Tratado sobre los afectos religiosos
IV. Los afectos de gracia surgen de que la mente es iluminada para entender o aprehender rica y espiritualmente las cosas divinas

Capítulo 18 · 59 min de lectura · 1 h 16 min de escucha

IV. Los afectos de gracia surgen de que la mente es iluminada para entender o aprehender rica y espiritualmente las cosas divinas

IV. Los afectos de gracia surgen de que la mente es iluminada para entender o aprehender rica y espiritualmente las cosas divinas.

Los afectos santos no son calor sin luz, sino que siempre surgen de la información del entendimiento, de alguna instrucción espiritual que la mente recibe, de alguna luz o conocimiento real. El hijo de Dios es movido por la gracia porque ve y entiende algo más de las cosas divinas de lo que veía antes, algo más de Dios o de Cristo y de las cosas gloriosas que se exhiben en el evangelio; tiene una visión más clara y mejor que la que tenía antes, cuando no estaba conmovido: o bien recibe alguna comprensión de las cosas divinas que es nueva para él, o bien se le renueva el conocimiento que ya tenía después de que aquella visión había decaído: 1 Juan 4:7, «Cualquiera que ama conoce a Dios». Filipenses 1:9, «Esto pido, que vuestro amor abunde aún más y más en ciencia y en todo conocimiento». Romanos 10:2, «tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia». Colosenses 3:10, «El nuevo hombre, el cual por el conocimiento es renovado». Salmo 43:3, 4, «Envía tu luz y tu verdad; estas me guiarán, me conducirán al monte de tu santidad». Juan 6:45, «Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí». El conocimiento es la llave que primero abre el corazón duro y ensancha los afectos, y así abre a los hombres el camino al reino de los cielos; Lucas 11:52, «habéis quitado la llave de la ciencia».

Ahora bien, hay muchos afectos que no surgen de ninguna luz en el entendimiento. Y cuando es así, es una prueba segura de que esos afectos no son espirituales, por muy elevados que sean.5252 «Muchos que tuvieron afectos poderosísimos en su primera conversión, después se secan y marchitan, y se consumen, y languidecen, y mueren; y entonces su hipocresía se hace manifiesta; si no a todo el mundo por una profanidad abierta, sí al ojo perspicaz de los cristianos vivos, por un corazón y una conducta formales, estériles, insípidos e infructuosos; porque nunca tuvieron todavía luz suficiente para la convicción». Es cierto que tienen algunas aprehensiones nuevas que antes no tenían. Tal es la naturaleza del hombre que es imposible que su mente sea afectada si no es por algo que aprehende, o que su mente concibe. Pero en muchas personas esas aprehensiones o concepciones que tienen, y por las que son afectadas, no tienen en sí nada de la naturaleza del conocimiento o de la instrucción. Por ejemplo, cuando una persona es afectada por una idea viva, suscitada de repente en su mente, de alguna figura o de un rostro muy hermoso y agradable, o de alguna luz resplandeciente, u otra apariencia exterior gloriosa: aquí hay algo aprehendido o concebido por la mente, pero no hay en ello nada de la naturaleza de la instrucción; las personas no se vuelven ni un ápice más sabias por tales cosas, ni más entendidas acerca de Dios, o de un Mediador entre Dios y los hombres, o del camino de salvación por Cristo, o de cualquier cosa contenida en alguna de las doctrinas del evangelio. Por estas ideas externas las personas no adquieren mayor trato con Dios en cuanto a ninguno de los atributos o perfecciones de su naturaleza, ni tienen mayor entendimiento de su palabra, ni de ninguno de sus caminos u obras. Los afectos verdaderamente espirituales y de gracia no se levantan de esta manera; estos surgen de la iluminación del entendimiento para entender de un modo nuevo las cosas que son enseñadas acerca de Dios y de Cristo: el llegar a una comprensión nueva de la excelente naturaleza de Dios y de sus maravillosas perfecciones, alguna visión nueva de Cristo en sus excelencias espirituales y en su plenitud, o cosas que se le abren de un modo nuevo y que pertenecen al camino de salvación por Cristo, por lo cual ahora ve cómo es, y entiende aquellas doctrinas divinas y espirituales que en otro tiempo le eran locura. Tales iluminaciones del entendimiento son cosas enteramente distintas, en su naturaleza, de las ideas intensas de figuras y colores, de resplandor y gloria exteriores, o de sonidos y voces. Que todos los afectos de gracia surjan de alguna instrucción o iluminación del entendimiento es, por tanto, una prueba más de que los afectos que surgen de semejante impresión en la imaginación no son afectos de gracia, además de las cosas observadas antes que ya lo hacen evidente.

De aquí se ve también que los afectos que surgen de textos de la Escritura que vienen a la mente son vanos cuando el fundamento del afecto no es alguna instrucción recibida en el entendimiento por medio de esos textos, o algo que esos textos enseñan, sino la manera en que vinieron a la mente. Cuando Cristo hace de la Escritura un medio para que el corazón arda con afecto de gracia, lo hace abriendo las Escrituras al entendimiento; Lucas 24:32, «¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?». Se ve también que el afecto ocasionado por la llegada de un texto de la Escritura tiene que ser vano cuando el afecto se funda en algo que se supone enseñado por él, pero que en realidad no está contenido en él ni en ninguna otra Escritura; porque semejante instrucción supuesta no es instrucción real, sino un error y una mala comprensión de la mente. Por ejemplo, cuando las personas suponen que alguna Escritura que les viene a la mente les enseña expresamente que ellas en particular son amadas de Dios, o que sus pecados están perdonados, que Dios es su Padre, y cosas semejantes, esto es un error o una mala comprensión; porque la Escritura en ninguna parte revela expresamente a las personas individuales que son amadas, sino solo por consecuencia, al revelar las cualidades de las personas que son amadas de Dios; y por tanto este asunto no ha de aprenderse de la Escritura de ningún otro modo que por consecuencia, y a partir de esas cualidades; porque las cosas no han de aprenderse de la Escritura de ningún otro modo que como la Escritura las enseña.

En los casos que se han mencionado, los afectos surgen en realidad de la ignorancia más que de la instrucción; como también en algunos otros que podrían mencionarse. Así algunos, cuando se encuentran con soltura de palabra en la oración, lo llaman estar Dios con ellos; y esto los conmueve más; y así sus afectos se ponen en marcha y van en aumento; sin examinar la causa de esa soltura de palabra, que puede surgir de muchas otras maneras además de la presencia espiritual de Dios. Así, algunos se conmueven mucho con ciertos pensamientos acertados que les vienen a la mente acerca de la Escritura, y lo llaman el Espíritu de Dios que les enseña. Así atribuyen muchas de las operaciones de su propia mente, de las que tienen alto concepto y con las que se complacen y se encantan, a las influencias especiales e inmediatas del Espíritu de Dios; y así se conmueven poderosamente con su privilegio. Y hay algunos casos de personas en quienes parece manifiesto que el primer fundamento de su afecto es alguna sensación corporal. Los espíritus animales, por alguna causa (y probablemente a veces por obra del diablo), son puestos de repente y de manera inexplicable en un movimiento muy agradable, que hace que las personas sientan placer en el cuerpo; los espíritus animales son puestos en un movimiento tal como el que suele ir unido al regocijo de la mente; y el alma, por las leyes de la unión del alma y el cuerpo, siente placer por ello. El movimiento de los espíritus animales no surge primero de ningún afecto ni aprehensión de la mente, sea cual sea; sino que lo primerísimo que se siente es un regocijo de los espíritus animales, y quizá una agradable sensación externa en el pecho. De aquí que, por ignorancia, la persona, tomada por sorpresa, comienza a pensar: seguramente es el Espíritu Santo que entra en mí. Y entonces la mente empieza a ser afectada y exaltada. Primero hay un gran gozo; y luego muchos otros afectos, que de manera muy tumultuosa ponen a toda la naturaleza, cuerpo y mente, en una poderosa agitación. Porque aunque, como observé antes, solo el alma es la sede de los afectos, esto no impide que las sensaciones corporales puedan ser de esta manera ocasión de afectos en la mente.

