Capítulo 7 · 13 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Jesucristo, ejemplo de oración
Cristo, cuando vio que debía morir y que ya había llegado su hora, gastó su cuerpo por completo; no le importaba, por así decirlo, lo que fuera de Él: se entregó del todo, predicando todo el día y orando toda la noche, predicando en el templo aquellas parábolas terribles y orando en el huerto oraciones como la del capítulo diecisiete de Juan, y “¡Hágase tu voluntad!”, hasta sudar sangre.—Thomas Goodwin.
El relato bíblico de la vida de Jesucristo apenas nos deja entrever su intensa actividad, una pequeña selección de sus muchas palabras y sólo una breve memoria de sus grandes obras. Pero aun en ese relato lo vemos entregado a la oración con frecuencia. Aunque ocupado y agotado por la dura tensión y las fatigas de su vida, “levantándose muy de mañana, aun muy de noche, salió, y se fue a un lugar desierto, y allí oraba.” ¡Solo en el desierto y en las tinieblas con Dios! La oración llenó la vida de nuestro Señor mientras estuvo en la tierra. Su vida fue una corriente constante de incienso, dulce y perfumada por la oración. Cuando vemos cómo la vida de Jesús no fue sino oración, entonces hemos de concluir que ser como Jesús es orar como Jesús y es vivir como Jesús. Vida seria es la de orar como Jesús oró.
No podemos seguir ningún orden cronológico en la oración de Jesucristo. Cuáles fueron sus pasos de progreso y su destreza en el divino arte de orar, no lo sabemos. Lo hallamos en el acto de orar cuando está en los vados del Jordán, cuando las aguas del bautismo, de manos de Juan el Bautista, están sobre Él. Y así, pasando por los tres años de su ministerio, cuando cierra el drama de su vida en aquel terrible bautismo de temor, dolor, sufrimiento y vergüenza, lo hallamos en espíritu, y también en el acto mismo, orando. Tanto el bautismo de la cruz como el bautismo del Jordán quedan santificados por la oración. Con el aliento de la oración en su último suspiro, encomienda su espíritu a Dios. En sus primeras palabras registradas, así como en sus primeros actos, lo hallamos enseñando a sus discípulos cómo orar, como su primera lección y como su primer deber. A la sombra de la cruz, en la urgencia e importancia de su última entrevista con sus discípulos escogidos, está ocupado en ese mismo asunto de suma importancia: enseñar a los maestros del mundo cómo orar, procurando volver oraciones aquellos labios y corazones de los cuales habían de brotar los divinos depósitos de la verdad.
Las grandes épocas de su vida fueron creadas y coronadas por la oración. Cuáles fueron sus hábitos de oración durante su estancia en el hogar y su trabajo como carpintero en Nazaret, no tenemos manera de saberlo. Dios lo ha velado, y la conjetura y la especulación no sólo son vanas y engañosas, sino soberbias y atrevidas. Sería presuntuoso escudriñar lo que Dios ha ocultado, lo cual nos llevaría a querer ser sabios por encima de lo que está escrito, tratando de levantar el velo con que Dios ha cubierto su propia revelación.
Hallamos a Cristo en presencia del famoso, del profeta y predicador. Ha dejado su hogar de Nazaret y su taller de carpintero por el llamado de Dios. Se encuentra ahora en un punto de transición. Ha salido hacia su gran obra. El bautismo de Juan y el bautismo del Espíritu Santo son preparatorios y han de capacitarlo para esa obra. Este período de época y de transición está marcado por la oración.
“Y aconteció que, como todo el pueblo se bautizaba, también Jesús, siendo bautizado y orando, el cielo se abrió.
“Y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma; y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo contentamiento.”
Es una hora suprema en su historia, distinta y en notable contraste con lo pasado, aunque no en oposición a ello. El descenso y la permanencia del Espíritu Santo en toda su plenitud, los cielos abiertos y la voz que da testimonio, la cual encerraba el reconocimiento por parte de Dios de su único Hijo—todo esto es el resultado, si no la creación directa y la respuesta, de su oración en aquella ocasión.
“Mientras oraba”, así también nosotros hemos de orar. Si queremos orar como Cristo oró, debemos ser como Cristo fue, y debemos vivir como Cristo vivió. El carácter de Cristo, la vida de Cristo y el espíritu de Cristo deben ser nuestros si queremos hacer la oración de Cristo y tener nuestras oraciones respondidas como Él tuvo respondidas las suyas. El oficio de Cristo, aun ahora en el cielo a la diestra de su Padre, es orar. Ciertamente, si somos suyos, si le amamos, si vivimos para Él y si vivimos cerca de Él, contraeremos el contagio de su vida de oración, tanto en la tierra como en el cielo. Aprenderemos su oficio y proseguiremos su obra en la tierra.
