Tratado sobre los afectos religiosos
VI. Los afectos de gracia van acompañados de humillación evangélica

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VI. Los afectos de gracia van acompañados de humillación evangélica

VI. Los afectos de gracia van acompañados de humillación evangélica. La humillación evangélica es el sentido que un cristiano tiene de su propia absoluta insuficiencia, vileza y odiosidad, con una disposición de corazón que le corresponde.

Hay que hacer una distinción entre una humillación legal y una humillación evangélica. La primera es algo que los hombres pueden experimentar mientras están todavía en estado de naturaleza y no tienen afectos de gracia; la segunda es propia de los verdaderos santos: la primera proviene de la influencia común del Espíritu de Dios, que asiste a los principios naturales, y especialmente a la conciencia natural; la segunda proviene de las influencias especiales del Espíritu de Dios, que implanta y pone en ejercicio principios sobrenaturales y divinos: la primera proviene de que la mente es asistida para tener un sentido mayor de las cosas de la religión en cuanto a sus propiedades y cualidades naturales, y en particular de las perfecciones naturales de Dios, tales como su grandeza, su terrible majestad, etc., que se manifestaron a la congregación de Israel al dar la ley en el monte Sinaí; la segunda proviene de un sentido de la trascendente belleza de las cosas divinas en sus cualidades morales: en la primera, un sentido de la imponente grandeza y de las perfecciones naturales de Dios, y del rigor de su ley, convence a los hombres de que son extremadamente pecadores y culpables, y están expuestos a la ira de Dios, como convencerá a los impíos y a los demonios en el día del juicio; pero no ven su propia odiosidad a causa del pecado; no ven la naturaleza aborrecible del pecado; el sentido de esto se da en la humillación evangélica, mediante el descubrimiento de la belleza de la santidad y la perfección moral de Dios. En una humillación legal, los hombres llegan a sentir que son pequeños y nada delante del Dios grande y terrible, y que están perdidos y enteramente incapaces de ayudarse a sí mismos, como lo estarán los impíos en el día del juicio; pero no tienen una disposición de corazón que corresponda a ello, la cual consiste en una inclinación a rebajarse a sí mismos y exaltar solo a Dios; esta disposición se da únicamente en la humillación evangélica, al vencer el corazón y cambiar su inclinación mediante el descubrimiento de la santa belleza de Dios: en una humillación legal, la conciencia queda convencida, como lo quedarán de la manera más perfecta las conciencias de todos en el día del juicio; pero como no hay entendimiento espiritual, la voluntad no se doblega ni se altera la inclinación: esto solo se hace en la humillación evangélica. En la humillación legal, los hombres son llevados a desesperar de ayudarse a sí mismos; en la evangélica, son llevados a negarse y renunciar a sí mismos voluntariamente: en la primera, son sometidos y derribados a la fuerza; en la segunda, son llevados a rendirse dulcemente, y a postrarse libremente y con deleite a los pies de Dios.

La humillación legal no tiene en sí ningún bien espiritual, nada de la naturaleza de la verdadera virtud; mientras que la humillación evangélica es aquello en que consiste en gran medida la excelente belleza de la gracia cristiana. La humillación legal es útil como medio para llegar a la evangélica, así como un conocimiento común de las cosas de la religión es un medio necesario para llegar al conocimiento espiritual. Los hombres pueden ser humillados legalmente y no tener humildad alguna: como los impíos en el día del juicio quedarán completamente convencidos de que no tienen justicia alguna, sino que son del todo pecadores, y extremadamente culpables, y justamente expuestos a la condenación eterna, y sentirán plenamente su propia impotencia, sin la menor mortificación del orgullo de sus corazones: pero la esencia de la humillación evangélica consiste en una humildad tal como la que conviene a una criatura, en sí misma extremadamente pecadora, bajo una dispensación de gracia; la cual consiste en una baja estima de sí mismo, como quien en sí mismo es nada, y del todo despreciable y odioso; acompañada de la mortificación de la inclinación a exaltarse a sí mismo, y de una libre renuncia a la propia gloria.

Esto es algo grande y de lo más esencial en la verdadera religión. Toda la estructura del evangelio, y todo lo que pertenece al nuevo pacto, y todas las dispensaciones de Dios hacia el hombre caído, están ordenadas para producir este efecto en los corazones de los hombres. Los que carecen de esto no tienen verdadera religión, cualquiera que sea la profesión que hagan, y por elevados que sean sus afectos religiosos: Habacuc 2:4: «He aquí que aquel cuya alma se enorgullece no es recto en sí; mas el justo por su fe vivirá»; es decir, vivirá por su fe en la justicia y la gracia de Dios, y no por su propia bondad y excelencia. Dios ha manifestado abundantemente en su palabra que esto es lo que él mira de manera particular en sus santos, y que nada le es aceptable sin ello. Salmo 34:18: «Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu». Salmo 51:17: «Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado: Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios». Salmo 138:6: «Aunque el Señor es excelso, atiende al humilde». Proverbios 3:34: «A los humildes dará gracia». Isaías 57:15: «Así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y también con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados». Isaías 66:1, 2: «Así dijo el Señor: El cielo es mi trono, y la tierra estrado de mis pies: pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra». Miqueas 6:8: «Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide de ti el Señor: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte para andar con tu Dios». Mateo 5:3: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». Mateo 18:3, 4: «De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, este es el mayor en el reino de los cielos». Marcos 10:15: «De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él». El centurión de quien se nos da relación en Lucas 7 reconoció que no era digno de que Cristo entrase bajo su techo, ni digno de ir él mismo a él. Mira la manera en que vino a Cristo la mujer que era pecadora, Lucas 7:37, etc.: «Y he aquí una mujer de la ciudad, que era pecadora, cuando supo que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con ungüento, y estando detrás a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con los cabellos de su cabeza». No tuvo el cabello de su cabeza, que es la corona y la gloria natural de la mujer (1 Corintios 11:15), por demasiado bueno para enjugar con él los pies de Cristo. Jesús la aceptó con suma gracia, y le dice: «tu fe te ha salvado, ve en paz». La mujer cananea se sometió a Cristo cuando él dijo: «no es bueno tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros», y en cierto modo reconoció que merecía ser llamada perro; a lo cual Cristo le dice: «¡Oh mujer, grande es tu fe! Sea hecho contigo como quieres», Mateo 15:26, 27, 28. El hijo pródigo dijo: «Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros», Lucas 15:18, etc. Mira también Lucas 18:9, etc.: «Y dijo también esta parábola a unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, etc. El publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que este descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se ensalza será humillado; y el que se humilla será ensalzado». Mateo 28:9: «Y ellas se acercaron, y abrazaron sus pies, y le adoraron». Colosenses 3:12: «Vestíos, pues, como escogidos de Dios, de humildad de ánimo». Ezequiel 20:41, 43: «En olor grato os aceptaré, cuando os haya sacado de entre los pueblos, etc. Y allí os acordaréis de vuestros caminos, y de todos vuestros hechos en que os contaminasteis; y os aborreceréis a vosotros mismos a vuestros propios ojos por todos los males que cometisteis». Capítulo 36:26, 27, 31: «Os daré también corazón nuevo—y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, etc. Entonces os acordaréis de vuestros malos caminos, y de vuestras obras que no fueron buenas; y os aborreceréis a vosotros mismos a vuestros propios ojos por vuestras iniquidades y por vuestras abominaciones». Capítulo 16:63: «Para que te acuerdes y te avergüences, y nunca más abras la boca a causa de tu vergüenza, cuando yo me aplaque para contigo de todo lo que hiciste, dice el Señor». Job 42:6: «Me aborrezco, y me arrepiento en el polvo y en la ceniza».

Así pues, si queremos hacer de las santas Escrituras nuestra regla para juzgar de la naturaleza de la verdadera religión, y para juzgar de nuestras propias cualidades y nuestro estado religioso, nos importa mucho atender a esta humillación como a una de las cosas más esenciales que pertenecen al verdadero cristianismo.5656 Calvino, en su Institución, libro II, cap. 2, § 11, dice: «Siempre me agradó en extremo aquel dicho de Crisóstomo: “El fundamento de nuestra filosofía es la humildad”; y todavía más aquel de Agustín: “Así como”, dice, “al retórico a quien se le preguntó cuál era lo primero en las reglas de la elocuencia, respondió: la pronunciación; cuál lo segundo: la pronunciación; cuál lo tercero: y aún respondió: la pronunciación; así, si me preguntas acerca del precepto de la religión cristiana, respondería: primero, segundo, tercero y siempre, la humildad”. Esta es la parte principal del gran deber cristiano de la negación de sí mismo. Ese deber consiste en dos cosas, a saber: primero, en que el hombre niegue sus inclinaciones mundanas, y abandone y renuncie a todos los objetos y deleites del mundo; y, segundo, en que niegue su natural exaltación de sí mismo, y renuncie a su propia dignidad y gloria, y se vacíe de sí mismo; de modo que libremente y de todo corazón, por así decirlo, renuncie a sí mismo y se anonade a sí mismo. Así lo hace el cristiano en la humillación evangélica. Y esta segunda parte es la mayor y más difícil de la negación de sí mismo: aunque ambas van siempre juntas, y la una nunca existe verdaderamente donde no está la otra, los hombres naturales pueden acercarse mucho más a la primera que a la segunda. Muchos anacoretas y reclusos han abandonado (aunque sin ninguna verdadera mortificación) las riquezas, los placeres y los deleites comunes del mundo, y estaban lejos de renunciar a su propia dignidad y justicia; nunca se negaron a sí mismos por Cristo, sino que solo vendieron una concupiscencia para alimentar otra, vendieron una concupiscencia bestial para regalar una diabólica; y así nunca fueron mejores, sino que su postrer estado fue peor que el primero; echaron fuera un demonio negro para dejar entrar siete blancos, peores que el primero, aunque de semblante más hermoso. Es inexpresable, y casi inconcebible, cuán fuerte es naturalmente en el hombre la disposición a la justicia propia y a la exaltación de sí mismo, y qué no hará y sufrirá para alimentarla y satisfacerla; y a qué extremos se ha llegado en una aparente negación de sí mismo en otros respectos, por parte de los esenios y fariseos entre los judíos; de los papistas, de muchas sectas de herejes y de entusiastas entre los que profesan el cristianismo; de muchos mahometanos; y de los filósofos pitagóricos y otros entre los paganos; y todo para ofrecer sacrificio a este Moloc del orgullo espiritual o de la justicia propia, y para tener algo en que exaltarse delante de Dios y por encima de sus semejantes.

