Capítulo 13 · 34 min de lectura · 44 min de escucha
XI. No es señal de que los afectos sean rectos, ni de que sean erróneos, el que hagan a quienes los tienen sumamente confiados en que lo que experimentan es divino y en que se hallan en buen estado
XI. No es señal de que los afectos sean rectos, ni de que sean erróneos, el que hagan a quienes los tienen sumamente confiados en que lo que experimentan es divino y en que se hallan en buen estado.
Algunos sostienen, como argumento contra ciertas personas, que estas están engañadas si pretenden tener seguridad de su buen estado y haber sido llevadas más allá de toda duda acerca del favor de Dios; pues suponen que en la iglesia de Dios no ha de esperarse cosa tal como una plena y absoluta certidumbre de esperanza, a no ser en algunas circunstancias muy extraordinarias, como en el caso del martirio. Esto es contrario a la doctrina de los protestantes, que sus escritores más célebres han sostenido contra los papistas, y contrario a la evidencia más clara de la Escritura. Es manifiesto que era cosa común que los santos de quienes tenemos historia o relato particular en la Escritura tuvieran seguridad. Dios reveló y atestiguó su favor especial, del modo más claro y positivo, a Noé, Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, Daniel y otros. Job habla a menudo de su sinceridad y rectitud con la mayor confianza y seguridad imaginables, poniendo a Dios muchas veces por testigo de ello; y dice claramente: «Yo sé que mi Redentor vive, y que yo lo veré por mí mismo, y no otro», Job 19:25, etc. David, a lo largo del libro de los Salmos, habla casi en todas partes sin vacilación alguna, y del modo más positivo, de Dios como su Dios, gloriándose en él como su porción y heredad, su roca y su confianza, su escudo, su salvación y su alta torre, y cosas semejantes. Ezequías apela a Dios como quien sabía que había andado delante de él en verdad y con íntegro corazón, 2 Reyes 20:3. Jesucristo, en el discurso que dirigió a sus once discípulos cuando iba a morir, en los capítulos 14, 15 y 16 de Juan (que fue, por así decirlo, la última voluntad y el testamento de Cristo a sus discípulos y a toda su iglesia), les declara a menudo su amor especial y eterno en los términos más claros y positivos, y les promete, de la manera más absoluta, una participación futura con él en su gloria; y al mismo tiempo les dice que lo hace con el fin de que su gozo sea cumplido: Juan 15:11: «Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido». Véase también, al término de todo su discurso, el capítulo 16:33: «Estas cosas os he hablado, para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo». Cristo no temía hablarles con demasiada claridad y certeza; no deseaba tenerlos en el menor suspenso. Y concluyó aquel último discurso suyo con una oración en presencia de ellos, en la que habla positivamente a su Padre de aquellos once discípulos como de hombres que todos ellos le habían conocido salvadoramente, habían creído en él y habían recibido y guardado su palabra; y dice que no eran del mundo, que por causa de ellos él se santificaba a sí mismo, y que su voluntad era que estuvieran con él en su gloria; y dice a su Padre que hablaba aquellas cosas en su oración con el fin de que su gozo se cumpliera en ellos, versículo 13. Por estas cosas es evidente que es conforme a los designios de Cristo, y al orden y disposición que Cristo ha trazado para las cosas de su iglesia, que se haya hecho provisión suficiente y abundante para que sus santos puedan tener plena seguridad de su gloria futura.
El apóstol Pablo, en todas sus epístolas, habla en un tono de seguridad; siempre se refiere de manera positiva a su relación especial con Cristo, su Señor, Maestro y Redentor, y a su parte en la recompensa futura y su expectación de ella. Sería interminable señalar todos los lugares que podrían enumerarse; mencionaré solo tres o cuatro: Gálatas 2:20: «vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí»; Filipenses 1:21: «Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia»; 2 Timoteo 1:12: «Yo sé a quién he creído, y estoy persuadido que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día»; 2 Timoteo 4:7, 8: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día».