Jesucristo amó a todos los hombres, gustó la muerte por todos los hombres, intercede por todos los hombres. Preguntémonos, pues: ¿somos los imitadores, los representantes y los ejecutores de Jesucristo? Entonces nuestras oraciones han de correr paralelas a su expiación en toda su extensión. La sangre expiatoria de Jesucristo da santidad y eficacia a nuestras oraciones. Tan universales, tan amplias y tan humanas como fue el hombre Cristo Jesús, así deben ser nuestras oraciones. Las intercesiones del pueblo de Cristo deben dar curso y prontitud a la obra de Cristo, llevar la sangre expiatoria a sus benignos fines, y ayudar a romper las cadenas del pecado en toda alma rescatada. Debemos ser tan orantes, tan llenos de lágrimas y tan compasivos como lo fue Cristo.
La oración influye en todas las cosas. Dios bendice a la persona que ora. El que ora emprende un largo viaje para Dios, y él mismo se enriquece mientras enriquece a otros, y él mismo es bendecido mientras el mundo es bendecido por su oración. “Vivir quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” es la más rica de las riquezas.
La oración de Cristo era real. Ningún hombre oró como Él oró. La oración le apremiaba como un deber solemne, del todo imperioso y soberano, así como un privilegio regio en el cual toda dulzura se hallaba condensada, cautivadora y absorbente. La oración era el secreto de su poder, la ley de su vida, la inspiración de su labor y la fuente de su riqueza, su gozo, su comunión y su fortaleza.
Para Cristo Jesús la oración no ocupaba un lugar secundario, sino que era exigente y suprema, una necesidad, una vida, la satisfacción de un anhelo inquieto y una preparación para pesadas responsabilidades.
Estar a solas con su Padre en consejo y comunión, con vigor y en profundo gozo, todo esto era su oración. Las pruebas presentes, la gloria futura, la historia de su Iglesia, y las luchas y peligros de sus discípulos en todos los tiempos y hasta el fin mismo del tiempo—todas estas cosas nacieron y fueron formadas por su oración.
Nada hay más notable en la vida de nuestro Señor que la oración. Sus campañas fueron dispuestas y sus victorias fueron ganadas en las luchas y la comunión de sus noches enteras de oración. Con la oración rasgó los cielos. Moisés y Elías y la gloria de la transfiguración aguardan su oración. Sus milagros y su enseñanza tenían su poder de la misma fuente. La oración de Getsemaní tiñó de púrpura al Calvario con serenidad y gloria. Su oración sacerdotal hace la historia y apresura el triunfo de su Iglesia en la tierra. ¡Qué inspiración y qué mandato para orar es la vida de oración de Jesucristo mientras estuvo en este mundo! ¡Qué comentario es sobre el valor, la naturaleza y la necesidad de la oración!
La dispensación de la Persona de Jesucristo fue una dispensación de oración. Un compendio de su enseñanza y su práctica de la oración fue que “es menester orar siempre, y no desmayar.”
Así como los judíos oraban en el nombre de sus patriarcas e invocaban los privilegios que les fueron concedidos por el pacto con Dios; así como nosotros tenemos un Nombre nuevo y un pacto nuevo, más privilegiado, más poderoso y más comprensivo de todo, más autoritativo y más divino; y así como el Hijo de Dios está levantado por encima de los patriarcas en divinidad, gloria y poder, así también en igual medida debe nuestra oración exceder a la de ellos en amplitud, gloria y poder de resultados.
Jesucristo oraba a Dios como Padre. Sencilla y directamente se acercaba a Dios en el círculo entrañable y reverenciado del Padre. El terrible temor que repele estaba enteramente ausente, perdido en la suprema confianza de un hijo.
Jesucristo corona su vida, sus obras y su enseñanza con la oración. ¡Cómo atestigua su Padre su relación y le reviste de la gloria de la oración respondida en su bautismo y en su transfiguración, cuando todas las demás glorias se van oscureciendo en la noche que se asienta sobre Él! ¡Qué potencias todopoderosas hay en la oración cuando estamos cargados y sobrecargados de una sola inspiración y un solo fin! “Padre, glorifica tu nombre.” Esto lo endulza todo, lo alumbra todo, lo conquista todo y lo alcanza todo. “Padre, glorifica tu nombre.” Esa estrella guiadora iluminará la noche más oscura y calmará la tempestad más furiosa, y nos hará valientes y verdaderos. Es un principio imperial. Hará un cristiano imperial.
El alcance y las potencias de la oración, tan claramente mostrados por Jesús en su vida y su enseñanza, no hacen sino revelar los grandes propósitos de Dios. No sólo revelan al Hijo en la realidad y plenitud de su humanidad, sino que revelan también al Padre.
Cristo oraba como un niño. El espíritu de un niño se hallaba en Él. Ante el sepulcro de Lázaro “Jesús alzó sus ojos y dijo: Padre.” De nuevo le oímos comenzar su oración de este modo: “En aquella hora Jesús se regocijó en espíritu, y dijo: Te alabo, oh Padre.” Y así también en otras ocasiones lo hallamos, al orar, dirigiéndose a Dios como su Padre, tomando la actitud del niño que pide algo al Padre. ¡Qué confianza, sencillez y candor! ¡Qué prontitud, libertad y plenitud de acceso hay en el espíritu de un niño! ¡Qué confiada seguridad, qué certeza, qué tierno interés! ¡Qué profundas solicitudes y qué tierna simpatía de parte del Padre! ¡Qué respeto, que se ahonda en reverencia! ¡Qué obediencia amorosa y qué emociones agradecidas arden en el corazón del niño! ¡Qué divina comunión y qué regia intimidad! ¡Qué emociones sagradas y dulces! Todo esto se encuentra en la hora de la oración cuando el hijo de Dios se encuentra con su Padre en el cielo, y cuando el Padre se encuentra con su hijo. Debemos vivir como hijos si queremos pedir como hijos. Debemos obrar como hijos si queremos orar como hijos. El espíritu de la oración nace del espíritu de niño.