Y aun cuando los afectos religiosos de los hombres surjan verdaderamente de alguna instrucción o luz en el entendimiento, el afecto no es de gracia a menos que la luz que es su fundamento sea espiritual. Los afectos pueden ser suscitados por aquel entendimiento de las cosas que los hombres obtienen meramente por enseñanza humana, con el cultivo común de las facultades de la mente. Los hombres pueden conmoverse mucho por el conocimiento de las cosas de la religión que obtienen de este modo; como algunos filósofos se han conmovido poderosamente, y casi han quedado fuera de sí, por los descubrimientos que han hecho en las matemáticas y en la filosofía natural. Así también los hombres pueden conmoverse mucho por iluminaciones comunes del Espíritu de Dios, en las que Dios asiste las facultades de los hombres para que alcancen un grado mayor de esa clase de entendimiento de las cosas religiosas que ya tienen en algún grado por el solo ejercicio y cultivo ordinario de sus propias facultades. Tales iluminaciones pueden afectar mucho la mente, como en muchos de quienes leemos en la Escritura que una vez fueron iluminados; pero estos afectos no son espirituales.

Si las Escrituras sirven para enseñarnos algo, existe un entendimiento espiritual y sobrenatural de las cosas divinas que es propio de los santos, y del que nada tienen los que no son santos. Es ciertamente una clase de entendimiento, aprehensión o discernimiento de las cosas divinas, del que nada tienen los hombres naturales, aquel del que habla el apóstol en 1 Corintios 2:14: «Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente». Es ciertamente una clase de ver o discernir las cosas espirituales, propia de los santos, aquella de la que se habla en 1 Juan 3:6: «Cualquiera que peca no le ha visto, ni le ha conocido». 3 Juan 11, «El que hace lo malo no ha visto a Dios». Y Juan 6:40, «Esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna». Cap. 14:19, «El mundo no me verá más; pero vosotros me veréis». Cap. 17:3, «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado». Mateo 11:27, «Nadie conoce al Hijo, sino el Padre; ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar». Juan 12:45, «El que me ve, ve al que me envió». Salmo 9:10, «En ti confiarán los que conocen tu nombre». Filipenses 3:8, «estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor»; versículo 10, «A fin de conocerle». Y hay innumerables otros pasajes, por toda la Biblia, que muestran lo mismo. Y que existe un entendimiento de las cosas divinas que en su naturaleza y clase es enteramente distinto de todo conocimiento que tienen los hombres naturales, es evidente por esto: que hay un entendimiento de las cosas divinas que la Escritura llama entendimiento espiritual, Colosenses 1:9: «No cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual». Ya se ha mostrado que lo que es espiritual, en el uso ordinario de la palabra en el Nuevo Testamento, es enteramente distinto, en naturaleza y clase, de todo aquello de lo que los hombres naturales son o pueden ser sujetos.

De aquí puede inferirse con seguridad en qué consiste el entendimiento espiritual. Porque si hay en los santos una clase de aprehensión o percepción que en su naturaleza es perfectamente diversa de todo lo que tienen los hombres naturales, o de todo lo que les es posible tener hasta que tengan una nueva naturaleza, tiene que consistir en que poseen cierta clase de ideas o sensaciones de la mente que son simplemente diversas de todo lo que hay, o puede haber, en la mente de los hombres naturales. Y eso es lo mismo que decir que consiste en las sensaciones de un nuevo sentido espiritual que las almas de los hombres naturales no tienen, como es evidente por lo que antes se ha observado una y otra vez. Pero ya he mostrado cuál es ese nuevo sentido espiritual que se da a los santos en la regeneración, y cuál es su objeto. He mostrado que su objeto inmediato es la suprema belleza y excelencia de la naturaleza de las cosas divinas, tal como son en sí mismas. Y esto concuerda con la Escritura; el apóstol enseña con toda claridad que lo grande que es descubierto por la luz espiritual, y entendido por el conocimiento espiritual, es la gloria de las cosas divinas, 2 Corintios 4:3, 4: «Que si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó los entendimientos de los incrédulos, para que no les resplandezca la lumbre del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios»; junto con el versículo 6: «Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo». Y el capítulo 3:18, que precede: «Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor». Y así tiene que ser necesariamente, porque, como ya se ha observado, la Escritura enseña a menudo que toda la religión verdadera consiste, en suma, en el amor a las cosas divinas. Y por tanto, aquella clase de entendimiento o conocimiento que es el fundamento propio de la religión verdadera tiene que ser el conocimiento de lo amable de las cosas divinas. Porque sin duda el conocimiento que es el fundamento propio del amor es el conocimiento de lo amable. Cuál es esa belleza de las cosas divinas que es el objeto propio e inmediato de un sentido espiritual de la mente, se mostró bajo el último punto que se trató, a saber, que es la belleza de su perfección moral. Por tanto, es en la visión o en el sentido de esto en lo que el entendimiento espiritual consiste más inmediata y primariamente. Y en verdad es evidente que no puede ser otra cosa; porque (como se ha mostrado) no hay nada que pertenezca a las cosas divinas, aparte de la belleza de su excelencia moral y de aquellas propiedades y cualidades de las cosas divinas de las que esta belleza es el fundamento, que los hombres naturales y los demonios no puedan ver y conocer, y que no vayan a conocer plena y claramente por toda la eternidad.

Por lo que se ha dicho, pues, llegamos necesariamente a esta conclusión acerca de aquello en que consiste el entendimiento espiritual, a saber, que consiste en «un sentido del corazón de la suprema belleza y dulzura de la santidad o perfección moral de las cosas divinas, junto con todo aquel discernimiento y conocimiento de las cosas de la religión que depende de tal sentido y fluye de él».

El entendimiento espiritual consiste primariamente en un sentido del corazón de esa belleza espiritual. Digo un sentido del corazón, porque en esta clase de entendimiento no interviene meramente la especulación; ni puede hacerse en este asunto una distinción clara entre las dos facultades del entendimiento y la voluntad, como si actuaran distinta y separadamente. Cuando la mente percibe la dulce belleza y lo amable de una cosa, eso implica percibir dulzura y deleite en la presencia de la idea de ella; y esta percepción de lo amable o deleitable de la belleza lleva, en su misma naturaleza, el sentido del corazón; o sea, un efecto e impresión de que el alma es sujeto en cuanto sustancia dotada de gusto, inclinación y voluntad.

Hay que distinguir entre un entendimiento meramente nocional, en el que la mente solo contempla las cosas en el ejercicio de una facultad especulativa, y el sentido del corazón, en el que la mente no solo especula y contempla, sino que saborea y siente. La clase de conocimiento por la cual un hombre tiene una percepción sensible de lo amable y de lo repugnante, o de lo dulce y de lo nauseabundo, no es exactamente la misma clase de conocimiento que aquella por la cual sabe qué es un triángulo y qué es un cuadrado. El uno es mero conocimiento especulativo; el otro, conocimiento sensible, en el que interviene algo más que el mero intelecto: su sujeto propio es el corazón, o el alma en cuanto ser que no solo contempla, sino que tiene inclinación, y se complace o se disgusta. Y, sin embargo, hay en él la naturaleza de la instrucción; así como el que ha percibido el dulce sabor de la miel sabe mucho más de ella que el que solo la ha mirado y tocado.

El apóstol parece hacer una distinción entre el mero conocimiento especulativo de las cosas de la religión y el conocimiento espiritual, al llamar a aquel la forma de la ciencia y de la verdad en la ley, Romanos 2:20, «que tienes en la ley la forma de la ciencia y de la verdad». El segundo se representa a menudo como saborear, oler o gustar: 2 Corintios 2:14, «gracias a Dios, que siempre nos lleva en triunfo en Cristo, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento». Mateo 16:23, «No gustas de las cosas que son de Dios, sino de las que son de los hombres». 1 Pedro 2:2, 3, «Desead, como niños recién nacidos, la leche pura de la palabra, para que por ella crezcáis; si es que habéis gustado que el Señor es benigno». Cantares 1:3, «Por el olor de tus suaves ungüentos, tu nombre es como ungüento derramado; por eso las doncellas te aman»; comparado con 1 Juan 2:20, «Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas».

