Tratado sobre los afectos religiosos
VIII. Nada puede determinarse con certeza acerca de la naturaleza de los afectos por el hecho de que los consuelos y los gozos parezcan seguir, en cierto orden, a los despertares y las convicciones de conciencia

Capítulo 10 · 29 min de lectura · 37 min de escucha

VIII. Nada puede determinarse con certeza acerca de la naturaleza de los afectos por el hecho de que los consuelos y los gozos parezcan seguir, en cierto orden, a los despertares y las convicciones de conciencia

VIII. Nada puede determinarse con certeza acerca de la naturaleza de los afectos por el hecho de que los consuelos y los gozos parezcan seguir, en cierto orden, a los despertares y las convicciones de conciencia.

Muchas personas parecen tener prejuicios contra los afectos y las experiencias que se presentan según el método en que tanto han insistido muchos teólogos: primero, ciertos despertares, temores y aprensiones terribles, seguidos de ciertas humillaciones legales, con un sentido de total pecaminosidad e impotencia, y después, tal y tal luz y consuelo. Consideran que todos esos esquemas, que establecen tales métodos y pasos, son invención de hombres; y en particular, si a una gran angustia y terror les siguen elevados afectos de gozo, muchos lo convierten en un argumento contra esos afectos. Pero tales prejuicios y objeciones carecen de razón y de Escritura. Ciertamente no puede ser irrazonable suponer que, antes de que Dios libre a las personas de un estado de pecado y de exposición a la destrucción eterna, les dé algún sentido considerable del mal del que las libra; para que sean libradas de manera sensible, y entiendan su propia salvación, y conozcan algo de lo que Dios hace por ellas. Así como los hombres que son salvos se hallan en dos estados sumamente diferentes, primero un estado de condenación y luego un estado de justificación y bienaventuranza; y así como Dios, en la obra de la salvación de la humanidad, trata con ellos de un modo adecuado a su naturaleza inteligente y racional; así parece razonable, y conforme a la sabiduría de Dios, que los hombres que son salvos estén en estos dos estados de manera sensible: primero, que estén, de modo sensible para ellos mismos, en un estado de condenación, y por tanto en un estado de lamentable calamidad y de espantosa miseria, y después en un estado de liberación y felicidad; y que primero sientan su necesidad absoluta y extrema, y después la suficiencia de Cristo y la misericordia de Dios por medio de él.