Y la naturaleza del pacto de gracia, y los fines declarados de Dios al establecer y constituir las cosas en ese pacto, muestran claramente que es designio de Dios hacer amplia provisión para que los santos tengan una esperanza segura de la vida eterna mientras viven aquí en la tierra. Porque todas las cosas están ordenadas y dispuestas en ese pacto de tal manera que todo quede asegurado por parte de Dios. «El pacto está ordenado en todas las cosas, y es seguro»: las promesas son plenísimas, se repiten con mucha frecuencia y se presentan de diversas maneras; hay muchos testigos y muchos sellos; y Dios ha confirmado sus promesas con juramento. Y el designio declarado de Dios en todo esto es que los herederos de las promesas tengan una esperanza sin duda y un gozo pleno, en la seguridad de su gloria futura. Hebreos 6:17, 18: «Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que nos hemos acogido a asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros». Pero todo esto sería vano para un propósito tal como el fuerte consuelo de los santos y su esperanza de alcanzar la gloria futura, si en los casos ordinarios no se pudiera averiguar con certeza su parte en esas promesas seguras. Porque las promesas y los juramentos de Dios, por seguros que sean, no pueden dar fuerte esperanza y consuelo a ninguna persona en particular sino en la medida en que ella pueda saber que esas promesas le han sido hechas a ella. Y en vano se ha hecho provisión en Jesucristo para que los creyentes sean perfectos en cuanto a la conciencia, como se indica en Hebreos 9:9, si no es posible alcanzar la seguridad de estar libres de la culpa del pecado.
Se ve además que la seguridad no solo es alcanzable en algunos casos muy extraordinarios, sino que a todos los cristianos se les manda poner toda diligencia en hacer firme su vocación y elección, y se les dice cómo pueden hacerlo, 2 Pedro 1:5-8. Y se habla de ello como de algo muy impropio de los cristianos, y como indicio de algo muy censurable en ellos, el no saber si Cristo está en ellos o no: 2 Corintios 13:5: «¿No os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a no ser que seáis reprobados?». Y en 1 Corintios 9:26 se da a entender que es señal de una negligencia muy censurable en los cristianos el practicar el cristianismo de tal manera que permanezcan inciertos de la recompensa: «Así que, yo de esta manera corro, no como a cosa incierta». Y, para no añadir más, es manifiesto que el que los cristianos conozcan su parte en los beneficios salvadores del cristianismo es algo ordinariamente alcanzable, porque el apóstol nos dice por qué medios los cristianos (y no solo los apóstoles y los mártires) solían conocerlo: 1 Corintios 2:12: «Y nosotros hemos recibido, no el espíritu del mundo, sino el Espíritu que es de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha dado gratuitamente». Y 1 Juan 2:3: «Y en esto sabemos que nosotros le hemos conocido, si guardamos sus mandamientos.» Y el versículo 5: «Por esto sabemos que estamos en él». Capítulo 3:14: «Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos»; versículo 19: «Y en esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él»; versículo 24: «Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado». Así también el capítulo 4:13, y el capítulo 5:2, y el versículo 19.
Por tanto, ha de ser muy irrazonable determinar que algunas personas son hipócritas, y sus afectos erróneos, porque parecen estar libres de duda acerca de su propia salvación, y porque los afectos de que son sujetos parecen desterrar todo temor del infierno.
Por otro lado, no es razón suficiente para determinar que los hombres son santos, y sus afectos de gracia, el que los afectos que tienen vayan acompañados de una confianza extrema en que su estado es bueno y sus afectos divinos.2727 «Oh profesante, mira con cuidado tu fundamento: “No te ensoberbezcas, sino teme”. Tal vez has hecho y padecido muchas cosas en la religión y por ella; tienes dones excelentes y dulces consuelos, un celo ardiente por Dios y una alta confianza en tu integridad: todo esto puede ser recto, por lo que yo sé, o (quizá) por lo que tú sabes; pero, aun así, es posible que sea falso. Algunas veces te has juzgado a ti mismo y te has declarado recto; pero recuerda que tu sentencia final aún no ha sido pronunciada por tu Juez. ¿Y qué si Dios vuelve a pesarte en su balanza más justa, y dijera: Mene Tekel, “Pesado has sido en balanza, y fuiste hallado falto”? ¡Qué hombre tan confundido serás bajo semejante sentencia! Quae splendent in conspectu hominis, sordent in conspectu judicis; las cosas que los hombres tienen en alta estima son abominación a los ojos de Dios: él no mira lo que el hombre mira. Tu corazón puede ser falso sin que tú lo sepas; sí, puede ser falso y tú estar firmemente confiado de su integridad».—Flavel, La piedra de toque de la sinceridad, cap. 2, sec. 5.