El entendimiento espiritual consiste primariamente en este sentido o gusto de la belleza moral de las cosas divinas; de modo que ningún conocimiento puede llamarse espiritual sino en la medida en que surge de esto y lo lleva en sí. Pero secundariamente incluye todo aquel discernimiento y conocimiento de las cosas de la religión que dependen de tal sentido y fluyen de él.

Cuando al alma se le descubre la verdadera belleza y lo amable de la santidad, o del verdadero bien moral que hay en las cosas divinas, se le abre, por así decirlo, un mundo nuevo ante la vista. Esto muestra la gloria de todas las perfecciones de Dios y de todo lo que pertenece al Ser divino. Porque, como se observó antes, la belleza de todo ello surge de la perfección moral de Dios. Esto muestra la gloria de todas las obras de Dios, tanto de la creación como de la providencia. Porque la gloria especial de ellas es que en ellas se manifiestan así la santidad, la justicia, la fidelidad y la bondad de Dios; y sin estas perfecciones morales no habría gloria alguna en el poder y la destreza con que están hechas. La glorificación de las perfecciones morales de Dios es el fin especial de todas las obras de sus manos. Por este sentido de la belleza moral de las cosas divinas se entiende la suficiencia de Cristo como mediador; porque solo por el descubrimiento de la belleza de la perfección moral de Cristo es introducido el creyente en el conocimiento de la excelencia de su persona, de modo que sepa de ella algo más que los demonios; y solo por el conocimiento de la excelencia de la persona de Cristo conoce alguien su suficiencia como mediador; porque lo segundo depende de lo primero y surge de ello. Es viendo la excelencia de la persona de Cristo como los santos llegan a percibir lo precioso de su sangre y su suficiencia para expiar el pecado; porque en esto consiste lo precioso de la sangre de Cristo: en que es la sangre de una persona tan excelente y amable. Y de esto depende el mérito de su obediencia, y la suficiencia y eficacia de su intercesión. Por esta visión de la belleza moral de las cosas divinas se ve la belleza del camino de salvación por Cristo; porque esta consiste en la belleza de las perfecciones morales de Dios, que resplandece maravillosamente en cada paso de este plan de salvación, de principio a fin. Por esto se ve lo apropiado y conveniente de este camino; porque esto consiste enteramente en su tendencia a librarnos del pecado y del infierno, y a llevarnos a la felicidad que consiste en la posesión y el disfrute del bien moral, de una manera que concuerda dulcemente con las perfecciones morales de Dios. Y en que el camino haya sido trazado de tal modo que alcance estos fines consiste la excelente sabiduría de ese camino. Por esto se ve la excelencia de la palabra de Dios. Quita toda la belleza y la dulzura morales de la palabra, y la Biblia queda enteramente como letra muerta, una cosa seca, sin vida y sin sabor. Por esto se ve el verdadero fundamento de nuestro deber: la dignidad de Dios para ser estimado, honrado, amado, obedecido y servido como él nos lo exige, y lo amable de los mismos deberes que se nos exigen. Y por esto se ve el verdadero mal del pecado; porque quien ve la belleza de la santidad tiene necesariamente que ver lo aborrecible del pecado, su contrario. Por esto entienden los hombres la verdadera gloria del cielo, que consiste en la belleza y la felicidad que hay en la santidad. Por esto se ve lo amable y la felicidad tanto de los santos como de los ángeles. El que ve la belleza de la santidad, o del verdadero bien moral, ve la cosa más grande e importante del mundo, que es la plenitud de todas las cosas, sin la cual todo el mundo está vacío, no es mejor que nada, sí, es peor que nada. Si no se ve esto, no se ve nada que valga la pena ver; porque no hay otra verdadera excelencia ni belleza. Si no se entiende esto, no se entiende nada que sea digno del ejercicio de la noble facultad del entendimiento. Esta es la belleza de la Deidad, y la divinidad de la divinidad (si se me permite hablar así), el bien de la fuente infinita del bien; sin lo cual Dios mismo (si eso fuera posible) sería un mal infinito; sin lo cual más nos valdría a nosotros mismos no haber existido nunca; y sin lo cual más valdría que no hubiese existido ser alguno. Por tanto, el que no conoce esto en efecto no conoce nada; su conocimiento no es más que la sombra del conocimiento, o la forma de la ciencia, como lo llama el apóstol. Con razón, pues, representan las Escrituras a los que carecen de ese sentido espiritual por el cual se percibe la belleza de la santidad como totalmente ciegos, sordos e insensibles, sí, muertos. Y con razón se representa la regeneración, en la que su Creador da al alma este sentido divino, como abrir los ojos de los ciegos, resucitar a los muertos y llevar a una persona a un mundo nuevo. Porque si se considera lo que se ha dicho, será manifiesto que, cuando a una persona se le da este sentido y conocimiento, no verá nada como lo veía antes; aunque antes conocía todas las cosas «según la carne, sin embargo, de aquí en adelante ya no las conocerá así; y ha llegado a ser una nueva criatura; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas»; conforme a 2 Corintios 5:16, 17.

Y además de las cosas ya mencionadas, de este sentido de la belleza espiritual surge todo verdadero conocimiento experimental de la religión, que es en sí mismo, por así decirlo, un mundo nuevo de conocimiento. El que no ve la belleza de la santidad no sabe qué es ni una sola de las gracias del Espíritu de Dios; carece de toda idea o concepción de todos los ejercicios de gracia del alma, de todos los consuelos y deleites santos, y de todos los efectos de las influencias salvadoras del Espíritu de Dios en el corazón; y así ignora las mayores obras de Dios, los efectos más importantes y gloriosos de su poder sobre la criatura; e ignora también por completo a los santos en cuanto santos: no sabe lo que son; y en efecto ignora todo el mundo espiritual.

Siendo así las cosas, se ve claramente que el que Dios implante ese sentido espiritual y sobrenatural del que se ha hablado produce un gran cambio en el hombre. Y si no fuera por el grado tan imperfecto en que este sentido se da comúnmente al principio, o por el pequeño grado de esta gloriosa luz que primero amanece sobre el alma, el cambio producido por esta apertura espiritual de los ojos en la conversión sería, en todos los sentidos, mucho mayor y más notable que si un hombre que hubiera nacido ciego, y con solo los otros cuatro sentidos, continuara así largo tiempo, y luego, de una vez, se le concediera el sentido de la vista en medio de la clara luz del sol, descubriéndosele un mundo de objetos visibles. Porque aunque la vista es más noble que cualquiera de los otros sentidos externos, este sentido espiritual del que se ha hablado es infinitamente más noble que ella, o que cualquier otro principio de discernimiento que el hombre tiene por naturaleza; y el objeto de este sentido es infinitamente mayor y más importante.

Esta clase de entendimiento o conocimiento es aquel conocimiento de las cosas divinas del que proceden todos los afectos verdaderamente de gracia; por el cual, por tanto, han de probarse todos los afectos. Aquellos afectos que surgen enteramente de cualquier otra clase de conocimiento, o que resultan de cualquier otra clase de aprehensiones de la mente, son vanos.

