Capítulo 17 · 30 min de lectura · 39 min de escucha
III. Los afectos verdaderamente santos se fundan principalmente en la amabilidad de la excelencia moral de las cosas divinas
III. Los afectos verdaderamente santos se fundan principalmente en la amabilidad de la excelencia moral de las cosas divinas. O (por expresarlo de otro modo) el amor a las cosas divinas por la belleza y la dulzura de su excelencia moral es el primer comienzo y la fuente de todos los afectos santos.
Aquí, en atención al lector menos instruido, explicaré qué entiendo por la excelencia moral de las cosas divinas.
Y puede observarse que la palabra moral no ha de entenderse aquí según la acepción común y vulgar del término cuando los hombres hablan de moralidad y de una conducta moral, queriendo decir una conformidad externa con los deberes de la ley moral, y especialmente con los deberes de la segunda tabla; o no queriendo decir, a lo sumo, más que aquellas virtudes aparentes que proceden de principios naturales, en oposición a aquellas virtudes que son más interiores, espirituales y divinas; así como la honradez, la justicia, la generosidad, la buena índole y el espíritu público de muchos paganos se llaman virtudes morales, a diferencia de la santa fe, el amor, la humildad y la mente puesta en el cielo de los verdaderos cristianos. Digo que la palabra moral no ha de entenderse así en este lugar.
Sino que, para entender rectamente lo que se quiere decir, debe observarse que los teólogos suelen distinguir entre el bien y el mal morales y el bien y el mal naturales. Por mal moral entienden el mal del pecado, o aquel mal que va contra el deber y es contrario a lo que es recto y debe ser. Por mal natural no entienden aquel mal que se opone propiamente al deber, sino el que es contrario a la mera naturaleza, sin consideración alguna a una regla de deber. Así, el mal del sufrimiento se llama mal natural, como el dolor y el tormento, la deshonra y cosas semejantes: estas cosas son contrarias a la mera naturaleza, contrarias a la naturaleza tanto de los malos como de los buenos, aborrecibles para los hombres malvados y los demonios tanto como para los hombres buenos y los ángeles. Del mismo modo, los defectos naturales se llaman males naturales, como cuando un niño nace deforme o es un idiota de nacimiento; estos son males naturales, pero no son males morales, porque no tienen propiamente la naturaleza del mal del pecado. Por otra parte, así como por mal moral los teólogos entienden el mal del pecado, o aquello que es contrario a lo recto, así por bien moral entienden aquello que es contrario al pecado, o aquel bien en los seres que tienen voluntad y elección por el cual, como agentes voluntarios, son y obran como les corresponde ser y obrar, o de la manera más adecuada, conveniente y amable. Por bien natural entienden aquel bien que es enteramente de un género distinto de la santidad o la virtud, a saber, aquello que perfecciona o conviene a la naturaleza, considerando la naturaleza en abstracto, prescindiendo de cualidades santas o no santas, y sin relación alguna con ninguna regla o medida de lo recto y lo injusto.
Así, el placer es un bien natural; también lo es el honor, y la fuerza; también lo son el conocimiento especulativo, la erudición humana y la habilidad política. Así hay que distinguir entre el bien natural que los hombres poseen y su bien moral; y también entre el bien natural y el bien moral de los ángeles del cielo: la gran capacidad de su entendimiento, y su gran fuerza, y la honrosa condición en que se hallan como grandes ministros del reino de Dios, por lo cual se les llama tronos, dominios, principados y potestades, es el bien natural que poseen; pero su santidad y bondad perfectas y gloriosas, su amor puro y ardiente a Dios, y a los santos, y unos a otros, es su bien moral. Así los teólogos distinguen entre las perfecciones naturales y las morales de Dios: por las perfecciones morales de Dios entienden aquellos atributos que Dios ejerce como agente moral, o por los cuales el corazón y la voluntad de Dios son buenos, rectos e infinitamente dignos y amables; tales como su justicia, su verdad, su fidelidad y su bondad; o, en una palabra, su santidad. Por los atributos o perfecciones naturales de Dios entienden aquellos atributos en los que, según nuestro modo de concebir a Dios, consiste, no la santidad o bondad moral de Dios, sino su grandeza, tales como su poder, su conocimiento por el cual conoce todas las cosas, y su ser eterno, desde el siglo y hasta el siglo, su omnipresencia y su majestad imponente y terrible.
