La realidad de la oración ·La oración modelo de nuestro Señor

Capítulo 10 · 5 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La oración modelo de nuestro Señor

¡Qué satisfacción ha de ser aprender de Dios mismo con qué palabras y de qué manera quiere que le oremos, para no orar en vano! No consideramos lo suficiente el valor de esta oración; el respeto y la atención que requiere; la preferencia que se le debe dar; su plenitud y perfección; el uso frecuente que deberíamos hacer de ella; y el espíritu con que deberíamos acercarnos a ella. “Señor, enséñanos a orar.”—Adam Clark.

Jesús nos da la oración modelo en lo que comúnmente se conoce como “el Padrenuestro.” En este modelo de oración perfecta nos da una forma establecida que ha de seguirse, y a la vez una que ha de completarse y ampliarse según lo dispongamos cuando oremos. Los trazos y la forma son completos, y sin embargo no es sino un bosquejo, con muchos espacios en blanco que nuestras necesidades y convicciones han de llenar.

Cristo pone palabras en nuestros labios, palabras que han de ser pronunciadas por vidas santas. Las palabras pertenecen a la vida de oración. Las oraciones sin palabras son como los espíritus humanos: puras y elevadas pueden ser, pero demasiado etéreas e impalpables para los conflictos terrenales y para las necesidades y los usos terrenales. Hemos de tener espíritus revestidos de carne y sangre, y nuestras oraciones han de estar igualmente revestidas de palabras que les den precisión y poder, una morada local y un nombre.

Esta lección del “Padrenuestro”, suscitada por la petición de los discípulos, “Señor, enséñanos a orar”, tiene algo, en su forma y en sus términos, semejante a las secciones sobre la oración del Sermón del Monte. Es la misma gran lección de orar a “Padre nuestro que estás en los cielos”, y es una lección de insistente importunidad. Ninguna enseñanza sobre la oración estaría completa sin ella. Pertenece a las primeras y a las últimas lecciones de la oración. La Paternidad de Dios da forma, valor y confianza a toda nuestra oración.

Nos enseña que santificar el nombre de Dios es la primera y la más grande de las oraciones. Un deseo por la gloriosa venida y el glorioso establecimiento del glorioso reino de Dios sigue en valor y en orden a la santificación del nombre de Dios. El que verdaderamente santifica el nombre de Dios saludará la venida del reino de Dios, y trabajará y orará para hacer llegar ese reino y para establecerlo. Los discípulos de Cristo en la escuela de la oración han de ser enseñados diligentemente a santificar el nombre de Dios, a trabajar por el reino de Dios, y a hacer la voluntad de Dios perfecta, completa y gozosamente, como se hace en el cielo.

La oración compromete el más alto interés y asegura la más alta gloria de Dios. El nombre de Dios, el reino de Dios y la voluntad de Dios están todos en ella. Sin oración su nombre es profanado, su reino fracasa, y su voluntad es despreciada y combatida. La voluntad de Dios puede hacerse en la tierra como se hace en el cielo. La voluntad de Dios hecha en la tierra hace la tierra semejante al cielo. La oración importuna es la poderosa energía que establece la voluntad de Dios en la tierra como está establecida en el cielo.

Sigue enseñándonos que la oración santifica y hace esperanzada y dulce nuestra faena diaria por el pan de cada día. El perdón de los pecados ha de buscarse por la oración, y la gran súplica que hemos de presentar pidiendo perdón es que hemos perdonado a todos los que han pecado contra nosotros. Ello implica amar a nuestros enemigos hasta el punto de orar por ellos, de bendecirlos y no maldecirlos, y de perdonar sus ofensas contra nosotros, cualesquiera que esas ofensas sean.

Hemos de orar: “No nos metas en tentación”, esto es, que, mientras así oramos, hemos de velar contra el tentador y la tentación, resistirlos y orar contra ellos.

Todas estas cosas las había establecido Él en esta ley de la oración, pero muchas sencillas lecciones de comentario, ampliación y expresión añade a su ley estatuida.

En esta oración enseña a sus discípulos—tan conocida por miles en este día que la aprendieron en la niñez sobre las rodillas de su madre—las palabras son tan propias de un niño que los niños hallan en ellas su instrucción, edificación y consuelo al arrodillarse y orar. Tanto el místico más fervoroso como el pensador más cuidadoso hallan cada cual su propio lenguaje en estas sencillas palabras de oración. Por hermosas y reverenciadas que sean estas palabras, son nuestras palabras de consuelo, ayuda y enseñanza.

Él fue delante en la oración para que siguiéramos sus pasos. ¡Guía sin igual en una oración sin igual! ¡Señor, enséñanos a orar como Tú mismo oraste!

¡Cuán marcado el contraste entre la Oración Sacerdotal y este “Padrenuestro”, este modelo de oración que dio a sus discípulos como los primeros elementos de la oración! ¡Cuán sencillo y propio de un niño! Nadie ha llegado jamás a componer una oración tan sencilla en sus peticiones y a la vez tan comprensiva en todo lo que pide.

¡Cuánto se recomiendan a nosotros estos sencillos elementos de la oración dados por nuestro Señor! Esta oración es para nosotros tanto como para aquellos a quienes primero fue dada. Es para el niño en el abecé de la oración, y es para el graduado de las más altas instituciones de saber. Es una oración personal, que alcanza a todas nuestras necesidades y cubre todos nuestros pecados. Es la más alta forma de oración por los demás. Así como el sabio nunca puede, en todos sus estudios o saberes posteriores, prescindir de su abecé, y así como el alfabeto da forma, color y expresión a todo saber posterior, impregnándolo todo y fundamentándolo todo, así el que aprende en Cristo nunca puede prescindir del Padrenuestro. Pero puede hacer que forme la base de su oración más elevada, esta intercesión por los demás en la Oración Sacerdotal.

El Padrenuestro es nuestro desde las rodillas de nuestra madre y nos conviene en todas las etapas de una gozosa vida cristiana. La Oración Sacerdotal es nuestra también en las etapas y en el oficio de nuestro real sacerdocio como intercesores delante de Dios. Aquí tenemos unidad con Dios, profunda unidad espiritual y lealtad inquebrantable a Dios, viviendo y orando para glorificar a Dios.

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La realidad de la oración E. M. Bounds

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