Capítulo 15 · 10 min de lectura · 13 min de escucha
Parte III
PARTE III.
QUE MUESTRA CUÁLES SON LAS SEÑALES DISTINTIVAS DE LOS AFECTOS VERDADERAMENTE DE GRACIA Y SANTOS.
PASO ahora a lo segundo que se propuso en cuanto a la prueba de los afectos religiosos, a saber, señalar algunas cosas en que los afectos que son espirituales y de gracia difieren de los que no lo son.
Pero antes de pasar directamente a los caracteres distintivos, quisiera mencionar previamente algunas cosas que deseo que se tengan en cuenta acerca de las marcas que voy a establecer.
1. Que estoy lejos de pretender dar tales señales de los afectos de gracia que basten para capacitar a alguien a distinguir con certeza el afecto verdadero del falso en otros, o a determinar positivamente cuáles de sus prójimos son verdaderos profesantes y cuáles son hipócritas. Si lo hiciera, sería culpable de esa misma arrogancia que he venido condenando. Aunque es claro que Cristo ha dado reglas a todos los cristianos para capacitarlos a juzgar a los que profesan la religión con quienes tienen que ver, en la medida en que sea necesario para su propia seguridad y para impedir que caigan en un lazo por obra de falsos maestros y de falsos pretendientes a la religión; y aunque también está fuera de duda que las Escrituras abundan en reglas que pueden ser muy útiles a los ministros para aconsejar y guiar a las almas encomendadas a su cuidado en las cosas que atañen a su estado espiritual y eterno; con todo, es también evidente que nunca fue designio de Dios darnos reglas por las cuales podamos saber con certeza quiénes de nuestros compañeros de profesión son suyos, y hacer una separación plena y clara entre ovejas y cabritos; sino que, por el contrario, fue designio de Dios reservarse esto a sí mismo como prerrogativa suya. Y, por tanto, no han de esperarse jamás, hasta el fin del mundo, señales distintivas tales que capaciten a los cristianos o a los ministros para hacer esto; pues nunca ha de esperarse de ninguna señal que se halle en la palabra de Dios, o que se derive de ella, más de aquello para lo que Cristo la destinó.
2. No han de esperarse señales tales que basten para capacitar a aquellos santos que están muy bajos en la gracia, o que se han apartado mucho de Dios y han caído en un estado de ánimo muerto, carnal y no cristiano, a discernir con certeza su propio buen estado. No concuerda con el designio de Dios (como ya se ha observado) que tales personas conozcan su buen estado; ni es deseable que lo conozcan, sino que, por el contrario, es en todo sentido mejor que no lo conozcan; y tenemos razón para bendecir a Dios porque no ha dispuesto que tales personas conozcan con certeza el estado en que se hallan de ninguna otra manera que saliendo primero del mal estado y del mal camino en que están. En verdad, no es propiamente por defecto de las señales dadas en la palabra de Dios que no todo santo que vive, sea fuerte o débil, y tanto los que están en un mal estado como los demás, puede conocer con certeza su buen estado por medio de ellas. Porque las reglas en sí mismas son ciertas e infalibles, y todo santo tiene, o ha tenido, en sí mismo aquellas cosas que son evidencias seguras de la gracia; pues todo acto de gracia, aun el menor, lo es. Sino que es por defecto de aquel a quien se dan las señales. Hay un doble defecto en el santo que está muy bajo en la gracia, o en un mal estado, que le hace imposible saber con certeza que tiene verdadera gracia por las mejores señales y reglas que se le puedan dar. Primero, un defecto en el objeto, o sea, en la cualidad que ha de ser observada y examinada. No me refiero a un defecto esencial, pues supongo que la persona es un santo verdadero, sino a un defecto en el grado: siendo la gracia muy pequeña, no puede ser discernida ni distinguida con claridad y certeza.
De las cosas que son muy pequeñas no podemos discernir claramente su forma, ni distinguirlas unas de otras, aunque, tal como son en sí mismas, su forma pueda ser muy diferente. Sin duda hay una gran diferencia entre el cuerpo del hombre y los cuerpos de otros animales en la primera concepción en el vientre; pero aun así, si examináramos los diferentes embriones, quizá no nos fuera posible discernir la diferencia, a causa del estado imperfecto del objeto; pero a medida que llega a mayor perfección, la diferencia se hace muy clara. La diferencia entre criaturas de cualidades muy contrarias no se ve tan claramente mientras son muy jóvenes, aun después de haber nacido, como en su estado más perfecto. La diferencia entre las palomas y los cuervos, o entre las palomas y los buitres, cuando acaban de salir del huevo, no es tan evidente; pero a medida que crecen hasta su perfección, es sumamente grande y manifiesta. Otro defecto que acompaña a la gracia de aquellos de quienes hablo es que está mezclada con tanta corrupción, que la nubla y la oculta, y hace imposible conocerla con certeza. Aunque cosas diferentes que están delante de nosotros puedan tener en sí mismas muchas marcas que las distinguen completamente unas de otras, si solo las vemos en medio de un humo espeso, puede, con todo, ser imposible distinguirlas. Una estrella fija se distingue fácilmente de un cometa en un cielo despejado; pero si las miramos a través de una nube, puede ser imposible ver la diferencia. Cuando los verdaderos cristianos están en un mal estado, la culpa pesa sobre la conciencia, lo cual trae temor, y así impide la paz y el gozo de una esperanza segura.
Segundo. Hay en tal caso un defecto en el ojo. Así como la debilidad de la gracia y el predominio de la corrupción oscurecen el objeto, así también debilitan la vista; oscurecen la vista respecto a todos los objetos espirituales, de los cuales la gracia es uno. El pecado es como ciertas enfermedades de los ojos, que hacen que las cosas aparezcan de colores distintos de los que propiamente les corresponden, y como muchas otras enfermedades que estragan el gusto de la boca, de modo que la incapacitan para distinguir el alimento bueno y sano del malo, sino que todo le sabe amargo.
