Capítulo 23 · 16 min de lectura · 20 min de escucha
IX. Los afectos de gracia ablandan el corazón, y van acompañados y seguidos de una ternura de espíritu cristiana
IX. Los afectos de gracia ablandan el corazón, y van acompañados y seguidos de una ternura de espíritu cristiana.
Los afectos falsos, por mucho que las personas parezcan enternecerse con ellos mientras son nuevos, tienden sin embargo, a la postre, a endurecer el corazón. Puede quedar establecida una disposición a cierta clase de pasiones, como las que implican la búsqueda de uno mismo, la exaltación propia y la oposición a los demás. Pero los afectos falsos, con el engaño que los acompaña, tienden finalmente a embotar la mente y a cerrarla a aquellos afectos en que consiste la ternura de corazón; y su efecto final es que las personas, en la disposición asentada de su ánimo, llegan a estar menos afectadas por sus pecados presentes y pasados, y a ser menos escrupulosas de conciencia respecto a los pecados futuros, menos conmovidas por las advertencias y amonestaciones de la palabra de Dios, o por los castigos de Dios en su providencia, más descuidadas del estado de su corazón y del modo y la tendencia de su conducta, menos perspicaces para discernir lo que es pecaminoso, menos temerosas de la apariencia del mal, de lo que eran cuando se hallaban bajo despertares legales y temores del infierno. Ahora que han sido objeto de tales y cuales impresiones y afectos, y tienen un alto concepto de sí mismas y consideran segura su condición, pueden vivir mucho más tranquilas que antes en el descuido de los deberes que les resultan molestos e incómodos; son mucho más lentas y parciales en cumplir los mandamientos difíciles; no se alarman, ni con mucho, tanto como antes ante la aparición de sus propios defectos y transgresiones; se atreven a ser más indulgentes consigo mismas en cuanto al esfuerzo, al cuidado penoso y a la exactitud de su andar, y ceden más fácilmente a las tentaciones y a las solicitaciones de sus concupiscencias; y tienen mucho menos cuidado de su conducta cuando entran en la santa presencia de Dios, en el tiempo del culto público o privado. Antes, quizá, bajo convicciones legales, se esforzaban mucho en la religión y se negaban a sí mismas en muchas cosas; pero ahora que se creen fuera del peligro del infierno, se quitan en gran medida la carga de la cruz, se ahorran la molestia de los deberes difíciles y se permiten más el disfrute de su comodidad y de sus concupiscencias.
Tales personas, en lugar de abrazar a Cristo como su Salvador del pecado, confían en él como el Salvador de sus pecados; en lugar de huir a él como su refugio frente a sus enemigos espirituales, se sirven de él como defensa de sus enemigos espirituales frente a Dios, y para fortalecerlos contra él. Hacen de Cristo ministro de pecado, y gran oficial y lugarteniente del diablo, para fortalecer la causa de este y hacerlo, por encima de todas las cosas del mundo, fuerte contra el Señor; de modo que puedan pecar contra él con buen ánimo y sin temor alguno, eficazmente a salvo de las restricciones de sus más solemnes advertencias y de sus más terribles amenazas. Confían en Cristo para que les conserve el disfrute tranquilo de sus pecados y sea su escudo para defenderlos del desagrado de Dios; mientras se acercan a él, hasta su mismo seno, el lugar de sus hijos, para pelear contra él con sus armas mortales escondidas bajo sus faldas.6767 «Estos son hipócritas que creen, pero fallan en cuanto al uso del evangelio y del Señor Jesús. Y de estos leemos en Judas 3, a saber, de algunos hombres que convertían la gracia en libertinaje. Porque en esto se manifiesta la extrema maldad del corazón del hombre: que no solo la ley, sino también el glorioso evangelio del Señor Jesús, obra en él toda clase de injusticia. Y es demasiado común que los hombres, en la primera obra de la conversión, ¡oh, entonces clamen por gracia y por Cristo, y después se vuelvan licenciosos, vivan y permanezcan en la transgresión de la ley, y tomen del evangelio la licencia para su conducta!» Shepard, La parábola de las diez vírgenes, parte I, p. 126. Sin embargo, algunos de estos hacen al mismo tiempo gran profesión de amor a Dios y de seguridad de su favor, y de gran gozo al gustar la dulzura de su amor.