Aquella humillación de la que se ha hablado es precisamente aquello en que fallan de manera burda todos los hipócritas más gloriosos, los que hacen ante el mundo la más espléndida exhibición de mortificación y de elevado afecto religioso. Si no fuera porque la Escritura insiste tanto en esto como en algo de lo más esencial en la verdadera gracia, uno estaría tentado a pensar que muchos de los filósofos paganos eran verdaderamente de gracia, pues había en ellos una apariencia tan brillante de muchas virtudes, y también grandes iluminaciones, y fervores interiores y elevaciones de la mente, como si fueran verdaderamente objeto de influjos divinos y comunicaciones celestiales.5757 Aunque los pitagóricos eran así famosos por la misteriosa sabiduría judaica, y por muchas dotes morales así como naturales, no estaban sin embargo libres de jactancia y orgullo; vicio que era en verdad de lo más epidémico, y como connatural, entre todos los filósofos, pero de un modo más particular entre los pitagóricos. Así Hornius, Hist. Philosoph., lib. III, cap. 11. Las costumbres de los pitagóricos no estaban libres de jactancia. Todos ellos eran de los que abundaban en el sentido y la alabanza de sus propias excelencias, y se jactaban casi hasta el grado de la inmodestia y la desvergüenza, como bien ha observado el gran Heinsius, ad Horat. Así, en verdad, se deleita la naturaleza orgullosa en andar a la luz de las centellas de su propio fuego. Y aunque muchos de estos antiguos filósofos pudieron, por la fuerza de sus propias luces y ardores, junto con algunas elevaciones y arrebatos comunes del espíritu (quizá por una asistencia del Espíritu más que ordinaria, aunque no especial ni salvadora), abandonar muchos vicios más groseros, todos estaban profundamente sumidos en aquel miserable y maldito abismo del orgullo espiritual, de modo que todos sus logros naturales, morales y filosóficos alimentaban, nutrían, fortalecían y volvían de lo más inveterada esta peste de sus corazones engendrada en el infierno. Más aún, aquellos de ellos que parecían más modestos, como los académicos, que profesaban no saber nada, y los cínicos, que censuraban grandemente, tanto con palabras como con su atuendo, el orgullo de los demás, aun ellos abundaban en el orgullo más notorio y visible. Tan connatural y moralmente esencial a la naturaleza corrompida es esta raíz envenenada, fuente y plaga del orgullo espiritual, especialmente donde hay alguna excelencia natural, moral o filosófica que la alimente. De ahí que Agustín juzgara con razón que todas estas virtudes filosóficas no eran sino pecados espléndidos. Gale, La corte de los gentiles, parte II, lib. II, cap. 10, § 17. Es cierto que muchos hipócritas hacen grandes pretensiones de humildad, así como de otras gracias; y muy a menudo no hay nada de lo que hagan más alta profesión. Se esfuerzan por hacer gran exhibición de humildad en sus palabras y en su conducta; pero comúnmente lo hacen con torpeza, aunque a sus propios ojos sea una obra gloriosa. No logran descubrir qué es un hablar y un comportarse humildes, ni cómo hablar y obrar de modo que haya realmente un sabor de humildad cristiana en lo que dicen y hacen: ese aire y semblante dulce y humilde está fuera del alcance de su arte, pues no son guiados por el Espíritu, ni llevados naturalmente a una conducta propia de la santa humildad por el vigor de un espíritu humilde dentro de ellos. Y por eso muchos de ellos no tienen otro recurso que insistir mucho en declarar que son humildes, y contar cómo fueron humillados hasta el polvo en tales y tales ocasiones, y prodigarse en expresiones muy duras que usan acerca de sí mismos, tales como: «Soy el más pequeño de todos los santos, soy una criatura pobre y vil, no soy digno de la menor misericordia, ni de que Dios me mire. ¡Oh, tengo un corazón terriblemente malvado! ¡Mi corazón es peor que el diablo! ¡Oh, este maldito corazón mío!», etc. Tales expresiones se usan muy a menudo, no con un corazón quebrantado, no con duelo espiritual, no con las lágrimas de aquella que lavó los pies de Jesús, no «acordándose y avergonzándose, y no abriendo nunca más la boca a causa de su vergüenza, cuando Dios se ha aplacado», como dice la expresión de Ezequiel 16:63, sino con un aire ligero, con sonrisas en el rostro, o con una afectación farisaica; y hemos de creer que son así de humildes y se ven tan viles, bajo la sola garantía de su palabra; porque nada aparece en ellos que tenga algún sabor de humildad en la manera de su porte ni en las obras que hacen. Hay muchos que están llenos de expresiones acerca de su propia vileza y que, sin embargo, esperan ser considerados por otros como santos eminentes y brillantes, como cosa que se les debe; y es peligroso que alguien insinúe siquiera lo contrario, o que los trate de otro modo que como si los tuviéramos por algunos de los principales cristianos. Hay muchos que claman mucho contra sus corazones malvados, y sus grandes faltas e inutilidad, y hablan como si se tuvieran por los más insignificantes de los santos; y sin embargo, si un ministro les dijera seriamente las mismas cosas en privado, y les diera a entender que temía que fueran cristianos muy pobres y débiles, y que pensaba que tenían razón para considerar solemnemente su gran esterilidad e inutilidad, y lo mucho que se quedaban atrás respecto de muchos otros, sería más de lo que podrían digerir; se considerarían gravemente ofendidos; y habría peligro de que se arraigara en ellos un prejuicio contra tal ministro.

Hay algunos que hablan abundantemente contra las doctrinas legales, la predicación legal y el espíritu legal, y que entienden muy poco aquello contra lo cual hablan. El espíritu legal es algo más sutil de lo que se imaginan; es demasiado sutil para ellos. Acecha, obra y prevalece en sus corazones, y son notoriamente culpables de él al mismo tiempo que lo están censurando. En la medida en que un hombre no está vaciado de sí mismo, y de su propia justicia y bondad, bajo cualquier forma o apariencia, en esa medida tiene un espíritu legal. Un espíritu de orgullo de la propia justicia, moralidad, santidad, afecto, experiencia, fe, humillación o cualquier bondad que sea, es un espíritu legal. No era orgullo en Adán antes de la caída tener un espíritu legal; porque, dadas sus circunstancias, podía buscar la aceptación por su propia justicia. Pero un espíritu legal en una criatura caída y pecadora no puede ser otra cosa que orgullo espiritual; y, recíprocamente, un espíritu espiritualmente orgulloso es un espíritu legal. No hay hombre vivo que se envanezca con la presunción de sus propias experiencias y descubrimientos, y que a causa de ellas brille a sus propios ojos, que no confíe en sus experiencias y haga de ellas una justicia; por más que use términos humildes, y hable de sus experiencias como de las grandes cosas que Dios ha hecho por él, y tal vez exhorte a otros a glorificar a Dios por ellas; aun así, el que está orgulloso de sus experiencias se arroga algo a sí mismo, como si sus experiencias fueran alguna dignidad suya. Y si las mira como dignidad propia, necesariamente piensa que Dios las mira así también; porque necesariamente piensa que su propia opinión acerca de ellas es verdadera; y en consecuencia juzga que Dios las mira como él; y así, inevitablemente, imagina que Dios mira sus experiencias como una dignidad en él, tal como él mismo las mira; y que brilla tanto a los ojos de Dios como a los suyos propios. Y así confía en lo que es inherente a él para hacerle resplandecer a la vista de Dios y hacerle acepto a Dios: y con este aliento se presenta ante Dios en oración; y esto le hace esperar mucho de Dios; y esto le hace pensar que Cristo le ama, y que está dispuesto a vestirle de su justicia, porque supone que Cristo está prendado de sus experiencias y gracias. Y esto es un alto grado de vivir de la propia justicia; y tales personas van por el camino real del infierno. ¡Pobres miserables engañados, que piensan que lucen tan resplandecientes a los ojos de Dios, cuando son humo en sus narices, y muchos de ellos le son más odiosos que la bestia más impura de Sodoma, que no hace pretensión alguna de religión! Hacer lo que estos hacen es vivir de experiencias, según la verdadera noción de ello; y no hacer como los que solo se sirven de las experiencias espirituales como evidencias de un estado de gracia, y de ese modo reciben de ellas esperanza y consuelo.

