La realidad de la oración ·Episodios de oración en la vida de nuestro Señor (Continuación)

Capítulo 9 · 12 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Episodios de oración en la vida de nuestro Señor (Continuación)

El pecado es tan indeciblemente horrible en su maldad que abatió, como a muerte e infierno, al mismísimo Hijo de Dios. Ya antes se había asombrado bastante ante el pecado. Había visto al pecado convertir a los ángeles del cielo en demonios del infierno. La muerte y todos sus terrores no conmovían ni desconcertaban mucho a nuestro Señor. No. No era la muerte: era el pecado. Era el fuego del infierno en su alma. Eran las brasas, y el aceite, y la resina, y el enebro, y la trementina del fuego que no se apaga.

—Alexander Whyte, D.D.

Observamos que, de la revelación y la inspiración de una arrebatadora hora de oración de Cristo, como su secuela natural, resuena aquella proclamación amable y alentadora para las almas agobiadas, inquietas y cansadas de la tierra, la cual tanto ha conmovido, cautivado y atraído a la humanidad al caer sobre los oídos de las almas cargadas, y la cual tanto ha endulzado y aliviado a los hombres de sus fatigas y cargas:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.

“Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.”

Ante el sepulcro de Lázaro, y como preparación y condición para llamarlo de vuelta a la vida, tenemos a nuestro Señor invocando a su Padre en el cielo. “Padre, gracias te doy que me has oído; y yo sabía que siempre me oyes.” El alzar Cristo sus ojos al cielo—¡cuánto había en ello! ¡Cuánto de confianza y de súplica había en aquella mirada al cielo! Su sola mirada, el alzar de sus ojos, llevaba todo su ser hacia el cielo, y causaba una pausa en aquel mundo, y atraía la atención y el auxilio. Todo el cielo quedó empeñado, comprometido y conmovido cuando el Hijo de Dios miró hacia arriba ante aquel sepulcro. ¡Oh, si tuviéramos un pueblo con la mirada de Cristo, alzada al cielo y que arrebata el cielo! Como fue con Cristo, así deberíamos nosotros estar tan perfeccionados en la fe, tan diestros en el orar, que pudiéramos alzar los ojos al cielo y decir con Él, con la más profunda humildad y con confianza imperiosa: “Padre, gracias te doy que me has oído.”

Una vez más tenemos un episodio muy conmovedor, hermoso e instructivo en la oración de Cristo, esta vez relacionado con los niños de pecho en los brazos de sus madres, tan parabólico como histórico:

“Entonces le fueron presentados unos niños para que pusiese las manos sobre ellos y orase; y los discípulos les reñían.

“Y viéndolo Jesús, se enojó mucho, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios.

“De cierto os digo, que el que no recibiere el reino de Dios como un niño, no entrará en él.

“Y tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía.”

Ésta fue una de las pocas veces en que la necia ignorancia y las opiniones carnales despertaron su indignación y disgusto. Había principios vitales en juego. Los fundamentos estaban siendo destruidos, y opiniones mundanas movían a los discípulos. Su temple y sus palabras, al reñir a los que traían sus niños a Cristo, eran sumamente equivocados. Los mismos principios que Él vino a ilustrar y propagar estaban siendo violados. Cristo recibía a los pequeñitos. Los grandes deben hacerse pequeños. Los viejos deben hacerse jóvenes antes de que Cristo los reciba. La oración ayuda a los pequeñitos. La cuna debe estar revestida de oración. Hemos de orar por nuestros pequeñitos. Los niños han de ser traídos ahora a Jesucristo por la oración, pues Él está en el cielo y no en la tierra. Han de ser traídos a Él temprano para su bendición, aun cuando sean niños de pecho. Su bendición desciende sobre estos pequeñitos en respuesta a las oraciones de los que los traen. Con incansable importunidad han de ser traídos a Cristo en oración ferviente y perseverante por sus padres y madres. Antes de que ellos mismos sepan nada acerca de venir por su propia voluntad, los padres han de presentarlos a Dios en oración, buscando su bendición sobre su descendencia y pidiendo al mismo tiempo sabiduría, gracia y ayuda divina para criarlos, de modo que vengan a Cristo por su propia voluntad cuando lleguen a los años de responsabilidad.

