Tratado sobre los afectos religiosos
VII. Otra cosa en que los afectos de gracia se distinguen de los demás es que van acompañados de un cambio de naturaleza

Capítulo 21 · 12 min de lectura · 15 min de escucha

VII. Otra cosa en que los afectos de gracia se distinguen de los demás es que van acompañados de un cambio de naturaleza

VII. Otra cosa en que los afectos de gracia se distinguen de los demás es que van acompañados de un cambio de naturaleza.

Todos los afectos de gracia nacen de un entendimiento espiritual, en el cual se le descubren al alma la excelencia y la gloria de las cosas divinas, como se mostró antes. Pero todos los descubrimientos espirituales son transformadores; y no solo producen una alteración en el ejercicio, la sensación y la disposición presentes del alma, sino que tienen tal poder y eficacia que producen una alteración en la naturaleza misma del alma: 2 Corintios 3:18: «Mas nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor». Un poder como este es propiamente poder divino, y es propio del Espíritu del Señor: otro poder puede producir una alteración en las disposiciones y sentimientos presentes de los hombres, pero solo el poder de un Creador puede cambiar la naturaleza o dar una naturaleza nueva. Y ningún descubrimiento ni iluminación, salvo los que son divinos y sobrenaturales, tendrá este efecto sobrenatural. Pero este efecto lo tienen todos los descubrimientos que son verdaderamente divinos. El alma queda profundamente afectada por estos descubrimientos, y afectada de tal modo que es transformada.

Así sucede con los afectos de los que el alma es sujeto en su conversión. Las representaciones que la Escritura hace de la conversión implican y significan con fuerza un cambio de naturaleza: tales como «nacer de nuevo; llegar a ser nuevas criaturas; resucitar de entre los muertos; ser renovados en el espíritu de la mente; morir al pecado y vivir a la justicia; despojarse del viejo hombre y vestirse del nuevo hombre; ser injertados en un tronco nuevo; tener una simiente divina implantada en el corazón; ser hechos participantes de la naturaleza divina», etc.

Por tanto, si no hay un cambio grande, notable y permanente en las personas que creen haber experimentado una obra de conversión, vanas son todas sus imaginaciones y pretensiones, por mucho que hayan sido afectadas.6363 «Yo no juzgaría que toda el alma viene a Cristo tanto por las angustias repentinas como por la inclinación interior. Porque toda el alma, en expresiones y acciones llenas de afecto, puede ser llevada hacia Cristo; pero si carece de esta inclinación y de este cambio de afectos, no es sana». La parábola de las diez vírgenes, de Shepard, parte I, p. 203. La conversión es un cambio grande y universal del hombre, que lo vuelve del pecado a Dios. Un hombre puede ser refrenado del pecado antes de convertirse; pero cuando se convierte, no solo es refrenado del pecado, sino que su mismo corazón y su misma naturaleza se apartan de él y se vuelven a la santidad, de modo que desde entonces llega a ser una persona santa y enemiga del pecado. Si, pues, después de los elevados afectos de una persona en su supuesta primera conversión, en poco tiempo se llega a que no hay en ella ninguna alteración muy perceptible ni notable en cuanto a aquellas malas cualidades y malos hábitos que antes se veían en ella, y ordinariamente está bajo el dominio de la misma clase de disposiciones que solía tener, y lo mismo parece pertenecer a su carácter; si se muestra tan egoísta, tan carnal, tan torpe y perversa, tan poco cristiana y desagradable como siempre, esto es una evidencia mayor en su contra que la que a su favor sería el más brillante relato de experiencias que jamás se haya contado. Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión, ni una profesión elevada ni una humilde, ni un relato hermoso ni uno entrecortado valen nada, sino la nueva criatura.

Si se ve en una persona una alteración muy grande durante algún tiempo, pero no es permanente, sino que después vuelve, de manera habitual, a ser en gran medida lo que solía ser, parece que no hubo un cambio de naturaleza, porque la naturaleza es algo permanente. Un cerdo, que es de naturaleza inmunda, puede ser lavado, pero la naturaleza porcina permanece; y una paloma, que es de naturaleza limpia, puede ser ensuciada, pero su naturaleza limpia permanece.6464 «Sucede con el alma lo que con el agua: todo el frío puede haberse ido, pero el principio nativo del frío permanece aún. Puedes quitar el ardor de las concupiscencias, no la negrura de la naturaleza. Allí donde reside el poder del pecado, el cambio de la conciencia de la seguridad al terror, el cambio de la vida de la profanidad a la urbanidad y a las modas del mundo para escapar de sus contaminaciones, el cambio de concupiscencias, pueden apagarlas por un tiempo; pero la naturaleza nunca se cambia en el mejor hipócrita que haya existido jamás». La parábola de las diez vírgenes, de Shepard, parte I, p. 194.