Hay una clase de hombres que en verdad desacreditan abundantemente las obras, y ensalzan la fe en oposición a las obras, y se presentan mucho como personas evangélicas, en oposición a los que son de espíritu legal, y hacen una hermosa apariencia de promover a Cristo y el evangelio, y el camino de la gracia gratuita; y que son en realidad algunos de los mayores enemigos del camino evangélico de la gracia gratuita, y los más peligrosos adversarios del cristianismo puro y humilde.

Hay una pretendida gran humillación, un estar muerto a la ley y vaciado de sí mismo, que es una de las cosas más hinchadas y envanecidas del mundo. Hay algunos que han hecho gran profesión de haber experimentado una obra cabal de la ley en sus corazones, y de haber sido apartados por completo de las obras, y cuya conducta ha tenido más sabor de espíritu de justicia propia que la de cualquiera que yo haya tenido ocasión de observar. Y algunos que se creen completamente vaciados de sí mismos, y están confiados en que están abatidos en el polvo, están tan llenos como pueden de la gloria de su propia humildad, y elevados hasta el cielo con una alta opinión de su propio abatimiento. Su humildad es una humildad hinchada, presuntuosa, confiada, ostentosa, ruidosa y arrogante. Parece ser propio de la naturaleza del orgullo espiritual hacer a los hombres engreídos y ostentosos de su humildad. Esto se ve en aquel primogénito del orgullo entre los hijos de los hombres, que quiere ser llamado su santidad, a saber, el hombre de pecado, que se levanta contra todo lo que se llama Dios, o que se adora: se titula Siervo de los siervos; y, para hacer muestra de humildad, lava los pies a cierto número de pobres en su entronización.

Que las personas estén verdaderamente vaciadas de sí mismas, y sean pobres en espíritu y quebrantadas de corazón, es cosa muy distinta, y tiene otros efectos, de lo que muchos imaginan. Es asombroso cuánto se engañan muchos acerca de sí mismos en este asunto, imaginándose muy humildes cuando son más orgullosos y su conducta es en realidad la más altiva. El engaño del corazón del hombre no aparece en ninguna cosa tanto como en esta del orgullo espiritual y la justicia propia. La sutileza de Satanás aparece en su punto más alto en su manera de manejar a las personas respecto de este pecado. Y quizá una razón sea que aquí es donde tiene más experiencia; conoce el camino por donde entra; está familiarizado con sus resortes secretos: fue su propio pecado.—La experiencia da una enorme ventaja para guiar a las almas, sea al bien o al mal.

Pero aunque el orgullo espiritual sea una iniquidad tan sutil y secreta, y comúnmente aparezca bajo el pretexto de una gran humildad, hay sin embargo dos cosas por las cuales puede (quizá de manera universal y segura) ser descubierto y distinguido.

La primera es esta: el que está bajo el dominio de este mal tiende a tener en mucho sus logros en la religión, comparándose con otros. Le es natural caer en el pensamiento de que es un santo eminente, que está muy alto entre los santos, y que tiene experiencias señaladamente buenas y grandes. Ese es el lenguaje secreto de su corazón: Lucas 18:11: «Dios, gracias te doy que no soy como los otros hombres». E Isaías 65:5: «Soy más santo que tú». De ahí que tales personas tiendan a ponerse delante entre el pueblo de Dios, y como a ocupar un asiento alto entre ellos, como si no hubiera duda de que les corresponde. Hacen, por así decirlo, naturalmente lo que Cristo condena en Lucas 14:7, etc.: escogen los primeros asientos. Lo hacen apresurándose a tomar sobre sí el lugar y la tarea de los principales: guiar, enseñar, dirigir y gobernar; «están confiados en que son guías de los ciegos, luz de los que están en tinieblas, instructores de los indoctos, maestros de niños», Romanos 2:19, 20. Les es natural dar por sentado que les corresponde hacer el papel de dictadores y maestros en las cosas de la religión; y así, implícitamente, gustan de ser llamados por los hombres Rabí, que traducido es Maestro, como hacían los fariseos, Mateo 23:6, 7; es decir, tienden a esperar que otros los consideren y se sometan a ellos como a maestros en las cosas de la religión.5858 «Hay dos cosas en que se ve que un hombre tiene solo dones comunes, y ningún principio interior. 1. Estos dones siempre envanecen, y hacen al hombre algo a sus propios ojos, como lo hacía el conocimiento de los corintios, y más de un hombre particular se cree apto para ser ministro». Shepard, La parábola de las diez vírgenes, parte 1, pp. 181, 182.

Pero aquel cuyo corazón está bajo el poder de la humildad cristiana es de una disposición contraria. Si se puede confiar en algo en las Escrituras, tal persona tiende a considerar sus logros en la religión como relativamente pobres, y a estimarse baja entre los santos, y uno de los más pequeños de los santos. La humildad, o verdadera humildad de ánimo, dispone a las personas a considerar a otros mejores que ellas mismas: Filipenses 2:3: «Con humildad de ánimo, estime cada uno a los demás como superiores a sí mismo». De ahí que tiendan a pensar que el último lugar les corresponde, y su disposición interior los lleva naturalmente a obedecer aquel precepto de nuestro Salvador, Lucas 14:10. No les es natural tomar sobre sí el papel de maestros; sino que, por el contrario, se inclinan a pensar que no son ellos las personas indicadas, que otros son más aptos que ellos para ello; como sucedió con Moisés y Jeremías (Éxodo 3:11, Jeremías 1:6), aunque eran santos tan eminentes y de gran conocimiento. No les es natural pensar que les corresponde enseñar, sino ser enseñados; están mucho más deseosos de oír y de recibir instrucción de otros que de dictar a otros: Santiago 1:19: «Sed prontos para oír, tardíos para hablar». Y cuando hablan, no les es natural hablar con un aire atrevido y magistral; sino que la humildad los dispone más bien a hablar temblando. Oseas 13:1: «Cuando Efraín hablaba temblando, fue ensalzado en Israel; mas cuando pecó en Baal, murió». No tienden a asumir autoridad ni a erigirse en principales gobernantes y maestros; sino más bien a someterse a otros: Santiago 3:1, 2: «No os hagáis muchos maestros». 1 Pedro 5:5: «Todos sumisos unos a otros, revestíos de humildad». Efesios 5:21: «Sujetos los unos a los otros en el temor de Dios».

Hay experiencias de algunas personas que obran naturalmente de tal modo que las llevan a tenerlas en alta estima; y ellas mismas hablan a menudo de sus experiencias como muy grandes y extraordinarias; hablan con soltura de las grandes cosas que han recibido. Esto puede decirse y entenderse en buen sentido. En cierto sentido, todo grado de misericordia salvadora es una gran cosa: es en verdad algo grande, sí, infinitamente grande, que Dios conceda la más pequeña migaja del pan de los hijos a perros como lo somos nosotros en nosotros mismos; y cuanto más humilde sea la persona que espera que Dios le ha concedido tal misericordia, más dispuesta estará a llamar gran cosa, en este sentido, a lo que ha recibido. Pero si por las grandes cosas que han experimentado quieren decir experiencias espirituales comparativamente grandes, o grandes en comparación con las experiencias de otros, o fuera de lo común, lo cual evidentemente sucede muchas veces, entonces, que una persona diga: He recibido grandes cosas, es exactamente lo mismo que decir: Soy un santo eminente y tengo más gracia de lo común; porque tener grandes experiencias, si las experiencias son verdaderas y dignas de contarse, es lo mismo que tener gran gracia: no hay experiencia verdadera que no sea el ejercicio de la gracia; y exactamente según el grado de verdadera experiencia es el grado de gracia y santidad. Las personas que hablan así de sus experiencias, cuando dan cuenta de ellas, esperan que los demás las admiren. Es cierto que no llaman jactancia a hablar de esta manera de sus experiencias, ni lo consideran señal alguna de orgullo; porque dicen que «saben que no fueron ellos quienes lo hicieron, que fue la libre gracia, que son cosas que Dios ha hecho por ellos, que quieren reconocer la gran misericordia que Dios les ha mostrado, y no tenerla en poco». Pero así sucedía con el fariseo de quien Cristo nos habla en Lucas 18. Él, de palabra, daba a Dios la gloria de haberlo hecho diferente de los demás hombres: Dios, te doy gracias, dice, que no soy como los otros hombres.5959 Calvino, en su Institución, libro III, cap. 12, § 7, hablando de este fariseo, observa «que en su confesión exterior reconoce que la justicia que tiene es don de Dios; pero (dice él) porque confía en que es justo, sale de la presencia de Dios inaceptable y odioso». El hecho de que atribuyan de palabra a la gracia de Dios el ser más santos que otros santos no impide que su prontitud para tener en tan alta estima su santidad sea una prueba segura del orgullo y la vanidad de su mente. Si estuvieran bajo la influencia de un espíritu humilde, sus logros en la religión no serían tan propensos a brillar a sus propios ojos, ni se ocuparían tanto en admirar su propia hermosura. Los cristianos que realmente son los santos más eminentes, y que por tanto tienen las experiencias más excelentes y son los mayores en el reino de los cielos, se humillan como un niño pequeño, Mateo 18:4; porque se consideran a sí mismos como niños pequeños en la gracia, y sus logros como logros de niños en Cristo, y se asombran y se avergüenzan de los bajos grados de su amor y de su gratitud, y de su escaso conocimiento de Dios. Moisés, cuando había estado conversando con Dios en el monte, y su rostro resplandecía a los ojos de los demás con tal brillo que los deslumbraba, no sabía que la tez de su rostro resplandecía. Hay algunas personas a quienes se da el nombre de grandes profesantes, y algunas se reconocen a sí mismas como grandes profesantes; pero los santos eminentemente humildes, que brillarán con más fulgor en el cielo, no son en absoluto propensos a profesar grandes cosas. No creo que haya en el mundo un santo eminente que sea un gran profesante. Tales personas estarán mucho más inclinadas a declararse el más pequeño de todos los santos, y a pensar que los logros y las experiencias de cada santo son más altos que los suyos.6060 Lutero, según cita sus palabras Rutherford en su Display of the Spiritual Antichrist, págs. 143 y 144, dice así: «Tal es la vida del cristiano, que el que ha comenzado cree no tener nada; sino que se esfuerza y prosigue, por ver si alcanza: por eso dice Pablo: Yo mismo no hago cuenta de haberlo ya alcanzado. Porque en verdad nada es más pernicioso para un creyente que esa presunción de que ya ha alcanzado y no tiene más necesidad de buscar. De ahí también que muchos retrocedan y se consuman en la seguridad y la pereza espirituales. Así dice Bernardo: “Detenerse en el camino de Dios es retroceder”. Por tanto, al que ha comenzado a ser cristiano le queda esto: pensar que todavía no es cristiano, sino buscar llegar a ser cristiano, para poder gloriarse con Pablo: “No soy, pero deseo ser”; un cristiano todavía no acabado, sino solo en sus comienzos. Por tanto, no es cristiano el que es cristiano; es decir, el que se cree un cristiano acabado no se da cuenta de cuánto le falta. Nos extendemos hacia el cielo, pero no estamos en el cielo. ¡Ay de aquel que está enteramente renovado, es decir, que se cree así! Ese hombre, sin duda, nunca ha comenzado siquiera a ser renovado, ni ha gustado jamás lo que es ser cristiano.