La excelencia moral de un ser inteligente y voluntario tiene su asiento más inmediato en el corazón o la voluntad de los agentes morales. Aquel ser inteligente cuya voluntad es verdaderamente recta y amable es moralmente bueno o excelente.
Esta excelencia moral de un ser inteligente, cuando es verdadera y real, y no solo externa o meramente aparente y falsificada, es santidad. Por tanto, la santidad comprende toda la verdadera excelencia moral de los seres inteligentes: no hay otra virtud verdadera que la santidad real. La santidad comprende toda la verdadera virtud de un hombre bueno: su amor a Dios, su amor de gracia a los hombres, su justicia, su caridad y sus entrañas de misericordia, su mansedumbre y su benignidad de gracia, y todas las demás verdaderas virtudes cristianas que tiene, pertenecen a su santidad. Así, la santidad de Dios, en el sentido más amplio de la palabra, y en el sentido en que comúnmente, si no universalmente, se usa la palabra respecto de Dios en la Escritura, es lo mismo que la excelencia moral de la naturaleza divina, o su pureza y belleza como agente moral, y comprende todas sus perfecciones morales: su justicia, su fidelidad y su bondad. Así como en los hombres santos su caridad, su bondad cristiana y su misericordia pertenecen a su santidad, así la bondad y la misericordia de Dios pertenecen a su santidad. La santidad en el hombre no es sino la imagen de la santidad de Dios; no hay en la imagen más virtudes que las que hay en el original: la santidad derivada no tiene en sí más de lo que hay en aquella santidad no derivada que es su fuente: no hay más que gracia por gracia, o gracia en la imagen que corresponde a la gracia en el original.
Así como hay en Dios dos clases de atributos, según nuestro modo de concebirlo —sus atributos morales, que se resumen en su santidad, y sus atributos naturales de fuerza, conocimiento, etc., que constituyen la grandeza de Dios—, así hay una doble imagen de Dios en el hombre: su imagen moral o espiritual, que es su santidad, la cual es la imagen de la excelencia moral de Dios (imagen que se perdió en la caída), y la imagen natural de Dios, que consiste en la razón y el entendimiento del hombre, su capacidad natural y su dominio sobre las criaturas, la cual es la imagen del atributo natural de Dios.
Por lo dicho puede entenderse fácilmente lo que quiero decir cuando afirmo que el amor a las cosas divinas por la belleza de su excelencia moral es el comienzo y la fuente de todos los afectos santos. Ya se ha mostrado, bajo el apartado anterior, que el primer fundamento objetivo de todos los afectos santos es la suprema excelencia de las cosas divinas tal como son en sí mismas, o en su propia naturaleza; ahora avanzo más y digo más en particular que aquella clase de excelencia de la naturaleza de las cosas divinas que es el primer fundamento objetivo de todos los afectos santos es su excelencia moral, o su santidad. Las personas santas, en el ejercicio de los afectos santos, aman las cosas divinas principalmente por su santidad: aman a Dios, en primer lugar, por la belleza de su santidad o perfección moral, como algo supremamente amable en sí mismo. No es que los santos, en el ejercicio de los afectos de gracia, amen a Dios solo por su santidad; todos sus atributos son amables y gloriosos a sus ojos; se deleitan en toda perfección divina; la contemplación de la infinita grandeza, el poder, el conocimiento y la terrible majestad de Dios les es agradable. Pero su amor a Dios por su santidad es lo más fundamental y esencial de su amor. Aquí es donde comienza el verdadero amor a Dios; todo otro amor santo a las cosas divinas fluye de aquí: esto es lo más esencial y distintivo que pertenece a un amor santo a Dios, en lo que toca a su fundamento. El amor a Dios por la belleza de sus atributos morales conduce a deleitarse en Dios por todos sus atributos, y necesariamente lo produce; porque sus atributos morales no pueden existir sin sus atributos naturales: pues la santidad infinita supone una sabiduría infinita, y una capacidad y grandeza infinitas; y todos los atributos de Dios, por así decirlo, se implican unos a otros.