«Algunos hipócritas están mucho más confiados que muchos santos».—Stoddard, Discurso sobre el modo de conocer la sinceridad y la hipocresía, p. 128. Nada puede argüirse con certeza a partir de la confianza de ellos, por grande y fuerte que parezca. Si vemos a un hombre que llama a Dios su Padre con osadía, y que habla habitualmente en la oración con el lenguaje más osado, familiar y posesivo: «Padre mío, mi amado Redentor, mi dulce Salvador, mi Amado», y cosas semejantes; y si es cosa común en él usar ante los hombres las expresiones más confiadas acerca de la bondad de su estado, tales como: Sé ciertamente que Dios es mi Padre; sé tan seguramente como que hay un Dios en el cielo, que él es mi Dios; sé que iré al cielo, tan cierto como si ya estuviera allí; sé que Dios se está manifestando ahora a mi alma, y que ahora me sonríe»; y si parece haber acabado para siempre con toda indagación o examen de su estado, como algo suficientemente conocido y fuera de duda, y desprecia a todos los que siquiera insinúan o sugieren que hay alguna razón para dudar o temer si todo está bien; tales cosas no son en absoluto señales de que en verdad sea así como él confía que es.2828 «¿Lleva la obra de la fe, en algunos creyentes, en sus ramas más altas los frutos plenamente maduros de una bienaventurada seguridad? ¡He aquí qué fuerte confianza y qué elevadas persuasiones de tener parte en Dios se han hallado a veces en personas no santificadas! Sí, tan fuerte puede ser esta falsa seguridad que se atreven osadamente a presentarse ante el tribunal de Dios y defenderla allí. ¿Llena el Espíritu de Dios el corazón del creyente seguro con gozo inefable y glorificado, dándole, por medio de la fe, una prelibación o anticipo del cielo mismo en esas primicias suyas? ¡Cuán cerca de esto llega lo que el apóstol supone que puede hallarse en los apóstatas!».—Flavel, La labranza espiritualizada, cap. 12. Una confianza tan prepotente, arrogante y violenta como esta, tan afanosa de declararse con la más llamativa ostentación a la vista de los hombres, como se ve en muchos, no tiene el semblante de una verdadera seguridad cristiana: sabe más al espíritu de los fariseos, que nunca dudaron de que eran santos, y los más eminentes de los santos, y se atrevían a ir a Dios, y acercarse mucho a él, y alzar los ojos, y darle gracias por la gran distinción que había hecho entre ellos y los demás hombres; y cuando Cristo insinuó que eran ciegos y carentes de gracia, despreciaron la insinuación: Juan 9:40: «Y algunos de los fariseos que estaban con él oyeron estas palabras, y le dijeron: ¿Somos nosotros también ciegos?». Si junto con su confianza tuvieran más del espíritu del publicano, quien, con un sentido de su extrema indignidad, estaba lejos y no se atrevía ni siquiera a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho y clamaba confesándose pecador, su confianza tendría más el aspecto de la confianza de quien humildemente confía y espera en Cristo y no tiene confianza en sí mismo.
Si tan solo consideramos qué son los corazones de los hombres naturales, bajo el dominio de qué principios se hallan, qué ceguera y engaño, qué adulación de sí mismos, exaltación propia y confianza en sí mismos reinan allí, no tenemos por qué maravillarnos de que la alta opinión que tienen de sí mismos y la confianza en sus felices circunstancias sean tan altas y firmes como las montañas, y tan violentas como una tempestad, una vez que la conciencia ha sido cegada y las convicciones han sido muertas con falsos afectos elevados, y aquellos principios antes mencionados han sido sueltos, alimentados e impulsados por falsos gozos y consuelos, excitados por algunas imaginaciones placenteras, impresas por Satanás, que se transforma en ángel de luz.
Una vez que un hipócrita se ha establecido así en una falsa esperanza, no tiene aquellas cosas que le hagan poner en duda su esperanza y que muchas veces son ocasión de las dudas de los verdaderos santos. Así, primero, no tiene aquel espíritu cauteloso, aquel gran sentido de la inmensa importancia de un fundamento seguro, ni aquel temor de ser engañado. Los consuelos de los verdaderos santos aumentan el despertar y la cautela, y un vivo sentido de cuán grande cosa es comparecer ante un Juez infinitamente santo, justo y omnisciente. Pero los falsos consuelos ponen fin a estas cosas y entorpecen terriblemente la mente. En segundo lugar, el hipócrita no tiene el conocimiento de su propia ceguera y del engaño de su propio corazón, ni aquella baja opinión de su propio entendimiento que tiene el verdadero santo. Los que son engañados con falsos descubrimientos y afectos están siempre muy pagados de su luz y de su entendimiento. En tercer lugar, el diablo no asalta la esperanza del hipócrita como asalta la esperanza de un verdadero santo. El diablo es gran enemigo de la verdadera esperanza cristiana, no solo porque contribuye en gran manera al consuelo de quien la tiene, sino también porque es algo de naturaleza santa y celestial, que tiende grandemente a promover y fomentar la gracia en el corazón, y es un gran incentivo para la rigurosidad y la diligencia en la vida cristiana. Pero no es enemigo de la esperanza de un hipócrita, la cual, más que ninguna otra cosa, afianza el dominio que él tiene sobre quien la posee. Un hipócrita puede conservar su esperanza sin oposición mientras vive, sin que el diablo jamás la perturbe ni intente perturbarla. Pero quizá no haya ningún verdadero cristiano cuya esperanza no sea asaltada por él. Satanás asaltó en este punto a Cristo mismo, sobre si era el Hijo de Dios o no; y el siervo no es más que su señor, ni el discípulo más que su maestro; basta al discípulo, aun al más privilegiado en este mundo, ser como su maestro. En cuarto lugar, el que tiene una falsa esperanza no tiene aquella visión de sus propias corrupciones que tiene el santo. Un verdadero cristiano tiene diez veces más que hacer con su corazón y sus corrupciones que un hipócrita; y los pecados de su corazón y de su conducta se le presentan en toda su negrura; le parecen terribles; y a menudo le parece algo muy misterioso que pueda haber gracia alguna compatible con tal corrupción, o que la haya en semejante corazón. Pero una falsa esperanza esconde la corrupción, la cubre por completo, y el hipócrita se ve limpio y resplandeciente a sus propios ojos.
