Tratado sobre los afectos religiosos
V. No es señal de que los afectos religiosos sean verdaderamente santos y espirituales, ni de que no lo sean, que vengan acompañados de textos de la Escritura traídos a la mente de manera notable

Capítulo 7 · 8 min de lectura · 10 min de escucha

V. No es señal de que los afectos religiosos sean verdaderamente santos y espirituales, ni de que no lo sean, que vengan acompañados de textos de la Escritura traídos a la mente de manera notable

V. No es señal de que los afectos religiosos sean verdaderamente santos y espirituales, ni de que no lo sean, que vengan acompañados de textos de la Escritura traídos a la mente de manera notable.

No es señal de que los afectos no sean de gracia el que sean ocasionados por pasajes de la Escritura que vienen así a la mente; con tal que sea la Escritura misma, o la verdad que la Escritura así traída contiene y enseña, lo que constituye el fundamento del afecto, y no meramente, o principalmente, la manera súbita e insólita en que viene a la mente.

Pero, por otra parte, tampoco es señal alguna de que los afectos sean de gracia el que surjan con ocasión de pasajes de la Escritura traídos súbita y maravillosamente a la mente, ya sean esos afectos de temor o de esperanza, de gozo o de tristeza, o cualesquiera otros. Algunos parecen considerar esto como una buena prueba de que sus afectos son salvadores, especialmente si los afectos excitados son de esperanza o de gozo, o cualesquiera otros que sean agradables y deleitosos. Lo mencionarán como prueba de que todo está bien, que su experiencia vino con la palabra, y dirán: «Me vinieron a la mente tales y tales dulces promesas: vinieron de repente, como si me fueran dichas a mí; yo no tuve parte en traer ese texto a mi mente; no estaba pensando en nada que llevara a él; vino todo de una vez, de modo que me quedé sorprendido. Hacía mucho tiempo que no había pensado en él; al principio no sabía que fuese Escritura; no recordaba haberlo leído nunca». Y puede que añadan: «Un pasaje de la Escritura venía fluyendo tras otro, y así textos de toda la Biblia, los más dulces y agradables, y los más apropiados y adecuados que pudieran imaginarse; y me llenaron tanto como podía contener: no podía sino quedarme admirado; las lágrimas corrían; estaba lleno de gozo, y ya no podía dudar más». Y así piensan que tienen una prueba indudable de que sus afectos han de proceder de Dios, y ser de la clase debida, y su estado bueno; pero sin fundamento alguno. ¿De dónde sacaron una regla como esta: que si algunos afectos o experiencias surgen con promesas y textos consoladores de la Escritura traídos inexplicablemente a la mente, sin que ellos los recordaran, o si un gran número de textos dulces se suceden unos a otros en cadena, esto es prueba cierta de que sus experiencias son salvadoras? ¿Dónde se halla tal regla en la Biblia, el gran y único directorio seguro en las cosas de esta naturaleza?

Lo que engaña en este asunto a muchas personas de la clase menos entendida y reflexiva parece ser esto: que la Escritura es la palabra de Dios y no tiene nada errado, sino que es pura y perfecta; y que, por tanto, las experiencias que vienen de la Escritura han de ser rectas. Pero entonces debe considerarse que los afectos pueden surgir con ocasión de la Escritura y no proceder propiamente de la Escritura, como fruto genuino de ella y mediante un uso recto de ella, sino de un abuso de ella. Todo lo que puede argüirse de la pureza y perfección de la palabra de Dios respecto de las experiencias es esto: que aquellas experiencias que concuerdan con la palabra de Dios son rectas y no pueden ser de otro modo; y no que hayan de ser rectos aquellos afectos que surgen con ocasión de que la palabra de Dios venga a la mente.