Tal es la naturaleza de la gracia y de la verdadera luz espiritual, que disponen naturalmente a los santos, en el estado presente, a considerar pequeña su gracia y su bondad, y grande su deformidad. Y los que tienen más gracia y luz espiritual que nadie en este mundo son los que más tienen de esta disposición. Así se verá con toda claridad y evidencia a cualquiera que sopese con sobriedad y a fondo la naturaleza y la razón de las cosas, y considere lo que sigue.

Que la gracia y la santidad merecen llamarse pequeñas, es decir, pequeñas en comparación con lo que deberían ser. Y así le parece al que verdaderamente tiene gracia: porque tal persona tiene la mirada puesta en la regla de su deber; la conformidad con ella es lo que pretende; es aquello por lo que su alma lucha y hacia lo que se extiende; y es por ella como estima y juzga lo que hace y lo que tiene. A un alma de gracia, y especialmente a una que lo es eminentemente, le parece pequeña aquella santidad que es poca en comparación con lo que debería ser; poca en comparación con aquello para lo cual ve una razón y una obligación infinitas. Si su santidad le parece estar a una distancia inmensa de esto, naturalmente le resulta despreciable a sus ojos, y no digna de mencionarse como hermosura o amabilidad alguna en él. Por la misma razón por la que un hombre hambriento considera naturalmente lo que se le pone delante como poco alimento, una cosa pequeña, que no vale la pena mencionar, porque no es nada en comparación con su apetito. O como el hijo de un gran príncipe, celoso del honor de su padre, que ve el respeto que los hombres le muestran, considera naturalmente ese honor y respeto como muy poco, y no digno de tenerse en cuenta, porque no es nada en comparación con lo que la dignidad de su padre requiere.

Pero es propio de la naturaleza de la verdadera gracia y de la luz espiritual abrir a la vista de una persona la razón infinita que hay para que sea santa en alto grado. Y cuanta más gracia tiene, más se abre esto a su vista, y mayor sentido tiene de la infinita excelencia y gloria del Ser divino, de la infinita dignidad de la persona de Cristo, y de la ilimitada longitud y anchura, profundidad y altura del amor de Cristo a los pecadores. Y a medida que crece la gracia, el campo se abre más y más a una vista lejana, hasta que el alma queda absorta en la inmensidad del objeto, y la persona se asombra al pensar cuánto le corresponde amar a este Dios y a este glorioso Redentor que tanto ha amado al hombre, y cuán poco ama. Y así, cuanto más comprende, más extraña y asombrosa le parece la pequeñez de su gracia y de su amor; y por tanto está más dispuesto a pensar que otros lo aventajan. Porque, maravillado de la pequeñez de su propia gracia, apenas puede creer que algo tan extraño suceda a otros santos: le resulta asombroso que uno que es realmente hijo de Dios, y que ha recibido de hecho los beneficios salvadores de aquel amor inefable de Cristo, no ame más; y es propenso a considerarlo como algo peculiar de sí mismo, un caso extraño y excepcional; porque de los otros cristianos ve solo el exterior, pero de sí mismo ve el interior.

Aquí el lector quizá objete que el amor a Dios realmente aumenta en proporción a como aumenta el conocimiento de Dios; y por tanto, ¿cómo puede un aumento de conocimiento en un santo hacer que su amor parezca menor en comparación con lo que se conoce? A lo cual respondo que, aunque la gracia y el amor de Dios en los santos correspondan al grado de conocimiento o visión de Dios, no están, sin embargo, en proporción al objeto visto y conocido. El alma de un santo, al abrírsele a la vista algo de Dios, queda convencida de mucho más de lo que ve. Hay algo que se ve, que es maravilloso; y esa visión trae consigo una fuerte convicción de algo inmensamente mayor, que no se ve directamente. De modo que el alma, al mismo tiempo, se asombra de su ignorancia y de que conoce tan poco, así como de que ama tan poco. Y así como el alma, en una visión espiritual, queda convencida de que hay en el objeto infinitamente más, todavía fuera del alcance de la vista, así también queda convencida de la capacidad del alma de conocer inmensamente más, si tan solo se quitaran las nubes y la oscuridad. Lo cual hace que el alma, mientras goza de una visión espiritual, se queje mucho de su ignorancia espiritual y de su falta de amor, y anhele y se extienda hacia más conocimiento y más amor.

La gracia y el amor de Dios en los santos más eminentes de este mundo son verdaderamente muy pequeños en comparación con lo que deberían ser. Porque el amor más alto que alguien alcanza jamás en esta vida es pobre, frío, sumamente bajo, y no digno de nombrarse en comparación con lo que parecen ser nuestras obligaciones, considerando juntas estas dos cosas, a saber: 1. La razón que Dios nos ha dado para amarlo, en las manifestaciones que ha hecho de su gloria infinita, en su palabra y en sus obras; y particularmente en el evangelio de su Hijo, y en lo que ha hecho por el hombre pecador por medio de él. Y 2. La capacidad que hay en el alma del hombre, por las facultades intelectuales que Dios le ha dado, de ver y entender estas razones que Dios nos ha dado para amarlo. ¡Cuán pequeño es en verdad el amor del santo más eminente de la tierra, en comparación con lo que estas cosas, consideradas juntas, requieren! Y la gracia tiende a convencer a los hombres de esto, y especialmente la gracia eminente; porque la gracia es de la naturaleza de la luz, y saca la verdad a la vista. Y por tanto, el que tiene mucha gracia percibe, mucho más que otros, aquella gran altura a la que su amor debería ascender; y ve mejor que otros cuán poco ha subido hacia esa altura. Y por eso, al estimar su amor por toda la altura de su deber, este le parece asombrosamente pequeño y bajo a sus ojos.

Y el santo eminente, al tener tal convicción del alto grado en que debería amar a Dios, ve por ello no solo la pequeñez de su gracia, sino la grandeza de su corrupción remanente. Para juzgar cuánta corrupción o pecado nos queda, debemos tomar nuestra medida desde aquella altura hasta la que se extiende la regla de nuestro deber: toda la distancia que nos separa de esa altura es pecado; porque faltar al deber es pecado; de otro modo nuestro deber no sería nuestro deber; y cuanto más nos quedamos cortos de nuestro deber, tanto más pecado tenemos. El pecado no es otra cosa que la disconformidad, en un agente moral, con la ley o regla de su deber. Y por tanto el grado de pecado ha de juzgarse por la regla: tanta disconformidad con la regla, tanto pecado, ya sea por defecto o por exceso. Por consiguiente, si los hombres, en su amor a Dios, no llegan ni a la mitad de aquella altura que el deber requiere, entonces tienen en su corazón más corrupción que gracia; porque falta más bondad de la que hay; y todo lo que falta es pecado: es un defecto abominable; y así les parece a los santos, especialmente a los eminentes; les parece sumamente abominable que Cristo sea tan poco amado y tan poco agradecido por su amor hasta la muerte: es a sus ojos una ingratitud aborrecible.

