Capítulo 6 · 10 min de lectura · 13 min de escucha
IV. No es señal de que los afectos sean de gracia, ni de que sean de otra clase, que las personas no los hayan producido ellas mismas ni excitado por su propia industria y con sus propias fuerzas
IV. No es señal de que los afectos sean de gracia, ni de que sean de otra clase, que las personas no los hayan producido ellas mismas ni excitado por su propia industria y con sus propias fuerzas.
Hay muchos en estos días que condenan todos los afectos que se excitan de un modo del que sus sujetos no pueden dar razón, por cuanto no parecen ser fruto de ninguno de sus propios esfuerzos, ni la consecuencia natural de las facultades y principios de la naturaleza humana en tales circunstancias y bajo tales medios, sino proceder de la influencia de algún poder extrínseco y sobrenatural sobre su mente. ¡Cuán grandemente ha sido vituperada y ridiculizada por muchos últimamente la doctrina de la experiencia interior, o percepción sensible, del poder y la operación inmediatos del Espíritu de Dios! Dicen que la manera del Espíritu de Dios es cooperar de un modo silencioso, secreto e imperceptible con el uso de los medios y con nuestros propios esfuerzos; de suerte que no hay distinción por el sentido entre las influencias del Espíritu de Dios y las operaciones naturales de las facultades de nuestra propia mente.
Y es verdad que, el que alguien espere recibir las influencias salvadoras del Espíritu de Dios mientras descuida el aprovechamiento diligente de los medios de gracia establecidos, es una presunción irrazonable. Y esperar que el Espíritu de Dios obre salvadoramente en su mente sin que el Espíritu se valga de medios subordinados al efecto es entusiasmo. Es también indudablemente cierto que el Espíritu de Dios es muy variado en la manera y las circunstancias de sus operaciones, y que a veces obra de un modo más secreto y gradual, y desde comienzos más pequeños, que en otras.
Pero si hay en verdad un poder enteramente distinto del nuestro y que lo sobrepasa, y que sobrepasa el poder de todos los medios e instrumentos, y está por encima del poder de la naturaleza, el cual es necesario para la producción de la gracia salvadora en el corazón, conforme a la profesión general del país, entonces ciertamente no es en modo alguno irrazonable suponer que este efecto se produzca muy frecuentemente de tal manera que haga muy manifiesto, patente y sensible que es así. Si la gracia se debe en verdad a la operación poderosa y eficaz de un agente extrínseco, o de una causa eficiente divina fuera de nosotros, ¿por qué ha de ser irrazonable suponer que así les parezca a quienes son sus sujetos? ¿Es cosa extraña que parezca ser como es? Cuando la gracia en el corazón en verdad no es producida por nuestras fuerzas, ni es efecto del poder natural de nuestras propias facultades, ni de medios o instrumentos algunos, sino que es propiamente hechura y producción del Espíritu del Todopoderoso, ¿es cosa extraña e inexplicable que les parezca a quienes son sus sujetos conforme a la verdad, y no enteramente contraria a la verdad; de modo que, si las personas hablan de efectos de los que son conscientes en su propia mente, que no les parecen proceder del poder u operación natural de su mente, sino del poder sobrenatural de algún otro agente, haya de considerarse esto en seguida como prueba segura de que están bajo un engaño, porque las cosas les parecen ser como son? Porque esta es la objeción que se hace: se considera prueba clara de que las aprehensiones y afectos que muchas personas tienen no proceden realmente de tal causa el hecho de que a ellas les parezca que proceden de esa causa; declaran que aquello de que son conscientes les parece evidentemente no proceder de ellas mismas, sino del gran poder del Espíritu de Dios; y otros por eso los condenan, y determinan que lo que experimentan no procede del Espíritu de Dios, sino de ellos mismos o del diablo. Así de irrazonablemente son tratadas hoy multitudes por sus vecinos.
