La realidad de la oración ·Episodios de oración en la vida de nuestro Señor

Capítulo 8 · 9 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Episodios de oración en la vida de nuestro Señor

Había un gran cabo al sur de África, y tantas tormentas y tanta pérdida de vidas hubo, que llegó a llamarse el Cabo de la Muerte. Un día de 1789 un audaz navegante lanzó la proa de su nave contra las tormentas que rugían en torno a él y halló un mar en calma. Entonces lo llamó el Cabo de Buena Esperanza. Así también hay un cabo que se adentra desde la tierra en el mar de la eternidad, llamado muerte. Todos le temían. Todos los navegantes, tarde o temprano, deben lidiar con estas aguas tenebrosas. Pero una vez, hace casi dos mil años, un valiente navegante venido del cielo llegó y hundió la proa de la frágil barca de su humanidad en las lóbregas aguas de este cabo, y quedó bajo su terrible poder por tres días. Al emerger de ellas, halló que era la puerta a la calma y el gozo sin fin, y ahora lo llamamos Buena Esperanza.

—John W. Baker.

Uno de los más apasionados y sublimes himnos de oración y alabanza de Cristo se halla registrado tanto por Mateo como por Lucas, con pequeñas diferencias de palabra y con cierta diversidad de detalle y de circunstancias. Está repasando los pobres resultados de su ministerio y comentando las débiles respuestas del hombre al vasto derroche de amor y misericordia de Dios. Está acusando la ingratitud de los hombres para con Dios, y mostrando los resultados terriblemente destructores de su indiferencia, en medio de sus mayores oportunidades, favores y responsabilidades.

En medio de estas acusaciones, denuncias y ayes, los setenta discípulos regresan a informar de los resultados de su misión. Estaban llenos de alborozo por su éxito, y lo manifestaban con no poca satisfacción propia. El espíritu de Jesús fue distraído, aliviado y refrescado por su animación, contrayendo algo del contagio de su gozo y participando de su triunfo. Se regocijó, dio gracias y oró una oración admirable por su brevedad, su inspiración y su revelación:

“En aquella hora Jesús se regocijó en espíritu, y dijo: Te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Así es, oh Padre, porque así te agradó.

“Todas las cosas me son entregadas de mi Padre; y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quisiere revelar.”

La vida de Cristo era a imagen de su Padre. Él era la “misma imagen de su sustancia.” Y así, el espíritu de oración en Cristo era hacer la voluntad de Dios. Su constante aseveración era que “vino a hacer la voluntad de su Padre”, y no su propia voluntad. Cuando llegó la temible crisis de su vida en Getsemaní, con toda su oscuridad, su horror y su espanto, con el peso aplastante de los pecados y las tristezas del hombre que se agolpaban sobre Él, quebrantados su espíritu y su cuerpo, y casi expirando, entonces clamó por alivio; mas no era su propia voluntad la que había de seguirse. Fue sólo una apelación, desde la debilidad y la muerte, por el alivio de Dios a la manera de Dios. La voluntad de Dios había de ser la ley y la regla de su alivio, si el alivio venía.

Así, el que sigue a Cristo en la oración debe tener la voluntad de Dios como su ley, su regla y su inspiración. En toda oración, es el hombre quien ora. La vida y el carácter fluyen dentro del aposento. Hay una acción y reacción mutuas. El aposento tiene mucho que ver en formar el carácter, mientras que el carácter tiene mucho que ver en formar el aposento. Es “la oración eficaz del justo la que puede mucho.” Es con los que “invocan al Señor de limpio corazón” con quienes hemos de asociarnos. Cristo fue el más grande de los orantes porque fue el más santo de los hombres. Su carácter es el carácter de oración. Su espíritu es la vida y el poder de la oración. No es el mejor orante quien tiene la mayor fluidez, la imaginación más brillante, los dones más ricos y el ardor más encendido, sino el que ha bebido más del espíritu de Cristo.

Es aquel cuyo carácter se acerca más a un facsímil de Cristo. Su oración recién mencionada, en forma de acción de gracias, expone los caracteres sobre los cuales se otorga el poder de Dios y a quienes se revelan la persona y la voluntad de Dios. “Escondiste estas cosas de los sabios y entendidos”, es decir, de aquellos que son sabios ante sus propios ojos, versados en las letras, cultos, eruditos, filósofos, escribas, doctores, rabinos—“entendidos”—los que saben componer las cosas, dotados de perspicacia, comprensión y expresión. La revelación que Dios hace de sí mismo y de su voluntad no puede ser rastreada ni comprendida por la razón, la inteligencia ni la mucha erudición. Los grandes hombres y las grandes mentes no son ni los cauces ni los depositarios de la revelación de Dios en virtud de su cultura, su capacidad intelectual ni su sabiduría. El sistema de Dios en la redención y en la providencia no es cosa que se piense y descubra, abierta sólo a los eruditos y sabios. Los eruditos y los sabios, siguiendo su erudición y su sabiduría, siempre han perdido, triste y tenebrosamente, los pensamientos de Dios y los caminos de Dios.