De lo que se ha dicho puede aprenderse en qué está la diferencia más esencial entre aquella luz o entendimiento que dan las influencias comunes del Espíritu de Dios en el corazón de los hombres naturales, y aquella instrucción salvadora que se da a los santos. La segunda consiste primaria y más esencialmente en contemplar la santa belleza que hay en las cosas divinas, que es el único verdadero bien moral, y para la cual el alma del hombre caído está por naturaleza totalmente ciega. La primera consiste solo en un entendimiento mayor, con la ayuda de principios naturales, de aquellas cosas que los hombres pueden conocer en alguna medida por el solo ejercicio ordinario de sus facultades. Y este conocimiento consiste solo en el conocimiento de aquellas cosas pertenecientes a la religión que son naturales. Así, por ejemplo, en esos despertares de la conciencia a los que a menudo están sujetos los hombres naturales, el Espíritu de Dios no da ningún conocimiento de la verdadera belleza moral que hay en las cosas divinas, sino que solo ayuda a la mente a tener una idea más clara de la culpa del pecado, o de su relación con el castigo y de su conexión con el mal del sufrimiento (sin ninguna visión de su mal moral, o de lo odioso que es en cuanto pecado), y una idea más clara de las perfecciones naturales de Dios, en las que no consiste su santa belleza y gloria, sino su grandeza temible y terrible. Es una visión clara de esto lo que despertará plenamente la conciencia de los impíos en el día del juicio, sin luz espiritual alguna. Y es un grado menor de lo mismo lo que despierta la conciencia de los hombres naturales, sin luz espiritual, en este mundo. Los mismos descubrimientos que se darán más plenamente en la conciencia de los pecadores en el día del juicio se dan en alguna medida, en este mundo, en la conciencia de un pecador despertado. La misma clase de visión o aprehensión de Dios que, en grado menor, hace que los pecadores despertados en este mundo perciban la terrible culpa del pecado contra un Dios tan grande y terrible, y perciban su asombroso castigo, y los llena de temerosas aprensiones de la ira divina, es la que convencerá a fondo a todos los impíos de la naturaleza y la culpa infinitamente terribles del pecado, y los dejará atónitos con aprensiones de la ira, cuando Cristo venga en la gloria de su poder y majestad, y todo ojo le vea, y todos los linajes de la tierra se lamenten sobre él. Y en esas iluminaciones comunes que a veces se dan a los hombres naturales, y que suscitan en ellos cierta clase de deseo, amor y gozo religiosos, la mente solo es ayudada a tener una aprehensión más clara del bien natural que hay en las cosas divinas. Así, a veces, bajo iluminaciones comunes, los hombres se exaltan con las ideas del bien natural que hay en el cielo: su gloria exterior, su descanso, su honra y su ascenso, el ser allí objeto del alto favor de Dios y del gran respeto de los hombres y de los ángeles, etc. Así también hay muchas cosas exhibidas en el evangelio acerca de Dios y de Cristo, y del camino de salvación, que tienen en sí un bien natural, el cual se ajusta al principio natural del amor propio. Así, en aquella gran bondad de Dios para con los pecadores, y en el maravilloso amor de Cristo hasta la muerte, hay un bien natural que todos los hombres aman, como se aman a sí mismos; además de una belleza espiritual y santa que solo ven los regenerados. Por tanto, hay muchas cosas pertenecientes a la palabra de la gracia de Dios anunciada en el evangelio que pueden hacer que los hombres naturales, cuando la oyen, luego la reciban con gozo. Todo aquel amor que los hombres naturales tienen a Dios y a Cristo, a las virtudes cristianas y a los hombres buenos, no procede de ninguna visión de lo amable de la santidad, o de la verdadera excelencia moral de estas cosas, sino solo del bien natural que hay en ellas. Todo el odio de los hombres naturales al pecado procede de principios de la naturaleza, tanto como el odio de los hombres al tigre por su rapacidad, o su aversión a la serpiente por su veneno y su daño; y todo su amor a la virtud cristiana no procede de un principio más alto que su amor al buen natural de un hombre, que a los hombres naturales les parece amable; pero no de otro modo que como la plata y el oro parecen amables a los ojos de un mercader, o como la negrura del suelo es hermosa a los ojos del labrador.

Por lo que se ha dicho de la naturaleza del entendimiento espiritual, se ve que el entendimiento espiritual no consiste en ningún nuevo conocimiento doctrinal, ni en que se sugiera a la mente alguna proposición nueva, no leída ni oída antes; porque es evidente que esta sugerencia de proposiciones nuevas es una cosa enteramente diversa de dar a la mente un nuevo gusto o sabor de la belleza y la dulzura.5353 Calvino, en su Institución, libro I, cap. 9, § 1, dice: «No es oficio del Espíritu que nos ha sido prometido hacer revelaciones nuevas y nunca oídas, o forjar alguna nueva clase de doctrina que tienda a apartarnos de la doctrina recibida del evangelio, sino sellar y confirmarnos aquella misma doctrina que nos es dada por el evangelio». Y en el mismo lugar habla de algunos que en aquellos días sostenían la noción contraria, «pretendiendo ser guiados inmediatamente por el Espíritu, como personas gobernadas por una altivísima presunción de sí mismas; y a quienes no ha de considerarse tanto como meramente equivocadas, cuanto como arrastradas por una especie de locura furiosa». Es evidente también que el conocimiento espiritual no consiste en ninguna nueva explicación doctrinal de alguna parte de la Escritura; porque esto sigue siendo solo conocimiento doctrinal, o conocimiento de proposiciones; explicar doctrinalmente alguna parte de la Escritura es solo darnos a entender qué proposiciones están contenidas o enseñadas en esa parte de la Escritura.

De aquí se ve que el entendimiento espiritual de la Escritura no consiste en abrir a la mente el sentido místico de la Escritura en sus parábolas, tipos y alegorías; porque esto es solo una explicación doctrinal de la Escritura. El que explica qué se quiere decir con el terreno pedregoso, y con la semilla que brota de repente y pronto se seca, solo explica qué proposiciones o doctrinas se enseñan en ello. Asimismo, el que explica qué está tipificado en la escalera de Jacob, y en los ángeles de Dios que subían y descendían por ella, o qué se tipificaba en que Josué condujera a Israel a través del Jordán, solo muestra qué proposiciones están escondidas en estos pasajes. Y muchos hombres que no tienen conocimiento espiritual pueden explicar estos tipos. Es posible que un hombre sepa interpretar todos los tipos, parábolas, enigmas y alegorías de la Biblia, y no tenga en su mente un solo rayo de luz espiritual; porque puede no tener el más mínimo grado de ese sentido espiritual de la santa belleza de las cosas divinas del que se ha hablado, y puede no ver nada de esta clase de gloria en cosa alguna contenida en ninguno de estos misterios, ni en ninguna otra parte de la Escritura. Es evidente, por lo que dice el apóstol, que un hombre podría entender todos esos misterios y no tener gracia salvadora, 1 Corintios 13:2: «Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y no tengo amor, de nada me sirve». Son, por tanto, muy necios los que se envanecen con una alta opinión de sus propios logros espirituales a causa de nociones que les vienen a la mente sobre el sentido místico de tales o cuales pasajes de la Escritura, como si fuera un entendimiento espiritual de esos pasajes dado inmediatamente por el Espíritu de Dios, y por ello tienen sus afectos muy exaltados; y lo que se ha dicho muestra la vanidad de tales afectos.

De lo que se ha dicho es evidente también que no es conocimiento espiritual el que las personas sean informadas de su deber por medio de que se les sugiera inmediatamente a la mente que tales o cuales acciones u obras exteriores son la voluntad de Dios. Aunque supongamos que es verdaderamente el modo de obrar de Dios dar a conocer así su voluntad a su pueblo, por sugerencias interiores inmediatas, tales sugerencias no tienen nada de la naturaleza de la luz espiritual. Esa clase de conocimiento sería solo una clase de conocimiento doctrinal; una proposición acerca de la voluntad de Dios es tan propiamente una doctrina de la religión como una proposición acerca de la naturaleza de Dios, o acerca de una obra de Dios; y el que a un hombre se le declare cualquiera de estas clases de proposiciones, o cualquier otra proposición, sea de palabra o por sugerencia interior, difiere enormemente de que al alma se le manifieste la santa belleza de las cosas divinas, que es aquello en que consiste más esencialmente el conocimiento espiritual. Así, no había luz espiritual en Balaam, aunque el Espíritu de Dios le sugería inmediatamente, una y otra vez, la voluntad de Dios acerca del camino por donde había de ir, y de lo que había de hacer y decir.