Si es en verdad así, como abundantemente enseña la Escritura, que la gracia en el alma es de tal modo efecto del poder de Dios que se compara con propiedad a aquellos efectos que más lejos están de deberse a fuerza alguna en el sujeto, tales como una generación, o el ser engendrado, y la resurrección, o el ser levantado de los muertos, y la creación, o el ser traído de la nada a la existencia; y que es un efecto en el cual el gran poder de Dios es grandemente glorificado, y se manifiesta la supereminente grandeza de su poder;1212 Efesios 1:17-20. entonces, ¿qué razón puede darse de que el Todopoderoso, en una obra tan grande de su poder, oculte tan cuidadosamente su poder que sus sujetos no puedan discernir nada de él? ¿O qué razón o revelación tiene nadie para determinar que lo hace así? Si podemos juzgar por la Escritura, esto no concuerda con la manera de Dios en sus operaciones y dispensaciones; sino que, por el contrario, es la manera de Dios, en las grandes obras de su poder y misericordia que obra para su pueblo, disponer las cosas de modo que su mano sea visible, y su poder notorio, y la dependencia de los hombres respecto de él sumamente evidente, para que ninguna carne se jacte en su presencia,1313 1 Corintios 1:27, 28, 29. para que solo Dios sea ensalzado,1414 Isaías 2:11-17. y para que la excelencia del poder sea de Dios y no del hombre,1515 2 Corintios 4:7. y para que el poder de Cristo se manifieste en nuestra debilidad,1616 2 Corintios 12:9. y nadie pueda decir: Mi mano me ha salvado.1717 Jueces 7:2. Así fue en la mayor parte de aquellas salvaciones temporales que Dios obró antiguamente para Israel, las cuales fueron tipos de la salvación del pueblo de Dios de sus enemigos espirituales. Así fue en la redención de Israel de su servidumbre en Egipto: los redimió con mano fuerte y brazo extendido; y para que su poder fuese más notorio, permitió que Israel fuese primero llevado a las circunstancias más desvalidas y desamparadas. Así fue en la gran redención por medio de Gedeón: Dios quiso que su ejército se redujera a un puñado, y ellos sin otras armas que trompetas, teas y cántaros de barro. Así fue en la liberación de Israel de Goliat, por medio de un muchacho con una honda y una piedra. Así fue en aquella gran obra de Dios, el llamamiento de los gentiles y la conversión del mundo pagano después de la ascensión de Cristo, después que el mundo no había conocido a Dios mediante la sabiduría, y todos los esfuerzos de los filósofos habían resultado vanos durante muchos siglos para reformar el mundo, y se había hecho abundantemente evidente por todas las cosas que el mundo estaba en total desamparo por cualquier otra cosa que no fuera el gran poder de Dios. Y así fue en la mayor parte de las conversiones de personas particulares de que tenemos relato en la historia del Nuevo Testamento: no fueron obradas de aquella manera silenciosa, secreta, gradual e imperceptible en que ahora se insiste, sino con aquellas pruebas manifiestas de un poder sobrenatural que causaba maravillosa y súbitamente un gran cambio, las cuales en estos días se tienen por señales ciertas de engaño y entusiasmo.
El apóstol, en Efesios 1:18, 19, habla de que Dios ilumina la mente de los cristianos, y así los lleva a creer en Cristo, a fin de que conozcan la supereminente grandeza de su poder para con los que creen. Las palabras son: «Alumbrados los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál sea la esperanza de su vocación, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál aquella supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, por la operación de la potencia de su fortaleza», etc. Ahora bien, cuando el apóstol habla de que ellos eran así sujetos de su poder en su iluminación y llamamiento eficaz, a fin de que conocieran cuál era su gran poder para con los que creen, no puede querer decir otra cosa sino «que lo conocieran por experiencia». Pero si los santos conocen este poder por experiencia, entonces lo sienten y lo disciernen, y son conscientes de él como sensiblemente distinguible de las operaciones naturales de su propia mente; lo cual no concuerda con la noción de que Dios obra tan secreta e imperceptiblemente que no puede saberse que ellos sean en absoluto sujetos de la influencia de ningún poder extrínseco, sino en cuanto puedan deducirlo de las afirmaciones de la Escritura; lo cual es cosa distinta de conocerlo por experiencia.