De esta manera confiaban en Cristo aquellos de quienes habla el apóstol Judas, que se infiltraron sin ser notados entre los santos, pero eran en realidad hombres impíos, que convertían la gracia de Dios en lascivia, Judas 4. Estos son los que confían en que son justos; y porque Dios ha prometido que el justo de cierto vivirá, o ciertamente será salvo, se atreven por eso a cometer iniquidad; a ellos amenaza Dios en Ezequiel 33:13: «Cuando yo dijere al justo: De cierto vivirá, y él, confiado en su justicia, hiciere iniquidad, todas sus justicias no vendrán en memoria, sino que morirá por su iniquidad que hizo.»
Los afectos de gracia tienen una tendencia del todo contraria: convierten cada vez más el corazón de piedra en corazón de carne. Un amor y una esperanza santos son principios incomparablemente más eficaces sobre el corazón para hacerlo tierno, para llenarlo de horror al pecado o a cualquier cosa que pudiera desagradar y ofender a Dios, y para comprometerlo a la vigilancia, el cuidado y el rigor, que un temor servil del infierno. Los afectos de gracia, como se observó antes, brotan de un corazón contrito, o (como significa la palabra) de un corazón molido, molido y quebrantado por la tristeza según Dios; lo cual hace tierno el corazón, como la carne magullada es tierna y se lastima fácilmente. La tristeza según Dios tiene mucha mayor influencia para hacer tierno el corazón que la mera tristeza legal nacida de principios egoístas.
La ternura del corazón de un verdadero cristiano la expresa elegantemente nuestro Salvador al compararlo con un niño pequeño. La carne de un niño pequeño es muy tierna; así lo es el corazón del que ha nacido de nuevo. Esto se representa en lo que se nos dice de la curación de la lepra de Naamán al lavarse en el Jordán, que fue sin duda figura de la renovación del alma por el lavamiento de la regeneración. Se nos dice en 2 Reyes 5:14: «Que descendió, y se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño.» No solo es tierna la carne de un niño pequeño, sino también su mente. Un niño pequeño tiene el corazón fácil de mover, de influir y de doblegar: así es el cristiano en las cosas espirituales. Un niño pequeño es propenso a conmoverse por compasión, a llorar con los que lloran, y apenas soporta ver a otros en aflicción: así ocurre con el cristiano, Juan 11:35, Romanos 12:15, 1 Corintios 12:26. Un niño pequeño se gana fácilmente con bondad: así también el cristiano. Un niño pequeño se aflige fácilmente ante los males temporales, se le enternece el corazón y rompe a llorar: así de tierno es el corazón del cristiano respecto al mal del pecado. Un niño pequeño se asusta fácilmente ante la aparición de males externos, o de cualquier cosa que amenace con dañarle: así el cristiano es propenso a alarmarse ante la aparición del mal moral y de cualquier cosa que amenace con dañar el alma. Un niño pequeño, cuando se encuentra con enemigos o con fieras, no suele confiar en su propia fuerza, sino que huye a sus padres en busca de refugio: así el santo no confía en sí mismo al enfrentarse a los enemigos espirituales, sino que huye a Cristo. Un niño pequeño es propenso a sospechar el mal en lugares de peligro, a tener miedo en la oscuridad, miedo cuando se le deja solo o lejos de casa: así el santo es propenso a ser consciente de sus peligros espirituales, a recelar de sí mismo, a llenarse de temor cuando no ve claro su camino delante de él, y a temer quedarse solo y estar lejos de Dios: Proverbios 28:14: «Bienaventurado el hombre que siempre teme; mas el que endurece su corazón caerá en mal.» Un niño pequeño suele tener miedo de sus superiores, temer su enojo y temblar ante su ceño y sus amenazas: así es el verdadero santo respecto a Dios: Salmo 119:120: «Mi carne se ha estremecido por temor de ti, y de tus juicios tengo miedo.» Isaías 66:2: «A este miraré, a aquel que es pobre y que tiembla a mi palabra.» Versículo 5: «Oíd palabra del Señor, vosotros los que tembláis a su palabra.» Esdras 9:4: «Y se juntaron a mí todos los que temían las palabras del Dios de Israel.» Capítulo 10:3: «Según el consejo del Señor, y de los que temen el mandamiento de nuestro Dios.» Un niño pequeño se acerca a sus superiores con respeto reverente: así se acercan los santos a Dios con santo temor y reverencia: Job 13:11: «¿No os espantará su alteza? ¿Y no caerá su pavor sobre vosotros?» El santo temor es hasta tal punto la naturaleza misma de la verdadera piedad, que en las Escrituras no se la llama con ningún otro nombre más a menudo que con el de temor de Dios.