Y además, el aumento de la gracia tiende de otra manera a hacer que los santos consideren su deformidad inmensamente mayor que su bondad: no solo tiende a convencerlos de que su corrupción es mucho mayor que su bondad, lo cual es en verdad el caso; sino que tiende también a hacer que la deformidad que hay en el menor pecado, o en el menor grado de corrupción, parezca tan grande que pese inmensamente más que toda la hermosura que hay en su mayor santidad; porque también esto es en verdad el caso. Porque el menor pecado contra un Dios infinito tiene en sí una odiosidad o deformidad infinita, pero el más alto grado de santidad en una criatura no tiene en sí una amabilidad infinita; y por tanto su amabilidad es como nada en comparación con la deformidad del menor pecado. Que todo pecado tiene en sí una deformidad y odiosidad infinitas es evidente de la manera más demostrable; porque aquello en que consiste el mal, la iniquidad o la odiosidad del pecado es la violación de una obligación, o el ser o hacer lo contrario de lo que deberíamos ser o hacer, o estamos obligados a ser o hacer. Y por tanto, cuanto mayor es la obligación que se viola, tanto mayor es la iniquidad y odiosidad de la violación. Pero ciertamente nuestra obligación de amar y honrar a cualquier ser guarda cierta proporción con lo amable y honorable que es, o con su dignidad de ser amado y honrado por nosotros; lo cual es lo mismo. Sin duda estamos bajo mayor obligación de amar a un ser más amable que a uno menos amable; y si un Ser es infinitamente amable o digno de ser amado por nosotros, entonces nuestras obligaciones de amarlo son infinitamente grandes; y por tanto, todo lo que es contrario a este amor tiene en sí una iniquidad, deformidad e indignidad infinitas. Pero, por otra parte, con respecto a nuestra santidad o amor a Dios, no hay en ello un mérito infinito. El pecado de la criatura contra Dios es merecedor de castigo y odioso en proporción a la distancia que hay entre Dios y la criatura: la grandeza del objeto, y la bajeza e inferioridad del sujeto, lo agravan. Pero sucede lo contrario respecto al mérito del respeto de la criatura hacia Dios; este carece de valor y de mérito en proporción a la bajeza del sujeto. Cuanto mayor es la distancia entre Dios y la criatura, tanto menos digno es el respeto de la criatura de la atención o consideración de Dios. El gran grado de superioridad aumenta la obligación del inferior de tener en cuenta al superior; y así hace más odiosa la falta de consideración. Pero el gran grado de inferioridad disminuye el valor de la consideración del inferior; porque cuanto más inferior es, menos digno es de atención; cuanto menor es él, menos vale lo que puede ofrecer; porque no puede ofrecer más que a sí mismo al ofrecer su mejor respeto; y por tanto, así como él es pequeño y de poco valor, así su respeto es de poco valor. Y cuanto más tiene una persona de verdadera gracia y luz espiritual, más le parecerá así; más se verá a sí misma infinitamente deforme a causa del pecado, y menos le parecerá, en proporción a ello, la bondad que hay en su gracia o en su buena experiencia. Porque en verdad no es nada comparada con ello; es menos que una gota comparada con el océano; porque lo finito no guarda proporción alguna con lo que es infinito. Pero cuanto más tiene una persona de luz espiritual, más le parecen las cosas, en este respecto, tal como son en verdad.—De aquí se desprende de la manera más demostrable que la verdadera gracia es de tal naturaleza que, cuanto más tiene de ella una persona, junto con la corrupción remanente, menos le parecen su bondad y su santidad en proporción a su deformidad; y no solo a su deformidad pasada, sino a su deformidad presente, en el pecado que ahora aparece en su corazón, y en los abominables defectos de sus más altos y mejores afectos, y de sus más brillantes experiencias.

La naturaleza de muchos afectos elevados y religiosos, y de grandes descubrimientos (como se los llama) en muchas personas que he conocido, es esconder y encubrir la corrupción de su corazón, y hacerles parecer como si todo su pecado hubiera desaparecido, y dejarlos sin queja alguna de que quede en ellos algún mal odioso (aunque quizá clamen mucho por su indignidad pasada); prueba segura y cierta de que sus descubrimientos (como ellos los llaman) son tinieblas y no luz. Son las tinieblas las que esconden la contaminación y la deformidad de los hombres; pero la luz que entra en el corazón la descubre, la escudriña en sus rincones secretos, y la hace aparecer claramente; especialmente esa luz penetrante y que todo lo escudriña de la santidad y la gloria de Dios. Es verdad que los descubrimientos salvadores pueden por el momento esconder la corrupción en un sentido; refrenan sus ejercicios positivos, tales como la malicia, la envidia, la codicia, la lascivia, la murmuración, etc.; pero sacan a la luz la corrupción en lo que es privativo, a saber, que no hay más amor, más humildad, más gratitud. Estos defectos parecen sumamente odiosos a los ojos de quienes tienen los ejercicios más eminentes de la gracia; y les son muy gravosos, y hacen que los santos clamen por su flaqueza y su odioso orgullo e ingratitud. Y cualesquiera ejercicios positivos de corrupción que surjan en algún momento y se mezclen con actos eminentes de la gracia, la gracia agrandará en extremo la vista de ellos, y hará que su apariencia sea mucho más atroz y horrible.

Cuanto más eminentes son los santos, y cuanto más tienen de la luz del cielo en su alma, más se ven a sí mismos tal como los santos más eminentes de este mundo se ven ante los santos y los ángeles del cielo. ¿Cómo podemos suponer razonablemente que les parecen a ellos los santos más eminentes de la tierra, si se los mira de otro modo que cubiertos con la justicia de Cristo, y con sus deformidades absorbidas y escondidas en el resplandor de los rayos de su abundante gloria y amor? ¿Cómo podemos suponer que les parecen nuestro amor más ardiente y nuestras alabanzas a quienes contemplan la hermosura y la gloria de Dios sin velo? ¿Cómo les parece nuestra más alta gratitud por el amor de Cristo hasta la muerte a quienes ven a Cristo tal como él es, que conocen como son conocidos, y ven la gloria de la persona de aquel que murió, y las maravillas de su amor hasta la muerte, sin nube alguna de oscuridad? ¿Y cómo miran la más profunda reverencia y humildad con que los gusanos del polvo de la tierra se acercan a aquella Majestad infinita que ellos contemplan? ¿Les parecen grandes, o siquiera dignas del nombre de reverencia y humildad, en aquellos que ven a tan infinita distancia de aquel Dios grande y santo en cuya gloriosa presencia están? La razón por la que los más altos logros de los santos de la tierra les parecen tan pobres es que habitan en la luz de la gloria de Dios, y ven a Dios tal como es. Y en este respecto, con los santos de la tierra sucede lo mismo que con los santos del cielo, en la medida en que son más eminentes en la gracia.

No quisiera que se entendiera que los santos de la tierra tienen en todos los aspectos la peor opinión de sí mismos cuando tienen más ejercicios de la gracia. En muchos aspectos ocurre lo contrario. Con respecto a los ejercicios positivos de la corrupción, pueden parecerse a sí mismos más libres y mejores cuando la gracia está más en ejercicio, y peores cuando los actos de la gracia son más bajos. Y cuando se comparan consigo mismos en diferentes momentos, pueden saber, cuando la gracia está en vivo ejercicio, que les va mejor que antes (aunque antes, en su momento, no veían tanta maldad como ven ahora); y cuando después decaen de nuevo en la disposición de su mente, pueden saber que decaen, y tienen un nuevo argumento de su gran corrupción remanente, y una convicción racional de una vileza mayor que la que veían antes; y muchos tienen mucho más sentido de culpa, y una especie de sentido legal de su pecaminosidad, que cuando están en vivo ejercicio de la gracia. Pero aun así es verdad, y demostrable por las consideraciones antes mencionadas, que los hijos de Dios nunca tienen tanta convicción sensible y espiritual de su deformidad, ni un sentido tan grande, vivo y humillante de su vileza y odiosidad presentes, como cuando están en el más alto ejercicio de la gracia verdadera y pura; y nunca están tan dispuestos a ponerse en un lugar bajo entre los cristianos como entonces. Y así, el que es mayor en el reino, o más eminente en la iglesia de Cristo, es el mismo que se humilla como el más pequeño de los niños entre ellos; conforme a aquel gran dicho de Cristo, Mateo 18:4.

Un verdadero santo puede saber que tiene alguna gracia verdadera; y cuanta más gracia hay, más fácilmente se conoce, como ya se observó y se probó. Pero de ello no se sigue que un santo eminente perciba fácilmente que es un santo eminente cuando se compara con otros. No negaré que es posible que el que tiene mucha gracia, y es un santo eminente, lo sepa. Pero no será propenso a saberlo; no será para él algo obvio: que es mejor que otros, y que tiene experiencias y logros más altos, no es un pensamiento que esté en primer plano; ni es algo que se le presente con facilidad de vez en cuando; es algo que no está en su camino, sino que queda muy fuera de su vista; tiene que esforzarse para convencerse de ello; necesitará un gran dominio de la razón, y un alto grado de rigor y cuidado en el razonamiento, para convencerse. Y si llega a convencerse racionalmente, mediante una consideración muy rigurosa de sus propias experiencias comparadas con las grandes apariencias de bajos grados de gracia en algunos otros santos, difícilmente le parecerá real que tiene más gracia que ellos; y será propenso a perder la convicción que obtuvo con esfuerzo; ni le parecerá en absoluto natural obrar sobre esa suposición. Y esto puede establecerse como algo infalible: «que la persona que es propensa a pensar que, comparada con otras, es un santo muy eminente, muy distinguido en la experiencia cristiana, en quien este es un primer pensamiento que surge por sí mismo y se presenta naturalmente, está ciertamente equivocada; no es un santo eminente, sino que está bajo el gran dominio de un espíritu orgulloso y de justicia propia». Y si esto es habitual en el hombre, y es constantemente la disposición predominante de su mente, no es santo en absoluto; no tiene el menor grado de verdadera experiencia cristiana; tan cierto como que la palabra de Dios es verdadera.