La verdadera belleza y amabilidad de todos los seres inteligentes consiste primaria y esencialmente en su excelencia moral o santidad. En esto consiste la amabilidad de los ángeles, sin la cual, con todas sus perfecciones naturales, su fuerza y su conocimiento, no tendrían más amabilidad que los demonios. Solo la excelencia moral es, en sí misma y por cuenta propia, la excelencia de los seres inteligentes: es ella la que da belleza a sus perfecciones y cualidades naturales, o más bien la que es su belleza. La excelencia moral es la excelencia de las excelencias naturales. Las cualidades naturales son excelentes o no según estén unidas o no a la excelencia moral. La fuerza y el conocimiento no hacen amable a ningún ser sin la santidad, sino más aborrecible; aunque lo hacen más amable cuando van unidos a la santidad. Así, los ángeles elegidos son tanto más gloriosos por su fuerza y su conocimiento, porque estas perfecciones naturales suyas están santificadas por su perfección moral. Pero aunque los demonios son muy fuertes y de gran entendimiento natural, no son por eso más amables: son ciertamente más terribles, pero no más amables; antes al contrario, más aborrecibles. La santidad de una criatura inteligente es la belleza de todas sus perfecciones naturales. Y así sucede en Dios, según nuestro modo de concebir al Ser divino: la santidad es de manera peculiar la belleza de la naturaleza divina. De ahí que leamos a menudo de la hermosura de la santidad, Salmo 29:2, Salmo 96:9 y 110:3. Esto hace gloriosos y amables todos sus demás atributos. Es la gloria de la sabiduría de Dios que sea una sabiduría santa, y no una sutileza y astucia malvadas. Lo que hace amable su majestad, y no meramente temible y horrenda, es que sea una majestad santa. Es la gloria de la inmutabilidad de Dios que sea una inmutabilidad santa, y no una obstinación inflexible en la maldad.
Y por tanto es necesario que la visión de la amabilidad de Dios comience aquí. El verdadero amor a Dios debe comenzar con un deleite en su santidad, y no con un deleite en ningún otro atributo; porque ningún otro atributo es verdaderamente amable sin este, ni de otro modo que en cuanto (según nuestro modo de concebir a Dios) deriva de este su amabilidad; y por tanto es imposible que los demás atributos parezcan amables, con su verdadera amabilidad, hasta que se vea este; y es imposible que ninguna perfección de la naturaleza divina sea amada con verdadero amor hasta que este sea amado. Si la verdadera amabilidad de todas las perfecciones de Dios nace de la amabilidad de su santidad, entonces el verdadero amor a todas sus perfecciones nace del amor a su santidad. Los que no ven la gloria de la santidad de Dios no pueden ver nada de la verdadera gloria de su misericordia y de su gracia: no ven nada de la gloria de esos atributos como excelencia alguna de la naturaleza de Dios tal como es en sí misma; aunque puedan conmoverse por ellos y amarlos en cuanto conciernen a su interés: porque estos atributos no forman parte de la excelencia de la naturaleza de Dios, en cuanto esta es excelente en sí misma, sino en la medida en que están incluidos en su santidad tomada en sentido más amplio, o en cuanto son parte de su perfección moral.