¿Qué prueba hay de que el diablo no pueda traer textos de la Escritura a la mente y aplicarlos mal para engañar a las personas? No parece haber en esto nada que exceda el poder de Satanás. No es obra de un poder tan grande traer sonidos o letras a la mente de las personas como para que tengamos razón alguna para suponer que nada menos que la Omnipotencia puede bastar para ello. Si Satanás tiene poder para traer palabras o sonidos cualesquiera a la mente de las personas, puede tener poder para traer palabras contenidas en la Biblia. No se requiere en los hombres una clase de poder más alta para producir los sonidos que expresan las palabras de un texto de la Escritura que para producir los sonidos que expresan las palabras de un cuento ocioso o de una canción. Y así, el mismo poder en Satanás que basta para renovar en la mente una de esas clases de sonidos basta para renovar la otra: la distinta significación, que depende enteramente de la costumbre, no altera el caso en cuanto a la capacidad de producir o reavivar los sonidos o letras. ¿O supondrá alguno que los textos de la Escritura son cosas tan sagradas que el diablo no se atrevería a abusar de ellos ni a tocarlos? También en esto se equivocan. El que fue lo bastante osado para echar mano de Cristo mismo y llevarlo de acá para allá, al desierto, y a un monte alto, y al pináculo del templo, no teme tocar la Escritura y abusar de ella para su propio fin; como lo mostró en la misma ocasión en que fue tan osado con Cristo, cuando le trajo un pasaje de la Escritura tras otro para engañarle y tentarle. Y si Satanás tuvo la presunción, y se le permitió, de traer a la memoria de Cristo mismo textos de la Escritura para tentarle a él, ¿qué razón tenemos para determinar que no se atreverá, o que no se le permitirá, traer a la memoria de los hombres malvados textos de la Escritura para tentarlos y engañarlos a ellos? Y si Satanás puede así abusar de un texto de la Escritura, así puede abusar de otro. El que sea un pasaje muy excelente de la Escritura, una promesa consoladora y preciosa, no altera el caso en cuanto a su osadía o capacidad. Y si puede traer a la mente un texto consolador, así puede traer mil; y puede escoger los pasajes de la Escritura que más tiendan a servir a su propósito; y puede amontonar promesas de la Escritura que, según la aplicación perversa que hace de ellas, tiendan maravillosamente a disipar las dudas que surgen y a confirmar el falso gozo y la falsa confianza de un pobre pecador engañado.

Sabemos que los instrumentos del diablo, los maestros corruptos y heréticos, pueden torcer la Escritura, y la tuercen, para perdición de sí mismos y de otros, 2 Pedro 3:16. Vemos que tienen libre uso de la Escritura en todas sus partes: no hay texto tan precioso y sagrado que no se les permita abusar de él, para la ruina eterna de multitudes de almas; y no hay armas de las que se valgan con las que hagan mayor estrago. Y no hay razón alguna para determinar que al diablo no se le permite usar así la Escritura, lo mismo que a sus instrumentos. Porque cuando estos lo hacen, lo hacen como instrumentos y siervos suyos, y por instigación e influencia de él; y sin duda él hace lo mismo que instiga a otros a hacer: los siervos del diablo no hacen más que seguir a su amo, y hacer la misma obra que él mismo hace.

Y así como el diablo puede abusar de la Escritura para engañar y destruir a los hombres, también pueden hacerlo la propia necedad y las corrupciones de los hombres. El pecado que hay en los hombres obra como su padre. El propio corazón de los hombres es engañoso como el diablo, y usa los mismos medios para engañar.

De modo que es evidente que cualquier persona puede tener elevados afectos de esperanza y gozo que surjan con ocasión de textos de la Escritura, sí, de preciosas promesas de la Escritura que vienen súbita y notablemente a su mente, como si le fuesen dichas a ella; sí, de una gran multitud de tales textos que se suceden unos a otros de manera maravillosa; y, sin embargo, todo esto no sea argumento de que estos afectos sean divinos, ni de que sean otra cosa que efectos de los engaños de Satanás.

Y quisiera observar además que las personas pueden tener afectos elevados y gozosos que vengan con la palabra de Dios, y no solo eso, sino de la palabra, y que esos afectos no procedan de Satanás, ni tampoco propiamente de las corrupciones de su propio corazón, sino de alguna influencia del Espíritu de Dios con la palabra, y sin embargo no tengan en sí nada de la naturaleza de la religión verdadera y salvadora. Así, los oyentes de terreno pedregoso tuvieron gran gozo por la palabra; sí, un gozo que se representa como nacido de la palabra, como el crecimiento nace de una semilla; y sus afectos tenían, en su apariencia, una semejanza muy grande y exacta con los representados por el crecimiento en la buena tierra, sin que la diferencia apareciera hasta que la descubrieron las consecuencias en un tiempo de prueba; y, sin embargo, no había religión salvadora en estos afectos.1818 El señor Stoddard, en su Guía a Cristo, habla de ello como de cosa común: que las personas, estando en condición natural y antes de haber aceptado jamás verdaderamente a Cristo, tengan promesas de la Escritura que les vienen con gran refrigerio, las cuales toman como señales del amor de Dios, y esperan que Dios las ha aceptado; y así están confiadas en su buen estado. Páginas 8, 9. Impresión del anno 1735.

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