al suelo y clamaron pidiendo misericordia, y ambos se levantaron en la misma hora firmemente convertidos, dando a Dios la gloria. Prediqué el domingo siguiente por la mañana y luego dirigí la clase, y por la noche otra vez; el texto, Jueces 4:25, 26. Todos se maravillaron de que una mujer tomara un tema tan profundo, pero el Señor ayudó al instrumento de barro, y tuvimos la victoria, porque hubo veintiuna personas que se unieron a raíz de aquel avivamiento, y casi todas mostraron la gracia justificadora. El martes por la noche terminamos, porque yo había de emprender mi viaje al día siguiente, y así lo hice; un hermano pagó mi pasaje. Anduve 28 millas en buena compañía con una señora y un caballero que iban a Nueva York. Ella dijo que sentía separarse; tuvimos una fuerte tormenta de truenos con lluvia, y estaba muy oscuro, pero teníamos un cochero muy cuidadoso, y llegamos a salvo a Montrose y cenamos; entre las 12 y la 1 de la noche tomé la diligencia para Wilkesbarre y llegué allí a las 8 de la mañana siguiente, y allí crucé el Susquehanna; tenía mucha hambre, y como tenía un poco de tiempo, fui a la casa y pedí a la señora un desayuno, y que yo se lo pagaría. Ella dijo que no tenía nada, pero que procuraría darme un buen desayuno y no aceptaría pago, y así lo hizo. Verdaderamente me siento agradecida a Dios porque se ha mostrado una mesa en el desierto. Hacia las 4 de la tarde llegué a salvo y fui recibida con bondad, y prediqué el domingo por la mañana y por la noche. Entre los dos encargos anduve dos millas y prediqué por la tarde. Aquel día el Señor estuvo en la casa con poder. El martes por la noche tuvimos una gloriosa reunión de oración. Viajé toda la noche rodeando la montaña, y algunos iban a pie y parecían estar a un cuarto de milla de distancia. Pero el Señor me guardó sola en la diligencia del correo. Adoro su nombre ahora y lo adoraré para siempre. El predicador encargado llegó al día siguiente de mí, y dedicó sus labores de amor a la gente. El miércoles siguiente se fue y me dejó a cargo de la clase (ocho personas) para que la organizara, y con el permiso del anciano les hablé. Después de descargar mi mente y tomar asiento, el predicador los formó en una clase y nombró un dirigente, que tan solo tres meses antes no estaba convertido; pero, por estar tan interesado en la prosperidad de Sion, parecía digno del nombramiento. Después de esto procuré tener reuniones de oración durante la semana; prediqué dos veces el domingo y ayudé a dirigir la clase, porque el hermano era joven; pero todos eran gente de buena voluntad, y verdaderamente parecía ser el día del poder de Dios entre ellos, y «la paz moraba en nuestra casa».

Al cabo de tres semanas y cuatro días les dejé quince nombres en su libro de clase. Luego anduve una distancia de sesenta millas por un camino duro, entre colinas y montañas (pues no había carretera de peaje ni ferrocarril en esa ruta de Wilksbarre a Easton); en parte del camino había buen trineo. Con la ayuda de la Providencia llegamos a Easton hacia las 8 de la noche. Cené y me alojé en el hotel, donde me atendieron bien; después de lo cual hallé a un pequeño número de amigos de color. Tuvimos una reunión, y «bueno era para nosotros estar allí». Después de esto pasé por New Hope, a treinta y dos millas de Filadelfia, creo; visité a la familia en la que me crié, me detuve y descansé, porque me sentía muy agotada de tanto viajar, invierno y verano. Prediqué dos o tres veces. El hermano J. B. ⸺ estaba celebrando una reunión prolongada. Recobré fuerzas, gracias al Señor, y luego partí para casa, y llegué a la ciudad el último día de marzo de 1842, después de haber estado dos años, menos unos días, viajando casi sin cesar. Hallé a mi hijo, junto con el resto de mis familiares, bastante bien; pero supe de los estragos de la muerte, el asesino implacable, que nunca acepta un no: mi nietecita, una niña verdaderamente prometedora, había sido llevada con los demás. ¡Oh, cuán pronto pueden perecer las delicias!, y mi corazón responde: «Hágase la voluntad del Señor».

Estando muy quebrantada mi salud, no sabía si no sería yo la próxima en ser llamada, pero el Señor me guardó para algún otro propósito, y al recobrarme comencé a viajar otra vez, pensando que es mejor gastarse que oxidarse, y así espero hacerlo hasta que la muerte ponga fin a la lucha, sabiendo que, si pierdo mi vida por causa de Cristo, la hallaré otra vez.

Concluyo ahora pidiendo las oraciones del pueblo de Dios en todas partes, de los que le adoran en su santo temor, que oren por mí, para que siempre procure tener una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres; porque siento tantas ansias como siempre de tocar la trompeta en Sion y dar la alarma en el santo monte de Dios;

Aunque decaigan las fuerzas de la naturaleza,
y la tierra y el infierno resistan,
a la tierra de Canaán avanzaré
por SU divino mandato.

Pero aquí me siento obligada a terminar, porque por la brevedad de este folleto no puedo recorrer todo mi diario, que probablemente formaría un volumen de doscientas páginas; el cual, si el Señor quiere, podrá publicarse algún día. Pero para satisfacción de los que vengan después de mí, cuando yo ya no exista, he dejado escrito cómo el Señor me llamó a su obra, y cómo me ha guardado de caer de la gracia, como yo temía que me sucediera. En todas las cosas se ha mostrado para mí un Dios de verdad; y en su servicio estoy ahora tan resuelta a gastar y ser gastada como al principio. Mi ardor por el progreso de su causa no disminuye ni un ápice, hasta donde puedo juzgar, aunque ahora tengo algo más de cincuenta años.

En cuanto a la naturaleza de las impresiones poco comunes, que el lector no habrá podido dejar de notar, y de las que quizá se habrá burlado a lo largo de estas páginas, pueden explicarse de este modo: se sabe que los ciegos tienen el sentido del oído mucho más agudo que los que ven; también su sentido del tacto es sumamente fino, y se halla que detecta cualquier aspereza en la superficie más lisa, donde los que ven no hallan ninguna. Así puede ser con los que son como yo, que nunca he tenido más de tres meses de escuela; y deseando conocer mucho del camino y de la ley de Dios, he observado por eso más de cerca las operaciones del Espíritu, y en consecuencia he sido guiada por ellas. Pero obsérvese que nunca he hallado que ese Espíritu me guíe en contra de las Escrituras de verdad, según yo las entiendo. «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios». Romanos 8:14.

Ahora solo me queda decir: que la bendición del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo acompañe la lectura de este pobre esfuerzo por hablar bien de su nombre, dondequiera que se lea. AMÉN.

P. D. Ruego que se perdonen los errores y se disculpen todas las imperfecciones, porque he estado privada de las ventajas de la educación (que espero que todos sepan apreciar), pues en buena medida soy una persona que aprendió por sí misma. Espero que el contenido de esta obra sirva para dejar una impresión duradera en la mente de los impenitentes; que resulte un aliento para el alma justificada y un consuelo para la santificada.

Aunque muy combatida, es ciertamente esencial en la vida, como sabiamente observa el señor Wesley. Así termina la Narración de Jarena Lee, la primera mujer predicadora de la Primera Iglesia Metodista Episcopal Africana.

Bethel, en Filadelfia, Pensilvania, Estados Unidos de América.

FIN.

Capítulo 8 completado

El diario, parte V

Página 1 / 1 · 37 min restantes en el capítulo
Anterior