Las manos santas y la oración santa tienen mucho que ver con guardar y formar las vidas jóvenes y con moldear los caracteres jóvenes para la justicia y el cielo. ¡Qué benignidad, sencillez, bondad, desapego del mundo, condescendencia y mansedumbre, unidas a la oración, hay en este acto de este divino Maestro!

Fue mientras Jesús oraba que Pedro hizo aquella admirable confesión de su fe, de que Jesús era el Hijo de Dios:

“Y aconteció que estando él solo orando, estaban con él los discípulos; y les preguntó, diciendo: ¿Quién dicen las gentes que soy?

“Y ellos respondieron, y dijeron: Unos, Juan el Bautista; y otros, Elías; y otros, que algún profeta de los antiguos ha resucitado.

“Y les dijo: ¿Y vosotros, quién decís que soy?

“Entonces respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

“Y respondiendo Jesús, le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás; porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.

“Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.

“Y a ti daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.”

Fue después que nuestro Señor había hecho grandes promesas a sus discípulos, de que había señalado a cada uno de ellos un reino, y que se sentarían a su mesa en su reino y se sentarían en tronos juzgando a las doce tribus de Israel, cuando dirigió aquellas palabras de advertencia a Simón Pedro, diciéndole que había orado por Pedro. “Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí que Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; mas yo he rogado por ti que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.”

¡Dichoso Pedro, tener a uno tal como el Hijo de Dios orando por él! ¡Desdichado Pedro, estar tan en las redes de Satanás como para reclamar tanto de la solicitud de Cristo! ¡Cuán intensas son las demandas sobre nuestras oraciones en ciertos casos concretos! La oración debe ser personal para ser en la mayor medida provechosa. Pedro tiró de la oración de Cristo más que ningún otro discípulo por causa de su exposición a peligros mayores. Ora por los más impulsivos, por los más expuestos, por su nombre. Nuestro amor y el peligro de ellos dan frecuencia, inspiración, intensidad y carácter personal a la oración.

Hemos visto cómo Cristo hubo de huir de la multitud tras el magnífico milagro de alimentar a los cinco mil, cuando procuraban hacerle rey. Entonces la oración fue su escape y su refugio de esta fuerte tentación mundana. Regresa de aquella noche de oración con fortaleza y calma, y con poder para realizar aquel otro milagro notable y de gran maravilla: andar sobre el mar.

Aun los panes y los peces fueron santificados por la oración antes de servirlos a la multitud. “Mirando al cielo, dio gracias.” La oración debería santificar nuestro pan de cada día y multiplicar la semilla que sembramos.

Miró al cielo y dio un suspiro cuando tocó la lengua del sordo que tenía un impedimento en su habla. Muy semejante era este suspiro a aquel gemir en espíritu que manifestó ante el sepulcro de Lázaro. “Jesús, pues, gimiendo otra vez en sí mismo, vino al sepulcro.” Aquí estaba el suspiro y el gemido del Hijo de Dios sobre una ruina humana, gimiendo de que el pecado y el infierno tuvieran tal dominio sobre el hombre; turbado de que tal desolación y ruina fuesen la triste herencia del hombre. Ésta es una lección que siempre hemos de aprender. He aquí un hecho que siempre ha de guardarse en la mente y el corazón, y que siempre ha de pesar, en alguna medida, sobre el espíritu interior de los hijos de Dios. Nosotros, que hemos recibido las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos ante el estrago del pecado y ante la muerte, y estamos llenos de anhelos por la venida de un día mejor.

Presente en toda gran oración, formándola y marcándola, está el hombre. Es imposible separar la oración del hombre. Los elementos constitutivos del hombre son los constituyentes de su oración. El hombre fluye a través de su oración. Sólo el fogoso Elías podía hacer la fogosa oración de Elías. Sólo de un hombre santo podemos obtener oración santa. El ser santo nunca puede existir sin el hacer santo. El ser es primero; el hacer viene después. Lo que somos da ser, fuerza e inspiración a lo que hacemos. El carácter, aquello que está grabado hondo, de manera imborrable e imperecedera dentro de nosotros, colorea todo lo que hacemos.