Es cierto que hay que tener en cuenta el temperamento natural; la conversión no desarraiga por completo el temperamento natural; aquellos pecados a los que un hombre, por su constitución natural, estaba más inclinado antes de su conversión, puede seguir siendo más propenso a caer en ellos. Pero aun así la conversión producirá una gran alteración incluso respecto a esos pecados. Aunque la gracia, mientras es imperfecta, no desarraiga un mal temperamento natural, tiene sin embargo gran poder y eficacia respecto a él para corregirlo. El cambio que se obra en la conversión es un cambio universal; la gracia cambia al hombre con respecto a todo lo que hay de pecaminoso en él; el viejo hombre es despojado y el nuevo hombre vestido; es santificado por completo; y el hombre llega a ser una nueva criatura: las cosas viejas pasaron, y todas son hechas nuevas; todo pecado es mortificado, tanto los pecados de la constitución como los demás. Si un hombre, antes de su conversión, estaba por su constitución natural especialmente inclinado a la lascivia, o a la embriaguez, o a la malicia, la gracia que convierte producirá en él una gran alteración con respecto a estas malas disposiciones; de modo que, por mucho que siga estando más en peligro de caer en estos pecados, ya no se enseñorearán de él, ni serán ya propiamente su carácter. Más aún, el verdadero arrepentimiento, en algunos aspectos, vuelve especialmente al hombre contra su propia iniquidad, aquella en la que ha sido más culpable y con la que más ha deshonrado a Dios. El que abandona otros pecados pero guarda su pecado principal, la iniquidad a la que está más inclinado, es como Saúl cuando fue enviado contra los enemigos de Dios, los amalecitas, con la orden estricta de no dejar con vida a ninguno, sino de destruirlos por completo, pequeños y grandes; él destruyó por completo al pueblo inferior, pero guardó con vida al rey, el principal de todos.

Algunos, neciamente, presentan como argumento a favor de sus descubrimientos y afectos el hecho de que, cuando estos se van, quedan del todo sin vida ni sentimiento alguno, sin nada más de lo que tenían antes. Piensan que es una evidencia de que lo que experimentaron fue enteramente de Dios y no de ellos mismos, porque (dicen) cuando Dios se ha ido, todo se ha ido; no pueden ver ni sentir nada, y no son mejores de lo que solían ser.

Es muy cierto que toda la gracia y la bondad que hay en el corazón de los santos procede enteramente de Dios, y que ellos dependen de él universal e inmediatamente para ello. Pero aun así estas personas se equivocan en cuanto al modo en que Dios se comunica a sí mismo y comunica su Espíritu Santo al impartir la gracia salvadora al alma. Él da su Espíritu para que se una a las facultades del alma y more allí a la manera de un principio de naturaleza; de modo que el alma, al ser dotada de gracia, es dotada de una nueva naturaleza; y la naturaleza es algo permanente. Todos los ejercicios de la gracia proceden enteramente de Cristo; pero esos ejercicios no proceden de Cristo como si él fuera algo vivo que mueve y agita algo que no tiene vida y permanece sin vida, sino como quien le comunica vida, de manera que, por el poder de Cristo, tenga en sí mismo una naturaleza vital inherente. En el alma donde Cristo está de manera salvadora, allí vive él. No vive solo fuera de ella, de modo que la mueva violentamente, sino que vive en ella, de modo que también ella está viva. La gracia en el alma procede de Cristo tanto como la luz de un espejo, puesto bajo los rayos del sol, procede del sol. Pero esto representa solo en parte el modo en que la gracia se comunica al alma; porque el espejo permanece como estaba, sin que su naturaleza cambie en absoluto, y es en su naturaleza tan carente de luminosidad como siempre. Pero el alma de un santo recibe luz del Sol de justicia de tal manera que su naturaleza es cambiada, y llega a ser propiamente una cosa luminosa; no solo brilla el sol en los santos, sino que también ellos se vuelven pequeños soles, participando de la naturaleza de la fuente de su luz. En este aspecto, el modo en que reciben la luz se parece más al de las lámparas del tabernáculo que al de un espejo que refleja; pues aquellas, aunque fueron encendidas con fuego del cielo, se convirtieron por ello en cosas que ardían y alumbraban por sí mismas. Los santos no solo beben del agua de vida que fluye de la fuente original, sino que esta agua se convierte en ellos en una fuente de agua que brota allí y fluye de ellos, Juan 4:14 y cap. 7:38–39. La gracia se compara con una semilla implantada, que no solo está en la tierra, sino que se ha asido de ella, ha echado raíz allí y crece allí, y es allí un principio permanente de vida y de naturaleza.