Es manifiesto, por tanto, que ser guiado y dirigido de esta manera no es aquella guía santa y espiritual del Espíritu de Dios que es propia de los santos y señal distintiva de los hijos de Dios, de la que se habla en Romanos 8:14: «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios». Gálatas 5:18, «Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley».

Y si a las personas se les sugiere la voluntad de Dios acerca de sus acciones por medio de algún texto de la Escritura traído a su mente de manera repentina y extraordinaria, texto que, tal como estaban sus palabras en la Biblia antes de venirles a la mente, se refería a la acción y conducta de alguna otra persona, pero ellas suponen que, al enviarles Dios esas palabras, quiso decir algo más con ellas y se refería a tal o cual acción particular suya; digo que, si a las personas se les sugiere así la voluntad de Dios con textos de la Escritura, eso no cambia el caso. El que la sugerencia vaya acompañada de un texto oportuno de la Escritura no hace que la sugerencia tenga la naturaleza de una instrucción espiritual. Por ejemplo, si una persona en Nueva Inglaterra, en alguna ocasión, no supiera si es su deber ir a alguna tierra papista o pagana, donde probablemente estaría expuesta a muchas dificultades y peligros, y orara a Dios para que le mostrara el camino de su deber; y después de orar con fervor, le vinieran a la mente de manera repentina y extraordinaria, como si se le dijeran a ella, aquellas palabras que Dios habló a Jacob, en Génesis 46: «No temas de descender a Egipto; porque yo descenderé contigo, y yo también te haré volver». Palabras que, aunque tal como estaban en la Biblia antes de venirle a la mente se referían solo a Jacob y a su conducta, ella supone que Dios les da un sentido ulterior al traérselas y aplicárselas a ella; que así han de entenderse en un sentido nuevo: que por Egipto ha de entenderse ese país particular que tiene en mente, que la acción a que se refieren es su ir allá, y que el sentido de la promesa es que Dios la traería de vuelta a Nueva Inglaterra. No hay en esto nada de la naturaleza de una guía espiritual o de gracia del Espíritu; porque no hay en ello nada de la naturaleza del entendimiento espiritual. Entender así los textos de la Escritura no es tener un entendimiento espiritual de ellos. Entender espiritualmente las Escrituras es entender rectamente lo que hay en la Escritura, y lo que había en ella antes de que se entendiera: es entender rectamente lo que siempre estuvo contenido en su sentido, y no fabricar un sentido nuevo. Cuando la mente es iluminada espiritualmente para entender rectamente la Escritura, se la capacita para ver en la Escritura aquello que antes no se veía a causa de la ceguera. Pero si era a causa de la ceguera, eso prueba que el mismo sentido estaba en ella antes; de otro modo no habría sido ceguera no verlo; no es ceguera no ver un sentido que no está allí. Iluminar espiritualmente los ojos para entender la Escritura es abrir los ojos: Salmo 119:18, «Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley»; lo cual arguye que la razón por la que no se veía antes lo mismo en la Escritura era que los ojos estaban cerrados; lo cual no sería así si el sentido que ahora se entiende no estuviera allí antes, sino que ahora se le añadiera de nuevo a la Escritura por la manera en que la Escritura vino a mi mente. Dar así un sentido nuevo a la Escritura es lo mismo que hacer una Escritura nueva; es propiamente añadir a la palabra, cosa que está amenazada con una maldición tan terrible. Entender espiritualmente la Escritura es tener abiertos los ojos de la mente para contemplar la maravillosa excelencia espiritual de las cosas gloriosas contenidas en su verdadero sentido, y que siempre estuvieron contenidas en ella desde que fue escrita; contemplar las amables y resplandecientes manifestaciones de las perfecciones divinas, y de la excelencia y suficiencia de Cristo, y de la excelencia y conveniencia del camino de salvación por Cristo, y la gloria espiritual de los preceptos y las promesas de la Escritura, etc.; cosas que están y siempre estuvieron en la Biblia, y que se habrían visto antes si no hubiera sido por la ceguera, sin que se les añada ningún sentido nuevo porque Dios envíe las palabras a una persona particular y se las diga de nuevo con un sentido nuevo.

Y en cuanto a la guía de gracia del Espíritu, consiste en dos cosas: en parte, en instruir a una persona en su deber por el Espíritu; y en parte, en inducirla poderosamente a cumplir esa instrucción. Pero en cuanto la guía de gracia del Espíritu está en la instrucción, consiste en que la persona es guiada por un gusto espiritual y discernidor de aquello que tiene en sí verdadera belleza moral. He mostrado que el conocimiento espiritual consiste primariamente en un gusto o sabor de lo amable y de la belleza de aquello que es verdaderamente bueno y santo: este santo gusto es algo que discierne y distingue entre el bien y el mal, entre lo santo y lo profano, sin tomarse el trabajo de una cadena de razonamientos. Así como el que tiene un verdadero gusto de la belleza exterior sabe lo que es hermoso con solo mirarlo, y no tiene necesidad de una cadena de razonamientos sobre la proporción de las facciones para determinar si lo que ve es un rostro hermoso o no; no necesita nada sino una mirada de sus ojos. El que tiene un oído musical bien formado sabe si el sonido que oye es verdadera armonía; no necesita primero tomarse el trabajo de los razonamientos de un matemático sobre la proporción de las notas. El que tiene un paladar sano sabe qué es buen alimento en cuanto lo prueba, sin los razonamientos de un médico al respecto. Hay una belleza y una dulzura santas en las palabras y en las acciones, así como hay una belleza natural en los rostros y en los sonidos, y dulzura en los alimentos: Job 12:11, «¿No distingue el oído las palabras, y el paladar gusta las viandas?». Cuando a los pensamientos de un alma santa se le sugiere una acción santa y amable, esa alma, si está en el ejercicio vivo de su gusto espiritual, ve al instante una belleza en ella, y así se inclina a ella y la abraza. Por el contrario, si se le sugiere una acción indigna y profana, su ojo santificado no ve belleza en ella, y no se complace en ella; su gusto santificado no le encuentra dulzura alguna, sino que, al contrario, le resulta nauseabunda. Más aún, su santo gusto y apetito la lleva a pensar en aquello que es verdaderamente amable, y se lo sugiere naturalmente; así como un gusto y un apetito sanos sugieren naturalmente la idea de su objeto propio. Así es guiada por el Espíritu una persona santa: en cuanto es instruida y guiada por su santo gusto y disposición de corazón, por los cuales, en el ejercicio vivo de la gracia, distingue fácilmente el bien y el mal, y sabe al instante cuál es la conducta conveniente y amable para con Dios y para con los hombres en este caso y en el otro, y juzga lo que es justo como espontáneamente y por sí misma, sin una deducción particular por medio de otros argumentos que la belleza que se ve y la bondad que se gusta. Así reprende Cristo a los fariseos porque «no juzgaban, aun por sí mismos, lo que era justo», sin necesidad de milagros que lo probaran, Lucas 12:57. El apóstol parece referirse claramente a esta manera de juzgar la belleza espiritual en Romanos 12:2: «transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que experimentéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta».