Hay dos clases de hipócritas: unos que son engañados por su moralidad exterior y su religión externa, muchos de los cuales son arminianos declarados en la doctrina de la justificación; y los otros, los que son engañados por falsos descubrimientos y exaltaciones, que a menudo desacreditan las obras y la propia justicia de los hombres y hablan mucho de la gracia gratuita, pero al mismo tiempo hacen de sus descubrimientos y de su humillación una justicia, y se exaltan con ellos hasta el cielo. El señor Shepard, en su exposición de «La parábola de las diez vírgenes», distingue estas dos clases de hipócritas con el nombre de hipócritas legales y evangélicos, y a menudo habla de los segundos como los peores. Y es evidente que estos últimos son comúnmente, con mucho, los más confiados en su esperanza, y los que con mayor dificultad son apartados de ella: apenas he conocido en mi vida un solo caso de alguno de ellos que haya sido desengañado. Los principales fundamentos de la confianza de muchos de ellos son exactamente la misma clase de impulsos y supuestas revelaciones (a veces con textos de la Escritura, y a veces sin ellos) que tantos han tenido últimamente acerca de acontecimientos futuros; y llaman a estos impulsos acerca de su buen estado el testimonio del Espíritu, entendiendo por completo mal la naturaleza del testimonio del Espíritu, como mostraré más adelante. En cuanto a los que han tenido visiones e impulsos acerca de otras cosas, generalmente ha sido para revelarles cosas que ellos deseaban y anhelaban; y no es de extrañar que las personas que hacen caso de tales cosas tengan la misma clase de visiones o impresiones acerca de su propia salvación eterna, que les revelen que sus pecados les son perdonados, que sus nombres están escritos en el libro de la vida, que gozan de gran favor ante Dios, etc.; y especialmente cuando buscan, esperan y aguardan con ahínco la evidencia de su elección y salvación por este medio, como la evidencia más segura y gloriosa de ella. Tampoco es de extrañar que, cuando tienen tal supuesta revelación de su buen estado, esta suscite en ellos el más alto grado de confianza en él. Se comprueba por abundante experiencia que los que se dejan llevar por impulsos y revelaciones imaginarias son extremadamente confiados: suponen que el gran Jehová les ha declarado estas y aquellas cosas; y, teniendo su testimonio inmediato, una fuerte confianza es la más alta virtud. De ahí que se atrevan a decir: Sé esto o aquello; lo sé ciertamente; estoy tan seguro como de que existo, y cosas semejantes; y desprecian toda argumentación e indagación en el asunto. Y, más que ninguna otra cosa, es fácil de explicar que las impresiones e impulsos acerca de algo tan agradable, tan conforme a su amor propio y a su orgullo, como el ser hijos amados de Dios, distinguidos con su favor sobre la mayoría del mundo, los hagan fuertemente confiados; especialmente cuando, junto con sus impulsos y revelaciones, tienen afectos elevados, que toman por los ejercicios más eminentes de la gracia. He sabido de varias personas que han tenido un vivo deseo de algo de naturaleza temporal, por una pasión violenta que se había apoderado de ellas; y han estado persiguiendo con ahínco aquello que deseaban que sucediera, y han hallado en ello gran dificultad y muchos desalientos, pero al fin han tenido una impresión, o supuesta revelación, de que obtendrían lo que buscaban; y la han considerado como una promesa segura del Altísimo, lo cual las ha hecho confiadas del modo más ridículo, contra toda clase de razones que las convencieran de lo contrario y contra todos los acontecimientos que obraban en su contra. Y nada impide que las personas que buscan su salvación puedan ser engañadas por semejantes impresiones ilusorias y ser hechas confiadas de ella del mismo modo.