Así como la belleza de la naturaleza divina consiste principalmente en la santidad de Dios, así también la belleza de todas las cosas divinas. En esto consiste la belleza de los santos: en que son santos, o seres santos; es la imagen moral de Dios en ellos lo que constituye su belleza, y eso es su santidad. En esto consiste la belleza y el resplandor de los ángeles del cielo: en que son ángeles santos, y no demonios. Daniel 4:13, 17, 23; Mateo 25:31, Marcos 8:38, Hechos 10:22, Apocalipsis 14:10. En esto consiste la belleza de la religión cristiana por encima de todas las demás religiones: en que es una religión tan santa. En esto consiste la excelencia de la palabra de Dios: en que es tan santa. Salmo 119:140: «Sumamente pura es tu palabra, y la ama tu siervo». Versículo 128: «Por eso estimé rectos todos tus mandamientos sobre todas las cosas; aborrecí todo camino de mentira». Versículo 138: «Tus testimonios, que has ordenado, son rectos y muy fieles». Y el 172: «Hablará mi lengua tus dichos, porque todos tus mandamientos son justicia». Y Salmo 19:7–10: «La ley del Señor es perfecta, que convierte el alma; el testimonio del Señor es fiel, que hace sabio al sencillo. Los mandamientos del Señor son rectos, que alegran el corazón; el precepto del Señor es puro, que alumbra los ojos. El temor del Señor es limpio, que permanece para siempre; los juicios del Señor son verdad, todos justos. Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; y dulces más que la miel, y que la que destila del panal». En esto consiste principalmente la amabilidad y la belleza del Señor Jesús, por la cual es señalado entre diez mil, y todo él codiciable: en que es el Santo de Dios, Hechos 3:14, y el santo Hijo de Dios, Hechos 4:27, y el Santo, el Verdadero, Apocalipsis 3:7. Toda la belleza espiritual de su naturaleza humana, que consiste en su mansedumbre, su humildad, su paciencia, su espíritu celestial, su amor a Dios, su amor a los hombres, su condescendencia con los humildes y despreciados, y su compasión por los desdichados, etc., todo se resume en su santidad. Y la belleza de su naturaleza divina, de la cual la belleza de su naturaleza humana es la imagen y el reflejo, consiste también principalmente en su santidad. En esto consiste principalmente la gloria del evangelio: en que es un evangelio santo, y una emanación tan brillante de la santa belleza de Dios y de Jesucristo; en esto consiste la belleza espiritual de sus doctrinas: en que son doctrinas santas, o doctrinas conforme a la piedad. Y en esto consiste la belleza espiritual del camino de salvación por Jesucristo: en que es un camino tan santo. Y en esto consiste principalmente la gloria del cielo: en que es la ciudad santa, la santa Jerusalén, la morada de la santidad de Dios, y por tanto de su gloria, Isaías 63:15. Todas las bellezas de la nueva Jerusalén, tal como se describe en los dos últimos capítulos del Apocalipsis, no son sino diversas representaciones de esto. Véanse los capítulos 21:2, 10, 11, 18, 21, 27, y 22:1, 3.
Y por tanto es principalmente a causa de esta clase de excelencia que los santos aman todas estas cosas. Así aman la palabra de Dios porque es sumamente pura. Es por esto que aman a los santos; y es principalmente por esto que el cielo les es amable, y aquellos santos tabernáculos de Dios son amables a sus ojos; es por esto que aman a Dios; y es principalmente por esto que aman a Cristo, y que su corazón se deleita en las doctrinas del evangelio y descansa dulcemente en el camino de salvación que allí se revela.5151 «Para unirse rectamente a la persona de Cristo se requiere siempre esto: gustar la amargura del pecado como el mayor mal; de lo contrario, un hombre nunca se unirá a Cristo por su santidad, que está en él y procede de él, como el mayor bien. Porque ya dijimos que unirse a Cristo por él mismo es unirse rectamente a él cuando es por su santidad. Pues pregunta a un corazón adúltero qué belleza ve en la persona de Cristo: después de haber recorrido con la mirada su reino, su justicia y todas sus obras, verá en ellas una belleza porque le sirven a su propósito, solo para consolarlo. Pregunta a una virgen: verá su dicha en todo; pero lo que hace amable al Señor es su santidad, que está en él para hacerla santa también a ella. Como en el matrimonio, es la belleza de la persona lo que atrae el corazón. Y de ahí he pensado que es razonable que quien ama a los hermanos por un poco de gracia amará mucho más a Cristo». La parábola de las diez vírgenes, de Shepard, parte I, p. 84.