Hay tal cosa como un buen gusto de la belleza natural (del que hablan a menudo los hombres doctos) que se ejerce sobre las cosas temporales al juzgarlas: por ejemplo, sobre la exactitud de un discurso, la bondad del estilo, la belleza de un poema, la gracia del porte, etc. Un gran filósofo de nuestra nación, fallecido hace poco, escribe así sobre ello:5454 Diccionario de Chambers, en la voz Gusto (Taste). «Tener gusto es dar a las cosas su verdadero valor, ser tocado por lo bueno, sentir rechazo por lo malo; no dejarse deslumbrar por falsos brillos, sino, a pesar de todos los colores y de todo lo que pudiera engañar o entretener, juzgar con acierto. El gusto y el juicio, pues, deberían ser una misma cosa; y, sin embargo, es fácil discernir una diferencia. El juicio forma sus opiniones a partir de la reflexión: la razón, en este caso, da una especie de rodeo para llegar a su fin; supone principios, saca consecuencias y juzga; pero no sin un conocimiento cabal del caso; de modo que, una vez que se ha pronunciado, está lista para dar razón de sus decretos. El buen gusto no observa ninguna de estas formalidades; antes de que tenga tiempo de deliberar, ya ha tomado partido; en cuanto se le presenta el objeto, la impresión está hecha, el sentimiento formado; no le pidas más. Así como el oído es herido por un sonido áspero, así como el olfato es halagado por un aroma agradable, antes de que la razón se haya ocupado de esos objetos para juzgarlos, así el gusto se abre de una vez y se adelanta a toda reflexión. Esta puede venir después a confirmarlo y a descubrir las razones secretas de su proceder; pero no estaba en su poder esperarla. Con frecuencia sucede que no las conoce en absoluto, y por mucho que se esfuerce no puede descubrir qué lo determinó a pensar como pensó. Este proceder es muy distinto del que observa el juicio en sus decisiones: a menos que prefiramos decir que el buen gusto es, por así decirlo, un primer movimiento, o una especie de instinto de la recta razón, que se precipita con rapidez y conduce con más seguridad que todos los razonamientos que ella pudiera hacer; es una primera mirada del ojo, que nos descubre en un momento la naturaleza y las relaciones de las cosas.

Ahora bien, así como existe una clase de gusto de la mente como este del que hablan los filósofos, por el cual las personas son guiadas en su juicio sobre la belleza natural, la gracia, la propiedad, la nobleza y la sublimidad de los discursos y de las acciones, por el cual juzgan como de una mirada, o por una sensación interior y la primera impresión del objeto; así también existe un gusto divino, dado y mantenido por el Espíritu de Dios en el corazón de los santos, por el cual estos son guiados y dirigidos de manera semejante para discernir y distinguir la verdadera belleza espiritual y santa de las acciones; y eso con tanta mayor facilidad, prontitud y exactitud cuanto más o menos del Espíritu de Dios habita en ellos. Y así «los hijos de Dios son guiados por el Espíritu de Dios en su conducta en el mundo».

Una disposición santa y un gusto espiritual, allí donde la gracia es fuerte y viva, capacitarán al alma para determinar qué acciones son rectas y propias de cristianos, no solo con mayor rapidez, sino con mucha mayor exactitud que las más grandes capacidades sin ellos. Esto puede ilustrarse por la manera en que ciertos hábitos de la mente y disposiciones del corazón, de naturaleza inferior a la verdadera gracia, enseñan y guían a un hombre en sus acciones. Por ejemplo, si un hombre es de muy buen natural, su buen natural le enseñará mejor a obrar con benevolencia entre los hombres, y lo dirigirá en cada ocasión a aquellas palabras y acciones que concuerdan con las reglas de la bondad, de lo que la razón más poderosa se lo enseñará a un hombre de temperamento hosco. Asimismo, si el corazón de un hombre está bajo la influencia de una amistad completa y de un afecto entrañable hacia otro, aunque sea hombre de capacidad mediocre, este hábito de su mente lo dirigirá, con mucha mayor prontitud y exactitud que la mayor capacidad sin él, a unas palabras y a un porte o manera de conducirse que sean en todo dulces y amables, y conformes a una disposición benévola del corazón. Tiene, por así decirlo, un espíritu dentro de sí que lo guía; el hábito de su mente va acompañado de un gusto por el cual saborea al instante aquel aire y semblante que es benévolo, y le desagrada lo contrario, y le hace distinguir entre lo uno y lo otro en un momento, con más precisión que la que los razonamientos más exactos pueden hallar en muchas horas. Así como la naturaleza y tendencia interior de una piedra, u otro cuerpo pesado, que se deja caer desde lo alto, muestra el camino hacia el centro de la tierra con más exactitud en un instante que la que el matemático más hábil, sin ella, podría determinar con sus observaciones más precisas en todo un día. Así es como una disposición y un gusto espirituales enseñan y guían a un hombre en su conducta en el mundo. Así, una disposición eminentemente humilde, o mansa, o caritativa, dirigirá a una persona de escasa capacidad a una conducta conforme a las reglas cristianas de la humildad, la mansedumbre y la caridad, con mucha mayor prontitud y precisión que el estudio más diligente y los razonamientos más elaborados de un hombre de las facultades más fuertes que no tiene dentro de sí un espíritu cristiano. Así también un espíritu de amor a Dios, y de santo temor y reverencia hacia Dios, y de confianza filial en Dios, y una disposición celestial, enseñarán y guiarán a un hombre en su conducta.

Es cosa sumamente difícil para un hombre malvado, desprovisto de principios cristianos en el corazón que lo guíen, saber conducirse como cristiano con la vida y la hermosura, y la celestial dulzura de una conducta verdaderamente santa, humilde y semejante a la de Cristo. No sabe ponerse estas vestiduras, ni le sientan bien: Eclesiastés 10:2, 3: «El corazón del sabio está a su mano derecha; mas el corazón del necio a su mano izquierda. Y aun mientras va el necio por el camino, le falta su cordura, y dice a todos que es necio»; con el versículo 15: «El trabajo de los necios los fatiga; porque no saben por dónde ir a la ciudad». Proverbios 10:32: «Los labios del justo conocerán lo que agrada». Capítulo 15:2: «La lengua de los sabios adornará la sabiduría; mas la boca de los necios hablará sandeces». Y capítulo 16:23: «El corazón del sabio hace prudente su boca, y con sus labios aumenta la doctrina». Los santos, al juzgar así de las acciones por un gusto espiritual, no recurren de manera particular a reglas expresas de la palabra de Dios respecto de cada palabra y acción que tienen delante, cuyo bien o mal juzgan de este modo; pero, con todo, su gusto mismo, en general, está sujeto a la regla de la palabra de Dios, y debe ser probado por ella y por un recto razonamiento sobre ella. Así como un hombre de paladar sano juzga de bocados particulares por su gusto; pero su paladar mismo debe ser juzgado, si es recto o no, por ciertas reglas y razones. Pero un gusto espiritual del alma ayuda poderosamente al alma en sus razonamientos sobre la palabra de Dios, y en juzgar del verdadero sentido de sus reglas: porque quita los prejuicios de un apetito depravado, y conduce naturalmente los pensamientos por el cauce debido, arroja luz sobre la palabra de Dios y hace que el verdadero sentido venga a la mente con toda naturalidad, por la armonía que hay entre la disposición y el gusto de un alma santificada y el verdadero sentido de las reglas de la palabra de Dios. Más aún, esta armonía tiende a traer a la mente los textos mismos en las ocasiones oportunas; así como el estado particular del estómago y del paladar tiende a traer a la mente aquellas comidas y bebidas particulares que convienen a ese estado. «Así los hijos de Dios son guiados por el Espíritu de Dios», al juzgar de las acciones mismas, y al meditar en las reglas de la santa palabra de Dios, juzgar de ellas y aplicarlas; y así Dios «les enseña sus estatutos, y les hace entender el camino de sus mandamientos», cosa que el salmista pide tantas veces en oración.

Pero esta guía del Espíritu es cosa sumamente distinta de aquello que algunos llaman así; lo cual no consiste en enseñarles los estatutos y mandamientos de Dios que él ya ha dado, sino en darles nuevos mandamientos por un habla o sugestión interior inmediata, y no encierra en sí ningún gustar la verdadera excelencia de las cosas, ni juzgar o discernir en absoluto la naturaleza de las cosas. No determinan cuál es la voluntad de Dios por ningún gusto o sabor, ni por manera alguna de juzgar de la naturaleza de las cosas, sino por un dictado inmediato acerca de lo que se ha de hacer; en tal caso no hay cosa alguna que sea juicio o sabiduría. Mientras que en aquella guía del Espíritu que es propia de los hijos de Dios, se imparte aquella verdadera sabiduría y santa discreción de que tan a menudo habla la palabra de Dios; la cual está muy por encima del otro modo, como las estrellas están más altas que una luciérnaga; y que Balaam y Saúl (que a veces fueron guiados por el Espíritu de aquel otro modo) nunca tuvieron, y que ningún hombre natural puede tener sin un cambio de naturaleza.