La confianza de muchos de esta clase de hipócritas, a quienes el señor Shepard llama hipócritas evangélicos, es como la confianza de algunos locos que creen ser reyes: la sostienen contra toda clase de razones y evidencias. Y en cierto sentido es mucho más inamovible que una seguridad verdaderamente de gracia; la verdadera seguridad no se sostiene sino porque el alma se mantiene en una disposición santa y la gracia se conserva en vivo ejercicio. Si las operaciones de la gracia decaen mucho en el cristiano y este cae en una disposición sin vida, pierde su seguridad; pero esta clase de confianza de los hipócritas no se deja sacudir por el pecado; ellos (al menos algunos de ellos) mantienen su osadía en su esperanza aun en las disposiciones más corrompidas y en los caminos más perversos, lo cual es una evidencia segura de su engaño.2929 El señor Shepard habla de ella como de una «paz presuntuosa, que no es interrumpida ni quebrantada por las malas obras». Y dice que «el espíritu suspirará, y no cantará, en aquel pecho del que brotan disposiciones y pasiones corrompidas». Y que «aunque los hombres en tales disposiciones parezcan mantener la consolación del Espíritu y no sospechen de su hipocresía, so pretexto de confiar en la misericordia del Señor, no pueden, sin embargo, evitar la condenación del mundo»; La parábola de las diez vírgenes, parte I, p. 139.
El doctor Ames habla, como de algo por lo cual la paz de un hombre impío puede distinguirse de la paz de un hombre piadoso, de esto: «que la paz de un hombre impío continúa, cumpla él o no los deberes de la piedad y de la justicia, con tal que se eviten aquellos crímenes que parecen horribles a la naturaleza misma». Casos de conciencia, lib. III, cap. VII.
Y aquí no puedo menos que observar que hay ciertas doctrinas que a menudo se predican al pueblo y que necesitan exponerse con más cautela y explicación de las que frecuentemente se usan; porque, tal como muchos las entienden, tienden en gran manera a afianzar este engaño y falsa confianza de los hipócritas. Las doctrinas de que hablo son las de que «los cristianos viven por fe, no por vista; que dan gloria a Dios confiando en él en la oscuridad; que viven de Cristo, y no de las experiencias; que no hacen de sus buenas disposiciones el fundamento de su fe»: doctrinas que, bien entendidas, son en verdad excelentes e importantes, pero corrompidas y destructivas tal como muchos las entienden. La Escritura no habla de vivir o andar por fe, y no por vista, de ninguna otra manera que estas, a saber: ser gobernados por la consideración de las cosas eternas, que son los objetos de la fe y no se ven, y no por la consideración de las cosas temporales, que se ven; y creer las cosas reveladas que nunca vimos con los ojos del cuerpo; y también vivir por la fe en la promesa de las cosas futuras, sin ver ni gozar todavía las cosas prometidas, ni saber el modo en que pueden cumplirse. Esto será fácilmente evidente para cualquiera que repase los pasajes de la Escritura que hablan de la fe en oposición a la vista, como 2 Corintios 4:18 y 5:7, Hebreos 11:1, 8, 13, 17, 27, 29, Romanos 8:24, Juan 20:29. Pero esta doctrina, tal como muchos la entienden, consiste en que los cristianos deben creer y confiar firmemente en Cristo sin vista ni luz espiritual, aunque se hallen en una disposición oscura y muerta y, por el momento, no tengan experiencias ni descubrimientos espirituales. Y ciertamente es deber de los que están así en tinieblas salir de las tinieblas a la luz y creer. Pero que deban creer y confiar con seguridad mientras siguen sin luz ni vista espiritual es una doctrina antibíblica y absurda. La Escritura no conoce ninguna fe en Cristo, obra de Dios, que no esté fundada en una visión espiritual de Cristo. Aquel creer en Cristo que va acompañado del derecho a la vida eterna es un «ver al Hijo, y creer en él», Juan 6:40. La verdadera fe en Cristo nunca se ejerce sino en la medida en que las personas «miran como en un espejo la gloria del Señor, y tienen el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo», 2 Corintios 3:18 y 4:6. Aquellos en cuyas mentes «no resplandece la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios, no creen», 2 Corintios 4:4. La fe que carece de luz espiritual no es la fe de los hijos de luz y del día, sino la presunción de los hijos de las tinieblas. Y, por tanto, apremiarlos e instarlos a creer sin luz ni vista espiritual alguna tiende grandemente a favorecer los engaños del príncipe de las tinieblas. Los hombres no solo no pueden ejercer la fe sin alguna luz espiritual, sino que solo pueden ejercerla exactamente en la proporción en que tienen luz espiritual. Los hombres no confiarán en Dios más allá de lo que lo conocen; y no pueden estar en el ejercicio de la fe en él ni un ápice más allá de lo que tienen, en ejercicio, una visión de su plenitud y fidelidad. Tampoco pueden tener el ejercicio de la confianza en Dios más allá de lo que se hallan en una disposición de gracia. Los que están en una disposición muerta y carnal, sin duda deben confiar en Dios, porque eso sería lo mismo que salir de su mala disposición y volverse a Dios; pero exhortar a los hombres a confiar con seguridad en Dios, y así sostener su esperanza y su paz, aunque no estén en una disposición de gracia y sigan sin estarlo, es en efecto lo mismo que exhortarlos a confiar con seguridad en Dios, pero no con una confianza de gracia: ¿y qué es eso sino una presunción perversa? Es tan imposible que los hombres tengan una confianza fuerte o viva en Dios cuando no tienen ejercicios vivos de la gracia ni experiencias cristianas sensibles, como que estén en los ejercicios vivos de la gracia sin los ejercicios de la gracia.