Los hombres que están en un estado corrupto y carnal tienen sus sentidos espirituales en muy mala condición para juzgar y distinguir las cosas espirituales.
Por estas razones, ninguna señal que pueda darse satisfará realmente a las personas que se hallan en tal caso: por buenas e infalibles que sean las señales que se den, y por claramente que se expongan, no les servirán. Es como dar a un hombre reglas para distinguir objetos visibles en la oscuridad: las cosas mismas pueden ser muy diferentes, y su diferencia puede describírsele muy bien y con toda distinción; pero todo es insuficiente para capacitarlo a distinguirlas, porque está a oscuras. Y por eso muchas personas en tal caso gastan el tiempo en un trabajo infructuoso, escudriñando experiencias pasadas y examinándose por las señales que oyen exponer desde el púlpito o que leen en los libros, cuando tienen otra obra que hacer, que se espera de ellas mucho más; y mientras la descuiden, todos sus exámenes de sí mismas probablemente serán en vano, por mucho tiempo que gasten en ellos. Hay que destruir el anatema de su campamento y dar muerte a Acán; y hasta que esto se haga, estarán en angustia. No es designio de Dios que los hombres obtengan la seguridad de otra manera que mortificando la corrupción, creciendo en la gracia y alcanzando sus ejercicios vivos.—Y aunque el examen de uno mismo sea un deber de gran utilidad e importancia, que de ningún modo debe descuidarse, no es, sin embargo, el medio principal por el cual los santos obtienen la satisfacción acerca de su buen estado. La seguridad no se obtiene tanto por el examen de uno mismo como por la acción. El apóstol Pablo buscó la seguridad principalmente de esta manera, a saber, «olvidando lo que quedaba atrás, y extendiéndose a lo que estaba delante, prosiguiendo al blanco, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús, si en alguna manera llegase a la resurrección de los muertos». Y fue principalmente por este medio como obtuvo la seguridad: 1 Corintios 9:26, «Así que, yo de esta manera corro, no como a cosa incierta». Obtuvo la seguridad de ganar el premio más corriendo que considerando. La rapidez de su paso contribuyó más a su seguridad de la victoria que el rigor de su examen. Poner toda diligencia en crecer en la gracia, añadiendo a la fe virtud, etc., es la instrucción que nos da el apóstol Pedro para «hacer firme nuestra vocación y elección, y para que nos sea abundantemente administrada la entrada en el reino eterno de Cristo»; dándonos a entender que, sin esto, nuestros ojos estarán oscurecidos y seremos como hombres a oscuras, que no pueden ver con claridad las cosas pasadas ni las venideras, ni el perdón de nuestros pecados pasados ni nuestra herencia celestial, que es futura y lejana, 2 Pedro 1:5-11.3636 La manera de conocer tu piedad es renovar los ejercicios visibles de la gracia.—Cuanto más se renuevan los ejercicios visibles de la gracia, más seguro estarás. Cuanto más frecuentemente se renuevan estos actos, más permanente y confirmada será tu seguridad.
Cuanto más se multiplica la gracia de los hombres, más se multiplica su paz; 2 Pedro 1:2, «Gracia y paz os sean multiplicadas en el conocimiento de Dios y de Jesucristo nuestro Señor». Stoddard, Manera de conocer la sinceridad y la hipocresía, pp. 139 y 142.
Por tanto, aunque las buenas reglas para distinguir la gracia verdadera de la falsificada puedan contribuir a convencer a los hipócritas, y ser de gran utilidad a los santos en muchos aspectos, y entre otros beneficios puedan serles muy útiles para quitar muchos escrúpulos innecesarios y afianzar su esperanza, con todo, estoy lejos de pretender establecer reglas tales que basten por sí mismas, sin otros medios, para capacitar a todos los verdaderos santos a ver su buen estado, o de suponer que hayan de ser el medio principal de su satisfacción.
3. Tampoco hay mucho aliento, en la experiencia de los tiempos presentes o pasados, para establecer reglas o marcas que distingan entre los afectos verdaderos y los falsos con la esperanza de convencer a un número considerable de esa clase de hipócritas que han sido engañados con grandes descubrimientos y afectos falsos, y que una vez se han asentado en una falsa confianza y en un alto concepto de sus propias supuestas grandes experiencias y privilegios. Tales hipócritas están tan pagados de su propia sabiduría, tan cegados y endurecidos por una justicia propia muy grande (pero muy sutil y secreta, bajo el disfraz de una gran humildad), y tienen un apego tan invencible a la grata opinión que tienen de su gran exaltación, que por lo común no sirve absolutamente de nada poner delante de ellos las evidencias más convincentes de su hipocresía. Su estado es en verdad deplorable, y viene inmediatamente después del de quienes han cometido el pecado imperdonable. Algunas personas de esta clase parecen estar del todo fuera del alcance de los medios de convicción y arrepentimiento. Pero, aun así, establecer buenas reglas puede ser un medio para prevenir a tales hipócritas y de convencer a muchos de otras clases de hipócritas; y Dios es poderoso para convencer aun a esta clase, y su gracia no ha de ser limitada, ni han de descuidarse los medios. Y además, tales reglas pueden ser de utilidad a los verdaderos santos para detectar los afectos falsos que puedan tener mezclados con los verdaderos, y ser un medio para que su religión se vuelva más pura, como oro probado en el fuego.
Habiendo sentado estas cosas como premisa, paso ahora directamente a señalar aquellas cosas en que los afectos religiosos verdaderos se distinguen de los falsos.
Capítulo 15 completado
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