Y aquella clase de experiencias que parece tener esta tendencia, y que de vez en cuando se ve que produce este efecto, el de envanecer a quien las tiene con un gran concepto de esas experiencias, es ciertamente vana y engañosa. Esos supuestos descubrimientos que naturalmente hinchan a la persona con la admiración de lo eminente de sus descubrimientos, y la llenan de la presunción de que ahora ha visto y sabe más que la mayoría de los demás cristianos, no tienen en sí nada de la naturaleza de la verdadera luz espiritual. Todo verdadero conocimiento espiritual es de tal naturaleza que, cuanto más tiene de él una persona, más consciente es de su propia ignorancia; como es evidente por 1 Corintios 8:2: «Si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo». Agur, cuando tuvo un gran descubrimiento de Dios, y un sentido de la maravillosa altura de su gloria y de sus obras maravillosas, y exclama acerca de su grandeza e incomprensibilidad, tuvo al mismo tiempo el más profundo sentido de su ruda ignorancia, y se consideró a sí mismo el más ignorante de todos los santos. Proverbios 30:2, 3, 4: «Ciertamente más rudo soy yo que ninguno, ni tengo entendimiento de hombre. Yo ni aprendí sabiduría, ni conozco la ciencia del Santo. ¿Quién subió al cielo, y descendió? ¿Quién encerró los vientos en sus puños? ¿Quién ató las aguas en un paño? ¿Quién afirmó todos los términos de la tierra? ¿Cuál es su nombre, y el nombre de su hijo, si sabes?»

Que un hombre tenga un alto concepto de su conocimiento espiritual y divino es, si algo lo es, ser sabio en su propia opinión. Y por tanto cae bajo aquellas prohibiciones: Proverbios 3:7: «No seas sabio en tu opinión». Romanos 12:16: «No seáis sabios en vuestra opinión»; y pone a los hombres bajo aquel ay, Isaías 5:21: «¡Ay de los sabios en sus ojos, y de los que son prudentes delante de sí mismos!». Los que son así sabios en su propia opinión son de los menos propensos de todo el mundo a sacar provecho. La experiencia muestra la verdad de aquello, Proverbios 26:12: «¿Has visto hombre sabio en su opinión? Más esperanza hay del necio que de él».

A esto algunos podrán objetar que el salmista, cuando hemos de suponer que se hallaba en una disposición santa, habla de su conocimiento como eminentemente grande, y mucho mayor que el de otros santos: Salmo 119:99, 100: «Más que todos mis enseñadores he entendido, porque tus testimonios son mi meditación. Más que los viejos he entendido, porque he guardado tus mandamientos».

A esto respondo dos cosas:

(1.) No se ha de poner restricción alguna al Espíritu de Dios en cuanto a lo que revele, para beneficio de su iglesia, a un profeta que habla o escribe bajo inspiración inmediata. El Espíritu de Dios puede revelar a alguien así, y dictarle para que las declare a otros, cosas secretas que de otro modo le sería difícil, y aun imposible, descubrir. Así como puede revelarle misterios que de otro modo estarían fuera del alcance de su razón, o cosas en un lugar lejano que no puede ver, o acontecimientos futuros que le sería imposible conocer y declarar si no le fueran revelados de manera extraordinaria, así también el Espíritu de Dios pudo revelar a David este beneficio distintivo que había recibido por ocuparse mucho de los testimonios de Dios, y usarlo como su instrumento para dejarlo escrito para beneficio de otros, a fin de estimularlos al mismo deber y a usar los mismos medios para adquirir conocimiento. Nada puede deducirse acerca de la tendencia natural de las influencias ordinarias de gracia del Espíritu de Dios a partir de lo que David declara de su conocimiento distintivo bajo las influencias extraordinarias del Espíritu de Dios, que le dictaba inmediatamente la mente divina por inspiración y usaba a David como su instrumento para escribir lo que le placía para beneficio de su iglesia; como tampoco podemos razonablemente argumentar que la tendencia natural de la gracia sea inclinar a los hombres a maldecir a otros y a desearles la miseria más terrible que pueda pensarse, porque David, bajo inspiración, a menudo maldice a otros y pide que tal miseria venga sobre ellos.

(2.) No es seguro que el conocimiento del que David habla aquí sea conocimiento espiritual, en el cual consiste fundamentalmente la santidad. Puede tratarse más bien de aquella revelación mayor que Dios le hizo del Mesías y de las cosas de su reino futuro, y del conocimiento mucho más claro y extenso que tenía, en comparación con otros, de los misterios y doctrinas del evangelio, como recompensa por guardar los testimonios de Dios. En esto, es evidente por el libro de los Salmos que David superó con mucho a todos los que le habían precedido.

En segundo lugar, otra cosa que es señal infalible de orgullo espiritual es que las personas sean propensas a tener en alta estima su humildad. Las experiencias falsas van comúnmente acompañadas de una humildad falsificada. Y es de la naturaleza misma de una humildad falsificada tener un alto concepto de sí misma. Los afectos religiosos falsos tienen por lo general esta tendencia, especialmente cuando se elevan a gran altura: hacer que las personas piensen que su humildad es grande, y por consiguiente fijarse mucho en sus grandes logros en este respecto, y admirarlos. Pero los afectos eminentemente de gracia (no tengo reparo en decirlo) tienen siempre una tendencia contraria, y producen universalmente un efecto contrario en quienes los tienen. Ciertamente les hacen sentir muy vivamente cuánta razón hay para que estén profundamente humillados, y hacen que tengan sed de ello y lo anhelen con ardor; pero hacen que su humildad presente, o la que ya han alcanzado, les parezca pequeña, y su orgullo remanente, grande y sumamente abominable.

La razón por la que una persona orgullosa es propensa a pensar que su humildad es grande, y por la que una persona muy humilde piensa que su humildad es pequeña, puede verse fácilmente si se considera que es natural que las personas, al juzgar el grado de su propia humillación, tomen su medida de lo que estiman su altura propia, o la dignidad en que propiamente se encuentran. Lo que puede ser gran humillación en uno no es humillación alguna en otro, porque el grado de honorabilidad o importancia en que cada uno propiamente se encuentra es muy diferente. Que un gran hombre se inclinara para desatar la correa de los zapatos de otro gran hombre, su igual, o para lavarle los pies, sería notado como un acto de rebajamiento en él; y él mismo, consciente de su propia dignidad, lo consideraría así. Pero si se ve a un pobre esclavo inclinarse para desatar los zapatos de un gran príncipe, nadie lo notará como acto alguno de humillación en él, o como muestra de un gran grado de humildad; ni el esclavo mismo lo haría, a menos que fuera horriblemente orgulloso y ridículamente presuntuoso; y si, después de hacerlo, mostrara en su conversación y en su conducta que pensaba que su rebajamiento en ello había sido grande, y tuviera su mente muy ocupada en ello como prueba de que era muy humilde, ¿no clamarían todos contra él: «¿Quién te crees que eres, para pensar que esto que has hecho es una humillación tan profunda?». Esto pondría de manifiesto de manera demostrativa que este esclavo estaba hinchado de un alto grado de orgullo y vanidad de mente, tanto como si declarara en términos claros: «Me tengo por alguien grande». Y la cosa no es menos clara y cierta cuando unos gusanos del polvo, despreciables, viles y repugnantes, son propensos a interpretar así sus actos de rebajamiento delante de Dios, y a pensar que es muestra de gran humildad en ellos que, bajo sus afectos, se encuentren tan dispuestos a reconocerse tan bajos e indignos, y a comportarse como seres tan inferiores. La razón misma por la que tales actos exteriores y tales ejercicios interiores parecen un gran rebajamiento en alguien así es que tiene un alto concepto de sí mismo. Mientras que si pensara de sí mismo con más justicia, estas cosas no le parecerían nada, ni su humildad en ellas digna de consideración alguna; antes bien, se asombraría de su orgullo, de que uno tan infinitamente despreciable y vil no haya sido llevado más bajo delante de Dios.—Cuando dice en su corazón: «Este es un gran acto de humillación; es ciertamente señal de gran humildad en mí que yo sienta así y haga esto», lo que quiere decir es: «Esto es gran humildad para mí, para uno como yo, que soy tan importante y digno». Considera cuán bajo ha sido llevado ahora, y lo compara con la altura de dignidad en la que en su corazón piensa que propiamente se encuentra, y la distancia le parece muy grande, y a todo ello lo llama pura humildad, y como tal lo admira. Mientras que en aquel que es verdaderamente humilde, y ve realmente su propia vileza y repugnancia delante de Dios, la distancia aparece en sentido contrario. Cuando ha sido llevado a lo más bajo, no le parece que haya sido llevado por debajo de su lugar propio, sino que aún no ha llegado a él; se ve a sí mismo todavía inmensamente por encima de él, anhela descender más para llegar a él, pero se ve a gran distancia de él. Y a esta distancia la llama orgullo. Y por eso es su orgullo lo que le parece grande, y no su humildad. Porque aunque haya sido llevado mucho más abajo de lo que solía estar, no le parece digno del nombre de humillación que uno tan infinitamente bajo y detestable descienda a un lugar que, aunque sea más bajo que el que solía arrogarse, es todavía inmensamente más alto que el que le corresponde. Así como los hombres difícilmente considerarían digno del nombre de humildad que un esclavo despreciable, que antes pretendía ser príncipe, tuviera su espíritu tan rebajado como para tomar el lugar de un noble, cuando este lugar está todavía tan por encima del que le corresponde.