Es verdad que es deber del pueblo de Dios confiar en él cuando está en tinieblas, y aunque siga todavía en tinieblas, en este sentido: que debe confiar en Dios cuando los aspectos de su providencia son oscuros y parece como si Dios lo hubiera abandonado y no oyera sus oraciones, y se juntan muchas nubes, y muchos enemigos lo rodean con aspecto temible, amenazando con tragarlo, y todos los acontecimientos de la providencia parecen estar en su contra, y todas las circunstancias parecen hacer difícil el cumplimiento de las promesas de Dios, y hay que confiar en Dios sin verlo, es decir, cuando no podemos ver de qué manera le es posible cumplir su palabra; cuando todo, excepto la mera palabra de Dios, hace que parezca improbable, de modo que, si las personas creen, han de esperar contra esperanza. Así los antiguos patriarcas, y Job, y el salmista, y Jeremías, Daniel, Sadrac, Mesac y Abed-nego, y el apóstol Pablo dieron gloria a Dios confiando en él en las tinieblas. Y tenemos muchos ejemplos de tal fe gloriosa y victoriosa en el capítulo once de Hebreos. ¡Pero cuán distinta cosa es esta de confiar en Dios sin visión espiritual, estando al mismo tiempo en una disposición muerta y carnal!
Hay también tal cosa como que la luz espiritual entre en el alma de una manera cuando no entra de otra; y así hay tal cosa como que los santos confíen en Dios, y también conozcan su buen estado, cuando están desprovistos de algunas clases de experiencia. Por ejemplo, pueden tener visiones claras de la suficiencia y fidelidad de Dios, y así confiar en él con seguridad y saber que son sus hijos, y al mismo tiempo no tener aquellas ideas claras y dulces de su amor que tienen en otras ocasiones; porque así fue con Cristo mismo en su última pasión. Y pueden tener visiones de mucho de la soberanía, santidad y total suficiencia de Dios, que los capacitan para someterse a él con quietud y ejercer una dulce y muy alentadora esperanza en la plenitud de Dios, cuando no están satisfechos de su propio buen estado. ¡Pero cuán distintas son estas cosas de confiar con seguridad en Dios sin luz ni experiencia espiritual!
Los que así insisten en que las personas vivan por fe cuando no tienen experiencia y se hallan en muy malas disposiciones, son también muy absurdos en sus nociones de la fe. Lo que entienden por fe es creer que están en buen estado. De ahí que tengan por pecado terrible el que duden de su estado, cualesquiera que sean las disposiciones en que se encuentren y cualesquiera que sean las cosas perversas que hagan, porque es el grande y abominable pecado de la incredulidad; y que el mejor hombre, y el que más honra a Dios, sea el que mantiene la esperanza de su buen estado con mayor seguridad e inmovilidad cuando tiene menos luz o experiencia; es decir, cuando está en la peor y más perversa disposición y camino; porque, según ellos, eso es señal de que es fuerte en la fe, dando gloria a Dios, y de que contra esperanza cree en esperanza. Pero ¿de qué Biblia aprenden esta noción de la fe, según la cual la fe consiste en que un hombre crea con seguridad que está en buen estado?3030 Los hombres no saben que son piadosos creyendo que son piadosos. Conocemos muchas cosas por la fe, Hebreos 11:3: “Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios”. La fe es la demostración de las cosas que no se ven, Hebreos 11:1. Así conocen los hombres la Trinidad de personas de la Deidad; que Jesucristo es el Hijo de Dios; que el que cree en él tendrá vida eterna; la resurrección de los muertos. Y si Dios dijera a un santo que tiene gracia, este podría saberlo creyendo la palabra de Dios. Pero no es de esta manera como los hombres piadosos saben que tienen gracia. Eso no está revelado en la palabra, y el Espíritu de Dios no lo atestigua a personas particulares». Stoddard, La naturaleza de la conversión salvadora, pp. 83, 84. Si esto es fe, los fariseos tenían fe en grado eminente; algunos de los cuales, según enseña Cristo, cometieron el pecado imperdonable contra el Espíritu Santo. La Escritura presenta la fe como aquello por lo cual los hombres son introducidos en un buen estado; y, por tanto, no puede ser lo mismo que creer que ya están en buen estado. Suponer que la fe consiste en que las personas crean que están en buen estado es, en efecto, lo mismo que suponer que la fe consiste en que una persona crea que tiene fe, o crea que cree.