Y que es la manera de Dios de tratar con los hombres «llevarlos al desierto antes de hablarles al corazón», y disponer las cosas de modo que sean llevados a la angustia y hechos ver su propia impotencia y su absoluta dependencia de su poder y su gracia, antes de que él se muestre para obrar en su favor alguna gran liberación, lo pone abundantemente de manifiesto la Escritura. Entonces suele Dios «arrepentirse por su pueblo profesante, cuando ve que su fuerza ha perecido y que no queda ni guardado ni desamparado», y cuando son llevados a ver que sus dioses falsos no pueden ayudarlos y que la roca en la que confiaban es vana, Deuteronomio 32:36, 37. Antes de que Dios sacara de Egipto a los hijos de Israel, fueron preparados para ello al ser hechos «verse en aflicción» y «clamar a Dios a causa de su dura servidumbre», Éxodo 2:23, y 5:19. Y antes de que Dios obrara en su favor aquella gran liberación en el mar Rojo, fueron llevados a una gran angustia: el desierto los había encerrado, no podían volverse ni a la derecha ni a la izquierda, tenían delante el mar Rojo y detrás el gran ejército egipcio, y fueron llevados a ver que nada podían hacer para ayudarse a sí mismos, y que, si Dios no los ayudaba, serían tragados inmediatamente; y entonces Dios se mostró, y convirtió sus clamores en cánticos. Asimismo, antes de ser llevados a su reposo y de gozar de la leche y la miel de Canaán, Dios «los condujo por un desierto grande y espantoso, para afligirlos y enseñarles lo que había en su corazón, y así a la postre hacerles bien», Deuteronomio 8:2, 16. La mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años no fue librada hasta que primero «hubo gastado en médicos terrenales toda su hacienda, y por ninguno había podido ser curada», y quedó así impotente, sin más dinero que gastar; y entonces vino al gran Médico, sin dinero y sin precio, y fue sanada por él, Lucas 8:43, 44. Antes de responder a la petición de la mujer cananea, Cristo primero pareció negársela por completo, y la humilló, y la llevó a reconocerse digna de ser llamada perro; y entonces le mostró misericordia y la recibió como a una hija amada, Mateo 15:22, etc. El apóstol Pablo, antes de una liberación notable, fue «abrumado sobremanera, más allá de sus fuerzas, de tal modo que desesperó aun de la vida; pero tuvo en sí mismo sentencia de muerte, para que no confiase en sí mismo, sino en Dios que resucita a los muertos», 2 Corintios 1:8, 9, 10. Primero hubo una gran tempestad, y la barca se cubría de las olas y estaba a punto de hundirse, y los discípulos fueron llevados a clamar a Jesús: «Señor, sálvanos, que perecemos»; y entonces fueron reprendidos los vientos y el mar, y se hizo grande bonanza, Mateo 8:24, 25, 26. El leproso, antes de ser limpiado, había de tener la boca tapada, con un embozo sobre el labio superior, y había de reconocer su gran miseria y su total inmundicia rasgando sus vestidos y pregonando: «¡Inmundo! ¡Inmundo!», Levítico 13:45. Y el Israel rebelde, antes de que Dios lo sane, es llevado a «reconocer que ha pecado y que no ha escuchado la voz del Señor», y a ver que «yace en su vergüenza, y que su confusión lo cubre», y «que en vano se espera la salvación de los collados y de la multitud de los montes», y que solo Dios puede salvarlo, Jeremías 3:23, 24, 25. José, que fue vendido por sus hermanos, y en ello fue un tipo de Cristo, pone a sus hermanos en gran perplejidad y angustia, y los lleva a reflexionar sobre su pecado y a decir: Verdaderamente somos culpables; y por último, a entregarse por entero en sus manos como siervos; y entonces se les revela como su hermano y su salvador.

Y si consideramos aquellas manifestaciones extraordinarias que Dios hizo de sí mismo a los santos de antaño, hallaremos que por lo común se manifestó primero de un modo terrible, y después por medio de cosas consoladoras. Así fue con Abraham: primero cayó sobre él el pavor de una gran oscuridad, y después Dios se le reveló en dulces promesas, Génesis 15:12, 13. Así fue con Moisés en el monte Sinaí: primero Dios se le apareció con todos los terrores de su temible majestad, de modo que Moisés dijo: «Estoy espantado y temblando», y después hizo pasar todo su bien delante de él y proclamó su nombre: «El Señor, Dios misericordioso y piadoso», etc. Así fue con Elías: primero hubo un viento tempestuoso, terremotos y fuego devorador, y después un silbo apacible, suave y dulce, 1 Reyes 19. Así fue con Daniel: primero vio el rostro de Cristo como un relámpago, que lo aterró y le hizo desfallecer; y después es fortalecido y confortado con palabras tan consoladoras como estas: «Oh Daniel, varón muy amado», Daniel 10. Así fue con el apóstol Juan, Apocalipsis 1. Y se observa una analogía en las dispensaciones de Dios y en las liberaciones que obra en favor de su pueblo, y en las manifestaciones que hace de sí mismo a ellos, tanto ordinarias como extraordinarias.