La condición para recibir la revelación de Dios y para retener la verdad de Dios es una condición del corazón, no de la cabeza. La capacidad de recibir y de escudriñar es como la del niño, la del párvulo, sinónimo de docilidad, inocencia y sencillez. Éstas son las condiciones en las cuales Dios se revela a los hombres. El mundo por sabiduría no puede conocer a Dios. El mundo por sabiduría nunca puede recibir ni entender a Dios, porque Dios se revela al corazón de los hombres, no a su cabeza. Sólo los corazones pueden conocer a Dios, sentir a Dios, ver a Dios y leer a Dios en su Libro de los libros. A Dios no se le aprehende por el pensamiento, sino por el sentimiento. El mundo obtiene a Dios por revelación, no por filosofía. No es la aprehensión, la capacidad mental de captar a Dios, sino la plasticidad, la capacidad de ser impresionado, lo que los hombres necesitan. No es por un razonar duro, fuerte, severo y grande como el mundo obtiene a Dios o se aferra a Dios, sino por corazones grandes, tiernos y puros. No necesitan tanto los hombres luz para ver a Dios como corazones para sentir a Dios.

La sabiduría humana, los grandes talentos naturales y la cultura de las escuelas, por buenos que sean, no pueden ser ni los depositarios ni los guardianes de la verdad revelada de Dios. El árbol del conocimiento ha sido la ruina de la fe, empeñado siempre en reducir la revelación a una filosofía y en medir a Dios por el hombre. En su soberbia, echa fuera a Dios y mete al hombre dentro de la verdad de Dios. Volver a ser niños otra vez, sobre el pecho de nuestra madre, aquietados, destetados, sin clamor ni protesta, es la única postura en la cual conocer a Dios. Una calma en la superficie, y en las profundidades del alma, en la cual Dios pueda reflejar su voluntad, su Palabra y a sí mismo—ésta es la actitud hacia Él por la cual puede revelarse, y esta actitud es la actitud correcta de la oración.

Nuestro Señor nos enseñó la lección de la oración poniendo en práctica en su vida lo que enseñaba con sus labios. He aquí una declaración sencilla, pero importante, llena de significado: “Y despedidas las gentes, subió a un monte apartado a orar; y como fue la tarde del día, estaba allí solo.”

Las multitudes habían sido alimentadas y fueron despedidas por nuestro Señor.

La divina obra de sanar y enseñar debe suspenderse por un tiempo a fin de asegurar el tiempo, el lugar y la ocasión para la oración—la oración, el más divino de todos los trabajos, el más importante de todos los ministerios. Lejos de las multitudes ansiosas, inquietas y anhelantes, se ha ido mientras el día aún es claro, para estar a solas con Dios. Las multitudes le exigen y le agotan. Los discípulos son sacudidos en el mar, pero la calma reina en la cima del monte donde nuestro Señor está arrodillado en secreta oración—donde la oración impera. “Y entendiendo Jesús que habían de venir para arrebatarle, y hacerle rey, volvió a retirarse al monte, él solo.”

Él debía estar solo en aquel momento con Dios. La tentación estaba en aquella hora. La multitud se había saciado con los cinco panes y los dos peces. Llenos de comida y excitados sin medida, de buena gana querían hacerle rey. Huye de la tentación a la oración secreta, pues aquí está la fuente de su fuerza para resistir el mal. ¡Qué refugio era la oración secreta aun para Él! ¡Qué refugio para nosotros de las coronas deslumbrantes y engañosas del mundo! ¡Qué seguridad hay en estar a solas con Dios cuando el mundo nos tienta, nos seduce, nos atrae!

Las oraciones de nuestro Señor eran proféticas e ilustrativas de la gran verdad de que la mayor medida del Espíritu Santo, la voz que da testimonio y los cielos abiertos sólo se aseguran por la oración. Esto lo sugiere su bautismo por Juan el Bautista, cuando oró al ser bautizado, e inmediatamente el Espíritu Santo descendió sobre Él como paloma. Más que profética e ilustrativa es esta hora para Él. Esta hora crítica es real y personal, consagrándolo y capacitándolo para los más altos propósitos de Dios. La oración era para Él, tal como lo es para nosotros, una necesidad, una condición absoluta e invariable para asegurar el poder más pleno, consagrador y capacitador de Dios. El Espíritu Santo vino sobre Él en plenitud de medida y poder en el acto mismo de la oración.

Y así el Espíritu Santo viene sobre nosotros en plenitud de medida y poder sólo en respuesta a una oración ardiente e intensa. Los cielos se abrieron a Cristo, y el acceso y la comunión fueron establecidos y ampliados por la oración. La libertad y la plenitud de acceso y la cercanía de la comunión se nos aseguran como herencia de la oración. La voz que dio testimonio de su filiación vino a Cristo en la oración. El testimonio de nuestra filiación, claro e indudable, sólo se asegura orando. El testimonio constante de nuestra filiación sólo puede ser retenido por los que oran sin cesar. Cuando la corriente de la oración se vuelve escasa y se detiene, la evidencia de nuestra filiación se hace tenue e imperceptible.

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La realidad de la oración E. M. Bounds

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