Como sucede con los descubrimientos y afectos espirituales dados en la primera conversión, así sucede con todas las iluminaciones y afectos de esa clase de los que las personas son sujetos después: todos son transformadores. Hay en ellos un poder y una energía divinos semejantes a los de los primeros descubrimientos; y siguen alcanzando el fondo del corazón, y afectan y alteran la naturaleza misma del alma, en proporción al grado en que son dados. Y por ellos la transformación de la naturaleza se continúa y se lleva adelante hasta el fin de la vida, hasta que es llevada a la perfección en la gloria. De ahí que el progreso de la obra de la gracia en el corazón de los santos se represente en la Escritura como una conversión y renovación continuas de la naturaleza. Así, el apóstol exhorta a los que estaban en Roma, «amados de Dios, llamados a ser santos», y que eran objeto de las misericordias redentoras de Dios, «a transformarse por la renovación de su entendimiento»: Romanos 12:1–2: «os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo; y no os conforméis a este siglo, sino transformaos por la renovación de vuestro entendimiento»; compárese con el cap. 1:7. Así también el apóstol, escribiendo a los «santos y fieles en Cristo Jesús» que estaban en Éfeso (Efesios 1:1), y que en otro tiempo estaban muertos en delitos y pecados, pero ahora habían sido vivificados y resucitados, y hechos sentar juntamente en los lugares celestiales en Cristo, y creados en Cristo Jesús para buenas obras; que en otro tiempo estaban lejos, pero ahora habían sido hechos cercanos por la sangre de Cristo; que ya no eran extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, y que eran juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu; digo que el apóstol, escribiendo a estos, les dice «que no cesaba de orar por ellos, para que Dios les diese espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Cristo; alumbrados los ojos de su entendimiento, para que supiesen, o experimentasen, cuál era la supereminente grandeza del poder de Dios para con los que creen, según la operación de la potencia de su fortaleza, la cual obró en Cristo, resucitándolo de los muertos y sentándolo a su diestra en los lugares celestiales», Efesios 1:16 hasta el final. En esto el apóstol se refiere al glorioso poder y obra de Dios al convertir y renovar el alma, como resulta clarísimo por lo que sigue. Así, el apóstol exhorta a las mismas personas «a despojarse del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos; y a renovarse en el espíritu de su mente; y a vestirse del nuevo hombre, el cual, según Dios, es creado en la justicia y santidad de la verdad», Efesios 4:22, 23, 24.

Hay una clase de afectos elevados que algunos tienen de vez en cuando y que los dejan sin apariencia alguna de un efecto permanente. Se desvanecen de repente, de modo que, desde la cumbre misma de su emoción y de su aparente arrobamiento, pasan de golpe a quedar completamente muertos y vacíos de todo sentimiento y actividad. Ciertamente no suele suceder así con los afectos de gracia elevados;6565 «¿Piensas que el Espíritu Santo viene sobre un hombre como sobre Balaam, por una acción inmediata, y luego lo deja, y entonces no le queda nada?». La parábola de las diez vírgenes, de Shepard, parte I, p. 126. estos dejan en el corazón un dulce sabor y un gusto por las cosas divinas, y una inclinación más fuerte del alma hacia Dios y la santidad. Así como el rostro de Moisés no solo resplandecía mientras estaba en el monte, conversando de manera extraordinaria con Dios, sino que siguió resplandeciendo después de bajar del monte. Cuando los hombres han estado conversando con Cristo de manera extraordinaria, queda en ellos un efecto perceptible; hay algo notable en su disposición y en su ánimo, y si lo advertimos y lo rastreamos hasta su causa, hallaremos que es porque han estado con Jesús, Hechos 4:13.

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