Pero hay muchas cosas en la Escritura que muestran más directamente que esta es la manera ordinaria de Dios al obrar la salvación de las almas de los hombres, y en las manifestaciones que Dios hace de sí mismo y de su misericordia en Cristo, en las obras ordinarias de su gracia en el corazón de los pecadores. Al siervo que debía a su señor diez mil talentos se le exige primero su deuda, y el rey pronuncia sobre él sentencia de condenación y manda que sea vendido, él, su mujer y sus hijos, y que se pague la deuda; y así lo humilla, y lo lleva a reconocer que toda la deuda es justa, y entonces se la perdona toda. El hijo pródigo gasta todo lo que tiene, y es llevado a verse en circunstancias extremas, a humillarse y a reconocer su indignidad, antes de ser socorrido y agasajado por su padre, Lucas 15. Las heridas viejas e inveteradas deben sondearse hasta el fondo para poder sanar; y la Escritura compara a esto el pecado, la herida del alma, y habla de curar esta herida sin sondearla así como algo vano y engañoso, Jeremías 7:11. Cristo, en la obra de su gracia en el corazón de los hombres, es comparado a la lluvia sobre la hierba recién segada, hierba cortada con la guadaña, Salmo 72:6, lo cual representa sus influencias refrescantes y consoladoras sobre el espíritu herido. Nuestros primeros padres, después de haber pecado, fueron primero aterrados por la majestad y la justicia de Dios, y su Juez puso delante de ellos su pecado con sus agravantes, antes de ser aliviados por la promesa de la simiente de la mujer. Se habla de los cristianos como de aquellos «que se han acogido para asirse de la esperanza propuesta», Hebreos 6:18, imagen que implica un gran temor y un sentido del peligro que la precede. En el mismo sentido, Cristo es llamado «escondedero contra el viento, y acogida contra el turbión; como arroyos de aguas en tierra de sequedad, como sombra de gran peñasco en tierra calurosa», Isaías 32, al principio. Y parece ser el sentido natural de la palabra evangelio, buenas nuevas, que es la noticia de una liberación y una salvación después de un gran temor y una gran angustia. Hay también razón para suponer que Dios trata con los creyentes en particular como trató con su iglesia, a la que primero hizo oír su voz en la ley, con terribles truenos y relámpagos, y la mantuvo bajo aquel ayo para prepararla para Cristo; y después la consoló con el sonido gozoso del evangelio desde el monte Sion. Así también Juan el Bautista vino a preparar el camino a Cristo, y a preparar el corazón de los hombres para recibirlo, mostrándoles sus pecados y apartando a los judíos que se creían justos de su propia justicia, diciéndoles que eran una «generación de víboras», y mostrándoles el peligro en que estaban de «la ira que vendrá», diciéndoles que «el hacha estaba puesta a la raíz de los árboles», etc.

Y si de verdad es la manera de Dios (como creo que las consideraciones anteriores muestran que sin duda lo es), antes de dar a los hombres el consuelo de una liberación de su pecado y su miseria, darles un sentido considerable de la grandeza y lo terrible de esos males, y de su extrema desdicha a causa de ellos, ciertamente no es irrazonable suponer que las personas, al menos muchas veces, mientras están bajo estas visiones, tengan grandes angustias y terribles aprensiones de ánimo; especialmente si se considera qué males son los que tienen a la vista, que no son otros que pecados grandes y numerosos contra la majestad infinita del gran Jehová, y el padecer el furor de su ira por toda la eternidad. Y más aún cuando tenemos en la Escritura muchos ejemplos claros de personas que de hecho fueron llevadas a una gran angustia por tales convicciones antes de recibir consuelos salvadores: como la multitud en Jerusalén, que «se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?». Y el apóstol Pablo, que tembló y quedó atónito antes de ser consolado; y el carcelero, cuando, «pidiendo luz, entró precipitadamente, y temblando, se postró a los pies de Pablo y de Silas, y dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?»

De estas cosas se desprende que es muy irrazonable que los cristianos profesantes hagan una objeción contra la verdad y la naturaleza espiritual de los afectos consoladores y gozosos que alguien tenga del hecho de que sigan a aprensiones y angustias tan terribles como las que se han mencionado.