De ahí que los afectos de gracia no tiendan a hacer a los hombres atrevidos, presuntuosos, ruidosos y alborotadores, sino más bien a que hablen con temblor: Oseas 13:1: «Cuando Efraín hablaba con temblor, fue exaltado en Israel; mas pecó en Baal, y murió»; y a revestirlos de una especie de santo temor en toda su conducta hacia Dios y hacia los hombres, conforme a Salmo 2:11, 1 Pedro 3:15, 2 Corintios 7:15, Efesios 6:5, 1 Pedro 3:2, Romanos 11:20.
Pero aquí alguno podrá objetar y decir: ¿no existe una santa osadía en la oración y en los deberes del culto divino? Respondo que sin duda existe; y se halla principalmente en los santos eminentes, personas de gran fe y gran amor. Pero esta santa osadía no se opone en lo más mínimo a la reverencia, aunque sí a la desunión y al servilismo. Suprime o disminuye la disposición que nace de la distancia moral o del alejamiento, y también de la distancia de relación, como la de un esclavo; pero en absoluto la que corresponde a la distancia natural, por la cual somos infinitamente inferiores. Ninguna osadía en pobres y pecadores gusanos del polvo, que tienen una visión recta de Dios y de sí mismos, los impulsará a acercarse a Dios con menos temor y reverencia que los ángeles inmaculados y gloriosos del cielo, que cubren sus rostros ante su trono, Isaías 6, al principio. Rebeca (quien en su matrimonio con Isaac, en casi todas sus circunstancias, fue manifiestamente una gran figura de la iglesia, la esposa de Cristo), cuando sale al encuentro de Isaac, baja de su camello, toma un velo y se cubre; aunque se la traía a él como su novia, para estar con él en la relación más cercana y la unión más íntima con que los seres humanos se unen jamás unos a otros.6868 El Dr. Ames, en sus Casos de conciencia, libro III, cap. IV, habla de una santa modestia en el culto a Dios como una señal de verdadera humildad. Elías, aquel gran profeta, que tenía tanta santa familiaridad con Dios, en un momento de especial cercanía a Dios, cuando conversaba con él en el monte, cubrió su rostro con su manto. Y no fue porque estuviera aterrado por algún temor servil a causa del viento terrible, el terremoto y el fuego; sino después de que todo eso hubo pasado, y Dios le habló como a un amigo, en un silbo apacible y delicado: 1 Reyes 19:12, 13: «Y tras el fuego, un silbo apacible y delicado. Y cuando lo oyó Elías, cubrió su rostro con su manto.» Y Moisés, con quien Dios hablaba cara a cara, como habla un hombre con su amigo, y que se distinguió de todos los profetas por la familiaridad con Dios a la que fue admitido, en el momento en que fue acercado más que nunca, cuando Dios le mostró su gloria en aquel mismo monte donde después habló a Elías: «Se apresuró, bajó la cabeza hacia el suelo y adoró», Éxodo 34:8. Hay en algunas personas una osadía sumamente impropia e insufrible en su trato con el gran Señor, en una afectación de santa osadía y una ostentación de eminente cercanía y familiaridad; cuyo solo pensamiento las haría encogerse hasta la nada, con horror y confusión, si vieran la distancia que hay entre Dios y ellas. Son como el fariseo, que se acercó con osadía, confiado en su propia eminencia en santidad. En cambio, si vieran su vileza, se parecerían más al publicano, que «estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador.» A criaturas tan pecadoras como nosotros les corresponde acercarse a un Dios santo (aunque con fe y sin terror) con contrición, y con vergüenza penitente y confusión de rostro. Está predicho que tal sería la disposición de la iglesia en el tiempo de sus más altos privilegios en la tierra, en su postrer día de gloria, cuando Dios la consolara de manera notable revelándole su misericordia del pacto, Ezequiel 16:60 hasta el final: «estableceré contigo un pacto eterno. Entonces te acordarás de tus caminos y te avergonzarás.—Y confirmaré mi pacto contigo, y sabrás que yo soy el Señor; para que te acuerdes y te avergüences, y nunca más abras la boca a causa de tu vergüenza, cuando me aplaque para contigo de todo lo que hiciste, dice el Señor Dios.» La mujer de quien leemos en el capítulo 7 de Lucas, que era una santa eminente y tenía mucho de aquel verdadero amor que echa fuera el temor, según el propio testimonio de Cristo, versículo 47, se acercó a Cristo de manera amable y aceptable cuando vino con aquella humilde modestia, reverencia y vergüenza, cuando se quedó a sus pies, llorando detrás de él, como quien no es digna de presentarse ante su rostro, y le lavó los pies con sus lágrimas.