La profunda reverencia en esta relación de paternidad debe excluir para siempre toda ligereza, frivolidad e insolencia, así como toda familiaridad indebida. La solemnidad y la gravedad convienen a la hora de la oración. Bien se ha dicho: “El adorador que invoca a Dios bajo el nombre de Padre y comprende el amor bondadoso y benéfico de Dios, debe al mismo tiempo recordar y reconocer la gloriosa majestad de Dios, la cual no queda anulada ni menoscabada, sino más bien sumamente intensificada por su amor paternal. Una apelación a Dios como Padre, si no va unida a la reverencia y al homenaje ante la Majestad divina, delataría una falta de entendimiento del carácter de Dios.” Y, podríamos añadir, mostraría una carencia de los atributos de un hijo.
Los patriarcas y los profetas conocieron algo de la doctrina de la Paternidad de Dios para con la familia de Dios. La “miraron de lejos, y creyéndola, la saludaron”, pero no la entendieron en toda su plenitud, “proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados sin nosotros.”
“¡He aquí, él ora!” fue la declaración de asombro y sorpresa de Dios al tímido Ananías respecto de Saulo de Tarso. “¡He aquí, él ora!”, aplicado a Cristo, encierra mucho más de asombro, de misterio y de sorpresa. Él, el Hacedor de todos los mundos, el Señor de los ángeles y de los hombres, coigual y coeterno con el Dios eterno; el “resplandor de la gloria del Padre y la misma imagen de su sustancia”; recién venido de la gloria de su Padre y del trono de su Padre—“¡He aquí, él ora!” Hallarlo en la humilde y dependiente actitud de la oración, el suplicante de todos los suplicantes, teniendo por su más rica herencia y su regio privilegio el orar—éste es el misterio de todos los misterios, la maravilla de todas las maravillas.
Pablo expone en breve y comprensiva declaración el hábito de nuestro Señor en la oración en Hebreos 5:7—“El cual en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído por su reverencial temor.” Tenemos en esta descripción de la oración de nuestro Señor el despliegue de grandes fuerzas espirituales. Oraba con “ruegos y súplicas.” No era un esfuerzo formal ni de prueba. Era intenso, personal y real. Era un intercesor por el bien de Dios. Estaba en gran necesidad y hubo de clamar con “gran clamor”, hecho aún más fuerte por sus lágrimas. En agonía luchó el Hijo de Dios. Su oración no era representar un mero papel. Su alma estaba empeñada, y todas sus fuerzas quedaban forzadas hasta el límite. Detengámonos y mirémosle, y aprendamos a orar de veras. Aprendamos a alcanzar en una agonía de oración aquello que parece habérsenos negado. Hermosa palabra es aquella, “temor”, que aparece sólo dos veces en el Nuevo Testamento: el temor de Dios.
Jesucristo estaba siempre atareado con su obra, pero nunca demasiado ocupado para orar. “El más divino de los quehaceres llenaba su corazón y ocupaba sus manos, consumía su tiempo y agotaba sus nervios. Pero para Él, ni siquiera la obra de Dios debía desplazar la oración a Dios. Salvar a las personas del pecado o del sufrimiento no debía, ni aun para Cristo, sustituir a la oración, ni disminuir en lo más mínimo el tiempo ni la intensidad de esas horas santísimas. Llenaba el día trabajando para Dios; empleaba la noche orando a Dios. El trabajo del día hacía necesaria la oración de la noche. La oración de la noche santificaba y hacía fecundo el trabajo del día. Estar demasiado ocupado para orar da a la religión sepultura cristiana, es verdad, pero de todos modos la mata.”
En muchos casos sólo se declara el mero hecho—hecho, con todo, importante y sugerente—de que Él oró. En otros casos quedan registradas las mismas palabras que salieron de su corazón y cayeron de sus labios. El varón de oración por excelencia fue Jesucristo. Las épocas de su vida fueron creadas por la oración, y todos los detalles menores, los contornos y las líneas interiores de su vida, fueron inspirados, coloreados e impregnados por la oración.
Las palabras de oración de Jesús eran palabras sagradas. Por ellas Dios habla a Dios, y por ellas Dios es revelado y la oración es ilustrada y encarecida. Aquí está la oración en su forma más pura y en sus más poderosas potencias. Parecería que la tierra y el cielo habrían de descubrir la cabeza y abrir de par en par los oídos para captar las palabras de la oración de Aquel que fue el más verdadero Dios y el más verdadero hombre, y el más divino de los suplicantes, que oró como nunca hombre oró. Sus oraciones son nuestra inspiración y nuestro modelo para orar.