Y, por otra parte, no es evidencia de que los consuelos y los gozos sean genuinos el que sucedan a grandes terrores y a asombrosos temores del infierno.2121 El señor Shepard habla de «hombres abatidos hasta el infierno por la tristeza y yaciendo bajo cadenas, temblando ante la aprensión del terror venidero, y luego elevados al cielo en gozo, sin poder vivir; y, sin embargo, no arrancados de la concupiscencia: y tales son ahora objeto de lástima, y es probable que sean objeto de terror en el gran día». —La parábola de las diez vírgenes, Parte I, p. 125. Esto parece ser aquello a lo que algunas personas dan gran peso, estimando los grandes terrores como evidencia de la gran obra de la ley realizada en el corazón, que prepara bien el camino para un consuelo sólido; sin considerar que el terror y la convicción de conciencia son cosas distintas. Porque, aunque las convicciones de conciencia causan a menudo terror, no consisten en él; y los terrores surgen a menudo de otras causas. Las convicciones de conciencia, por las influencias del Espíritu de Dios, consisten en la convicción de la pecaminosidad del corazón y de la conducta, y de lo terrible de los pecados en cuanto cometidos contra un Dios de terrible majestad, de santidad infinita y de odio al pecado, y de estricta justicia en castigarlo. Pero hay algunas personas que tienen espantosas aprensiones del infierno, como un pozo terrible a punto de tragarlas, y llamas a punto de alcanzarlas, y demonios a su alrededor dispuestos a apoderarse de ellas; y que al mismo tiempo parecen tener muy poca iluminación propia de la conciencia que realmente las convenza de la pecaminosidad de su corazón y de su vida. El diablo, si se le permite, puede aterrar a los hombres tan bien como el Espíritu de Dios; es una obra que le es natural, y tiene muchas maneras de hacerlo, de un modo que no tiende a ningún bien.

Puede espantar sobremanera a las personas imprimiendo en ellas imágenes e ideas de muchas cosas externas: de un rostro ceñudo, de una espada desenvainada, de negras nubes de venganza, de palabras de una terrible sentencia pronunciada,2222 «El modo en que obra el Espíritu cuando convence a los hombres es iluminando la conciencia natural. El Espíritu no obra dando un testimonio, sino ayudando a la conciencia natural a hacer su obra. La conciencia natural es el instrumento en la mano de Dios para acusar, condenar, aterrar e instar al deber. El Espíritu de Dios lleva a los hombres a considerar su peligro, y hace que sean afectados por él; Proverbios 20:27: “El espíritu del hombre es candela del Señor, que escudriña todo lo secreto del vientre.» Stoddard, Guía a Cristo, p. 44. del infierno abriendo sus fauces, de demonios que vienen y cosas semejantes; no para convencer a las personas de cosas que son verdaderas y están reveladas en la palabra de Dios, sino para llevarlas a conclusiones vanas e infundadas: como que su día ha pasado, que están reprobadas, que Dios es implacable, que ha resuelto cortarlas de inmediato, etc.

Y los terrores que tienen algunas personas se deben en gran parte a la constitución y el temperamento particulares que tienen. Nada es más manifiesto que el hecho de que algunas personas son de tal temperamento y disposición que su imaginación queda más fuertemente impresionada que la de otros por todo aquello que las afecta; y la impresión en la imaginación reacciona sobre el afecto y lo eleva aún más; y así el afecto y la imaginación actúan recíprocamente el uno sobre la otra, hasta que el afecto se eleva a una altura enorme, y la persona queda absorbida y pierde el dominio de sí misma.2323 El célebre señor Perkins distingue entre «las tristezas que vienen por convicciones de conciencia, y las pasiones melancólicas que surgen solo de la mera imaginación, fuertemente concebidas en el cerebro; las cuales, dice, suelen venir de repente, como un rayo en una casa». —Vol. I de sus obras, página 385.