Bajo el apartado de la primera característica distintiva de los afectos de gracia, observé que a los regenerados se les da un sentido nuevo y sobrenatural, que es, por así decirlo, cierto gusto divino y espiritual, el cual es, en toda su naturaleza, diferente de cualquier clase anterior de sensación de la mente, como el gusto es diferente de los demás sentidos; y que algo es percibido por el verdadero santo, en el ejercicio de este nuevo sentido de la mente, en las cosas espirituales y divinas, tan enteramente distinto de cualquier cosa que los hombres naturales perciben en ellas como el dulce sabor de la miel es distinto de las ideas que los hombres se forman de la miel mirándola o tocándola. Ahora bien, esto de que he venido hablando, a saber, la hermosura de la santidad, es aquello que, en las cosas espirituales y divinas, es percibido por este sentido espiritual, tan distinto de todo lo que los hombres naturales perciben en ellas; esta clase de belleza es la cualidad que constituye el objeto inmediato de este sentido espiritual; esta es la dulzura que es el objeto propio de este gusto espiritual. La Escritura representa a menudo la belleza y la dulzura de la santidad como el gran objeto de un gusto espiritual y de un apetito espiritual. Este era el dulce alimento del alma santa de Jesucristo, Juan 4:32, 34: «Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis. — Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra». No conozco ninguna parte de las santas Escrituras donde la naturaleza y las evidencias de la piedad verdadera y sincera se traten y describan tan de propósito y con tanta plenitud y extensión como en el Salmo 119; el salmista declara su propósito en los primeros versículos del salmo, y no pierde de vista ese propósito a lo largo de todo él, y lo persigue hasta el fin. Pues bien, en este salmo la excelencia de la santidad se representa como el objeto inmediato de un gusto, un sabor, un apetito y un deleite espirituales. La ley de Dios, esa gran expresión y emanación de la santidad de la naturaleza de Dios y prescripción de santidad a la criatura, se representa a lo largo de todo él como el alimento y el recreo, y como el gran objeto del amor, del apetito, de la complacencia y del regocijo de la naturaleza de gracia, que estima los mandamientos de Dios por encima del oro, sí, del oro más fino, y para la cual son más dulces que la miel y que el panal; y esto a causa de su santidad, como ya observé antes. El mismo salmista declara que esta es la dulzura que el gusto espiritual saborea en la ley de Dios: Salmo 19:7, 8, 9, 10, «La ley del Señor es perfecta; el precepto del Señor es puro; el temor del Señor es limpio; los mandamientos del Señor son rectos, que alegran el corazón; — los juicios del Señor son verdad, todos justos; deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; y dulces más que la miel, y que la que destila del panal».
Un amor santo tiene un objeto santo. La santidad del amor consiste especialmente en esto: en que es amor a lo que es santo, en cuanto santo, o por su santidad; de modo que es la santidad del objeto la cualidad en la que se fija y en la que termina. Una naturaleza santa ha de amar principalmente, en las cosas santas, aquello que le es más conforme; pero, ciertamente, lo que en las cosas divinas es más conforme que ninguna otra cosa a una naturaleza santa es la santidad, porque la santidad ha de ser, por encima de todas las cosas, conforme a la santidad; pues nada puede ser más conforme a una naturaleza que ella misma; la naturaleza santa ha de ser, por encima de todas las cosas, conforme a la naturaleza santa; y así, la naturaleza santa de Dios y de Cristo, y la palabra de Dios, y las demás cosas divinas, han de ser, por encima de todas las cosas, conformes a la naturaleza santa que hay en los santos.
Y además, una naturaleza santa sin duda ama las cosas santas especialmente a causa de aquello por lo cual la naturaleza pecaminosa tiene enemistad contra ellas; pero aquello por lo cual principalmente la naturaleza pecaminosa está enemistada con las cosas santas es su santidad; es por esto que la mente carnal es enemiga de Dios, y de la ley de Dios, y del pueblo de Dios. Ahora bien, esto no es más que argumentar a partir de contrarios: de causas contrarias a efectos contrarios, de naturalezas opuestas a tendencias opuestas. Sabemos que la santidad es de naturaleza directamente contraria a la maldad; por tanto, así como es propio de la naturaleza de la maldad oponerse principalmente a la santidad y aborrecerla, así ha de ser propio de la naturaleza de la santidad tender principalmente a la santidad y deleitarse en ella.