Todos los hombres del mundo, al juzgar el grado de su propia humildad y la de otros, tal como se manifiesta en algún acto suyo, consideran dos cosas, a saber: el grado real de dignidad en que se encuentran, y el grado de rebajamiento y la relación que guarda con esa dignidad real. Así, el aceptar un mismo lugar bajo o un mismo acto humilde puede ser prueba de gran humildad en uno, mientras que en otro muestra poca o ninguna. Pero los cristianos verdaderamente humildes tienen una opinión tan baja de su propia dignidad real que todo su rebajamiento, considerado en relación con ella y comparado con ella, les parece muy pequeño. No les parece una gran humildad, ni un rebajamiento del que haya que hacer mucho caso, que criaturas tan pobres, viles y abyectas como ellos se postren a los pies de Dios.

El grado de humildad ha de juzgarse por el grado de rebajamiento y por el grado de la causa que hay para rebajarse; pero el que es verdadera y eminentemente humilde nunca piensa que su humildad es grande, considerando la causa. La causa por la que debería rebajarse le parece tan grande, y el rebajamiento de la disposición de su corazón tan por debajo de ella, que se fija mucho más en su orgullo que en su humildad.

Todo el que ha tratado con almas bajo convicción de pecado sabe que los que están grandemente convencidos de pecado no son propensos a pensar que lo están. Y la razón es esta: los hombres juzgan el grado de sus propias convicciones de pecado por dos cosas consideradas juntamente, a saber, el grado del sentido que tienen de su culpa y contaminación, y el grado de causa que tienen para tal sentido, según el grado de su pecaminosidad real. No es realmente prueba de una gran convicción de pecado que algunos hombres se crean muy pecadores, más que la mayoría de los demás en el mundo, porque de hecho lo son, de manera muy clara y notoria. Y por tanto, una convicción de pecado mucho menor puede inclinar a uno así a pensarlo, que a otro; tendría que estar muy ciego para no darse cuenta. Pero el que está verdaderamente bajo grandes convicciones de pecado piensa naturalmente que este es su caso. Le parece que la causa que tiene para sentir culpa y contaminación es mayor que la que tienen otros; y por eso atribuye su sentimiento de ello a la grandeza de su pecado, y no a la grandeza de su sensibilidad. Es natural que uno que está bajo grandes convicciones se crea en realidad uno de los mayores pecadores, y también que esto es así de manera muy clara y evidente; porque cuanto mayores son sus convicciones, más claro y evidente le parece. Y por tanto le parece necesariamente tan claro, y tan fácil de ver, que podría verse sin mucha convicción. Está bajo grandes convicciones aquel cuya convicción es grande en proporción a su pecado. Pero ningún hombre que esté verdaderamente bajo grandes convicciones piensa que su convicción es grande en proporción a su pecado. Porque si lo piensa, es señal cierta de que en su interior considera pequeños sus pecados. Y si ese es el caso, es prueba cierta de que su convicción es pequeña. Y esta es, dicho sea de paso, la razón principal por la que las personas, cuando están bajo una obra de humillación, no se dan cuenta de ello mientras dura.

Y lo que sucede con la convicción de pecado, sucede exactamente igual, por la misma razón, con la convicción o el sentimiento que tienen las personas de su propia bajeza y vileza, de su propia ceguera, de su propia impotencia, y de todo aquel bajo concepto que el cristiano tiene de sí mismo en el ejercicio de la humillación evangélica. De modo que, en un alto grado de esta, los santos nunca están dispuestos a pensar que es grande su sentimiento de su propia bajeza, inmundicia, impotencia, etc., porque nunca les parece grande considerando la causa.

Un santo eminente no es propenso a creerse eminente en nada; todas sus gracias y experiencias tienden a parecerle comparativamente pequeñas, pero especialmente su humildad. No hay nada de lo que pertenece a la experiencia cristiana y a la verdadera piedad que esté tan fuera de su vista como su humildad. Es mil veces más perspicaz para discernir su orgullo que su humildad: aquel lo discierne fácilmente, y es propenso a fijarse mucho en él, pero apenas discierne su humildad. Por el contrario, el hipócrita engañado, que está bajo el poder del orgullo espiritual, para nada es tan ciego como para su orgullo, y para nada es tan perspicaz como para las apariencias de humildad que hay en él.

El cristiano humilde es más propenso a encontrar falta en su propio orgullo que en el de otros hombres. Es propenso a dar la mejor interpretación a las palabras y la conducta de otros, y a pensar que nadie es tan orgulloso como él. Pero el hipócrita orgulloso es rápido para discernir, en este respecto, la mota en el ojo de su hermano, mientras no ve nada de la viga en el suyo. Muy a menudo se ocupa mucho en clamar contra el orgullo de otros, encontrando falta en su vestido y en su manera de vivir; y le afecta diez veces más el anillo o la cinta de su vecino que toda la inmundicia de su propio corazón.

De la disposición que hay en los hipócritas a tener en alta estima su humildad, resulta que la humildad falsificada se apresura a exhibirse a la vista. Los que la tienen son propensos a hablar mucho de sus humillaciones, a describirlas en términos elevados, y a hacer una gran ostentación exterior de humildad, con miradas, gestos o maneras de hablar afectados, o con pobreza en el vestido, o con alguna singularidad afectada. Así ocurría antiguamente con los falsos profetas, Zacarías 13:4; así ocurría con los judíos hipócritas, Isaías 58:5; y así nos dice Cristo que ocurría con los fariseos, Mateo 6:16. Pero sucede lo contrario con la verdadera humildad: los que la tienen no son propensos a desplegar su elocuencia en describirla, ni a hablar del grado de su rebajamiento en términos enérgicos.6161 Es una observación del señor Jones, en su excelente tratado sobre el canon del Nuevo Testamento, que el evangelista Marcos, que fue compañero de san Pedro, y de quien se supone que escribió su evangelio bajo la dirección de ese apóstol, cuando menciona el arrepentimiento de Pedro después de negar a su Maestro, no usa términos tan enérgicos para describirlo como los otros evangelistas; solo usa estas palabras: «Pensando en esto, lloraba», Marcos 14:72; mientras que los otros evangelistas dicen así: «salió fuera, y lloró amargamente», Mateo 26:75, Lucas 22:62. No pretende mostrarse en ninguna pobreza exterior singular en el vestido o en la manera de vivir; conforme a lo que se da a entender en Mateo 6:17: «Mas tú, cuando ayunas, unge tu cabeza y lava tu rostro. Colosenses 2:23. Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo». Tampoco es la verdadera humildad algo ruidoso; no es estrepitosa ni alborotada. La Escritura la presenta como de naturaleza contraria. Acab, cuando tuvo una humildad visible, una semejanza de verdadera humildad, anduvo con paso quedo, 1 Reyes 21:27. Al penitente, en el ejercicio de la verdadera humillación, se lo presenta quieto y en silencio, Lamentaciones 3:28: «Se sentará solo, y callará, porque lo llevó sobre sí». Y el silencio se menciona como algo que acompaña a la humildad, Proverbios 30:32: «Si neciamente te enalteciste, o si pensaste mal, pon la mano sobre tu boca».

Así he mostrado en particular y extensamente la naturaleza de aquella verdadera humildad que acompaña a los afectos santos, tal como se manifiesta en su tendencia a hacer que las personas tengan un concepto bajo de sus logros en la religión, comparados con los logros de otros, y particularmente de sus logros en humildad; y he mostrado la tendencia contraria del orgullo espiritual, que dispone a las personas a pensar que sus logros en estos respectos son grandes. Me he detenido más en esto porque lo considero un asunto de gran importancia, ya que ofrece una distinción cierta entre la humildad verdadera y la falsificada; y también porque esta disposición de los hipócritas a considerarse mejores que otros es algo que Dios ha declarado serle muy aborrecible, «humo en su nariz, fuego que arde todo el día», Isaías 65:5. Se menciona como ejemplo del orgullo de los habitantes de aquella ciudad santa (como se la llamaba), Jerusalén, que se tenían por mucho mejores que el pueblo de Sodoma, y por eso los consideraban dignos de ser pasados por alto y desatendidos por ellos: Ezequiel 16:56: «Pues Sodoma, tu hermana, no fue nombrada por tu boca en el tiempo de tus soberbias».