Y algunos hablan de una gran visión que tienen de su maldad, y en realidad, cuando el asunto llega a examinarse bien y a sopesarse a fondo, se halla que tienen poca o ninguna convicción de conciencia. Hablan de un corazón terriblemente duro, y de cómo su corazón yace como una piedra, cuando en verdad no tienen en su mente ni en sus pensamientos ninguna de aquellas cosas en que realmente consiste la dureza del corazón de los hombres. Hablan de una terrible carga y un abismo de pecado, de un montón de negra y repugnante inmundicia dentro de ellos, cuando, si se indaga el asunto con cuidado, no tienen a la vista nada en que verdaderamente consista la corrupción de la naturaleza, ni piensan en ninguna cosa particular en que su corazón sea pecaminosamente defectuoso o quede por debajo de lo que debería haber en él, ni en ningún ejercicio de corrupción en ellos. Y muchos piensan también que tienen grandes convicciones de sus pecados actuales, y en verdad no tienen ninguna. Cuentan cómo sus pecados son puestos en orden delante de ellos, cómo los ven alineados en fila a su alrededor, con un aspecto terrible y espantoso, cuando en realidad no les viene a la vista ni uno solo de los pecados de que han sido culpables en el curso de su vida, de manera que sean afectados por sus agravantes.

Y si las personas han tenido grandes terrores que verdaderamente han procedido de las influencias despertadoras y convincentes del Espíritu de Dios, no se sigue de ello que sus terrores hayan de terminar necesariamente en verdadero consuelo. La corrupción no mortificada del corazón puede apagar el Espíritu de Dios (después de que él ha estado contendiendo) llevando a los hombres a esperanzas y gozos presuntuosos y que los exaltan a sí mismos, así como de otras maneras. No toda mujer que está verdaderamente de parto da a luz un niño verdadero; sino que puede ser una producción monstruosa, sin nada de la forma ni de las propiedades de la naturaleza humana. El jefe de los panaderos de Faraón, después de haber estado en el calabozo con José, tuvo una visión que despertó sus esperanzas, y fue sacado del calabozo igual que el jefe de los coperos; pero fue para ser ahorcado.

Pero si los consuelos y los gozos no solo vienen después de grandes terrores y despertares, sino que hay una apariencia de tales convicciones y humillaciones preparatorias, producidas de modo muy distinto, por tales pasos y según el método que con frecuencia se ha observado en los verdaderos convertidos, esto no es señal cierta de que la luz y los consuelos que siguen sean verdaderos y salvadores. Y ello por las siguientes razones:

Primera. Así como el diablo puede falsificar todas las operaciones y gracias salvadoras del Espíritu de Dios, así puede falsificar las operaciones que son preparatorias para la gracia. Si Satanás puede falsificar aquellos efectos del Espíritu de Dios que son especiales, divinos y santificadores, de modo que haya una semejanza muy grande en todo lo que otros pueden observar, mucho más fácilmente puede imitar aquellas obras del Espíritu de Dios que son comunes, y de las cuales son objeto los hombres mientras todavía son hijos suyos. Estas obras no están en modo alguno tan por encima de él como las otras. No hay obras de Dios tan elevadas y divinas, tan por encima de los poderes de la naturaleza y tan fuera del alcance del poder de todas las criaturas, como aquellas obras de su Espíritu por las cuales forma a la criatura a su propia imagen y la hace participante de la naturaleza divina. Pero si el diablo puede ser autor de semejanzas de estas como las que se han mencionado, sin duda puede serlo de las que son de una clase infinitamente inferior. Y es sobradamente evidente, de hecho, que hay humillaciones falsas y sumisiones falsas, así como consuelos falsos.2424 El venerable señor Stoddard observa: «Un hombre puede decir que ahora puede justificar a Dios, trate como trate con él, y no haber sido apartado de su propia justicia; y que algunos hombres justifican a Dios por una convicción parcial de la justicia de su condenación; la conciencia toma nota de su pecaminosidad y les dice que pueden ser justamente condenados; como Faraón, que justificó a Dios, Éxodo 9:27. Y dan una especie de consentimiento a ello, pero muchas veces no perdura; solo tienen una punzada, que por lo general se desvanece al poco tiempo». —Guía a Cristo, p. 71. ¡Hasta dónde fue llevado Saúl, aunque era un hombre muy malvado y de espíritu altivo, cuando él (siendo un gran rey) fue llevado, en la convicción de su pecado, a postrarse, por así decirlo, todo en lágrimas, llorando a voz en cuello, delante de David, su propio súbdito (y uno al que durante largo tiempo había odiado a muerte y tratado abiertamente como enemigo), y a condenarse a sí mismo delante de él, exclamando: «¡Más justo eres tú que yo, que me has pagado con bien, habiéndote yo pagado con mal!». Y en otra ocasión: «He pecado; he obrado neciamente, y he errado en gran manera», 1 Samuel 24:16, 17, y capítulo 26:21. Y, sin embargo, Saúl parece haber tenido entonces muy poco de las influencias del Espíritu de Dios, pues esto fue después de que el Espíritu de Dios se hubo apartado de él y lo hubo abandonado, y un espíritu malo de parte del Señor lo atormentaba. Y si este orgulloso monarca, en una punzada de afecto, fue llevado a humillarse tanto delante de un súbdito al que odiaba, y del que siguió siendo enemigo, sin duda puede haber apariencias de gran convicción y humillación en los hombres delante de Dios, mientras todavía siguen siendo enemigos suyos, y aunque al final continúen siéndolo. A menudo hay en los hombres aterrados por el temor del infierno una gran apariencia de haber sido apartados de su propia justicia, cuando no han sido apartados de ella en todos los sentidos, aunque sí en muchos que son más claros y visibles. Solo han cambiado algunas maneras de confiar en su propia justicia por otras más secretas y sutiles. Con frecuencia se toma por humillación un gran grado de desaliento en cuanto a muchas cosas en que solían apoyarse; y se llama sumisión a Dios lo que no es una sumisión absoluta, sino que encierra algún pacto secreto que es difícil de descubrir.