La naturaleza santa de los santos y de los ángeles en el cielo (donde mejor se manifiesta su verdadera tendencia) se siente atraída principalmente por la santidad de las cosas divinas. Esta es la belleza divina que principalmente ocupa la atención, la admiración y la alabanza de los resplandecientes y ardientes serafines: Isaías 6:3, «Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria». Y Apocalipsis 4:8, «No tenían reposo día ni noche, diciendo: Santo, santo, santo el Señor Dios Todopoderoso, que era, y que es, y que ha de venir». Así los santos glorificados, capítulo 15:4, «¿Quién no te temerá, oh Señor, y engrandecerá tu nombre? Porque solo tú eres santo».
Y las Escrituras representan a los santos en la tierra adorando a Dios principalmente por esta razón, y admirando y ensalzando todos los atributos de Dios, ya como derivando su amabilidad de su santidad, ya como siendo parte de ella. Así, cuando alaban a Dios por su poder, su santidad es la belleza que los atrae: Salmo 98:1, «Cantad al Señor cántico nuevo, porque ha hecho maravillas; su diestra lo ha salvado, y su santo brazo». Así también cuando lo alaban por su justicia y su terrible majestad: Salmo 99:2, 3, «El Señor en Sion es grande, y exaltado sobre todos los pueblos. Alaben tu nombre grande y temible; él es santo». Versículo 5: «Exaltad al Señor nuestro Dios, y postraos ante el estrado de sus pies; él es santo». Versículos 8, 9: «Tú les fuiste un Dios perdonador, y vengador de sus obras. Exaltad al Señor nuestro Dios, y postraos ante su santo monte, porque el Señor nuestro Dios es santo». Así también cuando alaban a Dios por su misericordia y su fidelidad: Salmo 97:11, 12, «Luz está sembrada para el justo, y alegría para los rectos de corazón. Alegraos, justos, en el Señor, y alabad la memoria de su santidad». 1 Samuel 2:2, «No hay santo como el Señor; porque no hay ninguno fuera de ti, y no hay roca como el Dios nuestro».
Por esto, pues, puede cada uno probar sus afectos, y en particular su amor y su gozo. Las diversas clases de criaturas muestran la diferencia de sus naturalezas, en gran medida, en las distintas cosas que saborean como su bien propio, deleitándose una en lo que otra aborrece. Tal diferencia hay entre los verdaderos santos y los hombres naturales: los hombres naturales no tienen sentido alguno de la bondad y excelencia de las cosas santas, al menos por su santidad; no tienen gusto por esa clase de bien; y así puede decirse que no conocen ese bien divino, o que no lo ven; les está enteramente oculto; pero a los santos, por el gran poder de Dios, se les ha descubierto; se les ha dado aquel sentido sobrenatural, nobilísimo y divino por el cual lo perciben; y es esto lo que cautiva su corazón y lo deleita por encima de todas las cosas; es lo más amable y dulce que puede hallarse, en el cielo o en la tierra, para el corazón de un verdadero santo; aquello que, por encima de todo lo demás, atrae y cautiva su alma; y aquello en lo que, por encima de todas las cosas, pone su felicidad, y con lo que cuenta para su solaz y el recreo de su mente en este mundo, y para su plena satisfacción y bienaventuranza en el otro. Por esto puedes examinar tu amor a Dios, y a Jesucristo, y a la palabra de Dios, y tu gozo en ellos, y también tu amor al pueblo de Dios y tus deseos del cielo: si proceden de un deleite supremo en esta clase de belleza, sin estar movidos principalmente por tu supuesto interés en ellos o por lo que esperas de ellos. Hay muchos afectos elevados, gran amor aparente y gozos arrebatados que no tienen nada de este santo gusto.
En particular, por lo dicho puedes probar tus descubrimientos de la gloria de la gracia y del amor de Dios, y los afectos que nacen de ellos. La gracia de Dios puede parecer amable de dos maneras: o como bonum utile, un bien provechoso para mí, algo que sirve mucho a mi interés y así conviene a mi amor propio; o como bonum formosum, un bien hermoso en sí mismo y parte de la excelencia moral y espiritual de la naturaleza divina. Es en este último sentido como los verdaderos santos tienen el corazón conmovido, y el amor cautivado, por la libre gracia de Dios en primer lugar.