De modo que es muy irrazonable y contrario a la Escritura determinar que los afectos no proceden de las operaciones de gracia del Espíritu de Dios porque sensiblemente no proceden de las personas mismas que son sus sujetos.
Por otra parte, no es prueba de que los afectos sean de gracia el que no sean propiamente producidos por quienes son sus sujetos, o el que surjan en su mente de un modo del que no pueden dar razón.
Hay algunos que hacen de esto un argumento a su favor; cuando hablan de lo que han experimentado, dicen: «Estoy seguro de que no lo produje yo mismo; no fue fruto de ninguna industria ni esfuerzo mío; vino cuando yo no pensaba en ello; aunque me dieran el mundo entero por ello, no puedo volver a producirlo cuando quiera». Y de ahí determinan que lo que han experimentado ha de proceder de la poderosa influencia del Espíritu de Dios y es de naturaleza salvadora; pero lo hacen con mucha ignorancia y sin fundamento. Aquello de lo que han sido sujetos puede en verdad no proceder directamente de ellos mismos, sino de la operación de un agente invisible, de algún espíritu distinto del suyo; pero no se sigue de ahí que procediera del Espíritu de Dios. Hay otros espíritus que tienen influencia sobre la mente de los hombres, además del Espíritu Santo. Se nos manda no creer a todo espíritu, sino probar los espíritus si son de Dios. Hay muchos espíritus falsos, sumamente activos entre los hombres, que a menudo se transforman en ángeles de luz, y de muchas maneras maravillosas, con gran sutileza y poder, imitan las operaciones del Espíritu de Dios. Y hay muchas operaciones de Satanás que se distinguen muy bien de los ejercicios voluntarios de la propia mente de los hombres. Lo son en aquellas terribles y horrendas sugestiones e inyecciones blasfemas con que persigue a muchas personas, y en los sustos y terrores vanos e infructuosos de que él es autor. Y el poder de Satanás puede ser tan inmediato y tan evidente en los falsos consuelos y gozos como en los terrores y las sugestiones horrendas; y muchas veces lo es de hecho. No está en poder de los hombres ponerse en arrobamientos como aquellos de que han sido sujetos los anabaptistas de Alemania y muchos otros entusiastas delirantes como ellos.
Y además, ha de considerarse que las personas pueden tener en su mente impresiones que no sean producidas por ellas mismas, ni procedan de un espíritu malo, sino del Espíritu de Dios, y que sin embargo no procedan de una influencia salvadora, sino de una influencia común del Espíritu de Dios; y los sujetos de tales impresiones pueden ser del número de aquellos de quienes leemos en Hebreos 6:4, 5, «que una vez son iluminados, y gustan el don celestial, y son hechos partícipes del Espíritu Santo, y gustan la buena palabra de Dios, y los poderes del siglo venidero»; y sin embargo pueden ser enteramente ajenos a aquellas «cosas mejores, que acompañan a la salvación» de que se habla en el versículo 9.
Y donde ni un espíritu bueno ni uno malo tienen parte inmediata, las personas, especialmente las de constitución corporal débil y propensa a los vapores, y de cerebro débil y fácilmente susceptible de impresiones, pueden tener aprehensiones e imaginaciones extrañas, acompañadas de fuertes afectos, que surgen inexplicablemente y que no son producidas voluntariamente por ellas mismas. Vemos que tales personas están expuestas a tales impresiones acerca de cosas temporales; y hay igual razón para que las tengan acerca de cosas espirituales. Así como una persona dormida tiene sueños de los cuales no es autora voluntaria, así pueden tales personas, de igual manera, ser sujetos de impresiones involuntarias cuando están despiertas.
Capítulo 6 completado
IV. No es señal de que los afectos sean de gracia, ni de que sean de otra clase, que las personas no los hayan producido ellas mismas ni excitado por su propia industria y con sus propias fuerzas