Lo que se ha dicho de la naturaleza del entendimiento espiritual, en cuanto consiste muy esencialmente en un sentido y gusto divino y sobrenatural del corazón, no solo muestra que no hay nada de él en esta supuesta y falsa guía del Espíritu de la que acabamos de hablar; sino que muestra también la diferencia entre el entendimiento espiritual y todas las clases y formas de entusiasmo, todas las visiones imaginarias de Dios, y de Cristo, y del cielo, todo supuesto testimonio del Espíritu, y todos los testimonios del amor de Dios por sugestión interior inmediata; y todas las impresiones de sucesos futuros, y las revelaciones inmediatas de cualesquiera hechos secretos; todas las impresiones y aplicaciones entusiastas de palabras de la Escritura, como si fueran palabras dichas ahora inmediatamente por Dios a una persona en particular, con un sentido nuevo, y llevando en sí algo más de lo que las palabras contienen tal como están en la Biblia; y todas las interpretaciones del sentido místico de la Escritura por una supuesta revelación inmediata. Ninguna de estas cosas consiste en un sentido y gusto divino del corazón por la santa hermosura y excelencia de las cosas divinas; ni tienen nada que ver con semejante sentido; sino que todo consiste en impresiones en la cabeza; todo ha de referirse al capítulo de las impresiones en la imaginación, y consiste en excitar ideas externas en la mente, ya sean ideas de formas y colores exteriores, o de palabras habladas, o de letras escritas, o ideas de cosas externas y sensibles, pertenecientes a acciones hechas, o a sucesos cumplidos o por cumplirse. Una supuesta manifestación entusiasta del amor de Dios se produce excitando la idea de un rostro sonriente, o de alguna otra apariencia exterior agradable, o por la idea de palabras agradables, dichas o escritas, excitada en la imaginación, o por alguna sensación corporal agradable. Así, cuando las personas tienen una revelación imaginaria de algún hecho secreto, es excitando ideas externas; ya de algunas palabras que implican una declaración de ese hecho, ya de algunas circunstancias visibles o sensibles de tal hecho. Así también, la supuesta guía del Espíritu para hacer la voluntad de Dios en la conducta exterior se produce, o bien excitando en su mente la idea de palabras (que son cosas exteriores), sean palabras de la Escritura u otras palabras, que ellos tienen por mandato inmediato de Dios; o bien excitando e imprimiendo con fuerza las ideas de las acciones exteriores mismas. Así, cuando la interpretación de un tipo o alegoría de la Escritura se sugiere con fuerza de manera inmediata y extraordinaria, es sugiriendo palabras, como si alguien susurrara en secreto y dijera el sentido, o excitando otras ideas en la imaginación.

Experiencias y descubrimientos de esta clase elevan comúnmente los afectos de quienes son engañados por ellos a una gran altura, y producen un tremendo alboroto tanto en el alma como en el cuerpo. Y una parte muy grande de la religión falsa que ha habido en el mundo, de una época a otra, consiste en descubrimientos como estos y en los afectos que de ellos fluyen. En tales cosas consistían las experiencias de los antiguos pitagóricos entre los paganos, y de muchos otros entre ellos, que tenían extraños éxtasis y arrobamientos, y pretendían un soplo divino y revelaciones inmediatas del cielo. En cosas como estas parecen haber consistido las experiencias de los esenios, una antigua secta entre los judíos, en tiempos de los apóstoles y después. En cosas como estas consistían las experiencias de muchos de los antiguos gnósticos, y de los montanistas, y de muchas otras sectas de antiguos herejes en las primeras edades de la iglesia cristiana. Y en cosas como estas consistía la pretendida conversación inmediata con Dios y con Cristo, y con los santos y ángeles del cielo, de los monjes, anacoretas y reclusos que en otro tiempo abundaban en la Iglesia de Roma. En tales cosas consistían las pretendidas experiencias elevadas y la gran espiritualidad de muchas sectas de entusiastas que pulularon en el mundo después de la Reforma; como los anabaptistas, los antinomianos y los familistas, los seguidores de N. Stork, Th. Muncer, Jo. Becold, Henry Pfeiser, David George, Casper Swenckfield, Henry Nicolas, Johannes Agricola Eislebius; y los muchos entusiastas desenfrenados que hubo en Inglaterra en los días de Oliver Cromwell; y los seguidores de la señora Hutchison en Nueva Inglaterra; como aparece por los relatos particulares y extensos que de todas estas sectas dio aquel hombre eminentemente santo, el señor Samuel Rutherford, en su «Exposición del Anticristo espiritual». Y en cosas como estas consistían las experiencias de los recientes profetas franceses y de sus seguidores. Y en estas cosas parece estar la religión de las muchas clases de entusiastas de nuestros días. Es principalmente por una religión de esta clase como Satanás se transforma en ángel de luz; y es la que siempre ha usado con más éxito para confundir avivamientos de la religión prometedores y felices, desde el principio de la iglesia cristiana hasta hoy. Cuando el Espíritu de Dios se derrama para comenzar una obra gloriosa, entonces la serpiente antigua, tan aprisa como puede y por todos los medios, introduce esta religión bastarda y la mezcla con la verdadera; lo cual, una y otra vez, pronto ha sumido todas las cosas en la confusión. Su perniciosa consecuencia no se imagina ni se concibe fácilmente hasta que vemos sus terribles efectos, y quedamos asombrados ante ellos y ante la lúgubre desolación que ha causado. Aunque el avivamiento de la verdadera religión sea muy grande en sus comienzos, si este bastardo se introduce, hay peligro de que haga como hizo Abimelec, el hijo bastardo de Gedeón, que no paró hasta haber matado a los setenta hijos legítimos de su padre, excepto uno, que se vio forzado a huir. Grande y estricta debe ser, por tanto, la vigilancia y la guardia que los ministros mantengan contra tales cosas, especialmente en un tiempo de gran despertar: porque los hombres, sobre todo la gente sencilla, se dejan hechizar fácilmente por tales cosas, ya que tienen una apariencia tan deslumbrante y brillante de alta religión; y el diablo oculta su propia forma y aparece como ángel de luz, para que los hombres no le teman, sino que lo adoren.