Una de las razones por las que los afectos de gracia van acompañados de esta ternura de espíritu de la que se ha hablado es que la verdadera gracia tiende a promover las convicciones de conciencia. Las personas suelen tener convicciones de conciencia antes de tener gracia alguna; y si después se convierten verdaderamente y tienen verdadero arrepentimiento, y gozo y paz en el creer, esto tiende a poner fin a los errores, pero no tiende en absoluto a poner fin a las convicciones de pecado, sino a aumentarlas. No adormece la conciencia del hombre, sino que la hace más sensible, más capaz de discernir con facilidad y a fondo la pecaminosidad de lo que es pecaminoso, y de recibir una convicción mayor de la naturaleza atroz y terrible del pecado, susceptible de un sentido más vivo y profundo de él, y más convencida de su propia pecaminosidad y de la maldad de su corazón; y, en consecuencia, tiende a hacerle más receloso de su corazón. La gracia tiende a dar al alma una convicción más plena y mejor de las mismas cosas acerca del pecado de las que fue convencida bajo una obra legal del Espíritu de Dios, a saber: su gran contrariedad a la voluntad, a la ley y a la honra de Dios, la grandeza del odio de Dios hacia él y de su desagrado contra él, y el terrible castigo al que expone y que merece. Y no solo eso, sino que convence al alma de algo más acerca del pecado, de lo que nada vio mientras estaba solo bajo convicciones legales; y esto es la naturaleza infinitamente aborrecible del pecado, y lo terrible que es por esa razón. Y esto hace tierno el corazón respecto al pecado, como el corazón de David, que le golpeó cuando hubo cortado la orla del manto de Saúl. El corazón de un verdadero penitente es como el niño quemado que teme el fuego. En cambio, el que ha tenido un arrepentimiento falsificado, y falsos consuelos y gozos, es como el hierro que ha sido calentado y enfriado de golpe: se vuelve mucho más duro que antes. Una conversión falsa pone fin a las convicciones de conciencia; y así quita, o disminuye mucho, aquella escrupulosidad de conciencia que se manifestaba bajo una obra de la ley.
Todos los afectos de gracia tienden a promover esta ternura cristiana de corazón de la que se ha hablado; no solo la tristeza según Dios, sino también el gozo de gracia: Salmo 2:11: «Servid al Señor con temor, y alegraos con temblor.» Y también la esperanza de gracia: Salmo 33:18: «He aquí, el ojo del Señor está sobre los que le temen, sobre los que esperan en su misericordia.» Y Salmo 147:11: «Se complace el Señor en los que le temen, en los que esperan en su misericordia.» Más aún, la esperanza más confiada y segura, si es verdaderamente de gracia, tiene esta tendencia. Cuanto más se eleva una esperanza santa, más hay de esta ternura cristiana. El destierro del temor servil, por medio de una santa seguridad, va acompañado de un aumento proporcional del temor reverente. La disminución del temor a los frutos del desagrado de Dios en el castigo futuro va acompañada de un aumento proporcional del temor a su desagrado mismo; la disminución del temor al infierno, de un aumento del temor al pecado. El desvanecimiento de los recelos acerca del estado de la persona va acompañado de un aumento proporcional de los recelos acerca de su corazón, desconfiando de su fuerza, sabiduría, estabilidad, fidelidad, etc. Cuanto menos propenso es a temer el mal natural, teniendo su corazón firme, confiado en Dios, y por tanto sin temor de malas noticias, tanto más propenso es a alarmarse ante la aparición del mal moral, o el mal del pecado. Cuanta más santa osadía tiene, tanto menos tiene de confianza en sí mismo y de osadía presuntuosa y atrevida, y tanta más modestia. Cuanto más seguro está, más que otros, de ser librado del infierno, tanto más sentido tiene de merecerlo. Es menos propenso que otros a vacilar en la fe, pero más propenso que otros a conmoverse con las advertencias solemnes, con el ceño de Dios y con las calamidades ajenas. Tiene el consuelo más firme, pero el corazón más blando: es más rico que otros, pero el más pobre de todos en espíritu; el santo más alto y más fuerte, pero el niño más pequeño y más tierno de todos.
Capítulo 23 completado
IX. Los afectos de gracia ablandan el corazón, y van acompañados y seguidos de una ternura de espíritu cristiana