Es cierto que el que las personas duden de su buen estado puede, en varios respectos, provenir de la incredulidad. Puede deberse a la incredulidad, o a que tienen tan poca fe, el que tengan tan poca evidencia de su buen estado: si tuvieran más experiencia de las operaciones de la fe, y así más experiencia del ejercicio de la gracia, tendrían una evidencia más clara de que su estado es bueno, y así sus dudas serían quitadas. Y además, su duda acerca de su estado puede provenir de la incredulidad de este modo: cuando, aunque haya muchas cosas que son buenas evidencias de una obra de gracia en ellos, dudan mucho, sin embargo, de que estén realmente en estado de favor con Dios, porque se trata de ellos, que son tan indignos y han hecho tanto para provocar la ira de Dios contra sí. En tal caso, sus dudas provienen de la incredulidad, por cuanto nacen de la falta de un sentido suficiente de las infinitas riquezas de la gracia de Dios, y de la suficiencia de Cristo para el primero de los pecadores, y de la falta de confianza en ellas. Pueden provenir también de la incredulidad cuando dudan de su estado a causa del misterio de los tratos de Dios con ellos, por no poder conciliar tales dispensaciones con el favor de Dios hacia ellos; o cuando dudan de tener parte alguna en las promesas porque, por el aspecto de la providencia, parece tan improbable que las promesas se cumplan, siendo tantas y tan grandes las dificultades que hay en el camino. Tal duda proviene de la falta de dependencia del poder todopoderoso de Dios, y de su conocimiento y sabiduría, infinitamente superiores a los de ellos. Pero aun así, en tales personas, su incredulidad y su duda acerca de su estado no son la misma cosa, aunque la una provenga de la otra.
Las personas pueden ser muy culpables de dudar de su estado por razones como estas últimas mencionadas; y pueden ser culpables de no tener más gracia, ni más de sus ejercicios y experiencias presentes, que les sirvan de evidencia de la bondad de su estado: sin duda los hombres son culpables de estar en una disposición muerta y carnal; pero cuando están en tal disposición, y no tienen experiencia sensible de los ejercicios de la gracia, sino que, por el contrario, están muy dominados por las concupiscencias y por un espíritu no cristiano, no son culpables de dudar de su estado. Es tan imposible, por la naturaleza misma de las cosas, que una esperanza santa y cristiana se mantenga viva, en su claridad y su fuerza, en tales circunstancias, como mantener la luz en la habitación cuando se ha apagado la vela, o conservar el brillo del sol en el aire cuando el sol se ha puesto. Las experiencias lejanas, cuando están oscurecidas por la concupiscencia y la corrupción que prevalecen en el presente, nunca mantienen viva una confianza y seguridad de gracia; antes bien, esta enferma y decae por ello tan necesariamente como un niño pequeño con golpes repetidos de martillo en la cabeza. Ni es en absoluto de lamentar que las personas duden de su estado en tales circunstancias; al contrario, es deseable y en todo sentido lo mejor que duden. Es conforme a aquella sabia y misericordiosa constitución de las cosas que Dios ha establecido el que así sea. Porque Dios ha dispuesto y constituido las cosas, en sus dispensaciones hacia su propio pueblo, de tal manera que, cuando su amor decae y sus ejercicios faltan o se debilitan, surja el temor; porque entonces lo necesitan para que los refrene del pecado y los mueva a cuidar del bien de sus almas, y así los estimule a la vigilancia y la diligencia en la religión. Pero Dios ha ordenado que, cuando el amor se levanta y está en vigoroso ejercicio, el temor se desvanezca y sea ahuyentado; porque entonces no lo necesitan, ya que tienen en ejercicio un principio más alto y excelente que los refrena del pecado y los mueve a cumplir su deber. No hay ningunos otros principios bajo cuya influencia esté la naturaleza humana que lleguen jamás a hacer concienzudos a los hombres, sino uno de estos dos: el temor o el amor; y, por tanto, si uno de ellos no prevaleciera cuando el otro decae, el pueblo de Dios, cuando ha caído en disposiciones muertas y carnales, cuando el amor está dormido, quedaría en verdad lamentablemente expuesto. Por eso Dios ha ordenado sabiamente que estos dos principios opuestos, el amor y el temor, suban y bajen como los dos platillos opuestos