De lo dicho se desprende que, si las personas tienen un gran sentido de las perfecciones naturales de Dios y se conmueven grandemente por ellas, o tienen cualquier otra visión o sentido de Dios que no consista en un sentido de la belleza de sus perfecciones morales ni lo implique, eso no es señal cierta de gracia; como, en particular, el que los hombres tengan un gran sentido de la imponente grandeza y la terrible majestad de Dios; porque esto es solo la perfección natural de Dios, y algo que los hombres pueden ver y, sin embargo, estar enteramente ciegos a la belleza de su perfección moral, y no tener nada de aquel gusto espiritual que saborea esta dulzura divina.
Ya se ha mostrado, en lo que se dijo sobre la primera marca distintiva de los afectos de gracia, que lo espiritual es enteramente diferente, en su naturaleza, de todo aquello de lo que es posible que una persona sin gracia sea sujeto mientras permanece sin gracia. Pero es posible que quienes carecen por completo de gracia tengan una clara visión y un sentido muy grande y conmovedor de la grandeza de Dios, de su gran poder y de su imponente majestad; porque esto es lo que tienen los demonios, aunque han perdido el conocimiento espiritual de Dios, que consiste en un sentido de la amabilidad de sus perfecciones morales; están perfectamente desprovistos de todo sentido o gusto de esa clase de belleza, y sin embargo tienen un conocimiento muy grande de la gloria natural de Dios (si se me permite hablar así), o de su imponente grandeza y majestad; esto contemplan, y se conmueven al percibirlo, y por eso tiemblan delante de él. Esta gloria de Dios la contemplarán todos en el día del juicio; Dios hará que todos los seres racionales la contemplen, y en gran medida por cierto, ángeles y demonios, santos y pecadores: Cristo manifestará su infinita grandeza y su imponente majestad a cada uno, de la manera más abierta, clara y convincente, y con una luz que nadie podrá resistir, «cuando venga en la gloria de su Padre, y todo ojo le verá»; cuando clamen a los montes que caigan sobre ellos y los escondan del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, se les representa viendo la gloria de la majestad de Dios, Isaías 2:10, 19, 21. Dios hará que todos sus enemigos contemplen esto, y que vivan en una visión clarísima y conmovedora de ello, en el infierno, por toda la eternidad. Dios ha declarado a menudo su propósito inmutable de hacer que todos sus enemigos lo conozcan en este sentido, al añadir tantas veces estas palabras a las amenazas que pronuncia contra ellos: «Y sabrán que yo soy el Señor»; más aún, ha jurado que todos los hombres verán su gloria en este sentido: Números 14:21, «Tan cierto como que vivo yo, toda la tierra será llena de la gloria del Señor». Y de esta clase de manifestación de Dios se habla muy a menudo en la Escritura como hecha, o por hacerse, a la vista de los enemigos de Dios en este mundo, Éxodo 9:16, y capítulo 14:18, y 15:16, Salmo 66:3, y 46:10, y otros lugares innumerables. Esta fue una manifestación que Dios hizo de sí mismo a la vista de aquella congregación malvada en el monte Sinaí, conmoviéndola profundamente con ella, de modo que todo el pueblo que estaba en el campamento se estremeció. Los hombres malvados y los demonios verán, y tendrán un gran sentido de todo lo que pertenece a la gloria de Dios, salvo la belleza de su perfección moral; verán su infinita grandeza y majestad, su infinito poder, y quedarán plenamente convencidos de su omnisciencia, y de su eternidad e inmutabilidad; y verán y conocerán todo lo que pertenece a sus mismos atributos morales, salvo su belleza y amabilidad; verán y sabrán que es perfectamente justo, y recto, y verdadero, y que es un Dios santo, muy limpio de ojos para ver el mal, que no puede ver el agravio; y verán las maravillosas manifestaciones de su infinita bondad y libre gracia para con los santos; y nada quedará oculto a sus ojos, sino solo la belleza de estos atributos morales, y aquella belleza de los demás atributos que nace de ella. Y así, los hombres naturales en este mundo son capaces de tener un sentido muy conmovedor de todo lo demás que pertenece a Dios, salvo solo de esto. Nabucodonosor tuvo un sentido grande y muy conmovedor de la infinita grandeza y la imponente majestad de Dios, de su dominio supremo y absoluto, de su poder grande e irresistible, y de su soberanía, y de que él y todos los habitantes de la tierra eran como nada delante de él; y tuvo también una gran convicción en su conciencia de su justicia, y un sentido conmovedor de su gran bondad, Daniel 4:1, 2, 3, 34, 35, 37. Y el sentido que Darío tuvo de las perfecciones de Dios parece haber sido muy semejante al suyo, Daniel 6:25, etc. Pero los santos y los ángeles contemplan la gloria de Dios que consiste en la hermosura de su santidad; y es solo esta visión la que derretirá y humillará el corazón de los hombres, y los apartará del mundo, y los atraerá a Dios, y los cambiará eficazmente. Una visión de la imponente grandeza de Dios puede abrumar las fuerzas de los hombres y ser más de lo que pueden soportar; pero si la belleza moral de Dios está oculta, la enemistad del corazón permanecerá con toda su fuerza, no se encenderá amor alguno, nada de ello será eficaz para ganar la voluntad, sino que esta permanecerá inflexible; mientras que el primer destello de la gloria moral y espiritual de Dios que brilla en el corazón produce todos estos efectos, por así decirlo, con un poder omnipotente al que nada puede resistir.