Segunda. Si las operaciones y los efectos del Espíritu de Dios en las convicciones y los consuelos de los verdaderos convertidos pueden ser adulterados, también puede imitarse su orden. Si Satanás puede imitar las cosas mismas, fácilmente puede ponerlas una tras otra en un orden determinado. Si el diablo puede hacer A, B y C, le es igual de fácil poner A primero, B después y C a continuación, que disponerlas en un orden contrario. La naturaleza de las cosas divinas es más difícil de imitar para el diablo que su orden. No puede imitar exactamente las operaciones divinas en su naturaleza, aunque sus falsificaciones se les parezcan mucho en la apariencia exterior; pero puede imitar exactamente su orden. Una vez hechas las falsificaciones, no se necesita ningún poder divino para colocar una de ellas primero y otra al final. Y por tanto ningún orden ni método de operaciones y experiencias es señal cierta de su divinidad. Solo debe confiarse, como evidencia cierta de gracia, en aquello que Satanás no puede hacer, y que es imposible que sea producido por ningún poder inferior al divino.

Tercera. No tenemos ninguna regla cierta para determinar hasta dónde puede llegar el propio Espíritu de Dios en aquellas operaciones y convicciones que en sí mismas no son espirituales ni salvadoras, sin que la persona que es objeto de ellas llegue jamás a convertirse, sino que al final se quede sin la salvación. No hay ninguna conexión necesaria, en la naturaleza de las cosas, entre cualquier cosa que un hombre natural pueda experimentar mientras está en el estado de naturaleza y la gracia salvadora del Espíritu de Dios. Y si no hay conexión en la naturaleza de las cosas, entonces no puede haber en absoluto ninguna conexión conocida y cierta, a menos que sea por revelación divina. Pero no hay ninguna conexión cierta revelada entre un estado de salvación y cualquier cosa de la que un hombre natural pueda ser objeto antes de creer en Cristo. Dios no ha revelado ninguna conexión cierta entre la salvación y cualesquiera cualidades en los hombres, sino solo la gracia y sus frutos. Y por eso no hallamos que la Escritura mencione ni una sola vez convicciones legales, ni consuelos que sigan a estas convicciones legales en algún método u orden determinado, como señales ciertas de gracia o como cosas propias de los santos; aunque sí hallamos mencionadas así, miles de veces, las operaciones y los efectos de la gracia mismos. Lo cual debería bastar a los cristianos que estén dispuestos a tener la palabra de Dios, y no su propia filosofía, sus experiencias y sus conjeturas, como su guía suficiente y segura en cosas de esta naturaleza.