de una balanza: cuando uno sube, el otro baja. Así como la luz y las tinieblas se suceden necesaria e inevitablemente la una a la otra —si la luz prevalece, en esa misma medida cesan las tinieblas, y no más; y si la luz decae, en esa misma medida prevalecen las tinieblas—, así sucede en el corazón de un hijo de Dios: si el amor divino decae y se duerme, y la concupiscencia prevalece, la luz y el gozo de la esperanza se apagan, y se levantan el oscuro temor y la duda; y si, por el contrario, el amor divino prevalece y entra en vivo ejercicio, este trae consigo el resplandor de la esperanza y ahuyenta la negra concupiscencia, y con ella el temor. El amor es el espíritu de adopción, o el principio filial; si este dormita, los hombres caen bajo el temor, que es el espíritu de servidumbre, o el principio servil; y lo mismo a la inversa. Y si sucede que el amor, o el espíritu de adopción, es llevado a una gran altura, ahuyenta por completo todo temor y da plena seguridad, conforme a aquello del apóstol, 1 Juan 4:18: «En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor». Estos dos principios opuestos, la concupiscencia y el amor santo, traen esperanza y temor a los corazones de los hijos de Dios en la proporción en que prevalecen; es decir, cuando se los deja a su propia influencia natural, sin que intervenga algo adventicio o accidental, como la enfermedad de la melancolía, la ignorancia doctrinal, los prejuicios de la educación, la instrucción errónea, los principios falsos, las tentaciones particulares, etc.
El Espíritu de Dios no echa fuera el temor de ninguna otra manera que por el prevalecer del amor; ni su Espíritu lo mantiene jamás sino cuando el amor está dormido. En tal tiempo, en vano son todos los exámenes de sí mismo que hace el santo, y todo su escudriñar las experiencias pasadas, a fin de afianzar su paz y obtener seguridad. Porque es contrario a la naturaleza de las cosas, tal como Dios las ha constituido, que tenga seguridad en tal tiempo.
Por tanto, contrarían directamente la sabia y misericordiosa constitución de las cosas establecida por Dios los que exhortan a otros a estar confiados en su esperanza cuando se hallan en disposiciones muertas, bajo la idea de «vivir por fe, y no por vista, y confiar en Dios en la oscuridad, y vivir de Cristo, y no de las experiencias», y les advierten que no duden de su buen estado, no sea que se hagan culpables del terrible pecado de la incredulidad. Y esto tiende directamente a afianzar a los hipócritas más presuntuosos y a impedir que jamás pongan en duda su estado, por mucho que la maldad se enfurezca y reine en sus corazones y prevalezca en sus vidas, bajo la idea de honrar a Dios esperando contra esperanza y confiando con seguridad en Dios cuando las cosas se ven muy oscuras. Y sin duda ha sido inmenso el daño que se ha hecho de esta manera.
No puede decirse que las personas abandonan a Cristo y viven de sus experiencias de los ejercicios de la gracia meramente porque las toman y las usan como evidencias de la gracia; pues no hay otras evidencias que puedan o deban tomar. Pero entonces sí puede decirse que las personas viven de sus experiencias cuando hacen de ellas una justicia, y, en lugar de mantener los ojos puestos en la gloria de Dios y en la excelencia de Cristo, apartan la vista de estos objetos, que están fuera de ellas, y la vuelven hacia sí mismas, para entretener su mente contemplando sus propios logros, sus elevadas experiencias y las grandes cosas que les han sucedido, y son brillantes y hermosas a sus propios ojos, y en su propia estimación son ricas y se han enriquecido, y piensan que Dios tiene de ellas, por el mismo motivo, una estima tan admirada como la que tienen ellas de sí mismas. Esto es vivir de las experiencias, y no de Cristo; y es más abominable a los ojos de Dios que las groseras inmoralidades de los que no hacen ninguna profesión de religión. Pero esto es cosa muy distinta de un mero aprovechar las experiencias como evidencias de tener parte en un glorioso Redentor.
Pero, volviendo de esta digresión, quisiera mencionar una cosa más bajo el encabezamiento general que estoy tratando.
Capítulo 13 completado
XI. No es señal de que los afectos sean rectos, ni de que sean erróneos, el que hagan a quienes los tienen sumamente confiados en que lo que experimentan es divino y en que se hallan en buen estado