El sentido que los hombres naturales pueden tener de la imponente grandeza de Dios puede afectarles de diversas maneras; no solo puede aterrorizarlos, sino también elevarlos, y avivar su gozo y su alabanza, según sean sus circunstancias. Este será su efecto natural, bajo la recepción real o supuesta de alguna misericordia extraordinaria de Dios, por la influencia de meros principios de la naturaleza. Ya se ha mostrado que la recepción de una bondad puede, por la influencia de principios naturales, mover el corazón a gratitud y alabanza a Dios; pero si una persona, al mismo tiempo que recibe de Dios una bondad notable, tiene un sentido de su infinita grandeza y de que ella no es nada en comparación con él, ciertamente esto elevará naturalmente aún más su gratitud y su alabanza por la bondad mostrada a alguien tan inferior. El sentido de la grandeza de Dios tuvo este efecto en Nabucodonosor al recibir aquel extraordinario favor de su restauración, después de haber sido echado de entre los hombres y de haber tenido su morada con las bestias: el sentido de la inmensa grandeza de Dios eleva muchísimo su gratitud, de modo que ensalza y engrandece a Dios en los términos más elevados, y llama a todo el mundo a hacerlo con él. Y mucho más, si un hombre natural, al mismo tiempo que se conmueve grandemente por la infinita grandeza y majestad de Dios, abriga la firme presunción de que este gran Dios lo ha hecho su hijo y su favorito especial, y le ha prometido la gloria eterna en su más alto amor, esto tenderá, según el curso de la naturaleza, a elevar su gozo y su alabanza a gran altura.
Por tanto, está fuera de duda que muchas personas en los últimos tiempos han dado demasiado peso a los descubrimientos de la grandeza, la imponente majestad y la perfección natural de Dios que obran de esta manera, sin ninguna visión real de la santa majestad de Dios. Y la experiencia da abundante testimonio de lo que la razón y la Escritura declaran sobre este asunto; pues ha habido muchísimas personas que han parecido quedar abrumadas por la grandeza y la majestad de Dios, y en consecuencia elevadas de la manera que se ha dicho, que han estado muy lejos de mostrar señales de un espíritu y un carácter cristianos en proporción alguna, o frutos en la práctica que de algún modo correspondieran; sino que sus descubrimientos han obrado de manera contraria a la operación de los descubrimientos verdaderamente espirituales.
No es que el sentido de la grandeza de Dios y de sus atributos naturales no sea sumamente útil y necesario. Porque, como observé antes, esto está implícito en una manifestación de la belleza de la santidad de Dios. Aunque esta vaya más allá, lo supone, como lo mayor supone lo menor. Y aunque los hombres naturales puedan tener un sentido de las perfecciones naturales de Dios, sin duda esto es más frecuente y común en los santos que en los hombres naturales; y la gracia tiende a capacitar a los hombres para ver estas cosas de mejor manera que los hombres naturales; y no solo los capacita para ver los atributos naturales de Dios, sino aquella belleza de esos atributos que (según nuestro modo de concebir a Dios) deriva de su santidad.
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