Cuarta. La experiencia confirma en gran manera que el que las personas parezcan tener convicciones y consuelos que se siguen unos a otros según el método y el orden que se observa con frecuencia en los verdaderos convertidos no es señal cierta de gracia.2525 El señor Stoddard, que tuvo mucha experiencia de cosas de esta naturaleza, observó hace tiempo que los hombres convertidos y los no convertidos no pueden distinguirse con certeza por el relato que dan de su experiencia, pues el mismo relato de experiencias es común a ambos; y que muchas personas que han dado un buen relato de una obra de conversión, y que durante varios años se han conducido bien a los ojos del mundo, al final no han resultado bien. —Llamamiento a los doctos, pp. 75, 76. Apelo a todos los ministros de esta tierra que han tenido muchas ocasiones de tratar con almas en la reciente temporada extraordinaria, para que digan si no ha habido muchos que no resultan bien y que, sin embargo, han dado un buen relato de sus experiencias y han parecido convertidos según la regla, es decir, con convicciones y afectos que se sucedían de modo distinto y exacto en aquel orden y método en que ordinariamente se ha insistido como el orden de las operaciones del Espíritu de Dios en la conversión.

Y así como el parecer tener esta distinción en cuanto a los pasos y el método no es señal cierta de que una persona esté convertida, así el carecer de ella no es evidencia de que una persona no esté convertida. Porque, aunque pudiera demostrarse de manera evidente, según los principios de la Escritura, que un pecador no puede ser llevado a recibir de corazón a Cristo como su Salvador si no está convencido de su pecado y su miseria, de su propio vacío e impotencia y de que merece justamente la condenación eterna, y que por tanto tales convicciones deben estar implicadas de algún modo en lo que se obra en su alma, nada prueba que sea necesario que todas aquellas cosas que están implicadas o presupuestas en un acto de fe en Cristo hayan de obrarse en el alma, clara y distintamente, en otras tantas obras sucesivas y separadas del Espíritu, cada una de ellas clara y manifiesta, en todos los que están verdaderamente convertidos. Al contrario (como observa el señor Shepard), a veces el cambio obrado en un santo, en la primera obra, es como un caos confuso, de modo que los santos no saben qué pensar de él. La manera en que procede el Espíritu en los que son nacidos del Espíritu es muy a menudo sumamente misteriosa e inescrutable: oímos, por así decirlo, su sonido, su efecto es discernible; pero nadie puede decir de dónde vino ni a dónde fue. Y muchas veces es tan difícil conocer el camino del Espíritu en el nuevo nacimiento como en el primer nacimiento; Eclesiastés 11:5: «Como tú no sabes cuál es el camino del Espíritu, o cómo se crían los huesos en el vientre de la mujer preñada, así ignoras la obra de Dios, el cual hace todas las cosas». La generación de un principio de gracia en el alma parece compararse en la Escritura a la concepción de Cristo en el seno, Gálatas 4:19. Y por eso la iglesia es llamada madre de Cristo, Cantares 3:11. Y así lo es cada creyente en particular, Mateo 12:49, 50. Y la concepción de Cristo en el seno de la bienaventurada virgen, por el poder del Espíritu Santo, parece ser una semejanza intencionada de la concepción de Cristo en el alma del creyente por el poder del mismo Espíritu Santo. Y no sabemos cuál es el camino del Espíritu, ni cómo se crían los huesos, ya sea en el seno o en el corazón que concibe a este santo niño. La nueva criatura puede usar aquel lenguaje del Salmo 139:14, 15: «Formidable y maravillosamente he sido hecho; maravillosas son tus obras, y mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi cuerpo, aunque en oculto fui formado». Acerca de la generación de Cristo, tanto en su persona como en el corazón de su pueblo, puede decirse, como en Isaías 53:8: «Su generación, ¿quién la contará?». No conocemos la obra de Dios, el cual hace todas las cosas. «Gloria de Dios es encubrir un asunto» (Proverbios 25:2), y tener «sus sendas, por así decirlo, en las muchas aguas, para que sus pisadas no sean conocidas»; y especialmente en las obras de su Espíritu en el corazón de los hombres, que son las más altas y principales de sus obras. Y por eso se dice en Isaías 40:13: «¿Quién enseñó al Espíritu del Señor, o le aconsejó enseñándole?». Es de temer que algunos hayan ido demasiado lejos en dirigir al Espíritu del Señor, trazándole sus pasos y limitándolo a ciertos pasos y métodos. La experiencia muestra claramente que el Espíritu de Dios es inescrutable e imposible de rastrear, en algunos de los mejores cristianos, en el método de sus operaciones en su conversión. Ni procede el Espíritu de Dios de forma discernible según los pasos de un esquema particular establecido ni la mitad de veces de lo que se imagina. Un esquema de lo que es necesario, conforme a una regla ya recibida y establecida por la opinión común, tiene una influencia enorme (aunque para muchos muy imperceptible) en la formación de las ideas que las personas tienen de los pasos y el método de sus propias experiencias. Conozco muy bien cuál es su manera, pues he tenido muchas oportunidades de observarla. Muy a menudo, al principio, sus experiencias parecen un caos confuso, como lo expresa el señor Shepard; pero luego se escogen aquellos pasajes de su experiencia que tienen más apariencia de los pasos particulares en que se insiste; y en estos se detienen sus pensamientos, y estos son los que se cuentan una y otra vez en el relato que dan; estas partes se vuelven cada vez más brillantes a su vista, y otras, descuidadas, se vuelven cada vez más oscuras; y lo que han experimentado se fuerza imperceptiblemente para ajustarlo todo exactamente al esquema establecido. Y se vuelve natural que los ministros que tratan con ellos y los dirigen, y que insisten en la distinción y la claridad del método, hagan lo mismo. Pero, con todo, se ha visto tanto de las operaciones del Espíritu de Dios en estos últimos tiempos, que los que han tenido mucho trato con almas, y no están cegados por un velo siete veces más espeso de prejuicio, han de saber que el Espíritu es tan sumamente variado en su manera de obrar que en muchos casos es imposible rastrearlo o descubrir su camino.