Que el lector no pase por alto a la ligera estas cosas al aplicárselas a sí mismo. Si una vez has entendido que es mala señal que una persona sea propensa a creerse mejor santo que otros, surgirá en ti un prejuicio cegador a tu favor; y probablemente necesitarás un gran rigor en el examen de ti mismo para determinar si es así contigo. Si, al plantearte la pregunta, respondes: «No, me parece que nadie es tan malo como yo», no dejes pasar el asunto así; sino examina otra vez si no te crees mejor que otros precisamente por esto, porque imaginas que tienes un concepto tan bajo de ti mismo. ¿No tienes una alta opinión de esta humildad? Y si respondes otra vez: «No; no tengo una alta opinión de mi humildad; me parece que soy tan orgulloso como el diablo», examina aún otra vez si la presunción no se levanta bajo esta cubierta; si, precisamente porque te crees tan orgulloso como el diablo, no te consideras muy humilde.

De esta oposición que hay entre la naturaleza de una humildad verdadera y la de una falsificada, en cuanto a la estima que tienen de sí mismos quienes las poseen, surge una múltiple contrariedad de carácter y de conducta.

Una persona verdaderamente humilde, al tener una opinión tan baja de su justicia y santidad, es pobre en espíritu. Ser pobre en espíritu es ser pobre en el propio sentir y entender en cuanto a lo que hay en uno, y tener una disposición correspondiente. Por tanto, una persona verdaderamente humilde, especialmente una eminentemente humilde, se comporta naturalmente en muchos aspectos como un pobre. «El pobre habla con ruegos, mas el rico responde durezas». Un pobre no está dispuesto a un resentimiento rápido y altivo cuando está entre los ricos: es propenso a ceder ante otros, porque sabe que otros están por encima de él; no es terco ni obstinado; es paciente con el trato duro; no espera otra cosa que ser despreciado, y lo lleva con paciencia; no toma a mal que se lo pase por alto y se le haga poco caso; está preparado para estar en un lugar bajo; honra de buena gana a sus superiores; recibe las reprensiones con calma; honra de buena gana a otros como superiores a él; se deja enseñar con facilidad, y no reclama mucho para su entendimiento y su juicio; no es demasiado delicado ni caprichoso, y tiene su espíritu sometido a las cosas duras; no es presuntuoso, ni propenso a arrogarse mucho, sino que le es natural estar sujeto a otros. Así sucede con el cristiano humilde. La humildad es (como lo expresa el gran Mastricht) una especie de santa pusilanimidad.

Un hombre muy pobre es un mendigo; así lo es también el que es pobre en espíritu. Hay una gran diferencia entre los afectos que son de gracia y los que son falsos: bajo los primeros, la persona sigue siendo siempre un pobre mendigo a las puertas de Dios, sumamente vacía y necesitada; pero los segundos hacen que los hombres se vean a sí mismos ricos y enriquecidos, y no muy necesitados; tienen en su propia imaginación una gran provisión para su sustento.6262 «Este espíritu mantiene siempre al hombre pobre y vil a sus propios ojos, y vacío.—Cuando el hombre ha adquirido algún conocimiento, y puede discurrir bastante bien, y ha gustado algo del don celestial, algunos dulces influjos de la gracia, y así su conciencia queda bastante tranquila; y si ha obtenido algunas respuestas a sus oraciones, y tiene afectos dulces, se llena; y teniendo alivio en su conciencia, desecha el sentido del pecado y el gemir diario bajo él. Y de ahí que muera el espíritu de oración: pierde su estima por las ordenanzas de Dios, no siente tanta necesidad de ellas; o no saca provecho, no siente vida ni poder por medio de ellas.—Esta es la lamentable condición de algunos; y sin embargo no lo saben. Pero al que está lleno del Espíritu, el Señor lo vacía; y tanto más cuanto más vive. De modo que, aunque otros piensan que no necesita mucha gracia, él se tiene por el más pobre». Shepard, La parábola de las diez vírgenes, parte II, p. 132.
«Después de toda plenitud, permanece siempre vacío, hambriento, sintiendo necesidad y orando por más». Ibid., p. 151.
«En verdad, hermanos, cuando veo la maldición de Dios sobre muchos cristianos que ahora se han llenado de sus talentos, dones, paz, consuelos, capacidades y deberes, me quedo adorando las riquezas de la misericordia del Señor para con un pequeño puñado de pobres creyentes, no solo al vaciarlos, sino al mantenerlos así todos sus días». Shepard, The Sound Believer, edición reciente de Boston, págs. 158 y 159.

Un pobre es modesto en su hablar y en su conducta; y así lo es, y mucho más, y con mayor certeza y universalidad, el que es pobre en espíritu: es humilde y modesto en su conducta entre los hombres. Es en vano que alguien pretenda ser humilde, y como un niño pequeño delante de Dios, cuando es altivo, presuntuoso e insolente en su conducta entre los hombres. El apóstol nos informa que el propósito del evangelio es excluir toda jactancia, no solo delante de Dios, sino también delante de los hombres, Romanos 4:1, 2. Algunos pretenden una gran humillación y son muy altivos, atrevidos y presuntuosos en su apariencia y conducta exteriores; pero deberían considerar estas Escrituras: Salmo 131:1: «Señor, no se ha envanecido mi corazón, ni mis ojos se enaltecieron; ni anduve en grandezas, ni en cosas demasiado sublimes para mí». Proverbios 6:16, 17: «Seis cosas aborrece el Señor, y aun siete abomina su alma: los ojos altivos, etc.».—Capítulo 21:4: «Altivez de ojos y orgullo de corazón son pecado». Salmo 18:27: «Humillarás los ojos altivos». Y Salmo 101:5: «No sufriré al de ojos altaneros y de corazón vanidoso». 1 Corintios 13:4: «el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido». Hay cierta modestia y cierto temor amables que pertenecen a la conducta cristiana entre los hombres, que nacen de la humildad, y de los que la Escritura habla a menudo: 1 Pedro 3:15: «Estad siempre preparados para responder a todo el que os demande razón… con mansedumbre y temor». Romanos 13:7: «Al que temor, temor». 2 Corintios 7:15: «Cuando se acuerda de la obediencia de todos vosotros, de cómo lo recibisteis con temor y temblor». Efesios 6:5: «Siervos, obedeced a vuestros amos según la carne con temor y temblor». 1 Pedro 2:18: «Siervos, estad sujetos con todo temor a vuestros amos». 1 Pedro 3:2: «Considerando vuestra casta conducta, que es en temor». 1 Timoteo 2:9: «Que las mujeres se atavíen con ropa decorosa, con pudor y modestia». En este respecto el cristiano es como un niño pequeño: un niño pequeño es modesto delante de los hombres, y su corazón tiende a estar lleno de temor y respeto entre ellos.

El mismo espíritu dispondrá al cristiano a honrar a todos los hombres: 1 Pedro 2:17: «Honrad a todos». Un cristiano humilde no solo está dispuesto a honrar en su conducta a los santos, sino también a los demás, de todas aquellas maneras que no impliquen una aprobación visible de sus pecados. Así Abraham, el gran modelo de los creyentes, honró a los hijos de Het: Génesis 23:7: «Abraham se levantó, y se inclinó al pueblo de aquella tierra». Este fue un ejemplo notable de conducta humilde hacia quienes estaban fuera de Cristo, y que Abraham sabía que eran malditos; por lo cual de ningún modo permitió que su siervo tomara de entre ellos mujer para su hijo; y las mujeres de Esaú, que eran de estos hijos de Het, fueron amargura de espíritu para Isaac y Rebeca. Así Pablo honró a Festo: Hechos 26:25: «No estoy loco, excelentísimo Festo». La humildad cristiana no solo dispondrá a las personas a honrar a los impíos que están fuera de la iglesia visible, sino también a los falsos hermanos y a los perseguidores. Como Jacob, cuando estaba en una disposición excelente, recién salido de luchar toda la noche con Dios y de recibir la bendición, honró a Esaú, su hermano falso y perseguidor: Génesis 33:3: «Jacob se inclinó a tierra siete veces, hasta que llegó a su hermano». Así lo llamó señor, y mandó a toda su familia que lo honrara de igual manera.

Así he procurado describir el corazón y la conducta de quien está gobernado por una humildad verdaderamente de gracia, tan conforme a las Escrituras como me ha sido posible.

Ahora bien, es de un corazón como este de donde fluyen todos los afectos verdaderamente santos. Los afectos cristianos son como el precioso ungüento de María, que ella derramó sobre la cabeza de Cristo y que llenó toda la casa de un olor suave. Aquel fue derramado de un vaso de alabastro; así los afectos de gracia fluyen hacia Cristo de un corazón puro. Aquel fue derramado de un vaso quebrado; hasta que el vaso no se quebró, el ungüento no pudo fluir ni difundir su olor; así los afectos de gracia fluyen de un corazón quebrantado. Los afectos de gracia son también como los de María Magdalena (al final de Lucas 7), que también derrama ungüento precioso sobre Cristo, de un vaso de alabastro quebrado, ungiendo con él los pies de Jesús, después de haberlos lavado con sus lágrimas y secado con los cabellos de su cabeza. Todos los afectos de gracia que son olor suave para Cristo, y que llenan el alma del cristiano de una dulzura y fragancia celestiales, son afectos de un corazón quebrantado. Un amor verdaderamente cristiano, ya sea a Dios o a los hombres, es un amor humilde y quebrantado de corazón. Los deseos de los santos, por ardientes que sean, son deseos humildes. Su esperanza es una esperanza humilde; y su gozo, aun cuando es inefable y glorioso, es un gozo humilde y quebrantado de corazón, y deja al cristiano más pobre en espíritu, más semejante a un niño pequeño, y más dispuesto a una humildad universal en su conducta.

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