Capítulo 12 · 4 min de lectura · 6 min de escucha
X. Nada puede saberse con certeza de la naturaleza de los afectos religiosos por el hecho de que dispongan mucho a las personas a alabar y glorificar a Dios con la boca
X. Nada puede saberse con certeza de la naturaleza de los afectos religiosos por el hecho de que dispongan mucho a las personas a alabar y glorificar a Dios con la boca. Esto, en verdad, está implicado en lo que acabamos de observar acerca de abundar y dedicar mucho tiempo a los ejercicios externos de la religión, y ya se insinuó antes; pero, puesto que muchos parecen considerarlo una evidencia brillante de afecto de gracia cuando las personas se muestran muy dispuestas a alabar y engrandecer a Dios, a tener la boca llena de sus alabanzas y a llamar afectuosamente a otros a alabarlo y ensalzarlo, he creído que merecía una consideración más particular.
Ningún cristiano hará de ello un argumento contra una persona, el que parezca tener tal disposición. Pero tampoco puede considerarse razonablemente como una evidencia a su favor, si se consideran debidamente las cosas que ya se han observado y probado, a saber: que personas sin gracia pueden tener elevados afectos hacia Dios y hacia Cristo, y que sus afectos, por ser fuertes, pueden llenarles la boca e inclinarlas a hablar mucho, y con gran fervor, de las cosas que las afectan, y que puede haber falsificaciones de toda clase de afecto de gracia. Pero aparecerá de forma más evidente y directa que esto no es señal cierta de gracia si consideramos los ejemplos que la Escritura nos da de ello en quienes carecían de gracia. A menudo tenemos relato de esto en la multitud que estaba presente cuando Cristo predicaba y obraba milagros; Marcos 2:12: «Entonces él se levantó en seguida, y tomando su lecho, salió delante de todos, de manera que todos se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca tal hemos visto». Así también Mateo 9:8 y Lucas 5:26. También Mateo 15:31: «De manera que la multitud se maravillaba, viendo hablar a los mudos, sanos a los mancos, andar a los cojos, y ver a los ciegos; y glorificaron al Dios de Israel». Así se nos dice que, con ocasión de resucitar Cristo al hijo de la viuda de Naín, Lucas 7:16: «Y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y: Dios ha visitado a su pueblo». Así leemos que glorificaban a Cristo, o hablaban de él con suma estima: Lucas 4:15: «Y enseñaba en las sinagogas de ellos, y era glorificado por todos». ¡Y cómo lo alabaron a grandes voces, clamando: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Hosanna en las alturas! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!», poco antes de que fuera crucificado! Y después de la ascensión de Cristo, cuando los apóstoles hubieron sanado al hombre cojo, se nos dice que todos glorificaban a Dios por lo que se había hecho, Hechos 4:21. Cuando los gentiles de Antioquía de Pisidia oyeron de Pablo y Bernabé que Dios rechazaría a los judíos y tomaría a los gentiles para ser su pueblo en su lugar, fueron afectados por la bondad de Dios para con los gentiles, «y glorificaban la palabra del Señor»; pero no todos los que lo hicieron eran verdaderos creyentes, sino solo cierto número elegido de ellos, como se insinúa en el relato que tenemos de ello, Hechos 13:48: «Y los gentiles, oyendo esto, se regocijaban, y glorificaban la palabra del Señor; y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna». Así, antiguamente, los hijos de Israel en el mar Rojo «cantaron la alabanza de Dios; pero pronto se olvidaron de sus obras». Y los judíos del tiempo de Ezequiel «con su boca mostraban mucho amor, mientras su corazón andaba en pos de su avaricia». Y está predicho de falsos profesantes y verdaderos enemigos de la religión que mostrarían prontitud para glorificar a Dios: Isaías 66:5: «Oíd la palabra del Señor, vosotros los que tembláis a su palabra: Vuestros hermanos que os aborrecen y os echan fuera por causa de mi nombre, dijeron: Sea el Señor glorificado».
No es señal cierta de que una persona esté afectada por la gracia el que, en medio de sus esperanzas y consuelos, se sienta muy afectada por la misericordia inmerecida de Dios para con ella, siendo tan indigna, y parezca ensalzar y engrandecer mucho la gracia gratuita. Los que todavía permanecen con un orgullo no mortificado y en enemistad contra Dios pueden, cuando imaginan haber recibido de Dios una bondad extraordinaria, clamar contra su propia indignidad y engrandecer la bondad inmerecida de Dios para con ellos, sin otra convicción de su mal merecer y sin un principio más elevado que el que tuvo Saúl, quien, mientras todavía permanecía con un orgullo no sometido y en enemistad contra David, fue llevado, aun siendo rey, a reconocer su indignidad y a exclamar: «He obrado neciamente, y he errado en gran manera», y a engrandecer y ensalzar con gran afecto y admiración la bondad inmerecida y sin ejemplo de David para con él, 1 Samuel 24:16-19, y 26:21; y sin un principio más elevado que aquel por el cual Nabucodonosor fue afectado por las dispensaciones de Dios que vio y de las que fue objeto, y alaba, ensalza y honra al Rey del cielo; y tanto él como Darío, en sus elevados afectos, llaman a todas las naciones a alabar a Dios, Daniel 3:28, 29, 30, y 4:1, 2, 3, 34, 35, 37, y 6:25, 26, 27.
Capítulo 12 completado
X. Nada puede saberse con certeza de la naturaleza de los afectos religiosos por el hecho de que dispongan mucho a las personas a alabar y glorificar a Dios con la boca