La imaginación o fantasía parece ser aquello en lo que se forjan todos esos engaños de Satanás por los que se dejan arrastrar quienes están bajo la influencia de una religión falsa y de gracias y afectos falsificados. Aquí está la gran guarida del diablo, el nido mismo de los espíritus inmundos y engañosos. Es muy de dudar que el diablo pueda llegar en absoluto al alma del hombre para afectarla, o para excitar en ella algún pensamiento o movimiento, o producir en ella efecto alguno, de otro modo que por medio de la fantasía; que es aquella facultad del alma por la cual esta recibe las especies o ideas de las cosas exteriores y sensibles, y es sujeto de ellas. En cuanto a las leyes y medios que el Creador ha establecido para el trato y la comunicación de los espíritus sin cuerpo, nada sabemos de ellos; no sabemos por qué medio se manifiestan unos a otros sus pensamientos, o excitan pensamientos los unos en los otros. Pero en cuanto a los espíritus que están unidos a cuerpos, los cuerpos a los que Dios los ha unido son su medio de comunicación. No tienen otro medio de obrar sobre otras criaturas, o de que estas obren sobre ellos, que el cuerpo. Por tanto, no ha de suponerse que Satanás pueda excitar pensamiento alguno, o producir efecto alguno en el alma del hombre, de otro modo que por algún movimiento de los espíritus animales, o causando algún movimiento o alteración en alguna cosa que pertenezca al cuerpo. Hay esta razón para pensar que el diablo no puede producir pensamientos en el alma inmediatamente, o de otro modo que por medio del cuerpo, a saber, que no puede ver ni conocer inmediatamente los pensamientos del alma: la Escritura declara abundantemente que hacer esto es propio del Dios omnisciente. Pero no es probable que el diablo pueda producir inmediatamente un efecto que está fuera del alcance de su vista inmediata. Parece irrazonable suponer que su acción inmediata esté fuera de su propia vista, o que le sea imposible ver lo que él mismo hace inmediatamente. ¿No es irrazonable suponer que un espíritu o agente inteligente produzca, por el acto de su voluntad, efectos conforme a su entendimiento, o de acuerdo con sus propios pensamientos, y eso inmediatamente, y que, sin embargo, los efectos producidos estén fuera del alcance de su entendimiento, o donde no puede tener ninguna percepción o discernimiento inmediato en absoluto? Pero si es así, que el diablo no puede producir pensamientos en el alma inmediatamente, o de otro modo que por los espíritus animales, o por el cuerpo, entonces se sigue que nunca lleva a cabo nada en el alma sino por la imaginación o fantasía, o excitando ideas externas. Porque sabemos que las alteraciones en el cuerpo no excitan inmediatamente en la mente otra clase de ideas que ideas externas, o ideas de los sentidos exteriores, o ideas que son de la misma naturaleza exterior. En cuanto a la reflexión, la abstracción, el razonamiento, etc., y aquellos pensamientos y movimientos interiores que son frutos de estos actos de la mente, no son efectos próximos de impresiones en el cuerpo. De modo que solo por la imaginación puede Satanás tener acceso al alma, para tentarla y engañarla, o para sugerirle cosa alguna.5555 «La imaginación es aquella estancia del alma en la que el diablo aparece a menudo. En verdad (hablando con exactitud), el diablo no tiene poder eficiente sobre la parte racional del hombre: no puede cambiar la voluntad, no puede alterar el corazón del hombre. De modo que lo más que puede hacer, al tentar a un hombre a pecar, es solo por persuasión y sugestión. Pero ¿cómo hace esto el diablo? Obrando sobre la imaginación. Observa el temperamento y la constitución corporal del hombre; y a partir de ahí sugiere a su fantasía, e introduce en ella sus dardos de fuego, por los cuales la mente llegará a ser movida. Así pues, el diablo, aunque no tiene eficacia imperiosa sobre tu voluntad, sin embargo, porque puede de este modo agitar y mover tu imaginación, y tú, estando por naturaleza desprovisto de gracia, no puedes resistir estas sugestiones, de ahí viene que cualquier pecado en tu imaginación, aunque sea solo en las obras exteriores del alma, pronto se apodere de todo. Y en verdad, por este medio surgen aquellos horribles engaños que hay en muchos caminos errados de religión; todo es porque sus imaginaciones están corrompidas. Más aún, ¡cuán a menudo se toman estos engaños diabólicos de la imaginación por la operación de gracia del Espíritu de Dios! De aquí es que muchos han pretendido tener entusiasmos: dejan las Escrituras y atienden enteramente a lo que perciben y sienten dentro de sí». Burgess, Sobre el pecado original, p. 369.
El gran Turretino, tratando de la cuestión: ¿Cuál es el poder de los ángeles?, dice: «En cuanto a los cuerpos, no hay duda de que pueden hacer mucho sobre toda clase de cuerpos elementales y sublunares, moverlos localmente y agitarlos de diversas maneras. Es cierto también que pueden obrar sobre los sentidos externos e internos, para excitarlos o para atarlos. Pero sobre el alma racional misma nada pueden hacer inmediatamente; porque solo a Dios, que conoce y escudriña los corazones, y que los tiene en sus manos, pertenece también inclinarlos y moverlos a donde él quiere. Los ángeles, en cambio, solo pueden obrar sobre el alma racional mediatamente, por imaginaciones». Theolog. Elench. Loc. VII. Quest. 7. Y esta parece ser la razón por la que las personas que padecen la enfermedad de la melancolía están comúnmente tan visible y notablemente sujetas a las sugestiones y tentaciones de Satanás; pues es una enfermedad que afecta de manera particular a los espíritus animales, y va acompañada de debilidad de aquella parte del cuerpo que es la fuente de los espíritus animales, a saber, el cerebro, que es, por así decirlo, la sede de la fantasía. Es por impresiones hechas en el cerebro como se excitan ideas en la mente, por el movimiento de los espíritus animales o por cualesquiera cambios producidos en el cuerpo. Estando el cerebro así debilitado y enfermo, está menos bajo el mando de las facultades superiores del alma, y cede con más facilidad a las impresiones extrínsecas, y es dominado por los movimientos desordenados de los espíritus animales; y así el diablo tiene mayor ventaja para afectar la mente obrando sobre la imaginación. Y así Satanás, cuando arroja aquellas horribles sugestiones en la mente de muchas personas melancólicas, en las que ellas mismas no tienen parte, lo hace excitando ideas imaginarias, ya de algunas palabras o sentencias terribles, ya de otras horribles ideas exteriores. Y cuando tienta a otras personas que no son melancólicas, lo hace presentando a la imaginación, de manera viva y seductora, los objetos de sus concupiscencias, o excitando ideas de palabras, y excitando por medio de ellas pensamientos; o fomentando una imaginación de acciones, sucesos, circunstancias exteriores, etc. Innumerables son los caminos por los que la mente podría ser llevada a toda clase de malos pensamientos excitando ideas externas en la imaginación.

Si las personas no montan guardia en estas avenidas de Satanás, por las cuales tiene acceso al alma para tentarla y engañarla, es probable que tengan bastante de él. Y sobre todo si, en lugar de guardarse de él, se exponen a él, y lo buscan y lo invitan, porque aparece como ángel de luz y falsifica las iluminaciones y gracias del Espíritu de Dios mediante susurros interiores y sugestiones inmediatas de hechos y sucesos, voces agradables, imágenes hermosas y otras impresiones en la imaginación. Hay muchos que son engañados por tales cosas, y se envanecen con ellas, y las buscan, que las tienen de continuo y pueden tenerlas casi cuando quieren; y sobre todo cuando su orgullo y vanagloria más ocasión tienen de ellas, para hacer alarde de ellas delante de otros. Les sucede algo parecido a lo que les sucede a los que profesan el arte de decir dónde se han de hallar las cosas perdidas por impresiones hechas en su imaginación: como se exponen al diablo, él está siempre a mano para darles la impresión deseada.

Antes de terminar lo que quisiera decir en este capítulo de las imaginaciones que falsifican la luz espiritual, y de los afectos que de ellas surgen, quisiera de nuevo (para evitar que se malentienda lo dicho) pedir que se observe que estoy lejos de determinar que no sean espirituales los afectos que van acompañados de ideas imaginarias. Tal es la naturaleza del hombre, que apenas puede pensar en algo con intensidad sin alguna clase de ideas exteriores. Surgen y se interponen inevitablemente en el curso de los pensamientos de un hombre; aunque muchas veces son muy confusas y no son aquello a lo que la mente atiende. Cuando la mente está muy ocupada y los pensamientos son intensos, muchas veces la imaginación es más fuerte y la idea exterior más viva, especialmente en personas de ciertas constituciones corporales. Pero hay una gran diferencia entre estas dos cosas, a saber: imaginaciones vivas que surgen de afectos fuertes, y afectos fuertes que surgen de imaginaciones vivas. Lo primero puede darse, y sin duda se da a menudo, en el caso de afectos verdaderamente de gracia. Los afectos no surgen de la imaginación, ni tienen dependencia alguna de ella; sino que, al contrario, la imaginación es solo el efecto accidental, o consecuencia, del afecto, por la flaqueza de la naturaleza humana. Pero cuando se da lo segundo, como sucede a menudo, que el afecto surge de la imaginación y se edifica sobre ella como su fundamento, en lugar de una iluminación o descubrimiento espiritual, entonces el afecto, por elevado que sea, carece de valor y es vano. Y este es el propósito de lo que acabamos de decir sobre las impresiones en la imaginación. Observado esto, paso a otra señal de los afectos de gracia.

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