La oración de Cristo, pues, no ha de separarse del carácter de Cristo. Si oró más incansablemente, más abnegadamente, más santamente, más sencilla y directamente que los demás hombres, fue porque estos elementos entraban más ampliamente en su carácter que en el de otros.

La transfiguración marca otra época en su vida, y ésa fue eminentemente una época de oración. Lucas nos da un relato con el ánimo y el fin del suceso:

“Y aconteció como ocho días después de estas palabras, que tomó a Pedro y a Juan y a Jacobo, y subió a un monte a orar.

“Y entre tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido blanco y resplandeciente.

“Y he aquí dos varones que hablaban con él, los cuales eran Moisés y Elías;

“que aparecieron en gloria, y hablaban de su partida, la cual había de cumplir en Jerusalén.”

Se hizo la selección de tres de sus discípulos para un círculo íntimo de compañeros en la oración. Pocos hay que tengan los gustos espirituales o la aptitud para este círculo íntimo. Aun estos tres favorecidos apenas pudieron resistir la tensión de aquella larga noche de oración. Sabemos que subió a aquel monte a orar, no a ser transfigurado. Pero fue mientras oraba que la apariencia de su rostro se hizo otra y su vestido se volvió blanco y resplandeciente. No hay nada como la oración para cambiar el carácter y blanquear la conducta. No hay nada como la oración para traer visitantes celestiales y para dorar con gloria celestial el monte terrenal, para nosotros triste y sombrío. Pedro lo llama el monte santo, hecho tal por la oración.

Tres veces la voz de Dios dio testimonio de la presencia y la persona de su Hijo, Jesucristo—en su bautismo por Juan el Bautista, y luego en su transfiguración, se oyó la voz aprobadora, consoladora y testificante de su Padre. En ambas ocasiones se le halló en oración. La tercera vez que vino la voz que da testimonio, no fue en las alturas de su gloria transfigurada, ni fue cuando se ceñía para comenzar su conflicto y entrar en su ministerio, sino cuando se apresuraba hacia el terrible fin. Estaba entrando en el oscuro misterio de su última agonía, y la contemplaba de antemano. Las sombras se ahondaban, una calamidad espantosa se acercaba y un pavor desconocido y no probado estaba ante Él. Meditando en su muerte cercana, profetizándola, y previendo la gloria que le seguiría, en medio de su elevado y misterioso discurso, las sombras vienen como un temible eclipse y prorrumpe en una agonía de oración:

“Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? Padre, sálvame de esta hora. Mas por esto he venido a esta hora.

“Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Ya lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez.

“Y la gente que estaba presente, y la había oído, decía que había sido un trueno; otros decían: Un ángel le ha hablado.

“Respondió Jesús, y dijo: No ha venido esta voz por causa mía, sino por causa de vosotros.”

Mas notemos que Cristo está afrontando e iluminando esta hora fatídica y angustiosa con la oración. ¡Cómo ya, tan temprano, la carne se retraía de mala gana ante el fin contemplado!

¡Cuán plenamente concuerda su oración en la cruz por sus enemigos con todo lo que enseñó acerca del amor a nuestros enemigos, y con la misericordia y el perdón a los que nos han ofendido! “Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” ¡Disculpando a sus asesinos y orando por ellos, mientras se burlaban y se mofaban de Él en los dolores de su muerte, y sus manos humeaban con su sangre! ¡Qué asombrosa generosidad, compasión y amor!

De nuevo, tomemos otra de las oraciones en la cruz. ¡Cuán conmovedora la oración y cuán amarga la copa! ¡Cuán oscura y desolada la hora en que exclama: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Éste es el último golpe que parte en dos su corazón, más exquisito en su amargura y su angustia, y más punzante para el corazón que el beso de Judas. Todo lo demás lo esperaba, todo lo demás estaba puesto en su libro de dolores. ¡Pero que el rostro de su Padre le fuese retirado, desamparado de Dios, la hora en que estas angustiosas palabras escaparon de los labios del moribundo Hijo de Dios! Y sin embargo, ¡cuán veraz es! ¡Cuán semejante a un niño lo hallamos! Y así, cuando el fin realmente llega, le oímos de nuevo hablar a su Padre: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró.”

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La realidad de la oración E. M. Bounds

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