Aquello de lo que principalmente hemos de ocuparnos, en nuestras indagaciones sobre nuestro propio estado o en las direcciones que damos a otros, es la naturaleza del efecto que Dios ha producido en el alma. En cuanto a los pasos que el Espíritu de Dios dio para producir ese efecto, podemos dejárselos a él. A menudo la Escritura nos indica expresamente que nos examinemos por la naturaleza de los frutos del Espíritu; pero en ninguna parte por el método del Espíritu para producirlos.2626 El señor Shepard, hablando de la adhesión del alma a Cristo, dice: «Así como un niño no puede decir cómo entra su alma en él, ni quizá cuándo, pero después ve y siente esa vida, de modo que sería tan necio como una bestia quien negara un alma inmortal; así ocurre aquí». —La parábola de las diez vírgenes, Parte II, p. 171.
«Si el hombre no conoce el momento de su conversión, o de su primera adhesión a Cristo, el ministro no puede sacar de ello ninguna conclusión terminante de que no es piadoso». —Stoddard, Guía a Cristo, p. 83.
«No pienses que no hay compunción ni sentido del pecado obrado en el alma porque no puedas discernirlo y sentirlo con tanta claridad, ni el momento en que se obró y comenzó por primera vez. He conocido a muchos que han venido con sus quejas de que nunca habían sido humillados, nunca lo habían sentido así; y sin embargo allí había estado, y muchas veces lo han visto con otros lentes, y han bendecido a Dios por ello. —Shepard, El creyente sano, página 38. La reciente impresión de Boston. Muchos yerran gravemente en sus ideas de una obra clara de conversión, llamando obra clara a aquella en que los pasos sucesivos de la influencia y el método de la experiencia son claros; mientras que en realidad la obra más clara es (no aquella en que el orden del hacer es más claro, sino) aquella en que la naturaleza espiritual y divina de la obra hecha y del efecto producido es más clara.

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